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Asunto:[mutantes] El sentido de la vida (39).
Fecha:Jueves, 6 de Abril, 2006  21:44:44 (+0000)
Autor:sweet sweet <sweet_570 @.......com>



Nietzsche y el descubrimiento de la historicidad.

1. La ciencia como metafísica y nihilismo (Rubén Pardo).

Nietzsche se presenta a sí mismo como una encrucijada. O, para ser más precisos, como signo y emblema de una época de crisis, como el estigma de un horizonte cultural en lenta pero hirviente formación. Y, al menos en esto, usufructuando las ventajas de la distancia de nuestra perspectiva histórica, es prudente asentir a tal autodescripción. Antes de apresurar cualquier línea interpretativa posible de los textos nietzscheanos, es conveniente tener presente que la importancia y la impronta que su pensamiento aún ejerce en la actualidad estriban, en primer lugar, en el tino de tal apuesta. En pocas palabras, nuestro punto de partida aquí será el siguiente: la filosofía de Nietzsche como termómetro y diagnóstico de un mundo -el de la modernidad- que arriba a la etapa de la conciencia crítica de sí misma, de su consumación, y se atreve a dar cuenta de sus propios supuestos y contradicciones. Luego, algunos autores rubricarán el fracaso de los ideales ilustrados de la modernidad, y otros preferirán hablar de un proyecto inacabado. Sin embargo, más allá de toda declaración de proximidad o lejanía conceptual respecto de los caminos transitados por la filosofía de Nietzsche, podemos reconocer una lógica del periplo en la que se manifiesta una procedencia común: la problemática y desafiante llegada del nihilismo como horizonte cultural de nuestro tiempo.

 

Lo que relato es la historia de los dos próximos siglos. Describo lo que viene, lo que ya no puede venir de otra manera: el advenimiento del nihilismo. Tal historia ya puede ser relatada hoy, porque la necesidad misma está actuando aquí. Tal futuro ya habla a través de un centenar de signos, tal destino se anuncia por todas partes; para esa música del futuro ya están afinados todos los oídos. Toda nuestra cultura europea se mueve desde hace ya largo tiempo, con una torturante tensión que crece de década en década, como hacia una catástrofe: inquieta, violenta, precipitada, como una corriente que busca el final, que ya no reflexiona, que tiene miedo a reflexionar

 

Nietzsche se enfrenta a la historia de la filosofía y se concibe a sí mismo como el anunciador de una nueva era a partir de la conciencia de estar viviendo un acontecimiento histórico fundamental: el advenimiento del nihilismo. ¿Qué significa ‘nihilismo’?: “Que los valores tenidos como supremos pierden validez. Falta la meta; falta la respuesta al porqué.

El concepto de nihilismo en principio alude, pues, al derrumbe de todos aquellos valores y “verdades” que, desde la filosofía griega hasta ahora, venían obrando como fundamentos de nuestra cultura. Según Nietzsche, todas esas ambiciosas construcciones del conocimiento humano (ideas morales, religiones, filosofías, e incluso la ciencia moderna misma) comienzan a perder su fuerza normativa y, por lo tanto, empezamos a dejar de creer en ellas. Pero lo más significativo de esta “llegada del nihilismo” es que constituye un acontecimiento histórico ineludible, esto es, necesario, que no puede evitarse. Cabe entonces preguntar: ¿de dónde proviene su “necesidad”? o, dicho en otros términos: ¿cuál sería la “causa” del nihilismo?

Nietzsche sostenía que las consecuencias del nihilismo estaban ante las puertas de Occidente. ¿De dónde podía provenir éste, el más siniestro de todos los huéspedes? En principio -y siempre según el filósofo alemán- sería un error aludir como causa del nihilismo a las ‘calamidades sociales’, las ‘degeneraciones fisiológicas’ o incluso la corrupción. Por el contrario, el nihilismo se enraíza en una interpretación del mundo muy determinada, en la cristiano-moral. Se produce un retroceso desde la afirmación “Dios es la verdad” hasta la creencia fanática “todo es falso”. Nietzsche cree que el escepticismo es lo decisivo y que la decadencia de la interpretación moral del mundo, al no tener ya sanción alguna, después de intentar refugiarse en un más allá, termina en nihilismo. “Todo carece de sentido”, parece ser la conclusión, luego de que la inviabilidad de una interpretación del mundo, a la cual se ha consagrado una fuerza enorme, despierta la sospecha de que todas las interpretaciones del mundo son falsas.

El nihilismo estaría, de este modo, en “una” interpretación del mundo que ha pasado por ser hasta ahora “la” única interpretación posible. Y ésta no es otra que la metafísica. La historia de toda la filosofía es entendida por Nietzsche como metafísica, esto es, como la producción simbólica de un mundo trascendente y necesario, que se constituye por su propia esencia en fundamento de “lo real”. El despliegue de la metafísica es la historia misma del nihilismo, el desarrollo y desocultamiento del nihil (nada) que se esconde en su estructura interna. Ahora bien, si la causa del nihilismo (vale decir, de la caída de todos los valores supremos) está justamente en la índole metafísica de esos mismos valores, la pregunta obligada es ¿qué entiende Nietzsche por ‘metafísica’?

