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Asunto:[LEA-Venezuela] La soya
Fecha: 25 de Febrero, 2004  04:20:22 (+0100)
Autor:F. Eduardo <osoriof @.....net>

E C O L O G Í A 


24 de febrero del 2004

La soja: ¿amenaza ecológica o promesa de futuro?

Edith Papp
Agencia de Información Solidaria



Para la deforestación de la Cuenca Amazónica siempre hubo razones. Ante el
llamado del 
poderoso caballero que todos conocemos por el nombre de Don Dinero parecen
importar 
muy poco las voces de protesta que reclaman una mayor protección del "pulmón del
mundo", 
hábitat de innumerables especies animales y vegetales, y hogar de comunidades
humanas al 
borde de la extinción que preservan elementos culturales y materiales de
nuestros 
antepasados más lejanos.

Primero fue la obtención de maderas preciosas para satisfacer los gustos de los 
consumidores de los países ricos; luego hizo falta robarle terrenos al bosque
para expandir 
las zonas de pastoreo del ganado, mientras otros quemaban tierras para extender
la frontera 
agrícola en nombre del "desarrollo", para lo cual nunca faltaron los intereses
foráneos que, a 
su vez, tampoco eximen totalmente de culpa a aquellos que, desde dentro, nada
hicieron por 
que no fuera así.

Hoy, diversas organizaciones ecologistas brasileñas coinciden en calificar el
rápido 
incremento de las áreas sembradas de soja (transgénica para más señas) como una
nueva 
amenaza para la selva amazónica, que a lo largo del año pasado ha perdido por
este motivo 
-según un despacho reciente de la agencia de noticias Associated Press- unos 25
mil 
kilómetros cuadrados, ¡un 40 por ciento más que el año anterior! 

Las noticias sobre la previsible reducción para este año de las cosechas de soja
de Estados 
Unidos (principal productor) empujan a numerosos granjeros locales, tocados por
esta nueva 
"fiebre del oro", a adquirir tierras para sembrar nuevas variedades
-desarrolladas por 
científicos brasileños- resistentes a las inclemencias del duro clima de los
bosques 
tropicales. Sin embargo, ellos son tan sólo los actores locales de un escenario
mucho más 
amplio, en el que importantes empresas multinacionales compiten entre sí para
repartirse los 
beneficios de la expansión de cultivos genéticamente modificados (GM) en los
países en vías 
de desarrollo, proyecto en el que América Latina parece tener un papel
importante.

Crecimiento espectacular

En la actualidad el 85 por ciento del total de soja producida en Brasil procede
de cinco 
Estados: Mato Grosso, Mato Grosso do Sul, Paraná, Goiás y Rio Grande do Sul,
aunque en las 
zonas del norte del país (Rondonia, Pará, y Roraima) se registran últimamente
avances 
impresionantes. Las zonas de cultivo de soja han pasado de las escasas 3.000
hectáreas en 
1997 a 56.000 en 2003. Según el Departamento de Agricultura de Estados Unidos,
el área de 
cultivo de soja en Brasil (calculado por entidades oficiales del país
sudamericano en 18,4 
millones de hectáreas) podría triplicarse en los próximos 50 años. En esa
dirección apunta 
también el plan de desarrollo "Avança Brasil", que busca extender la frontera
agrícola 
penetrando a profundidad en la zona forestal para fomentar el cultivo de la
soja, y al que el 
Gobierno proyecta destinar unos 40 mil millones de dólares.

Si a esto se suman los proyectos de construcción de infraestructuras de
transporte para sacar 
las cosechas (en algunas zonas hasta tres al año) la amenaza ecológica se hace
aún más 
grande. Según los cálculos de economistas con sensibilidad medioambiental
(especie rara, 
por cierto, en estos tiempos complejos que vivimos), una reducción del 20 por
ciento en los 
costes de transporte de productos agrícolas aumenta la deforestación en un 52
por ciento.

Las organizaciones ecologistas consideran especialmente preocupantes los planes
de 
extender los sembrados a la ecorregión de Cerrado -de unos dos millones de
kilómetros 
cuadrados- compartida por varios Estados y una de las zonas de importancia
ecológica 
menos protegidas en la actualidad. El desarrollo de variantes transgénicas
especialmente 
producidas para esa zona y la reiteración de la posibilidad de mecanizar la
producción 
reflejan una clara voluntad de expandir la frontera agrícola en detrimento de la
selva tropical.

De acuerdo con un reciente despacho de la Agencia Brasil (Abr), el gigante
sudamericano 
ocupa actualmente el cuarto lugar mundial en la producción de soja transgénica,
con un área 
sembrada de casi tres millones de hectáreas, precedido sólo por Estados Unidos
(42,8 
millones de hectáreas), Argentina (13,9 millones de hectáreas) y Canadá (4,4
millones de 
hectáreas).

