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Una de las
grandes dudas que nos envuelven a todos hoy en día en el campo de la
educación es ¿hasta dónde debo ser firme con mis hijos, y cuándo debo
ceder?. Hallar el equilibrio siempre es difícil. Prueba de ello es la
existencia, desde hace algunos años, de una gran polémica en el mundo de
la educación sobre la permisividad y la rigidez.
Los valores
educativos actuales han llegado a mitificar la permisividad;
algunos educadores han renunciado al compromiso de llevar a cabo su papel
director. Algunas causas de ello pueden ser la comodidad, la
sobreprotección o sencillamente dejarse llevar por el criterio de que esto
es "lo que se lleva".
Es este un
tema que preocupa. ¿Acaso hay padres y profesionales de la educación que
no estén buscando una solución a esta situación?. Pensamos que las
respuestas se hacen cada vez más urgentes.
Se está
llegando a extremos alarmantes; estamos preocupados por el nivel de
competitividad que impera en nuestros días, pero caemos en la tentación de
solucionar a los niños sus dificultades, hacer sus deberes, defender su
postura ciegamente frente a la de su profesor, evitarle frustraciones y
conflictos pensando que la vida ya se los crearé más adelante y que no
vale la pena que los sufran desde ahora.
Olvidamos que
de esta forma les estamos dejando sin la valiosa oportunidad de practicar
una habilidad que les dará las herramientas para defenderse; les
dejamos sin modelos a los cuales recurrir cuando se les presente una
situación conflictiva... les empujamos a la frustración y a la
vulnerabilidad.
Otra trampa
peligrosa que provoca permisividad, es la necesidad de tranquilidad
en el hogar, en las relaciones paterno-filiales; queremos evitar
conflictos, e incluso renunciamos a imponernos para evitar tensiones,
cuando en realidad estamos alimentando una tensión mayor a corto
plazo.
Tengamos
presente que lo que está en juego es el futuro del niño. Estamos
forjando una personalidad y la estamos nutriendo con los elementos que le
permitirán enfrentarse a las dificultades y éxitos de una forma
equilibrada..
La pregunta
clave es: -¿desde dónde debe hacerse este papel director?.
La respuesta
es: -desde el hogar, desde los principales maestros: los
padres.
¿ Y cómo debe
hacerse? : - persiguiendo un objetivo principal: la educación de la
voluntad.
Para empezar
debemos revisar nuestros niveles de:
- permisividad
- sobreprotección
- rigidez
- equilibrio
La fórmula
mágica está en la armonía entre la confianza y la disciplina, que
favorecerá la adquisición de hábitos y en consecuencia la educación de la
voluntad.
Ciertamente,
la confianza lleva a la libertad y cuenta además con el convencimiento de
que el otro es capaz de responder. Pero para llegar a esta confianza es
necesario que haya un control externo: la disciplina.
Aunque
parezca contradictorio con la confianza, debe haber unas normas de
regulación de la conducta que permitan la formación de criterios.
Estos
criterios que rigen el comportamiento y que permiten la socialización,
parten del seno familiar. Los niños interiorizan los valores y normas a
través del modelo continuo de sus padres, y así pueden aplicarlos también
en otros ámbitos de la sociedad.
Es necesario
empezar cuando el niño es muy pequeño, y no sabe exigirse lo que
tiene que hacer, o negarse lo que no debe hacer. Hay que enseñarle a
hacerlo. En muchas ocasiones es más fácil decir sí, comprar un juguete o
golosina. Pero con ello la voluntad del niño se ve debilitada; él necesita
que cariñosamente se le dé un criterio y que nos mantengamos firmes. Sólo
a través de ver y volver a ver la situación, el niño podrá interiorizarlo.
Cualquier norma de disciplina, si deseamos que sea eficaz, debe ser
duradera, y los padres han de mantener sus posturas.
No nos
cansamos de repetirlo: hay que decir no. Pero estableciendo de antemano
las normas y criterios y no variarlos sin más ni más. Es la fórmula
más amable, la más razonable.
Recordemos:
la lucha "contra" la permisividad es algo lógico, pero pertenece tanto
a los deberes de los padres como a los derechos de los hijos.
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