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Inéditos
Washington
Cucurto
Veinte pungas contra un pasajero
 Washington Cucurto en su periplo chileno
retratado junto a Condorito y al perro Whashington, mascota del
ave.
Jazmines negros, claveles
blancos
Compadre, no sea nabo, no
mezcle nunca jazmines negros con claveles blancos. Y si mezclados están,
vuélvase invisible o escóndase debajo de la cama. Pues no hay remedio para
jazmines negros con claveles blancos. Ahí, ay, vuelve la nieve ardiente
llorando de los Emiratos Árabes. Despiertan las niñas enamoradas, sábanas
negras vuelan buscando a mujeres blancas. Los geranios se vuelven Gerardos
púberes en sus macetas. Los nardos del Reino de la Muerte descienden
pariendo papayas carnívoras. Retroceden los jazmines cubriéndose de
los claveles blancos. ¿Morirán los jazmines negros? ¿Ganarán los claveles
blancos? Una hermosa arequipeña sale al balcón. En el cielo se larga una
lluvia de aviones, de papayas carnívoras, de cangrejos nudistas, de negras
desnudas con una naturalidad que espanta. ¿Ve?, desde abajo de la cama el
mundo se ve mejor. A babucha en aerolito vienen en picada mis seis negras,
como brasas abrasadas o estalactitas de un diente de Dios. ¡Ñandecó!, no
sea ganso, no mezcle nunca jazmines negros con claveles blancos. En el
aire todo se transforma y un puñado de negras bien puede ser un rebaño de
nubes. Ah, mis negras dominicanas, qué cosa tan linda y extraña, mucho
tienen de sándalas y gansas pero ni una gota tienen de blancas. No caben
en tres o cuatro renglones, para eso se necesita una página. Mis
negras dominicanas de tan negras se vuelven blancas, grises, finas,
amarillas, recién salidas de un frasco de mayonesa. Andan por el
aire mis negras dominicanas ñoñas y monas como ellas solas; ¡cuánto
me alegra mirarlas sin pensar siquiera en tocarlas! Si usted anda
por la calle las puede ver, en un afiche, por el aire y por doquier.
En fin, ni una italiana, ni una francesa, vi yo en vida más dulce
que una mulata. Sí, las pelirrojas son bárbaras. Pero no hay nada
como mis negras dominicanas. No sabe lo que son en San Juan de
Maguana, por eso me encanta nombrarlas porque de blancas no tienen
nada.
lluvia de
estrellas Idalinas,
Justinas, Miguelinas, Carolinas, Karinas, Cilicias y
Ferisbundas Clarisas, Clementinas, ¡Arielinas! Marielqui, Marielbi,
Marilyn Sunildas Maripili, Mandalia, Mariola, Mariolga, Yulis,
Yulisas, Sunilditas, Chechés, Casianas, Ignacias, Janiras, Zenaidas,
Yunisleidi. Macorinas, Miraflorinas, arequipeñas maguaneras,
itacurubienses, coqueñas, risas, llantos, ruegos, alegres
alegrías, risas, rosas, flamboyanes, flanes, pitaháyas, sancochos y
sandias, chipaguazús, añaretás, yasiterés, curepís, mombayés, porá
limbós.
Negrura
ascendente
Celebrando alegres
funerales o fiestas fúnebres mortales vienen a oscuras rascándose la
ñema, vienen flotando tercetos de negras testarudas; ¡son la
partitura oscura de los ángeles! El conventillo entero vuela por los
cielos, las cañerías se piran por las tardes. A mí se me van con
sueño los desvelos y al rato vuelven mis sueños desvelados. Y así se
va quedando el infinito sin estrellas y la alta mar sin vanidad se
queda. Todo ocurre de puro zopetazo como arte fresco o muerte suave.
Y todo tiene tal locura que hasta la nieve emigra hacia los
Emiratos Árabes; y la locura sigue por ser loca y cruza el cielo como
estalactitas o partes ínfimas de un gran cometa. Ahí
vienen, -palomas negras de mal agüero- subidas en una alfombra
voladora lésbicas, sexuales, besándose de a pares: Carolina, Karina,
Cilicia y Ferisbunda. Las negras hijas del demonio se divierten por los
aires, dejando chancros en mi corazón ardiente. Vuelan los tickis
besándose a las chiris, tomados dulcemente de la mano. En su honor
octogenarios niños bailan un cumbiazo, y dale que dale las sillas
boxeándose de a pares.
El conventillo entero vuela por los
cielos ¿Señor, habrá un diáfano caer de multitudes negras? ¿Vendrán
al cabo asopranados protestando?
Las chipas refulgen en el
cielo. Arde el sancocho enamorado de las peras. El chipaguazú amargo
se chivea. Se chivean las peras y los chivos de la
Cordillera. Marchan los ladrones de guantes blancos. y sueltan a los
ladrones de pies descalzos, ¡bravo!
Ardiendo estan las negras en mi
corazón helado y tiritando estan las mongas en el yoti ardiente como
hojas secas o flores de la muerte.
Sobre una vieja marca de zapatillas…
(versión 1)
Yuni, siempre
dándole un toque de sabor a todo incluso cuando la rabia general tomaba
ribetes inesperados: para el lado de los kinotos. Y todo minutos
antes de hacer las calles sucias del Once con un par de Flechas
blancas puestas. Flechas que hallaste entre los saldos de
una antiquísima fábrica de zapatillas. (¿No habían -¡esas típicas!,
azules con líneas blancas?) Fanfa populachera, subías las escaleras del
yoti luciendo tus cordoncitos mínimos. Y era tal la atracción que
produjo rechazo inmediato.
¡Ya hay bronca al calce justo de tus
tobillos de tenista!
Le hiciste un favor detrás del
mostrador ay, Yuni de mi corazón, a ese viejo judío que jamás ni en
broma, conoció una breva morada de mulata.
Y he aquí que le
enseñaste la locura del mundo: el vellón que escondés debajo de las
piernas. Y este Principito octogenario, de golpe ecuánime a la
influencia de esta catorceañera madreselva, sólo atinó a dejar aquello
que le sobra y a vos te falta: el
dinero-money
La muerte es una ticki - a la manera de Faustino
Sotolongo-
I
No
hay dudas, desenmascaré a la muerte no me tomen por demente, pero acá
voy a tutiplén, agarrensé: la muerte es una ticki ¡Sí!, una ticki
sin sentido es la muerte, una ticki que ni jota sabe de la
muerte Una ticki blanca, casi transparente que de un saque se vuelve
gris, negritita Parece mentira: todo blancor negrecerá? Una ticki
asunceña, itacurubiense, ¿por qué no chaqueña, ché? ¿Podrá ser una
ticki chaqueña la muerte? Te lo digo yó que vivo a tickazos
plenamente la muerte es una ticki y acá la mando al frente: la
muerte es una ticki más no así su viceversa: una ticki que no quiere
saber un pito con la muerte La muerte es una ticki enamoradiza,
creyente, pongamos nomás de trece, y en el súper se enamora todas
las mañanas del cadete. La muerte es una ticki formidable, te lo
digo yó que hace diez años voy de tickis y de
muertes
II
Andaba una ticki
tomando aire hasta que vio algo que la seguía, como en las
películas. Y como en las películas no había que darse vuelta, y
siguió pateando por las anchas veredas de mi barrio, presintiendo que
era la muerte. "Me late que es la muerte", se mentía y después se
desmentía. "Puede ser el cadete del súper, o el portero ese de la
otra cuadra. ¡Má sí!, me doy vuelta y que sea lo que Dios
quiera."
III
(Más
nunca se dio lo que Dios quería, ¡pobre ticki!, tan chiquita, más se
dio lo que Dios no quiso. Cuando se dio vuelta supo que no
era ningún cadete, …¡Era la muerte, era la
muerte!…)
Por una sonrisa
transparente
Que daría
por una sonrisa transparente, de esas ebullescentes, una ticki
carcajada sin dientes o con mil caries diferentes. Así es el mundo
en que vivimos careciente de sonrisas, de caballares
margaritas… Anoche soñé que me moría y en el cielo del sueño de mi
muerte había una gran sonrisa dibujada por mi hija. ¡No puede ser,
no tengo hija! No importa, era sin dudas, una sonrisa
hermosa tickesca, entre nubes, árboles y llaves, se evaporaba en el
cielo como pucho y en medio de la evaporación de la sonrisa me iba
muriendo un cacho mucho y terminé tildando al despertar del
todo. Más la sonrisa sigue ahí, eternamente, en el tickesco cielo de
mi sueño.
Por la calle
Paso - a la típica de la española
retrotradicional-
Temprano por la calle Paso
pasé esta mañana, un congestionamiento había en el
tránsito, sonaron dos gritos, y dos o tres disparos a una ticki
linda yo le eché un vistazo y corrí a seguirla entre los
balazos. En la calle Paso entre Lavalle y Cevallos robaron a un
judío, mataron dos guachos; las telas llenas de sangre, la
vidriera hecha pedazos. A la balacera no le hice caso, seguí a
mi ticki entre los balazos de árbol en árbol me le fui
acercando. Sentí su corazoncito con su tikití. Cuando la tenía
entre mis brazos En Lavalle y Paso me la arrebataron. ¿De
dónde vino la bala? Yo no lo sé, si fue de goma o de 33. Un tiró
le entró por el labio y le salió por un costado. ¡Mi ticki
vidrieriando se me fue llorando!
Por la calle Paso nunca
pases muy temprano.
La muerte
en San Juan
Iba yo una mañana Bajando un cerro
de plata De esos que sólo crecen En San Juan de Maguana.
Dos
mulatas hermosas Me salieron al paso Se identificaron con
sus carnets carneos: pechos, piernas y nalgas. Todo de mas de
suprema calidad. ¡La naturaleza, que tamaña hazaña! Como solo se
halla en San Juan de Maguana
Una tenía una rara tonada y
otra un revoltijo en el pelo ambas espantados los ojos. Me dijeron
que la muerte me andaba con urgencia buscando Les dije que yo nada
que ver con nada. Me miraron asustadas como si fuese un
fantasma ¡Yo sólo deseaba sus pelos, sus pechos, sus nalgas! Mis
flores dominicanas me dijeron que la muerte las enviaba para
matarme en el cerro o en cualquier calle de esas que solo se
hallan en San Juan de Maguana.
