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Asunto:[El-Ornitorrinco] EL ORNITORRINCO 21
Fecha:Jueves, 20 de Febrero, 2003  22:28:43 (-0500)
Autor:ricardo ayllon <ornitorrinquito @.......com>

el ornitorrinco veintiuno

REVISTA LITERARIA

 

el fuego y la palabra

 

CON LA PIEL DEL CREPÚSCULO

 

por Gonzalo Pantigoso *

 

L

entamente sobre la llanura marina, el bote seguía su travesía. El pequeño grupo de pescadores navegaba en silencio. Inesperadamente, en medio del rítmico movimiento de los remos y el ondulamiento del agua, Basilio se puso de pie y señalando la isla, dijo:

            –¡Miren! Aquella muchacha está en peligro.

            Todos dirigieron la mirada hacia el lugar donde señalaba Basilio, pero no distinguieron a nadie.

   –¿Cuál muchacha? –le preguntaron.

            –La que está allá, desesperada –respondió con voz grave, y antes que lo pudieran detener se lanzó al agua.

            De nada sirvieron sus voces, Basilio se alejaba nadando rápidamente; pronto lo distinguieron escalando las peñas, pero en ningún instante divisaron a alguna mujer. Al poco momento, vieron a Basilio perderse por entre las rocas grises y azuladas.

            Pasaban las horas y él no retornaba. Al entrar la noche, preocupados y cansados decidieron regresar. Ya en tierra, cuando se despedían con la angustia de haber perdido algo, uno de ellos se percató que el rancho de Basilio estaba con luz; entonces, se dirigieron hacia allá y su asombro fue mayor cuando él les abrió la puerta y les presentó a la muchacha; ella tenía unos ojos grandes, redondos y negros; el cabello, largo y ondulado; la piel, tersa y bronceada. No lograban comprender cómo es que había podido dejar la isla, y se despidieron llevándose muchas interrogantes, las cuales día a día las fueron olvidando bajo el mágico prodigio de la manera de ser de la muchacha.

            Llegó el otoño, Basilio casi ya no los acompañaba a pescar, y cuando le preguntaban el porqué, les decía que ella estaba un poco enferma y que tenía que cuidarla. Llegaron los días en que sólo lo veían a la hora del crepúsculo, sentado, contemplando el sol fugitivo; parecía elevar algunos cánticos porque el viento soplaba de una manera singular, acompañado por el canto de las gaviotas. Cuando el sol terminaba de sumergirse en las aguas, emprendía el retorno con un fulgor de esperanza, en el brillo de sus ojos. Hasta que una mañana, corrió la voz: “la muchacha de Basilio, ha muerto”. Y lo hallaron allí, junto a ella, con el dolor fuera de piel; mordiendo el silencio, tratando de mantener intacto su corazón astillado.

            Por la tarde, en el momento en que el sol era una inmensa gota anaranjada cayendo lentamente sobre el mar, alistó su pequeño bote, la tomó decididamente entre sus brazos y la tendió dentro de él; la cubrió con pétalos blancos y amarillos, y antes de partir les dijo: –Su último deseo fue que la llevase a recorrer la isla.

            Y sin decir más, se fue con ella, acompañado por la melodía del crepúsculo y el vuelo solemne de las gaviotas. Poco a poco, el bote se fue haciendo un pequeño punto que desapareció en medio de las aguas, al igual que la isla; y fue entonces ahí, que los pescadores se dieron cuenta que dicha isla nunca había existido; se miraron con asombro; pero ya era demasiado tarde, a partir de ese instante, Basilio sólo era el recuerdo de algo que había llenado parte de sus vidas o la historia de algo increíble abriendo la noche, tras un inolvidable crepúsculo.

