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Asunto:[redanahuak] La Tolerancia
Fecha:Miercoles, 17 de Marzo, 2004  04:09:22 (-0600)
Autor:Ricardo Ocampo <redanahuak @...............mx>

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1er ENCUENTRO MEXICO EN CONCIENCIA 
10-13 de junio, 2004 
Aguascalientes, Ags. 
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* * * * * * * * * * * 
 
PARLAMENTO DE LAS RELIGIONES DEL MUNDO 
7-13 de julio, 2004 
http://www.unescocat.org/prm2004/esp/home_esp.html 
http://www.barcelona2004.org 
 
CUMBRE DE NUEVA CONCIENCIA 
10-11 de julio, 2004 
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VII ENCUENTRO DE LA RED IBERICA DE LUZ 
11-13 de junio, 2004 
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* * * * * * * * * * * 
 
LA TOLERANCIA  
 
http://www.ecojoven.com/02122000/tolerancia1.html 
http://www.ecojoven.com/index.htm 
 
En un arrebato de optimismo, Confucio soñó con una época de tolerancia 
universal en la que los ancianos vivirían tranquilos sus últimos días; los 
niños crecerían sanos; los viudos, las viudas, los huérfanos, los 
desamparados, los débiles y los enfermos encontrarían amparo; los hombres 
tendrían trabajo, y las mujeres hogar; no harían falta cerraduras, pues no 
habría bandidos ni ladrones, y se dejarían abiertas las puertas exteriores. 
Esto se llamaría la gran comunidad. 
 
El mundo sueña con la tolerancia desde que es mundo, quizá porque se trata 
de una conquista que brilla a la vez por su presencia y por su ausencia. Se 
ha dicho que la tolerancia es fácil de aplaudir, difícil de practicar, y muy 
difícil de explicar. Aparece como una noción escurridiza que, ya de entrada, 
presenta dos significados bien distintos: permitir el mal y respetar la 
diversidad. Su significado clásico ha sido «permitir el mal sin aprobarlo». 
¿Qué tipo de mal? El que supone no respetar las reglas de juego que hacen 
posible la sociedad. Si algunos no respetan esas reglas comunes, la 
convivencia se deteriora y todos salen perdiendo. Por ello, quien ejerce la 
autoridad -el gobernante, el padre de familia, el profesor, el policía, el 
árbitro- está obligado a defender el cumplimiento de la norma común. 
 
Defender una ley, una norma o costumbre, implica casi siempre no tolerar su 
incumplimiento. Pero hay situaciones que hacen aconsejable permitir la 
posición de fuera de juego y «hacer la vista gorda». Esas situaciones 
constituyen la justificación y el ámbito de la tolerancia entendida como 
permisión del mal. Hacer la vista gorda es un giro insuperable, porque 
expresa algo tan complejo como disimular sin disimular, darse y no darse por 
enterado. Esa es precisamente la primera acepción de tolerancia, 
prerrogativa del que tiene la sartén por el mango, que libremente modera el 
ejercido del poder. 
 
Los clásicos llamaron clemencia a la tolerancia política. Séneca escribió el 
tratado De clementia para influir sobre un Nerón que empezaba a mostrar su 
cara intolerante. El filósofo estoico profundiza en la naturaleza del poder 
y presenta un verdadero programa de gobierno: el príncipe, corno alma que 
informa y vivifica el cuerpo del Estado, debe gobernar con una justicia 
atemperada por la demencia, que es moderación y condescendencia del 
poderoso. En El mercader de Venecia, Shakespeare hace un elogio insuperable 
de la clemencia: bendice al que la concede y al que la recibe; es el 
semblante más hermoso del poder, porque tiene su trono en los corazones de 
los reyes; sienta al monarca mejor que la corona, y es un atributo del mismo 
Dios. De forma parecida, Cervantes hace decir a don Quijote que se debe 
frenar el rigor de la ley, pues «no es mejor la fama del juez riguroso que 
la del compasivo». Y da este sabio consejo a Sancho, Gobernador de la ínsula 
Barataria: «Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de 
la dádiva, sino con el de la misericordia». 
 
Decidir cuándo y cómo conviene hacer la vista gorda es un arte difícil, que 
exige conocer a fondo la situación, evaluar lo que está en juego, sopesar 
los pros y los contras, anticipar las consecuencias, pedir consejo y tomar 
una decisión. Está en juego el propio prestigio de la autoridad, la posible 
interpretación de la tolerancia como debilidad o indiferencia, la creación 
de precedentes peligrosos. Por ello, el ejercicio de la tolerancia se ha 
considerado siempre como una manifestación muy difícil de prudencia en el 
arte de gobernar. Marco Aurelio reconoce que recibió de su antecesor, el 
emperador Antonino Pío, la experiencia para distinguir cuándo hay necesidad 
de apretar y cuándo de aflojar. 
 
