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Asunto:[Sermones] Sordera selectiva
Fecha: 1 de Septiembre, 2008  02:42:35 (+0200)
Autor:webmaster <webmaster @.................com>

Nota para los lectores de El Sermón Dominical: no tenemos ningún
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aparecen en estos envíos. Los productos anunciados al pie de
cada email, de ninguna forma indican una recomendación nuestra.
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El Sermón Dominical
Domingo 31 de Agosto del 2008

Sordera selectiva
Pastor Tony Hancock

Introducción

Cuando era niño, mi madre me decía que sufría de una enfermedad.
Esta condición, desconocida para la ciencia, se llamaba sordera
selectiva. Funcionaba de la siguiente manera: si ella me decía
que yo hiciera la tarea o limpiara el cuarto - algo que yo
quizás no quería hacer - ¡me volvía sordo!

Mis oídos simplemente dejaban de funcionar. La prueba consistía
en que, cuando ella revisaba mi tarea o mi cuarto para ver si yo
había hecho lo que me había pedido, se daba cuenta de que no
había hecho nada. Claramente yo no la había escuchado.

Sin embargo, este problema de audición sólo aparecía en ratos.
Milagrosamente, cuando sonaba la campana que nos llamaba a todos
a comer, ¡yo la oía! - aunque estuviera encerrado en mi cuarto
escuchando música. Desgraciadamente, nunca se descubrió la causa
de esta lamentable enfermedad - pero felizmente, con el tiempo,
quedó atrás.

Seguramente se han dado cuenta de que mi problema de sordera
selectiva no radicaba en mis oídos, que funcionaban
perfectamente bien, sino en mi corazón. Jesús te llama a
considerar si tú también tienes un problema de sordera
selectiva.

Lectura: Lucas 8:16-18

8:16 Nadie que enciende una luz la cubre con una vasija, ni la
pone debajo de la cama, sino que la pone en un candelero
para que los que entran vean la luz.
8:17 Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni
escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a luz.
8:18 Mirad, pues, cómo oís; porque a todo el que tiene, se le
dará; y a todo el que no tiene, aun lo que piensa tener se
le quitará.

Nosotros creemos en un Dios que nos ha hablado. Se ha dado a
conocer. El no es un Dios oculto, un Dios que juega a las
escondidas para ver si lo podemos encontrar. El nos ha hablado.
Nos habla principalmente por medio de su Palabra escrita y su
Palabra encarnada - es decir, por medio de la Biblia y por medio
de Jesús. Puede ser que nos hable de otras formas - en sueños,
por ejemplo - pero su forma principal de hablarnos es por su
Palabra.

¿Cómo hemos respondido a lo que Dios nos ha dicho? La frase
clave del pasaje que hemos leído está en el verso 18: "Por lo
tanto, pongan mucha atención". Una traducción más literal diría:
"Miren cómo oyen". Tengan cuidado con su audición; fíjense en la
forma en que responden a lo que oyen. ¿Lo toman a la ligera? ¿Lo
oyen sólo por un momento?

Nadie prende una lámpara para esconderla, sino que la pone en un
lugar visible para que todos sean iluminados. ¿Dónde ponemos las
lámparas y los focos? Generalmente los ponemos en el techo. Aun
en las casas más humildes, el foco cuelga del techo porque así
ilumina todo el cuarto.

Con esta comparación, Jesús nos dice que Dios nos ha dado su
revelación con un propósito. El no se ha comunicado con nosotros
por puro gusto, sino que tiene una razón en lo que nos dice.
Aquí debo de aclarar una cosa. Como cualquier predicador
itinerante, Jesús a veces usaba la misma comparación en más de
una ocasión. De hecho, ustedes seguramente me han oído a mí usar
las mismas anécdotas en varias ocasiones.

Antes me sentía mal por esto, pero ya no, porque me doy cuenta
de que Jesús también lo hacía. El usó esta comparación de la
lámpara encendida en otra ocasión para hablar acerca de nuestra
responsabilidad como sus seguidores de brillar su luz a todo el
mundo. Así como nadie esconde una lámpara, nosotros tampoco
debemos de esconder nuestra fe.

