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Asunto:[LEA-Venezuela] La Política Ecologica Budista
Fecha: 11 de Enero, 2007  13:41:30 (+0100)
Autor:interfazamazonica <interfazamazonica @.....net>

"Ninguna cultura humana tiene el monopolio de la sabiduría ecológica"
--Roy Ellen

"La paz entre los hombres debe preceder a la paz con la naturaleza"
--Barry Commoner


Traducción del libro:
MÁS ALLÁ DEL OPTIMISMO, Una Ecología Política Budista
Escrito por KEN JONES en Inglaterra

PARTE IV: LA ALTERNATIVA ECOLÓGICA RADICAL
Capítulo 13: La Política Ecológica Radical

La sociedad ecologicamente estable y armónica, la cual es la meta de los
ecologistas radicales ha sido descrita por William Ophuls como sigue:

"Una sociedad estable es esencialmente una sociedad la cual ha alcanzado un
balance básico a largo plazo entre las demandas de la población y el ambiente que
suple esas demandas. Esta definición lleva implícita la preservación de una
biósfera saludable, la cuidadosa administración de los recursos, y una actitud
general de pensar en las futuras generaciones. La naturaleza exacta del balance
en cualquier momento depende de las capacidades tecnológicas y la elección
social, y como las elecciones y las capacidades cambian, el crecimiento orgánico
puede suceder".

En esta parte del Libro se explican una variedad de diferentes tendencias y
movimientos relevantes al ideal que Ophuls destaca. Este capítulo es acerca de
ideas políticas específicas y movimientos, y destaca los problemas y las
oportunidades.


AUTORITARIOS, RENUENTES Y FANÁTICOS.
 
Antes de la segunda guerra mundial el ecologismo, o la política ecológica verde
oscura, era tipicamente autoritaria y conservadora, aunque de la variedad suave,
populista o paternalista. Rechazando el "modernismo" era anti-capitalista,
anti-urbana, opuesta a las instituciones grandes y centralizadas de todos los
tipos, y buscaba traer de regreso una era rural dorada y romántica. Su
nacionalismo populista, sin embargo, tendía a desbordarse hacia el racismo y la
pureza étnica. Los valores tradicionales y conservadores serían cultivados (y
reforzados) por la auto-suficiencia y el auto-gobierno de las comunidades,
arraigadas en las tierras.

Se ha argumentado que los Nazis fueron los primeros ecologistas autoritarios que
casi logran el control del Estado. Según un historiador hay poca duda de que
"había una cadena de ideas ecológicas entre los Nazis", expresadas
completamente en "los planes ministeriales y archivos personales del tercer
Reich". Evidentemente, sin embargo, este es un fenómeno más alemán que Nazi, puesto
que no se encuentra ningún paralelo en los otros movimientos facistas
contemporáneos. Cuando reventó la guerra, el ala "dura" del partido Nazi,
liderizado por Heydrich y los tecnócratas, tomaron las riendas y pusieron fin a
la visión ecológica Nacional Socialista del Tercer Reich.

Después de la guerra hubo un cambio histórico resaltante en las políticas
predominantes del ecologismo desde la derecha suave hacia la izquierda suave. Sin
embargo, todavía hay pensadores ecologistas importantes en el ala derecha
contemporánea.

La teoría política clásica autoritaria del ala derecha asume que el hombre (sic)
es por naturaleza auto-centrado, agresivo, desordenado y avaro, hasta el punto de
amenazar ahora con destruir el ambiente y de destruirse él mismo. Se requiere de
un gobierno fuerte para mantenerlo en orden, para inculcarle hábitos sociales y
para sostener una sociedad civil de beneficios generales para sus ciudadanos.

Algunos de los que apoyan la sociedad conservadora, como Garrett Hardin, son
autoritarios empedernidos quienes son pesimistas acerca de la practicabilidad de
poder hacer que tal sociedad sea democrática y consensual. Siguiendo al teórico
político del siglo diecisiete Thomas Hobbes, ellos creen que una sociedad estable
debe depender de la "coerción mutua, mutualmente acordada por la mayoría del
pueblo afectado", quienes se unen para hacer un pacto para abandonar libertades
individuales tales como la "libertad de procrear". Similarmente, William Ophuls
tiene poca duda que, "cualquiera sea su forma específica, la política de la
sociedad sostenible pareciera movernos a lo largo del espectro desde el
libertarianismo hacia el autoritarismo".

