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Asunto:[mutantes] RV: ORACIÓN ESENIA y Paulo Coehlo
Fecha:Miercoles, 17 de Septiembre, 2003  10:35:27 (-0600)
Autor:Gustavo Gonzalez Lewis <gglezl @..................mx>

Recibida de una amiga y quiero compartirla con ustedes.
Saludos cariñosos de Rita Calderón


No puedo ni quiero enviar esto sin unas palabras personales. Paulo siempre
me emociona en la profundidad de sus ideas y en la simpleza de sus palabras.
Con AMOR para todos, mientras trabajo para reconstruir mi propia Catedral,
Mirta mno7

ORACIÓN ESENIA



Señor......en el silencio de este día que amanece......

Te alabo......te glorifico......te agradezco por este nuevo día......

Por todo lo que me diste y por todo lo que me das......

Me uno a ti en paz......en sabiduría......fuerza y poder......

Miro el mundo con los ojos llenos de amor y perdón......

Soy paciente......comprensivo......manso......humilde y prudente......

Veo a través de las apariencias de tus hijos......

mis hermanos......tal como tú mismo nos ves......

Para ver el bien y la perfección en cada uno......

Escucho la música de las esferas......

Mi palabra decreta tu obra......

Mi Ser está lleno de pureza......inocencia y caridad......

Soy bondadoso y alegre......

Todos cuantos se acercan a mí sienten tu presencia......

Veo tu belleza e inmensidad dentro de mí.......

Y que en el curso de este nuevo día Yo te revele a todos......

Oh Poderoso Yo Soy......Poderoso Yo Soy......Poderoso Yo Soy......

El Cristo camina en esta Tierra y el Cristo es en mí.......

11 DE SEPTIEMBRE
Paulo Coelho

Dos años después, todos somos aún capaces de recordar exactamente dónde
estábamos y lo que hacíamos aquella tarde. Yo me encontraba en Munich, a
punto de ir a la librería donde me esperaba una tarde de autógrafos, cuando
la representante de mi editorial golpeó la puerta de mi cuarto:
- ¡Encienda el televisor! ¡Urgente!

En todos los canales la escena era la misma: una torre del World Trade
Center ya en llamas, el otro avión aproximándose, nuevo incendio y el
colapso de los dos edificios. La calamidad del día 11 de septiembre del
2001, un día del cual nadie olvidará dónde, cómo y con quién estaba cuando
el ataque terrorista sucedió.
Es siempre muy difícil aceptar que una tragedia pueda, de alguna manera,
traer resultados positivos. Cuando vimos, horrorizados, lo que más parecía
ser una película de ciencia ficción - las torres derrumbándose y arrastrando
en su caída a miles de personas - tuvimos dos sensaciones inmediatas: la
primera, un sentimiento de impotencia y terror ante lo que estaba pasando.
La segunda sensación: el mundo nunca más sería el mismo.

Fue con estos sentimientos en el alma que apagué el televisor y me dirigí
hasta la librería donde -supuestamente- debía tener lugar la tarde de
autógrafos. Estaba seguro de que no aparecería nadie, ya que las próximas
horas se pasarían buscando razones, noticias, detalles. Crucé las calles
desiertas de Munich; aunque eran las cuatro de la tarde, la gente se había
aglomerado en los bares que tenían encendidas radios y televisores,
procurando convencerse a sí mismas de que todo aquello era una especie de
sueño del cual se despertarían tarde o temprano, comentando con sus amigos
que a veces la raza humana está sujeta a pesadillas que acostumbran a ser
muy parecidas.
Al llegar allí encontré, para mi sorpresa, que centenares de lectores me
esperaban. No conversaban, no decían nada, era un silencio que venía desde
el fondo del alma, vacío de significados. Poco a poco entendí qué hacían
allí: en momentos como este es bueno estar junto a otros, porque no se sabe
qué puede suceder de ahí en adelante. Poco a poco, todos nos dábamos cuenta
de que aquello no era una pesadilla, sino algo real y palpable que, a partir
de entonces, formaría parte de la historia de nuestra civilización.

Es sobre eso que me gustaría escribir. El mundo no volverá a ser el mismo,
es verdad, pero pasado ya dos años de aquella tarde, ¿quedará aún la
sensación de que todas aquellas personas murieron en vano? ¿O es que podía
encontrarse alguna cosa, además de muerte, polvo y acero retorcido, bajo los
escombros del World Trade Center?
Creo que todo ser humano, en algún momento, termina por ver cruzar una
tragedia por su vida: podría ser la destrucción de una ciudad, la muerte de
un hijo, una acusación sin pruebas, una enfermedad que aparece sin aviso y
trae invalidez permanente. La vida es un riesgo constante, y quien se olvida
de eso jamás estará preparado para los desafíos del destino. Cuando estamos
ante el inevitable dolor que cruza nuestro camino, entonces estamos
obligados a buscar un sentido para lo que está sucediendo.

