JIS 9
Como bien decía Borges, "la solución del misterio
es siempre inferior al misterio", por ende, seré breve.
Me dirigí al ascensor para acudir a mi octava cita,
esta vez con un colegio en Rumanía (cuya ubicación me emocionaba pero cuya
labor –con niños de cuatro a ocho años– me llenaba de espanto). Mientras esperaba, me encontré nuevamente con
Philip, "¿y?", me preguntó. Le conté que
tenía dos ofertas "firmes", Emiratos e Indonesia, le pedí consejo. "Emiratos es muy buen lugar para trabajar
pero Indonesia es extraordinario, es una de las escuelas más prestigiosas, sus
profesores son tan codiciados que dicen que después de trabajar en Jakarta
puedes irte a trabajar a donde quieras".
"Sí, –respondí distraídamente, mareado en mis propias divagaciones, sin
reparar demasiado en lo que me decía– lo estoy pensando." "¿Lo estás pensando?", retrucó sorprendido,
sin ese tonito irónico y burlón que lo caracteriza; algo sucedía… "¡Después de
que he hablado con ellos por una hora!".
Lo miré y entendí. "Ese dato me
faltaba", dije y él no comprendió nada. Pronuncié
"gracias" y me fui, iluminado.
Con Rumanía fue una amable conversación sobre…
Emiratos e Indonesia. Tammy, una
encantadora y hermosa mujer en la última recta de su cuarentena, me recibió con
mucho entusiasmo aunque de inmediato vio en mi rostro eso que solo las mujeres que
son madres pueden ver y me preguntó: "¿ya tienes ofertas que te interesan, no?". La miré arrepentido y culpable, ella
sonrió. Le dije que sí y coincidimos en que,
con dos propuestas para enseñar en secundaria, la posición que ella tenía, en
primaria, no era la ideal, "si te di una cita aunque no tienes experiencia con
niños, fue por tus libros infantiles y tus recomendaciones, me gustaron". De allí en más me contó de sus vivencias
tanto en Medio Oriente como en Asia; tenía ya más de veinte años en el circuito
de colegios internacionales. Me habló de
ventajas y desventajas, de costumbres y tradiciones y, como si se tratara de
una vieja amiga, me dedicó media hora de su tiempo (que en esas circunstancias
es crucial) dándome todos los consejos imaginables para hacer más llevadera mi próxima
vida de profesor expatriado.
Lo que vino después fue un trámite, un paseo por el
hotel.
Primero, a Corea, a decirle a la amable señora que
allí me esperaba, que declinaba la cita que tan gentilmente me dio porque "ya
he aceptado una oferta de trabajo"; luego, a Indonesia, a decirles "sí"
(sonrisas, estrechadas de manos, abrazos, congratulaciones, bienvenidas, "por
ahora no hay nada que firmar, nos basta con tu palabra, mañana te llegará un
correo haciéndote un ofrecimiento formal, sólo tienes que responderlo y el
proceso comenzará"), y, finalmente, a Emiratos.
Alan me saludó con esa amabilidad tan natural, con
ese gesto tan humano, que es imposible que sea impostado. Recibió el "no, gracias" con la misma calma
con la que habla y me dijo "así es este negocio, no te preocupes". Me preguntó por el nuevo trabajo, en dónde
era, qué tan buenas eran las condiciones y, después de escucharme narrarle toda
la historia, reflexionó: "es difícil competir con esa oferta, si yo estuviera
en tu posición hubiera tomado la misma decisión". Nos despedimos como dos amigos que se
frecuentan (y algo me dice que volveré a verlo).
Todo lo demás era previsible; las congratulaciones,
las risas, los saludos, los buenos augurios,
la camaradería entre los extraños que allí nos reunimos ese fin de
semana. Hablé con Sally, quien recibió
feliz la noticia, como si de un hijo suyo se tratara, hablé con Philip y con
Carol que celebraron la nueva y me felicitaron.
Era sábado en la noche y la feria terminaba para
mí.
Marc aceptó un puesto en Tailandia (así que nos
veremos), Jessica se nos marcha a Polonia (que eligió entre media docena de muy
buenas ofertas), Gail irá a explorar el Medio Oriente en una escuela en Dubai y
Maki decidió permanecer un año más en México.
De los otros supe que Judy optó por Brasil y que Randall andaba
persiguiendo la posición en Argentina. A
la interesante cubana, no la vi más.
El domingo en la mañana partí rumbo al aeropuerto. Aún les debo una larga visita a Nicolás y a
Paco, a Simón y a Varún, a Stephanie y a Caterina, mis ex alumnos, mis amigos
ahora, que tan bien me recibieron y con quienes pasé esas noches comiendo
hamburguesas y conversando interminablemente, con tanta calidez que el feroz
frío de Boston pareció deshacerse.
Ahora estoy acá, en este Distrito Federal que luce
más soleado desde que sé que me voy, como si me dijera "quédate", como si sus
calles me invitaran a seguir recorriéndolas, como si sus cafés me ofrecieran un
último capuchino, como si el metro prometiera llevarme por nuevas rutas a
nuevas estaciones y nuevos destinos, como si fuera posible hacerme una vida
acá, rehacerme, completarme, hallar la extraviada ruta de mí mismo. Pero ya lo dijo César, "la suerte está
echada", y me lanzo a este nuevo reto entusiasmado y curioso, como el niño que
fui, como el niño que soy –a veces– cuando llueve en las tardes, cuando sonríe
una mujer, cuando canta un pájaro, cuando llora un hombre, cuando el sol y la
luna se ven a un mismo tiempo. Me figuro ya entrando a mi nuevo salón con la
misma emoción con la que ingresé a mi primera clase; María Gracia, mi primera
ex alumna, a quien hace tanto quiero, no me dejará mentir.
Las naves arden en la orilla, el pasado es un
montón de recuerdos (a veces cálidos, a veces crueles, pero indispensables) y
no soy de los que se detienen a esperar que la salvación o la muerte vengan del
cielo. Sigo andando y, si los viejos dioses
quieren, el próximo veinticinco de julio pisaré, aún con treinta y ocho años,
Jakarta, Indonesia, Asia; y empezaré, una vez más, otra jornada.
México D.F., 20 de abril del 2008