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Asunto:[superlupe] El origen: la diosa madre paleolitica / Anne Baring y Jules Cashford / El mito de la diosa. FCE-Siruela, Mexico, 2005.
Fecha:Martes, 28 de Abril, 2009  19:59:07 (-0500)
Autor:Ricardo Ocampo <lacasadelared @.....com>

Foro SUPERLUPE
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Red Iberoamericana de Luz
www.casadelared.org

El origen: la diosa madre paleolítica
Anne Baring y Jules Cashford
El mito de la diosa. FCE / Siruela,
México, 2005.

Hace mucho tiempo, 20.000 años o más, apareció la imagen de la diosa
sobre un amplio territorio, extendiéndose desde los Pirineos al lago
Baikal de Siberia. Estatuas de piedra, hueso y marfil, diminutas
figuras de cuerpos largos y pechos caídos, redondeadas imágenes
maternales cuyas formas abultadas anticipaban el nacimiento, efi gies
con signos arañados en ellas —líneas, triángulos, zigzags, círculos,
redes, hojas, espirales, agujeros—, elegantes formas que surgían de la
roca, pintadas de ocre rojo, todo ello ha sobrevivido a través de las
ignotas generaciones de seres humanos que compusieron la historia de
la humanidad. ¿En qué momento de la historia del hombre aparecieron
estas imágenes sagradas?

El fuego se descubrió hace alrededor de 600.000 años. ¿Qué pasó en los
años, aproximadamente medio millón, transcurridos entre este tiempo y
el comienzo del Paleolítico superior, hacia el año 50.000 a. C.? ¿Qué
sueños se soñaron, qué historias se contaron en torno al fuego? Cuatro
grandes eras glaciales, cada una de ellas de miles de años, vinieron y
se fueron. Con el deshielo de los glaciares que habían cubierto la
práctica totalidad de Europa y Asia —entre los años 50.000 y 30.000 a.
C. (aunque no desaparecieron finalmente hasta cerca del 10.000 a. C.)—
emergió un tipo humano con el que podemos sentir afinidad: el Homo
sapiens. Pocos animales pudieron vivir con anterioridad en la tierra
congelada, a excepción del mamut y el rinoceronte lanudos y del reno;
mas ahora comenzó a brotar la estepa que, cubierta de hierba, mantuvo
a grandes manadas de bisontes, caballos y ganado.

Más tarde —entre los años 20.000 y 15.000 a. C.— las tierras verdes
dieron paso a espesos bosques, por lo que las manadas emigraron hacia
el este, seguidas por los cazadores. Algunas tribus quedaron atrás,
como las del sudoeste de Francia, haciendo de las cuevas sus casas, en
los fértiles valles del Dordoña, el Vézère, y el Ariège. Por aquel
entonces se pintaron las paredes de las cuevas y se tallaron estatuas
de diosas.

Se han descubierto más de 130 de estas esculturas, apoyadas sobre
rocas y sobre tierra, entre los huesos y herramientas de estos pueblos
del Paleolítico. Otras aparecieron cuando se realizó una observación
más minuciosa, cinceladas sobre los salientes y terrazas de piedra
sobre las cuevas donde muchas de estas personas vivían. Las estatuas
siempre representan figuras desnudas; son generalmente pequeñas y con
frecuencia gestantes. Algunas semejan mujeres ordinarias, pero la
mayoría tienen la apariencia de madres, como si cuanto fuera femenino
en ellas se hubiese concentrado en el misterio abrumador del
nacimiento.

Muchas figuras han sido salpicadas de ocre rojo, el color de la sangre
que proporciona la vida, y con frecuencia su base se va estrechando
hasta formar una punta carente de pies, como si en alguna ocasión
hubieran permanecido clavadas en el suelo con intención ritual. Las
tribus que vivieron dentro de las cuevas, pintando las oscuras paredes
interiores con los rojos chillones, ocres y marrones de los animales
salvajes, colocarían las estatuas en el exterior de sus moradas, en la
entrada de sus habitáculos o de su santuario.