 

(*) Gonzalo Pantigoso (Chimbote, en 1957). Inicia su actividad literaria en Cajamarca, obteniendo en 1983 el Primer Puesto en el Concurso Departamental de Poesía. En este género, es autor del libro “Confesiones de Mantícora”, así como de las antologías “Con la piel de un naufragio” (1983) y “Antología Poética de Isla Blanca” (1988). Otros trabajos suyos son: “Cuentos del Último Navegante. Antología del cuento chimbotano” (1994) y los estudios “Literatura Latinoamericana. Lo fantástico en el ciclo novelístico de Scorza y La estructura narrativa de ‘El Señor Presidente’ de Asturias” (1999). Es profesor de Literatura en la Universidad Nacional del Santa y pertenece al Grupo Literario “Isla Blanca” de Chimbote

 

la entrevista

 

ENRIQUE ROSAS PARAVICINO: “LAS PROPUESTAS

EN LITERATURA REGIONAL SON AVANCES PARA

CONFIGURAR UNA CONCIENCIA COLECTIVA”

 

Dueño de una de las más sólidas obras narrativas en el Perú, el narrador cusqueño Enrique Rosas Paravicino (Ocongate, 1948) incursionó recientemente por Lima para encontrarse con esa soledad que le ayude a fortificar su necesidad y labor escriturales. Autor de los volúmenes de cuentos Al filo del rayo (1988) y Ciudad apocalíptica (1998), así como de la novela El gran señor (1994), Rosas nos permite conocer en esta charla su valoración crítica acerca de temas inaplazables de la actual cultura nacional.

 

por  Ricardo Ayllón

 

H

ablemos del panorama literario en el Cusco, ¿se están conjugando actualmente los elementos necesarios para hablar de un corpus literario en esa ciudad?

         Claro que sí. En la actualidad hay escritores que destacan dentro de su quehacer, tales como Luis Nieto Degregori que acaba de publicar su primera novela, o Mario Guevara Paredes que además de ser cuentista es animador de la revista “Sieteculebras”. Podemos afirmar que en los últimos quince años se va dando en forma sostenida en el Cusco, una labor de creación, reflexión y difusión literarias. Los frutos están a la vista, son libros concretos, esencialmente de género narrativo, muchos de cuyos contenidos han merecido premios a nivel nacional. Creo que es legítimo afirmar que para este inicio de siglo, la creación literaria en nuestra ciudad arroja un balance positivo, a pesar de los signos oscuros que nos impone el neoliberalismo.

         ¿Y cómo evaluaríamos este trabajo si lo ponemos a contraluz de lo que viene haciéndose en el resto del Perú? 

         Podemos enmarcarlo dentro del panorama literario nacional. No olvidemos que el Perú vive una etapa bastante fructífera en lo que se refiere a prosa narrativa. En esa medida el Cusco ha tenido una destacada presencia en los retos literarios de fin de milenio, con el debido énfasis en el neorregionalismo y en la tendencia andina. De tal suerte que podemos decir que los autores cusqueños, concretamente los que he referido, estarían emparentados generacionalmente y por afinidad temática con escritores de las urbes letradas del Perú. El tema de la violencia política es otra cuestión  que merece ser subrayada. Modestia aparte, también aquí merecemos estar en la nómina de pioneros, con muchos textos de calidad, inclusive a riesgo de nuestra seguridad.

         Cuando se habla de una nueva literatura peruana, muchos escritores y críticos del interior demandan lo que ellos denominan una identidad nacional que parta de literaturas regionales, ¿pero usted considera que sea legítima esta demanda en un Perú donde todavía el escritor andino no logra una coincidencia de ideas y objetivos con el de la costa, o quizá específicamente con el limeño, sólo por dar un ejemplo?

         Sin duda que este es un problema que responde a la complejidad del Perú como mosaico cultural. Vivimos un período intenso de formación de la conciencia nacional. Este  es además un país de varias identidades regionales que sólo con un tiempo irá a alcanzar una verdadera identidad nacional. Las propuestas que se hacen en literatura a nivel regional, a nivel de ciudades, son avances para la configuración de una identidad que a de ser la expresión de una conciencia colectiva, hecho que a su vez nos permitirá  formular un proyecto de sociedad acorde con nuestra cultura e historia. La literatura no escapa al mandato de este destino común. De allí que tengo la certeza de que algún día nuestras poéticas se darán un gran abrazo, sin que importe si los autores seamos de la costa, de la sierra o de la Amazonía. O del norte o del sur.

