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Asunto:[LEA-Venezuela] Historia de México: La Cristiada
Fecha:Miercoles, 21 de Diciembre, 2005  19:41:22 (-0400)
Autor:Jaime E. Péfaur <pefaur @...ve>

 LA CRISTIADA

Religión y gobierno en México

cultural_5

 

Carlos Scavino

AMBITO FUNDAMENTAL del mundo narrativo de Juan Rulfo.

 La Cristiada marcó la historia de México, aunque es un episodio escasamente difundido en sus detalles. "Cristiada" se llamó a la guerra que entre 1926 y 1929 enfrentó al Gobierno con la Iglesia. Las relaciones entre ambos poderes eran forzosamente conflictivas y se politizaron durante las guerras civiles con la división de liberales y conservadores. Mientras la Iglesia apoyó a los conservadores y propuso la Cristiandad como solución, los liberales abogaban por la secularización de los bienes del clero y la abolición de las órdenes religiosas.

UN PAPA MEXICANO. Al asumir la presidencia en 1924, el Gral. Plutarco Elías Calles se encontró con la concesión del petróleo mexicano a las empresas norteamericanas, otorgada por Porfirio Díaz, y decidió imponerles un férreo control. A este conflicto con EE.UU. se sumaron, entre 1925 y 1926, dos más. Uno surgió con motivo de la reelección a la presidencia del Gral. Obregón (predecesor de Calles en el cargo) y el otro, por el enfrentamiento existente entre la central sindical oficialista CROM (Confederación Regional de Obreros Mexicanos), y los demás sindicatos: los independientes de izquierda (conocidos como "rojos") y los católicos. En este punto es donde realmente chocan Estado e Iglesia porque la CROM, para debilitar a sus antagonistas, funda una iglesia cismática con un Papa mexicano.

Aunque el proyecto fracasó, fue el motivo para que los católicos crearan La Liga Nacional de Defensa de las Libertades Religiosas (LNDLR).

Dos hechos exacerbaron el espíritu nacionalista de los partidarios de Calles. Por un lado veían que el llamado Partido Negro, (Partido Católico Nacional), era adicto al Papa, un soberano extranjero, y por el otro, que los pozos de petróleo eran norteamericanos. Su reacción no se dejó esperar: en todas partes se oía y se leía: Expulsemos a los extranjeros de México. México para los mexicanos". Tanto era el estado del conflicto entre católicos y anticlericales que el gobierno decidió tomar medidas. Tras la muerte de siete católicos durante un motín en México D.F., los gobernadores de todos los estados recibieron, el 23 de febrero de 1926, la orden de aplicar la Constitución "pase lo que pase". Como no había unanimidad de criterios, en algunos casos se lograron acuerdos amistosos pero en otros, la violencia se impuso en los enfrentamientos. En este clima, el 14 de junio, Calles firma la ley que lleva su nombre donde se reglamenta básicamente el Artículo 130 de la Constitución, limitando el poder de la Iglesia. Era lo que necesitaba el gobierno para cerrar templos, escuelas católicas y conventos, expulsar sacerdotes extranjeros y reducir el número de curas en el Estado.

En aquellos días de tanta incertidumbre, los obispos se mostraban indecisos, el Vaticano guardaba silencio e intentaba conseguir una rápida solución. El 31 de julio de 1926 la ley Calles entra en vigor en todo el país. A las 12 de la noche se cerraron los templos, la Iglesia por su parte, suspendió los cultos y empezó el boicot económico de los católicos, que deciden comprar sólo lo imprescindible para subsistir. Al día siguiente, el gobierno encomendó a notarios y gendarmes lacrar las puertas de las iglesias después de realizar el inventario de su contenido. La gente se amotinó en muchos lugares, corrió sangre y hubo levantamientos espontáneos, como el de los cristeros en el oeste y parte del centro de México. Cuando, en septiembre, el Congreso rechazó la petición de reforma de la constitución presentada por los obispos y respaldada por dos millones de firmas, los dirigentes de la Liga decidieron recurrir a las armas. En su ánimo no sólo estaba liberar a la Iglesia de unas leyes inicuas, sino derribar el régimen para tomar el poder.

NEGOCIACIONES. Los EE.UU. aprovecharon la crisis para lograr sus fines y consiguieron que el gobierno mexicano olvidara el tema del petróleo. El embajador norteamericano, Dwight W. Morrow, comprendió que la tarea más urgente para todos era la paz religiosa. Constató que la mayoría de los prelados estaban en desacuerdo con la Liga y con los cristeros y que Roma no apoyaba la resistencia armada. El único medio para protestar que encontraron los cristeros fue su guerra autónoma, objeto de intensas negociaciones diplomáticas, cuyo fin era desarmarlos. Oriundo del oeste mexicano, el Gral. Álvaro Obregón intentó por tres veces lograr un acuerdo para aparecer como un pacificador y tener mayores posibilidades de ser reelecto en las próximas elecciones. Este hecho da mayor significado a su muerte en manos del joven católico José León Toral el 13 de noviembre de 1927, en la ciudad de México. La prensa mundial dedicó al suceso sus primeras planas, cuando los culpables fueron fusilados sin juicio. En esos momentos complicados, Calles puso de manifiesto sus dotes de gran estadista al entregar el poder a un presidente interino, Emilio Portes Gil y evitar así un alzamiento militar. Además, libró de culpas a la Iglesia por la muerte de Obregón, confió a Portes Gil, con el asesoramiento de Morrow, la tarea de conseguir la paz y, fundó el PRN (Partido Nacional Revolucionario) origen del actual PRI (Partido Revolucionario Institucional).