Sobre un refugio rocoso en Laussel, en la Dordoña —sólo a unos pocos
kilómetros de distancia de la gran cueva de Lascaux, donde aún cubren
sus paredes las más brillantes de estas pinturas—, una estatua
femenina de 43 cm de altura contempló
alguna vez el valle (figura 1). Los escultores del Paleolítico la
cincelaron en piedra caliza con utensilios de sílex y colocaron en su
mano derecha un cuerno de bisonte en forma de luna creciente con
muescas de los trece días de la fase creciente de
la luna y de los trece meses del año lunar. Con su mano izquierda
apunta hacia su vientre grávido. Su cabeza se inclina hacia la luna
creciente, dibujando una curva que conecta la fase creciente de la
luna con la fecundidad del útero humano, y que
pasa por sus dedos, posados sobre su vientre, para ascender, a través
del ángulo que forma su cabeza, hasta el cuerno creciente de su mano.
De esta manera se reconocen las pautas de relación que vinculan el
orden celeste y terrestre.
Joseph Campbell establece la conexión entre el pasado y el presente:
“Las fases de la luna eran las mismas para el hombre del Paleolítico
que hoy para nosotros; también eran idénticos los procesos propios del
útero. Podría ser, pues, que la observación inicial que condujo al
nacimiento, en la mente del hombre,
de la mitología de un misterio que informa de los asuntos terrestres y
celestiales, fuese el reconocimiento de una armonía entre estos dos
órdenes articulados a partir del factor del tiempo: el orden celeste
de la luna creciente, y el terrestre del
útero.”1

A 161 km hacia el sur, en las laderas de los Pirineos, en un lugar
llamado Lespugue, reposó desde milenios en una zanja cubierta de barro
la delicada escultura que muestra la figura 2. De sólo 14 cm de
altura, fue esculpida en el marfil de un mamut. No tiene manos ni pies
y sus piernas se afilan hasta formar una punta; parece, pues, que
estuvo clavada en la tierra, o que se fijó sobre una base de madera,
para que pudiese permanecer erguida, donde pudiera ser vista. La parte
superior de su pecho se aplana para formar una curva, que se eleva
hacia una
cabeza casi serpentina que se inclina hacia delante, de modo que su
frágil cuerpo subraya su capacidad para dar a luz y proporcionar
alimento.

Sus brazos descansan sobre sus pechos, que penden, alargados, y que se
funden con su vientre pleno y redondeado; sus nalgas y muslos están
desproporcionadamente abultados, como si contribuyesen también al acto
de dar a luz. Sus pechos y nalgas dan la sensación de ser cuatro
huevos que transporta en
el nido de su cuerpo gestante. Diez líneas verticales han sido
trazadas desde debajo de sus glúteos hasta la parte trasera de sus
rodillas, dando la impresión de ser las aguas del parto que caen
profusamente de la matriz, como la lluvia. Las diez líneas sugieren
los diez meses lunares de la gestación en el útero.

¿En qué nos basamos para defender que estas esculturas de mujer son de
diosas, y no simplemente bellezas de la tribu local, o las jóvenes de
la cueva de al lado? En primer lugar, no parece que los artífi ces de
las estatuas tuviesen la intención de
refl ejar fi elmente la naturaleza, a no ser que asumamos que los
artistas paleolíticos carecían del sentido de la proporción para las
hembras humanas, mientras que poseían un exquisito talento para la de
los animales. Si para describirlas se utiliza esa expresión cautelosa,
“Escultura de una mujer”, que se encuentra habitualmente en las placas
de los museos, se pasa por alto
el simbolismo que supone el estructurar todas las partes del cuerpo de
una manera tan coherente y consistente. Dado que la totalidad del
cuerpo se concentra en el drama del nacimiento, lo que relatan éstas y
muchas otras fi guras es la historia de
cómo se origina la vida.