Ophuls es evidentemente otro liberal quien, después de ponderar los imperativos
políticos de una sociedad conservadora, se avoca fehacientemente hacia un
autoritarismo calificado. Él dice optimisticamente que "parece que no hay razón
por qué la autoridad no puede ser lo  suficiente fuerte para mantener una
sociedad estable y aún así ser una autoridad limitada. Los derechos personales y
civiles garantizados en la constitución, por ejemplo, pueden ser ampliamente
mantenidos". En la visión de Ophuls la sociedad conservadora requeriría un cambio
de la democracia egalitaria hacia "la competencia política y el status",
evidentemente mediante una clase gobernante paternalística constitucional-mente
permitida. Menos controversialmente, Ophuls cree que también será necesario
mudarse del individualismo al comunalismo, donde los intereses de la comunidad
tomen precedencia sobre los intereses individuales. Esta es una visión que han
tomado un amplio espectro de escritores, muchos de los cuales no son autoritarios
en ningún sentido. Se debería añadir que Ophuls cree que su ecotopia sería una
sociedad diversa y holística cuyas personas serían "relajadas, alegres y
contentas, disfrutando la plenitud personal, espiritual, intelectual, estética y
cientificamente". Sin embargo, la experiencia de las sociedades comunistas del
siglo XX refuerza el escepticismo acerca de si los gobernantes poderosos de los
estados industrialistas permanecerán por mucho tiempo constitucionales,
benevolentes o hasta competentes.

En contraste con este autoritarismo verde oscuro hay un tipo de ecologismo más
"repugnante" aún, suficientemente pura sangre y fanático para atraer las
acusaciones de "eco-facismo". Está basado comunmente en un ecologismo
fundamentalista el cual asume que el orden social debe mostrar las mismas
características (alegadas por ellos mismos) del orden de la naturaleza, si es que
se espera que esté en armonía con ésta. La visión tanto de la naturaleza como de
la sociedad que tienen estos ecologistas autoritarios es neo-Darwiniana. Esto es
decir, sus suposiciones acerca de la naturaleza de la sociedad los lleva a una
interpetración de la ecología (particularmente al respecto de la primera teoría
de la evolución) la cual entonces ellos re-importan, con toda la autoridad del
"orden natural de las cosas", en su pensamiento económico y político.

Para un fundamentalista ecologista como Edward Goldsmith, al seguir el orden
natural "los individuos compiten y eventualmente se acomodan ellos mismos
constituyendo una jerarquía y aprenden a aceptar sus respectivas condiciones
dentro de esta jerarquía". Ningún bien puede venir de la democracia y la
beneficencia porque esto empodera a aquellos quienes no son aptos por naturaleza
para ejercer el poder; si fueran aptos, ¡no necesitarían tales ayudas
artificiales como la democracia!. Por esto, en la ecotopia de Goldsmith "todos
los desempleados deberían automaticamente tener que unirse a las brigadas de
restauración, siendo al mismo tiempo eliminados los beneficios y ayudas para los
desempleados". Y aún hay más, ningun bien puede haber en el feminismo tampoco,
puesto que crea "un número cada vez mayor de mujeres mal ajustadas quienes son
forzadas por su educación y otras presiones sociales a luchar contra sus
instintos naturales".

Tanto para los autoritaristas como para los libertarios, las sociedades
pre-industriales son asumidas como proveedoras de un modelo "natural" para el
futuro. La ecotopia de Goldsmith consistiría entonces en una población mucho más
reducida viviendo en pequeñas familias y unidades comunitarias con mucho trabajo
y auto-gobernadas, en las cuales "sólo un cierto número de extranjeros les sería
permitido establecerse".

Aunque los fundamentalistas como Goldsmith afortunadamente -en el presente- no
necesitan ser tomados en cuenta seriamente, los escritos ecologistas autoritarios
como un todo ofrecen ciertos indicadores y énfasis los cuales los radicales
necesitan atender.

Primero, los renuentes autoritarios Hobbesianos como William Ophuls pueden
llamar la atención de los ecologistas libertarios para reflejar si algo de su
lastre ideológico historicamente heredado del individualismo libertario podría en
verdad ser apropiado para una sociedad conservacionista.