         Entonces es por el lado de la historia o de la tradición por donde deben buscarse líneas de similitud.

         Ese es el gran venero que nos ofrece el Perú: tradición e historia. Precisamente la cultura de un pueblo no es sino un permanente cotejo entre la tradición y la ruptura. Lo que ocurre es que en el proceso de desarrollo de nuestra sociedad se han ido presentando marcadas diferencias que nos han aislado a unos de otros, al punto tal que cada región pareciera ser un país peculiar, con una dinámica cultural propia. Ello fue acentuado por el   centralismo capitalino y por la falta de interacción colectiva entre las regiones. Sin embargo, ahí está el arte como un vehículo de cohesión y solidaridad; está la literatura, que muestra su natural propensión a unir sentimientos, a forjar lazos de pertenencia, de identidad nacional, sin que nuestro país pierda su diversidad cultural. En esta variedad de expresiones está la gran riqueza simbólica del Perú.

         ¿Y es posible insertar, dentro de este proceso, fenómenos nuevos y propios de la actual vorágine cultural como la denominada cholificación producida en las grandes urbes de la costa, o su contraparte que vendría a ser la occidentalización del Ande?

         Estos fenómenos podemos entenderlos dentro del proceso de cambios que  vive el país en el último medio siglo. Son los efectos naturales de grandes eventos como las migraciones, la supuesta modernización, el crecimiento de las urbes, la guerra interna, la convivencia de culturas distintas. Todo eso influye en la mentalidad y los modos de vida de los diferentes estratos sociales. La occidentalización del andino y la cholificación del costeño son expresiones de eso que se llama interculturalidad, lo que nos indica que entre costa y sierra hay un marcado flujo de intercambio cultural. A la larga estas manifestaciones irán a definir un nuevo tipo de cultura que será la síntesis del mestizaje en el país. Todo esto constituye una suma de retos para la escritura literaria.

         Aún así hay elementos de la sociedad que hacen que esta feliz confluencia cultural sea mal guiada, como los medios de comunicación, que a veces comenten graves distorsiones.

         Así es. Vemos lamentablemente cómo los grandes medios de comunicación en el país van a contracorriente de las aspiraciones de constituir la identidad nacional. Se trata de la banalización de sucesos, mensajes y contenidos, como si el público fuera una especie de retardado mental. De esto tal vez se salve un tanto la prensa escrita, exceptuando por supuesto los denominados periódicos basura que son la expresión del periodismo degradado. Ahora bien, en la mayoría de los medios televisivos la cultura ni siquiera es la quinta rueda del coche. Una prueba de ello es el caso de Manuel Jesús Baquerizo. Recuerdo que a la muerte de este ilustre intelectual un canal de Lima no le concedió el más mínimo espacio, pero en la misma fecha, en cambio, ofreció una amplia cobertura a la muerte de uno de los hijos de Augusto Ferrando, un señor que no se abastecía siquiera para sostener económicamente a su familia, pero a quien sólo le bastó ser hijo de Ferrando para merecer semejante cobertura. Esta es una evidencia de cómo la televisión y la cultura andan por vías totalmente diferentes.

         El otro elemento perjudicial, me parece, es el centralismo limeño. Muchos escritores de provincias, volviendo al terreno de la literatura, suelen ver afectada su obra por este fenómeno que convierte en tendenciosa la divulgación literaria e impide que la visión de la literatura nacional sea horizontal. ¿Lo cree así?

