Hijos
Violentos
Síndrome del emperador o del tirano
EL PAÍS.
Malén Azn¡rez 11/03/2007
Pablo fue desde pequeño un niño seductor.
Inteligente, simp¡tico, decidido e independiente. El pequeño de una familia
bien avenida, con dos hermanas mayores y unos padres, Lucía Hern¡ndez y
Enrique López, que admiten que quiz¡ le consintieron un poco m¡s que a sus
hermanas por eso de ser el benjamín de la casa. A los 11 años comenzó a dar
muestras de rebeldía, de no querer acatar autoridad alguna, ni profesores ni
adultos en general. Empezó a ejercer de líder en su colegio, un centro
privado
y laico. Arrastraba a la clase con sus ocurrencias, las contestaciones a los
profesores y sus dotes de “listillo”. Nada de violencias. Se hizo muy
popular,
una influencia que, según los profesores, no era buena para sus compañeros.
En
sexto de primaria le expulsaron del colegio. Empezó en otro -privado y laico-
de donde también se tuvo que ir. Terminó en un centro de enseñanza
pública.
Vivía en las afueras de Madrid y con 12 años se escapaba al centro de la
capital. Empezó a consumir droga: tripis, marihuana, hachís. “De todo,
menos
pincharme”, decía en actitud provocadora. Envalentonado y desafiante,
empezó a
enfrentarse a sus padres. Le expulsaron del instituto, se iniciaron los
episodios de violencia familiar. Pedía dinero, desaparecía y la familia no
sabía por dónde ni con quién estaba. Después de un fin de semana sin
aparecer,
intentó echar abajo la puerta de la casa, golpeó con una barra las ventanas
y
el coche de sus padres, mientras les insultaba a gritos. Fue el primer
enfrentamiento directo. El siguiente fue destrozar su habitación porque no le
habían dado suficiente dinero. Su padre le amenazó con echarle de casa y él
le
denunció en la comisaría. A las once de la noche se presentó con la
policía,
que les aconsejó, después de ver la habitación, que le denunciaran. No lo
hicieron. “Al principio siempre crees que es algo que se arreglar¡, no te
imaginas que pueda acabar derivando en problemas tan graves. Est¡bamos
perdidos, había sido un hijo muy deseado y no fuimos capaces de adivinar
tantas dobleces en un niño pequeño”, dice Lucía.
Pablo empezó a consumir marihuana en casa y a
negarse a estudiar. No quería levantarse de la cama. Le llevaron al
psiquiatra, quien dio a los padres una pauta de conducta: hacer un frente
unido, no dejarse envolver por su palabrería ni sus mentiras, intentar
mantener la relación con él aunque fuera costosa, que se sintiera querido,
tratar de evitar que cometiera un delito o tuviera algún accidente mortal.
Fue
el primer cara a cara brutal con una realidad dura de admitir: no era un caso
de adolescencia difícil y debían buscar ayuda. Fueron a un psicólogo, y
Pablo,
a otro. Poco después, a los 13 años, golpeó a su padre y empezó a
zarandear a
la madre repetidamente para quitarle el bolso. Quería dinero para comprar
marihuana. Consumía mucho y tenía arrebatos violentos. En uno de ellos, los
padres tuvieron que avisar a la policía, que se presentó con una ambulancia
de
psiquiatría y lo internó en un centro de desintoxicación de menores. Los
padres iban a visitarle los días permitidos. Regresó a casa muy cambiado
física y mentalmente, m¡s maduro. Aprobó tercero de ESO. A los 15 años
cumplidos amenazó a sus padres con cortarles el cuello mientras dormían,
después de dejarles toda la habitación salpicada de sangre. Empezaron a
tener
miedo. A los 16 años se marchó de casa, buscó un trabajo y empezó a hacer
una
vida casi independiente. “Ahora quiere volver a casa, pero su padre le ha
puesto condiciones: estudiar o trabajar y someterse al sistema familiar. Mi
marido es partidario de que se independice totalmente, dice que si ya es
mayor, como él asegura, lo es para todo”.
Hijos que pegan a los padres, les maltratan
física o psíquicamente, les insultan, empujan, roban y amenazan, en
ocasiones
incluso de muerte. En su mayoría son sólo adolescentes de entre 12 y 17
años,
pero los hay menores, incluso muy pequeños, que se convierten en auténticos
tiranos de la casa y tienen atemorizada a toda la familia, que, en ocasiones,
acaba rompiéndose.
El caso de Lucía y Enrique (nombres supuestos
como todos los de los padres e hijos que aparecen en este reportaje) es sólo
uno entre los miles de padres españoles que ante una situación insostenible
han acabado denunciando a sus hijos a la policía o en los juzgados el último
año. Casi 5.000 padres lo hicieron en 2005, cifra que, aún sin cerrar la
estadística del año, es casi seguro que ser¡ superada en 2006 (en
septiembre
rozaban los 4.000, según datos del Ministerio del Interior). Denuncias que
son
sólo la punta del iceberg de un problema que hasta hace muy poco ha sido un
tabú en nuestra sociedad: el de los hijos que maltratan a sus
padres.
