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Asunto:[LEA-Venezuela] ¿Por qué me volví revolucionario?
Fecha:Sabado, 20 de Marzo, 2004  08:11:13 (-0400)
Autor:interfazamazonica <interfazamazonica @.....net>

¿ POR  QUÉ  SOY  CHAVISTA ?

ESCRITO POR FARRUCO   SESTO



1.	Carta  a  Rosa  María.
2.	Un  día  cualquiera.
3.	Valores.



A todos aquellos que lloraron de rabia el  11 de abril, y lloraron de nuevo
el  13, pero de alegría.





BREVE  EXPLICACIÓN


       El primero de los textos es la carta a una amiga muy querida que ve
con reticencia mi compromiso político.  En ella trato de explicarle por
cuáles razones de la mente, y del corazón estamos en esto.  No es más, en
realidad, que una simple carta.  Para Rosa  María, o para cualquier lector
que se acerque a estas páginas de buena fe y con ánimo de comprender.
       El segundo texto está escrito un día cualquiera, a raíz de la
lectura de un periódico que ha tomado partido en la política y conspira
desde la oposición.  Reafirmo en él mis convicciones.  Y expongo a grandes
rasgos los motivos por los cuáles no formo parte de la jauría.
       Por último, reedito un texto ya publicado acerca de los principios
que nos alientan en este proceso.  Fue  escrito a raíz de una conversación
con el comandante Wilmar Castro, un viernes en la noche, hace ya cerca de
dos años, en casa de Rafael Gruzca.  Creo que estaban presentes Julio
Montes, María Cristina Iglesias, Lucas Pou, Jacqueline Farías, William
Fariñas, Alejandro Hitcher, Reinaldo Bravo y otros compañeros.  En esa
reunión Wilmar nos decía que una labor de altísima prioridad era el
planteamiento conceptual de los valores y principios que mueven este
proceso.  Se preguntaba:  ¿A dónde vamos? ¿Cómo será esa sociedad que
estamos construyendo?
       Ese fin de semana, escribí este texto, a manera de índice, o más
bien como una suerte de guía elemental, para que, a partir de ahí, lo
desarrolláramos con detalle, adecuándolo a nuestra realidad concreta.  Esa
tarea, como tantas otras, todavía está pendiente.



