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De: dicaribe@racsa.cr ISSN 1409-4614 Fecha: 5 de Noviembre del 2005 To: Suscriptor Boletín “Ideas para
Publicar y Distribuir Libros” No. 61 Editor: Jorge Alfonso Sierra,
Entrenador y Consultor en Marketing Editorial Director Ejecutivo de
DirectLibros – Mercadeo Editorial S.A.
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Este boletín ha sido declarado de interés Cultural por el Ministerio de
Cultura, Juventud y Deportes, y la Presidencia de la República de Costa
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Un buen libro no sólo debe tener algo que decir. Debe, además, estar bien
dicho, lo que significa: bien redactado. Eso hará que sea de fácil lectura y
comprensión para su Editor y, luego, para su futuro lector. Consulte a la Sra.
Hilda Lucci, Correctora Literaria Universitaria y Redactora. Visite su
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TEMARIO:
1- La historia del escritor que no sabe leer ni escribir
2- Dos frases para reflexionar
3- Las curiosidades del mes
4- Las anécdotas del mes
5- Esbozos de artistas: Samuel Beckett
1- La Historia del escritor que no sabe leer ni escribir
Dicen que Emilie Bronté escribía prosa en forma inconsciente; es decir, no
sabía exactamente lo que estaba haciendo. Sólo su necesidad interior de
expresarse en forma escrita, explicaba de alguna manera esa compulsión de
sus sentimientos.
Conocer sobre esto, que de alguna manera nos asombra, queda pequeño frente
a la historia de Manuel Zapata Ortiz, un curtido y sensible campesino de 75 años
que brotó de las entrañas del Cauca, un departamento de Colombia.
Zapata Ortiz en toda su vida fue solamente dos meses a la escuela, y ese breve
lapso apenas le alcanzó para garabatear en forma rústica una especie de firma,
pero nunca aprendió a leer ni a escribir.
Sin embargo, tenía metida entre ceja y ceja la convicción de que él es un
escritor, y que alguna vez tenía que contar la historia de “El Plateado”, el
pequeño pueblo donde nació y creció, la que muchas veces le escuchó narrar a sus
ancestros en noches de luna llena.
Saber que alguien tiene un sueño, es la más común de las historias. A nuestros
conocidos, a nuestros familiares, incluso a nosotros mismos, nos suele pasar la
vida embriagándonos con la lejana melodía del “algún día escribiré un libro, o
haré esto o haré lo otro”. Lo difícil es verlo hecho realidad algún día. Más aún,
cuando nos damos cuenta que para realizar ese sueño, hay que sortear difíciles
barreras.
Como el caso de Manuel Zapata Ortiz. Imagíneselo. Campesino, pobre, sin saber
leer ni escribir, perdido entre las agrestes montañas de un pueblo olvidado y
desconocido, sin saber qué es un editor y menos una imprenta, sin haber visitado
nunca una librería ni haber podido disfrutar el placer de tener un libro entre
las manos y, menos aún de poder leerlo. Y soñando con “escribir” un libro…..
¿Cómo lo haría realidad algún día? No podía contar con su esposa, con
quien vive en una finca en Mocoa, porque ella tampoco sabe leer, ni con sus doce
hijos, regados en diferentes pueblos de Colombia haciendo su propia vida.
Pero decía Buda que... “somos lo que pensamos. Todo lo que somos surge con
nuestros pensamientos. Con nuestros pensamientos, hacemos nuestro mundo”. Y
Manuel, que tampoco sabía nada de Buda, logró construir su mundo, que para él era
tener escrito su libro alguna vez.
Durante diez años tuvo más de un escribano, varios de ellos maestros de
escuela, a quienes les dictaba sus remembranzas y con quienes, en forma minuciosa
y como si se tratara de un ducho editor, repasaba cada página.
Pero con ninguno logró darle vida a su obra. Fueron varios años de constante
escritura y reescritura, que casi siempre terminaban en discusiones; no por las
exigencias literarias del viejo Manuel, sino porque él sentía que esos profesores
solían cambiarle detalles de la historia. Y eso lo disgustaba en grado sumo.