Una situación que, sin dramatizar ni generalizar
porque es minoritaria, ha empezado a preocupar seriamente a la Fiscalía
General del Estado, que prepara una instrucción para que los fiscales puedan
enfrentarse a un fenómeno que les ha cogido desprevenidos. “Nos preocupa
que
los fiscales actúen con unidad de criterio en esta cuestión. Por eso, en
conexión con la fiscalía específica de Violencia de Género, trabajamos en
unas
pautas de tratamiento del problema. Estamos asimilando lo que nos trasladan
los fiscales de a pie de toda España, sobre todo los de menores: que cada vez
hay m¡s chicos, entre 12 y 18 años, que son protagonistas en casos de
violencia familiar”, afirma Luis Navajas, coordinador general de la
Fiscalía
de Menores. Navajas reconoce que no es un problema nuevo, pero que es ahora
cuando empieza a inquietarles de verdad.
Sólo en Granada, 165 padres denunciaron a sus
hijos en 2005, y según el juez de menores Emilio Calatayud, conocido por sus
originales sentencias, ser¡n m¡s en 2006. “Van en aumento, y adem¡s es el
único delito en el que veo que chicos y chicas estarían casi igualados en
edades y sexos, 16-17 años. Pero todavía hay muchos padres que no denuncian
por vergüenza. En Granada estamos concienci¡ndoles de que es mejor que lo
hagan, porque hay situaciones verdaderamente conflictivas, pero muchos tapan
la situación”.
Sin querer ser alarmista, el psicólogo Vicente
Garrido, profesor de la Universidad de Valencia, consultor de Naciones Unidas,
y uno de los investigadores que m¡s han profundizado en la violencia familiar
(su libro Los hijos tiranos. El síndrome del emperador se ha convertido en un
manual-guía para muchos padres), habla del aumento de esta conflictividad.
“A
diario me escriben o llaman padres desesperados con la violencia de sus hijos
adolescentes, casi siempre chicos. Y sí, me sorprende el número importante
de
hijos que pegan o maltratan a los padres, porque en los años noventa no lo
hubiéramos previsto, pero todavía me sorprende m¡s que éstos los
denuncien.
Pero cuando lo hacen es que, a veces, es el único camino que tienen para
proteger a los hermanos”.
Se ha roto el tabú, un tabú esencial en nuestra
especie, algo en lo que insisten tanto Garrido como la psiquiatra María
Jesús
Mardomingo, jefa de Psiquiatría Infantil del hospital Gregorio Marañón de
Madrid y presidenta de la Asociación madrileña de Psiquiatría Infantil.
“Los
comportamientos violentos de los niños siempre han existido, pero en los
últimos años se han acrecentado, y lo detectan los padres, los médicos y
los
profesores. Ha habido una frase hecha en nuestra sociedad: “es m¡s malo que
pegar a un padre”, para definir a alguien como lo peor de lo peor, y ese
tabú
se ha roto”.
Algunos expertos mantienen que el de los hijos
violentos que se revuelven contra los padres hasta llegar al maltrato físico
es un conflicto de sociedades desarrolladas que empieza a aflorar en diversos
países, entre ellos España. Pero no todos se ponen de acuerdo en las causas.
Mientras unos sostienen que es un problema de mala educación, de excesiva
permisividad, tanto familiar como social, que hace que algunos niños
consentidos y caprichosos se conviertan en poco tiempo en auténticos
dictadores, otros afirman que la causa es doble, y que, aunque el ambiente es
importante, hay que contar con una predisposición genética. Una incapacidad
de
estos niños (que no hay que confundir con los diagnosticados de déficit de
atención e hiperactividad) para desarrollar emociones morales auténticas
-empatía, amor, compasión-, lo que desemboca en una gran dificultad para
mostrar culpa y arrepentimiento por las malas acciones.
Es la tesis que mantiene el psicólogo Vicente
Garrido. “La causa es mixta, tanto biológica -chicos que tienen mayor
dificultad en desarrollar emociones morales y una conciencia- como
sociológica: ahora se desprestigia el sentimiento de culpa y se alienta la
gratificación inmediata y el hedonismo. La familia y la escuela han perdido
capacidad de educación y esto favorece que chicos con esa predisposición
biológica, que antes eran contenidos por la sociedad, tengan mucha m¡s
facilidad para exhibir la violencia”.
“La insensibilidad es una característica de estos
niños”, dice Mardomingo. “Veo pequeños que desde los tres años tienen
unas
rabietas tremendas. No obedecen, son agresivos y ya en la guardería pegan y
no
pueden jugar si no es desde la imposición y la violencia. Por fortuna, las
conductas verdaderamente agresivas y peligrosas, como retar a los padres y
pegarles, suponen un porcentaje menor y se producen a partir de los 13 o 14
años. Y si hay una predisposición genética, para mí, sin ningún género
de
dudas, lo que facilita que afloren estos trastornos de conducta son los
factores ambientales”.
“Estamos ante chavales que lo tienen todo, que no
se han puesto límites. Yo creo que hay que recuperar los principios de
autoridad, paterna y de la escuela, pero sobre todo de los padres. No hemos
sabido poner límites a nuestros hijos, es la ley del péndulo, nos hemos
pasado
de un extremo al otro. La próxima generación estar¡ m¡s preparada para
educar
con cierta autoridad y al tiempo con flexibilidad”, sostiene el juez Emilio
Calatayud, de 51 años, y que en su infancia pasó por un colegio con fama de
correccional.