         El centralismo de hecho se da, en la medida que en Lima se hallan los premios, las editoriales, las instituciones que promueven la cultura y el propio quehacer editorial; sin embargo en materia de creación literaria uno apuesta con su propia obra, con su propuesta personal. Cuando hay calidad literaria, cuando hay aporte estético real en los textos de un escritor, no hay centralismo que se le resista. Y una evidencia de ello es la trascendencia de la obra de un César Vallejo, un José María Arguedas o un Ciro Alegría. No hay que tomar el centralismo cultural como una justificación para la inactividad. Personalmente no lo hago. Es más, tuve la fortuna de que mi obra sea aceptada en muchos ámbitos de la capital, de modo que en lo personal no me preocupa. Ahora bien, en ciudades como Lima también existen tendencias contrapuestas, está la narrativa cosmopolita, practicada por escritores de los círculos exclusivos, pero se halla también la tendencia popular, de corte andino, alguno de cuyos exponentes –Oscar Colchado– inclusive ha ganado el premio internacional Juan Rulfo. De ahí que la mejor forma de contrarrestar el centralismo es a través de un trabajo literario sostenido y de calidad; lo que al final va a quedar es el trabajo mismo, uno se recomienda ante el público con su poética.

         Cuando se refería a las tendencias literarias, quizá le faltó mencionar una que comienza a asaltar el panorama por sus buenos resultados comerciales, me refiero a la literatura light o de entretenimiento puro. Tal como ocurre en otros países, yo considero que esta nueva línea se va a mantener en el Perú y ganará sus propios lectores, su propio mercado. ¿Usted qué piensa?

         Éste es un fenómeno exclusivamente limeño. Sin duda quedará en el olvido toda esta serie de obras de tipo light que ahora causan impacto gracias a la gran cobertura que les brindan los medios de comunicación y también en la medida de que algunos de los cultores de esta literatura son personajes mediáticos, como Jaime Bayly. No hay que mostrar ninguna expectativa acerca de que este tipo de literatura prevalezca en nuestra historia literaria. Es la fatuidad elevada al nivel de la escritura y hecha a la medida de la pereza mental. El Perú es un país fecundo en dramas, épicas, migraciones, partos y convulsiones. No creo que todo esto encaje en el esquema superficial y alegre que ofrece la literatura light.

         ¿Pero esta propensión por lo ligero no podría provocar, quizá entre los jóvenes, que se confunda y se crea que es la mejor literatura? Inclusive podría afectar el trabajo de la crítica.

         Podría darse esta confusión, aunque pienso que sería transitoria en la medida en que los jóvenes también maduran. Por su parte la crítica literaria en el Perú ya ha tomado posesión con respecto al fenómeno light. Si no revisemos las apreciaciones de los críticos más representativos del medio; ellos en ningún momento han transado con tal tipo de literatura. Esta posesión se remarca más, ahora que los estudios literarios constituyen parte de un trabajo interdisciplinario en el que concurren la antropología y la historia por decir lo menos. Lo importante es que las opciones están claramente definidas. Y si se presentan confusiones en el público lector, éstas serán superadas en su debida oportunidad.

         Por otro lado, estudiosos y creadores del sur del Perú vienen suscribiendo desde hace poco la presencia de la denominada literatura andina, período inmediato a lo que se conoce como literatura neoindigenista, todo ello dentro de una nueva y especial periodización marcada por lo indígena. ¿Cómo evalúa esta posición?

         La literatura andina es una verdad tan evidente como la existencia de una milenaria cultura andina. Negar esto sería como negar el sustento de una nacionalidad que se remonta a 10 mil años de antigüedad. En cuanto al nuevo tipo de periodización que señalas, tengo referencias de que el narrador puneño Jorge Flórez-Aybar estuvo trabajando en esta propuesta, sin embargo para opinar con responsabilidad tendría que leerla y analizarla detenidamente, además de cotejarla con anteriores periodizaciones, como la hecha por José Carlos Mariátegui. Déjame decirte, sin embargo, que este tipo de propuestas enriquecen el debate. Bienvenidas las ideas que nos permitan revisitar, una y otra vez, nuestra historia literaria, especialmente ahora que suponemos estar embarcados en el vehículo de la modernidad y comprendidos en el proceso de la globalización.

         Toquemos su trabajo personal, ¿la narrativa que usted hace sólo abarca el ámbito regional?