Segundo, El ecologismo de izquierda suave se desliza facilmente a la versión de
la derecha suave. Para alcanzar sus metas radicales, hasta los movimientos de las
bases dedicados al futuro, democráticos y descentralizados, pueden producir
elites populistas, lava-cerebros, incapaces de resistir atajos al poder.

Tercero, alguna forma de autoritarianismo en el presente parace la mejor
respuesta a la severa crisis ambiental. A menos que la gente esté bien preparada,
confidente y unida, correrán atropelladamente a los botes salvavidas tan pronto
se den cuenta que nuestra civilización realmente se está cayendo a pedazos. Un
gobierno fuerte será invocado, así sea en nombre de la justicia o del privilegio.

Y finalmente, también hay en la tradición autoritaria un conservatismo el cual
ofrece un antídoto efectivo para aquellos quienes son adictos a ecotopias (casi)
instantáneas. Los fundadores del conservatismo como Edward Burke, observando el
desenvolvimiento de la revolución francesa, nos han recordado que las sociedades
humanas son más complejas y más arraigadas en su evolución histórica de lo que ha
sido supuesto por libertarios románticos como Tom Paine. Los intentos para una
reconstrucción racional desde principios básicos comunmente colapsa en la tiranía
y el desorden (Tan evidente en la década de 1990s como en la de 1790s).


"HUBO GLORIA EN AQUEL AMANECER..."
LOS ORIGENES LIBERTARIOS DEL ECOLOGISMO RADICAL
 
La tradición política libertaria es el polo opuesto de la autoritaria. El
interés básico de la política libertaria no es el mantenimiento del orden, sino
la liberación de la represión. Para el autoritario, el pecado original (o su
variante secular) es redimido por la disciplina de instituciones sociales bien
reguladas. Para el libertario, la bondad básica está torcida y corrupta por esas
mismas instituciones. Si ellos pudieran ser liberados de las estructuras sociales
represivas, los hombres y mujeres estarían capacitados para crear una sociedad
cuyos miembros naturalmente se comportarían de manera pacífica, con espíritu
público y cooperativo.

Aunque tienen antecedentes en algunas de las sectas radicales reformistas, el
libertarianismo se originó esencialmente en el iluminismo del siglo dieciocho y
en la revolución francesa y la independencia de los EE.UU. Esta era la expresión
política de un movimiento romántico más amplio del cual hay mucho que puede ser
trazado hasta la cultura new age del presente. (El romanticismo pone los
sentimientos por encima del intelecto, reverencia la naturaleza, exalta lo
femenino, le atrae el misticismo -aunque sólo en sus propios términos- y cree en
la bondad innata de la humanidad). Entre los libertarios fundadores encontramos a
Rousseau, Thomas Paine, William Godwin, Mary Wollstonecraft, y Thomas Jefferson.

La visión Jeffersoniana era de unos EE.UU. de pequeños granjeros, artesanos y
mercaderes en una confederación de comunidades auto-gobernadas. Este horizonte de
espíritu público, confiado en sí mismo, ha continuado floreciendo en la cultura y
vida pública de los Estados Unidos e inspira ahora al movimiento ecologista de
ese país. Excepto donde se conecta con corrientes  especificamente socialistas,
el libertarianismo ha tendido a preferir sistemas económicos mixtos, mezclando la
propiedad comunitaria, la propiedad cooperativa y la propiedad privada, previendo
siempre que los retos sean a pequeña escala humana y que no divorcie la propiedad
del compromiso personal.

En el siglo diecinueve y a principios del siglo veinte el libertarianismo se
desarrolló como una corriente intelectual y política rica y diversa de profecías
y protestas, como en el anarquismo de Kropotkin y, más tarde, de Alex Comfort,
Paul Goodman y Murray Bookchin. En Inglaterra floreció en las décadas anteriores
a la primera guerra mundial, en los primeros días románticos del socialismo, en
el Movimiento Artes y Obras y en las "Noticias de Ninguna Parte" de William
Morris. El término "post-industrial" se originó con Arthur Penty, un socialista
gremial inglés y seguidor de Morris y Ruskin -todos creyentes de una sociedad
descentralizada, artesanal y rural.