Quizás el disgusto de Manuel era similar al que sintió García Márquez cuando a
la “primera edición” de “La Mala Hora” en España, le variaron muchas de sus
expresiones caribes por palabras peninsulares, totalmente desconocidas en esta
parte del mundo. A tal punto que ese libro nunca salió al mercado y jamás fue
reconocida por el Nobel colombiano como primera edición.
Sin embargo, todo se solucionó a principios de este año, cuando el viejo
Manuel se contactó con el profesor Jorge Rueda Arcos, quien, entusiasmado,
se dispuso a concretarle su sueño. Durante dos meses trabajaron con frenesí
entre cuatro y cinco horas semanales hasta que consiguieron redactar el
libro que los dejó contentos a ambos.
Rueda Arcos no le cobró un solo peso a Manuel Zapata por sentarse horas
enteras a escucharlo, escribir lo que él dictaba, pasarlo al computador y luego
volvérselos a leer.
Y así por fin nació “El Plateado”, que cuenta las peripecias del tío Miguel
Zapata y de otros hombres que en los años 40 salieron del Patía, una alejada
región colombiana y se internaron en la selva para tumbarla y colonizar el
pacífico caucano. Lo regocijante de todo es que “El Plateado” es ya un texto
que está haciendo historia en la región.
Hoy el viejo Manuel, a pesar de que le tocó “mendigar la ayuda de
letrados”, según su propio decir, siente que ha cumplido muchos de sus anhelos,
entre otros, que los actuales habitantes de El Plateado, ese corregimiento que lo
vio nacer y que está a siete horas de Popayán, tuvieran cómo consultar la
historia de los asentamientos humanos que en 1963 llevaron a crear este
municipio.
La obra, de 83 páginas, narra, entre otros episodios, la existencia de una
ciudad fantasma con un templo de piedra, misteriosa y caprichosa que sólo se les
aparece a determinadas personas, y el de un gallo cuyo canto se oía por las
selvas a las que nadie había llegado antes.
El problema era, cuenta Manuel, que “yo vivía muy preocupado porque los
jóvenes estaban modificando la historia oral del pueblo, lo que enterraba la
historia mía y de mis abuelos, que con machete abrieron trochas que, incluso,
llevaban hasta Guapi, en la costa Pacífica, o a El Tambo, en el occidente
caucano”.
"Empezaron a decir que esto se llama El Plateado por unas piedras blancas que
hay en la montaña, pero en realidad es porque en el río hallaron platino". Por
eso es que en el libro también cuenta cómo aparecieron El Sinaí, El Mango y La
Belleza, otros asentamientos del Cauca.
¿Termina aquí la historia? No. Porque los que estamos en este carrusel sabemos
que NO basta con escribir un libro, sino que el chiste estriba en imprimirlo y
luego -¡ay!– venderlo.
Quebrando al destino como el minero a la roca
Con sus cuartillas brillándole entre las manos, empezó entonces el viejo
Manuel la angustiante misión de buscar la financiación para imprimir su libro.
Tocó varias puertas buscando la ansiada subvención y, aunque a muchos les
parecía una obra magnífica, nadie se la editaba. Incluso, cuenta que en la
Alcaldía de Argelia algún policastro de esa fauna insolente que abunda en
América Latina, tuvo el descaro de pedirle el material de su libro
porque dizque también estaba haciendo un libro. La insolencia mayor es que
el infeliz político quería el libro “gratis”. El viejo Manuel lo miró sin
pestañear y, recogiendo con suavidad su manuscrito, dio media vuelta como símbolo
de su desprecio
ante la ofensiva proposición, y para convencerse de que si fue capaz de
“escribir” su libro sin saber escribir, no se iba a arredrar ahora ante la misión
de publicarlo.
Por eso, no le dio más vueltas al asunto y en agosto pasado se atrevió a
dar otro salto al vacío. Con mil peripecias consiguió en préstamo 6 millones
de pesos colombianos –algo así como U.$ 2.650 dólares, toda una fortuna para
muchísimas personas en Latinoamérica– y mandó a imprimir 800 ejemplares de su
obra ilustrándola, además, con fotografías, algunas en blanco y negro y otras en
color, que guardaba en un baúl de su familia y que habían sobrevivido a más de
cinco trasteos entre pueblos de los departamentos de Cauca, Putumayo, Caquetá y
Huila.
