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Asunto:[LEA-Venezuela] El corte de corbata
Fecha:Miercoles, 17 de Marzo, 2004  02:20:01 (-0400)
Autor:interfazamazonica <interfazamazonica @.....net>



EL CORTE DE CORBATA

En 1967 conseguí con el ministerio de Obras Públicas el trabajo más fácil
de ejecutar de toda mi carrera de contratista y el que, además, mejor me
rindió economicamente; quizás porque en esa época yo tenía un director de
campo honesto y trabajador o, quizás, porque no había llegado todavía a mi
límite de incompetencia.

-¿Límite de incompetencia?

Es la teoría de un estudioso norteamericano, un tal Peter, quien sostiene
que todos estamos gobernados, dirigidos, administrados y manejados por
incompetentes. Dice que el hombre siempre desea llegar un poco más allá de
sus capacidades y, cuando lo hace, es cuando queda demostrado su
incapacidad o incompetencia, de modo que se mantiene ese nivel. Un escalón
más abajo y sería competente.

-Eso explica muchas cosas. Continúa.

Nuestro contrato consistía en la deforestación del vaso de almacenamiento
del río Tulé, en el Zulia. A mí me correspondían 4.000 hectáreas y había
otras 4.000, del mismo vaso de almacenamiento, que el Ministerio le había
otorgado a otra empresa. El Ministerio suponía que, durante un verano, una
sola compañía no podía deforestar 8.000 hectáreas, de modo que otorgó una
mitad de la superficie a una empresa y la otra, a la mía; sin contar con
que ambos contratistas éramos grandes amigos. El italiano dueño de la otra
empresa me preguntó si yo estaba en condiciones de deforestar las 8.000
hectáreas por mi cuenta, a lo que respondí afirmativamente para concretar
un acuerdo, entre nosotros, donde yo ejecutaría también su contrato y le
dajaría un 10% de comisión. Esto te lo explico, aunque sea un poco
aburrido, para que te vayas haciendo un poco de cultura sobre los procesos
de contratación de los asuntos ministeriales.

Mi amigo y socio Valerio, italiano también, se quedó en el campo como
director de obras y dio inicio a los trabajos. Yo regresé a la oficina de
Caracas. Una semana después Valerio me mandó a avisar que habían muchos
problemas en la zona, que si acaso no era posible rescindir el contrato...
que había suspendido las obras y que él no se quedaría allí un día más.

Me precipité a Maracaibo.

-Doctor, doctor -me dijo-. Aquí hay gente mala. Peligrosa. Éstos no son
como los venezolanos que conocí hasta ahora, qué va.

-¿Qué pasó, Valerio?

-¡Qué pasó, qué pasó! Hasta ahora, nada. Pero imagínese usted que yo,
claro, llevo todos los días a los obreros a la obra; porque si no los llevo
yo personalmente me llegan tarde, así que siempre los llevo en dos
camionetas... Y desde la casa donde estamos hasta el campo, hasta la presa,
y la carreterita, que naturalmente es de tierra, pasa por un caserío. Y
entonces resulta, resulta...

Valerio estaba cada vez más nervioso, se acaloraba, sudaba.

-Resulta, doctor, que tengo que pasar con las dos camionetas frente a la
casa de un tipo que vive allá, que es todo un guapo, un cacique. Porque
aquí hay caciques, ¿sabe? Y ese cacique salió de su casa y se plantó en
medio de la carretera, cortándonos el paso, y me dijo: "mira, musiú: ya
pasaste demasiadas veces frente a mi casa y me estás levantando mucho
polvo... y eso me está molestando. Si me vuelves a levantar polvo una sola
vez más te va a caer el corte'e corbata".

Valerio se interrumpió y me miró atentamente, para estar seguro de que yo
hubiere entendido bien.

-Entiendo, sí, lo amenazaron. ¿Y que es eso del corte de corbata, es muy
grave?

-Ah, ¿ve? ¿ve que no sabe? Claro, porque usted está en la oficina de
Caracas, con aire acondicionado; yo sé que su trabajo es importante,
doctor, pero aquí, coño, aquí, con esta gente, tengo que estar yo. Y usted
no sabe lo que es el corte de corbata.

-¡Pero dígame qué es este bendito corte de corbata!-. Yo comenzaba a reirme
porque Valerio estaba tan nervioso que parecía un niño descubierto en medio
de una travesura.

