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Asunto:[LEA-Venezuela] Sostenibilidad, diversidad y
Fecha: 24 de Marzo, 2004  05:33:49 (+0100)
Autor:F. Eduardo <osoriof @.....net>

C O N S T R U Y E N D O   P O D E R   D E S D E   A B A J O 


23 de marzo del 2004

Sostenibilidad, diversidad y movilidad horizontal en los modelos de uso del
territorio

José Manuel Naredo
http://habitat.aq.upm.es/cs/p2/a006.html



El funcionamiento milenario de la biosfera ofrece un ejemplo modélico de sistema
que se 
comporta de modo globalmente sostenible. El hecho de que la Tierra sea un
sistema abierto 
en energía, pero cerrado en materiales (con la excepción de los meteoritos),
unido a que sea 
más fácil convertir materiales de la corteza terrestre en energía, que energía
en materiales, 
hacen del manejo de estos últimos el principal problema de una gestión
sostenible. Habida 
cuenta que los organismos, en general, y los hombres, muy particularmente,
necesitan 
degradar energía y materiales para mantenerse en vida, la manera de evitar que
ello redunde 
en un deterioro entrópico de la Tierra, pasa por apoyar esa degradación sobre el
único flujo 
renovable que se recibe del exterior (el procedente del Sol y sus derivados)
manteniendo un 
reciclaje completo de los materiales utilizados. El fenómeno de la fotosíntesis
es el que ha 
posibilitado este comportamiento: las plantas verdes utilizan la energía solar
para complicar 
la estructura de materiales ya existentes, convirtiendo, pudiéramos decir,
aquella energía 
luminosa en energía de enlace de sistemas más complejos.

Las transformaciones de materiales y energía que se operan en el caso de la
fotosíntesis 
resultan ejemplares con vistas a una gestión sostenible de recursos desde los
cuatro puntos 
de vista siguientes.

Uno es que la energía necesaria para construir o producir (añadiendo complejidad
a los 
enlaces que ligan a los elementos disponibles) procede de una fuente que a
escala humana 
puede considerarse inagotable, asegurando así la continuidad del proceso. A la
vez que tal 
utilización no supone un aumento adicional de la entropía en la Tierra, sino la
desviación 
hacia los circuitos de la vida de una energía que de todas maneras iba a
degradarse.

Otro, no menos importante, es que los convertidores (las plantas verdes) que
permiten la 
transformación de la energía solar en energía de enlace, se producen utilizando
esa misma 
fuente de energía renovable, sin necesidad de recurrir a energías derivadas de
desorganizar 
los stocks de materiales existentes en la Tierra y originar problemas de
contaminación.

Un tercer aspecto es que el proceso de construcción mencionado se apoya 
fundamentalmente en sustancias muy abundantes en la Tierra. Por ejemplo, 
aproximadamente, el agua compone el 90% del peso fresco de las plantas herbáceas
y, a su 
vez, el 90% del 10% de materia seca restante, está compuesto de carbono,
hidrógeno y 
oxígeno. Queda así sólo cerca del 1% del peso fresco total compuesto por los
llamados 
macro y micronutrientes (que suelen existir en el medio en cantidades muy
superiores a las 
requeridas por las plantas).

Una cuarta característica a destacar viene dada porque los residuos vegetales
originados, tras 
un proceso de descomposición natural, se convierten en recursos fuente de
fertilidad, al 
incorporarse al suelo en forma de humus, cerrándose así el ciclo de materiales
vinculado al 
proceso.

Lo anterior nos sitúa en condiciones de analizar cómo las sociedades humanas han
sabido 
poner a su servicio esa producción sostenible de la biosfera, artificializándola
durante 
milenios, sin necesario menoscabo de su sostenibilidad, a la vez que adoptaron
formas de 
asentamiento estable igualmente sostenibles. Pero antes de analizar las
características 
propias de estos modelos de gestión sostenible (para mejor destacar después la
ruptura que 
suponen con relación a las prácticas de gestión contemporáneas y extraer la
oportunas 
enseñanzas) vamos a aclarar un cuestión previa.