Que un chaval intente ejercer el dominio
sometiendo a los adultos es muy llamativo, pero no est¡ pasando sólo en
España, reflexiona la catedr¡tica de Psicología de la Educación de la
Universidad Complutense de Madrid, María José Díaz-Aguado, autora de varios
libros sobre violencia escolar, el m¡s reciente Del acoso escolar a la
cooperación en las aulas. “Creo que es un problema general de violencia con
los adultos que se ejerce contra profesores y familias. En un estudio con
adolescentes conflictivos hemos detectado distintas actitudes familiares
comunes. Una, que las familias habían utilizado el castigo físico cuando el
niño era pequeño, aportando un modelo autoritario, de dominio-sumisión,
para
intentar controlarlo. Otra, donde se combinaban los métodos coercitivos,
utilizados en el franquismo, con una permisividad excesiva. Una permisividad
que se convierte en violencia cuando el niño intenta salirse con la suya,
desobedecer y someter al adulto, y entonces se vuelve un pequeño tirano. Y
también existe una mezcla de ambas”.
El caso de Fernando no encaja en ninguna de estas
situaciones, según explica su madre, la madrileña Teresa Fuentes. “Fue un
niño
muy querido y le he dedicado mucha atención. Miro hacia atr¡s y creo que no
he
sido una madre consentidora, le exigía porque era un niño inteligente, a lo
mejor demasiado... Me pregunto, ¿en qué me he equivocado?”.
Fernando, que ahora tiene 17 años, fue desde la
cuna un niño nervioso y propenso al llanto. Inquieto y de poco dormir, “muy
revoleras”. Cuando se enfadaba tiraba con rabia los juguetes, o lo que
pescara
a mano, contra las paredes. Cuando quería una cosa “la quería ya mismo”.
Si le
gustaban las peras quería comer cinco. Superinteligente, aunque no
superdotado, a los siete años empezó a contestar a los padres y a llamar
tonta
a su madre. El padre no le dio importancia, la madre, acostumbrada a educar
niños, no quiso permitírselo. En el colegio sacaba buenas notas sin dar un
palo al agua y pronto se destacó como líder. A los 12 años empezó a
frecuentar
la calle y envalentonarse. No quería hacer deberes, y cuando su madre le
cerraba el paso a la calle, Fernando la apartaba sin contemplaciones de un
empujón. Era un chico deportista, un buen nadador, fuerte y alto -enseguida
alcanzaría 1,80 metros-. Cuando sus padres se separaron tenía 14 años. Él
y su
hermana se quedaron con la madre, y a partir de ese momento tuvo una actitud
mucho m¡s violenta con ella. La culpaba de todos los males y empezó el
ataque
frontal. La insultaba, la empujaba, le hacía moratones, la trataba “como
una
basura”. Tras la muerte de su abuelo y un amigo empezó a fumar porros y a
faltar a clase. No iba, pero quería que su madre le justificara las faltas,
lo
que no conseguía. Un día, después de tirarla al suelo y robarle 200 euros,
se
fue de casa. Teresa fue a la comisaría del barrio, donde le aconsejaron que
lo
denunciara, llamó a la Fiscalía de Menores para informarse... No quiso
denunciarle. “Es tu hijo y nadie lo entiende, toda la familia se pone en
contra, es luchar contra corriente”. Ella y su ex marido fueron a terapia
psicológica en un centro municipal. A Fernando le quedan seis meses para
cumplir la mayoría de edad, tiene un trabajo temporal y va a casa cuando
quiere. “Soy como un rehén en mi propia casa. Es como tener un marido
violento, pero con un hijo. Duele mucho, pero no se puede vivir así, siempre
con miedo”, dice Teresa.
¿Cómo detectar a un pequeño tirano en ciernes
cuando no hablamos de casos claramente patológicos?, ¿qué síntomas avisan
de
que ese niño o niña, generalmente inteligente y seductor, puede convertirse
en
un déspota que amargar¡ la vida a toda la familia? “Estos chicos coinciden
con
la personalidad del psicópata. La mayoría no lo son, pero tienen rasgos
típicos de este trastorno, como una gran impulsividad, profundo egocentrismo
e
incapacidad para sentirse culpables y mostrar arrepentimiento. Ante la
desesperación de los padres no sirven las regañinas, conversaciones y
castigos. Tienen conductas habituales de desafío, mentiras, e incluso actos
crueles hacia los hermanos y amistades”, explica Garrido.
“Aparte de la insensibilidad hacia los dem¡s, son
muy fríos y tienen una visión de la vida terriblemente narcisista: empieza
en
ellos y termina en ellos”, añade Mardomingo.
Tanto Pablo como Fernando consumían droga desde
niños, ¿es la droga un detonante de estos trastornos de conducta? No opinan
así la mayoría de los expertos consultados, para quienes la droga es una
consecuencia, pero no un desencadenante. “Es una manifestación m¡s”,
dice
Mardomingo,“son niños que cuando empiezan a faltar al colegio, a fugarse, a
beber alcohol en pandilla, entran también en contacto con la droga,
generalmente hachís o marihuana, y eso es un síntoma m¡s de un
comportamiento
que ya es grave. Pero también hay chicos que consumen drogas porque les sirve
para mitigar la tristeza, el des¡nimo o la depresión, o porque tienen un
problema de ansiedad y sirve para mitigarla, y ciertas drogas les ayudan a
equilibrar las relaciones que tienen con el entorno”.
