Sobre el tejado de vidrio de “Quien Tú Sabes” (por la poeta y ensayista cubana Odette
Alonso, www.parquedelajedrez.com
)
Los
mexicanos dirían que al comandante le ha ido como en
feria la última semana allá en su tumba. No le ha escampado sobre su
tejado de vidrio al pobre occiso. Lo que pareciera una excelente noticia —el
levantamiento de sanciones de la Unión Europea contra el gobierno de la isla y
el reinicio del diálogo—, realmente no lo fue tanto para la jerarquía
revolucionaria. La liberación de cuatro prisioneros de conciencia (http://www.eluniversal.com.mx/internacional/56901.html)
—condición de la UE—demostró que en Cuba sí hay presos
políticos, es decir, personas privadas de su libertad por pensar distinto a
como parametra el comité central del Partido. Eso no
es noticia para nadie que tenga dos dedos de frente, pero la (in)justicia
revolucionaria se empeñó por décadas en imputarles causas comunes y negar su
existencia.
Mientras
esto se cocinaba en La Habana, en México un comando de hombres armados y
encapuchados —presumiblemente Zetas— se “robaban”
una guagua con 33 cubanos, interceptados en medio del mar antes de llegar a
Cancún y que eran trasladados, en calidad de detenidos, a la estación
migratoria en Chiapas. Esto viene ocurriendo hace mucho y tampoco es un
secreto, por más que los involucrados traten de ocultarlo: lanchas rápidas —dicen
que yates de lujo (http://www.eluniversal.com.mx/notas/516788.html)— son
cargados de cubanos en las costas de Pinar del Río y trasladados a Cancún. Allí
los esperan autobuses —dicen que también de lujo— que los trasladan a la
frontera norte, donde se entregan a las autoridades estadounidenses y, acogidos
a la Ley de Ajuste Cubano, reciben su
documentación legal en cuestión de horas.
“La
mafia de Miami”, gritan aquí desde hace días repitiendo una frase de factura
isleña. Lo cierto es que además de las redes de tráfico que cobran a los
familiares de Miami por sacar clandestinamente a los suyos de la isla, hay
redes coludidas en Cuba, porque cualquiera que
conozca aquella realidad sabe que para llegar al extremo occidental, donde los
recogen las lanchas, hay que ser trasladados por horas en algún medio de
trasporte. Y en Cuba todas las guaguas son del gobierno. Que no se hagan ahora
los chivos locos. Ni digan que es un simple tráfico de talentos que “el imperio” mal sano les quiere
robar. Mucho más cuando la responsable de las cuestiones migratorias de la
Secretaría de Gobernación mexicana acaba de balconear que
la embajada de Cuba, en lo que va de administración, no ha respondido una sola
comunicación de las que les mandan para consultarles la repatriación de los compatriotas
ilegales. Un hecho es innegable e inocultable: a las autoridades cubanas les
conviene que la gente se vaya porque
mientras más estemos de este lado, más
remesas llegarán a la isla.
Y hablando
de dos dedos de frente, no son gratuitos los cuestionamientos a la veracidad de
esas imágenes que transmitió la televisión cubana el pasado 17 de junio de un
supuesto encuentro entre Fidel, Raúl y Chávez. ¿Acaso te dejaste engañar por
ese video prefabricado?, me echaron en cara unas amigas. “¿Desde cuándo Raúl no
usa traje militar?”, dijo una desde Nueva York; “¿no
viste a Chávez más flaco que actualmente?”, apuntó la otra desde una latitud
más sureña. Y luego, siempre con el
mismo mono deportivo…
Picada
mi curiosidad, me di a la tarea de revisar todas las versiones del video —que
es una sola, por supuesto, la que difundió Cubavisión
(http://www.youtube.com/watch?v=P18WaWYkFb8&feature=related)
y que, dicho sea de paso, no aparece en ninguno de los medios cubanos— y no resultó
muy sorprendente comprobar que no tiene el sonido original más que cuando
Chávez saluda con un “Hasta la victoria siempre, venceremos”. El resto del
tiempo, que no es mucho, apenas un par de minutos y medio, sólo se escucha,
encimada, la voz del locutor cubano que enlista los temas sobre los que
supuestamente departieron. ¿Por qué no habría de oírse la charla si realmente
estuvieran tratando asuntos tan actuales como la crisis de los alimentos?
