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Asunto:[LEA-Venezuela] De “Tumba Tiranos” de Eduardo Manti lla Trejos, 1992
Fecha:Domingo, 9 de Marzo, 2008  20:19:49 (-0700)
Autor:Euro Murzi <murzie @...ve>

Tumbar tiranos es apenas un deber.

En los finales del siglo XIX, “Siglo de Las Luces”, el subcontinente latinoamericano había delineado su devenir histórico: dependencia político-económica del país del Tío Sam, con represión interna, para mantener los cánones de la era feudal. Las sucesivas aperturas y cierres de la economía hicieron poco mella en la situación de las gentes: cundía la miseria. Los países se dislocaron, como en el caso colombiano con Panamá. 

El régimen continuo presidido por clérigos y militares, con la voracidad inherente al ejercicio omnímodo del poder. Los hierros de la Colonia permanecían intactos. En el campo educativo los preceptos de libertad de enseñanza le otorgaban ventajas a la organización clerical y perpetuaron el sentido filosófico de la medieval Universidad de Salamanca.

Era evidente la frustración que produjo una independencia sin la correspondiente emancipación. Todo había cambiado para que permaneciera igual. Desde entonces las leyes se obedecen pero no se cumplen. El estado instituciono el síndrome de copiar esquemas: las estructuras políticas de Francia, las ideas económicas de Inglaterra, el marco jurídico del Derecho Romano, todo ello con la vigencia plena de la institución colonial. Así el oscurantismo quedo intacto, el clero continuo en el ejercicio del poder y el latifundio se prolongo como una peste; las burguesías criollas del dinero y el poder quedaron incólumes. Todo esto bendecido desde los púlpitos.

Así surge en Colombia la figura literaria y política de José Maria de la Concepción Apolinar Vargas Bonilla, “alias” Vargas Vila, enemigo de los curas o “asquerosas hienas de la iglesia”, como solía llamarlos. Era lapidario su decir: “Dejad que la vacada sacerdotal paste en la inmensa pradera de la estupidez humana”. Vargas Vila huye de la persecución del gobierno colombiano y se refugia en Tame, Arauca, pero ahora se enfrentaba a la crueldad de Juan Vicente Gómez, quien protegido por los gringos, logro conservar el poder durante 27 largos y sangrientos años.

Vargas Vila, también llamado "Chepe" se hospeda en el hato El Limbo desde donde se veía la sierra nevada de Chita. De allá descendían, en tiempo de verano, largas filas de indios Tunebos, cargados de zurrones repletos de esmeraldas, concha de gualanday y, fritas en aceite, vergas de zorro guache que restauran el imperio de las braguetas desoladas. 

Estas sabanas oyeron al jesuita hablar de Dios a media lengua, pues con la otra mitad hablaban de dinero y estipendios. La iglesia siempre ha tenido un vocabulario muy extenso para los pobres y otro muy reducido para los ricos. Los pobres oyen hablar de mansedumbre y los ricos de caridad! y ¡ ay de aquel que se rebele y señale la ruina física y moral del pueblo! La cárcel siempre se cierra tras el disentidor y nunca para el ladrón o el perjuro! “Los godos no van al cielo porque Dios es liberal”, canta, mientras ordeña en el patio del hato un viejo peón.

Mientras Vargas Vila oye el cuento de la venta de una indiecita rozagante con olor a confitura con apenas 13 años de edad al dueño de un hato vecino, en un saman corpulento, la ultima chicharra de la tarde, reúne en su canto montones de monotonía y luego la dispersa por la sabana para que se acentué la sensación de desamparo y lejanía en esos territorios.

Arde la sabana, ¿culpable? los indios iguanitos que solían venir al pueblo a cambiar tarrayas, miel y caraña por sal pero los plomearon, para quitarles la sabana donde siempre habían vivido y se pusieron, desde entonces, bravos.

La torre de la iglesia de Arauca es el atalaya más respetable para que el sacristán se encarame a tocar las campanas cada vez que el cura Berroteran encuentra motivos para comunicarse con la feligresía. El clamoreo del bronce persiste más de lo debido y los curiosos comienzan a arracimarse a las puertas de la iglesia para conocer las causas de tanto ruido. Héctor Murzi se decía para sus adentros: “Dos a una que la vaina es conmigo!”.

Era un incendio que comenzaba a propagarse desde la iglesia hacia las casas vecinas, incluyendo la casa comercial Pozo di Borgo, propiedad de  Héctor Murzi. Su compadre Samudio le grita: “Compadre Héctor, saque del almacén la mercancía porque este candelon no lo para nadie!”, a lo que   el descendiente de teucros y famoso blasfemo le responde: “Pozo di Borgo no se quema ni que lo quiera Dios!. Lo cierto es que la casa se quemo hasta los cimientos y el blasfemo perdió quince mil pesos de oro, representados en tafetanes, brandy y perfumería francesa llevados allí a través del Orinoco. El comerciante frunció los hombros y respondió con soberbia un comentario indiscreto:

-         Arruinado yo?. Pendejos! Los masones no nos arruinamos nunca!

Héctor Murzi se la juro a Dios y de allí nació su entusiasmo por la amistad con Vargas Vila.

Extractos de “Tumba Tiranos” de Eduardo Mantilla Trejos, 1992.