Para todo tipo de libertarios -anarco sindicalistas, místicos, amantes de la
naturaleza, feministas, pacifistas, estéticos- el advenimiento de la crisis
ecológica es la vindicación final de su condenación al industrialismo avaro y
alienante, en sí mismo la culminación de una larga tradición histórica de
opresión externa y represión interior. Y así la antigua utopía libertaria se
convierte en ecotopia, fundamentada, en palabras de Murray Bookchin, en  "las
tendencias cooperativas y reafirmantes de la vida que existen en la naturaleza
humana, criadas gracias a la interacción con una comunidad ética apropiada la
cual es participativa y ricamente diferenciada en los estímulos, formas y
elecciones que crea para lograr la autoformación personal".

La diversidad mutuamente balanceada de los ecosistemas mismos es visto como una
validación de la visión de ecotopia. Desde afuera de su propia tradición
histórica, los "ecologistas sociales" vieron la naturaleza y encontraron lo
opuesto que los neo-darwinianos. Entonces Bookchin da la bienvenida a "los
atributos mutualísticos enfatizados por un creciente número de ecologistas -una
imagen creada por Peter Kropotkin ... La diversidad de ecosistemas, entonces, se
parece a la diversidad social, basada en pequeñas comunidades descentralizadas".

De la tradición libertaria se ha formado una ideología ecologista profética y
visionaria, inculcada en un público cada vez más resistente a un ritmo de muchos
libros por año. Mi interés en este libro es quitarle a esta tradición ecologista
libertaria su ideología y su romanticismo, hacerla más servicial, y subrayar las
posibilidades de hacer lo mejor que podamos con las cosas como están, incluyendo
la clase de gente que tendemos a ser.

Para comenzar, sería útil ver más de cerca la idealización libertaria de la
naturaleza humana. Es esta idealización lo que los lleva a creer que, libres de
estructuras sociales opresoras, trabajaremos juntos naturalmente para respetar
los intereses de los demás. Esta creencia es la pega que mantiene unida la visión
de la ecotopia.

La idealización ecológica de la naturaleza humana se remonta a la idea romántica
del siglo dieciocho del "salvaje noble", así sean cazadores-recolectores
paleolíticos o los pueblos originarios que estudia la antropología social
contemporánea. Se asume invariablemente que ellos viven en armonía con la
naturaleza y unos con otros. y, como siempre en las ideologías, la evidencia es
selectiva y rapidamente asume la validez universal y el poder absoluto de los
mitos. Estas medias verdades encuentran poco soporte hasta en los antropólogos
más simpáticos. En sus duras críticas del "ecologismo primitivista" Roy Ellen,
quien "apoya ampliamente el programa ecologista de acción política", martilla
hasta el fondo el punto de que "ninguna cultura humana tiene el monopolio de la
sabiduría ecológica".

Es verdad que las culturas de cazadores-recolectores las cuales ocupan casi el
99 porciento de la historia humana, junto con los sobrevivientes en el presente,
demuestran ejemplos sobresalientes de una unidad armoniosa y sostenible con la
naturaleza, gracias a las poblaciones pequeñas, al aislamiento y a un rango de
estrategias de subsistencia (incluyendo el infanticidio extensivo). No es menos
cierto que, particularmente en tiempos en que crece la población, hasta los
cazadores-recolectores han inflingido gran daño al ambiente. Los primeros humanos
en llegar a Norte América, por ejemplo, dejaron un camino de destrucción detrás
de ellos, llevando a dos tercios de los grandes mamíferos a la extinción. En
Europa, Ellen observa que "hay evidencia que la megafauna del pleistoceno se
extinguió completamente gracias a la caza excesiva, y los bosques templados de
Europa fueron diezmados por los primeros granjeros que vivían en poblaciones de
baja densidad en sociedades no estratificadas usando tecnologías simples. Hoy en
día, si nos encontraramos cara a cara con tales pueblos los veríamos como el
epítome mismo de los primitivos viviendo con la naturaleza". 