Hay una tolerancia propia del que exige sus derechos. La oposición de Gandhi 
al gobierno británico de la India no es visceral sino tolerante, fruto de 
una necesaria prudencia. En sus discursos repetirá incansable que, «dado que 
el mal sólo se mantiene por la violencia, es necesario abstenernos de toda 
violencia». Y que, «si respondemos con violencia, nuestros futuros líderes 
se habrán formado en una escuela de terrorismo». Además, «si respondemos ojo 
por ojo, lo único que conseguiremos será un país de ciegos». 
 
¿Cuándo se debe tolerar algo? La respuesta genérica es: siempre que, de no 
hacerlo, se estime que ha de ser peor el remedio que la enfermedad. Se debe 
permitir un mal cuando se piense que impedirlo provocará un mal mayor o 
impedirá un bien superior. La tolerancia se aplica a la luz de la jerarquía 
de bienes. Ya en la Edad Media se sabia que «es propio del sabio legislador 
permitir las transgresiones menores para evitar las mayores». Pero la 
aplicación de este criterio no es nada fácil. Hay dos evidencias claras: que 
hay que ejercer la tolerancia, y que no todo puede tolerarse. Compaginar 
ambas evidencias es un arduo problema. ¿Deben tolerarse la producción y el 
tráfico de drogas, la producción y el tráfico de armas, la producción y el 
tráfico de productos radiactivos? ¿Es intolerante el Gobierno alemán cuando 
prohibe actos públicos de grupos neozazis? ¿Y el Gobierno francés cuando 
clausura dos periódicos musulmanes ligados al terrorismo argelino? ¿Son 
intolerantes las legislaciones que prohiben el aborto? 
 
Todos los análisis realizados con ocasión del Año Internacional de la 
Tolerancia aprecian la dificultad de precisar su núcleo esencial: los 
límites entre lo tolerable y lo intolerable. John Locke, en su Carta sobre 
la tolerancia, asegura que «el magistrado no debe tolerar ningún dogma 
adverso y contrario a la sociedad humana o a las buenas costumbres 
necesarias para conservar la sociedad civil». Un límite tan expreso como 
impreciso, pero quizá el único posible. Hoy lo traducimos por el respeto 
escrupuloso a los Derechos Humanos, pomposo nombre para un cajón de sastre 
donde también caben, si nos empeñamos, interpretaciones dispares. 
 
Ante una realidad con tantas lecturas y conflictos como individuos, no queda 
más remedio que confiar a la ley el trazado de la frontera entre lo 
tolerable y lo intolerable. Y aceptar la interpretación del juez. En todo lo 
que la ley permite, hay que ser tolerante. En lo que la ley no permite, el 
juez y el gobernante pueden ejercer la tolerancia con prudencia. Pero hay 
leyes injustas que toleran la injusticia, y jueces y gobernantes que juegan 
con las leyes justas. En ese caso, mientras se espera y se lucha por tiempos 
mejores, conviene recordar que ya Platón consideraba la corrupción del 
gobernante como lo más desesperanzador que puede lamentarse en una sociedad. 
La violación de la justicia por el máximo responsable de protegerla no es 
una sorpresa para nadie, y sólo cabe evitarla si el gobernante es capaz de 
encarnar el consejo de Caro Baroja: «mientras no haya una conducta moral 
individual estrictamente limpia, todo lo demás son mandangas». 
 
La segunda acepción de tolerancia es «respeto a la diversidad». Se trata de 
una actitud de consideración hacia la diferencia, de una disposición a 
admitir en los demás una manera de ser y de obrar distinta de la propia, de 
la aceptación del pluralismo. Ya no es permitir un mal sino aceptar puntos 
de vista diferentes y legítimos, ceder en un conflicto de intereses justos. 
Y como los conflictos y las violencias son la actualidad diaria, la 
tolerancia es un valor que necesaria y urgentemente hay que promover. 
 
Ese respeto a la diferencia tiene un matiz pasivo y otro activo. La 
tolerancia pasiva equivaldría al «vive y deja vivir», y también a cierta 
indiferencia. En cambio, la tolerancia activa viene a significar 
solidaridad, una actitud positiva que se llamó desde antiguo benevolencia. 
Los hombres, dijo Séneca, deben estimarse como hermanos y conciudadanos, 
porque «el hombre es cosa sagrada para el hombre». Su propia naturaleza pide 
el respeto mutuo, porque «ella nos ha constituido parientes al engendrarnos 
de los mismos elementos y para un mismo fin». Séneca no se conforma con la 
indiferencia: «¿No derramar sangre humana? ¡Bien poco es no hacer daño a 
quien debemos favorecer!». Por naturaleza, «las manos han de estar 
dispuestas a ayudar», pues sólo nos es posible vivir en sociedad: algo «muy 
semejante al abovedado, que, debiendo desplomarse si unas piedras no 
sostuvieran a otras, se aguanta por este apoyo mutuo». La benevolencia nos 
prohibe ser altaneros y ásperos, nos enseña que un hombre no debe servirse 
abusivamente de otro hombre, y nos invita a ser afables y serviciales en 
palabras, hechos y sentimientos (Epístolas a Lucilio). 
 