Justo un olor a
margaritas Salía de ese cerro Por qué yo? "Porque sí, porque
sino matará a mis hijos primos y vecinos, todos
desnutridos. Si llevamos tu carne habrá comida para todos". Lo
que me dijeron me llegó al corazón. Y ahí mismito me dejé tajar
como si fuera una res.
Por el cerro verde, la muerte como un
tirano se disfraza de tuna, se hace pasar por mulata, como sólo
pasa en San Juan de Maguana.
...............
....................
Macorinas, maguaneras, cibaeñas, Yo quiero
hacer el amor con ellas, Con esas negras preciosas, En el medio de
este cerro. Murámonos los tres abrazaditos como hermanitos
desnutridos Con voz tronitinante Que la muerte nos
llame. Abrazado a mis negras Me iré cantando bajo, Y llorando
alto en este cerro precioso Veleidoso, ardoroso, con ramitos de
eucaliptus Y tecito de jengibre y enjambres. Esos que solo se
hallan En San Juan de Maguana.
La cartonerita
"Guárdate de los señalados de Dios…" Roberto Arlt
De una cartonerita yo me enamoré, la seguí
cerquita sin saber por qué por Coronel Díaz hasta Santa Fe. Si
era mas linda que un no sé qué! Por Coronel Díaz rumbo a Santa
Fe juntando cartones, trastos, botellitas iba solita con su
carrito de cachivachitos; qué feliz sería yendo en
cacharrito en ese carrito de cachivachitos!
A las siete en
punto yo me enamoré de una cartonerita sin saber por
qué fuimos con Ricardo a fotocopiar Un libro de Juan José
Julián.
A las siete en punto mi vida era tal cual a las
siete y cinco era ¡sensacional! de una cartonerita rumbo a Santa
Fe yo no sé por qué, yo me enamoré.
.........
..........
Aunque no me crean que exagero, dirán era casi
igual ¡karac! a Ana Kurnikova: rubia de ojos claros su carrito de
cacharritos para nada la afeaba todo lo contrario como la
resaltaba! .............. ............
Con una prole de
cartoneritos en un camión ella se subió, entre las luces de la Santa
Fe sin decir adios desapareció, en tiempos de total evasión me
pasó muy cerca un gran amor. Ricardo se borró se fue a tomar el
subte rumbo a Santa Fe. Yo me volví solo sin saber por
qué caminé diez cuadras leyendo sin leer a Juan Julián
José.
a R.Z.
30 millones de negros sobre un palmar
colorado
¿Qué cosa hay más popular en
el mundo que 30 millones de negros desnudos bailando sobre un palmar
colorado? ¡Mamañema curepí! 30 millones de negros lanzados a su suerte a
una altura de los mil diablos y más; gracias al fenomenal lagrimón que se
mandaron los peruanitos sobre el Africa, y desde el yoti. Pues las
vegetaciones al sentir una gota de lágrima superrefrescante, crecieron con
una fuerza inusitada, arrastrando -además de toda su fauna y su flora
ictícola-, millones de negros aferrados a lo que sea, a sus ramas, a sus
troncos, a sus cocos, y hasta a sus mismísimas raíces; mulatos zaireños,
zambos congolíes, sultanes marroquíes, se encontraban entre las nubes más
altas, más alto de lo que su imaginación podía llegar; loros, tukus,
tucanes, alacranes pechitos colorados, pecarís quimileros, boas
constrictoras, tigres de Bengala, tarántulas, ranas terneras, panambís,
añaretás, yasiterés, yacarés, jaguarettes, todo un mundo flotante se
presentaba sobre el cielo del viejo mundo. De pronto, las palmeras dejaron
de crecer y se afianzaron lozanas entre las nubes, como un zeppelín
multicolor y viviente. La alegría de conocer algo un poco mejor que la
pobreza hacía que los negros bailaran sin parar, muertos de alegría, sobre
las ciudades mas importantes de Europa: Budapest, Oslo, Copenahue,
Barcelona... Ese alboroto carnavalesco y liberador, más las corridas de
los elefantes, las trepadas de los tigres de Bengala, los chillidos de los
monos tatús, más el gran bolonqui de la felicidad bardera de los negros;
en fin, todo ese cocktel explosivo hizo que las palmeras se inclinaran
volteando generaciones enteras de horangutanes, leones, infinidad de
dátiles, cocos, y un sinnúmero de oscuras nigerianas. A todo esto, los
negros continuaban bailando a una altura inclasificable; ya eran la
atracción del momento y nadie en Madrid, Praga, Sevilla, Budapest, en la
isla de Creta o en las lujosidades de Milán, le daba la menor bola a la
política, la liga de fútbol, a Bin Laden, a las armas químicas, o al
internet. ¡Mamañema curepí, el internet eran ellos mismos! A mucha altura
se apiolaban y viendo que les encanta la cámara y el conventillerío,
mostraban la hilacha haciendo todo tipo de monerías. En fin, eran negros.
Artistas irremediables de nuestra especie humana. Pronto le hicieron saber
al mundo sus honorarios y pedían, fortunas, palacios, Ray Bands de oro y
no sé qué guarrabasadas más por una foto o una declaración en vivo para la
RAI o la BBC de Londres, no había caso los negros eran hinchas del
bolsillo y así les fue. Los medios le cortaron el rostro de unísima,
ninguna empresa neoliberal del mundo capitalista se iba a dejar apurar por
un par de ñatos saltarines. En segundos la morochada voladora se sumío en
el más absoluto ostracismo; decíale adios al marcketing, al
merchandinsing, a las vinchitas colorinches con sus nombres. ¡Chaú
negocio, chaú fama, chaú money, y otra vez estamos en lo mismo curepí! No
hay caso, el pobre lleva la pobreza atada. Otra vez quedaban afuera de la
repartina de la torta, pero acá es apropiado explicar que a la negrada en
masa, en el fondo le importaba un reverendo huevo el silencio de Londres y
los negocios del mundo capitalista. En reprimenda continuaron con todo su
proceder germinativo: comenzaron a singar, a culear, a sonsear, a soñar, a
jilguerear, a jugar fútbol hasta el amanecer. El gigantísimo palmeral
colorado se sacudía como un sonajero. Curepí, ¿qué otra raza humana puede
mantenerse singando día y noche sin parar? ¿Qué otra especie puede
mantener la verga siempre firme ante la mirada del mundo? ¡Día y noche sin
pedir permiso! Esos indecentes ilegales seguían provocando al mundo con su
espantosa pobreza. No les importaba más que vivir. Uno del montón en vez
de eyacular dentro de una rojísima guayaya mulata la sacó afuera y mandó
la leche sobre una ciudad europea. Al rayo la multitud singante lo imitó y
se largó una lluvia de leche pegajosa. Las españolas y las francesas se
excitaban con tantas vergas chorreando leche sin parar; corrían
alzadísimas hacia los barrios pobres de Madrid y de París y se llevaban a
la rastra a los pocos ecuatorianos que quedaban en España y a los
friolentos colombianos de los barrios latinos de París. A todo esto las
alemanas hacían lo suyo con los cubanos en Berlín, y las suecas desastres
con los bolivianos de Estocolmo y hasta con un chileno extraditado del
régimen de Pinochet perdido en el frío de los Países Escandinavos. El frío
continente se convirtió en una gran culeadera fenomenal, un tickigarche
sin precedentes en la historia del mundo, con cumbia incluída, bachata,
merengue y lo que ustedes quieran. Acá hay que parar y decir la verdad,
desteñir la historia rosa. Y la verdad es que a los negros les vino una
envidia imparable de sus descendientes latinoamericanos y no les cabió ni
ahí, que garchen gracias a ellos. ¡Qué gran verdad! No hay nada mas
racista que un negro. Envilecidos de egoísmo, muertos de envidia, se
compelían mutuamente a lanzarse al vacío para aclarar los términos. (Acá
si o sí, hay que dejar entrar al verdadero protagonista de esta historia:
nuestro héroe dominicano, el gigantísimo Tedoycontodo que estaba dándole
con todo a la mujer del Presidente de los Estados Unidos de vacaciones en
Europa al enterarse de todo este bochinche monumental y ¡qué mejor para
veranear que unas playas donde cayeran negros a piladas! En realidad fue
toda la familia presidencial a hacerse bajar la caña a Europa tuviendo la
suerte milagrosa de encontrarse con Todoycontuti. La cuestión es que entre
meta y soga, entre raspe y sangre, entre ahogados susurros y sábanas
bañadas, entre glug glug, ploc, chac, chazz, y ay, ays, se le escapó a la
dama presidencial que todo este revuelo colorinche, este despelote, era
una maniobra de Estados Unidos para acabar con la especie negra). A todo
esto los negros, viendo que les quedaba poco hilo en el carretel, se
tiraban con la garcha inflada en busca de una gringuita calenturienta. Por
primera vez en la historia de la Europa renacentista y católica fervorosa,
hubo semejante peregrinación áerea de la raza plebeya por excelencia,
jamás en la pedorra vida de este mundo moderno hubo semejante demostración
de hermandad porque aquel que vuela se hermana, semejante ímpetu de
comunicar la alegría de vivir simplemente… Las palmeras aplaudían en el
aire, las titánicas tarántulas rezaban del miedo, los elefantes
relinchaban de placer, y las negras, muertas de celos, se tiraban
siguiéndolos. Al momento, hubo una lluvia de negras africanas cayendo
panza al aire, con las gambas abiertas, alisando sus trenzas de
saltimbanquis entre cabriolas por el aire. Por ahí caían. Y algunas hasta
daban en el blanco: la emperejilaban o empomaban como se dice, ¡cosa no
tan imposible para ellos! De golpe el cielo se llenó de un atronador
chaparrón de negros desnudos lanzados a lo que Dios quiera. Y no quiero
contar más porque esto ya es un desastre. Imagínense ustedes, todo este
bolonqui armado por los preferidos del sol, en estos países fríos y
horribles como todo lo horrible que hay en esta tierra.
Washington Cucurto
nació en 1973 o 1943 (?) en San Juan de la Maguana, República Dominicana.
