supe tener un perro.
durante dos o tres años
viví en casa de un amigo, en ese período pasaron todo tipo de cosas (negocios
limpios y sucios, amigos, una novia prostituta y sus dos hermanas, una de las
cuales –también prostituta- me acosaba permanentemente y a la que yo, como un
imbécil, me daba el lujo de despreciar). mi amigo resultó ser un tipo posesivo
y egoísta, así que acabé rehuyendo a él y a todo lo que él proponía. estaba
solo y aburrido, y pasaba muchas noches escuchando programas de radio en los que
la gente suele buscar pareja (si nunca lo hiciste, te aseguro que las citas a
ciegas son una verdadera caja de sorpresas, de muy buenas a muy malas).
tuve muchas (citas y
sorpresas) y hablaba largas horas por teléfono, sobre todo con una tal
"melody",
quien, con una voz dulcísima, afirmaba y reafirmaba haberse enamorado de mí,
aunque, argumentando que quería estar segura de mi amor, difería eternamente el
momento de conocernos personalmente. yo le decía que sí, que la amaba, pero
para mí era lo de menos.
entre tanto, dejaba
subrepticiamente mensajes en mi buzón o me enviaba regalos a través de
intermediarios amigos o amigas de ella.
fantaseábamos con irnos a
vivir a los alpes suizos con su hija. así que un día me envió un regalo
simbólico: un boeing de juguete a baterías. el avión se ponía en marcha,
carreteaba, encendía luces de colores, luego bajaba y subía la escalera para
los pasajeros y, finalmente, siempre con sonido ensordecedor de turbinas
incluido, iniciaba su simulación de despegue. era realmente maravilloso y
seguramente muy costoso.
otro día me hizo llegar un
cachorro hermoso, color café, con pies blancos y ojos verdes, al que llamé
“cuatro”
(por mélody + su hija + yo + el perro = 4). tuve que regalarlo cuando me
(largué de allí) mudé a otra casa.
por fin un día accedió a
que nos conociéramos. nos citamos en un café frente a la estación de témperley.
yo vivía a pocas cuadras de allí, así que fui en bicicleta, haciendo, de paso,
gala de mi buen estado físico.
mélody me esperaba en la
vereda.
tengo que decir que me
gusta esencialmente lo femenino, así que no hago diferencias por peso, color,
etc., pero juro que si el lugar hubiera estado más concurrido, o si nuestras
miradas no se hubieran cruzado un segundo (y porque, además, ¡ella tenía mi
reloj!),
hubiese dado la vuela o seguido de largo sin ningún reparo. pero no pude.
mi enamorada era poco
menos que un monstruo.
me apeé y, esquivando sus
voraces intentos por juntar sus labios con los míos, la besé en la mejilla y
(mientras buscaba desesperadamente una excusa para largarme lo antes posible)
le cedí el paso para ingresar al bar (tuvo que entrar de perfil, porque el
ancho de la puerta no le permitía entrar de frente).
lo que siguió fue muy
breve: después de ordenar dos cafés, me dijo que era igual que todos, una
basura, me tiró el reloj sobre la mesa, se levantó y se fue llorando.
si en esta historia hay
algo que es seguro, es que nunca la voy a olvidar.
manocruel ©