Ahora el viejo Manuel, que se siente plenamente satisfecho con sobrada razón
de su mérito y de su obra, está día y noche en una nueva carrera, esta vez
para conseguir lectores que le permitan pagar los 6 millones de pesos que
consiguió entre sus amigos para editarla e imprimirla.
El pomposamente llamado “Fondo Mixto de Cultura de Popayán”, que tampoco
quiso ayudarle a financiar la publicación, como gran cosa se comprometió a
vender los libros y, por eso, hoy es el único lugar en donde se consigue cada
ejemplar en 15.000 pesos, unos U.$ 5,25 dólar, pero tan solo ha vendido 100. ¡Y
pensar que imprimir cada libro le costó al viejo Manuel U.$ 3,30 dólar! Ojalá
no le estén cobrando porcentaje por la “comercialización” de su obra, pues
un 30% que le quiten de esos U.$ 5,25 lo dejaría prácticamente perdiendo dinero
en cada obra que se venda…
"Antes no me dejaba dormir la ilusión de contar la historia, ahora son las
deudas", dice el viejo Manuel sin perder su seráfica sonrisa, que es como una
cachetada para quienes nos quejamos por cosas menos graves que las que tuvo y
tiene que soportar este viejo sabio.
Y pide algo que es de Perogrullo para las autoridades de Colombia: Que ya que
NO le ayudaron con nada en la publicación de su libro, que al menos la
Gobernación del Cauca y el Ministerio de Cultura compren su libro y lo
repartan en bibliotecas. "Es la historia más genuina sobre cómo se hacían los
pueblos en Colombia", concluye sin el menor asomo de vanidad este SEÑOR ESCRITOR,
así, con mayúsculas.
¿Y que nos enseña esta historia a nosotros? Que habría que ir, ya mismo, a un
espejo. Y confrontarlo con este espejo que aquí hemos dibujado. Quizás ambos nos
den la terrible noticia, adelantándose en varios días, meses, años quizás,
al pavoroso diagnóstico que nos ha de llegar algún día: Que buscamos tontas
excusas, subterfugios inútiles para NO haber escrito y publicado el libro que
queríamos y debíamos escribir; que no fuimos capaces, que nos faltó grandeza de
ánimo para concretar el sueño y aprovechar el don que Dios nos dio.
Yo sólo espero que este espejo bello y hermoso en que nos ha hecho mirar el
viejo Manuel Zapata sea terco y recurrente, y nos siga diciendo la verdad sin
ningún tipo de miramientos, hasta el día en que, por fin, hayamos decidido
escribir y publicar nuestro libro. Amén.
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2- Dos frases para reflexionar
“No me siento desanimado, porque todo intento erróneo descartado es otro paso
hacia delante”.
–Thomas Edison –
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“El amor no es un acto de soberanía sino más bien una constatación de la
debilidad compartida. Quien ama, siente que el eje de sus decisiones no pasa por
su cuerpo sino por el cuerpo del otro”.
- George Shaw –
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3- Las curiosidades del mes
El mundo editorial vive lleno de paradojas. Esto no es un secreto. Casi
siempre escuchamos el lamento generalizado porque los libros no se venden, o
porque la gente no lee, o porque si leen lo hacen en libros “light” o basuras
tipo “best seller”. O sea, “palo porque bogas y palo porque no bogas”.
Pero pocas veces se repara en aquellos hechos, temas o situaciones que aún
ANTES de haber sido publicados, escritos o tratados por alguien, ya han sido
DESCARTADOS, bien porque “nadie leería sobre ese tema” o porque “está pésimamente
escrito”.
