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Asunto:[LEA-Venezuela] Cuando el Dinero pretende reemplazar a la Cultura !!!
Fecha:Jueves, 4 de Septiembre, 2008  08:23:31 (-0400)
Autor:Euro Murzi <murzie @...ve>

Voy a narrarles un extracto de “La Caracas del Petróleo” escrita por
Aquiles Nazoa (1920-1976) en su libro “Caracas Física y Espiritual”
editada en 1967 por Editorial PANAPO.

 El torrente de dólares desbordados sobre el país por la
multiplicación
de las concesiones petroleras y la explotación del hierro en el Sur, se
tradujo para Caracas en un crecimiento demográfico de cuatrocientos mil
habitantes en 1945, a un millón doscientos mil en 1954. Y para enfrentar
el gran problema de alojamiento y circulación que planteaba la nueva
Shinar en que se había convertida nuestra pequeña capital en tan pocos
años, surgió una industria de la construcción en que se definen las dos
tendencias que hoy dominan en el país: junto a la mentalidad cosmopolita y
sensación de fuerza que parece orientar al Estado en sus inmensas
edificaciones y obras viales, insurgen los miles de mamarrachos en que
una clase media ensoberbecida proclama su primitivismo estético y su falta
de cultura. Suplantada definitivamente la economía agraria por la basada
en la producción de materias para los Estados Unidos, las arruinadas masas
del campo se volcaron sobre la ciudad, y al constituirse en mayoría
dominante sobre la población caraqueña propiamente dicha, le impusieron a
la capital sus modos elementales de vida y sus gustos rudimentarios.
Puesta bajo la égida de aquella inmensa miseria transmigrada que invadió
con ranchos de cartón y latas viejas sus serranías, sus ojos de puente,
sus quebradas, sus vías férreas y las adyacencias de sus urbanizaciones y
parques, Caracas volvió a ser la ciudad-ranchería de los tiempos
anteriores a Guzmán Blanco, con sus hombres peludos de camisa por fuera
que no se peinan ni asean, con sus turbas de niños semidesnudos que
duermen en los portales, con sus parques donde los nutridos grupos de
vagos toman el terreno de los jardines para jugar con rurales bolas de
piedra, con sus calles llenas de gente “echando cocos” en los días de
Semana Santa, con sus ventas de hallacas y fritangas en pleno centro de la
ciudad sobre un cajón y un anafre de lata, con sus turbas de buhoneros que
amontonan en las aceras encima de lonas sucias y cajas desvencijadas sus
cerros de baratijas y trapos como en una feria campesina. La brujería y la
superstición, como en los pueblos aldeanos en los días de la fiesta
patronal, se convirtieron en próvidas industrias. Una política inmigratoria
impuesta desde el exterior volcó sobre la ciudad miles de pobres
inmigrantes iletrados, procedentes de las capas sociales mas atrasadas de
Europa, entre los que no faltaron los viciosos y los criminales de guerra.

Las mejores casas antiguamente destinadas a vivienda en el centro de la
ciudad, devinieron en sórdidos hospedajes enlaberintados de tabiques y
bullentes de inmigrantes y campesinos recién llegados; y a sus fachadas se
le cercenaron apresuradamente las ventanas para trasformar las salas en
tenduchos, en sucias tabernas, en tallercitos de remendones, en ventas de
comida. La constante tensión psíquica derivada del hacinamiento, de la
miseria, de la soledad, de la invasión brutal de la urbe por el
automovilismo, de la desconfianza reciproca suscitada por el florecimiento
del robo y del crimen, agriaron el carácter de los ciudadanos y los
hicieron ásperos, levantiscos y espiritualmente duros. Favorecidos por el
conformismo campesino que se hizo característico en la vida de la ciudad,
proliferaron los edificios oscuros, estrechos y feos, a cuyos deficientes
servicios sanitarios no llegaba el agua; los transportes públicos
destartalados, sucios y pésimamente atendidos por trabajadores sin
conciencia de servicio, descendieron a su punto ínfimo de eficacia. La
radio y la televisión, para satisfacer los gustos primitivos de su
auditorio mayoritario, llegaron a los más altos extremos de chabacanería,
el ruido y la estulticia fueron adoptadas como forma de arte. Hábitos civiles
como
el aseo, la comodidad, el amor por las flores, la gentileza y el buen
hablar, fueron desterrados de la nueva ciudad como signos de
afeminamiento. Ciudad de los contrastes típicos de los países
subdesarrollados, al pie del edificio de quince pisos que acaba de diseñar
un discípulo de Le Corbusier o de Niemeyer, improvisa su urinario, su
comedero o su venta de yerbas de brujos para ganar a la lotería el
encobijado campesino que acaba de bajarse de un autobús proveniente de los
Andes o de Barlovento.

