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Domingo
29 de junio de 2008
Ciclo
A. Décimo Tercer Domingo del
Tiempo Ordinario
Evangelio:
Mateo 10, 40-42
(Leccionario
Común Revisado)
Primera
Lectura: Jeremías 28, 5-9
Salmo
Responsorial: Salmo 89, 1-4, 15-18
Segunda Lectura: Romanos 6,
12-23
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EVANGELIO
Mateo 10, 40-42
Traducción:
El Libro del Pueblo de Dios. La Biblia.
Ediciones Paulinas. Madrid. Buenos Aires.
1990 |
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En aquel tiempo dijo Jesús a
sus discípulos: el que los
recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que
me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa
de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la
recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque
sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi
discípulo, no quedará sin recompensa. El Evangelio del
Señor.
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EL ESCÁNDALO DE UN VASO
DE AGUA FRESCA
La vida cristiana se ha visto
siempre amenazada con tendencias hacia el ritualismo, la formalidad y en
transformarse en un código de buenas maneras. Desde muy temprano y dentro de la
misma iglesia surgieron tendencias que buscaban mantener la energía, los
desafíos y el escándalo del Evangelio. Frente a una iglesia que se unía al poder
imperial surge el movimiento monástico que se propone continuar viviendo la
radicalidad del compromiso de fe y hacer concesiones. La Reforma criticará al monasticismo por
haber limitado esas radicales exigencias a un grupo minoritario que pretendía
vivir una vida más perfecta que los demás. La Reforma intenta rescatar la
radicalidad del Evangelio para todos los bautizados y bautizadas. Esa perfección
en el cumplimiento del Evangelio es una exigencia destinada a toda la comunidad
de fe.
Dentro de la espiritualidad
monástica y con el objetivo de evitar que nuestra lectura, escucha y acción que
nace del Evangelio pierda su fuerza y su originalidad surgió aquello que se
llama la lectura contemplativa de las Escrituras. Este método contemplativo de
encuentro con la
Palabra sigue diferentes caminos y etapas pero con la clara
meta de mantener la presencia del Resucitado presente en la vida cotidiana. En
una primera etapa se fundamenta en tomar en serio el texto, considerar aquello
que conocemos sobre el mismo, los datos geográficos, históricos, cultural, etc.
En un segundo momento llegamos a preguntarnos qué nos dice el texto a nosotros y
nosotras y a nuestras comunidades. El tercer momento lleva el texto a la
dimensión de la oración y nos enseña a cómo orar desde esa Palabra. Como
consecuencia de este camino llegamos al último momento en el cual desde la
meditación, la contemplación y la oración construimos una acción emergente de
ese proceso.
En esa espiritualidad de radicalidad
de la Palabra
y de acciones visibles y concretas en la realidad cotidiana aparece la imagen
del peregrino y del huésped que llama a las puertas de nuestras vidas y de
nuestras comunidades. Uno de los grandes elementos en todas las reglas
monásticas es la importancia concedida al extraño, el extranjero, el peregrino,
el huésped que llama a la puerta. En el extraño y en la extraña se la interpretó
y vivió como la llegada del Cristo a sus vidas y se establecía servirle y
acogerle como se acogería al mismo Señor.
Hoy debemos preguntarnos dónde quedo
nuestro amor y hospitalidad por el extraño y diferente que está a la puerta de
nuestras comunidades y llama para que abramos nuestros corazones y mentes. Toda
acción pastoral en el contexto del vih y del sida es parte de esa acogida al
peregrino, al diferente, al vulnerable que no solo está golpeando a las puertas
de nuestras existencias, sino que ya está instalado en medio de ella.
Como fundamento de nuestra acción
pastoral en vih tenemos este texto esencial y al que debemos devolver toda su
radicalidad y su escándalo. Nosotros y nosotras estamos llamados por nuestra
vocación llevar la presencia de Jesús de Nazaret a todas y todos aquellos que
nos reciben. Y esa presencia siempre es un escándalo de comunión, de amistad, de
solidaridad. La contemplación siempre busca comprender la dimensión de esa
presencia que nunca se limita a lo personal, individual o privado. La presencia
del Cristo del Dios del Reino siempre tiene consecuencias comunitarias y
políticas. No puede ni quiere quedar encerrado en la esfera de lo privado.
