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Asunto:[mutantes] claves de la mente.
Fecha:Lunes, 6 de Octubre, 2003  14:20:34 (EDT)
Autor:LiebeLicht <LiebeLicht @...com>

 
La autoestima mejora las relaciones interpersonales  
 
 
Muchas veces he escuchado, y seguramente ustedes también, que tal o cual  
persona tiene una enorme capacidad laboral, pero que no es reconocida por las  
autoridades de la empresa donde trabaja. Tiene buenas ideas para hacer más  
eficiente el negocio, pero no es escuchado, no se le da valor, no se lo tiene en

cuenta. Tal vez porque desconocen sus capacidades o porque él no tiene el valor
de  
presentar sus inquietudes. 
 
Como resultado de esta supuesta indiferencia, finalmente este empleado se  
resignará a vegetar en su puesto hasta llegar a una completa frustracción.  
 
Luego de un tiempo, sólo le interesará cumplir con el horario y que le paguen  
puntualmente el sueldo. No tiene incentivos, no está motivado, ha caído en la  
rutina e integrará, en consecuencia, la caravana de los desilucionados y los  
indiferentes. 
 
Luego de tantas adjetivaciones sobre el estado en que se encuentra este  
imaginario personaje laboral -que puede ser cualquiera de nosotros- cabe una  
reflexión nacida de una pregunta ¿por qué ocurre esto?  
 
La respuesta, casi obvia, es: porque no se valora a sí mismo.  
Porque no alcanza a medir la importancia que tienen sus ideas y proyectos.  
Ante los demás se minimiza, no pone fuerza en la presentación de sus  
inquietudes; tal vez porque considera que sus ideas no son tan importantes.  
Quizás se diga mentalmente, quién soy yo para proponer tal o cual cosa.  
o reflexiona: hay personas más importantes, yo soy uno de los tantos ,  
qué me van a hacer caso a mí.  
Todo este diálogo mental nace como consecuencia de la falta de autoestima, de  
no saber expresar con seguridad, convencimiento y audacia lo que el sujeto  
piensa. 
 
 
El doble origen de la falta de autoestima 
La falta de autoestima puede tener un doble origen:  
una infancia conflictiva -padres autoritarios, absorbentes o  
sobreprotectores- y una educación carente de normas que contribuyen a la
formación del  
carácter.  
 
Estas dos razones perjudican la vida de los hombres; estos crecen débiles de  
carácter, tímidos y proclives a la subestimación -que es una forma del  
complejo de inferioridad-.  
 
No hay duda de que existen hombres que prefieren la "muerte" a una lucha con  
las circunstancias ambientales porque, en su orgullo, tienen un miedo  
exagerado ante un posible fracaso.  
 
En el fondo son personas que aspiran siempre a ser mimadas y dispensadas de  
sus obligaciones, a base de que otros las cumplan. 
 
Las graves situaciones de la vida, tales como peligros, necesidades,  
decepciones, pérdidas (sobre todo de personas queridas) y toda especie de
presiones  
sociales son magnificadas por aquellos que carecen de autoestima.  
 
Ésta por lo general se exterioriza en emociones y estados de ánimo  
universalmente conocidos bajo los nombres de miedo, tristeza, desesperación,
vergüenza,  
timidez, perplejidad, etc. y que se traducen en la expresión fácil y en la  
actitud del cuerpo. 
 
La falta de preparación para enfrentarse con cualquier problema de la vida  
puede obedecer en todo caso a un insuficiente desarrollo del sentimiento de  
comunidad, sea cualquiera el nombre que queramos darle: solidaridad humana,  
cooperación, humanidad, socialización o incluso "ideal del Yo". 
 
Esta falta de preparación es la que engendra, frente a los problemas, las  
múltiples formas corporales y anímicas que expresan insuficiencia, inseguridad y

falta de autoestima.  
 
Estas actitudes anímicas originan pronto toda clase de sentimientos de  
inferioridad que, si bien no se manifiestan claramente, se expresan ya en el  
carácter, ya en el movimiento, ya en la actitud o en la manera de pensar,
sugerida  
por el sentimiento de inferioridad 
 
Rasgos de carácter, como la tímidez, el recelo, el pesimismo, etc. nos  
indican un deficiente contacto con el mundo de parte del que carece de
autoestima y  
que se intensifica notablemente cuando hay que luchar contra los riesgos del  
destino.  
 
Lo mismo puede decirse del característico movimiento o acción que todo ser  
humano debe hacer en la vida. El que carece de autoestima es un individuo que  
siempre se halla en la retaguardia y a notable distancia del problema planteado.

 
 
Esta preferencia por la zona más alejada del campo de lucha de la vida está  
asegurada por la manera de pensar y argumentar del individuo y a veces también  
por ideas obsesivas o por estériles sentimientos de culpabilidad.  
 
