Domingo de Pentecostés (A), Juan 20,
19-23
BARRO
ANIMADO POR EL ESPÍRITU
ANTONIO
PAGOLA
SAN
SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).
ECLESALIA, 07/05/08.- Juan ha cuidado mucho la
escena en que Jesús va a confiar a sus discípulos su misión. Quiere dejar bien
claro qué es lo esencial. Jesús está en el centro de la comunidad llenando a
todos de su paz y alegría. Pero a los discípulos les espera una misión. Jesús no
los ha convocado sólo para disfrutar de él, sino para hacerlo presente en el
mundo.
Jesús los «envía». No les
dice en concreto a quiénes han de ir, qué han de hacer o cómo han de actuar:
«Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Su tarea es la
misma de Jesús. No tienen otra: la que Jesús ha recibido del Padre. Tienen que
ser en el mundo lo que ha sido él.
Ya
han visto a quiénes se ha acercado, cómo ha tratado a los más desvalidos, cómo
ha llevado adelante su proyecto de humanizar la vida, cómo ha sembrado gestos de
liberación y de perdón. Las heridas de sus manos y su costado les recuerdan su
entrega total. Jesús los envía ahora para que «reproduzcan» su presencia entre las
gentes.
Pero sabe que sus discípulos son
frágiles. Más de una vez ha quedado sorprendido de su «fe pequeña».
Necesitan su propio Espíritu para cumplir su misión. Por eso, se dispone a hacer
con ellos un gesto muy especial. No les impone sus manos ni los bendice, como
hacía con los enfermos y los pequeños: «Exhala su aliento sobre ellos y les
dice: Recibid el Espíritu Santo».
El
gesto de Jesús tiene una fuerza que no siempre sabemos captar. Según la
tradición bíblica, Dios modeló a Adán con «barro»; luego sopló sobre él
su «aliento de vida»; y aquel barro se convirtió en un «viviente».
Eso es el ser humano: un poco de barro, alentado por el Espíritu de Dios. Y eso
será siempre la Iglesia: barro alentado por el Espíritu de Jesús.
Creyentes frágiles y de fe pequeña:
cristianos de barro, teólogos de barro, sacerdotes y obispos de barro,
comunidades de barro… Sólo el Espíritu de Jesús nos convierte en Iglesia viva.
Las zonas donde su Espíritu no es acogido, quedan «muertas». Nos hacen daño a
todos, pues nos impiden actualizar la presencia viva de Jesús. Muchos no pueden
captar en nosotros la paz, la alegría y la vida renovada por Cristo. No hemos de
bautizar sólo con agua, sino infundir el Espíritu de Jesús. No sólo hemos de
hablar de amor, sino amar a las personas como él.
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