Aquí es el mismo ejemplo, pero con un sentido diferente. Aquí la
luz representa la revelación de Dios, el mensaje que El nos ha
dado a conocer. La pregunta es, ¿qué hacemos con esa luz? ¿La
buscamos, o huimos de ella? Esto nos lleva a nuestra primera
conclusión:

I. Dios nos revela su verdad para iluminarnos

Dios se ha dado a conocer de muchas maneras. Para empezar, la
creación misma testifica de la existencia y del poder de Dios.
Escribe Pablo: "Desde la creación del mundo las cualidades
invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza
divina, se perciben claramente a través de lo que él creó."
(Romanos 1:20)

Cualquier persona que no haya sido indoctrinada con una
explicación inventada reconoce que alguien tuvo que haber creado
este mundo tan espectacular. Los niños preguntan: ¿quién hizo el
mundo? ¿Quién me hizo a mí? Intuyen que Alguien tuvo que haber
creado todo esto.

Un niño estaba aprendiendo acerca de la creación en su clase de
escuela dominical. Le pareció especialmente interesante la forma
en que Dios tomó una costilla del costado de Adán para crear a
Eva. Esa tarde se acostó en la cama como si estuviera enfermo, y
su mamá le preguntó: ¿Te sientes bien, hijo? El respondió: Tengo
un dolor en el costado. Creo que voy a tener una esposa.

Bueno, aunque quizás se equivoquen en los detalles, los niños
saben que Dios creó lo que existe. Podemos saber que Dios existe
y que es poderoso al observar su creación. También podemos saber
que Dios es justo cuando examinamos nuestro corazón. Aun las
personas que no conocen los Diez Mandamientos saben que hay
cosas buenas y cosas malas.

Dice Pablo: "Estos muestran que llevan escrito en el corazón lo
que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus
propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los
excusan." (Romanos 2:15) Aunque haya diferencias de opinión
entre las personas acerca de lo que es bueno y lo que es malo,
el hecho de tener una conciencia y saber que existen el bien y
el mal señala hacia el Dios que los define.

Sabemos algo acerca de Dios, entonces, al simplemente considerar
su creación y al considerar nuestro corazón. Para conocerlo, sin
embargo, es necesario algo más. Para conocerlo, El nos tiene que
hablar. Puedes sacar ciertas conclusiones acerca de una persona
con simplemente verla en la calle; puedes observar su forma de
vestir, su forma de llevarse y de caminar.

Para conocer a esa persona, sin embargo, es necesario conversar.
Sólo cuando nos hablamos es que empezamos a tener una relación.
Seguramente todos podemos recordar alguna conversación que marcó
el comienzo de una amistad o de una relación romántica. Para que
lo podamos conocer, Dios ha empezado una conversación con
nosotros.

Esa conversación empezó con Adán y Eva en el jardín del Edén,
pero vino una desastrosa ruptura en esa conversación cuando
ellos le dieron la espalda a su Creador. Dios volvió a entablar
la conversación con Abraham, prometiéndole bendición y
restauración. Continuó con Moisés, mostrando su voluntad para la
vida humana individual y social. Siguió con los profetas, que
llamaron al pueblo a volver a su compromiso con Dios.

Esa conversación llegó a su momento de mayor claridad y
significado cuando, en el momento que había sido dispuesto desde
antes de la creación del mundo, Jesús llegó - la Palabra divina
y final de Dios. Por medio de El, Dios se comunicó con nosotros
de forma definitiva - porque en El podemos ver todo lo que Dios
es.

El nos vino a hablar cara a cara. El vino a restaurar la línea
de conversación que nosotros habíamos cortado con nuestra
rebelión y pecado. El vino a dar su vida en sacrificio para
abrir el camino a Dios. Ahora,

II. Dios nos llama a responder con atención a su revelación

Dios no ha prendido esa luz de su revelación - es decir, no
emprendió esta conversación - para que la luz se ocultara. La
luz es para brillar sobre nosotros. Aquí está la pregunta: ¿cómo
responderemos a esa luz? ¿Nos acercaremos a El? ¿Le
responderemos?