Publicó Zelarrayán, Ediciones del Diego (edición resumida), 1998;
(edición completa) 2000; La máquina de hacer paraguayitos, Siesta,
1999; y Oh tú dominicana del demonio, Belleza y Felicidad, 2002.
Veinte pungas contra un pasajero está en este momento girando en
las imprentas de la editorial VOX. Ya los estará esperando en su librería
amiga.
Tickismo a full
/ Gustavo López
Como un barman
excitado por la aceptación de sus tragos Cucurto vuelve a sorprendernos a
alegrarnos a juntarnos las cabezas.
En veinte pungas contra un
pasajero (libro que esperamos publicar, antes mejor que después, en la
colección de poesía de VOX) el frangollo, la mezcla poderosa de distintos
registros poéticos, la prosa refalosa, el choreo de una musiquita, frase o
guiño de estilo que pocos detectan y muchos disfrutan, se presentan
trabajados con mayor intensidad que en sus libros anteriores, generando
por momentos una distorsión que, lejos de saturar, favorece la potencia de
esta poética cucurtiana.
Alentado por el escandalete
incendiario que provocó el relato de la venganza del salteño que se
embambina a la coreanita en Zelarrayán el Cucu se cebó con los
guascazos, las negras lenguaraces y el desenfreno de sus heroicas tickis
(publicamos en esta selección una muestra homeopática de tales calenturas
como para que el lector se entusiasme y vaya juntando para el libro).
Algún jodido seguro que piensa que vio la oportunidad y le saca punta al
lápiz, pero nada tiene que ver esto con el culto al efecto, si no mas bien
con la treta del tero que grita acá y pone los huevos allá lejos. En este
caso entre los pajonales de la desmesura y el encanto: sabe esconder
líneas, palabritas, versos de una ternura torpe y sobre todo alentar la
reflexión sobre la poesía que se escribe y se escribirá. Hace un tiempo
en un reportaje publicado en un diario de tirada nacional, describía a su
escritura como "realismo atolondrado", una especie de sin razón, de falta
absoluta de programa, pura torpeza y bartoleo; pero a medida que rascamos
en la lectura vemos que poco ha sido soltado con descuido o al azar. La
preocupación por hacer foco, por ajustar el trabajo sobre el decir del
arte de estas épocas se percibe camuflado en las reescrituras, en el
esfuerzo por presentar unas cuartetas simplonas y forzadas, en los
homenajes a tales o cuales poetas y sobre todo en el entrelazamiento con
los desvelos poéticos y formales de sus contemporáneos, amigos, colegas y
Salieris.
Lo que debe ser dicho con
precisión está medido con el calibre del tornero y contrabandeado entre la
desmesura y el fanfarroneo. Vean estos ejemplitos :
"Flechas
que hallaste entre los saldos de una antiquísima fábrica de
zapatillas. (¿No habían -¡esas típicas!, azules con líneas blancas?)
..." ............................. "No hay dudas, desenmascaré a la
muerte no me tomen por demente, pero acá voy a tutiplén,
agarrensé: la muerte es una ticki ..."
¡Qué cancha Cucu querido
tenés para cortar los versos! Cortos y largos, intermedios con las sílabas
de una sola mano y algún que otro dedo prestado y así con esta puntuación
y escanciando con variados alientos nos desgrana distintas lógicas del
pensamiento, ideas y construcciones poéticas sorprendentes y amables. Nada
que ver con el relativismo. Placer de pensar y sentir de sentir y de
pensar.
Ana Miravalles
Arte cisoria
Elena parte el pan recién sacado del horno de ladrillos las
gallinas pisotean las migas embarradas y la sombra de la parra
seca, deshaciéndolas con sus patas en el agua mansamente
turbia de la acequia; con sus dedos ajados parte, Elena,
el tierno bollo salado para que Alvarito
coma.
Parece que el tajo no fue seco y
preciso; se ve que el cuchillo no estaba bien afilado. Una
pena, la carne del chivito queda mucho más tierna cuando no
patalea ni grita y la sangre cae en seguida en el tacho. (Y es que
se nota la diferencia se nota en la consistencia al
asarlo).
Hendir la hoja cada vez hasta el
más oscuro rincón descoyuntando los huesos, sin que se rompa la
carne; deslizar la pulpa despacio con las manos para
dejar limpio el cartílago, la carcasa entera, alas patas pechugas;
sí, fueron varias las navidades hasta la madrugada
deshuesando; después lo rellenás con ananá jamón nueces lo cosés
con hilo y lo dejás listo para meterlo al
horno.
Habría que terminar de pelar la
fruta; ¿y esa manzana que está, así, como machucada? ¿la habrán
dejado crecer demasiado tiempo en su árbol, o madurar al sol y
podrir bajo el calor áspero o algún pájaro, tal vez la habrá
picoteado? Habría que pelarla, cortar lo poco o mucho que se pueda
usar y lo demás,
tirarlo.
Los
confites guardados por demasiado tiempo se ponen viejos y
toman un, más bien, desagradable gusto a humedad, en su caja con
su moño y su papel metalizado sabrían a amarga herrumbre
empapelada y quién sabe si algún gusano no habrá horadado el
azúcar apelotonada. Habría que haberlos picado a su tiempo los
confites picados se usan para cubrir tortas o para aventar la
ansiedad de que queden así como
pegoteados.
Huecas carcasas
cartílagos Leticia apila en tierna montaña
descoyuntada
(después tendrá que retocar un poco el
esmalte en esa uña que se ha quebrado).
Una
varita así en una lata de aceite este eucaliptus hace veinte
años, de Polvorines lo traje. Miralo ahora, las raíces están
partiendo la casa por debajo; en el techo la fisura y también en las
paredes del frente y en piso se abre. Descuajada, está a
punto de caerse, la rama y el techo podría terminar de
partirse; nafta pasame la nafta a ver si la encendemos; la
motosierra se llama Poulan Pro. Hace bien el aserrín así, fresco
para las plantas; las otras ramas antes las habían cortado a
serrucho; vamos a juntar el aserrín de los troncos recién
cortados con la motosierra para que se abonen las macetas de
las plantas que están en el comedor. Había un método, para las
sequoias para saber cuántos miles de años tenían los troncos
contándoles concéntricos los aros; el primero, el de afuera, aquí
se te pierde, el de la corteza carcomida por las chinches que
dibujan sus jeroglifos en la madera; al final, hacia el centro se
pierde la cuenta, igual con esos colores las rodajas se ven de
todas maneras, bastante bien. ¿Cómo las trozamos? En
cuartos para que entren en la cocina, y con hacha, mejor, ¿no
ves que esas ruedas más chicas con la vibración del motor se
mueven se deslizan saltan como si trataran de escaparse?
A cada hachazo las rodajas viejas saltan en pedazos las
grietas en la madera reseca a cada golpe torpe: para la
económica igual esos pedazos informes sirven; tal vez
mejor.
Nada, nada tiene que ver con
cuestiones de higiene:
la transpiración cae en la masa del
pan cerca del horno a la madrugada
la sangre del dedo
apenas tajeado sobre la paleta
entera.
Los tubos de luz enceguecen a esta
hora y más cuando uno llega tarde cansado y tiene que agarrar el
martillo y darles a los animales seco no más tratando de no romper
el seso mientras callados los viejos terminan antes que enciendan
la noria de afilar su cuchillo en las
piedras.
Se te acerca despacio el caballo
sin recelo te conoce lo vas trayendo le clavás hasta el
corazón el puñal; se desangra lento tambalea al final se le
abren las patas se cae.
Lo charquean después y en bolsas
en pozos ponen la carne para que no se
pudra.
No es común un toro blanco en la manga.
Ni tan inmenso, ni tan hermoso.
Ocupa solo todo el cajón; y
con él, el ritmo monótono de los golpes en la nuca se
corta.
Cabecea, se mueve, se agita; pero no
cae. Catorce veces. Al final, hasta el capataz viene.
Recién
ahora logran colgarlo en la noria; y tienen
que llevar agarrada
esa cabeza, para que no se enganche en el piso, para que llegue al
sitio del degüelle, desangre,
y se la
corten.
Cabría un dedo entero en lo
hondo del tajo recién abierto venciendo el dedo el espacio de
la milimétrica espesura de la hoja entre esas fibras
cabría si no estuviera lleno de sangre todavía demasiado
fresca.
El acero no se repara al
quebrarse tampoco la carne mal tajeada.
Ninguna enmienda es
posible sí la compensación: una hoja nueva, otro cabo,
y
el propio, en lugar de algún cuerpo mal despostado.
Ana Miravalles nació en Bahía Blanca en
1965. Participó del taller Vox - Antorchas (2001). Es
inédita.
[Índice] [Principio del Poema]
¿Cuchillito que no corta? /
Marina Yuszczuk
Uno podría apurarse a
leer los poemas de Ana en relación con una tradición nacional donde
figuran la ley del cuchillo, el trabajo de campo, el frigorífico, y demás,
tentado más que nada por la presencia fuerte de la carne, del tajo, de las
reses. Y todo eso, desde luego, está: a favor de esa lectura, entonces, se
aceptan argumentos. Buscando, sin embargo, un elemento que permita en
lo posible pensar todos los poemas, me encuentro con el corte, como es
obvio, aplicado a distintos objetos, o mejor dicho a todos: cualquier cosa
se puede cortar. Por eso el corte revela semejanzas perturbadoras entre
los objetos, a la vez que permite leer aquello que los diferencia, es
decir, el punto en el que se resisten a ser puestos al mismo nivel y
asumen, aún frente al corte, características propias.