Nuestra comunión con el Cristo de Dios es siempre el inicio de un proceso de
comunión que se extiende en el espacio y en el tiempo abarcando cada vez más
nuevos círculos y nuevos grupos vulnerables.
Pero esa presencia de Jesús en la
vida de sus discípulos y discípulas viene siempre en compañía. Nunca es una
presencia solitaria. El que recibe a Jesús de Nazaret como el Cristo del Dios
del Reino también recibe a quien le envió. Pero el círculo de comunión no
termina allí. Ese Jesús de Nazaret también se hace presente con la comunión de
todas y todos aquellos que compartieron su mesa, esos huéspedes inesperados y
teológicamente y políticamente extraños. Nuestra comunión con Dios es también
comunión con todas aquellas personas que compartieron su comunión, tanto
entonces como ahora.
Además estas comuniones tienen una
dimensión de cruz. Se nos promete una recompensa de profeta si recibimos a una
persona como profeta o profetiza. A pesar de que la palabra recompensa suena muy
bien y nos produce alegría debemos recordar como han sido tratados entonces y
ahora aquellos y aquellas que se atreven a ser verdaderamente profetas. Esa
recompensa es cruz y no otra. Nada de teologías baratas de gloria sino la
teología costosa de la cruz. Nadie es profeta o profetiza en su propia tierra y
aquellos que estamos comprometidos en la promoción de derechos y dignidades en
el contexto del vih y sida sabemos muy bien lo difícil que es ser profetas en
nuestras propias comunidades. La comunión con Cristo, el asumir que nosotros
mismo somos recibidos como el Cristo del Dios del Reino no puede esperar, por su
escándalo, por sus denuncias proféticas de puertas y corazones cerrados a la
presencia del huésped extraño, extranjero, diferente. Nuestra recompensa de
recibir profetas por ser profetas no puede ser otra que la cruz del Cristo que
reconocemos y proclamaos en la vida de Jesús de Nazaret.
El núcleo fuerte y duro de nuestra
acción pastoral y de promoción de derechos y dignidades en el contexto de la
epidemia del vih es un tema de justicia. Nuestra recompensa por recibir a una
persona porque es justo también es una recompensa de cruz. La justicia que viene
de Dios es siempre sorprendente porque nunca sigue los criterios de la
razonabilidad humana. Proclamar esa justicia que ve pureza, santidad y dignidad
donde otros solamente ven leprosos, enfermos, impuros, borrachos y glotones no
tiene otro destino que asumir la recompensa de Jesús de Nazaret por sus
sorprendentes comuniones.
Toda acción de servicio, de
diaconía, de promoción social de las comunidades cristianas nace de esta
voluntad de vivir hasta el extremo la cruz de Cristo y alcanzar un vaso de agua
fresca a aquellas personas a las que nadie considera dignas de un vaso de agua
fresca. Ese gesto de extender nuestra mano con un vaso de agua fresca es la
desafiante comunión con aquellos y aquellas que otros y otras consideran como
extraños, diferentes y externos a nuestras comunidades o como infiltrados y
descalificados a un nivel más bajo en nuestras propias comunidades. Debemos
mantener el carácter de denuncia profética de este gesto de compartir con
aquellos considerados externos a nuestras comunidades y extraños a la comunión
con Dios. Cada una de nuestras palabras, pensamientos y acciones en la pastoral
del vih y sida tiene que tener ese carácter de desafío y escándalo de
públicamente y asumiendo la recompensa del profeta y del justo en Dios, ofrecer
nuestra plena e incondicional comunión con el sediento de comunión.
¿Quiénes son estos pequeños?
Últimamente me he peleado mucho con los diversos comentarios de los textos
evangélicos pero hoy me he reconciliado con uno de ellos. En general es muy
posible que esos pequeños sean los mismos discípulos. Hasta aquí no habría mayor
escándalo ni riesgo de cruz. Es un desafío que los discípulos sean colocados
entre los grupos vulnerables. Esa si es una excelente perspectiva. Nos ubica en
un plano que nos obliga a bajarnos del caballo y colocarnos al mismo nivel de
los grupos vulnerables que queremos acompañar y con los que queremos establecer
desafiantes comuniones. Pero existe una segunda posibilidad y el comentario con
el que me he reconciliado dice que
los pequeños podrían ser y cito textualmente: “los paganos convertidos
pero aún más aquellas y aquellos despreciados por los líderes judías en las
iglesias (¿o podrían ser los convertidos no circuncidados, o los cristianos
excluidos de las iglesias por razones disciplinarias?