Muchos descargan en la familia la culpa de estos
trastornos de conducta, ¿existe un perfil familiar que favorece este tipo de
hijos agresivos? Los expertos en contacto directo con el problema aseguran
que, en general, no se trata de familias desestructuradas o marginadas en las
que los niños han vivido agresiones y violencia desde pequeños -que también
existen-, sino familias de las consideradas “normales”. A ellas se suman
familias monoparentales -por lo general, madres separadas- y otras de origen
inmigrante o con hijos adoptados. “Son familias de clase media o media alta.
Un denominador común es que son las madres las que dan el primer paso, porque
tienen una actitud m¡s abierta y decidida. Y otro, que lo hacen cuando ya es
una situación insoportable y degradante, porque para las familias es una
historia de las m¡s ocultas. Cuando hablamos de acoso escolar se dicen los
nombres, pero esto es parecido al abuso sexual, una vergüenza para la
familia,
algo que procura mantener en secreto”, explica el psicólogo José Luis
Calvo,
presidente de la asociación Pro Derechos del Niño y la Niña (Prodeni), que,
sin entrar en su cometido, recibe peticiones de ayuda de padres de toda
España
que no saben adónde acudir.
Calvo sostiene que suelen ser familias en las que
los hijos han crecido con carencias de comunicación, abundancia de cosas
materiales y cierta permisividad. “Típicas de una sociedad en la que los
padres no tienen mucho tiempo para dedicar a los hijos, pero a los que no
puede culpabiliz¡rseles de todo”. “Lo que yo denomino síndrome del
emperador
se caracteriza por que el hijo abusa de los padres (de la madre m¡s
habitualmente) cuando éstos no han sido negligentes y sin que haya causas
sociales que lo expliquen. Es decir, que, aunque no hayan sido unos padres
“perfectos”, le han tratado con un amor y una atención que bastarían
para que
niños sin tal síndrome crecieran como personas no violentas”, explica
Garrido.
El psicólogo Manuel Córdoba, que trabaja con
chicos de entre 14 y 18 años, con delitos de violencia, en uno de los centros
de menores de la Comunidad de Madrid (El Laurel, 22 plazas, siempre ocupadas),
se encuentra con dos tipos de familias. “Las que han sido incapaces de
imponer
un límite, y eso al chico le causa sensación de abandono, porque cuando se
relaciona con otros chicos ve que tienen límites y se pregunta si a él no le
quieren (casos frecuentes de inmigrantes latinoamericanos y magrebíes). Y
aquellas familias, m¡s ligadas a una clase media, en las que sucede todo lo
contrario: han intentado desde el principio marcar a los hijos unas
directrices muy claras y exhaustivas, un modelo de relación muy autoritario,
y
entonces el chico busca la individualización a través del
conflicto”.
Psicólogos y psiquiatras hablan de los casos, en
aumento, de hijos adoptivos violentos que llegan a sus consultas. “Son
situaciones muy dram¡ticas”, asegura el juez Emilio Calatayud, “porque, a
veces, han luchado durante años con la Administración para adoptarlos, y
resulta tremendo”.
¿Puede desvincularse esta violencia de la que se
origina contra los propios compañeros o profesores en las aulas, en la calle
entre bandas de adolescentes, o en los apaleamientos, e incluso asesinatos,
que algunos jóvenes cometen por pura diversión? No, según la catedr¡tica
Díaz
Aguado, para quien la elevada exposición a la violencia que tienen los niños
a
través de la televisión y las nuevas tecnologías hace que se hayan
habituado a
ella como un juego. “Pero hay que dejar muy claro que estos casos de
violencia
son extremos y excepcionales, la punta del iceberg de algo muy grave que est¡
pasando, pero que hay que contextualizar sin ofrecer una visión
distorsionada.
La novedad es que, como la violencia en las aulas, son conductas que antes se
ocultaban”.
Mardomingo subraya un aspecto importante a
considerar: el consumo desatado como nuevo “valor” dominante y favorecedor
de
las tendencias de estos niños a la gratificación inmediata. “El
extraordinario
desarrollo económico español ha creado una especie de sacralización de todo
lo
material, que los padres transmiten a los hijos diciéndoles que tienen que
tener mucha seguridad en sí mismos porque lo tienen todo. El individuo deja
de
valer lo que es para pasar a valer lo que tiene, o un paso m¡s, lo que los
dem¡s ven que tiene... Y eso, que se transmite, es malo”.
Pero el psicólogo Vicente Garrido insiste en que
aunque los padres son ahora m¡s permisivos que hace 20 años, porque no son
inmunes al tipo de sociedad en la que viven, no se les puede culpabilizar con
car¡cter general. “Muchos padres lo podrían haber hecho mejor, no han
afrontado la realidad cuando el problema era manejable, simplemente no han
estado a la altura de las circunstancias. Pero hay otros que lo han hecho muy
bien y est¡n destrozados. Los casos en los que los padres sólo se han
preocupado de ganar dinero y dejar a los hijos ante el televisor, ésos, para
mí, son padres incompetentes y, en cierto sentido,
maltratadores”.