Recordé
de inmediato que durante mi último viaje a Cuba, viendo el noticiero del
mediodía, Dora, con ese ojo entrenado que su experiencia en la producción de
medios audiovisuales le ha dado, saltó en la silla señalando a la pantalla
donde una profesora, asistente a uno de los tantos congresos que hacen allá,
hablaba de las maravillas y avances de la práctica de la química en la isla. La
mujer era colombiana —o sea, hablaba español— y, sin embargo, la voz de una
locutora cubana traducía encima del sonido original. Acto seguido, otro
traductor interpretaba sobre un audio en taiwanés lo
que supuestamente decía —¡quién iba a entenderlo!— elogiosamente
hacia Cuba un dirigente del deporte de la nación asiática. Ninguno de los
cubanos presentes —ni yo— reparó en tal incongruencia y pillería hasta que ella
nos lo hizo notar.
Como si
fueran poco los traspiés internacionales, bien enchilado,
dirían mis actuales coterráneos, Reinaldo Escobar (http://desdecuba.com/reinaldoescobar/?p=31),
“representando” a su mujer —Yoani Sánchez, la bloguera de Generación Y (http://desdecuba.com/generaciony/?p=313)—, en un enfrentamiento de hombre a
hombre —que no en balde a Reinaldo lo apodan Macho Rico—
acusó al máximo líder de llenar de medallas con la efigie del Apóstol los
pechos de asesinos, corruptos y sinvergüenzas internacionales. “Lo peor que le
pudo pasar a Martí se llama Fidel”, remató una de mis amigas. El susodicho
había acusado a Yoani de hacer “labor de zapa y
prensa neocolonial” al no rechazar el premio “Ortega
y Gasset” que le otorgó El País
hace unas semanas.
Una
avalancha de manifestaciones de apoyo no se hizo esperar desde el gran solar de
la blogósfera cubana, ese paraíso de la libertad de
expresión. Los mismos espacios que mi paisano Eliades
Acosta, jefe del Departamento de Cultura del comité central del PCC, ha catalogado
como “blogs en contra de Cuba”. Ésa ha sido siempre una de las estrategias más
fructíferas de la represión y del silenciamiento: la santísima trinidad
revolucionaria que ya mencioné hace unos días: igualar al gobierno y a sus
cabecillas con la Patria. Si cuestionas a la
revolución o a Fidel estás atacando a Cuba… ¿Por qué, chico?, si Cuba es una
isla inocente, pura tierra, matas y ríos, cuya única culpa, la pobre, es lo que
de “humano” pulula sobre su superficie.
Pero
dígame usted: ¿dónde se ha visto que un jefe de estado (o ex) —suponiendo que
haya sido él quien lo escribió o lo dictó desde el más allá—,
en el prólogo de un libro biográfico que habla de Bolivia, tenga que
emprenderla contra una ciudadana común y corriente, que vive en un edificio de microbrigada y anda en bicitaxis
y en camellos —a quien, además, nadie lee en Cuba porque allí está limitado el
acceso a internet—, así haya ganado el Pullitzer? Ahí se demuestra lo fuera de perspectiva que
está todo en Cuba. ¿Alguien puede imaginarse a Zapatero callando a una bloguera de Extremadura o Valladolid o a Calderón reprendiendo
a un indio taraumara por haberse atrevido a decir que
en la sierra pasan hambre y frío?
Miren la
foto de arriba y díganme cuál jefe de estado en qué lugar del mundo o época
histórica ha salido en la televisión mostrando cómo se usa una olla de presión.