La figura femenina es la única evidencia que poseemos en cada caso.
Podemos interpretar que representa a una mujer particular, o a todas
las mujeres en general; o bien a una mujer a cuyas características
específicas se ha dotado de sentido ritual, convirtiéndolas en un
medio que trasluce algo que supera lo que cualquier mujer particular
es o hace. No se ha encontrado ninguna figura masculina similar. ¿Por
qué se otorgaría una dimensión ritual, entonces, a la figura de una
mujer, o más precisamente, a la fi gura de una mujer dando a luz? Al
llegar a este punto abandonamos la evidencia y comenzamos la
interpretación.

El misterio del cuerpo femenino es el misterio del nacimiento, que es
también el misterio de lo no manifiesto convirtiéndose en manifiesto
en la totalidad de la naturaleza. Esto trasciende con creces el cuerpo
femenino y la mujer como soporte
de esta imagen, pues el cuerpo de la hembra de cualquier especie nos
conduce, a través del misterio del nacimiento, al misterio de la vida
misma.

Si admitimos el significado religioso de estas figuras, no podemos
simplemente etiquetarlas como “ídolos de fertilidad”: la palabra
“ídolo” trivializa invariablemente el carácter numinoso de la
experiencia religiosa, en tanto que sólo se utiliza para designar las
formas de culto de otros pueblos, y la palabra “fertilidad” pasa por
alto también, de forma llamativa, el hecho de que muchas personas de
nuestro tiempo rezan a la virgen María para que les conceda hijos. De
modo similar, denominarlas
“estatuillas de Venus” —como ocurre en las expresiones Venus de
Laussel o Venus de Lespugue, que son los nombres que se les suele dar—
es reducir la universalidad de un primer principio —la madre— al
nombre de la diosa romana del amor, que era por entonces sólo una
diosa entre otras muchas, todas ellas
suplantadas tiempo atrás por el dios padre en tanto que soberano, si
no creador, del mundo. De modo que, para intentar devolver a las
figuras del Paleolítico su propia dignidad original, preferimos
designar esas imágenes sagradas de los poderes del universo que dan
vida, alimentan y regeneran con el nombre
de “diosa madre”, o simplemente “diosa”.

No vamos a intentar definir lo “sagrado”y lo “numinoso”, ya que son
términos que apuntan a una realidad última que es única para cada
persona, cuyo significado compartido atraviesa, sin embargo, los
milenios para cambiar imperceptiblemente
en cada era. Lo importante es que en todas las culturas, ya sea su
organización simple o compleja, hallamos una experiencia de
dimensiones sagradas. Esto sugiere que lo sagrado no es una etapa en
la historia de la consciencia, sino un elemento de la estructura de la
consciencia que pertenece a todos los pueblos
de todas las épocas. Es, pues, parte del carácter de la raza humana,
quizá la parte esencial. Por eso es crucialmente necesario para la
comprensión de ese otro aspecto del ser humano que consiste en haber
nacido en un momento particular, dentro de una familia específica,
incluida en un determinado grupo tribal. Si aceptamos que las imágenes
de otras culturas tienen argumentos igualmente válidos para acceder a
la dimensión de lo sagrado, es menos probable que pasemos por alto las
similitudes entre nuestras propias imágenes numinosas y las de los
demás.

La escultura más antigua de una diosa —c. 22.000 a. C.— es la que
parece más moderna; de ella sólo se ha conservado una pequeña cabeza
(figura 3). Esculpida en marfil de mamut, mide sólo 3,65 cm de altura,
y sus facciones son finas y delicadas: un cuello largo enmarcado por
cabellos lisos, cejas y nariz muy pronunciadas, y el diseño de una red
cincelada de forma precisa sobre la totalidad de su larga cabellera.
Proviene de Brassempouy, en la región francesa de Las Landas.