“Nos echan la culpa a los padres porque no
sabemos educar a los hijos, pero lo que nos falta es información. Te pueden
llamar mal padre cuando tienes la información necesaria y no la pones en
pr¡ctica, pero no cuando lo haces lo mejor que puedes”, dice Rosa Álvarez,
madre de un hijo “tirano”. Rosa, un ama de casa vivaracha y animosa,
dulcifica
con su acento andaluz el horror de un relato plagado de malos tragos que ha
logrado superar.
Pedro fue muy travieso, un trasto desde que echó
a andar. A los tres años hacía la vida imposible a su hermano menor, al que
llevaba 14 meses, y Rosa, que pensó que aquello era excesivo, acabó
llev¡ndole
al psicólogo. Diagnóstico: sólo eran celos. Pero a los nueve años Pedro
tenía
un montón de problemas en el colegio: se metía en todos los jaleos, se
peleaba
continuamente con compañeros y profesores. Nuevo psicólogo, y esta vez el
diagnóstico fue para la madre: era muy agobiante y no debía de protegerlo
tanto. “Lo único que hacía era llevarlo y traerlo del colegio para que no
se
metiera en peleas, sólo tenía nueve años...”. Cuando Pedro cumplió 10
años,
los puñetazos, riñas y castigos le obligaron a cambiar de colegio, pero las
cosas fueron a peor. Empezaron las agresiones en casa. Insultaba a su madre,
pegaba a su padre y a su hermano.
“Primero insultaba y amenazaba, luego pegaba”.
Empezaron las denuncias y los recorridos de Rosa: primero, al médico de
guardia para el parte de lesiones; de allí, a la Guardia civil, y después,
la
denuncia al juzgado. Diez años de broncas continuas “porque no le d¡bamos
dinero, porque no poníamos en la televisión el programa que quería o,
simplemente, porque le mir¡bamos”. La primera denuncia la puso cuando Pedro
tenía 15 años, después vinieron muchas m¡s. “Todo se quedaba en un
juicio de
faltas, le ponían una multa y listo... A nadie le importaba que estuviera
maltratando a sus hermanos menores”. Cuando finalmente Rosa pudo llegar al
psiquiatra infantil de la Seguridad Social, Pedro tenía 16 años, pero la
vida
empezó a cambiar. Alguien le escuchaba y, adem¡s, le daba pautas de
conducta.
Ya no estaba sola. Pedro, ahora independizado, y con 24 años, reconoce que no
se portaba bien con sus padres, pero “ellos se lo
buscaban”.
Tanto Lucía, como Teresa o Rosa han vivido a lo
largo de sus conflictivas relaciones con los hijos situaciones que son
generales: no saber adónde acudir; culpabilizarse; avergonzarse de la
situación y ocultarla a familiares y amigos; no atreverse a denunciarla
porque, como asegura Lucía, la culpabilidad esta siempre presente. “Al
principio no cont¡bamos nada al entorno ni a la familia, pero es una
situación
que tiene que salir a la luz para que los padres veamos que no somos el único
caso”.
“Hay que desarrollar una conciencia sólida en el
chico”, dice Garrido, “aplicar castigos razonables y explicar las razones
morales y pr¡cticas que supone su acción. El problema de los niños con
síndrome del emperador es que es mucho m¡s difícil de lograr, pero hay que
empezar desde la cuna”.
-Cada vez que sonaba el teléfono vomitaba hasta
morirme
Rosa Álvarez, de 42 años. Ama de casa. Cuatro
hijos. Su marido trabaja en la construcción. Vive en un pueblo de Jaén.
Cuatro
años en tratamiento psiqui¡trico y una batalla permanente de denuncias para
evitar que el hijo ¿tirano? machacara a toda la familia. Su hermana también
ha
necesitado tratamiento. Yo era una persona bastante apocada y esto me ha
formado el car¡cter. Cada vez que sonaba el teléfono sabía que era del
colegio
para contarme alguna bronca. Vomitaba hasta morir. Su hijo, de 24 años, se
fue
de casa hace tres años con una orden de alejamiento judicial. Mi marido lo
veía de otra forma, no quería denunciarle, decía: ¿Ya
cambiar¡?.
-Al ver que era el retrato del síndrome del
emperador me quedé horrorizada
Lucía Hern¡ndez, de 55 años. Casada. Tres hijos.
Carrera universitaria. Funcionaria. Su marido es empresario. Vive en Madrid.
Familia acomodada, ambos padres con buenos trabajos y chalé en las afueras de
Madrid. Bien informada, se expresa con precisión. No quiere parecer
dram¡tica.
"Tuvimos un momento de mucho deterioro familiar, pero fuimos saliendo. No
sabía nada del síndrome del emperador, y al ver que mi hijo era su vivo
retrato me quedé horrorizada". Han acudido a psiquiatras y psicólogos
privados.
-Nadie lo entiende, ni la familia, ni los
amigos. Te culpabilizas y sientes sola
Teresa Fuentes, de 39 años. Dos hijos. Casada con
un funcionario. Separada. Maestra de un centro especial. Vive en Madrid. Ella
y su ex marido han pasado por una terapia psicológica. "No se puede vivir
así,
con este miedo. Los malos tratos son permanentes, rompe las puertas, me
insulta, me zarandea, me roba". Ha pedido la emancipación legal de su hijo,
que ahora tiene 17 años, pero él dice que se ir¡ de casa cuando le dé la
gana.