¿Puede un sistema de producción que pretenda ser sostenible usar "recursos no
renovables" 
y, en caso afirmativo, cómo tendría que usarlos? Si por recursos no renovables
se entienden 
los stocks de materiales contenidos en la corteza terrestre, la respuesta sería
afirmativa. El 
problema está en cómo usarlos. El ejemplo de la biosfera indica que un sistema
de 
producción puede desarrollarse de modo sostenible utilizando los materiales de
la corteza 
terrestre. La clave de cómo utilizarlos viene sintetizada por Margalef cuando
indica que el 
flujo de energía solar mueve los ciclos de materiales en la biosfera, lo mismo
que la corriente 
de agua hace girar la rueda de un molino. La cuestión clave está en que la
economía de los 
hombres sepa aprovechar la energía solar y sus derivados renovables para cerrar
los ciclos 
de materiales, posibilitando que los residuos de éstos se conviertan otra vez en
recursos. Lo 
cual evitaría el progresivo deterioro de la Tierra que actualmente se opera
tanto por 
dispersión de recursos, como por contaminación con residuos.

Enseñanzas derivadas de los modelos territoriales de agricultura sostenible
Reflexionemos 
sobre cómo pudo reponerse de modo sostenible la fertilidad en los sistemas
agrarios 
tradicionales, para identificar así cuáles fueron las prácticas agrarias acordes
con esa 
sostenibilidad. No es posible imaginar la reposición sostenible de la fertilidad
sin contar con 
la diversidad estructural del territorio que se refleja en diversidad de suelos,
especies, 
ecosistemas, paisajes..., y vocaciones y usos del mismo.

Esta diversidad del medio se traduce también en una diversidad de prácticas
agrarias y de 
modelos de reposición de la fertilidad. Las prácticas agrarias tradicionalmente
sostenibles 
han buscado aprovechar, incentivar o emular la reposición natural de nutrientes
o los 
desplazamientos horizontales de éstos que se observaban en la naturaleza, donde
la 
fertilidad no sólo se reponía con independencia del hombre, sino que se fue
expandiendo a 
la vez que la vida colonizaba los continentes. El movimiento del agua y los
nutrientes que 
reclama la vida de las plantas suele adoptar formas verticales, al igual que la
generalidad de 
los ciclos de materiales de la biosfera: la savia asciende por los troncos hasta
los tallos y 
hojas que, una vez muertos, caen y se incorporan al humus, siendo de nuevo
fuente de 
fertilidad. A la vez que los procesos erosivos, facilitados por el arrastre de
las aguas, así 
como la intervención de los animales, provocan desplazamientos horizontales de
esa 
fertilidad. Los sistemas agrarios se han venido apoyando en ambos procesos para
reponer la 
fertilidad, optando más por uno o por otro en función de las características de
cada 
territorio. Siendo la clave de su sostenibilidad conseguir que la presión de los
cultivos no 
exceda de las posibilidades que brindan los mecanismos de reposición estable de
la 
fertilidad que se operan en el territorio en cuestión.

A la vista de lo anterior se puede decir que la amplia casuística de la
reposición de la 
fertilidad en los sistemas agrarios tradicionales oscila entre dos tipos de
prácticas y modelos 
territoriales diferentes. Uno de ellos es el que practica una agricultura
itinerante que (al igual 
que la ganadería trashumante) alterna espaciadamente por el territorio la
presión que ejercen 
los cultivos sobre la fertilidad y la diversidad, hasta posibilitar su
regeneración natural. Otro 
es el que mantiene áreas de cultivo estables a base de canalizar hacia ellas
(utilizando 
medios de transporte renovables, como pueden ser los arrastres de las aguas o
las 
deyecciones del ganado) la fertilidad que se genera en otras áreas no cultivadas
del 
territorio. Es decir, uno en el que se desplaza o extensifica la presión de la
agricultura sobre 
el territorio y otro en el que se desplazan los nutrientes hacia las parcelas de
cultivo. En 
ambos casos, la sostenibilidad se apoya en mantener un equilibrio entre la
presión de los 
cultivos y las posibilidades de aportar nutrientes que ofrece el territorio.

El ejemplo quizá más extremado y claro del primero de los dos modelos indicados
viene 
dado por la agricultura itinerante, de "tala y quema", que se ha practicado
desde épocas 
inmemoriales en el bosque cerrado tropical. Este sistema de "barbecho forestal"
consiste en 
talar y quemar una parcela de bosque para instalar en ella los cultivos
aprovechando los 
nutrientes contenidos en las cenizas. Cuando a los pocos años éstos muestran
síntomas de 
agotamiento, se abandonan los huertos dejando que la selva regenere la parcela
utilizada. La 
sostenibilidad de tal sistema se produjo tradicionalmente manteniendo la presión
de la 
agricultura por debajo de la capacidad de regeneración del bosque. Por ejemplo,
si el 
proceso de regeneración del bosque durara del orden de sesenta años, la
sostenibilidad del 
sistema requeriría que la superficie de cultivo itinerante fuera inferior a 1/60
del territorio.