En este
sentido, hay una batería de recursos que Ana despliega en sus poemas y que
tienen que ver con el corte, a distintos niveles y direcciones y sobre
distintos materiales. Aparecen, por ejemplo, versos tajeados casi a
cuchillazos y, por eso mismo, filosos, cuando el acento cae en la última
sílaba ("Parece que el tajo no fue/ seco y preciso; se ve"). Este mismo
filo es el que sirve, en otro poema, para cortar elementos bien distintos:
los pollos para comer en Navidad, por un lado ("Hendir la hoja cada vez/
hasta el más oscuro rincón/ descoyuntando los huesos"), y el tiempo,
después ("alas patas pechugas; sí/ fueron varias las navidades/ hasta la
madrugada deshuesando"), porque en el texto que había empezado en presente
se produce un corte sobre el orden temporal a partir del filo de ese "sí",
que nos lleva al pasado como un tajo en la memoria, y que a su vez corta
al poema en dos mitades. En otro de los textos se da el movimiento
contrario: con un verso afilado donde el acento cae precisamente en la
palabra "cortar" se interrumpe la especulación sobre el pasado del objeto,
una manzana en este caso, y se vuelve bruscamente al presente y al
objetivo concreto, inmediato ("Habría que pelarla, cortar/ lo poco o mucho
que se pueda usar/ y lo demás,/ tirarlo."), cortando esa pregunta que
atentaba contra la eficiencia de la tarea. De un par de tajos, también,
se vale Ana en otra ocasión para trozar al poema como hace Leticia con los
pollos. La palabra "descoyuntada" queda aislada en el centro de un texto
también descoyuntado, y a pesar de los cortes tajantes, se derrama con
todo su peso hacia el resto del poema, irradiando sentido: ¿descoyuntada
Leticia, la montaña de cartílagos, la uña quebrada? Y se puede plantear,
entonces, qué pasa con el cuerpo que corta, que descoyunta y es quebrado a
su vez. Porque el riesgo del corte tiene que ver con su carácter
definitivo; de ahí la necesidad de precisión. El corte se juega en un
intento; no hay posibilidad de reparación, ni segundas oportunidades. Si
sale mal, no queda otra que poner el cuerpo ("Ninguna enmienda es posible/
sí la compensación…y el propio,/ en lugar/ de algún cuerpo mal/
despostado.").
De todas maneras, aunque el tajo no se pueda
reparar, hay cosas que subvierten su eficacia, y esto, como en el caso del
corte, sucede de diversas maneras, y genera tensión. Hay, por ejemplo,
elementos que se intenta separar pero se mezclan a nivel fónico, como
"carne" y "sangre", "tacho" y "asarlo", porque "Parece que el tajo no fue/
seco y preciso", entonces se contaminan, al resonar unos en otros, lo que
se come y lo que se tira; elementos problemáticos como el inmenso toro
blanco, que parece rebelarse y hace sentir su impacto sobre el ritmo de la
matanza, sobre el ritmo de los versos y la separación de las estrofas
("Ocupa solo todo el cajón; y con él, el ritmo/ monótono de los golpes/ en
la nuca se corta"), acapara la atención del capataz y hasta extiende el
poema; objetos que rehúyen el corte porque se le adelantan, como esos
confites que se humedecieron antes que se alcanzara a picarlos, y
pegoteados, pegotean el verso, ese que dice, justamente, "así como
pegoteados", y que se estira por ser el único en el texto en el que quedan
cuatro sílabas entre los dos acentos; o cosas que se mezclan sin querer, a
pesar de las "cuestiones de higiene", en un corte involuntario ("la sangre
del dedo/ apenas tajeado/ sobre la paleta entera.").
Elementos
distintos, es cierto, y recursos distintos. Sin embargo, uno puede
preguntarse, a partir de estos textos: debajo del cuchillo, o de cualquier
otro instrumento cortante, ¿en qué se diferencia mi cuerpo, es decir yo,
de una vaca, de un árbol, una manzana, un pan o unos confites? El corte
acerca de repente estos objetos, que en nuestros esquemas habituales de
pensamiento tienen una jerarquía bastante definida, y diferencias claras,
casi obvias, y tranquilizadoras. Tal vez es ahí donde reside el potencial
atroz de estos poemas, en lo que dejan flotando en el aire: cualquier
violencia haría de mí, o haría del toro blanco, o del caballo, una
víctima, pero el corte impasible sólo vuelve puro objeto. Objeto, además,
que ni siquiera es el centro de la atención, ocupada (y preocupada) más
bien por la eficacia del corte. Por eso, aunque haya demoras,
disgresiones, preguntas por la historia de la cosa que se está por cortar,
como en el caso de la manzana, que casi hacen esperar atisbos de
compasión, en el momento preciso del corte se anulan las historias y las
identidades, y lo que cuenta únicamente es cómo aprovechar el cadáver, los
pedazos, los restos, que entran así en una cadena de usos donde las cosas
importan solamente según su utilidad. El corte tiene fines prácticos;
lo que se puede se aprovecha y lo demás no se lamenta, se tira. Cosas en
las que uno, tal vez, preferiría no tener que detenerse. Pequeñas
salvajadas, oportunamente aisladas en la cocina, o en el frigorífico.
[Índice] [Principio del comentario]
Cristián Gómez O.
Oscuro como la tumba donde yace mi
enemigo(Sigbjorn
Wilderness)
De
quien se pide que declare y atestigue
La fugacidad del instante y los compromisos
adquiridos se negocian con la primera línea. Un tono
vulnerablemente eterno y sepia le convendría a tus recuerdos así como a
esos rostros que amarillean en las fotografías del álbum subrepticio
y subcutáneo donde guardas los daguerrotipos de un tiempo que
abundaba en lo referente a esta cuestión imprescindible de las sombras
-que no tienen ni tendrán derecho a ocupar un lugar de nuestra noche.
Hay que pagar una alta cuota de incomprensión y menosprecio para
contemplar las casas de Kulcevzky. Hay que pagar una parte importante
de nuestros estipendios en la elaboración de nuestras armas de
cetrería, en la confección de nuestras capas con alforzas y revestimientos
(lino o cachemira). Y hay que pagar para entrar a los recitales de
poesía. Y también para entrar a los bautizos y a los funerales. De
cualquier manera, dejaste empeñada parte importante de tu vida y la
pecuniae de tus últimos esfuerzos por seguirle el rastro a aquellos
botes -los que no dejaban surcos sobre el agua:
-como los
borrachos, que tampoco dejan huellas sobre el pavimento.
Hay para
quienes el vuelo de las gaviotas vistas junto al atardecer y la caída
paulatina pero instantánea del último de los rayos deste sol es
motivo inevitable/mente de alegría o de tristeza: los pescadores (para
no hablar otra vez de los botes) no dejan surcos en el agua o en el
mar. Vuelven al muelle como quien vuelve a pisar en terreno firme.
Nosotros volveremos a pisar en terreno firme el día en que
volvamos a sacar el habla y al ver los primeros espejismos (el
océano es otra clase del desierto), en lugar de proclamar a voz en
cuello la tierra que después de tanto (tiempo, horizonte, cansancio)
al fin se encuentre al alcance de nuestra vista, gritemos solamente
océano, gritemos solamente
océano -las gaviotas aún volaban a
nuestro alrededor.
De todas las gaviotas que volaban
alrededor hay una que es la que recuerdo. De hecho sigue
volando como si las horas no se hubiesen venido encima y yo no
estuviera aquí acostado acordándome de ella. Cuando regresé a mi casa,
ya hacía frío a esa hora en el muelle y no quedaban pescadores en faena
(ni los turistas, ni nadie) la única que seguía como una especie de
volantín suspendido en el aire era esta gaviota de la que ahora me
acuerdo. Si vuelvo al muelle ya no va a estar. Si vuelvo será de noche
y tendré que abrigarme y los faroles que rodean la entrada del muelle
estarán prendidos como una advertencia de los nuevos invitados: alguna
pareja, cierto número de gente más o menos joven divertidos
alrededor del último cogollo y las pinzas a las que más de alguno
recurre para que no se termine. Y no va a estar. Se habrá retirado
con las otras supongo que a dormir. Sólo en esta pieza puede seguir
volando. Sólo si alguien se mantiene aferrado al abrigo de las frazadas
o del sueño. Un recuerdo que la mantenga viva o volando. De eso depende
que mañana los pescadores tengan a quien echarle las sobras y la
basura: y el paisaje pueda ser el mismo que mañana.
El
rastro de la piedra sobre el agua: la huella que los botes ni los
borrachos dejan sobre el mar. En alguna de las piezas colindantes,
alguien habla de la conveniencia de acostarse peor que un estropajo.
Anécdotas y otras historias semejantes se acumulan entre esos labios
que no han recibido la bendición paulatina de tus besos: que en su
estupefacción la aurora demore un par de horas su llegada, no hace
sino refrendar tu pertenencia a la raza pudorosa de los suicidas.
Se te nota en ese rostro diáfano y alegre como si fuera la moción
de confianza que no te compra nadie, mucho menos tú y tu
mirada repentinamente adusta ante el impertinente iluminar de las
estrellas mortaja a estas alturas cursi pero imponderablemente fiel: no
hay nadie en ese balcón y los transeúntes -precavidos y
desconfiados hace tiempo que ya no van ni se devuelven por esta
acera.
Savonarola
IV
Aquí los
álamos se llenan de zorzales. La resignación que a otros no acompaña
los llevaría simplemente a decir: aquí los árboles están llenos de
pájaros.
Hoy estuve en el Casino (veinte mil pesos menos). Salí a
comprar el pan. Busqué una orquídea que no hubiera nacido entre
medio del fango.
Aquí los álamos se llenan de
zorzales.
Entré a una librería. Fui a caminar por la
playa. Compré un boleto de regreso.
Aquí los álamos se llenan de
zorzales (a pesar de la ausencia de las hojas las ramas no estarán
tan desnudas como el día en que los pájaros se marchen cuando aún no
sea otoño cuando aún no sea invierno).
Visité a un par de amigos y
vi una película.
Ya no están los zorzales (pájaros). Han abandonado
los árboles, así como también los álamos.
Y en la palabra
pájaro ya no quedan más zorzales.
