| Asunto: | [CRODESLI] JIS 5 | | Fecha: | Lunes, 24 de Marzo, 2008 18:34:22 (-0600) | | Autor: | Jose Luis Mejia <jlmejia @.....com>
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JIS
5
A las doce empezó la segunda fase. Al concederte una cita, los reclutadores te
daban su número de habitación, transformaba en oficina, donde se concretaría la
reunión. La media docena de ascensores
se hallaba saturada por centenas de profesores que subían y bajaban
frenéticamente (hubo los deportistas de escalera, pero solo hablar de ellos me
cansa). Resultó interesante ver cómo, en
un primer momento, las sonrisas se suspendieron como si nadie supiera bien en
qué terminaría todo esto de las entrevistas, luego volverían, impostadas y practicadas
hasta el cansancio, como la muestra de que las cosas empezaban a adquirir su
exacta dimensión.
Era gracioso ver a los candidatos arreglándose la
corbata, ordenándose la falda, acomodándose el cuello, retocando a última hora
el maquillaje en una enésima revisión frente al espejo de la polvera, revisando
que los zapatos estuvieran bien lustrados, inspeccionando otra vez el peinado
en el reflejo metálico de la puerta del ascensor y, en general, concentrando la
inteligencia en la tarea de parecer todo lo bueno que sus currículos y cartas
de recomendación decían (a estas alturas ya había descubierto que eso de "la
imagen es todo", que dice cierta propaganda de gaseosa, resume la filosofía de
quienes evolucionaron la publicidad del arte que era a la ciencia que es, y ya
no me sorprende –y supongo que a los reclutadores tampoco– leer "hojas de vida"
que confunden el extracto académico-laboral con una obra de ficción; ¿será por
eso que muchos mostraban una excesiva preocupación por el atuendo o es que me
estaba volviendo paranoico?).
Mi primera cita fue pactada para las doce y media,
así que no tuve que correr. Contaba con
tiempo suficiente para observar cómo los demás apuraban el paso mientras yo
avanzaba lentamente hacia mi destino. Llegué
al piso correspondiente, toqué la puerta y me recibió un señor en su
cincuentena, amable y cordial, era el representante de un colegio en un país
del Medio Oriente.
Todo parecía empezar bien, pero la situación pronto
se tornó desalentadora.
El reclutador, que leyó mis papeles frente a mí (supongo
que no le dio tiempo de hacerlo antes), me preguntó: "¿tienes título de
profesor?", con lo que me di cuenta que no había revisado mis datos con la
calma necesaria. Le expliqué lo que
estaba prístinamente esclarecido en mi currículum, que no tengo título de
profesor pero que hace veinte años que dicto clases, que soy Bachiller en Derecho,
que estudié una Maestría y un Doctorado en Literatura, que, además, estudié un curso
de titulación en pedagogía y que, como estaba señalado en mis documentos, no
había hechos esos benditas tesis por lo cual tenía muchos certificados de
estudio pero solo un título.
En esos momentos pensé en mi padre y en toda la
razón de sus razones "si quieres sé matador de moscas, pero con título", él, un
hombre cuyos conocimientos rara vez he hallado en otras personas, un hombre
curioso que jamás dejó de estudiar y que siempre estuvo aprendiendo algo y en
cuyo cerebro almacenaba más sabiduría que la de casi todos los demás seres
humanos que he conocido, nunca obtuvo un
título, nunca se hizo del cartón ése que dijera "sí, él sabe lo que
certificamos acá" y vio cómo muchos, con menos luces, con menos conocimientos,
con menos capacidades, obtuvieron ventajas por el mero hecho de tener el
bendito cartón. "Un título no es
garantía de nada", me repetía, "pero en el mundo escolarizado de hoy es
indispensable". Creo que tanto me atormentó
con aquello de "ten un título" que jamás lo obtuve –claro, tengo el
Bachillerato en Derecho para el cual te exigían haber aprobado todos los cursos
de la carrera, pero podría tener cuatro más–.
Tendría que preguntárselo a mi psiquiatra –cuando contrate uno– pero
supongo que esa insistencia paternal hizo nacer en mí una especie de aversión
por las tesis; cada estudio que he emprendido lo he terminado, no obstante,
hacer las tesis me genera cierta urticaria paralizante e inmanejable y, a pesar
de que he enseñado "Metodología de investigación" en la universidad y a pesar
de que he sido asesor de varias monografías –todas aprobadas– en el
Bachillerato Internacional, nunca he querido (o podido) embarcarme en una. El día que den títulos por escribir libros,
me apunto con un par…
Estaba pensando en mi padre y sus ignorados
consejos cuando nuevamente la pregunta del entrevistador laceró mis castos oídos:
"¿tienes título de profesor o algo similar?".
Renuncié a repetir lo que ya le había explicado, renuncié a mostrarle de
nuevo las copias de mis certificados que prueban más de once años de estudios universitarios,
y dije lacónicamente: "no". Él lo
lamento mucho, se deshizo en elogios "por tu excelente resumen y tus magnifica
referencias", pero me dijo que en el país donde estaba el colegio que él
presidía era indispensable el título de profesor para que se me otorgara la
visa, que "un gusto" y "buenas tardes".
