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Asunto:[mutantes] Gay y catolico: ¿dualidad excluyente?
Fecha:Martes, 2 de Agosto, 2011  04:36:09 (-0500)
Autor:REDLUZ <lacasadelared @.....com>



---------- Mensaje reenviado ----------
De: REDLUZ <lacasadelared@gmail.com>
Fecha: 2 de agosto de 2011 04:22
Asunto: Gay y catolico: ¿dualidad excluyente?
Para: FORO ANDROIA-Espiritualidad Gay <androia@yahoogroups.com>, ESPIRITUALIDAD GAY ESPAÑA <espiritualidadgay@yahoogroups.com>


Gay y católico: ¿dualidad excluyente?

Publicado por Diorama. junio - 6 - 2011.     Categoria: Conspiratio 11, Ríos al norte del futuro
Apartir de su experiencia comunitaria con el grupo católico gay Efetá y de la vida litúrgica que se vive en su interior, Carlos Navarro Fernández, sin dejar de señalar las incongruencias de la Iglesia institucional en su relación con los gay, lesbianas, bisexuales o transgénero, nos muestra la manera en que, a partir del depósito de la fe que guarda la propia Iglesia y de su propio caminar como gay y católico, se puede vivir plenamente el ser católico y a la vez homosexual sin necesidad de entrar en un conflicto contestatario con la propia institución, mostrando así que los homosexuales son personas dignas de fe y contribuyen al bien de todos.

Gay y católico: ¿dualidad excluyente?

Hace algunos años, mantuve una conversación muy reveladora con un buen amigo. Nacho –homosexual y con largos años de vida compartida con otro hombre– insistía en que por ningún motivo iría a la ceremonia religiosa que marcaría el enlace matrimonial de su cuñado Óscar, el hermano de su pareja.

—¿Por qué he de asistir a una ceremonia cobijada por una institución que no me respeta y que se niega a ofrecerme participar en un contrato equivalente?

La única respuesta que atiné a formular en ese momento fue otra pregunta:

—Nacho, ¿acaso irás a la boda civil de Óscar?

—Claro –respondió–, en esa hasta seré testigo.

—Bueno, yo en tu lugar lo pensaría dos veces porque esa institución civil a la que irás tampoco te ofrece un contrato matrimonial equivalente con Benjamín, tu pareja de años. Nacho guardó silencio un momento y al siguiente aceptó que en realidad él tampoco podría celebrar su matrimonio civil con Benjamín en esa institución gubernamental.

Debo tener mucho cuidado en aclarar, nuevamente, que eso fue hace algunos años. Hoy en día, Nacho puede presentarse ante una oficina del Registro Civil del Gobierno del Distrito Federal, en la Ciudad de México, y obtener un contrato de matrimonio con Benjamín. El nuevo contrato matrimonial les permitirá aun, si ambos lo desean, adoptar un hijo. El caso del matrimonio religioso católico, del que Nacho se sentía excluido hace algunos años, sigue estando fuera de su alcance y del hombre con el que comparte su vida. No creo que eso vaya a cambiar pronto.

Por lo general, la persona lesbiana, gay, bisexual o transgénero (lgbt) concluye que no hay lugar para ella en esa institución llamada “Iglesia”; tiende a dar por hecho que no puede ser gay y católico en forma simultánea. O lo uno o lo otro, pero no ambas realidades al interior de mi persona.

Me parece, sin embargo, que tal apreciación no sólo ha perdido fuerza sino que comienza a cambiar. Cada vez más veo a un creciente número de personas lgbt que ya no están dispuestas “a pedir permiso” para acercarse a Dios ni a aceptar que se les niegue una rica vida espiritual por el hecho de tener una orientación sexual “diferente”.

Poco después de mi debate “religioso-civil” con Nacho, me encontré con otro amigo, también gay, Rafael. Ambos habíamos tenido experiencias de evangelización católica durante nuestros años universitarios; ambos también las añorábamos –en ellas habíamos descubierto lo valioso de la enseñanza cristiana y lo trascendente de un encuentro personal y transformador con Jesús–. Recordándolas, surgió en nosotros la idea de crear un grupo de oración, una pequeña comunidad formada por creyentes lgbt con deseos de reunirse en torno al Señor Jesús. Un grupo de homosexuales invitando a Cristo a compartir su oración, su fe, sus vidas.

Pronto establecimos contacto con amigos y compañeros que tenían esta inquietud por reunirse en una comunidad cristiana pero, que estaban desencantados con una estructura eclesial rígida y excluyente que –olvidando el pasaje de Mt. 7, 12: “Todo lo que ustedes desearían de los demás, háganlo con ellos: ahí está toda la Ley y los Profetas”– no les permitía expresar y compartir con el otro su verdadero ser, sus aspiraciones, sus inquietudes, sus ideales, su forma particular de vida.