Ha decidido irse con su hija, de 13 años, a vivir a un apartamento y dejarle
la casa. "Nadie entiende que puedas denunciar a un hijo, ni la familia, ni los
amigos. Te culpabilizas y te sientes muy sola. Pero hay que
decirlo".
-Desesperados y
desorientados
La asociación Adi Egon de Vizcaya, formada por
profesionales de la salud mental, realiza, desde junio pasado, una experiencia
piloto de terapias para padres maltratados por hijos de entre 12 y 18 años
(sólo en Álava, hasta el mes de septiembre, se registraron el pasado año 16
denuncias de padres). La psicóloga Iragartze Garai, portavoz de la
asociación,
financiada por el Gobierno vasco, explica que intentan educar a padres e hijos
y poner límites para una buena convivencia familiar. "Acuden m¡s madres,
aunque hay bastantes padres, y pueden venir separados o en pareja. Escuchamos,
orientamos y damos pautas de comportamiento. También hemos puesto en marcha
el
primer grupo de 11 padres y est¡ teniendo mucho éxito". Los padres, dice
Garai, llegan bastante desorientados preguntando qué pueden hacer. Carmen
Maestro es la presidenta de la asociación de Madres y Padres de Niños con
Trastornos de Conducta, Ampanitco, de Torredonjimeno (Jaén), privada y sin
¡nimo de lucro (este año la Junta de Andalucía les ha negado la
subvención),
por la que han pasado m¡s de 100 familias. "Todos los padres que vienen a
consulta o terapia en estos momentos, unas 40 familias persiguen lo mismo:
orientación y soluciones". Nos sentimos muy aislados, la gente llama de toda
España desesperada. "Sólo pedimos que las administraciones ofrezcan centros
y
personal especializado que atienda a estos
niños".
EL SÍNDROME DEL EMPERADOR
Mª del Carmen
Antón Boix, Abogado del Ilustre Colegio de Madrid
Las
denuncias de padres contra hijos por maltrato, amenazas y violencia verbal,
física y psicológica se han multiplicado por término medio y, en general,
hasta ocho veces m¡s en tan sólo cuatro años. Los hijos que insultan y
golpean
a sus progenitores sufren el denominado "síndrome del emperador".
Este síndrome que muchos adolescentes padecen y bajo cuyos síntomas actúan
comport¡ndose como auténticos déspotas y tiranos, al igual que los
emperadores
de la Historia lo fueron con sus súbditos, es una conducta de cuya incidencia
se conoce sólo "la punta del iceberg". Para la psicología actual, de esta
perturbadora conducta o síndrome de los menores sólo se conoce una reducida
parte de un complejo profundo y extenso
problema.
Como afirmaba Salvador Minuchin, en la
estructura familiar tienen que existir límites entre el subsistema conyugal y
el subsistema parental. Los límites est¡n constituidos por las reglas que
definen quiénes participan y de qué forma. Su función reside en proteger la
diferenciación de los subsistemas. Estos límites tiene que ser claros y
estar
bien definidos, ya que lo normal es que el pequeño ególatra trate por su
hedonismo de conseguir todo lo que le apetece y buscar¡ constantemente llamar
la atención, y es función de los padres el ponerle freno y
control.
Actualmente la familia ha evolucionado y la estructura
familiar se ha modificado. Existen familias monoparentales, divorciadas,
reestructuradas, etc,…, y del mismo modo las funciones familiares también
se
han visto variadas: Los roles parentales se han diluido. La autoridad
incuestionada que caracterizó en algún momento al modelo patriarcal del
subsistema parental desapareció y ha sido reemplazada por el de una autoridad
flexible y racional.
El perfil del niño/a tirano/a ha sido
definido - artículo publicado en Zona Pedi¡trica-, como inteligente, r¡pido
y
contestatario, no acepta el límite de su autonomía y estalla
escandalosamente
ante la menor frustación. Padres dedicados y afectuosos, hiperatentos, le
hablan como a iguales, explicando y justificando cualquier decisión que tomen
y consultando democr¡ticamente su joven voluntad”
Los especialistas psicólogos y
pedagogos debaten si el “síndrome del emperador” es debido a carencias
educativo-formativas y a la falta de afectos de los padres desde el seno
familiar o si hay factores genético-hereditarios biológicos, principalmente
de
naturaleza psicop¡tica, que resulten determinantes. Esto es, la psicología y
la pedagogía se cuestionan si simplemente son niños caprichosos, malcriados,
a
los que nunca se les ha negado nada, o existe un trasfondo emocional
cromosom¡tico. La mayoría de los especialistas se decanta prioritariamente
hacia la explicación de la carencia educacional desde el hogar.