La diosa como luna

Cuando tratamos de hacernos una idea de cómo vivían y pensaban los
hombres del Paleolítico, imaginándonos a nosotros mismos en las bocas
de sus cuevas, contemplando el exterior, ¿no vemos acaso como el
fenómeno más misterioso la luna… y las caras de la luna, que
constantemente cambian de un modo
que siempre es constante? Los dos términos, el fijo y el variable,
proporcionan la primera noción de secuencia, medida y tiempo. Este
signifi cado de la luna aún se esconde en nuestro lenguaje: el griego
mene significa “luna”, el latín mensis “mes”,
y mensura, con la misma raíz, significa “medida”, de donde proviene el
nombre del ciclo menstrual; pues los cambios de la luna hicieron
posible el medir por vez primera períodos de tiempo que superasen el
día (que podía calcularse por el sol).
Pero esto es lenguaje laico, no el lenguaje sagrado y simbólico del
mito. Pues podríamos imaginar que, para estas gentes primitivas de la
historia de la humanidad, la luna, al igual que la totalidad de la
naturaleza, se experimentaba como la diosa madre, de manera que las
fases lunares pasaron a ser las fases
de la vida de la madre. La luna creciente era la joven, la doncella;
la luna llena, la mujer encinta, la madre; la luna nueva, la anciana
sabia, cuya luz estaba oculta en su interior.

Existía una trinidad de diosas que se halló en la cueva de Abri de Roc
aux Sorciers, en Angles-sur-l´Anglin, fechada entre los años 13.000 y
11.000 a. C. Tres enormes diosas se esculpieron en la roca de la
cueva, resaltándose de forma definitiva su capacidad para dar a luz y
desapareciendo de la vista sus cabezas y la parte superior de sus
cuerpos. Las tres figuras se hallan de pie sobre un bisonte,
recordándonos a la diosa de Laussel, que sujetaba el cuerno de bisonte
como imagen de la luna creciente; su figura se esculpió cerca de
10.000 años antes.
¿Son éstas las diosas de las tres fases visibles de la luna que en
épocas posteriores asumieron nombres y papeles diferentes?

Laurens van der Post considera al bosquimano africano una de las razas
más antiguas de la tierra. Él nos cuenta la historia de cómo, cuando
iba viajando junto a ellos, de noche y con una larga jornada por
delante, se asombró al ver que todo el mundo estaba bailando y nadie
se iba a dormir. Cuando les preguntó la causa de tal proceder, le
replicaron que bailarían toda la noche porque la luna comenzaba a
menguar: “Debemos demostrarle cuánto la queremos, o no regresará”, le
dijeron.2

Hay cuentos sobre la luna por todo el mundo, y en muchos de ellos su
ritmo cíclico representa un patrón que se siente como parte de la vida
humana también; un sentimiento que se plasmó en la escultura de la
diosa de Laussel. En las fases rítmicas de luz y oscuridad, las tribus
del Paleolítico debieron de percibir un patrón de crecimiento y
decadencia siempre renovado, y ello les proporcionaría confianza en la
vida. En la fase creciente de la luna, sentirían crecer la vida y
experimentarían
el crecimiento de sus propias vidas; es posible que con luna llena se
maravillasen del incremento de la vida que se desborda para dar lugar
a nueva vida; en la fase menguante lunar, se lamentarían por la
retirada de la vida, la marcha de la diosa; y en la oscuridad de la
luna nueva, debieron de haber deseado ardientemente el retorno de la
diosa y de su luz. Comenzarían a confiar en la reaparición de la luna
creciente con el paso del tiempo y, por lo tanto, a reconocer la
oscuridad como el tiempo de espera previo a la reaparición de la nueva
vida. Mediante la experiencia de la muerte sintieron quizás que eran
acogidos de nuevo en el oscuro vientre de la madre, y posiblemente
creían que volverían a nacer, como la luna.

Esta experiencia permitió que en ellos brotase la capacidad de
percibir la vida a través de imágenes. La oscuridad no era antagonista
de la luz, ni tampoco lo era la muerte de la vida; era un aspecto del
ser de la diosa madre. Cuanto existía, ellos mismos incluidos, era una
expresión de la diosa. Todo, por lo tanto, constituía una imagen que
confirmaba la relación que les unía a ella. De esta capacidad para
experimentar la vida a través de imágenes surgió la creatividad
inagotable de la humanidad. El mito fue la expresión de esta
experiencia primordial.