CARTA  A  ROSA  MARIA

       Querida  Rosa  María:
       Hace unos días, mientras tomábamos un café amigablemente,
concentrando tu cariño y el mío en una conversación de puesta al día,
manifestaste tu extrañeza, o más bien curiosidad, por mi compromiso anímico
e intelectual, absolutamente blindado, con el proceso de cambios que está
viviendo Venezuela.
       Como quiera que ese tipo de conversación no da para mucho, he
pensado que sería bueno intentar explicarte, muy especialmente a ti, que sé
que no albergas dudas sobre mi honestidad de pensamiento, las razones más
sentidas de ese compromiso que tanto te llama la atención.
       Debo advertir que no quiero convencerte de nada.  No soy un apóstol,
ni propagandista ni portavoz de este proceso.  Pretendo solamente que me
entiendas. Hacer que puedas echar una mirada a los motivos del alma (¿o
debiera decir al alma de los motivos?) de este viejo, leal y perseverante
amigo tuyo.
       Quiero comenzar recordándote lo que tu bien conoces: que he trazado
como norte de mi vida la lucha por la verdad, la justicia y la belleza, a
la procura de que se instalen cómodamente en el reino del común, esto es,
en el universo de las relaciones humanas sobre las que discurre nuestra
existencia.
       Pues si algún sentido tiene la vida, lo tiene, a mi juicio, en las
oportunidades reales de alcanzar el mayor conocimiento posible, la mayor
felicidad posible, la mayor sensibilidad posible.  Me refiero a la vida de
cada uno, sumergida en la corriente del mundo.  Como una historia engarzada
entre millones de historias, todas ellas valiosas, todas ellas merecedoras
de ser observadas sin tener que desviar los ojos por la vergüenza.
       Tu sabes, por consiguiente, que me resisto a aceptar la indignidad
cultivada desde el poder, la ignorancia que es un producto inicuo de la
desigualdad, la pobreza que es el resultado cruel de la injusticia.  Me
molesta en cualquier caso pero más todavía, hasta hacérseme prácticamente
insoportable, cuando las víctimas de todo ello son los niños, los débiles,
aquellos que no tienen ni siquiera la posibilidad de darse cuenta de la
naturaleza del pozo donde están sumergidos.
       Entiendo que todo esto puede parecer abstracto, cuando no retórico. 
Pero  ¿quién no carga consigo su abstracción y su retórica particular?. 
Algunos se la construyen de ambición de poder, de culto al éxito, de
hedonismo privado, por encima de lo que sea.  La mayoría estructuran sus
argumentos a partir de lo que arroja, simplemente, la lucha por la
sobrevivencia.  Aunque, desde luego, hay algunos que los perfilan de
motivos más interesantes.  Yo intento edificar mi vida, sobre  unos puntos
de apoyo tan elementales como los que te dije: que la verdad, la justicia y
la belleza puedan prevalecer en el mundo al cual uno contribuye con sus
pequeños actos.  ¿Pensarías, por eso, que soy un ingenuo? Tal vez pudiera
afirmarse que ello es así, pues una cierta dosis de ingenuidad convive
conmigo, y hasta la cultivo sin que me moleste.  Y alguien podría decir que
soy un estúpido, pasado de moda.  Pues cuanto lo lamento.  Pero así son mis
asuntos.  De esa manera me sitúo ante lo que me rodea para contemplar el
mundo sin quedarme quieto.
       Con esos sencillos principios he tratado de entender el presente,
bebiendo de la historia que nos ha traído hasta aquí, y mirando también
hacia delante, hacia lo que nos espera, intentando influir de alguna manera
en los acontecimientos.
       Y lo que he venido viendo y lo que veo, no puedo decir que me agrade
en muchos de sus capítulos, que son los capítulos del absurdo.
       Veo mucha infelicidad innecesaria. Y no me refiero a la que se
deriva del hecho mismo de la existencia, con sus contradicciones y
dificultades, sino a la que crece y se alimenta de la oscuridad social que
es un producto genuinamente humano.  Veo mucho dolor, soledad, abandono,
malevolencia, crueldad, que son amasados con la harina de las relaciones
humanas.  Y un profundo egoísmo, que hasta ridículo sería, incluso
patético, si no fuera por su perversidad, convertido en basamento de las
ideas más extendidas.
       Y esa infelicidad, y ese dolor, y ese abandono, se concretan de una
manera muy especial en la sociedad venezolana, a la cuál no es posible
observar sin un estremecimiento del alma.
       Millones de personas viviendo en la pobreza absoluta, con las
consecuencias materiales y espirituales que eso significa.  Millones de
personas con sus derechos como seres humanos violados desde el momento
mismo de su nacimiento, y no por causa de la suerte, sino por un diseño
superior al que poco le importan lo que podríamos denominar, tal como se
hace en las batallas, daños colaterales.  Y me pregunto: ¿Cómo es posible
que hayamos llegado hasta aquí?
       ¿Quiénes nos condujeron hasta este punto? ¿Cuáles gobiernos fueron
los que organizaron este desastre social y económico? ¿Qué grupos
influyentes apoyaron a esos gobiernos? ¿Qué intelectuales lo consintieron?
¿En qué lujos y frivolidades se solazaban mientras el país se iba
deslizando por una cuesta interminable? ¿Por qué tantos se desentendieron
de la desgracia de la mayoría para atender exclusivamente sus propios
negocios? ¿Quiénes mandaban a los que mandaban? ¿Dónde estaban entonces los
