| Asunto: | [CRODESLI] JIS 3 | | Fecha: | Domingo, 9 de Marzo, 2008 13:07:14 (-0600) | | Autor: | Jose Luis Mejia <jlmejia @.....com>
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JIS
3
Nuestra primera reunión era "solo de postulantes"
(la de "solo reclutadores" había sido antes).
Cuando se fue acercando la hora, los que allá estábamos, en los "salones
para profesores", esperando y consumiendo el tiempo mientras distraíamos
nuestro nerviosismo, unos –los muchos– sumergidos en sus papeles, revisiones de
libros, manuales y páginas de Internet, y otro –los pocos– con bromas, risas y el
suficiente cinismo que nos permitiera sobrevivir a la tensión que, como un olor
que se cuela imperceptible hasta que se apodera del ambiente, se hallaba allí
entre nosotros, recordándonos dónde estábamos y por qué nos encontrábamos allí (finalmente,
la verdad era que íbamos a buscar trabajo y, salvo uno que otro excéntrico que busca
empleo porque está aburrido de sus millones, todos los demás mortales
necesitamos desarrollar ciertas actividades laborales que garanticen esas
vulgaridades como pagar la renta, el teléfono, el gas y, claro, las
hamburguesas).
Llegada la hora, todos, como movidos con invisibles
relojes cuyas alarmas sonaran al unísono en nuestras consciencias (a eso se le
llama angustia, en cristiano), nos levantamos y, con una calma más fingida que
real, avanzamos hacia los ascensores; allí, unos pasos más adelante, se abrían
las puertas de un futuro incierto como todos los futuros (aunque la
incertidumbre con trabajo suele ser más llevadera). Era una maravilla lo que allí se veía, todos
nos comportábamos civilizadamente, actuando como cualquier profesor que se
precie, esperando en la fila con paciencia y avanzado con calma como si
realmente nada nos alterara.
Entramos. El salón donde se
desarrollaría la reunión era el mismo que al día siguiente iba a ser el primer
campo de batalla, pero aún faltaba para eso.
El ambiente era inmenso, como para una recepción de vestido largo. Habían sido dispuestas varios centenares de
sillas plegables y, cuando logramos entrar, estaba lleno de tope a tope. Nos encontrábamos allí todos los profesores
que pretendíamos hallar un trabajo ese fin de semana y todos, ¡oh maravilla de
la escenificación!, sonreíamos amables, mirábamos con confianza, y nos comportábamos
como si en realidad se tratara de una reunión de camaradería del club social o
el té de las vecinas del barrio. Solo en
este momento pude darme una idea clara de cuántos éramos y de cómo éramos; un
grupo variopinto de mujeres y hombres, jóvenes y mayores, experimentados e
inexpertos. Sin embargo, los jóvenes –donde
supongo que yo ya no me debo contar– formaban el grupo mayor. Muchachos y muchachas que difícilmente llegaban
a la treintena y que, en ese momento que consideraban ideal, se disponían a
iniciar esta aventura de andar por el mundo dictando clases en lugares tan distintos
uno del otro –en kilómetros, en costumbres, en realidades– como Lima y Jakarta,
como Budapest y Abu Dabhi. Otros, como
yo, estábamos allí porque las circunstancias, ese alrededor inestable como las
olas del mar, nos ponían de nuevo a cabalgar, en lomos de la aventura, por las
arenas inciertas de los grandes cambios.
Si bien no se dijo nada reveladoramente nuevo en la
reunión, por la reacción de muchos de los allí presentes, me di cuenta de lo
que para la experiencia de los organizadores es evidente, son pocos los que
leen los correos y menos los que siguen las instrucciones (si eso pasa entre
maestros, ¡imagínense que pasa con los alumnos!).
La voz cantante la llevó John, el creador de esta
organización que ya ha colocado a más de mil quinientos de sus asociados en
puestos de profesores, directivos y administradores en decenas de escuelas
internacionales alrededor del mundo. Sin
duda, debió haber sido un gran profesor, sencillo, jovial y divertido, un viejo
zorro que sabía cómo distender la atmósfera cargada de preocupación y ansiedad. Hizo mucho más que repetir las mil
indicaciones que ya nos conocíamos de memoria, pasó rápidamente por lo que supuso
que ya sabíamos (aunque luego algunas preguntas demostrarían la poca atención
que muchos le dieron a los mensajes que nos habían enviado) y luego se dedicó a
contarnos una serie de anécdotas sobre la vida de los profesores
internacionales, anécdotas que ubicaba en África, en Asía o en Sudamérica, lugares,
todos ellos –incluida nuestra América Latina–, tan exóticos, distantes,
lejanos, novedosos y llenos de misterio para la gran mayoría de los que allí se
hallaban (de los quinientos que éramos no supe más que de diez latinos y, salvo
una muy simpática señora nicaragüense y yo, los demás eran más gringos que los
rubios que por allí andaban, latinos de origen pero –segunda o tercera
generación de cubanos, puertorriqueños o centroamericanos nacidos allá– criados
en las costumbres y aún en el idioma de Shakespeare para quienes una hamburguesa
es lo habitual y los Andes o el Amazonas les son tan ajenos como el Himalaya o
el desierto del Sahara). Las historias tenían
un objetivo, graficar lo interesante y lo emocionante que puede ser la vida "en
el extranjero" y John las contaba con la maestría de quien tiene años en el
oficio, con ese humor tan correcto de los norteamericanos, ese humor casi naif,
casi inocente, ese humor que a veces a nosotros, los latinos, nos suena tan
extraño.