El espléndido libro de Alexander Marshack, The Roots of Civilization,
muestra cómo los pobladores paleolíticos utilizaban un sistema de
notación lunar ya desde el año 40.000 a. C. Esto nos permite
percibirlos como más cercanos a nosotros, y nos impulsa a valorar su
inteligencia y sus habilidades más de lo que hemos hecho hasta ahora.
En 1963, Marshack examinaba un libro que versaba sobre los logros
tecnológicos gracias a los cuales los seres humanos pudieron viajar a
la luna en una
nave espacial; sin embargo, sus estudios le dejaron con la sensación
de que algo faltaba en el informe arqueológico. Le dio la impresión de
que la humanidad no podía haber inventado “de pronto” la escritura,
las matemáticas, la astronomía.

¿Qué fue lo que ocurrió antes de la Edad del Bronce que facilitó las
bases para esos descubrimientos “repentinos”? Sus pesquisas le
llevaron hasta una pieza de hueso de Ishango, cerca de las fuentes del
Nilo. Examinándola atentamente, intuyó que las líneas grabadas en ella
podían ser notaciones lunares. Lo que sigue es tan fabuloso como la
historia de cualquier gran descubrimiento. Las notaciones lunares que
encontró en hueso, piedra, cornamenta y fi guras de diosas, debiero
—pensó— establecer las bases del descubrimiento de la agricultura, el
calendario, la astronomía, las matemáticas y la escritura. En tal
caso, todos estos logros se habrían desarrollado a lo largo de
inmensos periodos de tiempo y no “de pronto”, como habíamos asumido.

Parece ser que en un tiempo tan lejano como el año 30.000 a. C., el
cazador de la era glacial de Europa occidental utilizaba ya un sistema
de notación evolucionado, complejo y sofisticado, una tradición que
parece haber tenido entonces miles de
años. Parece que también lo utilizaban otros tipos de hombres
modernos, como el hombre de Combe Capelle, de la cultura Gravetiense
oriental checoslovaca y rusa, así como otros pueblos y subculturas en
Italia y en España… La tradición parece
haberse extendido tanto que nos asalta la pregunta de si podría
remontarse al período del hombre de Neandertal… Estos hechos son tan
nuevos e importantes… Suscitan profundas preguntas acerca de la
inteligencia evolucionada y las habilidades cognitivas de la especie
humana. 3

Es posible que se desarrollase una habilidad para pensar de modo
abstracto a partir del discernimiento de cuatro fases lunares, en vez
de tres. A las tres fases visibles —la creciente, la llena y la
menguante— se le añadió la cuarta fase, los tres días de oscuridad,
cuando la luna no puede ser vista, sino sólo imaginada.
La cuarta fase invisible debió de comprenderse como la dimensión
invisible en la que la nueva vida se gesta, y desde la que la luna
pasada renace como luna nueva. Cuando la fase de oscuridad lunar se
incluye como parte esencial del ciclo continuo de la luz, se hace
necesaria la capacidad de mantener en la mente una imagen de lo que no
es, de hecho, visible. Meandros y espirales constituyen la evidencia
de un pensamiento abstracto, y más tarde, en la cerámica del
Neolítico, las imágenes de una cruz de cuatro brazos representan las
cuatro fases de la luna.

Cuanto observaban los pueblos del Paleolítico era definido por un
ritmo estacional. Si miraban al cielo, veían las aves emigrar y
retornar, entre ellas la grulla, el ganso, la garza y el cisne. Veían
al salmón remontar la corriente en los grandes ríos en
momentos determinados del año. Contemplaban las secuencias del brotar,
florecer y dar fruto de los muchos y diferentes tipos de árboles, así
como la caída de la hoja. Veían la gestación y el nacimiento, el
crecimiento y la muerte de toda clase de
animales en un ritmo previsible. Sus propias vidas seguían los mismos
modelos rítmicos, como una estación sucede a otra. En verano seguían a
los animales y sus vidas se centraban en la caza. En invierno, cuando
los días eran más cortos y los fríos árticos dificultaban la caza, la
vida se concentraba en torno a las cuevas, donde iban perfeccionando
el arte de hacer herramientas.