Al ideal metafísico pertenece como elemento más propio un neurótico optimismo cognoscitivo, la fe inquebrantable en que el pensamiento llega a los últimos abismos del ser y en que no sólo es capaz de conocer el ser sino además incluso de corregirlo. Según Nietzsche, todo el pensamiento filosófico tradicional -salvo raras excepciones- se caracteriza por ese impulso a buscar un responsable del devenir, esto es, un fundamento. Desde su primera obra, El nacimiento de la tragedia, Nietzsche denuncia la osada ilusión de encontrar un fundamento y emprende un trabajo de desenmascaramiento de esa voluntad de alcanzar una respuesta definitiva a través de un léxico ahistórico y necesario.

Así, el ansia de fundamentos, esa tendencia irrefrenable a comprender el mundo a partir de la postulación de una instancia explicativa última -llámese Dios, motor inmóvil, idea del bien o como fuere- constituye la más importante característica de la actitud metafísica. Ese fundamento, a su vez, es pensado siempre, nos dice Nietzsche, como trascendente (está más allá de nuestra realidad empírica y sensible), inmutable (por lo tanto, ahistórico, ajeno a todo cambio, permanente presencia) y necesario (no puede ser de otra manera).

Por otro lado, ese deseo -propio del ideal metafísico- de buscar la unidad a través de la multiplicidad de las apariencias, esa creencia en la existencia de un punto de vista único y unificador -que es también anhelo de verdades absolutas- surge, afirma Nietzsche, a partir de cierta repugnancia y aversión por el devenir, por el cambio, por lo caótico. Es como si el hombre no soportara su esencial condición de finitud, el carácter temporal y contingente de la vida, y salvara entonces su pretensión de infinitud y eternidad postulando una suerte de “más allá” como la “verdadera realidad”.

Ahora bien, ¿en qué se basa esta ilusión?

 

¿Qué es lo que ha bastado para poner la primera piedra de esos sublimes e incondicionales edificios de filósofos que los dogmáticos han venido levantando hasta ahora? Una superstición popular cualquiera procedente de una época inmemorial (como la superstición del alma, del sujeto), acaso un juego cualquiera de palabras, una seducción por parte de la gramática

La “fe” de la metafísica es la “feen el lenguaje. La creencia en “la verdad” se asienta en el supuesto poder del lenguaje de acceder a la realidad, del mismo modo como supone la idea de un sujeto de conocimiento plenamente objetivo. El metafísico cree en el lenguaje como medio de estructuración del mundo, confía en que él surge en función de la verdad, sin percatarse de que su esencia -más que el conocimiento- es la persuasión, la fuerza retórica. Por lo tanto, no habría, según Nietzsche, univocidad en el lenguaje, sino equivocidad, metáfora. Del mismo modo como tampoco habría -detrás de él- un “sujeto objetivo”, a la manera de un sustrato consciente del que emanara el conocimiento.

Ansia de fundamentos, creencia en verdades absolutas, suposición de un lenguaje unívoco, postulación de un sujeto objetivo: éstos son los cimientos de la metafísica, es decir, de la historia de la cultura occidental, desde Platón hasta nuestros días, la cual es -a su vez- la historia del nihilismo. Ahora cabría preguntarse: ¿por qué ésta es la causa de la llegada del nihilismo?, ¿qué relación guardan entre sí metafísica y nihilismo?

 

La creencia en las categorías de la razón (metafísica) es la causa del nihilismo. Hemos medido el valor del mundo mediante categorías que se refieren a un mundo puramente fingido.

La metafísica es la causa del nihilismo por la sencilla razón de que es ya en sí misma una forma de nihilismo. Porque al elevar al rango de “verdadera realidad” la instancia de un fundamento último, trascendente, inmutable y necesario, niega la vida, subvalora el mundo. Pues a la vida le es inherente el devenir, el cambio, la contingencia, la finitud. Así, la esencial aversión al devenir(odio a lo cambiante, a lo temporal), propia de la metafísica, produce la acción de convertir “la nada” (nihil), lo que no existe, en realidad suprema. Y es, al mismo tiempo, lo que da lugar a la separación entre “verdad” e “historicidad”.