Eso no es humildad ni cercanía con la gente; no se engañe el mundo: es control.
Por eso somos un pueblo torpe, inmaduro, maleducado y dependiente. Cómo podría
ser de otro modo, si él ha determinado durante medio siglo hasta lo más insignificante:
lo que comíamos; en las cantidades y frecuencia en que debíamos consumirlo; en
la olla en que debía cocinarse y con qué combustible. Cómo vestirnos; cada
cuándo adquirir ropa, calzado o artículos de higiene —hasta el jabón, el
desodorante, las toallas sanitarias—; con qué atuendo entrar a los sitios
públicos, restaurantes, cines, espectáculos, y con qué chancletas, shores o largo de mangas
era inaceptable, en un país en el cual no hay dónde comprar la indumentaria que
exigen.
Asimismo
era él quien determinaba qué actos eran constitucionales y cuáles dejaban de
serlo en un segundo. Qué culto podíamos profesar; en qué dios podíamos creer y
en cuáles no; cuándo en uno, cuándo en otro y cuándo en ninguno. A qué
familiares podíamos escribirles y a cuáles no; cuándo podíamos hacerlo y cuándo
por nada del mundo; cuándo aceptarles regalos como viles pordioseros y cuándo
esos obsequios eran veneno ideológico para nuestras débiles mentes
poscapitalistas. Quiénes eran nuestros amigos, quiénes nuestros enemigos y
cuándo ese cuadro cambiaba para ser todo lo contrario. A quién podíamos admirar
y venerar y cuándo se convertía al héroe en defenestrado. Quiénes se quedan en
la patria socialista y quiénes podían irse; quiénes son recibidos y quiénes
expulsados.
Qué
carrera debíamos estudiar porque era prioritaria para el desarrollo del país y
en qué rincón perdido y lejano debíamos cumplir el servicio social. A qué
viajes teníamos derecho y a cuáles ni soñarlo. A qué adelantos tecnológicos podíamos
acceder y cuáles eran bloqueados por resultar perniciosos. Y también cómo debíamos
divertirnos; cuándo podías tomarte una cerveza y cuándo no había ni en los
centros espirituales; qué música debíamos oír, qué libros podíamos leer, qué
caricaturas veíamos en la televisión. De qué temas podíamos escribir y por
cuáles caeríamos presos o perderíamos la carrera o el trabajo; qué cuestionar
de pronto, cuando él estuviera de buenas, y qué era absolutamente
incuestionable. Y, en todos los casos, qué castigos aplicar a quienes
contradijéramos cada una de esas disposiciones. La lista podría ser
interminable.
Somos un
pueblo sobreprotegido y, por tanto, menospreciado. Subestimado e inutilizado. Castrado;
que nunca coincidieron mejor un verbo y un apellido. Lleno de miedos que
sostienen el gran círculo vicioso: por habernos enclaustrado durante décadas —además
del ostracismo y el despiste que constituye de por sí la condición insular—, los
cubanos no saben cómo es el mundo, cómo manejarse o sobrevivir en él y, por eso
mismo, prefieren mantenerse encerrados. Cualquier psicólogo diría que ésa es
una reacción muy natural: allá adentro sienten protección. Sea como sea, se creen
a salvo. Y eso es muy respetable.
Quienes
hemos tenido la oportunidad y el privilegio de traspasar horizontes podemos
alertarlos, tratar de orientarlos, abrirle los ojos. Pero si con esa necedad
gallega que nos corre por las venas prefieren hacer oídos sordos y creer que el futuro pertenece por entero al socialismo, no veo que
haya mucho qué hacer que no sea seguir dándole la vuelta al mismo ladrillo. Y
yo, al menos yo, no tengo vocación bizantina.
Chávez llegando a La Habana
http://vanguardia.co.cu/index.php?tpl=design/secciones/lectura/portada.tpl.html&newsid_obj_id=14451