Esos conocidos convocaron a otros y con esa aspiración nació la pequeña comunidad Efetá: un grupo de jóvenes homosexuales –contadores, ingenieros, diseñadores, sacerdotes, comunicólogos– que se reúnen para orar, redescubrir su religión, ayudarse a crecer mutuamente y, ¿por qué no?, a vivir diferente en un mundo egoísta a través de un cristianismo verdaderamente liberador. Un seguir a Jesús con el alma descubierta sin necesidad de dogmas impuestos y artificiales. Porque, cito a Karen Armstrong, esa incansable estudiosa de Dios: “Si la religión no se trata de creer en algo, ¿entonces de qué se trata? Lo que he descubierto es que la religión se trata de actuar diferente”,1 de actuar al compás de Dios en una sociedad que llamo egoísta e imperfecta no por ser mayoritariamente heterosexual, sino simplemente porque es humana.

En nuestra primera reunión “oficial” establecimos las “reglas del juego”. No tendríamos coordinador ni tesorero ni secretario; no funcionaríamos con una cuota monetaria, tomaríamos como ejemplo las primeras comunidades cristianas y nos llamaríamos Efetá (Abiertos al Espíritu).2 Queríamos que el Espíritu fuera quien guiara al grupo, lo inspirara y le hiciera sentir la presencia de Dios entre nosotros, la conciencia innegable de que nuestro Creador nos había querido así, nos abrazaba y se alegraba con nosotros por acercarnos a Él, en vez de darle la espalda por “insignificantes conflictos institucionales y dogmáticos” creados por el hombre.

Un acuerdo tomado desde el primer día fue que Efetá no hablaría mal de la Iglesia, entendida como esa jerarquía que algunos autores han llamado “el más antiguo y elitista club masculino de la historia”,3 ni nos convertiríamos en víctimas indefensas. Lejos de ello, nos apoyaríamos en un texto del conocido teólogo gay católico James Alison, quien ha compartido alguna reunión de Efetá en la Ciudad de México: “El primer y más importante desafío no es unirnos en contra de un imaginado enemigo externo, lo que es demasiado fácil, sino aprender a unirnos de forma creadora, atrevida y dotada de rica imaginación para instalar una cultura y unas posibilidades de vida inimaginables desde la posición victimaria. Este es el desafío católico gay que aún se vive demasiado fragmentariamente en nuestro medio”.4 Así destacaríamos lo que reconocíamos como valioso de nuestra formación cristiana católica –los fundamentos de nuestra fe– para que Efetá se convirtiera en un espacio propicio para fortalecerla a través del frecuente contacto mutuo y con Dios, llevándola así a los demás por conducto del “actuar diferente”. En este sentido nos abriríamos también a la presencia de heterosexuales. Ellos no son nuestros enemigos ni viven en un mundo diferente. Son parte integral del nuestro. A través de ellos acortamos la brecha que divide “nuestros dos mundos”.

A lo largo de nuestro caminar, muchos de ellos nos han visitado, han compartido nuestra experiencia, crecido con nosotros y tocado nuestras vidas. Incluso, varios sacerdotes consagrados han celebrado los sacramentos de la liturgia católica en la intimidad de nuestra pequeña comunidad.

Nuestras reuniones empezaron con 12 “efeteros” que nos reuníamos cada 15 días en nuestras casas. Jorge, uno de nuestros “socios fundadores” llamó a estos lugares “Betanias”: lugares de descanso. Cada “Betania” duraría un par de meses y se iría rotando entre las diferentes casas. De esta forma nos conoceríamos mejor y habría un compromiso de participación y asistencia aún en la ausencia de un “coordinador general”.

Cada encuentro está a cargo de dos miembros de Efetá que dirigen la sesión, comparten alguna charla, experiencia o dinámica e invitan a la oración en grupo. Un elemento importante de la sesión es “abrir el corazón” y compartir la vida con los otros, decirles sin tapujos lo que nos mueve, nos duele, nos inspira y de qué manera Dios juega un papel fundamental en todo esto.

A diferencia de lo que he experimentado en otros grupos cristianos aquí puedo “ser yo mismo” y esperar la acción de Dios –a través de mis hermanos– en un contexto honesto y sin forzadas “limitantes artificiales”. Vivo en Efetá, cada dos semanas, un cristianismo sin exclusiones que me invita a salir, a hablar de Jesús y a actuar como él.

Como pequeña comunidad cristiana no hemos sentido la necesidad de obtener “una aprobación parroquial” o de tener un “sacerdote acompañante”; más bien, hemos querido imitar la forma en que los primeros seguidores de Jesús se reunían para recordarlo. Sin embargo, hemos tenido cierto grado de interacción social y eclesiástica: hemos contactado otros grupos cristianos gay, se nos ha invitado a participar en celebraciones litúrgicas que buscan destacar una Iglesia “diversa” y heterogénea, y nos han visitado sacerdotes, investigadores y representantes de otras comunidades cristianas.

Vale la pena mencionar algunos ejemplos de la manera en que vivimos la liturgia:

1. Cada cierto tiempo, compartimos la Eucaristía como grupo, celebrada por un sacerdote, gay o no, perteneciente a Efetá o no. La celebración eucarística así vivida se abre a un acercamiento pleno con el sacramento central de nuestra fe católica. En ella, por ejemplo, más que “un sermón” hay un compartir la Palabra y un compartir generosamente el pan consagrado.