Tenemos que dar atención a la revelación de Dios en lugar de
menospreciarla. De nuestra respuesta depende si recibiremos más,
o si perderemos lo poco que tenemos. Esto nos lo dice Jesús: "Al
que tiene, se le dará más; al que no tiene, hasta lo que cree
tener se le quitará." (v. 18)

Dios te ha hablado. Si tú le das la espalda, te dejará de
hablar. Hasta lo poco que sabes de El - o que piensas saber - no
te servirá. Es como cuando empiezas a aprender un idioma: si
practicas lo que aprendes, podrás aprender más; si no lo
practicas, pronto lo olvidarás.

Dios nos invita a cada uno de nosotros a entrar en una relación
con El, y dependiendo de nuestra respuesta, llegamos a conocer
más, o quedamos excluidos. Hubo un hombre llamado Cornelio, un
oficial militar romano. Al estar destinado en Palestina, empezó
a oír acerca de un Dios que había hablado. Se interesó en
conocer más acerca de este Dios.

Como resultado, Dios le envió milagrosamente a Pedro para que le
explicara más plenamente el camino de salvación. Cornelio
respondió a lo poco que sabía, y como resultado, Dios le dio
más. De hecho, toda su casa recibió la salvación.

En el Antiguo Testamento encontramos la historia de un rey que
hizo lo opuesto. El se llamaba Acab, y tenía en su reino un
profeta del Dios verdadero. Sin embargo, no lo escuchaba. De
hecho, dijo de él: "Me cae muy mal porque nunca me profetiza
nada bueno; sólo me anuncia desastres." (2 Crónicas 18:7)

Por fin, llamó a este profeta para que profetizara acerca de una
batalla que pensaba lanzar. El profeta le dijo que, si iba a esa
batalla, no regresaría vivo. El rey insistió en que encarcelaran
al profeta, y luego se fue a la guerra. Fíjate que no siempre
les va bien a los que dicen la verdad, pero les irá peor a los
que viven por la mentira.

El rey decidió disfrazarse e ir así a la batalla, para que no
muriera. Aunque el ejército opositor no trató de matarlo porque
no lo reconocía como rey, una flecha disparada al azar penetró
su armadura y lo mató - tal y como lo había anunciado el
profeta. Por no escucharlo - por pensarse más listo que Dios -
llegó a su muerte.

Ahora te pregunto: ¿a quién te pareces más: a Cornelio, o a
Acab? ¿Cómo respondes a la revelación que Dios te ha dado?
Quizás tú no sabes mucho acerca de las cosas de Dios. Eso no
importa. Lo que importa es lo que estás haciendo con lo que
sabes. Cornelio no sabía mucho, pero puso atención a lo poco que
sabía, y Dios le enseñó mucho más.

Acab, en cambio, ignoró el claro mensaje de Dios, y lo perdió
todo.

Conclusión

Un hombre temía que su esposa se estaba volviendo sorda, y
decidió hacer un experimento. Una noche, se paró detrás de ella
en la cocina, a una distancia de cinco metros, y le preguntó qué
iban a cenar. No recibió respuesta. Se acercó un poco y volvió a
hacerle la pregunta. Nuevamente, no escuchó nada. Por fin se
paró inmediatamente detrás de su esposa y, casi gritando, le
preguntó qué iban a cenar. Ella se volteó y le dijo: Por tercera
vez, ¡pollo!

Si tú no estás escuchando la voz de Dios, considera dónde está
el problema. Tú crees que El no te está hablando, pero quizás es
que tú no le estás escuchando. ¿Será que sufres de sordera
selectiva? Si es así, considera cómo escuchas, y abre tus oídos
a la voz de Dios.

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Iglesia, la vida cristiana o cualquier otro tema, por email a
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de la semana relacionada con el Sermón Dominical, junto con
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