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Tiempos de Reflexión
Edición de diciembre
Augusto José Ramón Pinochet Ugarte murió.
Murió.
Resalto el verbo porque me parece apropiado recalcar bien el hecho, tal como
recomendaba en su tiempo Georges Clemenceau, el político y periodista francés.
Cuando una figura de éstas muere, lo mejor que uno puede hacer es acudir a su
entierro, sólo para asegurarse de que el tirano en verdad se encuentra bajo
tierra.
Sin embargo, los restos de Pinochet no fueron enterrados. Se temía que su tumba
se convirtiera en objeto de protestas y manifestaciones, o que fuese presa de
actos vandálicos, al grado de incluso dinamitarla. En vez de ello, el cadáver fue
cremado y las cenizas entregadas a sus familiares. Pero esto no impidió que
quienes lo observaron a través del cristal del ataúd murmuraran, entre dientes o
a viva voz, el fatal verbo: murió.
Y Pinochet no murió un día cualquiera. La muerte le tenía reservada una fecha
que podría hasta provocar risa. Pero no uno de esos gestos que son producto del
ridículo o de la comicidad, sino aquélla que nace de las entrañas de la ironía;
es decir, ésa que brota de pronto, entre los labios apretados, que es
políticamente incorrecta y tan frágil que no toma mucho esfuerzo transformarla en
llanto, pues uno se da cuenta que al final no somos sino meras fichas de ajedrez
en el tablero del destino. De no ser así, uno se preguntaría entonces: ¿por qué
Pinochet tuvo que largarse de este mundo justo el 10 de diciembre, fecha en que
anualmente se celebra el día mundial de los derechos humanos? De ahí deriva la
peculiar risa, de esa burla del destino. Justo ese día, este hombre, quien
enfrentara cerca de trescientos cargos penales por abusos a los derechos
individuales de miles de chilenos, quien asesinara y torturara a placer a sus
detractores, se marchó como quien toma su abrigo y sale sereno del restaurante
sin pagar la cuenta. Es aquí cuando la mueca se tuerce y las lagrimas de
desconsuelo escurren, impotentes, por las mejillas de quienes buscaban un
castigo, una condena, una sanción; en fin, de quienes clamaban justicia.
Pinochet murió y murió sin ser sentenciado por siquiera uno de sus crímenes. No
pagó por el golpe de estado ocurrido aquel once de septiembre, ese 9/11 de 1973.
Nadie le cobró el bombardeo al Palacio de La Moneda, ni el derrocamiento y muerte
del presidente constitucional Salvador Allende. Tampoco fue merecedor de ninguna
pena por la ola de represión que éste desató a continuación, cuando persiguió a
miles de inocentes, cuando detuvo a muchos, ejecutó sumariamente a otros, exilió
a no pocos, allanó poblaciones enteras y desapareció a un número incalculable de
personas. Todo ello bajo la mirada aquiescente de la administración Nixon. A este
respecto no hay palabras más reveladoras que las de Henry Kissinger, el entonces
asesor de seguridad nacional: "No veo por qué debamos permanecer con los brazos
cruzados y observar como una nación se torna comunista gracias a la
irresponsabilidad de su propia gente." En otras palabras, el gobierno
estadounidense, en su papel de gran orientador y moralizador del mundo, le mostró
la senda del libre mercado al pueblo chileno, a pesar de que esto implicara
mantener en el poder a un opresor que no se tentaba el corazón al momento de
arremeter furioso en contra de su propia gente.
¿Pero se puede justificar así la violencia? Hay quienes aún contestan a esta
pregunta de manera afirmativa, como el nieto del déspota, un ex capitán del
ejército quien está convencido que su abuelo hizo lo mejor que pudo para derrotar
en plena Guerra Fría al modelo marxista que amenazaba con establecerse en
Sudamérica. Y así como él, existen otros, aunque cada vez son menos. Por fortuna,
el número de quienes poseen una opinión contraria es mayoritario, o sea, los que
vieron con buenos ojos su arresto en Londres por órdenes del juez Baltasar
Garzón, así como los que aprobaron el despojo de la inmunidad que le confería su
cargo de senador vitalicio, y lo que permitió más adelante someterlo a juicio.
