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| Asunto: | [CRODESLI] JIS 4 | | Fecha: | Lunes, 17 de Marzo, 2008 10:03:15 (-0600) | | Autor: | Jose Luis Mejia <jlmejia @.....com>
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============================================================== Si
por a, be o zeta razones no han recibido las tres primeras partes de este
interminable artículo "JIS" y desean leerlas (gracias por la paciencia), las pueden hallar en la
siguiente dirección: http://desdetexcoco.blogspot.com/. ==============================================================
JIS
4
El procedimiento para obtener una entrevista con
uno de los reclutadores es muy sencillo y deja de lado cualquier modernidad
tecnológica. Me explico, uno llega a las
siete de la mañana al hotel (muchos se alojaban allí, otros estábamos en uno
cercano, algunos, como Jessica, se pasaron la noche en casa de algún pariente y
otros pocos, como Marc, habían rechazado los grandes hoteles de los alrededores
y se alojaban en hoteles más tradicionales en el centro de Boston) y se pasea
por el gran salón donde ya a esa hora se han colocado infinidad de mesas detrás
de las cuales –pegados en la pared– se hallan grandes papeles en los que cada
colegio se identifica y declara cuáles son los profesores que necesita ("no hay
más lista actualizada que ésta, todo lo de Internet es obsoleto frente a esta información",
me explicaba Jessica, con quien me encontré en la puerta del hotel y quien,
como yo, estaba en el grupo de los madrugadores).
Cuando el bus de las 6:45 nos dejó, aún no eran las
siete. Sin embargo, la fila de los impacientes
insomnes que esperaban ya tendría unas cincuenta personas; eso no era nada, en
unos minutos más seríamos quinientos. Se
abrieron las puertas del salón e ingresamos.
La gente se desplazaba desordenadamente, como tratando de ubicar presurosa
los colegios que se encontraban en la cima de sus preferencias (como yo no
tenía, en estas nuevas circunstancias que he declarado, más pretensión que
obtener un trabajo, miraba indiferente el apuro de los demás y avanzaba pausado
por el amplio ambiente saturado de profesores vestidos con sus mejores telas
–lo que no deja de ser una ficción, porque así no se imparten las clases, salvo
algún colegio demasiado tradicionalista y conservador, más inglés que
norteamericano–).
Caminaba a lado de Jessica quien, de pronto, sacó
de la cartera ese block que no la abandonaba y empezó a escribir con la
dedicación que suele hacer las cosas. "¿Qué
anotas?", pregunté curioso, "hago una lista de los colegios que necesitan
profesores de música, la comparo con la que ya tengo, borro los que ya no
tienen vacantes, agrego los que tienen nuevas vacantes, y hago un mapa del
salón para saber a dónde debo dirigirme primero". Sí, así es ella, en ese momento no supe si
envidiarla o agradecer a mis genes por el caos bohemio que me ampara. Frente a esta muchacha tan ordenada, tan
previsora, tan lista para salir airosa del trance que se avecinaba, me encontré
arrastrando –sin demasiada atención– la mochila donde iban mi computadora (probablemente
el único bien material al que hoy el guardo cierto aprecio, salvo que tomemos
en cuenta mi ropa extra grande que solo hallo en algunas ciudades del mundo
donde la obesidad no es una mala palabra sino un buen negocio), las veinte
copias de mi currículum y algunos ejemplares de los libros que me han publicado
(estos como un as bajo la manga porque los escritores, quién sabe por qué,
tenemos cierta impunidad laboral y cierto prestigio social). "¿No vas a
anotar?", me preguntó cuando ya terminábamos de dar la vuelta al lugar y yo la
miré con los mismo ojos de incertidumbre que veo cada vez que no sé algo y que,
lo descubrí con los años, despiertan no sé qué oculto instinto materno en las
mujeres; "vamos, yo te anoto", me dijo la bella, joven y amable, maestra de
música y recorrimos nuevamente el espacio repleto de profesores y profesoras
que no lograban ocultar su nerviosismo debajo de sus camisas recién planchadas
y sus decentísimas faldas debajo de las rodillas.
A las ocho ingresaron los reclutadores. Se colocaran en sus mesas. Empezó el baile. Frente a la zona destinada a cada colegio se
fueron formando filas –unas largas y otras cortas, dependiendo de quién sabe
qué acto de selección y discriminación que los postulantes entendían de perlas
y que para mí sigue siendo tan misterioso y fascinante como la fe, el amor y un
helado servido justo en la mitad del invierno–.