Canción
del recaudador de impuestos
Por ahora me
tienen sin cuidado los anuncios de lluvias y temporales. Lluvias y
temporales no pueden evitar sí algunas súplicas e injurias,
desmayos y artimañas de toda especie, no pueden, decía, impedir o
posponer o derogar las facultades que el emperador en su
nombre delegó en mi nombre: dejar entre mis claros y mis oscuros el
misterio que añoran esos labios pendientes de una próxima
palabra ausente, por supuesto, del retrato. Por lo pronto me tienen
sin cuidado esos saludos, esos gritos, esas postreras despedidas: una
mano agitándose en el viento, cumple, con creces, mi tarea. Pero
cuando vuelva el recaudador de impuestos no caerá tenuemente la luz
para ocupar con sutileza los errores en la distribución de muebles
y otros objetos de escaso y extraño valor: un ejemplar del
Breviario de las costumbres extintas entre los pueblos de Normandía
y Bretaña (1598), los pabilos desparramados de la última noche
en que estuviste en esta pieza y el retrato inconcluso del innoble
funcionario y su esposa cogidos de la mano para que una imagen les
devuelva (dependiendo de la vulnerable generosidad de mis
honorarios) todo el regocijo y la alegría que uno supone el
recaudador imperial de los impuestos y su esposa tendrían a raudales
como el dinero con que cuentan a raudales para pagar, sin ir más
lejos las bromas sin gracia de un bufón dispuesto a pintar, aún con
lluvias y temporales, que lo tienen, como dije, sin cuidado, los
denarios que bien sabe esconder tras frases como las que
exclama aparentando sorpresa: 0h!, este año no crecerán las
azaleas en mi jardín, no podré por tanto cubrir con ellas las
impudicias de vuestra esposa.
Hamlet, o la muerte de un vendedor de
pinturas
1.- Para aquellos de 1971, con
dos citas de Malcolm Lowry
Dicen los que
saben que al norte de tus cabellos, al norte exacto de tus cabellos, le
falta horizonte como para perpetuar esa inocencia incrédula y
mentirosa que practicas con destreza y aplomo semejantes a los de tus
compañeros -la palabra no es gratuita- arrojando sus juveniles y
tampoco gratuitas bombas de fabricación casera o universitaria: los
accidentes se suceden unos a otros en una complicidad de la que no
tenemos ni el menor aviso así es que prepárate, Medea, para asistir al
banquete de tus entrañas como si esto fuera un ritual en el que todos
los días el destino se encargara de hacernos de entender que
podemos tensar el arco, no soltar la flecha: que nadie me culpe,
entonces, si no he cambiado como no han cambiado las nubes ni el
océano.
Antes del vuelo sin dirección de la corneja: los cofres
de arena sobre la mesa se esgrimen como los seguros de vida que los
personajes de la literatura clásica se sienten con la obligación de
exigir: un pedazo de carne, por ejemplo, a requerimiento expreso del
judío: tanto tiempo, como estai, donde habiai estao.
En la
edad media los goliardos bebían hasta quedar tirados por el suelo, lo
demás -decían- ya es vicio.
-Tanto tiempo, como estás, donde
habiai estao: el agua de la noche pasa por debajo de los puentes de tu
lengua.
Dicen que las bacanales de nuestro tiempo -ojo que esto
es una reunión de amigos- guardan una lamentable solución de
continuidad con un bautizo de pobres o la elección de la reina de la
primavera entre las madres solteras fecundadas por un amigo o el
espíritu santo. Ifigenia, muerta en Áulide, por obra y gracia de los
dioses volvió a la vida. Por obra y gracia de la verdad
sospechosa la noche
rueda cuesta abajo de manera semejante y en un compás que reproduce el
mismo ritmo del rodar permanente y hacia abajo
-del vientre de
c/u de los comensales -de las miradas antaño altivas -de lo que
solíamos denominar con inocencia "la vida (tiene todo el futuro por
delante)".
En la edad media los goliardos, etc: "La última
esperanza es el próximo vaso". Nuestro decálogo
recomienda aferrarse por ende al próximo trago, dedicarle más
tiempo que a la conquista de una mujer hermosa y sin
consecuencias: (De la mano de tu mujer, el fotógrafo huye como
huiste de la mano de tantas otras mujeres. El Cónsul que no es
cónsul quisiera detenerlos y en su camino-azares de la
vida, necesidades del relato- se topa con el contenido frenético e
imperturbable de un tequila de esos que no perdonan. Los próximos días
se resumen en esa frase que lo resume todo: no es manera de
morir. Aferrado a la piedad de las cunetas, a la caricia indolente
de la lluvia. No es manera de morir).
Cristián Gómez O. nació en 1972 en Santiago de
Chile. Es Licenciado en Letras. Participó de los talleres de poesía de la
Fundación Neruda y compiló, junto a Germán Carrasco la antología de joven
poesía chilena Al Tiro. Actualmente se encuentra en Iowa, como escritor
residente.
[Índice] [Principio del Poema]
Los "Grandes
Poemas" de Cristián Gómez O. / Mario Ortiz
Me explico: la aproximación más gruesa
y general que se me ocurre de este libro de Gómez es la de calificarlo
como una "poética de lo grande" (el adjetivo "grande" es vago, pero dije
que estamos dentro del ámbito de lo grueso). Habría que pensar, en primer
término, en la relación de la poesía de Gómez con algunos tópicos
tradicionales de lo "grande", evidente desde lo más concreto e inmediato:
el tamaño de sus versos. Por momentos abarcan el ancho de una página,
desbordando una cadencia marcada y propendiendo hacia otra más cercana al
"tempo" de la prosa. Tomo un ejemplo al azar:
"los accidentes se
suceden unos a otros en una complicidad de la que no tenemos ni el
menor aviso así es que prepárate, Medea, para asistir al banquete de tus
entrañas "
Los antiguos preceptistas lo llamaban "versos de arte
mayor". En el caso de la poesía de Gómez, estos períodos largos, la
escansión, el ritmo vienen dados más bien por el trabajo con las ideas que
maneja el poema y con sus peculiares modos de variarlas y entrelazarlas.
Así, por ejemplo, en el poema "De quien se pide que declare y atestigüe"
hay al principio un trabajo sobre la idea de la memoria
"(... ) Un
tono vulnerablemente eterno y sepia le convendría a tus recuerdos así
como a esos rostros que amarillean en las fotografías del álbum
subrepticio y subcutáneo donde guardas los daguerrotipos de un tiempo
que abundaba en lo referente a esta cuestión imprescindible de las
sombras -que no tienen ni tendrán derecho a ocupar un lugar de nuestra
noche."
Hay un interesante desplazamiento en el que el tono sepia
de las fotos se vuelve atributo de los recuedos en un álbum interior.
Podría pensarse que el libro en buena medida está pensando su ritmo a
partir de un montaje de imágenes/ideas que van estructurando al poema. Más
adelante, en este mismo texto, hay una fina labor de trenzado, como en un
telar: si las imágenes y tópicos las proponemos como hilos, hebras de
lana, lo que hace es entramarlas para formar la figura completa. En
efecto, a esta idea del recuerdo, y de las marcas que deja en la
fotografía, se le contrapone las no-marcas, la ausencia de huellas que
dejan las gaviotas en el aire, lo borrachos en la calle, y quizá
extendiéndose, el paso fugaz de la pareja a la noche en el cuarto.
Pero también hay que señalar el riesgo más evidente de este "arte
mayor", que es el exceso, el desborde de palabras, adjetivos y giros
que vuelven al verso por momentos inflado, demasiado perifrástico. En el
fragmento de arriba lo veo claro en el pasaje "que abundaba / en lo
referente a esta cuestión imprescindible de las sombras". Veamos que el
encabalgamiento no hace sino estirar un período demasiado largo; además,
los giros "en lo referente" y "cuestión imprescindible", casi
yuxtapuestos, suman una sobrecarga de tono formulario/periodístico que
producen un efecto de lastre. Ahora bien, yo no me apresuraría a atribuir
esto a una falta de destreza exclusiva de Gómez; pienso si no se trataría
de un tipo de riesgo que se puede correr en la poética que él elige
trabajar, y que tiene una prestigiosa tradición en Chile. Pienso en
algunos pasajes de los poemas extensos de Pablo de Rokha o incluso en
algún verso en Enrique Lihn, especialmente el de Escrito en Cuba.
Con lo cual lo que estoy queriendo decir es esto: aunque se trata de una
cuestión de grado, aquí reside una problemátca más honda, que es la del
verbalismo en un tipo de poesía que por su tono o extensión propende hacia
lo épico, o al menos hacia el poema de largo aliento. Pero Gómez
demuestra que también puede manejar la precisión de los ritmos más breves,
como en el maravilloso poema "Aquí los álamos se llenan de
zorzales." Hablamos de lo "grande", y recién mencionamos a los grandes
de Chile, y en la poesía de Gómez veo un tono, una dicción y un manejo de
las imágenes que creo muy deudora de Lihn; vemos citada a Medea, y más
adelante aparece una Filis que parece un directo homenaje a Al bello
aparecer de este lucero. Y, para finalizar por ahora, la última
referencia a lo "grande" sería la temática del amor, la erótica. Este es
uno de los grandes temas clásicos de la poesía occidental (en el caso de
la chilena vuelvo a pensar en Lihn, en el tan denostado Neruda): muchos
poemas de Gómez se construyen alrededor de la presencia de la amante, o de
alguna mujer ocasional. Y aquí las comparaciones son inevitables: pienso
que la temática erótica está comparativamente muy poco tratada en la
poesía argentina contemporánea, sobre todo si consideramos la gravitación
de una figura como Leónidas Lamborghini, que construye su poética a partir
de la parodia y del rechazo de lo lírico.
[Índice] [Principio del
comentario]
Reseñas
Delicado minimalismo / Elsa
Drucaroff Kodak / María Teresa Andruetto Argos,
Córdoba, 2001
Una mujer observa fotos, lenta y
delicada. Se trata del álbum de su vida. Cada poema de Kodak es una
instantánea y desata la memoria, el presente o el futuro, el viaje por la
infancia, la interrogación por el origen y constitución de la propia
identidad, la subjetividad reflexiva. En la escritura femenina es
frecuente esta persecución de la historia propia e interna, este modo de
sumergirse en el pasado para explicarse a una misma, este trabajo con el
yo. Y sin embargo, Kodak hace algo esencialmente diferente. ¿En
qué reside ese plus por el cual el libro, al mismo tiempo en que se
instala en lo que ya puede considerarse una tradición en la literatura
femenina, se aparta para instaurar otra cosa? Es probable que la respuesta
pase por una entonación donde se han superado la crispación y el
desgarramiento. En el mundo femenino que construye este libro, el dolor,
la alegría, el placer, la vida y la muerte, la nostalgia y el proyecto,
todo encuentra su lugar. En ese sentido, aunque interroguen cada
acontecimiento, cada escena mínima que los inspira, hasta extraerles una
médula, se diría un secreto, los poemas de Kodak no formulan
preguntas y escapan tanto de la nostalgia masculina por la infancia
perdida como del gesto dramático femenino frente a las humillaciones y
privaciones de nuestra niñez. Las escenas contienen preguntas y
misterio pero la escritura los acepta sin crispación y sin
grandilocuencia, no se retuerce en el dolor, no se revuelve en la rabia y
en la reivindicación, ni en la compasión por la niña que se fue, ni por
los seres queridos que se perdieron, ni en el clamor inútil ante el dolor.