La rotación de hojas de cultivo practicada cada seis u ocho años en el bosque
hueco (o 
"adehesado") mediterráneo aporta otro ejemplo comúnmente citado de sistema
agrario 
sostenible mucho más elaborado que el de la "tala y quema" antes mencionado. Se
trata de 
un sistema de complejos aprovechamientos agro- silvo-ganaderos que, pese a estar

altamente intervenido por la mano del hombre, mantiene (en el seno de unidades
de 
explotación suficientemente grandes) la diversidad necesaria para reponer la
fertilidad que 
extrae la hoja de cultivo al sexto... o al octavo que se va rotando por la
finca. Se produce así 
una interacción beneficiosa entre las distintas piezas y aprovechamientos del
sistema que no 
cabe describir aquí en profundidad. Por ejemplo, la rotación ejerce la función
de defender los 
pastos de la invasión de matorral, posibilitando los aprovechamientos ganaderos
de la finca 
que encuentran en el arbolado la alimentación y el cobijo necesarios para
soportar los estíos 
extremadamente secos, calurosos y sin pastos, propios del clima xérico o
mediterráneo. A la 
vez que el ganado contribuye a aportar la materia orgánica en descomposición
necesaria 
para equilibrar los suelos pobres en humus propios de estas zonas climáticas.
Mayor 
intensidad otorga a la agricultura el sistema de cultivo "al tercio", cuya
presencia se observó 
en la Europa medieval y se mantuvo hasta épocas recientes en los suelos más
fértiles de la 
campiña del Guadalquivir. En este sistema se rotan una hoja de cereal, otra de
barbecho 
"blanco" (o escasamente cultivado con plantas mejorantes del suelo) y una hoja
de 
"manchón", en la que se deja crecer la vegetación para alimento del ganado que
permitía 
estercolar y labrar la hoja de cultivo. El principio es el mismo que en la
"dehesa", pero los 
períodos de descanso y la diversidad que alberga son menores. Y menores todavía
son el 
cultivo de "año y vez", en el que se alterna un año de cultivo con otro de
descanso de la 
tierra, teniendo ya que apoyar la mayor intensidad del uso agrícola del suelo
con la 
aplicación de nutrientes de fuera de las fincas. Como ocurre hoy, de forma más
masiva y 
generalizada, con la eliminación de los barbechos y de la práctica común de
rotar el cultivo 
principal con leguminosas y otros cultivos mejorantes.

Un buen ejemplo del segundo de los dos tipos de modelo indicados, podría ser el
de la 
agricultura del valle del Nilo (antes de la construcción de la gran presa de
Assuán). En este 
caso se pudieron mantener áreas de cultivo intensivo estables gracias a los
nutrientes que 
arrastraban las periódicas crecidas del Nilo desde zonas no cultivadas
(aportando 
tradicionalmente la vega baja del Júcar un ejemplo de éste mismo modelo a escala
reducida 
en España). Pongamos otro ejemplo en el que el transporte horizontal de
nutrientes hacia 
parcelas de cultivo permanente, no es obra de la naturaleza, sino de la
intervención humana. 
Puede ser el ejemplo de las zonas intensivas de agricultura en Galicia, cuyos
buenos 
resultados productivos pudieron mantenerse por el traslado de nutrientes desde
las zonas de 
monte y de pastos circundantes, mediante la utilización masiva del "tojo" como
camas para el 
ganado y el potente estercolado resultante, amén del empleo de cultivos
asociados 
mejorantes (como las judías con el maíz). En ambos casos la fertilización de las
parcelas de 
cultivo permanente se abastece con cargo a las fuentes de fertilidad que alberga
un territorio 
diverso, con zonas de monte, de prados,... o con cabeceras de cuenca captadoras
de agua y 
de fertilidad. La diferencia con el primer tipo de modelos estriba en que, en
este caso, el 
cultivo no se tiene que compatibilizar con la diversidad en el propio seno de
las fincas o 
áreas cultivadas, sino con la diversidad del conjunto de la cuenca o comarca en
la que se 
insertan. Ni que decir tiene que la sostenibilidad del sistema depende también,
en este caso, 
de dimensionar las áreas de cultivo en consonancia con la capacidad de las
fuentes locales 
de fertilidad de las que dependen. Se dice fuentes locales de fertilidad, porque
es impensable 
que se puedan trasladar artificialmente los nutrientes a larga distancia, como
no sea en 
forma de fertilizantes concentrados obtenidos, bien de depósitos de la corteza
terrestre, o 
bien por industrias muy consumidoras de combustibles fósiles, siendo por lo
tanto 
globalmente insostenibles estas fuentes de fertilización, cuyo empleo masivo
genera además 
contaminación de las aguas y deterioro de los suelos. Al apoyarse en estas
fuentes 
concentradas de fertilidad, la sostenibilidad local de la actual agricultura
"química" corre 
pareja a su insostenibilidad global, por el doble efecto de ocasionar serios
desarreglos 
ambientales y nutrirse de las existencias limitadas de depósitos concentrados de
ciertas 
substancias en la corteza terrestre.