         En la primera etapa, es decir en mi libro Al filo del rayo, me propongo una temática esencialmente regional. La nota que Jesús Díaz Caballero le dedica al libro habla sobre el rebrote del neorregionalismo en el Perú, y por supuesto incorpora a mi libro dentro de este fenómeno. En efecto, desarrollo esta temática, pero lo acentúo aún más en mi siguiente libro, la novela El gran señor, que viene a ser una recreación de la gran festividad andina de Q’oyllur Riti, fenómeno cultural sin parangones en América Latina. En el siguiente libro, Ciudad apocalíptica, amplío este espacio regional en la medida que los relatos que allí aparecen abordan sucesos acaecidos en otros lugares de nuestro continente. Además toca temas de diferente índole, pero siempre manteniendo como denominador común la cultura y la tradición. En suma, visualizo la aventura del hombre como hacedor de historia, particularmente vista desde la perspectiva andina, mediante un lenguaje poético acorde con la especificidad de los referentes.

         Y ha sido posible que en su narrativa se produzca cierta confluencia entre la rica tradición cusqueña, que viene quizá desde Garcilaso, con las recientes fórmulas de occidente traídas por autores paradigmáticos como Joyce o Faulkner.

         Conviene precisar al respecto que mi primer acceso a la literatura fue a través de la tradición oral. Desde temprana edad escuché los relatos de la oralidad quechua, historias acerca de animales, condenados, viajeros, arrieros, curas y hacendados. Vale decir personajes y episodios que constituyen el imaginario de los hombres del Ande; y luego de ello tuve la suerte de acceder a libros como los de Kipling, Poe, Mann y Kafka, pero también a  Alegría, Arguedas, Borges y Sábato entre otros. De modo que en algún momento tenía que producirse ese “abrazo” entre las dos vertientes del saber. Fue un encuentro nada conciliatorio en un comienzo. Generaba ansiedad y desorden en mi aprehensión de la realidad. Tardé muchos años en hallarle vasos comunicantes a ambos saberes. De allí pasé a  elaborar mi propia literatura que, en este caso, es la fusión de ambas vertientes. Yo diría que este encuentro fue uno de los hechos más felices que ha acontecido en mi vida de narrador.

         ¿Y cómo conjuga el trabajo académico con su labor de escritor?

         Lo importante de ser profesor universitario es que uno se habitúa a tratar con cierto rigor conceptual cualquier tema del conocimiento. No hay conflicto entre ambas actividades, la del docente y la del escritor. Más bien se complementan. Pero si algo uno quisiera con exclusividad, como la riqueza más invalorable del mundo, es el tiempo. Ese tiempo sagrado del escritor que a veces tiene que ser desperdiciado en trivialidades mundanas, como oír largos discursos de conmemoración o participar en rígidas ceremonias institucionales. ¡Cómo envidia uno a Vargas Llosa, señor de su tiempo, gerente de su propia factoría de hacer novelas! 

 

la disertación

 

¿LA NOVELA ACTUAL?

                                                                                                                                                                                                                     

por Carlos Rengifo

 

U

n hecho insignificante puede bastar para dar rienda suelta a la imaginación, y, por consiguiente, a la escritura. La chispa surge de la visión primera, del golpe en la reminiscencia o en la desnuda inventiva, mientras poco a poco se va abriendo un camino, el inicio de las imágenes cabalgando hacia la claridad que luego será palabra y, finalmente, voz. De esta voz se desprende el tono con el cual sabremos qué nos desean comunicar, cuál es la intención, por qué describen y muestran tal cosa, para luego salir de la lectura como del fondo del agua emitiendo emoción o bostezo, según la sensibilidad de cada quien. A este mundo de ficción se ingresa (o se debería ingresar) con los brazos abiertos, sin ningún reparo, listos a dejarnos envolver por lo que allí se dice, en un estado de absoluta entrega a fin de transformar el texto en cuadro y el cuadro en vivencia. Solo así llegamos a disfrutar realmente de aquel universo que respira fuera de toda medición cronológica, más allá de los sabores o sinsabores de la realidad de carne y hueso.