Las negociaciones se estancaron hasta la resolución de la crisis política provocada por la muerte de Obregón. A los pocos días, Portes Gil dijo a Morrow que sería preciso llegar a un acuerdo, antes de las elecciones presidenciales del otoño, para evitar una guerra civil. Las gestiones fueron rápidas y contaron con el apoyo del Papa Pío XI. La última negociación tuvo lugar del 12 al 21 de junio de 1929 y culminó con la firma de "los arreglos" entre el gobierno y Leopoldo Ruiz y Flores, delegado apostólico del Vaticano y Pascual Díaz arzobispo de México. De hecho, al tratar con ellos, el gobierno había reconocido la existencia de la Iglesia y asumido el compromiso de aplicar la ley benévolamente mientras se tramitaba su modificación, para lo cual hubo que esperar hasta 1991.

NUEVOS CONFLICTOS. Entre 1932 y 1937, el Gobierno deja a un lado los arreglos y emprende una verdadera persecución religiosa que casi acabó con la Iglesia: los templos fueron cerrados, los dirigentes exiliados, los sacerdotes pasaron a la clandestinidad y muchos cristeros decidieron reiniciar el combate. Este nuevo levantamiento se conoce como La Segunda. Nadie se atrevía a llamarla La Segunda Cristiada porque la Iglesia prohibía la sublevación y la ayuda a los sublevados.

En 1935 sólo quedaban 305 (de 4.000), sacerdotes autorizados en todo el país y 7.500 insurgentes. En 1936, el Presidente Gral. Lázaro Cárdenas prometió que su gobierno no cometería con la Iglesia los errores de sus predecesores, ordenó devolver los templos y permitir el regreso de los sacerdotes. Lo ayudaron en su tarea las nuevas tácticas pacíficas de los católicos. A partir de 1937, los arreglos de 1929 fueron respetados. En 1938, el petróleo pasó a manos mexicanas, ocasión aprovechada por los obispos para manifestar su nacionalismo y desde entonces, la relación entre ambos poderes es de mutuo respeto. *

Los soldados de Cristo

LA REVOLUCION cristera estalló en enero de 1927. Al día siguiente de la suspensión de los cultos, se produjeron los primeros alzamientos espontáneos, tras los cuales el gobierno arrestó a los sacerdotes provocando nuevos levantamientos. Grupos católicos se alzaron contra el gobierno al grito de "¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!". La consigna era: "ir a la guerra en defensa de la libertad de Dios y de los prójimos" y fue dada por La Liga, que así demostró su incapacidad para sopesar las consecuencias de un llamado a la insurrección sin aportar armas, dinero ni organización militar.

En el centro oeste del país el levantamiento fue masivo: hombres, mujeres y niños llegaron de todas partes y se unieron para lograr, con su sola presencia, la capitulación del gobierno. Esta gente, prácticamente desarmada, pasó a la guerra. En el primer choque con el ejército, huyó en desorden. El Presidente Calles, al ver que la insurrección no prosperaba, comentó con el gobernador de Jalisco que aquélla sólo duraría uno o dos meses. "Con tal que no dure dos años", replicó éste, que conocía bien a la gente de su región.

El gobierno y el ejército federal, más conocido como la federación (abreviatura de Fuerzas Armadas de la Federación), actuaban como una unidad: consideraban a la Iglesia su propio enemigo. Como agente del anticlericalismo, la federación, que contaba con unos 70 mil hombres al mando del Gral. Joaquín Amaro, secretario de Defensa, llevó a cabo su propia guerra religiosa. En su estrategia, el Gral. Amaro consiguió gran movilidad para su ejército combinando el transporte por carretera y el ferroviario, con la aviación y la caballería. Pero este esfuerzo estaba condenado al fracaso debido al carácter popular de la insurrección. El poder militar y la dureza de su represión no alcanzaban para vencer a la Iglesia y a los cristeros. Estos luchaban en una geografía que conocían bien y contaban con el apoyo del pueblo, que interfería en la acción del ejército.

La falta de tropas para aplastar los levantamientos populares que surgían por todas partes en el altiplano central, marcaría el curso de los acontecimientos. El ejército presionaba ejecutando prisioneros, matando civiles, destruyendo poblados, arruinando cosechas y poniendo en práctica una verdadera persecución religiosa: todo cura descubierto en el campo era fusilado y todo acto religioso, castigado con la muerte.