No es difícil comprender que no son los sentimientos de culpabilidad los que  
producen el distanciamiento, sino que el que carece de autoestima aprovecha de  
dicho sentimiento para poner trabas al avance.  
En una palabra se autoengaña para no hacer la acción. 
 
 
Estrategias para desarrollar la autoestima 
Las autoacusaciones infundadas, proporcionan un pretexto apropiado.  
También el hecho de que todo hombre, al echar una mirada a su pasado,  
encuentra algo que desearía no hubiera ocurrido, sirve a tales individuos de
excusa  
para no participar. De rehuir total o parcialmente a cualquier problema de la  
vida.  
 
Las causas que originan la falta de autoestima nos llevaría varias notas,  
pero en esta oportunidad quiero indicar algunas estrategias para desarrollar la 

autoestima para una mejor relación interpersonal.  
 
En primer lugar debemos saber que todo lo que somos es el resultado de lo que  
pensamos.  
 
Si mentalmente me subestimo diciéndome  
¿Quién soy yo para proponer tal cosa?,  
estoy condicionando mi conducta al fracaso.  
En consecuencia debo usar fórmulas positivas. 
 
Deben recordar que los pensamientos se asocian en la mente no sólo por el  
contenido, sino también por el estado de ánimo.  
 
Las personas que se deprimen con facilidad -la autonegación es una de ellas-  
suelen crear redes de asociación muy fuertes entre estos pensamientos.  
Aunque pueda parecer irónico, las personas deprimidas suelen utilizar un tema  
deprimente para librarse de otro, lo que sólo sirve para provocar más  
emociones negativas. 
 
Un ejercicio para empezar la tarea de la autovaloración, es motivarse a sí  
mismo.  
 
Y el optimismo es el gran motivador.  
 
Ser optimista significa tener grandes expectativas de que, en general, las  
cosas saldrán bien en la vida a pesar de los contratiempos y las frustracciones.

 
 
El optimismo es una actitud que evita que la gente caíga en la apatía, la  
desesperanza o la depresión ante la adversidad.  
 
Y al igual que la esperanza, su prima hermana, el optimismo reporta  
beneficios en la vida. Las personas optimistas consideran que el fracaso se debe
a algo  
que puede ser modificado de manera tal que logren el éxito en la siguiente  
oportunidad,  
mientras los pesimistas asumen la culpa del fracaso, adjudicándolo a alguna  
característica perdurable en su conducta que son incapaces de cambiar. 
 
Mediante el optimismo las personas logran la autoeficiencia, que es la  
creencia de que uno tiene dominio sobre los acontecimientos de la vida y puede  
aceptar los desafios tal como se presentan.  
 
Desarrollar una competencia de cualquier clase refuerza la noción de  
autoeficiencia, haciendo que la persona esté más dispuesta a correr riesgos y a
buscar  
mayores desafios. Y superar esos desafios a su vez aumenta la noción de  
autoestima. 
 
En síntesis, para lograr la autoestima lo primero que hay que hacer es tomar  
conciencia de los propios valores; una vez que lo hemos logrado, proponernos  
la meta para desarrollarlos; para motivarnos a nosotros mismos en esta tarea  
debemos utilizar fórmulas positivas, como "yo puedo" y cubrir ese trabajo con un

enorme manto de optimismo y fe en nuestras propias fuerzas.  
 
Lograr la autoestima es uno de los grandes desafios de la época. 
 
El "yo puedo" sería el mandato categórico que nos tendríamos que imponer en  
la vida. Yo Puedo. Pues se ha dicho que la voluntad es la energía del alma.  
 
Es esa fuerza interior capaz de sacarnos de los conflictos en los que  
generalmente nos sumergimos. Hasta el más simple de los hombres tiene en su
interior  
esa energía, que puesta en acto, nos puede llevar a las más elevadas regiones  
celestes. 
 
La voluntad, esa energía del alma, invisible a los ojos físicos e  
inexplicable para la razón, se traduce en la vida cotidiana en la frase "Yo
puedo".  
En estas dos palabras subyace la potencia, la capacidad de realización del  
hombre.  
 
Si ustedes las pronuncian concientemente, con atención sostenida,  
comprobarán su valor. 
 
Cuando decimos YO, nos estamos identificando, estamos tomando posesión de  
nosotros mismos. Somos algo, una individualidad, un ser en acto, un hombre y no 

un objeto al cual, como un solitario leño, pueden arrastrar las olas de la  
vida.  
Yo soy alguien, no algo.  
 
Cuando cada uno reconoce que es alguien,  
entonces recién se puede pronunciar la palabra PUEDO.  
 
El poder es el instinto del alma, como la conservación lo es del cuerpo.  
Poder es tratar, es direccionar la energía hacia algo, es focalizar la  
potencia para lograr una conquista. La conquista de sí mismo, la más grande de
las  
hazañas. 
 