Acerca de la calidad de pacíficos de los pueblos aborígenes, la evidencia está
aquí parcializada por las suposiciones de la mayoría de los antropólogos que
dicen que son inherentemente agresivos, y por la polarización determinística
exhibida en la literatura académica sobre esta cuestión. Sin embargo, hasta los
investigadores simpáticos pueden encontrar pocos ejemplos comparativos de pueblos
indisputablemente pacíficos, como los Inuit (esquimales), los indios Pueblo, los
aborígenes de Tahití, los !Kung y el Pueblo de los Arbustos del Kalahari. Y hasta
en estas culturas se consiguen altos niveles de violencia personal. Un
antropólogo exhasperado exclama que "la demanda a menudo repetida que los
cazadores y recolectores son en general más pacíficos que las personas en niveles
culturales superiores es ciertamente falsa, y tan obviamente falsa que uno se
pregunta cómo esta idea puede sobrevivir tan obstinadamente enfrente de la
aplastante abundancia de hechos conocidos".

En pocas palabras, hasta con la evidencia de los antropólogos simpáticos, que
esos pueblos aborígenes pasados y presentes invariablemente viven en armonía con
la naturaleza y entre ellos mismos simplemente no es totalmente verdad.

Más allá de este rechazo de la idealización libertaria de la naturaleza humana,
será evidente que el presente libro está basado en una creencia de lo que Matthew
Fox llama "la bendición original", o nuestra "naturaleza original", o "la
naturaleza de buda", o como sea que se la llame, y no en ninguna versión del
pecado original. Cada uno de nosotros nace, sin embargo, con una crisis de
identidad, y todas nuestras aflicciones se originan esencialmente  en la
inabildad habitual humana de aceptar con sencillez esa identidad con completa
conciencia y en una necesidad de establecerla y confirmarla de manera que acabe
con el sufrimiento de uno mismo y de los demás.

Hemos visto antes como esta condición personal está histórica y socialmente
compuesta y supercargada. Pero el diagnóstico budista se une aquí sólo
marginalmente con el de los libertarios para quienes el problema no es más que el
de un ambiente social opresivo. El argumento de este libro es que necesitaremos
empezar a empujar la evolución de la conciencia humana misma más allá de su alto
nivel de ego para construir, desde ahora, la cultura ecológica radicalmente
diferente de mutualidad de la cual dependerá la economía estable. Pero para este
fin también necesitaremos desarrollar instituciones y estructuras que provean
seguridad, cohesión, restricción y responsabilidad, así como libertad y
empoderamiento.


DE ROJO A VERDE: ¿PARTE DEL PROBLEMA O PARTE DE LA SOLUCIÓN?
 
Encallados en la marea baja de la historia, los socialistas de izquierda se han
visto asociándose a los nuevos "movimientos sociales" -la paz, los
afrodecendientes, las feministas, y ahora los movimientos ecológicos, buscando
radicalizarse y de alguna manera trazar lo que ellos ven como el proyecto
socialista abovedado histórico. En la mayoría de los casos su respuesta a la
crisis ecológica, desde el liderazgo de sindicatos hasta la izquierda más dura y
extrema, ha sido de carácter ambientalista y oportunístico, simplemente tratando
algunos intereses ambientales en las políticas existentes. Sin embargo, algunos
socialistas han sido fuertemente atraídos por el movimiento ecológico radical y
están interesados en desarrollar un dialogo constructivo. En la década de los
1990s se estableció una red Roja-Verde de individuos y pequeños grupos.

Raymond Williams ha declarado su creencia que "el único tipo de socialismo que
tiene hoy en día algún chance de establecerse en las sociedades industriales
democráticas, es uno basado principalmente en nuevos tipos de instituciones
comunitarias, cooperativas y colectivas ... Es este en verdad el único camino que
le falta por recorrer a los socialistas en estos países". Esta creencia es
compartida evidentemente por los socialistas más radicales que buscan liberarse
del descrédito de la tradición del estado corporativo socialista, así sea el de
Herbert Morrison o el de Joseph Stalin. Tanto estos nuevos socialistas como los
ecologistas parecen tener una visión ampliamente similar de lo que sería una
buena sociedad.