medios de comunicación que no advertían sobre la ignominia y la oscuridad?
       Y, sobre todo, ¿En qué fantasía nos movíamos para que el horror, y
un gran sentimiento de indignación no nos sobrecogiera a todos? ¿En que
apartado recinto se había recluido la gente que se supone sensible? ¿Fue
sólo encubrimiento o también complicidad colectiva? ¿Hasta dónde, hasta que
capas de la sociedad, alcanzó esa inmoral confabulación?
       Mira hoy a tu alrededor, Rosa María, con la mirada clara, y verás lo
mismo que yo veo y que cualquiera puede percibir: una herencia maldita de
la cual hay que desembarazarse cuanto antes.
       Y aquí, junto a la necesidad del cambio, es donde comienza a
delinearse el augurio de ese mismo cambio, al cual yo me adscribo y en el
cuál hay que confiar, porque ¿sobre qué bases morales aceptar lo que se nos
venía imponiendo desde un poder absolutamente ajeno a ningún sueño que
valga la pena?
       Pues sucede, y menos mal que sucede, que en los ojos de los más
abandonados, ha comenzado a aparecer desde hace poco tiempo un brillo
inusual. ¿Tú no lo ves? ¿En qué lugares te mueves? Seguro que lo verías con
solo proponértelo.  Te invito a venir conmigo a los barrios, a las
urbanizaciones populares, a recorrer los pueblos del interior, para que
veas instalada en la mirada de la mayoría una luz de esperanza.  Abre los
ojos Rosa María, pues algo está pasando.  Algo maravilloso que está más
allá de nosotros.
       ¡Deja por un momento el pequeño ámbito en el cual te mueves! ¡Ese no
es el país! O, por lo menos, no es todo el país.  Apaga el televisor por un
ratico.  Cierra el periódico.  Vamos a la calle, a donde está la gente,
para intentar entenderla, para intentar interpretarla.
       Allí está el nudo de toda esta cuestión que nos tiene en vilo desde
hace ya dos o tres años. ¿Qué es lo que pasa?
       Lo que pasa es que había un importante sector de la sociedad
venezolana, una gran parte de la clase media (aunque no toda, por supuesto)
que vivía en Venezuela como quién vive en un club privado.  Resguardado en
su hábitat particular por unos muros infranqueables, aunque fueran
imaginarios, con todas las facilidades a su alcance, se negaba a admitir la
realidad que hacía estragos fuera de esos muros.  Millones de niños no iban
a la escuela, por poner un ejemplo de ese desastre (¿no te parece un
ejemplo suficientemente contundente?), pero adentro del club los servicios
funcionaban excelentemente. La miseria, la ignorancia, la desesperación, el
abandono, se extendía fuera de los límites del club, pero adentro ese
sector de la clase media, enceguecido o desentendido, disfrutaba de todo un
paraíso privado. ¡Tamaña necedad!  Pues un ambiente y el otro, ambos
parajes de un único sistema social, no estaban desconectados, sino que se
relacionaban fuertemente entre sí.  La fácil riqueza de un lado, tenía que
ver con la pobreza del otro.  La supuesta civilización de los que manejaban
el poder, la información y los recursos, tenía que ver con la calamidad de
la mayoría.  Dos países coincidían en el tiempo y en el espacio, pero uno
no quería saber del otro, prescindía anímicamente de él y hacía como si no
existiese.
       Pero el peso de la realidad termina por desbaratar al cabo cualquier
ilusión mal cimentada.
       Y entonces sucedió lo que hubiera sido previsible para cualquier
observador inteligente: llegó Chávez y llegó la gente de Chávez. Llegaron
aquellos entre los cuales me cuento.  Y te lo digo: sino hubiera sido Hugo
Chávez, hubiera sido otro. Alguien tenía que llegar que desbaratase tanta
hipocresía, malignidad y ensimismamiento perverso.  De modo que llegó.
       ¿Y qué fue lo primero que hizo? Enfocar los reflectores hacia todos
los rincones que eran mantenidos en la oscuridad, para revelar las lacras
terribles de esta sociedad, de la cuál una parte vivía cómodamente a la
sombra de los negociados del estado.
       Una buena parte de la clase media, encerrada en su club de
privilegios, no quería ver como la pobreza desbordaba el país.  Así, pues,
llegó Chávez y lo primero que hizo fue poner ese tema de la pobreza sobre
la mesa.
       Puso todo sobre el mantel la cuestión de los pobres, los indefensos,
los enfermos de la soledad, los marginados de la educación y de la
información, los olvidados por la justicia, los hambrientos, los execrados,
los maltratados.  Les abrió la puerta por así decirlo.  Date cuenta, Rosa
María, que ahora sus rostros, sus expresiones de amargura, de indignación,
de reclamo, o incluso de furia, y, desde luego, también de ilusión y de
esperanza, se han hecho evidentes, se colocaron en primera fila.
       De manera que ya nadie los puede ignorar.  Intentarán detenerlos,
manipularlos, dejarlos donde están, en la orillita misma de la economía y
la democracia, pero no pueden ignorarlos.   Y eso es lo que muchos no
aceptan.  Los muros del club se hicieron invisibles y ahora se ve que el
paisaje no era tan puro y limpio como se suponía.  Es así, querida amiga. 
Ese es el problema.  No hay otro.  Todo lo demás es literatura, un cuento,
una patraña política.  Galimatías intelectuales, neurosis y resentimientos.
Cuando no desviaciones peores.
