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Asunto:[LEA-Venezuela] Galeano lo dice.
Fecha:Viernes, 18 de Agosto, 2006  16:15:27 (-0400)
Autor:pefaur <pefaur @...ve>

Salvavidas de plomo, transgénicos, celulosas y otros males

Por Eduardo Galeano

América Latina nació para obedecer al mercado mundial, cuando todavía el
mercado mundial no se llamaba así. Esta triste rutina de los siglos empezó
con el oro y la plata y siguió con el azúcar, el tabaco, el guano, el
salitre, el cobre, el estaño, el caucho, el cacao, la banana, el café, el
petróleo… Ahora es el turno de la soja transgénica y de la celulosa.

Nuestros países se modernizan. Ahora el discurso oficial manda honrar la
deuda (aunque sea deshonrosa), atraer inversiones (aunque sean indignas) y
entrar al mundo (aunque sea por la puerta de servicio).

En realidad, nos seguimos creyendo los cuentos de siempre.

América Latina nació para obedecer al mercado mundial, cuando todavía el
mercado mundial no se llamaba así, y mal que bien seguimos atados al deber
de obediencia.

Esta triste rutina de los siglos empezó con el oro y la plata y siguió con
el azúcar, el tabaco, el guano, el salitre, el cobre, el estaño, el
caucho, el cacao, la banana, el café, el petróleo… ¿Qué nos dejaron esos
esplendores? Nos dejaron sin herencia ni querencia. Jardines convertidos
en desiertos, campos abandonados, montañas agujereadas, aguas podridas,
largas caravanas de infelices condenados a la muerte temprana, vacíos
palacios donde deambulan los fantasmas…

Ahora es el turno de la soja transgénica y de la celulosa. Y otra vez se
repite la historia de las glorias fugaces, que al son de sus trompetas nos
anuncian desdichas largas.

***

¿Será mudo el pasado?

Nos negamos a escuchar las voces que nos advierten: los sueños del mercado
mundial son las pesadillas de los países que a sus caprichos se someten.
Seguimos aplaudiendo el secuestro de los bienes naturales que Dios, o el
Diablo, nos ha dado, y así trabajamos por nuestra propia perdición y
contribuimos al exterminio de la poca naturaleza que queda en este mundo.

Argentina, Brasil y otros países latinoamericanos están viviendo la fiebre
de la soja transgénica. Precios tentadores, rendimientos multiplicados.
Argentina es, desde hace tiempo, el segundo productor mundial de
transgénicos, después de Estados Unidos. En Brasil, el gobierno de Lula
ejecutó una de esas piruetas que flaco favor hacen a la democracia y dijo
sí a la soja transgénica, aunque su partido había dicho no durante toda la
campaña electoral.

Esto es pan para hoy y hambre para mañana, como denuncian algunos
sindicatos rurales y organizaciones ecologistas. Pero ya se sabe que los
paisanos ignorantes se niegan a entender las ventajas del pasto de
plástico y de la vaca a motor, y que los ecologistas son unos aguafiestas
que siempre escupen el asado.

***

Los abogados de los transgénicos afirman que no está probado que
perjudiquen la salud humana. En todo caso, tampoco está probado que no la
perjudiquen. Y si tan inofensivos son, ¿por qué los fabricantes de soja
transgénica se niegan a aclarar, en los envases, que venden lo que venden?
¿O acaso la etiqueta de soja transgénica no sería la mejor publicidad?

Y sí que hay evidencias de que estas invenciones del doctor Frankenstein
dañan la salud del suelo y reducen la soberanía nacional. ¿Exportamos soja
o exportamos suelo? ¿Y acaso no quedamos atrapados en las jaulas de
Monsanto y otras grandes empresas de cuyas semillas, herbicidas y
pesticidas pasamos a depender?