            Pero la cultura audiovisual de nuestros tiempos llama a la complacencia, deleita los sentidos y economiza el esfuerzo; la atención es reemplazada por la rapidez, el razonamiento por la habilidad, y lo voluminoso disminuye cada vez más hacia lo compacto. Ya no veremos los grandes tomos de León Tolstoi o de Balzac, pues el lector de hoy no es el mismo que el de ayer, y la obra por tanto se ve sometida a modificaciones y escrutinios, al igual que los cambios ocurridos en las ciencias. De manera que, así como es necesario la supresión o aumento de ciertos vocablos y signos ortográficos en las nuevas ediciones del Diccionario, por tratarse de términos caducos o en desuso, del mismo modo la estructura de la novela ha venido mudando con los años, de acuerdo a la óptica de cada autor. Y aunque Milan Kundera reivindique la modernidad de algunos escritores de siglos pasados, el arte novelesco de éstos es visiblemente distinto al de aquél, que gusta mezclar ensayo con narrativa, dentro de un marco de unión entre ambos tipos de escritura.

            Si antes se buscaba la totalidad en un libro, la representación casi al espejo del mundo real a través de uno ficticio, ahora basta con el fragmento para insinuar el gran plano general que se desea mostrar. De esta forma, como la tajada de la torta en cuyo sabor está inmerso el gusto del pastel entero, no hace falta ofrecer todo si con un trozo es suficiente. Lo dijo también Susan Sontag: «El arte del fragmento, que incluye la solicitud de un 'discurso' fragmentario, está concedido para no impedir la comunicación sino para hacerla absoluta». Es decir, para muestra solo necesitamos el botón. De lo demás, que el lector se encargue. Sin embargo, lo complicado es cuando de ese fragmento queremos hacer una serie de fragmentos, con lo cual ya no solo tenemos subfragmentos sino viñetas que dificultan un poco la lectura convencional.

            El ahorro de tiempo en estos tiempos apurados, hace que ya nadie se vaya por las ramas, que aquel que desea mostrarnos algo concretice de inmediato, nos lleve de frente al grano, por lo que estas expresiones de Borges, de 1941, resulten ahora más actuales que nunca: «Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario». Pero ojo que tampoco se trata de compendiar y dar todo masticado, facilitarle la tarea al lector, como ya hemos visto en diversos textos ligeros, digeribles, inmersos en la cultura light, cuya ligereza y superficialidad dejan el valor del chicle que, una vez suprimido el dulzor, es esputado hacia el tacho de basura. Lo que se pretende es señalar claves, sembrar migajas de pan, ir por el camino de la sugerencia, dejando espacios abiertos para ser llenados, perfiles y sombras que oculten el rostro en parte de su totalidad, que induzcan al develamiento (de acuerdo a cada quien) de esa faz. Y una tarea así no necesita de las descripciones de antaño, de los diálogos expositivos, ni de la bajura de la palabra a su primitiva acepción. Un recurso adecuado es la imagen, la viñeta; ganar en profundidad e intensidad, más que en volumen y artimañas, sin olvidar desde luego la orfebrería en el lenguaje. De tal suerte que el resultado sea la huella digital y no el dedo; la marca del zapato y no el andante. Un proyecto de esta índole, por tanto, no admite fáciles engullimientos; no da su brazo a torcer. Pretende más bien el cambio de visor del lector común y silvestre, la vuelta de una mirada vertical hacia una horizontal, extensa y panorámica, aun con los pocos elementos que presenta.

            Acostumbrados al orden consecutivo de las cosas, al interés de un acto engarzado con otro que conduce hacia una inevitable conclusión, el ver otro registro diferente que no sigue estas reglas, que se acomoda a la lógica de otro ritmo, puede complicar el esquema de la lectura habitual. Por eso la «historia» allí contada, será la historia de quien la lea, según su propia percepción, ya que en el texto mismo (y de lo que se desprenda de él) no hallaremos una verdad absoluta, solo los puntos a través de los cuales el autor ha levantado la estructura de su novela. De este modo, el círculo que cierra esta obra es medido por la multiplicidad de versiones e interpretaciones que hagan de ella, mucho mejor si son contradictorias. La amplia libertad que brinda la literatura, sobre todo en cuanto al arte de la novela (de la que hace años venimos oyendo de su defunción), permite, por el contrario, variadas posibilidades para experimentar, por lo que no es nada raro que continúe innovándose, ahora que la globalización acerca no solo culturas sino modos escriturales y la frontera entre el lector-hembra y el lector-macho cortazarianos se hace cada vez más remarcada.