       El hecho es que esa parte de la clase media fue sacada de su ínsula
conservadora y enfrentada a la realidad que estaba allí, a la sombra.  Una
realidad que nos plantea problemas y exigencias que no pueden dejar de
oírse.  Exigencias dramáticas.
       Y eso es muy fuerte, muy fuerte, yo lo reconozco. Muy fuerte para
quienes estaban contentos en su coto cerrado y protegido.
       Por eso es que yo, junto con otros, junto a millones, estoy con
Chávez. Por esa primera y más valiosa razón: la de haber tomado opción por
los más débiles de la partida, aquellos que, si no es así, si no es por
Hugo Chávez, seguirían sin esperanza ninguna de que sus derechos fueran
tomados en cuenta.  Y no hablo de derechos especiales, de tipo político, o
de otro tipo.  Hablo de los más elementales derechos humanos, a la vida
misma, a la alimentación, a la información, a un mínimo de dignidad como
personas.
       Ese es un mérito del Presidente, un mérito histórico.
Chávez tomó esa opción que nadie había tomado en cuarenta años.  Hizo suya
la causa de las grandes mayorías.  Allí donde tradicionalmente había habido
demagogia barata y electorcita, él introdujo la preocupación genuina por
cambiar la condición de esas mayorías.
       Muchos de los cambios institucionales van en ese sentido.  Muchos de
los temas que orientan las acciones del gobierno van también en ese
sentido.  Se convierte en política de estado el acabar con esa exclusión. 
Los pobres han aparecido en escena y tienen voz propia. ¿No es
suficientemente importante? Dímelo tu, que eres una mujer de alta
sensibilidad.
       Pero además, también estoy con Chávez, porque desde que estoy en la
política venezolana, es el primer gobernante que veo que tiene la intención
de hacer cambios profundos para reconstruir el país. El habla de una década
de plata, para solucionar los más graves problemas y poner (por así
decirlo) el país al día, en las infraestructuras, en la educación y la
cultura, en el desarrollo del aparato productivo, en el hecho mismo de
garantizar que cada venezolano que venga al mundo, lo haga con un mínimo de
condiciones de dignidad.  Y luego, habla de una década de oro, en la cual
se daría un gran salto adelante, así lo entiendo, sobre todo en el plano
espiritual y en el perfeccionamiento de las relaciones sociales.
       Te confieso que esa idea, así planteada, a mi me entusiasma.  Vale
la pena ponerlo todo, hasta la propia vida a su servicio. ¿Para qué estamos
aquí?
       ¿Dirías tu que nos movemos en el reino de la utopía? Yo lo niego. 
Esto no es utopía.  La posibilidad de establecer cambios profundos en un
país, en una sociedad, en el término de una generación, ha sido corroborada
en distintas ocasiones por las gentes que nos precedieron.  Pero si de
verdad lo fuera, quiero decir, una utopía, de todas formas, ¿no valdría la
pena intentarlo, por un sentido mismo de orgullo colectivo?
       A mi, en lo particular, y tu me conoces, siempre me ha gustado
moverme en el ámbito de la realidad.  Pero no para aceptarla con ánimo
conservador, sino para forzarla y doblegarla hacia su transformación.  La
realidad, amiga mía, como tu sabes, no es un destino impuesto por los
dioses.  La realidad, la construimos nosotros, en parte con el pensamiento
mismo que ya la modifica y en parte con los hechos.  Pues la resignación, a
mi juicio, es uno de los pecados mayores y más imperdonables.
       Por eso me gusta esto en lo que andamos, a pesar de los errores sin
número que se estén cometiendo. ¿Y cómo no cometerlos? Cuando una sociedad
se mueve por caminos inéditos debe pagar un precio por ello.  No se nace
aprendido.  No hay recetas escritas sobre el modo de lograr una
transformación profunda.  Y hay pocas referencias sobre los modos de
alcanzarla en paz, tal como lo estamos procurando.
       Como esta carta no tiene, ni mucho menos, la intención de parecerse
a un análisis político, baste reconocer que en muchos aspectos no lo
estamos haciendo bien, pues gobernar en un mar tan encrespado es difícil. 
Y aún más difícil se hace cuando se tiene que construir con el mismo barro
y con las mismas manos, pues no hay otras, que soportaron la construcción
anterior.  Pues la gente no se renueva por decreto.  Los aprendizajes son
lentos.  Los procesos de modificación de las relaciones humanas son muy
complejos.  Estructuras viejas soportan los cambios.  Estructuras
culturales, legales, económicas, que ponen arena en los engranajes.
       Pero aquí estamos.
       Distinguimos de qué lado están los valores profundos.
       Intentamos ir deshaciendo la complicada madeja donde se entremezclan
hoy día los hilos de la justicia, con los de la injusticia, para ver si
podemos diferenciarlos bien.
       Y creo que si la gente de buena voluntad se tomase un vaso de
generosidad en las mañanas durante un tiempo, y apartase de su mente esa
bruma que dan los prejuicios entonces los cambios que el país necesita, y
que son indetenibles, podrían tener lugar a un ritmo más rápido.
       Y nada más.  Espero que estas notas arrojen un poquito de luz sobre
los motivos de mi compromiso.  Si lo he logrado, magnífico.  Si no, tenemos
que buscar la manera de continuar la conversación en otro momento.
       Con el cariño de siempre.
       Un beso grande.