Sin embargo, hay algunas diferencias significativas. Siguiendo la tradición
Marxista, los socialistas radicales le atribuyen la crisis ecológica (y la
mayoría de los males sociales) a la obra del capitalismo y ven los procesos
sociales principalmente en términos de clases y luchas de clases. Los ecologistas
han tomado la visión post-industrial no menos simplística que el capitalismo y
las clases sociales ya no importan. Todo lo que realmente importa ahora es qué
tan ecológico o anti-ecológico eres. Para ellos la ecología llegará a la sociedad
no a través de la conquista del poder por ciertas secciones de la sociedad, sino
que la sociedad ecologica se alcanzará por cambios en los estilos de vida, el
desarrollo de instituciones e iniciativas alternativas las cuales sobrepasarán el
viejo orden y lo harán irrelevante, y la creación de un clima cultural y social
que tornará ecológicos a los anti-ecológicos sin mucho dolor, con todo el proceso
rematado legislativamente.

Más importante todavía son las diferencias en los estilos y mentalidades
políticas. Petra Kelly explica:

"Los conflictos que han experimentado los ecologistas alemanes tienen mucho que
ver con intereses encontrados entre aquellos que vienen de una perspectiva
política dogmática, vieja, izquierdosa que comparte tantas visiones
anticapitalistas, y aquellos que vienen de una perspectiva holística New Age ...
El encontronazo de intereses a menudo no es tanto  hacia donde apuntan, el fin
buscado, sino más bien en cómo llegar hasta allá y cuáles estrategias debemos
seguir para llegar a nuestra meta común".

Hay socialistas de izquierda extrema para quienes el fenómeno de los ecologistas
es tan sólo un nuevo terreno operacional, como el feminismo o los movimientos de
los países más pobres, para ser incorporados en su visión mundial ideológica, y
también significa otro gran número de votantes para ser sumados al movimiento
socialista. Ellos han desarrollado un fino arte de la lucha de facciones y la
"inserción" en otros movimientos, y su polémico estilo abrasivo, dogmático y
peculiarmente árido puede hacer difícil el diálogo.

Sin embargo, el socialismo hace preguntas importantes que necesitan ser
respondidas acerca de la sociedad futura como está pensada en los manifiestos
ecologistas radicales. ¿Qué tipo de sistema político podría balancear mejor la
justicia social y ambiental y la igualdad contra la gran autonomía local que
tanto celebran dichos manifiestos? ¿Qué tipo de economía podría ofrecer la
flexibilidad y correspondencia del capitalismo de libre mercado sin su
explotación social y económica y sin su expansividad inherente? ¿Qué formas de
propiedad pública son posibles que sean socialmente responsables pero
economicamente eficientes? En pocas palabras, ¿Cómo se podrá hacer que el poder
político y económico sea social y ecologicamente responsable? Sobre estas y otras
preguntas relevantes a la credibilidad de ecotopia existen escritos socialistas
importantes que consiguen pocas contrapartes en el movimiento ecologista radical,
en donde pasan mayormente desatendidas.

Una presencia socialista también hace más difícil reducir los problemas del
mundo a la ecología. Los socialistas tienen un interés renovado en el viejo
problema de la explotación económica la cual florece hoy en día más gorda que
nunca. Barry Commoner dice:

"Cuando un problema ambiental se persigue hasta sus orígenes, se revela una
verdad inescapable -que la causa principal de la crisis no se consigue en cómo el
ser humano  interactúa con la naturaleza, sino en cómo el ser humano interactúa
con los otros humanos- por esto, para resolver la crisis ambiental debemos
también resolver los problemas de la pobreza, la injusticia racial y la guerra;
por eso la deuda con la naturaleza, que es la medida de la crisis ambiental, no
puede ser pagada persona a persona, con botellas recicladas o hábitos personales
ecológicos, sino con la antigua moneda de la justicia social; por eso, en suma,
la paz entre los hombres debe preceder a la paz con la naturaleza".


Traducción del libro:
MÁS ALLÁ DEL OPTIMISMO, Una Ecología Política Budista
Escrito por KEN JONES en Inglaterra
Traducido por TRÁSTOR en la Gran Sabana

Ken Jones ha sido un activista social de algún tipo u otro durante toda su vida.
Un practicante del budismo desde hace 14 años, él es fundador de "La Red de
Budistas Comprometidos", y es militante del partido político ecológico de Gales.
Su libro pionero, "La Cara Social del Budismo", fue publicado por Wisdom Books en
Inglaterra y los EE.UU. en 1989.


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