Como un rollo de fotos, como una cámara tantas veces herida por la luz,
Kodak no gime, constata dulcemente, incluso si lo que hay para
constatar también es la devastación.
"Yo miraba, tras la lente
de una Kodak con la que él sacó fotos de la guerra, antes que la
muerte disolviera sus pupilas y delegara en mis ojos el dolor de
mirarme desbastada por la ausencia"
De instantánea en
instantánea, Kodak desarrolla una teoría de la mirada como
herencia, mirada femenina construida sin embargo desde un legado viril
(tal vez paterno). "Como un poeta minimalista, Andruetto se detiene en
la evocación detallada de lo nimio, pero a diferencia del minimalismo, tan
masculino en su vocación sistemática, en su negación de la subjetividad,
ella se deja llevar por el saber de los sentimientos, por el capricho y la
arbitrariedad de la memoria afectiva, por la fuerza simple y desnuda del
simple y desnudo amor.
Es una foto de blanco y negro, con los
bordes ajados, te diría (causa gracia esa remera de banlon, sobre
los pantalones nuevos). Tu madre, escondida tras los niños, sostiene
todo. Veo las piernas y la pollera; es su fuerza lo que miro, te
diría."
Kodak explora vivencias de niña que casi no han
tenido representación en la literatura: la mirada del amor entre mujeres,
la mirada amante de la niña a la madre, de la niña a la hermana. Ésas
apasionadas relaciones que nos constituyen y casi no han sido antes
escritas:
"Te sacaste el vestido, la campera te sacaste la
blusa, las hombreras, te sacaste el turbante, la remera, e sacaste
el corpiño, la bolsita de mijo, te miraste al espejo y me miraste y
yo vi tu pecho crudo, las costillas al aire, y después tu
corazón como una piedra, fuerte y fatal como una piedra."
Las
mujeres de Kodak, en efecto, están llenas de fuerza, pero no se
trata de la fuerza fálica: no supone la impotencia del otro, ni su miedo,
no precisa, para ser, mantener al otro en la debilidad. Es la fuerza de la
madre, una fuerza que construye, que afirma, que permite el crecimiento
del ser más débil. Versión femenina de la autoridad y el poder, versión
que tampoco tiene palabras y casi no se concibe en nuestra cultura, aunque
también "sostiene todo", porque nos ha sostenido a todos los humanos que
poblamos esta tierra. La madre de Kodak "sostiene todo", y por
eso también sostiene la escritura. En "Visita", el poema casi final, el
hacer femenino de la hija -es decir su libro- se entrelaza con uno previo
y ancestral de la madre ("y dice: "Ayer / hice dulce de duraznos" y yo
digo / que hablaron de mi libro / en el diario"). Antes, la voz de la
madre anciana ha cumplido la mítica tarea femenina de mantener tibio el
hogar, de encender el fuego en la tierra que se habita: "Otra vez yo
critiqué / al gobierno y ella dijo otra vez / "Es un país tan grande!". No
quiere / que me queje: "¡Este país generoso / recibió a tu
padre!" Delicado, casi diminuto, extrañamente fuerte en esa apuesta al
susurro y lo pequeño, Kodak explora un minimalismo femenino que
tolera el hiato, el misterio, la impotencia, el fracaso, la muerte, sin
renunciar por eso a la alegría, distribuyendo con serenidad palabras
simples y seguras para construir otra poesía de la mirada y la
memoria.
Ver poemas de Kodak, de María Teresa Andruetto,
en Vox virtual 3.
[Índice] [Principio de la
Reseña]
Aparecieron los tanos / Beatriz Vignoli
El astro
disperso: últimas transformaciones de la poesía en Italia
(1971-2001) / Pablo Anadón
(selección, traducción
y notas) Antología bilingüe con estudios críticos Colección
Fénix, Ediciones del Copista, Alta Gracia (Córdoba), 2002
¿Qué tienen en común Dario
Bellezza, Rita Baldassarri, Maurizio Cucchi, Giuseppe Conte, Paolo
Ruffilli, Milo de Angelis y Valerio Magrelli? Todos son poetas
italianos que comenzaron a publicar entre 1975 y comienzos de la década
del ochenta. Versiones al castellano de algunos de sus poemas, junto con
las versiones originales en italiano, pueden leerse en El astro
disperso: últimas transformaciones de la poesía en Italia
(1971-2001). Advierte su autor, respecto de esta "limitada"
selección, que la misma se encuentra a mitad de camino entre "la muestra
meramente informativa y el cuaderno personal de notas y traducciones".
Pablo Anadón nació en Villa Dolores en 1963. Es licenciado y profesor en
Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba, especializado en
poesía italiana contemporánea en la Universidad de Florencia. Ha publicado
cuatro libros de poesía, además de traducciones, antologías y ensayos que
reflejan sus estudios literarios de varios años en Italia. Vive en Alta
Gracia (Córdoba), donde dirige la revista de poesía y ensayo (también
colección de libros) "Fénix". En la revista, fueron publicados previamente
algunos de los ensayos críticos y selecciones que constituyen este libro
(Valerio Magrelli en el número 3, Mirella Muiá en el número 6). A la
colección de libros, pertenece esta nueva recopilación. Según Anadón
"la idea primera fue presentar un panorama amplio de la poesía italiana de
las últimas décadas, escasamente conocida en nuestro país". Pero como "la
llamada 'primavera poética italiana', que se extiende desde 1975 hasta los
primeros años de la década siguiente ... ha dado al fin pocas flores que
conserven aún el prefume intenso que tuvieron en su momento" el compilador
optó sólo por aquellos autores nacidos en la segunda posguerra cuya
escritura le resultara suficientemente atractiva. Y en su lúcido estudio
preliminar demuestra que ha seguido a través de una bibliografía crítica
en italiano sorprendentemente vasta los avatares de la poesía italiana
desde la neovanguardia del '68 hasta su aparente esterilidad
actual. Abren esta selección dos muertos jóvenes. La poesía confesional
de Dario Bellezza (Roma, 1944 - 1996) lleva a preguntarse cuán cursi sería
un poema de amor si no fuera por la condición gay del autor (y qué serio
resulta en cambio: "Intenso o sofocado tu amor es / el único sonido de los
días pasados / que todavía me ilusiona"). Mientras que Rita Baldassarri
(La Spezia, 1944 - Pisa, 1999) ha dejado una obra obstinada y excelente,
cuya solitaria ternura hacia el mundo se expresa a través de un continuo
desplazamiento metafórico que transmuta los reinos, animalizando, por
ejemplo, las plantas ("También el cactus en forma de mundo / se ha
excavado su nido en la maceta"). Su original mirada lo humaniza todo:
"Pero luego no llueve. / Queda una pena honda que no se entrega al
llanto". Si por esta selección solamente fuese, es posible pensar que
con la muerte de las utopías, la influencia de las vanguardias dejó
sueltas a pasiones que quedaron vacías de su objeto; y, dada la
obsolescencia en que las vanguardias mismas habían dejado además el amor
por el oficio, estas pasiones fluyeron hacia el yo. Como confirmando la
teoría freudiana del narcisismo (o el legendario ensayo "The Me
Generation", de Tom Wolfe), la poesía posvanguardista italiana, la de los
últimos treinta años, está signada por la pasión y la obsesión del yo.
Existir o ser, parece ser la cuestión, como si la elocuencia de la
vocación poética la hubiera dotado –igual que a la vocación de santidad–
de la posibilidad de elegir entre habitar un yo o trascenderlo. (Un caso
extremo de trascendentalismo es el del poeta cristiano Mario Luzi, quien
pertenece a una generación anterior a la representada en esta
antología). La importancia de una antología de contemporáneos es
siempre vital. Para los poetas argentinos hallar, reunidas, en el propio
idioma, las voces de la misma generación en otra latitud cantando
experiencias parecidas sobre el horizonte de una misma época, amplía el
alcance de la propia obra. Aquí nos enteramos, por ejemplo, de que en
Italia también la asociación entre fútbol, padre y niñez ha formado parte
de la experiencia poética. Al menos para Maurizio Cucchi, al menos en su
poema "'53", que parece escrito en el mismo momento, a comienzos de los
años noventa, por los más jóvenes Fabián Casas o Eduardo Ainbinder.