UN  DÍA  CUALQUIERA

       Un día cualquiera, hoy, por ejemplo, que es domingo, leo con
atención a las seis y treinta de la mañana uno de los periódicos más
importantes del país.
       Su lectura siempre me golpea un poco, lo confieso.  Siento que me
acorrala, me pone contra la pared, me señala con el dedo, y pone en
evidencia mi atraso y anacronismo impenitente, el populismo exacerbado de
mis ideas y mi cultivada ceguera ante la realidad, al mismo tiempo que
desenmascara la violencia que yo debo tener y el protofascismo de mi
pensamiento.
       Es duro, lo confieso de nuevo, recibir estos aldabonazos a la
conciencia en tan tempranas horas.
       A juzgar por este periódico y por quienes en él escriben, muchos de
ellos amigos o conocidos míos, hay una buena cantidad de venezolanos
chavistas que estamos convalidando una gran farsa, un estrepitoso fracaso,
conducidos por un caudillo con graves problemas de personalidad, y
manejando ideas decimonónicas, totalmente desvinculadas del mundo
contemporáneo.
       Una gran farsa que, de un momento a otro, va a desplomarse con
estrépito, para volver a situar los asuntos públicos de nuevo en la
trayectoria adecuada.
       Y son tantas y tan importantes las firmas que avalan permanentemente
ese planteamiento acusador que, en un primer momento, logran acomplejarme
un poco. Artistas de gran renombre, columnistas de toda la vida,
prestigiosos analistas políticos, economistas de grandes méritos,
monseñores en activo, premios nacionales, magistrados, profesores
universitarios, y un montón de ex, a saber, exministros, exsecretarios
generales, exdiputados, exgobernadores, exgerentes de empresas públicas,
expresidentes de confederaciones, exgenerales, e incluso hasta
exguerrilleros, todos ellos configurando un gran frente intelectual,
sólido, macizo, uniforme (salvo en cuestiones de detalle), que ponen plazos
y cuentan los días para que se termine esta pesadilla que vive el país,
esta calamidad que yo defiendo.
       La mayoría de los intelectuales están allí.  Lo dicen ellos, lo dan
por descontado.  Y se deslumbran entre sí con sus observaciones y
argumentaciones.
       No cabe duda (es decir, no les cabe duda) de que ellos representan
la inteligencia, el conocimiento, la madurez de la razón, el sentido de
modernidad, el ecumenismo moral, la independencia de pensamiento, el
civilismo y el equilibrio emocional.  También, para apabullarme en esta
tranquila mañanita de domingo, representan sobradamente la mayoría
intelectual.
       Nosotros, por el contrario, representamos, la caverna.  Y somos muy
poquitos.
       Suponen ellos.
       La verdad es que, visto así, es como para amilanarse un poco.
       Pero, ¿será cierto que es tan así? Me hago esa pregunta.
       Para responderme a mi mismo (y de paso no dejarme arrinconar por los
que tienen el recurso de los medios a su alcance, lo cual no es poca cosa)
voy a permitirme anotar algunas dudas al respecto, dudas que se supone que
son la base de todo razonamiento organizado.
       Dudas que expreso a través de algunas interrogaciones directas:
       ¿Será verdad que hay una mayoría de intelectuales que está contra
este proceso de cambio que vive el país? Y, en caso de ser cierto, (yo lo
dudo) a esos intelectuales que se ven a sí mismos como mayoría ¿no les da
grima, no les parece sospechoso, conformar ese cambote, estar en esa
pandilla de pensamiento uniforme o unificado, con el respaldo de los
grandes medios de comunicación y de los antiguos poderes insepultos que
tanto influyen todavía en la escena?
       Me pregunto también: ¿Acaso los intelectuales no tienen intereses?
¿Será que ellos no los tienen?