Debo confesar que su honestidad fue algo así como
un golpe directo al pecho, pero como no sé perder la compostura y la función
debe continuar, le sonreí, le dije que apenas sacara mi título le avisaría y caminé
hacia la salida tan entero como entré.
Él me acompañó amable y en la puerta se despidió de mí al mismo tiempo
que le daba una cordial bienvenida al otro candidato que esperaba en el
corredor. Lo saludó con la misma
sonrisa, la misma simpatía, el mismo gesto seguramente mil veces repetido en
otras tantas ferias y entrevistas. Yo me
fui.
Ya en el ascensor, el peso de los catorce pisos del
edificio me cayó encima. Una noche sin
luna y con el cielo encapotado no podría ser más negra. La desolación –esa bestia hambrienta de
nuestras derrotas– mostró sus dientes.
No perdí el aplomo, porque, como es sabido, no es
dable perderlo en medio de la batalla y Benedetti tiene razón cuando dice "está
prohibido llorar sobre los libros / porque no queda bien que la tinta se corra". Sin embargo, me pregunté, como casi siempre
me pregunto, si todo esto valía la pena, si el esfuerzo se justificaba, si todo
lo apostado en esta jugada tenía un sentido, si mejor no fuera dar media
vuelta, hacer maletas, regresar por donde vine y terminar refugiado en la casa
de mis padres.
Ah, las preguntas; ¿desde cuándo me las hago, desde
cuándo sé que no tienen respuesta o que la respuesta no es única –que es lo
mismo–? No lo sé, pero lo que sí tengo
claro es que no hay nada más adecuado para un millón de preguntas abstractas
que unas cuantas respuestas concretas.
Los hechos suelen marcar nuestro rumbo y las divagaciones intelectuales
no dejan de ser un hermoso ejercicio que nos sirve para que el cerebro no se
oxide y para que nos alejemos de la terrible posibilidad de convertirnos en
autómatas –tema fascinante, sobre todo ahora con tanto joven que vive en el
autismo, voluntario y perpetuo, entre la computadora, el celular, el ipod y la
televisión–. Así que las preguntas
cumplieron su cometido, trajeron reflexiones
y las reflexiones obligaron respuestas. Respuesta
simples, sencillas, pedestres, pero indispensables en ese momento.
Lúcido ya, entendí que mis padres murieron en junio
y en octubre de dos años distintos hace ya demasiado tiempo, que la casa miraflorina
que era de ellos, y donde pasé mi última juventud, nos la compró mi hermana,
que en Lima mi puesto de profesor había sido ocupado por otra persona hace dos
años, que en México no tengo un empleo fijo y que el trabajo por horas es muy
cómodo pero muy poco rentable en una ciudad tan cara como el Distrito Federal,
que ya estoy viejo para desalentarme y demasiado a destiempo para pedir auxilio;
entendí mis circunstancias y entendí a Ortega y Gasset (a quien jamás leí a
profundidad pero cuya frase, absolutamente descontextualizada, siempre me ha
perseguido), entendí sobre todo a Cortés, a Hernán Cortés, el conquistador de los
Aztecas, quien a sus treinta y cuatro años decidió jugárselo todo y quemó sus
naves para que no hubiera opción de volver atrás, para que la tentación
del regreso se topara con la imposibilidad real de una vuelta sin sentido, para
que la cobardía –si llegaba– no hallara puente, sendero ni camino y tuviera que
hacerse "valor y hacia adelante", así como cuando el hombre descubre que nunca
más puede ser niño. De esa manera,
pensando en Cortés, se detuvo el ascensor y me encontré en el primer piso donde
las caras forzadamente sonrientes de cien mil profesores me hicieron entender que
el juego aún no había terminado y que quedaba aún mucho destino.
Caminé hasta nuestro "cuartel general". Jessica, Mark y yo nos habíamos apoderado de
"nuestra" mesa y allí prometimos juntarnos después de cada entrevista. Además, al grupo se habían unido Gail –mi
antigua compañera de trabajo en Lima– y Maki –una simpática japonesa que vivía
en México y que, como yo, buscaba trabajo de profesora de español, aunque ella
tuviera como prioridad enseñarles a niños de seis años, algo bastante remoto
entre mis expectativas–.
Les conté a todos lo sucedido. Me escucharon con la solidaria atención de
estas amistades nacidas en medio de una situación forzada y estresante donde,
de alguna manera, todos nos jugábamos el futuro inmediato.
Jessica, serena y hermosa, dijo: "que no tengas
título de profesor no es determinante, es solo un poco más complicado" y Marc,
cínico y leal, afirmó que yo no iba a
tener problema en obtener un trabajo, "¿cuántos hablan tanto como tú y se
manejan con esa seguridad y esa autoestima?", "sólo tú, Marc", respondí,
"exacto", retrucó el gringo, "pero yo enseño Física y no Literatura, así que no
soy competencia para ti". Todos nos
reímos de buena gana. Mi ánimo cambió
por completo y me fui, como quien va decidido al combate (con la decisión de
quien sabe que todas sus viejas naves arden en la orilla) a mi siguiente
reunión.
Eran las dos de la tarde, y el colegio quedaba en China.
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