Generación a la que pertenece también el santafesino Osvaldo Aguirre,
cuyos poemas largos de versos breves parecen prefigurados por el intimismo
sigiloso y el coloquialismo "miniaturista" de Paolo Ruffilli (Rieti,
Toscana, 1949): "El viejo parqué / del piso huele / a cera y cruje /
continuamente / a cada movimiento. // 'Si escucharan de allá...'" Sin
esta antología, tampoco nos hubiéramos enterado de que toda una generación
de poetisas que anda por los cincuenta años ha enfrentado problemas
parecidos y los ha resuelto (existencial y literariamente) de similar
manera, tanto en Calabria como en Santa Fe o Rosario. Mirella Muiá, quien
sin duda ha aportado la selección más contundente de esta antología,
trasciende el yo individual a través de un tejido tramado entre el mito
antiguo, cierta intensidad cinematográfica de la imagen, y la memoria de
los propios ancestros; al leerla es imposible no evocar a Concepción
Bertone, a Marilyn Contardi o a Mirta Rosenberg, aunque el estilo terso,
denso en afecto implícito, del libro de esta última El arte de
perder esté más cerca del de Patrizia Cavalli (traductora de teatro
isabelino, lo que no es un dato menor) y el lirismo de la imagen en La
tela (1986) de Muiá recuerde más a la poesía que escribía por entonces
Rafael Bielsa. Seis años antes, el romano Valerio Magrelli publicaba un
celebrado primer libro, cuya poesía estoica remite a su contemporáneo
porteño exacto, Alberto Girri. Pero hay aspectos de la poesía
peninsular, sobre todo los más líricos –como los diversos intentos de
resucitar el orfismo y practicar poéticamente el reencantamiento del
mundo, corriente donde se inscribe Giuseppe Conte (Liguria, 1945)– que no
tuvieron eco literario en Argentina. Sí mediático: Conte tuvo una
celebrada participación en la edición 2000 del Festival de Poesía de
Rosario. Su obra oscila entre un panteísmo paradójicamente amargo y
maravillado ("Lo he olvidado todo, escribo / porque olvidar es un don: no
deseo / más que árboles, árboles y proas / de viento, olas que van y
vuelven, el eterno/ renacer estéril y mudo de las // cosas") y una banal
perplejidad ("No sé, a veces, quién soy"). La fascinación ejercida por la
figura del poeta ligur sobre el antólogo es algo que éste no ha creído
necesario ocultar; el contrapunto entre su ensayo entusiasta de los
treinta años y el comentario desencantado al último libro de Conte le
aporta a la compilación un raro sesgo personal. También la poesía
hermética fue de escasa difusión fuera de Italia, pero tuvo sus
continuadores: entre ellos Milo de Angelis (Milán, 1951): "Con una media
sonrisa señalas / una salida, una escalera cualquiera. / Ni siquiera ahora
tienes símbolos para quien muere" . Coetáneo del surrealismo, el
hermetismo era un resabio de los tiempos en que no se dudaba de que la
poesía fuese una "escritura sagrada". Hoy es, con gran esfuerzo, todavía
palabra humana. Eso al menos parece decirnos esta obra, cuyo título es
formalmente feliz, pero de sentido apocalíptico: en italiano, "disperso"
significa también "desaparecido".
Antología de la antología
Rita Baldassarri (S. Stefano Magra - Le
Spezia, 1944)
Todas las
chimeneas se tienden en hilera...
Todas las chimeneas
se tienden en hilera hacia la luna, se adentran en un mundo esmaltado
de azul en donde el viento frota las estrellas hasta hacerlas
brillar. Falta ese centro, ese recogimiento: falta un punto de
amor en el que cada cosa se conforte. Aquí se cuentan las penas de los
otros como si fuesen fábulas. Ya casi es invierno y un grillo
canta todavía.
Tutti i camini in fila
s'allungano... Tutti i camini in fila s'allungano verso la luna, /
s'immergono in un mondo smaltato d'azurro / dove il vento strofina le
stelle / e le fa luccicanti. / Manca quel centro, quel raccoglimento: /
manca un punto d'amore verso cui ogni cosa si scaldi. / Fra noi si
raccontano i dolori degli altri / come fossero favole. / E quasi inverno e
un grillo canta ancora . [ Ojos de gato
/ Occhi di gatto , 1986]
Y volvernos pequeños...
Y volvernos
pequeños como la mosca bajo la sombrilla de la hoja: desde allí
ver el paso del sol y nubes deshaciéndose en el cielo y aprender
el sentido de esta gran libertad de la luz que brincando entre la
hierba se astilla y recompone y otra vez se refracta, de la sombra
que juega a que nos muerde, del sueño y lo real que riñen allá
sobre el alambre de púas del horizonte y se sientan, después, en paz,
a consolarse; y aquí, nosotros, quietos, en el pliegue de una hoja
mirando con ojos de insecto.
E farsi
piccoli... E farsi piccoli / come la mosca sotto l'ombrello della foglia:
/ di là vedere scorrere il sole / e frantumarsi nuvole nel cielo / ed
acquistare il senso / di questa enorme libertà / del ricomporsi e
frangersi di nuovo / della luce che capriola sull'erba, / del buio che
gioca a mordere, / del sogno e del reale che s'azzuffano / lungo il filo
spinato dell'orizzonte / e poi siedono in pace a consolarsi; / noi, fermi
qua, nella piega di una foglia / a guardare / con gli occhi di un insetto.
[ Via di Goletta trece / Via di Goletta tredici ,
1993]
Maurizio Cucchi (Milán,
1945)
'53
El hombre aún era joven y vestía un sobretodo gris
muy fino. tenía de la mano a un niño silencioso y feliz. La
cancha era la calma y la aventura, estaba el Kamikaze, estaban
Nacka, el Apólida y Veneno. Era la primavera del '53, cuando
comienza mi memoria. Luigi Cucchi era el inmenso orgullo de mi
corazón, pero él tal vez no lo sabía.
'53.
L'uomo era ancora giovane e indossava / un soprabito grigio molto fine. /
Teneva la mano di un bambino / silenzioso e felice. / Il campo era la
quiete e l' avventura, / c'erano il kamikaze, / il Nacka, l' apolide e
Veleno. / Era la primavera del '53, / l'inizio della mia memoria. / Luigi
Cucchi / era l'immenso orgoglio del mio cuore, / ma forse lui non lo
sapeva.
Sopor de
la mañana
En el sopor de la mañana se esfuma el
remordimiento y el ocio casi hace prodigios.
Pero la noche aún
se resiste y en el alba se impregna de basura.
Luego se
recompone, en el vagar primero de la luz y entre la gente de estas
calles, como una especie de alegría.
sonno del
mattino. Nel sonno del mattino / sfuma il rimorso e l' abbandono / genera
quasi dei prodigi. // Ma la notte è ancora combattuta / e all' alba
s'impregna di sporcizia. // Poi si ricuce / nel primo oziare della luce, /
e tra la gente delle vie qui intorno, / come una specie di allegria.
[ Poesía de la fuente /
Poesia della fonte , 1993]
Milo de
Angelis (Milán, 1951)
En los pulmones
La frazada, su
fuerza, mientras crecíamos. O los ojos que ayer estaban ciegos,
hoy tuyos, ayer lo inseparable. Las ampollas, el arroz blanco, se
vuelven el único mundo sin símbolo. Materia que fue sólo materia,
nada que fue sólo materia. Velar, no velar, poesía, cobalto,
padre, nada, álamos.
Nei polmoni. La coperta,
la sua forza, mentre crescevamo. / O gli occhi che ieri furono ciechi, /
oggi tuoi, ieri l'inseparabile. Le fiale, / il riso in bianco diventano
l'unico / mondo senza simbolo. Materia che / fu soltanto materia, nulla
che / fu soltanto materia. Vegliare, non vegliare, poesia, / cobalto,
padre, nulla, pioppi. [ Tierra del
rostro / Terra del viso , 1986]
Valerio Magrelli (Roma, 1957)
La playa, los maderos
podridos, las cubiertas...
La playa, los maderos
podridos, las cubiertas hinchadas, las botellas, esas cosas
corrompidas y rotas, todo esto me es querido, lo que se queda
al margen, negado, sin propósito, lo que ninguno roba, lo que
sobra. En abril, la brisa vuelve a tener un poco de tibieza.
Parece una mejilla.
La spiaggia, il legno
fradicio, i copertoni... La spiaggia, il legno fradicio, i copertoni /
gonfi e le bottiglie, cose / guaste e corrotte, tutto questo / mi è caro,
ciò che resta astenuto, / rimesso, senza scopo, / ciò che nessuno ruba, /
ciò che avanza. / D'aprile / l'aria si fa appena calda. / Pare una
guancia.
Amo los
gestos imprecisos...
Amo los gestos imprecisos, el
que tropieza, ese otro que hace chocar el vaso, aquel que no
recuerda, el distraído, el centinela que no es capaz de detener el
breve palpitar de los párpados, me son queridos porque veo en
ellos el temblor, el tintineo familiar del mecanismo roto.
Calla, intacto, el objeto, sin voz sólo le queda el movimiento.
Aquí, en cambio, ha fallado el mecanismo, el juego de las
partes, una pieza se suelta, se anuncia. Adentro, algo baila.
Amo i gesti imprecisi... Amo i gesti
imprecisi, / uno che inciampa, l'altro / che fa urtare il bicchiere, /
quello che non ricorda, / chi è distratto, la sentinella / che non sa
arrestare il battito / breve delle palpebre, / mi stanno a cuore / perché
vedo in loro il tremore, / il tintinnio familiare / del meccanismo rotto.
/ L'oggetto intatto tace, no ha voce / ma solo movimiento. Qui invece / ha
ceduto il congegno, / il gioco delle parti, / un pezzo si separa, / si
annuncia. / Dentro qualcosa baila. [
Naturaleza y vetas / Nature e venature , 1987]
Desde el interior
La función profiláctica del lenguaje político
consiste en impedir un contacto directo entre las cosas. Gracias
al desarrollo de nuevos materiales, el código ya se ha convertido
en un velo imperceptible (casi diría inconsútil), que logra que se
sienta todo donde no pasa nada.
Dall'
interno. La funzione profilattica / del linguaggio politico / consiste
nell' impedire un contatto / diretto tra le cose. Grazie allo / sviluppo
dei nuovi materiali, / il codice è oramai ridotto a un velo /
impercettibile (starei per dire inconsutile), / che fa sentire tutto /
dove non passa niente.
Farmacias de turno
Ya transcurren
las letras del final y el diario se termina. Ya los espectadores
se levantan y se dirigen hacia la salida. Pero no hay que
apurarse, falta aún conocer las direcciones donde acudir cuando
caiga la noche, cuando la noche blinde los negocios y gracias a
las ruedas giratorias detrás de las cortinas de metal médicos
blancos, desde su clausura defendida por micrófonos, deslicen por
la angosta rendija un eucarístico analgésico.
Farmacie notturne. Già scorrono i titoli di coda / e il
giornale si avvia alla conclusione. / Già il pubblico si alza / per
avviarsi all' uscita. / Eppure non bisogna avere fretta, / rimane da
sapere a quali mai indirizzi / rivolgersi quando verrà la sera, / quando
la sera blinderà i negozi / e dietro le serrande, / grazie a ruote
girevoli, / medici bianchi, nella loro clausura / schermata da microfoni,
lasceranno / passare sotto un piccolo spiraglio / l'eucarestia di un
antidolorifico.