Había, pues, una estación para construir herramientas y otra para
hacer uso de ellas; una para transformar pieles en ropa y mantas, y
otra para matar a los animales que suministraban dichas pieles. En
verano debían disfrutar del calor, más
intenso, y de la expansión de la vida. En invierno, alrededor del
fuego, probablemente se contaban las historias que nos han llegado en
forma de mitos, leyendas y cuentos de hadas. Sus rituales estaban
sintonizados con las estaciones y aseguraban la fertilidad de los
animales, el éxito de la caza y la supervivencia
al frío terrible del invierno. Las habilidades que desarrollaron
observando las fases de la luna y el movimiento circular de las
estrellas, las historias que contaban para acompañar estos rituales,
todo ello expresa el instinto específicamente humano
para establecer analogías entre los diferentes órdenes y dimensiones
de la vida. Esta capacidad de pensamiento analógico debió de ser lo
que les permitió percibir la relación entre el orden celeste,
simbolizado por la luna, y el orden terrestre que
veían a su alrededor.

La luna era indudablemente la imagen central de lo sagrado para estos
pueblos primitivos; su ritmo dual, constante y cambiante, les proveyó
de un punto de orientación desde el que medir diferencias, concebir
patrones y establecer asociaciones. Su perpetuo regresar a los propios
orígenes los impulsó a recomponer lo que en apariencia se había hecho
pedazos. En todas las mitologías hasta la Edad del Hierro (c. 1250 a.
C.) se percibía la luna, gran luz brillando en la oscuridad de la
noche, como una de las imágenes supremas de la diosa, el poder
unificador de la madre de todo. Ella era la medida de los ciclos
temporales y de las conexiones e influencias celestes y terrestres.

Gobernaba la fecundidad de la mujer, las aguas del mar y todas las
fases de crecimiento y decrecimiento. Las estaciones se sucedían en
secuencias, al igual que las fases de la luna. Constituía una imagen
perdurable tanto de la regeneración en el tiempo como en la totalidad
atemporal: lo que se perdía aparentemente con la luna menguante, se
restablecía con la creciente. La dualidad, imaginada como la luna
creciente y menguante, era contenida y trascendida en su totalidad. De
forma análoga, por lo tanto, la vida y la muerte no tenían por qué ser
percibidas como opuestos, sino que podían ser consideradas fases que
se suceden la una a la otra en un ritmo sin fin.

No resulta sorprendente, pues, que la mitología lunar precediese a la
solar en muchas, si no en todas, partes del mundo. En los fragmentos
de hueso que han llegado hasta nosotros, las notaciones lunares tienen
formas sinuosas; esto nos ayuda a comprender la antigua conexión entre
la luna y la serpiente
(figura 4). La luna moría y regresaba a la vida de nuevo; la serpiente
mudaba la piel, pero permanecía viva. Posiblemente, la serpiente se
había convertido ya en lo que siempre iba a ser para épocas
posteriores: en una imagen de renacimiento y de
transformación.

Traducción de Susana Pottecher

I Texto completo citado por Joseph Campbell, The Way of the
Animal Powers, P. 269.

2 Sir Laurens van der Post, durante una velada dedicada a la narración
de cuentos, el 17 de diciembre de 1989. Ver también Robert Briffault,
The Mothers, pp. 339-45, sobre el predominio de esta costumbre en
otras tribus y países. Marshack, op. cit., p. 57

Fuente:
La Gaceta número 458, febrero 2009
http://www.fondodeculturaeconomica.com/ED_LaGaceta.asp

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