Por mejores que seamos, por más correctamente que procuremos vivir nuestras
vidas, las tragedias ocurren. Podemos culpar a otros, procurar
justificaciones, imaginar cuán diferentes hubieran sido nuestras vidas sin
ellas. Pero nada de esto tiene importancia: han ocurrido y basta. A partir
de allí, lo que se hace necesario es rever nuestra propia vida, superar el
miedo y comenzar el proceso de reconstrucción.
Lo primero que debemos hacer, cuando estamos ante el sufrimiento y la
inseguridad, es aceptarlos como tales. No podemos tratarlos como algo que no
nos concierne, ni transformarlos en un castigo que satisfaga nuestro eterno
sentimiento de culpa. En los escombros del World Trade Center se encontraban
personas como nosotros, que se sentían seguras o infelices, realizadas o
luchando para crecer, con familia que las esperaba en casa, o desesperadas
por la soledad de la gran ciudad. Eran americanos, ingleses, alemanes,
brasileños, japoneses, gentes de todos los rincones del mundo unidas por el
destino común -y misterioso- de encontrarse a las 09h00 en un mismo lugar,
que era bonito para algunos, y opresivo para otros. Cuando las dos torres se
desplomaron, no fueron solamente esas personas las que murieron: todos
nosotros morimos un poco y el mundo entero se empequeñeció.

Hace algunos años, en el Japón, un grupo de estudiantes de budismo Zen
estaba en una casa de campo, cuando llegó el casero contando una tragedia
que acababa de suceder en las cercanías: se había incendiado una casa,
dejando a una madre y a una hija sin techo. Inmediatamente una de las
estudiantes inició una colecta para ayudar a la familia a reconstruir su
casa.

Entre los presentes se encontraba un escritor pobre, y la chica decidió no
pedirle nada. "¡Un momento!", dijo el escritor, cuando ella pasaba de largo,
"yo también quiero dar algo".

Durante el minuto siguiente, escribió en un papel lo que había pasado y lo
colocó dentro del poste que estaba siendo usado para recaudar el dinero:
"Quiero dar a todos esta tragedia. Que ella sea siempre recordada cuando
pensemos en los pequeños incidentes de nuestras vidas".

En el caso de los atentados del día 11 de septiembre, creo que recibimos
otras cosas además de este sentimiento -aceptar que, por mala que sea,
nuestra vida es mucho mejor que la de la mayoría de los seres humanos. Por
más difícil que sea aceptar lo que sucedió, es preciso entender que momentos
como ese nos ofrecen la posibilidad de un cambio radical en nuestro
comportamiento.

Cuando estamos ante una gran pérdida, sea ella material, espiritual o
psicológica, no sirve de nada intentar recuperar lo que ya se fue. Por otro
lado, un gran espacio queda abierto en nuestras vidas y está allí, vacío,
esperando ser llenado con algo nuevo. En el momento de la pérdida, por más
contradictorio que parezca, estamos ganando una gran porción de libertad. En
vez de llenar ese espacio vacío con dolor y amargura, existen otras maneras
de encarar el mundo.

En primer lugar, tenemos que recordar la gran lección de los sabios: la
paciencia, la certeza de que todo es provisorio en esta vida. Partiendo de
ahí, vamos entonces a rever nuestros valores: si durante muchos años el
mundo no volverá a ser un lugar seguro, porqué no usar ese súbito cambio y
arriesgar nuestros días en las cosas que siempre hemos deseado hacer, pero
para las que no teníamos el valor, ya que creíamos que era necesario seguir
"un ritmo normal de vida", puesto que todo estaba bajo control. ¿Cuántas
personas, en aquella mañana del 11 de septiembre, estaban en el World Trade
Center contra su propia voluntad, intentando seguir un camino que no era el
de ellas, haciendo un trabajo que no les gustaba, solo porque aquel era un
lugar seguro, y podía garantizar el dinero suficiente para la jubilación y
la vejez?

Este fue el gran cambio del mundo, y los que quedaron enterrados bajo los
escombros de los dos edificios no murieron en vano. Ellos ahora nos hacen
pensar sobre nuestras propias vidas, nuestros valores, y nos empujan hacia
adelante, en dirección al destino que soñamos para nosotros mismos, aun
cuando nunca tuviésemos el valor de enfrentarlo. Cuando las torres se
desplomaron, se llevaron consigo sueños y esperanzas, pero también abrieron
nuestro propio horizonte e hicieron que cada uno de nosotros reflexionara
sobre el sentido de su vida.

Entonces, ha llegado el momento de reconstruir no solamente las Torres, sino
también a nosotros mismos; y es justamente ahí que nuestra actitud ante lo
que nos espera establecerá toda la diferencia. Cuenta una vieja historia
que, después de los bombardeos en Dresden, un hombre pasó por un terreno
lleno de escombros y vio a tres obreros trabajando.

. ¿Qué es lo que están haciendo? - preguntó.

El primer obrero se giró:

- ¿No lo ve? ¡Estoy removiendo estas piedras!
Insatisfecho con la respuesta, él se dirigió al segundo trabajador.
- ¿No lo ve? ¡ Estoy ganando mi salario! Fue la respuesta.

El transeúnte continuaba sin saber lo que pasaba en ese terreno, y resolvió
insistir por última vez. Se dirigió al tercer hombre y nuevamente repitió su
pregunta.
- ¿Es que no lo ve? - dijo el tercero - Estoy reconstruyendo una catedral.
Aun cuando las tres personas estuvieran haciendo lo mismo, solo una tenía la
verdadera dimensión del sentido de su vida y de su obra. Esperemos que, en
el mundo que se perfila ante nuestros ojos, cada uno de nosotros sea capaz
de levantarse de sus propios escombros emocionales y reconstruir la catedral
que siempre soñamos, pero que jamás nos atrevimos a crear.









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