       Por otro lado: ¿Haber logrado ocupar un puesto en el ámbito público
intelectual, (hablo de renombre, audiencia, acceso a la opinión), acaso es
una garantía de independencia e integridad por su parte?
       Y así como formulo estas preguntas, para mi mismo y para ellos, me
atrevo a dejar escrito lo siguiente:
       Ah, no, amigos, no se oigan tanto a sí mismos, pues no parecen
intelectuales, parecen gentuza.
       No se crean todo lo que ustedes se dicen unos a otros en círculos
cada vez más cerrados.  Dejen la rutina fácil del prejuicio y la
preconcepción, que cada vez les hace más daño y los desafina más.
       Sepan que, como cualquier hijo de vecino en este país, ustedes lo
que están haciendo simplemente es tomar posición, ni más ni menos.  Y ni
sus habilidades ni sus talentos creativos son argumentos válidos y
suficientes para avalar esa posición tan cuestionable.
       Dejen, por eso, el autoelogio, el elogio mutuo, y la complicidad. 
Es decir, dejen de lado la medianía que hoy los empantana.  Arriésguense un
poquito.
       Y, sobre todo, pongan a un lado las motivaciones subalternas.  Junto
con la razón, unan el corazón a la mirada y vean hacia un país que vive más
allá de la gallera de ustedes.
       En todo caso, y eso sería de agradecer, háganse independientes de
verdad y no simuladores de independencia.
       Digo, ustedes, Que presumen de independencia.
       No yo, que soy chavista, y no tengo problemas por eso.
       Que soy chavista y lo sería aunque estuviera solo en esto.  Porque
he sido chavista toda la vida, aún antes de conocer al Presidente. Porque
no me importa sumergirme en el río de la gente y nadar en él.  Y eso es ser
chavista.  Porque con los pobres de la tierra, quiero yo mi suerte echar. 
Y eso es ser chavista.  Porque no me afecta estar en minoría, cuando creo
estar en lo correcto, y eso es ser chavista.  Ni tampoco, por supuesto, me
preocupa formar parte de la inmensa marea del pueblo, tal como ahora
ocurre, en realidad.  Y eso es ser chavista.  Porque no me pueden comprar
con nada, absolutamente con nada, y eso es ser chavista, en esta etapa, en
Venezuela.  Porque trato de utilizar la capacidad de pensar no para
dilucidar las verdades aparentes, sino las verdades profundas.  Y eso es
ser chavista.
       Porque no soy fascista, sino que combato el fascismo que asoma por
los predios de la oposición y que mostró su rostro en los días de abril.  Y
eso es ser chavista.  Porque no renuncio a reflexionar libremente, a ver
con cuidado, y a actuar con generosidad, y eso es ser chavista.  Porque
conozco más o menos bien los entresijos del poder real del cual procede la
injusticia, en este país y en todos los países, y lucho contra él.  Y eso
es ser chavista.
       Porque no como cuentos de camino, y digo con Leon Felipe que ya me
sé todos los cuentos.  Y eso es ser chavista.  Porque no soy populista,
como lo fueron todos, sin excepción, los que manejaron el país durante
cuarenta años, sino que estoy con el pueblo y soy parte del pueblo.  Y eso
es ser chavista.
       Porque no salto talanqueras, ni me desdigo, ni me contradigo.  Y
eso, para mi, en este momento muy particular de nuestra vida, es ser
chavista.
       Porque considero que muchas de las razones de Bolívar, gran parte de
sus propuestas y, desde luego, absolutamente su ejemplo, siguen vigentes
para nosotros.  Y eso es ser chavista.
       Y además, por supuesto, porque estoy con Chávez, con la confianza en
que él no va a traicionar las esperanzas de un pueblo.
       Así de sencillo, en esta tranquila mañana de domingo y en la mañana
que viene, y en todas las que faltan, mientras rehacemos la patria.
       Dando por cierto que somos multitudes.