-El corte de corbata consiste en que te agarran, te cortan la garganta por
aquí, ¿ve?, por debajo y te sacan la lengua... y la hacen colgar por fuera
de la garganta como si uno tuviera una corbata. Si, una corbata con tu
propia lengua. ¡No, qué va! Yo aquí no me quedo, doctor. Búsquese a otro,
lo siento mucho, pero ¿yo, aquí? ¡No! Con ese corte de corbata, el corte de
corbata... imagínese, el corte de corbata... -y Valerio se alejó de mí,
retrocediendo hasta llegar a formar un grupo con los obreros que estaban
allí, escuchando la conversación, con las mismas expresiones de terror. Fue
emotivo verlos haciendo un frente unido contra mí, el "capitalist bastard".

Al día siguiente fuimos juntos al campo. El gran macho de la zona había
dicho que quería hablar con los jefes de la compañía, de cacique a cacique.
En un primer momento pensé en llevar con nosotros a algún ingeniero del
Ministerio para que el trato fuera más oficial, pero mi intuición me decía
que era mejor ir solo con Valerio, a ver si podíamos llegar a algún acuerdo
"a la italiana".

Y así fue.

El cacique nos recibió en sus predios con su cara enfurruñada de pocos
amigos. Despotricaba diciendo que, para ellos, el gobierno nunca hacía
nada. Que la presa era para llevar agua a Maracaibo, que a nadie le
importaba un caserío de indios y que, por eso, tenían que defenderse como
podían.

-Bueno, ¿qué es lo que quiere que hagamos jefe? -le interrumpí, cortando el
río de quejas-. Si es posible, lo haremos.

Lo miré fijamente a los ojos y traté de darle a mi expresión la mirada más
dura de un "hombre-que-se-respeta".

Para decirlo brevemente, el pobre hombre quería que le echáramos un poco de
RC2, es decir asfalto, a un trecho de quinientos metros de la carreterita
de tierra que pasaba frente a su casa, para que no se levantara tanto polvo.

-Usted pide demasiado... -le mentí, aliviado porque era una exigencia
insignificante-. Pero se lo voy a hacer. Y se lo voy a hacer porque usted
se lo merece, porque es un hombre valiente que defiende a su gente.

El cacique se quedó muy satisfecho porque le dije eso enfrente de tres o
cuatro compadres.

Unas semanas después volví a la zona y me ofreció una india "para que me
calentara la cama en las frías noches zulianas".

-¿Cómo que te ofreció una india, papá?

Eso, me ofreció una india. Tal vez tuve una expresión incierta cuando
escuché su ofrecimiento, porque consideró oportuno agregar:

-Usted puede estar seguro de ella, ¿sabe? Porque la que le ofresco es...
¿Ve a esa mujer de allá? -y me indicó con los labios, en ese típico gesto
venezolano que es señalar con la boca, una india medio viejona que estaba
entre un grupo de mujeres de mediana edad- ¿La ve? Bueno, la que le ofrezco
es hija de ella, una que tuve yo con ella. -Y entonces me señaló, otra vez
con los labios, a una linda muchacha de ojos asustados.

Debo de haber puesto cara de alivio. En esta situación tan nueva para mí,
había supuesto que me quería ofrecer a su mujer, a la viejona esa. ¿Derecho
de hospitalidad india? ¿estaba yo obligado a aceptarla?.

Mi expresión de alivio fue logicamente interpretada como una aceptación,
así que el cacique concluyó:

-Cuando usté termine su trabajo aquí, si le gusta la muchacha y se la
quiere quedar, puede llevársela, ¿sabe? Pero si se me la lleva pa' Caracas
me la tiene que pagar. Con cien bolívares se la lleva pa' donde sea.

Cuando regresamos a nuestra oficina, mi amigo Valerio, ya tranquilizado por
el problema del corte de corbata que tanto lo había angustiado, comenzó a
reírse y reírse como un condenado:

-Ahora quiero saber como sale usted de esta vaina... ¿Y si le daba la
vieja? -y se reía, aliviado porque ahora el problema era mío-, pero la
indiecita es linda, doctor, ¡tiene una tetas...! ¿Qué va a decir su señora
cuando se la lleve para Caracas? ¡Ah, pero usted y yo somos socios, doctor!
Adelante, que si usted no quiere a la indiecita -y se partía en dos de la
risa-, pues yo me encargo de ella.

TOMADO DEL LIBRO: VENEZUELA ¡QUÉ VAINA!
Escrito por Aldo Macor. Alfadil Ediciones, 2001.

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( Lo envio para estudiar al "adeco-copeyano cultural" que llevamos todos
adentro
 -trastor )






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