Una verja verde abierta propicia el encuentro. Los lugareños conocen
bien el lugar, en el que aprovechan para cortar leña seca o pasear al encuentro
de la escogida vista que el Cerro del Carambolo ofrece de la capital. La
topografía, aun con los muchos siglos, sigue potente, atenuada en parte por la
construcción, en los años 40, de las infraestructuras de la Real Sociedad de
Tiro del Pichón, que suavizaron la pendiente aterrazándola con sus pistas
hormigonadas.
El hallazgo, fortuito, del famoso Tesoro del Carambolo durante las obras
marcó un hito en la investigación sobre el mundo protohistórico. Excavó Juan de
Mata Carriazo entre 1958 y 1961, interpretó lo hallado, que no fue poco, y dio
por agotada la potencialidad del yacimiento, dejando sus resultados patentes en
la bibliografía al uso.
Ahora, 44 años después, el cerro vuelve a llenarse de ojos profesionales
escrutadores que miran con uno las tesis de Carriazo y con otro la realidad de
un expediente arqueológico reabierto. La ocasión no es casual: en el fondo late
la ilusión del empresario Gabriel Rojas por levantar un hotel en un peñón que
resume la historia de lo que somos y a la que éste no rehúye, sino que admite y
alienta, ideando un proyecto en el que el patrimonio no es excluyente, sino
parte sustancial. Y ello pese a las críticas recibidas...
No se explica de otro modo que hasta los inspectores de la Consejería de
Cultura y los profesores de arqueología de la Universidad de Sevilla aplaudan su
iniciativa, sin cuyo concurso, reconocen todos, no se hubiera podido plantear
una excavación tan exhaustiva.
Muchos son los euros que se está dejando Rojas en el empeño: fotografías
aéreas, ampliación de los tiempos de excavación... Sabía a lo que se exponía y
aun así se volcó y logró que el Consistorio de Camas, en el que se enclava el
Carambolo, aprobase la futura edificación.
Las primeras obras de demolición del Tiro del Pichón se acompañaron de la
preceptiva vigilancia arqueológica. Eso acontecía entre febrero y marzo pasados.
“Dábamos, siguiendo a Carriazo, por destruido al completo el yacimiento, pero
pronto aparecieron restos protohistóricos en varios puntos”, comenta Araceli
Rodríguez, coordinadora de una intervención que dirige Álvaro Fernández y en la
que concurren hasta otros cinco arqueólogos.
Vista la ocasión de volver sobre las incógnitas que guarda con celo el
Carambolo, se planteó una excavación de urgencia que, por plazos y medios, ha
adquirido la tipología de una investigación de primer nivel. Baste, para ello,
saber que el área de excavación ocupa unos 3.700 metros cuadrados, el llamado
Carambolo alto, de los que, a tenor de las catas realizadas, sólo unos mil
ofrecen restos, con una potencia estratigráfica no superior al medio metro.
Suficiente, sin embargo, para justificar el desvelo que la comunidad
arqueóloga viene demostrando por el emblemático yacimiento. Certifican tal
aseveración los currículos de los asesores científicos de la excavación, con
doctores como José Luis Escacena, Fernando Amores y Manuel Vera, entre otros
profesionales de peso. Y no faltan visitas al lugar como las del catedrático
emérito de Arqueología de la Hispalense y especialista en el mundo fenicio
Manuel Pellicer Catalán, una autoridad en el país que no duda en alentar a los
investigadores diciéndoles que tienen por delante “la ocasión de precisar qué
era el Carambolo, porque la publicación de Carriazo, benemérita, es confusa, y
creo que ahora podrán rectificarse algunas de sus conclusiones”.
“El interés de este yacimiento es que estamos en el núcleo primitivo de
Sevilla. Es cierto que hay asentamientos anteriores, pero es aquí, en el
Carambolo, donde se forma el germen de la ciudad”, subraya Pellicer a pie de
yacimiento.
Hablamos de una Sevilla reducida al Aljarafe, apegada al río y a la inmensa
marisma cernida a sus faldas, lo que a duras penas permitía la aparición de
islotes de tierra firme, entre los cuales debió situarse uno a la altura de la
actual Alfalfa, en cuya calle San Isidoro aparecieron restos contemporáneos a
los del Carambolo. Traducido a fechas, hablamos de una secuencia que va del
siglo VIII al VI a.C., centuria esta última durante la que las aguas se
redujeron, aflorando tierra fértil y segura, lo que explica el abandono del
Carambolo y el traslado de la población hacia el corazón de Spal, nombre fenicio
del que deriva Híspalis.
La cronología del Carambolo da pie a hablar de Tartesos. Pero no está claro
que estemos ante un yacimiento tartésico, como evidencia la confrontación
académica existente. Así, Escacena intepreta lo hallado por Carriazo como un
santuario fenicio dedicado a la diosa Astarté, diferenciándolo de los rituales
propios de una población indígena relacionada con el vocablo turte o tarte, de
donde provendría Tartesos. Y, sobre esa base, lanza junto a Fernando Amores una
teoría que deja en evidencia la restitución hipotética realizada en su día por
Carriazo sobre la función del ajuar del Tesoro del Carambolo.
Ajenos a esos debates y apegados a la realidad de los restos, el equipo de
arqueólogos -que ha contado con becarios de las universidades búlgara e inglesa,
lo que redunda en la importancia de la investigación- se enfrenta ahora al que
piensan puede ser la parte crucial del proceso: la excavación de una de las
áreas que se creía totalmente perdida, como casi el resto, por las cimentaciones
del Tiro del Pichón y por el fortín francés erigido en el cerro cuando la Guerra
de la Independencia, de lo que dan fe las bolas de cañón y balas de trabuco
halladas.
Podría tratarse del edificio principal del yacimiento, que Carriazo no
localizó, y que aguarda a ser desvelado entre los potentes niveles de arcilla.
Quizás cuando se excave se pueda reconstruir su fisonomía y contextualizar con
los pavimentos de piedras y conchas -éstas últimas traídas, como cerca, de
Sanlúcar, lo que a juicio de los expertos revela la suntuosidad del espacio-.
“Estamos ante un puzzle en el que habremos de engarzar las pocas piezas que la
modernidad ha dejado”, afirman ilusionados los arqueólogos.