VALORES


1
       En medio del vértigo que estamos viviendo, me siento a pensar sobre
la intención         última del proceso de cambios.  Intento precisar cual
es el gran objetivo estratégico de este                   proceso.  Con
tanta agua como a pasado bajo los puentes de las revoluciones a lo largo
del siglo XX, creo que vale la pena preguntarse  ¿A qué tipo de sociedad
aspiramos?
       De modo que escribo estas notas con el fin de aclararme a mi mismo
el sentido profundo de los hechos políticos que están ocurriendo en
Venezuela en este paso del siglo.  Espero que ellas den fe de los valores
que quisiéramos que predominaran en la sociedad que estamos construyendo.
       De alguna manera, esos valores podrían ser considerados las bases
espirituales sobre las que se diseña el proyecto de transformación.
2
       Comienzo por decir que acepto sin complejos y con orgullo mi
condición de intelectual chavista.
       Lo soy en cuanto reconozco un liderazgo, el del Presidente Chávez,
pero también en cuanto ese calificativo me hermana con vastos sectores de
la población que tienen en este proceso la única posibilidad de dignificar
su vida.
       Esos sectores, hasta ahora empobrecidos y marginados, son chavistas
porque sienten que Chávez los expresa.  Y yo lo soy con ellos.




3
       El chavismo es, pues, una voluntad de transformación.  Más allá de
los aciertos y errores, de las idas y vueltas, de los tropiezos en el
camino, de la fragilidad de las euforias e, incluso, de las dudas normales
de toda experiencia compleja, entreverada de dificultades, el chavismo es,
sobre todo, una consistente decisión popular de impulsar cambios
irreversibles.




4
       Nosotros acompañamos esos cambios entendiendo que sus
contradicciones son la parte de vida que entre todos aportamos.  Pues los
procesos políticos están hechos del mismo barro que sus hombres y mujeres. 
Se desarrollan con sus imperfecciones.  También con sus virtudes.
       Y esa virtud extraordinaria que es la disposición y el atrevimiento
a renovarse, a rehacerse, es, en definitiva, la garantía de que todo va a
salir bien.  No se tata de una ilusión.  Se trata de una esperanza muy
concreta soportada sobre nuestras propias fuerzas, las fuerzas de la gente
común.




5
       ¿Qué valores reclamamos como nuestros en la gran algarabía social
que estamos viviendo? Cito algunos:
       Espíritu revolucionario, sentimiento de equipo, racionalidad, visión
estratégica, respeto en la diversidad, pasión por la justicia, inclinación
a la belleza, predilección por la verdad, valoración de la memoria
colectiva, sensibilidad social, desprendimiento, conciencia de la
productividad.

       Intento describirlos.




6
       Espíritu revolucionario.

       Esto es adicción al cambio, a la transformación creadora, a la
constante búsqueda de un mejor escenario para las relaciones humanas.  En
la comprensión de que la vida es un permanente fluir y que los cauces por
donde esa vida transcurre, son, en buena parte, una construcción humana que
debe ser revisada y readaptada en toda hora.
       Una sociedad revolucionaria es una sociedad despierta, activa,
dotada de una inconformidad que no le permite, en el caso de sus éxitos,
dormirse sobre los laureles, pero a la que tampoco le afectan tanto los
fracasos ni las derrotas, sobre las cuáles puede siempre redimensionar el
camino.




7

       Sentimiento de equipo.

       Esto es, entendimiento de que la vida social, en su conjunto y en
sus detalles, es obra de un colectivo que viene actuando y dejando su
huella desde el origen de los tiempos.  Entendimiento y consecuente puesta
en práctica de esa idea esencial.  Darse cuente de la capacidad
multiplicadora del esfuerzo concebido y realizado en colectivo.  Sin que
ello contradiga la iniciativa ni la responsabilidad individual sino que,
justamente, la potencie a los más elevados niveles.
       Una sociedad con sentimiento de equipo es una sociedad integrada,
que no permite las exclusiones ni los marginamientos.




8
       Racionalidad.

       Esto es, humanismo concebido y ejercido con inteligencia y
pensamiento lógico. La aversión a todo lo que signifique oscuridad buscada,
que pueda devenir en oscurantismo.  Es el sentido común practicado en
colectivo, el gusto por el razonamiento con una buena dosis de pensamiento
escéptico.  Lo cual no equivale a renunciar de manera alguna a la
valoración de todo lo poético que pueda haber en la relación entre lo
humano y la naturaleza, sino todo lo contrario.
       Una sociedad racional, se construye a sí misma con gran equilibrio y
sabiduría.




9
       Visión estratégica.

       Esto es, capacidad para visualizar el porvenir, a grandes rasgos, y
para saber construirlo.  A fin de no dejarlo al azar,  en previsión de que
el azar no siempre pudiera traer un futuro conveniente.  Esta virtud social
tiene como soportes a la inteligencia, la imaginación y la cultura
profunda, es decir, al conocimiento de la realidad donde nos movemos.  Se
nutre de esa realidad pero no la acepta tal como es, sino que busca deducir
de ella el mejor de los futuros posibles.
       Una sociedad con visión estratégica, es dueña de sí.  Mantiene el
rumbo.  Sabe a donde va.  No escucha cantos de sirena.




10
       Respeto en la diversidad.

       Esto es, tolerancia por lo ajeno, comprensión y aceptación de que la
cultura es múltiple y plural.  Ausencia, por consiguiente de todo
fundamentalismo en la conducción de la vida pública, de todo fanatismo, de
todo dogmatismo, de toda imposición moral, de todo racismo, de todo
privilegio étnico.  Esta virtud puede enunciarse simplemente como la del
amor al prójimo.  Aunque la palabra respeto es más precisa y mas
contundente.  Esto sirve para las relaciones internas y para las relaciones
internacionales.
       Una sociedad que se acepte diversa, es una sociedad sana, sin
complejos, y bien dispuesta a cualquier relación que pueda ser planteada
simétricamente.