Pese a todo, Michelle Bachelet, presidenta de ese país y cuyo padre murió en
una cárcel durante el régimen pinochetista, la muerte del ex dictador no marca el
inicio de una nueva etapa. Para ella, este hecho representa únicamente la partida
"de un referente de divisiones, odio y violencia", mientras que el fin aún se
vislumbra lejos. La cicatriz que ostenta el pueblo chileno tras diecisiete largos
años de un gobierno brutal, continúa supurando hasta hoy en día. Seguramente
tendrán que transcurrir muchos años antes de que las víctimas encuentren un
alivio y hasta que exista una reconciliación entre la sociedad chilena.
No obstante, la fecha de su muerte puede también producirnos otro tipo de
sonrisa. Esta vez se trata de aquélla que se origina del sentimiento de
satisfacción que nos da el saber que el caso Pinochet ha asentado un importante
precedente en el orden internacional. Hoy, sabemos que existen hombres y mujeres
en el mundo que están dispuestos a luchar por los derechos humanos. Y no sólo
eso, sino que también hacen todo lo posible para llevar a la justicia a todo
aquel que haya cometido abusos en contra de la humanidad, para que actos como
estos no se vuelvan a repetir jamás.
Con estas ideas abre la edición de diciembre de Tiempos de Reflexión, cuyo
contenido se detalla a continuación:
"Crónica de una presidencia fallida", por Samuel Bedrich
La toma de posesión de Felipe Calderón no es un hecho aislado, sino más bien el
resultado de una mezcla de fenómenos dentro del marco del cambio político
mexicano del siglo XXI.
"Promesas y facturas de campaña", por Salvador Ordaz
Hemos aprendido que las promesas de campaña hechas por los candidatos en busca
de la presidencia, por lo general no se convierten en actos de gobierno,
engañando sólo al pueblo.
"Nuevo gobierno, antiguas tareas", por Víctor Manuel Barceló
Lo fundamental será reducir los gastos del Fobaproa, del rescate azucarero,
bancario y otros por el estilo, junto a bajar sueldos y salarios a burócratas de
alto rango y eliminar las canonjías.
"El gobierno y sus contradicciones", por Salvador Ordaz
Sinceramente esperemos que en este sexenio que empieza, las cosas marchen de
otro modo. De lo contrario, esto no tardará en explotar. La gente ya no aguanta
otra farsa como la de Vicente Fox.
"Ojo, señor Presidente, gobierno gastalón, pueblo pobre", por Godofredo
Rivera
Cuidado con la instrumentación de políticas públicas que pongan énfasis en el
gasto público intenso para reducir la pobreza. Esto está demostrado, no funciona.
Cuidado con las medidas populistas.
"Dilemas de la ciencia latinoamericana", por Hugo H. Montaldo
Está claro que América Latina como región se está retrasando en aspectos de
ciencia y tecnología. Esta situación tiene causas muy complejas, pero su medición
a veces es difícil.
"Quiénes son los social-revolucionarios cubanos", por Roberto Simeón
Los social-revolucionarios cubanos somos activistas sociales que aspiramos a
compartir proposiciones con los demás, a conversar y colaborar, para crear una
Cuba autónoma, fuerte y justa.
"Servicios de salud y hospitalarios no-estatales", por Jesús Collins
El problema consiste en que los servicios de salud en el D. F. y en la Zona
Metropolitana están saturados, no tienen calidad y les falta coordinación. La
prestación pública de la salud es monopólica.
"La risa como instrumento liberador: red internacional de Payasos sin
fronteras", por Lilian Fernández Hall
La risa constituye una herramienta para iniciar procesos psicológicos de
recuperación, para personas o colectivos que hayan sufrido o se encuentren
sufriendo algún tipo de crisis.
"La degradación de la Condesa", por Federico Campbell
El deterioro de la colonia Condesa nos ha puesto a reflexionar no sólo en la
serie de estructuras abusivas bajo las que vivimos todos los mexicanos, sino en
la inexistencia misma del Estado.
"Los problemas de la contaminación ambiental y humana", por Cristián Frers
El paciente está grave. Los síntomas son muchos. Tiene el aliento fétido, le
han encontrado toxinas en los fluidos corporales, su temperatura es muy alta y no
hay forma de bajársela.
Estos son los artículos que conforman la última edición de este año. En nombre
del equipo que hace posible esta publicación, les deseo una muy feliz Navidad y
un año 2007 lleno de salud, amor, éxito y felicidad.
Marco Sakai
Editor
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