En sus Pensamientos, el emperador Marco Aurelio nos confía que «hemos nacido 
para una tarea común, como los pies, como las manos, como los párpados, como 
las hileras de dientes superiores e inferiores. De modo que obrar unos 
contra otros va contra la naturaleza». Igual que nuestros cuerpos están 
formados por miembros diferentes, la sociedad está integrada por muchas 
personas diferentes, pero todas llamadas a una misma colaboración. Por eso, 
«a los hombres con los que te ha tocado vivir, estímalos, pero de verdad». 
Esta comprensión hacia todos debe llevarnos a pasar por alto lo molesto y 
desagradable, no con desprecio, sino con intención positiva: «Si puedes, 
corrígele con tu enseñanza; si no, recuerda que para ello se te ha dado la 
benevolencia. También los dioses son benevolentes con los incorregibles». 
Con resonancias socráticas, Marco Aurelio también dirá que «se ultraja a sí 
mismo el hombre que se irrita con otro, el que vuelve las espaldas o es 
hostil a alguien». 
 
Voltaire, al finalizar su Tratado sobre la tolerancia, eleva una oración en 
la que pide a Dios que nos ayudemos unos a otros a soportar la carga de una 
existencia penosa y pasajera; que las pequeñas diversidades entre los 
vestidos que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todas nuestras 
insuficientes lenguas, entre todos nuestros ridículos usos, entre todas 
nuestras imperfectas leyes, entre todas nuestras insensatas opiniones, no 
sean motivo de odio y de persecución. 
 
En la misma estela de los grandes clásicos, el discurso final de Charles 
Chaplin en El Gran Dictador, es un canto a la tolerancia donde parece que 
oímos la vieja melodía de Confucio: 
-Me gustaría ayudar a todo el mundo si fuese posible: a los judíos y a los 
gentiles, a los negros y a los blancos ( ... ). La vida puede ser libre y 
bella, pero necesitamos humanidad antes que máquinas, bondad y dulzura antes 
que inteligencia ( ... ). No tenemos ganas de odiarnos y despreciarnos: en 
este mundo hay sitio para todos ( ... ). Luchemos por abolir las barreras 
entre las naciones, por terminar con la rapacidad, el odio y la intolerancia 
( ... ). Las nubes se disipan, el sol asoma, surgimos de las tinieblas a la 
luz, penetramos en un mundo nuevo, un mundo mejor, en el que los hombres 
vencerán su rapacidad, su odio y su brutalidad. 
«se ultraja a sí mismo el hombre que se irrita con otro, el que vuelve las 
espaldas o es hostil a alguien» 
 
Las profecías de Confucio y de Charles Chaplin no se han cumplido. Al 
contrario: Naciones Unidas ha proclamado 1995 Año Internacional de la 
Tolerancia, después de medio siglo de Auschwitz e Hirosima, porque se ha 
roto el consenso del «nunca más». La condición de toda «educación tras 
Auschwitz», propuesta por Theodor Adorno, ha fracasado. ¿«Nunca más» campos 
de concentración en Alemania cuando otros se han llenado en Bosnia? ¿«Nunca 
más» genocidios cuando el mundo sabe y tolera que mujeres, ancianos y niños 
hayan sido de nuevo vejados, torturados, violados o deportados en vagones de 
ganado? 
 
En estos años de fervor tolerante apreciamos en la tolerancia tres 
patologías. Primera patología: el abuso de la palabra. Dicen los pedagogos 
que el grado de eficacia de un consejo paterno está en relación inversa al 
número de veces que se repite. La tolerancia también puede aburrir por 
saturación, devaluarse por tanta repetición y manoseo. La sensibilidad 
humana crece salvaje si no se cultiva, pero también puede estragarse por 
sobredosis. Además, en la tolerancia se cumple el refrán «del dicho al hecho 
hay un trecho». Es decir, si sólo hay declaración de buenas intenciones, 
sólo habrá palabrería ineficaz. 
 
Segunda patología: la intolerancia enmascarada. Debajo de muchas 
exhibiciones de tolerancia se esconde la paradoja del «dime de qué presumes 
y te diré de qué careces». Voltaire se pasó media vida escribiendo sobre la 
tolerancia y avivando los odios contra judíos y cristianos. Se veía a sí 
mismo como patriarca de la tolerancia, pero su amigo, Diderot lo retrató 
como el Anticristo, y media Europa le rechazó por no ver en él más que el 
genio del odio. En una de sus perlas más conocidas asegura que si 
«Jesucristo necesitó doce apóstoles para propagar el Cristianismo, yo voy a 
demostrar que basta uno solo para destruirlo». Por último, en el 
deslizamiento de la tolerancia hacia el permisivismo encontramos la tercera 
patología. Las consecuencias de este falseamiento son más graves en el 
ámbito de la educación escolar. Cuando en una tragedia de Eurípides se dijo 
que en materia de virtud lo mejor era mirar todo con indulgencia, Sócrates 
se puso en pie, interrumpió a los actores y dijo que le parecía ridículo 
consentir que se corrompiera así la educación. 
 
 
 
 
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