“En Caracas –escribe Mariano Pichón Salas- la ausencia de estética urbana
que deberían orientar los artistas, permite la disonancia arquitectónica
de tantas zonas, la arbitrariedad de los colores, el grosero
amontonamiento de las vitrinas comerciales que deben contarse
–literalmente- entre las mas feas del mundo. No se ha educado la gente
para vivir, servir, disfrutar de la ciudad, y la chabacanería en sus más
variadas escalas –ruidos mecánicos a todo volumen, desorden de las cosas,
ostentación de insolencia- parece desafiarnos y castigarnos. En la mezcla
de estilos y formas de vida que coexisten en Caracas –desde la Prehistoria
hasta el siglo XIX- a veces, frente a una tienda de El Silencio, nos
parece haber caído junto a la “miscelánea” de una población rural, hace
muchos años, donde se colgaban para exhibir y vender en la misma cuerda
las velas para la procesión, las tortas de casabe, las alpargatas y la
ropa interior de rudo liencillo”.

Ya en 1955, al organizarse por El Nacional una encuesta sobre el tema,
algunos trabajadores intelectuales residentes en Caracas como Alejo
Carpentier, Gastón Dile, el propio Mariano Picón Salas y –en una escala
mas modesta- el autor de este libro, lanzábamos nuestro alerta acerca de
lo que empezaba a ser motivo de inquietud hasta para los caraqueños mas
indiferentes: la tendencia, cada vez mas evidente, de nuestros caseros y
constructores a convertir la ciudad en un Museo de Fealdades. Tendencia
socorrida de una parte, por el Estado que con su política de autopistas
urbanas –violatorias de las disposiciones de la Cartas de Atenas y de
todos los Congresos Urbanísticos –ha subordinado a la circulación
motorizada todas las demás necesidades viviendarias de la población,
relegando absurdamente al hombre a una categoría inferior con respecto al
vehiculo; y por la otra, a la colocación, en cargos dirigentes a la
arquitectura, del urbanismo y del ornato publico a pequeños políticos de
extracción pueblerina, que llegan a esas posiciones ansiosos de imponerle
a Caracas los primores y pequeños mamarrachos que habían soñado para la
Plaza Bolívar de sus pueblos.

 Como en ninguna otra ciudad nueva de América, en la Caracas de hoy se
puede constatar algunos de los perjuicios que es capaz de causar el dinero
cuando pretende reemplazar a la Cultura. Para la empresa de convertirnos
nuestra capital en una de las ciudades más desagradables de que se jacta
el continente, convergieron aquí dos de las formas más estultas y
perniciosas de la riqueza. A la estrechez espiritual de una clase media
urbana semi-iletrada que se había enriquecido en el ejercicio de la usura,
la importación de baratijas norteamericanas o simplemente en el juego de
caballos, se asocio el aldeanismo de algunos propietarios rurales que
vendieron sus últimos novillos y se vinieron a la capital en busca de más
productivos negocios. En un país menos flexible a los caprichos de la
propiedad privad –o por los menos más atento a las resoluciones de las
Congresos Internacionales de Arquitectura y Urbanismo- la simple inversión
de dinero no les hubiera otorgado a sus inversionistas el derecho a
erigirse en doctores estéticos de la ciudad. Pero no hay en Venezuela una
ley –ni por lo visto una autoridad- que defienda el derecho de las
ciudades a ser bellas.

Para realizar los ideales arquitectónicos de unos ricos sin educación
y
sin sensibilidad, poseían ellos todos los recursos de que la inventiva
humana puede disponer en cuanto a mal gusto se refiere.

Ciudad nueva rica, calculada para estrenadores de automóviles, y
donde lo
suntuoso y artificial alcanzo una monstruosa prevalecía sobre lo esencial
humano: esa es la Caracas “monumental” que ha desarrolladlo las mas
grandes autopistas de América junto a los barrios pobres mas miserables
del mundo. Rescatarla para el generoso ideal aristocrático de la ciudad,
es la tarea que espera a los nuevos arquitectos venezolanos, para cuando
(alcanzada aquella autoridad conductora que solo confiere el tiempo)
puedan oponer a toda violencia y a toda fealdad, la serenidad y ordenada
belleza de su arte. Para entonces, el nuevo hombre de Caracas, hoy paria
de un instante de estremecimiento y convulsión histórica, podrá volver los
sosegados ojos al cielo de la ciudad, y como poeta, reconocer el espíritu
inmortal de Caracas en el triunfante vuelo de una tropilla de palomas que
cruza el valle.