Cuando se pronuncia la palabra PUEDO, se proyecta el Yo.  
Es decir, toma contacto con el mundo externo,  
ese mundo que todos queremos transformar, disciplinar, conquistar.  
 
La palabra poder es mágica; entre sus letras se esconde la posibilidad de  
ser,  
de trasmutar, de exhibir, como la galera del mago,  
en su interior se esconde la esencia divina. 
 
YO PUEDO, es la voluntad en acto.  
La deberían repetir constantemente todos aquellos que carecen de autoestima.  
Si se insiste con fe en las propias energías se podrá lograr la  
autorrealización.  
 
 
Los obstáculos que debemos evitar 
Surgirán los obstáculos, las barreras puestas por el tiempo  
para concretar el cometido.  
Y aquí está el gran enemigo del hombre: la impaciencia.  
Queremos que las cosas se concreten ya, ahora mismo. 
 
La impaciencia es hija del tiempo  
y el tiempo devora al hombre que no ha sabido ejercer la voluntad.  
Saber vivir es derrotar al tiempo. 
 
Otro de los obstáculos para lograr la autorrelización, que es lo contrario  
a la subestimación o falta de estima, es el mentirse a sí mismo. 
 
Muchas veces nos hemos preguntado, por qué ciertos hombres que escriben  
magníficos tratados no viven tal cual escriben.  
Se limitan en describir la realidad, pero no viven la aventura de  
transformarla. 
 
Esto pasa porque se mienten a sí mismos, porque en el fondo no creen ni  
conciencian lo que escribieron, es como si alguien se los hubiera dictado.  
 
Vivimos en una civilización de "mediums". Trabajamos sobre el problema de las  
esencias pero no sabemos dónde está nuestra esencia.  
Hablamos muy bien, pero vivimos muy mal. Todos queremos conducir al de  
enfrente, pero evitamos enfrentarnos con nuestro propio ser. 
 
La opinión nos ahoga. Hablar es perecer. Opinión es impulso dinámico que nos  
lleva a juzgar lo que no conocemos sino superficialmente. Por eso decimos que  
corremos.  
 
La mente es infinitamente ligera y nosotros jugamos con ella una maratón.  
No la encauzamos ni direccionamos, ella es quien nos direcciona a nosotros. 
Ser inteligente, no es ganarse un Premio Nobel. Muchos físicos, químicos,  
etc.  
lo ganaron en su tiempo y ahora sus teoría están totalmente superadas.  
Algunas hasta causan risa, pues con el tiempo pasaron a ser completamente  
contrarias a las actuales. 
 
Ahora bien, ¿Por qué mentimos?  
Porque comenzamos a mentirnos a nosotros mismos  
y luego es natural seguir mintiendo. 
 
Una de las grandes mentiras es cuando nos juzgamos a nosotros mismos  
como seres imposibilitados.  
 
Hay que ver cómo nos justificamos cuando hacemos algo mal.  
Hay en nosotros como un "alma madre" que comprende los errores del hijo. 
 
Claro que el error que comete el otro, para nosortros, es terrible  
y hacemos lo contrario a la máxima del Libro de las virtudes, que dice:  
"debes ser como el fruto del mango".  
Este fruto es carnoso y tiene una semilla muy dura.  
 
Lo que quiere decir la máxima es que debemos ser blandos por fuera y duros  
por dentro. Esto sería decirnos la verdad. Pero por lo general, nos comportamos 

de otra manera: somos blandos y condecendientes con nosotros y duros con los  
demás,  
no perdonamos nada, no justificamos nada del otro. 
 
La técnica para no seguir mintiéndonos  
-que es tarea de la autovaloración o autoestima-  
es detenerse mentalmente un instante,  
dejar de correr hacia el precipicio de la existencia. 
 
Detenerse significa reflexionar.  
 
Reflexionar significar a su vez hacer un análisis sobre lo que somos o lo que  
creemos ser. Durante la reflexión debemos desubjetivarnos, o sea analizarnos  
objetivamente, como quien observa el trabajo de una máquina,  
sin sentir lazo alguno de parentezco con lo observado.  
 
Observen cómo caminan, cómo siente, cómo hablan, cómo actuan. Y a partir de  
una visión real de lo que somos podremos enfrenarnos a la realidad y  
predisponernos a cambiar. Creo que una de las razones fundamentales de la falta
de  
autoestima es el desconocimiento de sí mismo. De no tomar conciencia de lo que  
somos y cuánto valemos. Dijo el filósofo estoíco Epicteto -esclavo liberto de  
Roma-  
"no sufrimos por las cosas, sino por la opinión que nos hemos hecho de  
ellas".  
No sufrimos por lo que somos,  
sino por la opinión que nos hemos hecho de nosotros mismos. 
 
 
 
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