Todas las historias iba al mismo lugar, al mismo
demostrarnos lo interesante de la situación y alentarnos a armarnos de valor
para iniciar la jornada del día siguiente. La intención era tranquilizarnos, convencernos
de lo emociónante de este juego y hacernos partícipes de la idea de que, sin
importar los resultados –consigas trabajo o no– era una experiencia digna de
ser vivida. Estuve de acuerdo; "al menos
escribiré un artículo", le dije a Jessica quien, distrayéndose un instante de
las mil notas que tomaba en su block, me respondió con esa infinita y natural
sonrisa que la redime de cualquier culpa y neurosis. Marc, más pragmático e irónico, dijo que
felizmente no tenía que convencerse de nada "en mi caso, el peor escenario es
que me retiré a la casa de mi hermano en las montañas con mi pensión de
jubilado…", "¿puedo odiarte?", le dije y él, me dijo un "por supuesto" con un delicioso
sarcasmo que solo los discípulos de Diógenes entendemos sin ofendernos.
Luego, una hora después, levantada la sesión
principal, los "nuevos", es decir, los que íbamos a una feria de trabajo por
primera vez, permanecimos allí y nos juntamos alrededor de Sally dispuesta a
emanciparnos de cualquier duda. Fue una
hora más de lugares comunes y preguntas irrelevantes (una vez más, Sally no tuvo
la culpa de que muchos no leyeran las mil indicaciones y recomendaciones que
ella, tan ordenadamente, nos hizo llegar), sin embargo, se hicieron dos o tres
buenas acotaciones en las que Sally profundizó y se nos aclararon ciertas cuestiones
sobre cómo manejarse con los entrevistadores y cómo comportarse en medio de una
serie de situaciones complicadas o embarazosas que podían surgir, aunque la recomendación
final fue obvia: "sé tú, sé natural" y al diablo con Hamlet.
Sally explicaba que la "batalla" comenzaba al día
siguiente; una particular lucha en la que muchos profesores están buscando
hacerse de una de las pocas vacantes que los colegios ofrecen de su materia. Nunca manejé las estadísticas y sé que
oficialmente no las había (porque Sally jamás hizo mención de ellas), sin
embargo, supe desde la mañana, por un viejo compañero de trabajo que me
encontré allí, que alguna información existía, al menos extraoficial, porque él
se hallaba de lo más tranquilo ("hay diez vacantes alrededor del mundo y solo
hemos venido tres profesores de teatro", me dijo muy confiado mientras nos
saludábamos). Pero no solo me encontré
con Randall y su confiado manejo de las estadísticas (y de las mujeres),
también hallé que a la feria asistía Gail (cuya hija, Camilia, fue alumna mía)
y Judy (también profesora en el colegio donde todos nosotros trabajamos). Luego Gail me presentó a la bibliotecaria del
colegio que me conocía "por tus libros", quien, junto a su esposo, también se
hallaba en la feria buscando un nuevo destino para los próximos dos años (que
es el tiempo habitual de los contratos ofrecidos por los colegios, tanto porque
muchos de estos profesores prefieren vivir deambulando por el mundo como
porque, supongo, es una manera de curarse en salud si el maestro –al que solo
conocieron por la feria y del cual solo saben por las referencias de sus ex jefes
– no resulta ser tan extraordinario como las cartas de recomendación y las
evaluaciones sugerían).
Terminadas las rondas de preguntas y respuestas,
Sally dio por concluida la reunión y nos recomendó "descansar para la jornada
de mañana"; obedientes, todos abandonamos lentamente el lugar. Serían las ocho de la noche cuando nos
despedimos. Jessica partió a la casa del
tío que la hospedaba, a cuarenta minutos de distancia, Marc se fue al tradicional
hotel en el centro que obtuvo por un mejor precio ("soy frugal"), Gail se
dirigió a su habitación, puesto que se alojaba en el mismo hotel del evento y
yo, junto a otra docena de profesores, tomamos el bus que graciosa y
gratuitamente nos devolvió al edificio que nos alojaba.
El camino de regreso, de unos seis o siete minutos,
fue silencioso, todos los que estábamos en el bus andábamos demasiados abstraídos
en nuestros pensamientos como para mantener una charla siquiera casual. Al día siguiente, a las siete de la mañana, comenzaría
una fraternal y amable batalla –pero batalla al fin– por conseguir una de las
vacantes ofrecidas por los colegios que a la feria habían acudido. Todos tenían
claras sus preferencias, todos –según había conversado con mis nuevos
compañeros de aventura en las horas de espera– habían realizado averiguaciones,
habían revisado manuales, brochures,
encartes y páginas web y, al parecer, apuntaban a una o dos posibilidades que los
seducían, ya fuera por lo exótico del país, por el prestigio de la institución
o por el paquete económico que ofrecían.
Yo –reincidamos en las confesiones– solo buscaba un
trabajo. Cuando temprano en esa tarde le
había dicho a Jessica: "si me contratan para dictar Suajili en Katmandú diría
que sí" había sido absolutamente honesto, aunque ella, seducida por la delicia
del sarcasmo, había reído de tan buena gana que hasta yo llegué a convencerme
de que mi frase desesperada no era sino una broma. En nombre de la esperanza –el don más bello e
inútil que se nos ha otorgado– me fui a dormir creyéndole a Eddie, mi viejo
amigo, y ese "creétela y verás que conseguís laburo".
México D.F., 09 de marzo del 2008
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