2. La gran mayoría de las sesiones de oración de Efetá son, en realidad, liturgias de la Palabra con un fuerte momento de oración. Sin embargo, con cierta frecuencia pedimos a unos de nuestros socios sacerdotes que inviten a Jesús. Así hacemos horas santas postrados frente a la hostia sacramentada y damos gracias a nuestro salvador por el regalo de ser como somos y por el don invaluable de reconocernos plenos.

3. Nos gusta invitar a teólogos, filósofos, escritores, pensadores a que nos compartan su sabiduría y nos permitan hablar de lo que somos desde un ventajoso calidoscopio de enfoques, ideas, propuestas y contrapropuestas que nos permiten crecer como personas y como grupo.

4. Organizamos retiros que nos ofrecen mayor espacio y tiempo para orar, meditar y comentar asuntos trascendentes para nosotros como comunidad católica gay. Sin depender de la guía de un ministro ordenado para la realización del encuentro de fin de semana, nos gusta concluirlos con la fraternal celebración de la Eucaristía que, como siempre, preside un sacerdote.

Evitando criticar a la institución “Iglesia católica” nos consideramos parte de ella y compartimos no sólo sus creencias fundamentales sino sus ritos y buena parte de su liturgia. Así se compuso una oración con la que, siguiendo la liturgia católica, iniciamos nuestras sesiones: “Padre mío, gracias por llamarme y hacerme tu amigo. En plena libertad, y en respuesta a tu bondad gratuita, quiero abrirme a la experiencia de tu Amor.

“Señor Jesús, hazme una persona de fe, alguien íntegro y auténtico: un verdadero cristiano. Que nunca deje de asombrarme de saber que tú me has llamado por mi nombre. Ayúdame a responder a tu invitación a ser libre, completo y feliz.

“Espíritu Santo, reúne a esta comunidad de Efetá en alabanza y en fraternidad. Inspíranos para asumir nuestra responsabilidad de ser solidarios y saber compartirte con los demás. Porque nos sabemos diferentes, te pedimos tu Amor para vivir en tolerancia.”

¿Nos gustaría ser testigos de una estructura eclesial diferente? Ciertamente sí. Pero esa ausencia de cambios “estructurales” no nos impide nutrirnos con lo bueno que tiene ese depósito de sabiduría cristiana que es la Iglesia, aún con su parte humana rebosante de limitaciones.

¿Cuál es entonces el paso a seguir? Como grupo comprometido nos hemos dado cuenta de que lo que vivimos y compartimos debe trascender, entregarse a los demás. En este sentido hemos comentado la posibilidad “de salir al mundo” para llevar a otros a un Jesús visto bajo esta nueva lente, como una especie de apostolado gay que hace mucha falta. Sin embargo, otros compañeros creen que habría mucho que hacer en ambientes “no necesariamente gays”. Para descubrir esa misión de grupo y ese trascender la oración en pequeña comunidad estamos buscando el lugar y el momento apropiados; confiamos en que Dios iluminará el camino.

En tres años de vida de Efetá esto no se ha concretado aún. Pero vislumbramos esa siguiente “etapa lógica”. Queremos seguir el ejemplo de los valientes sacerdotes del templo de San Francisco Xavier en Nueva York que, convencidos de la importancia de llevar a Jesús a quien lo necesita, usaron un pequeño folleto para invitar a sus parroquianos a caminar con ellos en la marcha LGBT de junio de 2010: “Recibimos a todos, tal como lo hizo Jesús. Te pedimos que consideres caminar con nuestro grupo LGBT el Domingo del Orgullo, 27 de junio, para así representar a una Iglesia que, en verdad, vive el Evangelio.”5

Al igual que el matrimonio católico entre homosexuales, la completa y franca aceptación del católico gay dentro de esa institución no ocurrirá en un futuro previsible. No obstante, Efetá es una muestra, una prueba innegable, de que se puede ser gay y católico; de que esa dualidad no es necesariamente excluyente. Más que desperdiciar un tiempo valioso en discuciones obtusas y anticuadas, hay que poner entre paréntesis las “diferencias” y acercarnos a Dios con abierto y renovado espíritu.

1 Karen Armstrong, “The Charter for Compassion”, TED-Ideas Worth Spreading, febrero, 2008. [http://www.ted.com/talks/karen_armstrong_makes_her_ted_prize_wish_the_charter_for_compassion.html]

2 Mc 7, 31-35.

3 Lisa Millar, “A Woman’s Place is in the Church”, Newsweek, abril 3, 2010 [http://www.newsweek.com/2010/04/02/a-woman-s-place-is-in-the-church.html].

4 James Alison, “Fragmentos católicos en clave gay”, Conferencia para el Ciclo Rosa, 4-6 de julio de 2004, Bogotá, Colombia [http://www.jamesalison.co.uk/texts/cas09.html].

5 Patrick B. Craine, “NY Catholic Parish: ‘Live the Gospel at Pride Parade’”, LifeSiteNews.com. Junio 15, 2010.

Por Carlos Navarro Fernández


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