Desde Platón hasta la moderna postulación de leyes científicas cuya verdad se autotitula transhistórica, toda nuestra cultura occidental (metafísica y nihilista) se ha venido apoyando en que la verdad se pretende atemporal, ahistórica. Sin embargo, la metafísica es causa del nihilismo aun en otro sentido. Porque tal como dice Nietzsche, la falta de sentido del acontecer es la consecuencia del descubrimiento de la falsedad de las interpretaciones tradicionales. Resulta de una generalización del desánimo y de la debilidad ante la repentina ausencia de una respuesta completa. Y constituye un signo de “inmodestia de la humanidad”, pues allí donde no encuentra el sentido, lo niega. En realidad se ha derrumbado “una” interpretación, pero puesto que valía como “la” interpretación, parece como si no hubiese ningún sentido en absoluto en la existencia, como si todo fuera en vano.

En síntesis, el hecho de haber creído durante más de dos mil años en un modo de interpretar el mundo fundado en valores negadores de la vida -una vez que sale a la luz su intrínseca falsedad- deviene la ausencia más absoluta de significados, dado que ahora nos resulta casi imposible, dice Nietzsche, encontrar algún sentido en las cosas.

Por último, habría que agregar que esa misma “voluntad de verdad” que alienta en la metafísica es la que sostiene a su vez a la ciencia. O, dicho en otras palabras, la ciencia es -sin dudas- una forma de metafísica en la medida en que se funda en los mismos presupuestos-negadores de la vida- que aquélla:

 

Ambos, ciencia e ideal ascético (metafísica), se apoyan, en efecto, sobre el mismo terreno: a saber, sobre la misma fe en la inestimabilidad, incriticabilidad de la verdad, y por esto mismo son necesariamente aliados. También consideradas las cosas desde un punto de vista fisiológico descansa la ciencia sobre el mismo terreno: un cierto empobrecimiento de la vida constituye, tanto en un caso como en el otro, su presupuesto, los afectos enfriados, el tempo retardado, la dialéctica ocupando el lugar del instinto, la seriedad grabada en los rostros y los gestos.

Tenemos hasta aquí, entonces, que para Nietzsche la ciencia es una forma de metafísica. Ésta, por un lado, constituye la clave interpretativa de toda nuestra cultura, y, por otro, desemboca en una profunda crisis de valores y de certezas: el nihilismo. Además, se ha puesto de manifiesto que aquello que une el nihilismo, la metafísica y la ciencia es la negación de la historicidad, que opera mediante el ardid de separar “verdad” y “devenir” como dos instancias distintas y hasta contrapuestas: la primera, sinónimo de “realidad”; el segundo, indicio de “apariencia”.

Ahora bien, este acontecimiento capital que es la llegada del nihilismo no tiene aún, piensa Nietzsche, un sentido acabadamente positivo ni negativo, más bien señala la problemática situación de “orfandad” en la que se encuentra el hombre moderno. Se trata de una humanidad huérfana que ya no cuenta con ningún “Dios padre” del cual asirse para responder sus preguntas. A esto es a lo que Nietzsche alude cuando se refiere a la caída de los fundamentos como el anuncio de “la muerte de Dios. Y entonces el interrogante es el siguiente: muerto Dios, desvanecida ya la idea misma de una verdad absoluta y necesaria con la fuerza suficiente como para seguir siendo “normativa”, eliminado todo fundamento posible donde arraigar una distinción clara entre “bien” y “mal”, ¿qué sucede?, ¿implica esto alguna ventaja o en realidad entraña un gran peligro? Respuesta: ambos a la vez. La ventaja reside en la posibilidad de superar esa violencia dogmática que subyace en la interpretación metafísica del mundo. En lugar de ello, se trataría de admitirla contingencia, aceptar la perspectiva, lo provisorio.

 

El gran peligro es la falta de sentido de todo acontecer. La verdadera gran angustia es: el mundo ya no tiene ningún sentido. La fuerza del espíritu puede fatigarse y agotarse de manera que los fines y valores tradicionales les sean inapropiados y ya no encuentren creencia alguna.

En pocas palabras, el riesgo estriba en que el terrible peso que significa descubrir la inexistencia de una respuesta absoluta y necesaria a la pregunta por el sentido de la vida y del mundo lleve al hombre al abismo del sinsentido, a la chatura, a la falta de metas. O, lo que sería lo mismo, a recaer en la “adoración de nuevos dioses”, por ejemplo, la racionalidad científica o la tecnología.

¿Quedarse en la burguesa comodidad de un nihilismo pasivo desinteresado de toda creación de valores (lo que Nietzsche denomina el “último hombre”) o recaer en la tentación del fundamento metafísico (la figura nietzscheana de las “sombras de Dios”)? ¿Habría alguna otra opción? Según Nietzsche, sí. Y ésta implicaría la necesidad de conciliar la creación de sentidos con la afirmación de la contingencia, la razón con lo provisorio, la verdad con la historicidad, la vida-que es esencialmente devenir- con el conocimiento, que tiende inexorablemente a negar el cambio.


Saludos afectuosos,

Mario Alejandro Wolansky
"Conócete a ti mismo".
"Cuando hay amor, todo se puede".
Buenos Aires Argentina
sentido@...
http://mariow.tripod.com.ar




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