11
       Pasión por la justicia.

       O, lo que es lo mismo, rebeldía constante ante la injusticia, para
no aceptarla ni en lo pequeño ni en lo grande.  Hacer de esa pasión por la
justicia el fundamento de todas las relaciones humanas, la base misma de
todo lo que se edifique en conjunto.  Una sociedad injusta es una sociedad
minada por contradicciones insoportables que no la permiten avanzar en paz.
       Una sociedad que se reconoce en la justicia es, por el contrario,
una sociedad donde vale la pena vivir.




12
       Inclinación a la belleza.

       Esto es, afinación permanente de los valores estéticos individuales
y colectivos para construir una vida común cada vez de mayor plenitud y
satisfacción. Esto pasa por una elevación espiritual constante de todos y
cada uno de los ciudadanos.  Y por la búsqueda sin tregua de la máxima
creatividad en todas las acciones y en relación a todos los objetos.
       Una sociedad que busque la belleza, que la acepte en una dimensión
humana, y que haga de ello un valor compartido extensivamente, disfrutará
mucho más de la alegría de vivir y aceptará con mayor dignidad los dolores
y contratiempos de la existencia.




13
       Predilección por la verdad.

       Esto es, conciencia plena de la importancia del conocimiento
verdadero, sin sombras ni claroscuros, sobre la vida de los hombres y sobre
la marcha del mundo.  Para hacer que cada paso se afine siempre sobre el
más firme de los terrenos.  Para que cada acción esté cargada de contenido.
En la aceptación de que la verdad establecida como acuerdo, no es algo que
nazca de  imposición alguna, sino de los argumentos mejor sustentados.
       Una sociedad que ame la verdad, y aborrezca la mentira, será una
sociedad transparente, pura, en el mejor de los sentidos.  Y, por
consiguiente, será una sociedad donde se hará más fácil la existencia de
algún tipo de opresión.




14
       Valoración de la memoria colectiva.

       Apreciación de nosotros mismos.  Vale decir valoración del
patrimonio común, material y espiritual, que nos conecta con nuestra
historia y con la historia de los otros pueblos.  Sentido de la comunidad,
con conciencia plena de las semejanzas y diferencias con otras comunidades.
Es decir, conciencia de la propia identidad.  Respeto por cada una de las
piezas que integran la memoria.  Respeto por la integridad de todas ellas.
       Una sociedad que le dé valor a su memoria colectiva, no incurrirá en
errores pasados, no recorrerá caminos ya andados y, sobre todo, no se
despersonalizará.




15
       Sensibilidad social.

       También podríamos decir sentido de la compasión, enriqueciendo y
complementando al sentido de la justicia.  Es decir, saber ponerse en el
lugar de los otros, para sentir sus problemas e identificarse con ellos. 
Es la virtud social contraria al vicio del egoísmo o individualismo.  Es
absolutamente necesaria para que el equilibrio pueda darse con naturalidad.
       Una sociedad donde la sensibilidad social sea un valor de todos sus
miembros, no conocerá la indignidad ni la miseria.




16
       Desprendimiento.

       Esto es, generosidad, desinterés personal, voluntad de entrega,
puestos al servicio de la felicidad colectiva.  Hace de contrapeso a la
debilidad.  Le lima las aristas al ejercicio del poder y a sus
consecuencias.  Tiene la característica de ser una virtud contagiosa.  Una
vez que el desprendimiento se apodera de la escena, difícilmente puede ser
expulsado.
       Una sociedad desprendida, disfruta más de la vida en términos
esenciales.  Le encuentra más sabor en la sencillez de las cosas.




17
       Conciencia de la productividad.

       Esto es, comprensión del sentido de la riqueza como producto del
esfuerzo colectivo.  Adicción al pensar y al hacer, compenetrados como un
todo.  Amor al método, al proceso, pero también al objeto, al resultado. 
Valoración del trabajo creativo como soporte del ocio también creativo.
       Una sociedad con conciencia productiva, es una sociedad que ha
derrotado de antemano la pobreza.




18
       Al servicio de estos valores, y de otros parecidos que quisiera
saber compartidos por la mayoría de la gente, despliego en mi caso la
contribución grande o pequeña que a cada uno le toca hacer en su área de
actuación.
       No estoy hablando de las miserias de la política.  No estoy hablando
de la mezquindad de los intereses grupales o partidistas.  Por el
contrario, lo hago con respecto a la oportunidad de refundar un país, de
recomponer unas relaciones sociales, de convertirnos, sin complejos, en una
referencia para el mundo, dejando atrás la opresión, la pobreza, la
ignorancia y la injusticia profundas que todavía viven entre nosotros.















OCTUBRE  2002

farrucosesto@...  					  	




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