ORGANIZACION. Los combatientes, que estaban dispersos en enero de 1927, se convirtieron en guerrilleros y sumaban 20 mil en julio de ese año. Desorganizados, actuaban en grupos (de 50 a 500) de manera espontánea, usaban fusiles tomados al enemigo, contaban con pocas municiones, pero tenían buenos caballos. Trabajaban su tierra y actuaban según la tradición zapatista del soldado campesino. Desde el gobierno se les llamó "cristeros", por aquél a quien defendían. Después del fracaso militar, la Liga no estaba en condiciones de dirigir el movimiento y buscó a un estratega con capacidad militar, que aceptara la obediencia política. El hombre indicado era el Gral. Enrique Gorostieta, un personaje extraño, liberal, jacobino y masón que sentía gran odio por Obregón y Calles. Adoptó la causa de los cristeros sin compartir su fe, como una oportunidad para la venganza, y tal vez, el triunfo. Tanto los cristeros como el general se profesaban una mutua admiración. Este militar de carrera, a sus 40 años, estudió a fondo la táctica de la guerra de guerrillas, sobre la que teorizó y llevó a la práctica con gran destreza. Su alianza con los cristeros tenía como único fin destruir el régimen.

La guerra comenzó de manera lenta, por el desconcierto reinante en el pueblo. Sin embargo, la represión del gobierno y la motivación de la lucha, contribuían a que la rebelión se propagara. Desde agosto de 1926 hasta julio de 1927, la guerra para los cristeros no significaba otra cosa que escapar del enemigo, pero, a partir de ese momento, la Cristiada experimentó un nuevo impulso y se consolidó. Fue entonces cuando el Gral. Gorostieta tomó el mando de la insurrección y puso sus métodos a prueba sobre una pequeña región, que amplió en junio de 1928 a los seis estados del centro-oeste. Aunque los cristeros ya no podían ser vencidos, el gobierno, con el apoyo norteamericano, era amo de la ciudades, las vías férreas y las fronteras. Para su gran ofensiva de diciembre, la federación había reunido todos los recursos posibles, con tropas llegadas de lejanos lugares, pero los cristeros estaban preparados para una larga lucha, y su capacidad de resistencia, en lugar de quebrarse, se exaltaba. El embajador Morrow comprendía muy bien cuál era el problema y así lo manifestaba: "Parece improbable que se logre restablecer la paz, a pesar de los esfuerzos del presidente y de los militares, mientras no se arregle la cuestión religiosa".

Tampoco el Gral. Gorostieta podía hacer mucho sin dinero y sin municiones para contrarrestar con sus cristeros el apoyo político, financiero y militar de los EE.UU. al gobierno. Consideraba las elecciones presidenciales como una salida posible y trató de persuadir a los obispos para continuar la guerra, porque sabía que una vez sellada la paz, sería necesario obedecer. Conocía el espíritu de sus hombres y el motivo de su lucha, por ello comprendió que todo había terminado desde el momento en que la Iglesia llegó a un acuerdo con el Gobierno. Murió a manos de un destacamento federal que lo sorprendió mientras descansaba en una hacienda de Jalisco. Se habló de traición pero este hecho no ha sido comprobado.

PAZ Y GUERRA. De acuerdo con los arreglos, el gobierno no derogaba la famosa ley 130; pero si se suspendía su aplicación, habría amnistía para los rebeldes y se devolverían las iglesias a los curas. Por su parte, la Iglesia reanudaba los cultos. Cuando en junio de 1929 se firmó la paz, había 50 mil cristeros peleando. Como primer resultado de los arreglos, al tiempo que los cristeros deponían las armas, subían los valores mexicanos en la bolsa de Nueva York. No obstante, esta guerra, que tuvo una solución política, costó muy cara. Se habló de un total de 250 mil muertos entre civiles y militares, a lo que habría que agregar los gastos del ejército y las consecuencias económicas de la crisis. La guerra, al afectar el centro agrícola de México, hizo sentir sus consecuencias. Poco a poco la actividad del campo y de las pequeñas ciudades se paralizaba mientras la emigración a los EEUU adquiría proporciones hasta como para constituir un serio problema.

Si la primera etapa de la Cristiada había sido una guerra de pobres, la segunda fue una guerra de miserables. Sin ningún tipo de medios ni ayudas, los cristeros debieron enfrentarse no sólo a un ejército mucho más eficaz, que estaba alerta, a la espera de una nueva insurrección, sino también a una Iglesia inquebrantable que se oponía a la lucha armada. La masacre de cristeros desarmados, una nueva persecución religiosa a partir de 1932, y luego en 1934 y 1935, impulsaron a los supervivientes y a otros nuevos guerrilleros a dejar a un lado la prohibición eclesiástica y lanzarse a la lucha. Las pérdidas de los insurgentes fueron mayores que en la primera etapa. Finalmente, para lograr la reconciliación nacional, Lázaro Cárdenas suspendió en 1938 la aplicación de la ley anticlerical e hizo extensivo el perdón a toda la república. Así logró que los mexicanos vivieran en paz. *