Pero la historia, el destino o los testarudos lectores, se han encargado de
darles un mentís rotundo a quienes se han atrevido a tamaño desatino. Lo curioso
es que parece que nadie coge escarmiento con todo esto y se siguen escuchando las
desvalorizaciones por doquier. Pero veamos algunos de estos rotundos mentís
que hemos podido constatar:
“Resulta imposible vender historias de animales en Estados Unidos”. (Cuando
George Orwell publicó “Rebelión en la granja”)
“Me parece que esta joven no tiene una percepción o sentimiento especial que
eleve ese libro más allá del simple nivel de “curiosidad”. (Sobre “El diario de
Ana Frank”).
“No nos parece que haya tenido un completo éxito a la hora de desarrollar una
idea que admitimos como prometedora”. (Un editor sobre “El señor de las
moscas,” de William Golding.)
“Le aconsejo, por su propio bien, que no publique este libro” (Un crítico a D.
H. Lawrence sobre su obra, “El amante de Lady Chatterley”).
“Una novela larga y aburrida sobre un artista”. (Un editor sobre “El deseo de
vivir”, de Irving Stone.
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4- Las anécdotas del mes
Como es bien sabido, la novelista francesa que firmaba con el seudónimo de
George Sand (y cuyo verdadero nombre era Aurore Dupin), solía vestir con mucha
frecuencia ropas de hombre.
En cierta ocasión, y vestida de hombre como era tan corriente en ella, tomaba
parte en una excusión campestre de escritores, en el curso de la cual decidieron
todos visitar un convento de cartujos.
Una vez allí, el padre guardián del convento cerró el paso a la novelista,
diciéndole:
-Caballero, aquí no entran señoras….
En cierta ocasión una señora avara convidó a Rossini a cenar; el músico se
entregó por completo al placer de la mesa y de la comida, la cual, aunque
excelentemente preparada, consistía en proporciones minúsculas de cada cosa, lo
que no agradaba nada al maestro.
Cuando se despidió, sin haber satisfecho su apetito, la señora le dijo con
dulce voz: -Querido maestro, espero que vuelva usted muy pronto a comer a mi
casa.
A lo cual Rossini replicó, inclinándose caballerosamente:
- En el acto, señora, si no le molesta.
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5- Esbozos de artistas: SAMUEL BECKETT
Samuel Beckett nació en Foxrock, cerca de Dublin, en 1906. Hijo de padres
protestantes de clase media, estudió en el Trinity College de Dublin. En 1933,
después de una estadía infructuosa en Londres, emigró a París. Allí conoció al
escritor James Joyce (Ulises, Dublineses) otro dublinés renegado, quien ejerce
gran influencia en la obra de Beckett. Durante este período escribe Murphy
(1938), la cual comienza con la célebre frase "El sol brilló, al no tener otra
alternativa, sobre lo nada nuevo".
En 1940 Beckett se unió a la Resistencia Francesa y en 1942 huye a la
Francia Libre perseguido por la Gestapo. En los años cincuenta comienza su
período más prolífico con una trilogía de novelas: Molloy (1951), Malone meurt
(1952) La Innommable (1953). El 5 de enero se estrenó en París “En Attendant
Godot” causando un impacto rotundo, sensacional y fulgurante
hasta tal punto que el resto de su obra ha quedado relegado a segundo término.
Además de la ya mencionada trilogía, escribe las piezas teatrales Krapp's Last
Tape (1959), Play (1964), además de otras obras y textos varios para radio,
televisión y cine.
En 1961 le otorgan el premio “Prix Formentor” por su contribución a la
literatura mundial, y en 1969 gana el premio Nobel de Literatura.
Tanto en sus novelas como en sus obras, Beckett centró su atención en la
angustia indisociable de la condición humana, que en última instancia redujo al
yo solitario o a la nada. Asimismo experimentó con el lenguaje, hasta dejar tan
sólo su esqueleto, lo que originó una prosa austera y disciplinada, sazonada de
un humor corrosivo y alegrada con el uso de la jerga y la chanza. Su influencia
en dramaturgos posteriores, sobre todo en aquellos que siguieron sus pasos en la
tradición del absurdo, fue tan notable como el impacto de su prosa.
Samuel Beckett murió en 1989.
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¡Hasta nuestro próximo número! Jorge Alfonso Sierra MercadeoEditorial.com y
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