Me sorprendió y me encanto la última propuesta: cristianos y cristianas
excluidos de las iglesias por razones disciplinarias. Ese es un aporte sumamente
rico, desafiante y prometedor para nuestra decisión de asumir todas las cruces
en nuestra comunión y compromiso con las personas y los grupos vulnerables al
vih y al sida. Esta posibilidad de interpretación me ha dado vueltas en mi
cabeza porque no sabía que teníamos de nuestra parte testimonios tan sólidos e
importantes.
Sabemos ahora que ese gesto de
extender nuestra mano para alcanzar una vaso de agua fresca a uno de los que el
mundo y algunas comunidades de fe consideran pequeños tiene una dimensión de
comunión visible con aquel que nos ha transformado a nosotras y nosotros mismos
en signos de su comunión, en signo de comunión con Aquel que le envió y en signo
de comunión con todos aquellas y aquellos con los cuales ellos han comulgado.
Este vaso de agua fresca dada a un pequeño social, ¿no será también un
sacramento ya que nos promete la gracia de la recompensa de cruz por profetas y
por justos?
Para la revisión de
vida
¿Cuál es el vaso de agua fresca que
estamos dispuestos a uno de estos pequeños que forman parte de los grupos
vulnerables al vih o al sida? ¿Puede ese vaso de agua fresca calmar la sed de
amor, esperanza e inclusividad de las y los muchos sedientos ubicados a las
puertas de nuestras comunidades de fe?
Para la reunión de grupo
Para la oración de las y los fieles
Con todo el pueblo de Dios en Cristo
Jesús que nos llama a ser su presencia en los caminos de esta vida y en la
existencia de otros y otras, oremos por nuestras comunidades de fe, por aquellos
y aquellas que presiden su vida de oración para que esa vida se transforme en la
presencia de Aquel que nos envía.
Se hace un breve
silencio.
Fuente de reconciliación y paz, tu
concede la bienvenida a todos y todas concediendo tu gracia y tu justicia.
Transforma a tu iglesia en ese espacio y en esa comunidad donde todos encuentran
un santuario donde su dignidad y sus derechos humanos son reconocidos y
promovidos, aún de aquellos y aquellas que por razones disciplinarias han sido
excluidos de sus propias comunidades. Cantaremos eternamente el amor del
Señor.
Tu corazón y tu mesa han mostrado
siempre una radical y bendecida hospitalidad. Transforma nuestras vidas y
nuestras comunidades en un vaso de agua fresca que pueda calmar y saciar la sed
de comunidad en que viven las personas en situación de vulnerabilidad al vih y
sida. Cantaremos eternamente el amor del
Señor.
Tu sabiduría y su presencia nos
convoca a proclamar tu Reino de gracia y de justicia y que tu Espíritu nos
conceda la fortaleza de pedir la recompensa de cruz prometida a todas y todos
tus profetas y a todas y todos aquellos que se comprometen con la justicia. Cantaremos eternamente el amor del
Señor.
Hogar de los que buscan un hogar,
concédenos la valentía de ser tu voz para proclamar esperanza, reconciliación,
comunión más allá de todas las barreras, las fronteras y los abismos que hemos
construido. Aleja nuestros miedos, prejuicios y silencios y transfórmanos en tus
profetas y profetizas. Cantaremos
eternamente el amor del Señor.
Oración comunitaria
Vaso de agua fresca para todas y
todos los que te aman, tú has preparado recompensas gozosas que van más allá de
lo que podemos pensar. Derrama en nuestro corazones tu corazón y en nuestras
mentes tu mente para que amándote sobre todas las cosas podamos amar sobre todas
las cosas a nuestro hermanos y hermanas que el mundo considera pequeños y así
alcanzar juntos y juntas tus promesas que sobrepasan todos nuestros deseos. Te
lo pedimos por tu Hijo, nuestro Cristo y nuestro camino y morada. Amén
Pastor
Lisandro Orlov
Pastoral
Ecuménica VIH-SIDA
Buenos
Aires.
Argentina