Según Vicente Garrido
psicólogo criminalista y autor del libro “Los hijos tiranos. El
síndrome del emperador”: “El elemento esencial del síndrome del
emperador
es la ausencia de conciencia. Son niños que genéticamente tienen mayor
dificultad para percibir las emociones morales, para sentir empatía,
compasión
o responsabilidad, y como consecuencia tienen problemas para sentir
culpa”. Añade que los rasgos de personalidad psicop¡ticos a tener en
cuenta son: insensibilidad emocional, falta de conciencia, falta de empatía y
ausencia de culpa. Asegura que: "El sistema nervioso de estos chicos por
alguna razón tiene problemas para aprender las lecciones morales, para sentir
empatía, compasión o responsabilidad. Y, como consecuencia de esto, tienen
problemas para sentir culpa, una reacción emocional que sólo puede existir
sobre la base de que previamente me he vinculado con la gente.
Podré fingir que lo lamento,
pero en el interior a mí me da igual. Como consiguiente, hay una ausencia de
conciencia". En su opinión estos chicos se creen con derecho a exigir y
lograr –sea como sea-, lo que se les antoja cuando lleguen a la edad adulta
ser¡n hombres y mujeres violentos, agresores de sus parejas y acosadores de
sus compañeros de trabajo, cuando no fracasados sociales o delincuentes.
Excluye de este síndrome a los niños que han vivido episodios de violencia
doméstica, los que sufren esquizofrenia y también los malcriados, "que
tienen conciencia (los valores y creencias que utilizamos para guiar nuestro
comportamiento y que est¡ basado en esas emociones)".
Discrepa de la tesis anterior
Javier Urra, psicólogo de la Fiscalía de Menores del Tribunal Superior de
Justicia de Madrid y autor de otro libro sobre la materia “El pequeño
dictador”: "La herencia marca tendencia, pero lo que cambia el ser
humano es totalmente la educación, sobre todo en los primeros años, en los
primeros meses y días, incluso antes de nacer, es muy distinto si eres un
hijo
deseado o no, si eres un padre relajado o agresivo". En la etnia gitana,
explica, es imposible que un hijo pegue a su madre, pero en España "algunos
psicólogos y pedagogos han transmitido el criterio de que no se le puede
decir
no a un niño, cuando lo que le neurotiza es no saber cu¡les son sus
límites,
no saber lo que est¡ bien y est¡ mal. Ésa es la razón de que tengamos
niños
caprichosos y consentidos, con una filosofía muy hedonista y
nihilista".
Los datos del Ministerio del
Interior reflejan que m¡s de 5.500 padres denunciaron entre enero y
septiembre
de 2005 a sus hijos por malos tratos en el ¡mbito familiar y hubo casi 5.000
órdenes de internamiento en distinto régimen, según consta en la Memoria
Anual
de la Fiscalía General del Estado. En el año 2006, hasta el mes de abril se
han contabilizado 2.070 denuncias interpuestas por malos tratos en la familia
cuya autoría corresponde al hijo/a.
Las cifras son escalofriantes: en
tan sólo cinco años, las agresiones de menores a sus padres han crecido un
2000 por ciento. El fenómeno de los hijos violentos va en alza.
En Cataluña, las fiscalías de
menores tramitaron 216 denuncias de padres a sus hijos (de 14 a 18 años)
durante el año 2005 y 178 en 2004; pero en el año 2001 sólo habían sido
23.
Actualmente, estas denuncias representan el 3,73% de los 6.000 expedientes
abiertos en la justicia de menores en Cataluña. Según el informe del Centro
de
Estudios Jurídicos de la Generalitat de Cataluña, la madre es la víctima en
el
87% de las ocasiones y principalmente recibe agresiones (puñetazos, patadas,
empujones, intentos de ahogo, etcétera), aunque también son agresiones
verbales y, en el 13,8% de los casos se añade la intimidación con un
cuchillo,
por ejemplo. En el 55% de los casos, las causas de las agresiones se deben al
hecho de no aceptar la autoridad y no cumplir las normas; en un 17%, por
exigir dinero.
En la Comunidad Valenciana hubo 59 casos de violencia
por parte de menores hacia sus mayores en 2004, lo que supuso un incremento
del 64% respecto a 2003. Y el aumento supuestamente registrado en 2005 ha
llevado a la Generalitat a extender un programa de ayuda a los progenitores
–las escuelas de padres-.
La Dirección General del Menor del
Gobierno de Canarias cifra en torno a los 700 el número de casos de hijos que
maltratan a sus padres. Aproximadamente 200 chicos han sido denunciados por
sus padres o madres en Canarias ante la Fiscalía solicitando amparo porque ya
no pueden con ellos. Golpes, amenazas e insultos son la modalidad m¡s
practicada por estos niños maltratadores cuyo perfil es el de tener de 14 a
17
años, no estudiar y drogarse.
Buscar una solución para desposeer a esos
pequeños emperadores del ambiente que han conquistado no es tarea f¡cil, ya
que España carece de centros para corregir los trastornos de conducta de
niños
que controlan el ambiente familiar. La Administración española, aseguran
expertos en el ¡mbito del menor, no dispone de armas para ayudar a esas
familias que han perdido toda la autoridad sobre sus hijos y que son víctimas
de su cruel conducta.
El Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid,
Pedro Núñez Morgades, aboga por el consenso institucional para crear centros
donde enmendar esas conductas agresivas y antisociales. En España sólo
existen
los centros de reforma para los menores que han delinquido, o los de
protección para los que est¡n en una situación de desamparo. La solución
intermedia, esa que debería ayudar a esos niños que no est¡n desprotegidos
ni
son delincuentes, es la que se necesita en España, reitera Núñez. Afirma
que el trabajo para corregir ese comportamiento debe ser dirigido por
profesionales, en centros especializados en corregir trastornos de conducta en
menores. A través de los servicios sociales autonómicos, que una familia
desbordada pueda ceder la tutela de su hijo a la Administración para que
ésta
acuerde un tratamiento. En los equipos hay desde psiquiatras y psicólogos
hasta monitores especializados en diferentes talleres y personal que ejerce
como tutor.
Jueces, fiscales, entidades de protección al menor,
abogados y psiquiatras coinciden en el aumento de los casos de progenitores
que denuncian a sus hijos por maltrato y llegan al extremo de recurrir a la
Justicia, aunque por su dureza, las familias agotan todas las vías antes de
llegar al banquillo. El magistrado Jaime Tapia, especialista en jurisdicción
penal de menores, indica que a veces el sólo hecho de acudir a una sala suele
alcanzar para intimidar a los chavales y lograr que corrijan su conducta. En
otros casos, sin embargo, es necesario ir m¡s all¡: la sentencia judicial.
Una vez puesta la denuncia, se inicia un procedimiento que va a exigir
a los menores de entre 14 y 18 años una responsabilidad civil, no penal. A
diferencia de los dem¡s procedimientos, es el Fiscal quien lo instruye.
Juan
Calvo-Rubio, fiscal coordinador de la Audiencia Nacional en M¡laga, explica
el
proceso: "El fiscal sigue un atestado de la policía o una denuncia
directamente de la familia e incoa un procedimiento. Ese procedimiento incluye
declaración de menor, de los padres y de todas las personas que hayan podido
tener relación con esto. Se aporta un informe psicológico,
puesto que tiene que hacer referencia a las medidas m¡s adecuadas para
aplicar
al menor. Cuando se incoa el procedimiento hay que decidir si el menor va a
seguir con la familia o si va a ser ingresado en un centro de reforma como
consecuencia del peligro que pueda correr su familia. Esa decisión la
solicita
el fiscal y la toma el juez de menores. Luego el fiscal realiza un informe con
la descripción detallada de los hechos y solicita medidas. El informe lo
traslada al juez de menores que inicia un juicio".
Finalmente, el
juez decidir¡ si aplica o no la medida solicitada por el fiscal, y que
dependiendo del caso, puede derivar en internamiento, libertad vigilada o
tratamiento ambulatorio del pequeño emperador.
UN
TRASTORNO INFANTIL QUE DERIVA EN LA VIOLENCIA.
Síndrome del
emperador: cuando los chicos maltratan a sus padres.
Se debe a las
carencias de tipo educativo y hasta cuestiones genéticas. La falta de
límites
hace que los niños se sientan "reyes".
Se sienten dioses, dueños del
mundo y especialmente de sus padres, a quienes pueden controlar y mantener a
su disposición con sus constantes gritos y caprichos. Esa conducta es un
trastorno que en España se conoce como el síndrome del emperador, y ya se
registraron m¡s de 200 denuncias de padres que son maltratados por sus hijos.
En la Argentina también crecen los casos de chicos que son violentos en el
hogar, un problema que comienza en la infancia y que si no es solucionado a
tiempo, en la adolescencia puede desembocar en agresiones físicas.
La
mayoría de los especialistas coincide en que este fenómeno es una forma de
expresión por parte del chico. "Un niño que maltrata a sus padres, en el
fondo, quiere decir algo y habla con el cuerpo en vez de utilizar la voz. Son
chicos que evidencian una grave falla en la función paterna", explicó Stella
Maris Gulian, licenciada en psicología y especialista en Infancia del Centro
Dos.
El investigador español Vicente Garrido, autor del libro "Los
hijos tiranos. El síndrome del emperador", no considera que los padres
siempre
sean los responsables de todo y hace una vinculación genética con esta
patología. "El elemento esencial de estos chicos es la ausencia de
conciencia,
porque no tienen sentimiento de vinculación moral o emocional, ni con sus
padres ni con otras personas", señala el experto.
Los chicos violentos
manifiestan a medida que crecen un grave problema de socialización. "En la
escuela est¡n solos, no pueden tener amigos porque sus compañeros no
respetan
las reglas que imponen los niños con problemas de conducta. También hay
casos
de chicos que est¡n ausentes y callados, pero que cuando llegan a sus casas
explotan y maltratan a sus madres", señaló la titular de la Asociación de
Psicopedagogos de Capital Federal, Marta Tessari.
- EL SUPER YO.
En definitiva, la lucha de los chicos que padecen el síndrome del
emperador es contra la ley, conocido en el psicoan¡lisis como el Super Yo; es
decir, la autoridad que estimula su desarrollo en el contexto de una sociedad.
"Cuando los padres no pueden transmitirle la ley a sus hijos hay una ausencia
de límites. Esta falencia influye en la personalidad de estos niños",
remarcó
Gulian.
Desarrollar la conciencia y la culpa, establecer límites claros
y no dejar nunca de ejercer la autoridad es, para Garrido, la clave para
prevenir el síndrome del emperador. Es que un chico que agrede est¡ en busca
de una sensación de dominio. Para los especialistas, donde haya afecto y
comunicación, no quedar¡ lugar para la violencia.
Escuela T¡ntrica Sivaíta
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