Tierras que producían de todo para el mercado local, ahora se consagran a
un solo producto para la demanda extranjera. Me desarrollo hacia fuera, y
del adentro me olvido. El monocultivo es una prisión, siempre lo fue, y
ahora, con los transgénicos, mucho más. La diversidad, en cambio, libera.
La independencia se reduce al himno y a la bandera si no se asienta en la
soberanía alimentaria. La autodeterminación empieza por la boca. Sólo la
diversidad productiva puede defendernos de los súbitos derrumbamientos de
precios que son costumbre, mortífera costumbre, del mercado mundial.
Las inmensas extensiones destinadas a la soja transgénica están arrasando
los bosques nativos y expulsando a los campesinos pobres. Pocos brazos
ocupan estas explotaciones altamente mecanizadas, que en cambio exterminan
los plantíos pequeños y las huertas familiares con los venenos que
fumigan. Se multiplica el éxodo rural a las grandes ciudades, donde se
supone que los expulsados van a consumir, si los acompaña la suerte, lo
que antes producían. Es la agraria reforma: la reforma agraria al revés.

***

La celulosa también se ha puesto de moda, en varios países.

El Uruguay, sin ir más lejos, está queriendo convertirse en un centro
mundial de producción de celulosa para abastecer de materia prima barata a
lejanas fábricas de papel.

Se trata de monocultivos de exportación, en la más pura tradición
colonial: inmensas plantaciones artificiales que dicen ser bosques y se
convierten en celulosa en un proceso industrial que arroja desechos
químicos a los ríos y hace irrespirable el aire.

Aquí empezaron siendo dos plantas enormes, una de las cuales ya está a
medio construir. Luego se incorporó otro proyecto, y se habla de otro y de
otro más, mientras más y más hectáreas se están destinando a la
fabricación de eucaliptos en serie. Las grandes empresas internacionales
nos han descubierto en el mapa y se han brotado de súbito amor por este
Uruguay donde no hay tecnología capaz de controlarlas, el estado les
otorga subsidios y les evita impuestos, los salarios son raquíticos y los
árboles brotan en un santiamén.

Todo indica que nuestro país chiquito no podrá soportar el asfixiante
abrazo de estos grandotes. Como suele ocurrir, las bendiciones de la
naturaleza se convierten en maldiciones de la historia. Nuestros
eucaliptos crecen diez veces más rápido que los de Finlandia, y esto se
traduce así: las plantaciones industriales serán diez veces más
devastadoras. Al ritmo de explotación previsto, buena parte del territorio
nacional será exprimido hasta la última gota de agua. Los gigantes
sedientos nos van a secar el suelo y el subsuelo.

Trágica paradoja: éste ha sido el único lugar del mundo donde se sometió a
plebiscito la propiedad del agua. Por abrumadora mayoría, los uruguayos
decidimos, en el año 2004, que el agua sería de propiedad pública. ¿No
habrá manera de evitar este secuestro de la voluntad popular?

***

La celulosa, hay que reconocerlo, se ha convertido en algo así como una
causa patriótica, y la defensa de la naturaleza no despierta entusiasmo. Y
peor: en nuestro país, enfermo de celulitis, algunas palabras que no eran
malas palabras, como ecologista y ambientalista, se están convirtiendo en
insultos que crucifican a los enemigos del progreso y a los saboteadores
del trabajo.

Se celebra la desgracia como si fuera una buena noticia. Más vale morir de
contaminación que morir de hambre: muchos desocupados creen que no hay más
remedio que elegir entre dos calamidades, y los vendedores de ilusiones
desembarcan ofreciendo miles y miles de empleos. Pero una cosa es la
publicidad, y otra la realidad. El MST, el movimiento de campesinos sin
tierra, ha difundido datos elocuentes, que no sólo valen para Brasil: la
celulosa genera un empleo cada 185 hectáreas y la agricultura familiar
crea cinco empleos por cada diez hectáreas.

Las empresas prometen lo mejor. Trabajo a raudales, millonarias
inversiones, estrictos controles, aire puro, agua limpia, tierra intacta.
Y uno se pregunta: ¿por qué no instalan estas maravillas en Punta del
Este, para mejorar la calidad de vida y estimular el turismo en nuestro
principal balneario?. www.ecoportal.net




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