 

los libros, las revistas

por Ricardo Ayllón

 

 

Feliciano Padilla. AMARILLITO AMARILLEANDO

Editorial San Marcos. 2002. 302 pp.

                                              

S

e hace imperativo iniciar estas líneas reconociendo nuestro reciente descubrimiento (y, por tanto, nuestra desventaja) de la narrativa que se hace actualmente en el sur del Perú; lo decimos porque a ésta pertenece la obra de Feliciano Padilla, a cierta narrativa que de un tiempo a esta parte viene siendo circunscrita a una nueva corriente propuesta por teóricos del interior, como es la denominada narrativa andina, periodo que vendría a ser inmediato a lo que conocíamos como narrativa neoindigenista. Al abocarnos a las características principales de esta nueva corriente ––según lo expuesto por Juan Alberto Osorio en “La narrativa andina”, breve estudio publicado en una edición de la revista “Sieteculebras”––, consideramos que Amarillito amarilleando sí estaría presentando tales características, como son: el que “marca una línea de continuidad” entre lo rural y lo urbano, pero es “en un espacio urbano en el que se sitúa la mayor parte de esta narrativa”, es decir “en las grandes y pequeñas ciudades de la sierra”. Así es, el libro muestra además, y muy bien, otras dos particularidades que vienen ofreciendo las obras representativas de esta nueva corriente, y que tanto Osorio como otros estudiosos han dejado entrever: primera, que su “preocupación se instala en las clases medias provincianas”, y, segunda, ––de acuerdo a lo señalado por Manuel Jesús Baquerizo–– “muestra el nuevo rostro del Perú: el de los mestizos de la sierra”.

               

Jorge Alva Zuñe. LA NOCHE IMPOSIBLE Y OTROS DISPARATES

Chimbote. 2002. 50 pp.

 

E

l mérito mayor de este auspicioso libro de cuentos, quizá se encuentre en la acertada conjugación entre ese Chimbote al que ya se le reconoce propiedades de una identidad propia, el distinguible propósito del autor por alcanzar la unidad temática y el acertado uso  de  un  lenguaje   que  cobra armonía  con  el  espíritu  de las historias. Resulta grato encontrar en este conjunto de nueve textos a un auténtico narrador, pero no sólo eso, sino también a un cuidadoso organizador de sucesos, en los que la anécdota, la reminiscencia, la cotidianeidad y, sobre todo, lo sobrenatural, son hábilmente recreados por una voz empeñada en establecerse dentro de los linderos de lo auténtico. Jorge Alva Zuñe, a partir de La noche imposible y otros disparates, proporciona solidez a esa narrativa chimbotana que busca la plenitud de su identificación y que no descuida la alta convicción de que la narrativa, entre otras cosas, es una de las más inquietantes formas del arte de seducir.

 

María Juliana Villafañe. ENTRE DIMENSIONES

Isla Negra Editores. 2002. 77 pp.

 

A

quella sencillez motivada por el franco y desinteresado empeño de plasmar una voz complacida en la espontaneidad, es lo que nos ofrece principalmente la poesía de María Juliana Villafañe. Su estética es cautivada por una expresión que sólo pretende seguir el dictado de las emociones y que mueven los hilos de su versificación desde una flexibilidad temática a la que asisten lo íntimo, la contemplación de la aventura existencial y la plenitud del amor. La autora es puertorriqueña y además de poesía escribe cuentos juveniles y letras de canciones. Sus libros publicados, aparte del que nos convoca ahora, son: "Dimensiones en el Amor" (poesía, 1992) y "Aurora y sus viajes intergalácticos" (narrativa, 1997).

 

el ornitorrinco, febrero del 2003.

Calle Tiahuanaco 177 – Urb. Maranga, Lima 32 – PERÚ.

Telef. (01) 4640683.