Resumiendo, que la presión que sobre la fertilidad ejercen los aprovechamientos
agrarios se 
ha podido sostener en un largo período bien mediante el desplazamiento o
dilución 
horizontal de éstos para rebajar su presión sobre el territorio, o bien mediante
el 
desplazamiento horizontal de los nutrientes hacia las áreas en las que se
intensificaba esta 
presión. La principal enseñanza que se extrae de este comportamiento es que la
presión 
sobre los recursos naturales que ejerce un uso local ha de sostenerse sobre
desplazamientos 
horizontales que tiendan a diluir dicha presión o a abastecerla de los recursos
concentrados 
que demanda.

Los dos tipos señalados de reponer la fertilidad en los sistemas tradicionales
dan lugar a 
infinidad de modelos que se solapan entre sí, cuya imagen territorial adquiere
marcadas 
diferencias según predomine uno u otro adaptándose a las diversas situaciones 
edafoclimáticas que definen distintas "vocaciones del territorio". La
sostenibilidad de estos 
modelos no depende ni del tamaño de las unidades de explotación ni de la
intensidad de los 
cultivos o aprovechamientos, sino de su relación con las posibilidades que
brinda el territorio 
de referencia. Tan sostenible pueden ser la ganadería y los cultivos extensivos
en las fincas 
grandes de la dehesa, como el cerdo, las gallinas y el pequeño huerto familiar
superintensivo 
que aprovechan los residuos domésticos.

Sobre la sostenibilidad de los asentamientos humanos en general 

Los modelos territoriales que corresponden a los distintos sistemas agrarios han

condicionado tradicionalmente las formas de hábitat. A la agricultura itinerante
de "tala y 
quema" han correspondido asentamientos provisionales ligados a la
provisionalidad de las 
áreas de cultivo (como también es el caso de la agricultura itinerante
practicada en los oasis 
por las tribus nómadas del Sahara). Sin embargo la rotación de la hoja de
cultivo que se 
practica en fincas adehesadas de gran dimensión, se ha compatibilizado
normalmente con 
asentamientos de población estables en los cortijos y pueblos próximos (al igual
que ocurre 
con el cultivo al tercio de la campiña del Guadalquivir). A la agricultura
estable del "tojo" le 
ha correspondido en Galicia un hábitat también estable pero disperso en forma de
aldeas. 
Mientras que a la agricultura intensiva estable apoyada en la irrigación y los
arrastres 
fertilizadores de cuencas con climas propicios para la fotosíntesis, ha dado
lugar por lo 
común a hábitats más concentrados y populosos. La sostenibilidad, tanto del
hábitat 
disperso como del concentrado, dependía de que dispusiera de un territorio
suficiente para 
asegurar su abastecimiento estable, tanto de alimentos como de los materiales
necesarios 
(las serias dificultades que hasta la revolución industrial planteaba el
transporte de gran 
tonelaje a larga distancia, obligaba construir sobre los materiales locales más
abundantes en 
cada caso (piedra, barro, paja, madera, hielo,...) que no generaban problemas de
recursos ni 
de residuos, dejando para edificios singulares el recurso a materiales escasos o
foráneos.

La sostenibilidad de los sistemas agrarios ha marcado tradicionalmente la
sostenibilidad de 
los asentamientos de población dependientes. El deterioro local de los suelos,
producido 
normalmente por salinización y sodificación de los regadíos o por
sobreexplotación y erosión 
de los secanos y zonas de bosque o pastoreo, suponía la crisis de los núcleos de
población a 
ellos vinculados. En otras palabras que hasta épocas muy recientes no cabía
separar la 
sostenibilidad local y la sostenibilidad global de los asentamientos humanos. Ya
que ambas 
eran solidarias de la sostenibilidad de los sistemas agrarios y extractivos
locales de los que 
dependían tales asentamientos. Insistamos en que tal sostenibilidad local y
global se podía 
producir tanto con formas de hábitat más o menos disperso o concentrado. La
clave de la 
misma estaba en evitar que la presión sobre el territorio de los usos y
actividades de la 
población, originara en el mismo procesos de simplificación y deterioro tales
que hicieran 
dicha presión localmente insostenible.