Un problema regional 

El debate en torno a estos temas va ganando cada vez más relevancia regional,
pues más de 
un país de América Latina se enfrenta hoy a la misma problemática. En primer
lugar nos 
referimos a la vecina Argentina, que ocupa el segundo lugar a nivel mundial en
lo que se 
refiere al área sembrada de transgénicos y aporta en la actualidad un 23 por
ciento del total 
de productos genéticamente modificados. Pese a este hecho -de acuerdo con una
reciente 
encuesta del Ministerio argentino de Agricultura- sólo un 64 por ciento de los
consumidores 
consultados afirma "haber oído hablar" de los cultivos transgénicos, frente al
90 por ciento 
de agricultores participantes en el sondeo. El desconocimiento se debe, según
fuentes 
autorizadas, a la falta total de campañas de información con respecto a este
tema, tanto por 
parte de las autoridades oficiales como de las organizaciones ecologistas, que
Greenpeace ha 
tratado de suplantar llamando la atención sobre los potenciales efectos de estos
productos 
en la salud humana y el medio ambiente.

Podríamos mencionar también a Colombia, donde la ONG Fundación Swiss-Aid,
dedicada a 
luchar contra los cultivos transgénicos, se enfrenta en estos meses al gobierno
central en 
torno a una variedad recién introducida de algodón GM. La Fundación Swiss-Aid se
opone 
también a los proyectos de plantar maíz transgénico y a las avanzadas
investigaciones sobre 
la manipulación genética de productos claves de la economía colombiana, como el
café, el 
plátano, la caña de azúcar y diversas frutas tropicales. Otras organizaciones
ecologistas 
lamentan la falta de un mayor debate público sobre el tema, mientras la
Asociación 
Colombiana de Agricultores recuerda que, según una reciente encuesta, un 46 por
ciento de 
los agricultores se manifiesta contrario a cultivar plantas transgénicas.

Cabe recordar que en total cinco países latinoamericanos tienen oficialmente
aprobado el 
cultivo de plantas GM -Argentina, Brasil, Colombia, Honduras, México y Uruguay-
y, si 
descontamos a Argentina y Brasil, el resto del subcontinente aporta solamente el
uno por 
ciento de la producción de transgénicos a nivel global.

Las dos caras del debate

El espinoso asunto de los organismos genéticamente manipulados tiene -como todo
en la 
vida- dos caras. Sería un simplismo imperdonable considerar que los únicos
defensores de 
estos cultivos son las empresas multinacionales, interesadas sólo en incrementar
sus 
beneficios, y los latifundistas locales, deseosos de obtener la mayor tajada del
"boom" que 
apenas comienza.

Existen también razones de peso -y de la más variada índole- que obligan a
pensar con 
amplitud de miras y sentido de responsabilidad en el futuro de los cultivos GM.

Entre ellas, las económicas: según opiniones de expertos en el tema, a la vuelta
de unos 
años, Brasil será capaz de dejar atrás incluso a los propios Estados Unidos, con
todo lo que 
esto implicaría para el avance de sus proyectos socio-económicos y concretamente
para las 
regiones más deprimidas.

En el plano ecológico también se abren perspectivas interesantes -que obviamente
no deben 
ser vistas como "contrapartida" por la destrucción de la Amazonia, porque el
planteamiento 
de por sí resulta inmanejable- pues una política oficial firme y rigurosa que
asegure la 
protección del "pulmón del mundo" tendría que encauzar el desarrollo de estas
actividades y, 
sobre todo, utilizar todo el peso político que va ganando Brasil a nivel global
para frenar los 
intentos foráneos de anteponer los planes de expansión de las empresas
transnacionales a 
los intereses nacionales de este país y a los intereses globales de la
humanidad, que debe 
cuidar esta joya de la biodiversidad.

Entre los proyectos ecológicos de más peso relacionados con la soja destaca la
promoción de 
la producción a gran escala de biodiesel, un combustible no contaminante en el
que 
científicos brasileños vienen trabajando desde hace más de dos décadas. Aunque
hasta el 
momento en el país existen más experiencias en el uso de la caña de azúcar para
obtenerlo, 
la rápida expansión de los cultivos de soja ofrece nuevas alternativas a las
investigaciones y 
a sus aplicaciones prácticas, actualmente en marcha y con resultados muy
prometedores. No 
faltan quienes auguran que mediante el avance de este programa, a medio plazo,
Brasil 
podría ganarse un merecido liderazgo mundial en la sustitución -efectiva, más
allá de la 
retórica- de los combustibles fósiles por fuentes de energía renovables,
encabezando una 
verdadera revolución energética, con todas las consecuencias que de allí se
deriven tanto 
para la economía como para la política mundial.

El debate, pues, está servido para los próximos años. Sólo el tiempo dirá -quién
sabe a qué 
precio en términos de salud humana y medioambiental- qué efectos reales tendrán
estos 
cultivos en la vida de los países del Sur, donde entre 2002 y 2003 el incremento
de sus áreas 
de cultivo (28 por ciento) sobrepasó ampliamente el registrado en los países del
Norte 
industrializado (11 por ciento), bajo la creciente presión de las empresas
transnacionales 
empeñadas en expandirlos hacia las zonas en vías de desarrollo.

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