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Asunto:Invitacion a la Alegria
Fecha:Viernes, 22 de Septiembre, 2000  14:48:27 (-0600)
Autor:Ricardo Ocampo <anahuak @.............mx>

---------- 
From: "F. PEREZ" <fperezber@...> 
Reply-To: consciencia@... 
Date: Fri, 22 Sep 2000 21:07:44 +0200 
To: "Consciencia Foros" <consciencia@...> 
Subject: INVITACION A LA ALEGRIA 
 
Hola amigas y amigos: 
 
Se dice, con excesiva superficialidad, que la juventud lleva en sí la 
alegría. Quizá porque se piensa que lo que la origina es la 
irresponsabilidad; o la euforia que una salud perfecta produce; o el natural 
optimismo de quien tiene la vida por delante, y es capaz de comerse el mundo 
antes que el mundo se lo coma a él. Sin embargo, cada día hay menos jóvenes 
alegres; en general conozco muy poca gente alegre. Como si la sociedad 
protectora que inventamos, y las ciudades aliadas  que nos acogen, 
amortiguasen nuestro impulso hacia la jocundidad. Porque la vida, el simple 
y mortal hecho de vivir, es precisamente a la alegría a lo que invita antes 
que a cualquier otra cosa. Alacer, en latín, es a la vez alegre, vivo y 
ágil. 
 
 No me refiero a la alegría orgiástica de los griegos, en que los dioses y 
los hombres danzaban juntos la gran danza de Pan desenfrenados. Ni, al 
contrario, a la alegría ascética y fantasmal del cristianismo antipagano, 
que cerró la mirada a los gozosos adornos de este mundo para fijarla en la 
visión beatífica del otro. Ni a la alegría libertina, desencadenada del 
temor al pecado. Ni mucho menos, a la burguesa de quienes, conseguidos los 
anhelados bienes materiales, se satisfacen con ellos. Ni tampoco me refiero 
a la de los perseguidores de utopías colectivas, los revolucionarios que 
aspiran a una unidad humana que todo lo comparta: esta alegría es aplazada y 
sólo genera un orgulloso contento por el deber cumplido. Me refiero a la 
alegría a la que todos hemos sido convocados, y que es, por tanto, previa: 
más sencilla y más complicada al tiempo que cualquiera de las enumeradas. 
  
Es posible  que haya unos seres más propensos a ella: seres que no nacen 
taciturnos y cabizbajos (si es que alguien nace así, y no es que se vuelva 
así por causas que aún desconocemos y que afectan al hombre desde el mismo 
momento de echarse a respirar, o antes quizá). Pero tampoco la alegría es 
identificable con el entusiasmo, ni con la graciosa extroversión, ni con el 
afán por la fiesta y por la risa. La risa concretamente es una manifestación 
no siempre auténtica y no siempre alegre. Ni tampoco es identificable con el 
placer: confundirla con él  sería como confundir  a Dios con un humilde cura 
rural sin desbastar, o como confundir el sentido del humor, que ha de 
teñirlo todo, con un chiste que provoca la carcajada más elemental e 
inevitable. La alegría no tiene por qué ser irreflexiva, ni pedestre, ni 
patrimonio de los simples....   Es otra cosa; quizá es siempre otra cosa 
además, lo mismo que el amor. 
  
Se trata de algo perfectamente compatible con la sombra de los pesares y 
con el conocimiento del dolor y de la muerte: cualquier sombra resalta la 
luz y los contornos de un paisaje. La alegría, contra lo que pudiera 
pensarse, no es un sentimiento pueril o desentendido: ha de ser positiva, 
incluso emprendedora de la carrera que lleva a sí misma o a su resurrección. 
Aunque fracase en ello. Porque si la alegría no lo es a pesar de todo, no lo 
es de veras. Frente a la tristeza, un sentimiento débil y grisáceo y que 
mancha, ella es un detergente que blanquea y que fortifica. Consiste en un 
estado de ánimo, que puede perderse y también recuperarse; que es anterior y 
posterior a la pena, y que el más sabio lo hará también coincidente con la 
pena. "Las penas hay que saber llevarlas con alegría". 
  
Y es que la alegría, en realidad, es la base y el soporte de todo: la 
palestra en que todo tiene lugar, y en la que nosotros luchamos, vencemos o 
nos vencen, y acabamos por ser (el hombre es, en el fondo, su batalla y 
asimismo su campo de batalla). De ahí que debamos aspirar a una alegría no 
ruidosa, no efímera, no tornadiza, sino serena y consciente de sí misma. No 
podemos permitir -- antes la muerte -- que alguien nos la perturbe, y menos 
aún que nos la arrebate. Ella es la principal acompañante de la vida: su 
heraldo y su adiós, su profecía y su memoria. No hay nada que resulte más 
atractivo: ni la inteligencia siquiera, ni la belleza. Porque el alegre es 
ecuánime y mesurado: todo lo pasa por el tamiz de su virtud y lo matiza con 
ella. Con ella, que representa la aceptación de un orden vital en principio 
incomprensible; la aliada más profunda de cualquier actividad que colabore 
en favor de la vida; la superviviente de catástrofes y cataclismos, y de la 
maldad humana, y de las depredaciones, y de la infinita concatenación de las 
muertes que hacen sitio a la vida. Es el más dulce fruto de la razón; la 
prerrogativa inconfundible del hombre; la mejor fusión del sentimiento y de 
la mente, de la zona más alta del ángel y de la más baja del animal: el 
resumen perfecto. Por nada de este mundo ni del otro debe perderla quien la 
tiene, ni dejar de recuperarla quienes la hayan perdido. 
 
Saludos. 
 
Francisco Pérez 
fperezber@... 
 
 
 
        "Un espacio para la Difusión de la Nueva Era Planetaria"