Y esto no ocurrió de forma generalizada hasta épocas relativamente recientes.

Sin embargo con la revolución industrial se inicia un cambio cualitativo, en el 
comportamiento, y cuantitativo, en la escala territorial, de los sistemas
urbanos y, por 
derivación, en los procesos industriales, extractivos y agrarios que los nutren.
El nuevo 
comportamiento se apoya en el establecimiento de redes que facilitan el
transporte 
horizontal de abastecimientos y residuos desde y hacia áreas cada vez más
alejadas del 
entorno local e incluso regional de los asentamientos concentrados de población.
Al igual 
que los sistemas agrarios acabaron emancipándose de las posibilidades locales de
reposición 
de nutrientes para apoyarse en el transporte a larga distancia de fertilizantes
concentrados, 
los sistemas urbanos se han erigido en los principales motores y beneficiarios
de los masivos 
flujos horizontales de materiales, energía e información que caracterizan a la
civilización 
industrial respecto a las que la precedieron. Como también, al igual que en los
sistemas 
agrarios, se ha divorciado así la sostenibilidad local y la global de los
sistemas urbanos.

Teniendo que diferenciar entre la antigua sostenibilidad local autónoma, es
decir, que se 
resolvía con los propios recursos locales, y aquella otra dependiente, es decir,
que se 
mantiene con cargo a una entrada neta de recursos foráneos, recurriendo a un
transporte 
horizontal de energía y materiales a distancias cada vez mayores.

Estos cambios han culminado en los últimos decenios estableciendo una distancia
sin 
precedentes entre la sostenibilidad local y global de tales sistemas: los logros
en la 
habitabilidad y en la sostenibilidad local (dependiente) observados en los
asentamientos de 
población de los países ricos o "desarrollados", se están apoyando en una
creciente 
insostenibilidad global de los procesos de abastecimiento y de vertido en los
que se apoyan, 
bien directamente o a través de toda una serie de procesos intermediarios. Esta 
insostenibilidad global de los patrones de vida y de comportamiento locales de
las 
metrópolis del mundo "desarrollado" se prolongó al ámbito estatal y regional
hasta abarcar a 
todo el del mundo "desarrollado", extendiendo así al conjunto de los países "del
Norte" la 
función de centros de acumulación y manejo de capitales y de recursos que venían

ejerciendo las megalópolis en estos países, a la vez que se acentuó el papel de
"el Sur" en 
tanto que área de apropiación y vertido al servicio del Norte. Así lo atestigua
la creciente 
importación neta de materiales y energía del Norte con cargo al Sur y la
consiguiente presión 
de los residuos que hace de la evacuación o tratamiento de éstos el problema
ambiental más 
preocupante para el Norte. Por su parte, también las ciudades del Sur ejercen en
los propios 
países en los que se enclavan ese mismo papel de centros de acumulación y manejo
de 
capitales y recursos. De esta manera, las ciudades han dejado de ser tributarias
de la 
sostenibilidad de las actividades agrarias y extractivas locales, para
convertirse en motor de 
la gestión de los recursos naturales a escala planetaria por mediación de los
sistemas que 
hoy los ponen directa o indirectamente a su servicio, a la vez que el creciente
proceso de 
urbanización refuerza la incidencia ambiental de este cambio. Siendo así las
ciudades las 
principales protagonistas de los desarreglos ambientales planetarios, nada de
extraño tiene 
que se les otorgue también un lugar prioritario en la reflexión sobre la
insostenibilidad 
global de los actuales modos de comportamiento y de gestión y las posibilidades
de paliarla.


Referencias bibliográficas 

Campos, P. y Naredo, J.M. (1985) "La energía en los sistemas
agrarios"(Agricultura y 
Sociedad, n. 15.) 

Garrabou, R. y Naredo, J.M. (eds.) (1996) "La fertilización en los sistemas
agrarios"(Madrid, 
Fundación Argentaria & Distribuciones Visor.) 

Naredo, J.M. (1984) "La ordenación del territorio. Sus presupuestos y
perspectivas en la 
actual crisis de civilización" (Curso de ordenación del territorio, Ilustre
Colegio de Arquitectos 
de Madrid.) Fecha de referencia: 30-06-1997

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