Envoi
Dormido oyes
aún chirriar remotas las rotativas que rotan en la oscuridad
para dar forma al más acá.
ENVOI.
Dormi ma senti frinire / remote / le rotative / rotanti nell' oscurità /
per dare forma / all' aldiquà. [
Acotaciones para la lectura de un diario / Didascalie per la
lettura di un giornale , 1999]
[Índice] [Principio
del Artículo]
Fábula y melancolía
/ Cristián Gómez
O.
Día
Quinto /
Manuel Silva Acevedo Editorial Universitaria,
Santiago de Chile, 2002
Dos vertientes a primera vista cultiva
este último libro de Manuel Silva Acevedo (Stgo., 1942): la poesía de
corte ecológico, por una parte, la fábula por la otra. Ambas, sin embargo,
no agotan el entendimiento de este conjunto cuando alcanza sus mejores
momentos. Si se puede establecer una línea de lectura para este Día
Quinto, posiblemente la mirada ecológica sea la más evidente, pero
asimismo la más fácil y engañosa. El lamento y la imprecación por el
desastre de la naturaleza, i.e, la polución medioambiental y la extinción
generalizada de un largo número de especies, los dos fenómenos provocados
por la mano del hombre, abunda en estas páginas. Aún así, los mejores
poemas de este volumen trascienden la mera propaganda ecológica y el grito
en el cielo, para aunar con la denuncia la incisiva e inconforme diagnosis
del hombre contemporáneo: panorama más bien incómodo, en el que el
hablante toma el camino más largo -el de la alegoría, el del referente aun
cuando presente, lejano- para tamizar la denuncia a través de la
literatura, o más bien: para hacer de la denuncia, literatura. Es lo
que ocurre, anáforas de por medio, en "División de las aguas", en "El alma
de la tierra". También lo vemos en ese poema brillante como es "Cisne
coscoroba", donde fábula y melancolía son puestos al servico del poema,
tocando las más altas cotas del libro. Otro de los disfraces a los que
Silva Acevedo recurre, pero estrechamente ligado con los anteriores, es el
de utilizar formas hechas del lenguaje -lugares comunes, fragmentos del
habla coloquial, o jergas pre-establecidas como la judicial- para dar
inicio al texto a partir de esta especie de pie forzado. Por ahí, creo,
anda "Recurso de amparo", donde la no tan velada referencia al contexto de
la dictadura militar es la excusa para dejar en los ojos del lector una
metáfora que se repetirá a lo largo del poema: la de estar en presencia no
ya de una dictadura de botas, sables y uniformes, sino en otra más sutil
pero no por eso menos eficiente, una que se vale de números,
rentabilidades y especulaciones bursátiles para ver la suerte que
correrán, de acuerdo a su valor de cambio, las especies tanto animales
como vegetales. Aquí se ejerce un razonable tour de force,
obligándose al lector a aceptar una demonización del universo capitalista
-a costa de las complejidades de la sociedad contemporánea, ajena al
maniqueísmo de buenos y malos, donde alternativamente todos son buenos y
todos son malos- para darle paso a una larga jaculatoria, valga el
oxymoron, donde todas las invectivas se dirigen a refrendar la ausencia de
un paraíso irremediablemente perdido y destruido a causa del apocalipsis
cotidiano y economicista en que estamos viviendo. Ese paraíso donde hombre
y naturaleza coexistían armónicamente antes de "la caída", tiñendo por
completo el discurso poético de Silva de una nostalgia que no poco tiene
de cristiana. Esto, sin embargo, no es nuevo para el autor: tanto en
Lobos y ovejas, como en Palos de ciego o Monte de
Venus, Silva había explorado las posibilidades de un lenguaje que le
permitiera sacarle todo el partido que pudiera a la expresión coloquial,
puesta en el contexto de una metáfora de conjunto que formara la matriz de
(los múltiples) sentido(s) del poema: el cazador y la presa en el texto de
mediados de los setenta, la destrucción sin matices en esta nueva
publicación. Aquí, probablemente, es donde comete su mayor error el
prologuista del libro, Gastón Soublette, según el cual Día
quinto"parece trascender la cuerda de su reflexión poética
anterior. Diríase que la urgencia del mensaje le exigió ser como nunca
directo, sencillo, coloquial. Con esos elementos construyó un discurso sin
muchas metáforas".
En este sentido,
quizás uno de los poemas más ilustrativos de todo lo que se ha dicho hasta
ahora sea "Culpeo de Tierra del Fuego", texto donde el despliegue de esa
metáfora de la que habla Grínor Rojo -una que opera como modelo de toda la
serie de poemas, "referente semántico que aglutina la diversidad y que
orienta el flujo siempre expansivo de la serie" (cfr. "Con motivo de la
publicación de un célebre inédito", de Grínor Rojo, en Yamal, Ricardo,
La poesía chilena actual (1960-1984) y la crítica, LAR ediciones,
1988)- cubre prácticamente todos los sentidos posibles del volumen. Por
una parte fábula, por una parte denuncia, el poema también remite,
quiéralo o no, a la historia magallánica y su triste historial de
genocidios y torturas. Los recursos antipoéticos se engarzan con la
devastación ecológica e histórica: el zorro culpeo sufre la persecución
sistemática como los onas en una primera instancia. No hace falta recordar
que lo único que se transmite en un poema es el poema mismo. "Si la poesía
es una forma de 'comunicación', lo que se comunica es el poema mismo, y
sólo incidentalmente la experiencia y el pensamiento que se han
vertido en él". De estas palabras de T.S. Eliot se desprende lo que a
estas alturas casi parece un lugar común: la inextricable relación entre
forma y fondo, entre estructura y contenido. Y Silva Acevedo resuelve no
sin maestría las variables de la ecuación. El poema ha puesto a "su
servicio" una determinada causa, en este caso la ecológica, para mantener
vigentes sus privilegios, no sin antes haber dejado muy en claro para qué
sirve y para qué no sirve la poesía.
Día Quinto / Manuel Silva Acevedo
Cisne
Coscoroba
De todas
las emociones tornadizas que de súbito nos toman, la más vaga es la
melancolía.
De un momento a otro, sin saber por qué, se impregna
el ánimo de lasitud, y el cuerpo parece deshuesarse. Sólo por un
instante, la belleza se ha desnudado ante nuestros ojos y al minuto
siguiente nos ha sumido en el desconsuelo de no poder retenerla un
poco más.
Un cambio imperceptible de matiz hace que un semblante
que parecía banal se rodee de un aura que deja sin habla, bajo la
mortecina lividez del ocaso después de un día abrasador; dorados
racimos de un esplendor fugaz diseminados por la tierra abatida,
gajos de carne tersa macerados en el lagar. Pasó la gloria, se
marchitó la lozanía, la otoñada cierra el cortejo. Pese a todo, ni
su expresión doliente de mujer vencida, ni la cera de su rostro de
diosa profanada consiguen eclipsar la belleza que no más hasta ayer
debió lucir su avasallante plenitud de hembra.
¿Qué es todo
esto? Provisoriamente le llamaremos melancolía. Más adelante, cuando
se infiltre entre estas líneas una visión que casi no es de este
mundo, nos atreveremos a llamarle cisne coscoroba. Mientras tanto,
perseguimos esfumaturas, escualos que se escapan desgarrando
redes, punciones que alcanzan el corazón y lo laceran en un
remolino de contradicciones, en la fatiga de ver, oír, sentir hasta
el hartazgo.
Y sin embargo, de algún lugar nos llaman, con vigor
se nos invita a volver la cabeza, pero ignoramos hacia
dónde. Padecemos, pues quisiéramos recordar cómo se obedece, pero es
inútil, por más que intentamos alzarnos de la caída volvemos a
abatirnos como las olas del mar.
Todo esto que trato vanamente de
decirte me navega por dentro cual una silueta alba e irreal que se
desliza en el espejo de la fuente donde el cielo se refleja
complacido, o tal vez son el agua y la silueta las que se reflejan
en el cielo que abre su ventanal para que vuele el cisne de la
melancolía, como vuela veloz el pensamiento de los que se aman sin
recurrir a las palabras, así como nosotros nos comunicamos, yo en
Santiago, tú en Berlín, sin necesidad de email, internet o red
satelital alguna.
Horroroso sería que a ese cisne no lo viéramos
más, que su existir llegara a sernos indiferente o que su sola
presencia nos incomodara, mudo testigo de nuestro mal vivir, enervado y
oscuro. Entonces la más densa polución terminaría por cernirse sobre
estos cielos que no aprendimos en justicia a bendecir.
Nada más
recordemos a Leda, que a Zeus mismo gozó en sus entrañas bajo la
forma del cisne. Hoy es el cisne coscoroba quien nos trae a la
memoria que por haber endurecido el corazón hemos perdido el favor
de los dioses
Soy el alma de la tierra
A
Constanza S.
Soy el alerce desnudo bajo la
lluvia Soy el percherón nimbado por el vaho de sudor Soy la manta
empapada del peón taciturno Soy el trigo puesto a buen recaudo Soy
la vía férrea abandonada a su propia suerte Soy la moneda oxidada de un
peso de otra época Soy la piedra de tope de una estación cargada de
pesares Soy el peuco emboscado esperando que escampe Soy la liebre
alerta en el bebedero Soy el chonchón titubeante de la carreta
chancha Soy el hacha ociosa clavada en el tocón Soy el zorro que
bosteza de hambre en su madriguera Soy el coipo soterrado en sus
túneles Soy la bosta humeante en el corral Soy el bote solitario
amarrado al embarcadero Soy la hechona afilada en la piedra del
herrero Soy el gallo giro picoteando nervioso Soy el perro del
hortelano que gruñe sin saber por qué Soy el relámpago que hace
relinchar a la yegua Soy la luna escurridiza como un espejo entre los
cirrus Soy el tucúquere mimetizado con el ramaje Soy el murciélago
colgado de la viga en la capilla Soy el humo que se desprende de la
choza con pesantez Soy la veleta que nortea inclemente sobre el
tejado Soy la gotera intermitente en la galería Soy la puerta que se
abre para el huésped Soy el leño que gime lamido por las llamas Soy
el niño que garrapatea sus deberes a la l |