Ante las mesas donde los reclutadores coordinaban febrilmente sus citas,
desfilaban uno por uno los aspirantes. Los
directivos de las instituciones tenían un minuto o dos, para verificar si te
conocían (si ya les habías escrito previamente) o para darle una mirada, a
vuelo de pájaro, al currículum que les entregabas. Leían, te veían, te escrutaban unos instantes
con la experiencia de lo que llevan años leyendo a las personas en pocos
segundos, conversaban dos o tres palabras entre ellos y te daban una cita o te
decían "lo siento, no es lo que estamos buscando" o acudían al "en este momento
no tengo espacio libre para dar citas, pero déjeme su hoja de vida y si se
presenta la ocasión nos comunicamos con usted", una frase vacía, pero llena de
esperanza (claro, hay variaciones, en la mesa de Rusia, por ejemplo, una
amabilísima mujer me dijo "tienes la experiencia que necesitamos y me
encantaría contratarte, pero en la República Rusa, por cuestiones de visa, solo
contratamos norteamericanos e ingleses", ni modo).
Así pasaron dos horas. A las diez vaciaron el salón, cambiaron los
papeles, pusieron otros de otros colegios con nuevas vacantes y, nuevamente, empezó la segunda ronda de la cacería
de una cita que pudiera ser la promesa de un trabajo en algún rincón del mundo. Con tantos colegios participantes y más de medio
millar de candidatos, no había lugar en el hotel donde pudiéramos estar todos
juntos, por eso la división.
Haciendo uso del plano que la amabilidad de Jessica
me había dibujado, me dirigí a las mesas que buscaban profesores de castellano
y elegí, primero, las filas más cortas (ya Sally lo había advertido "no
desprecien un colegio porque no sepan dónde queda o les suene un lugar muy
lejano o les cause temor no saber nada de esa región, todas las instituciones que
participan en esta feria han sido verificadas por la Asociación y son extraordinarios
lugares para trabajar") y, una vez que había asegurado algunas entrevistas,
hice las colas más largas (generalmente en colegios muy grandes con mucha
oferta de trabajo). El trámite fue
sencillo y expeditivo; esas primeras horas pasaron feroces.
A las doce del día se dio por concluida esa etapa. Los reclutadores se levantaron y se marcharon
a sus habitaciones, convertidas en improvisadas oficinas, donde entablarían
decenas de conversaciones con decenas de desconocidos a los que, con las
preguntas precisas, con la experiencia acumulada, con el ojo acostumbrado a "leer"
a las personas más allá de sus papeles y recomendaciones, con todo lo aprendido
en años de trabajo como administradores, tendrían que discriminar en un "este
sí me interesa, éste no" a todos los profesores que nuestras mejores telas y nuestras
mejores sonrisas nos presentábamos como "la opción", como la mejor elección en
ese mar de centenas de maestros buscando trabajo.
Concluida la primera parte de proceso todos estábamos
allí, con nuestras pocas o muchas entrevistas pactadas, listos para empezar. Las citas que había logrado pactar serían
todas mis citas posibles (aunque al día siguiente se abrió una especie de
"última opción" donde los colegios, que aún no contrataban, daban una nueva
ocasión para conseguir una entrevista para el sábado en la tarde o el domingo
en la mañana; fui por curiosidad, realmente eran pocas las oportunidades de
trabajo que quedaban, aunque en el tema de las oportunidades sabemos que –como
en la lotería– basta con una, si es la premiada).
Yo obtuve nueve citas (tres de las cuales habían
sido pactadas con anterioridad con los benditos mensajitos que te dejaban en el
folder y que solo se reconfirmaron allí; por ejemplo, un reclutador de un
colegio en China, me vio en la fila, me llamó y me dijo "sabes que estamos
interesados en ti, ¿nos vemos a las dos?", y eso fue todo); Jessica consiguió quince; Marc, con quien
luego nos encontramos y quien tenía muy claro a dónde quería ir y a dónde no, tenía
pactadas un poco más de media docena de reuniones (buenos número, porque
después supe de otros que solo consiguieron tres o cuatro).
Terminada la primera función uno se halla con un
montón de papeles en la mano y las promesas de "a tal hora conversamos", con su
riesgo de nada y de silencio, con sus angustias previas, sus nervios, su
espera, su andar por los pasillos dando vueltas, su reloj consumiendo el tiempo
y la entereza, sus idas y venidas, sus personas que suben y bajan por las
escaleras o los ascensores con cara de "este trabajo es mío" o, a la vuelta,
con esa expresión imprecisa de "¿me habrá ido bien?". Las "ratos libres" son odiosos, el tiempo
entre entrevista y entrevista es una especie de hoyo negro del que todos huyen
revisando nuevamente folletos, encartes, propaganda, buscando en Internet (que
a mí se me asemeja a ese árbol de la sabiduría del Bien y del Mal del que leí
en las viejas leyendas de la religión en la que me criaron mis padres),
buscando información, buscando detalles, buscando experiencias previas,
buscando los mapas o las fotos de las ciudades donde están los colegios a los
que se aspira como si "ver" ese mundo sirviera para hacerse una idea del
futuro.
Así el compás de espera empezaba a desesperar, con
el minutero que no avanza o que avanza muy rápido, con su no saber, con su expectativa,
con la urgencia de sostener la compostura y no dejarse ganar por la humanísima
tentación de salir corriendo…
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