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Asunto:[LEA-Venezuela] Desarrollo Sostenible: ¿esperanza o coarta da?
Fecha:Miercoles, 11 de Febrero, 2004  20:26:25 (+0000)
Autor:letras director <periodicoletras @.......com>

Desarrollo Sostenible: ¿esperanza o coartada?

Leo Cienfuegos
(Basado en artículo aparecido en TIERRA Y LIBERTAD, # 174)

Rodeada por 8000 policías, en un escenario donde la miseria se disimuló con
esmero, la III Cumbre de la Tierra, o Conferencia Mundial de las Naciones 
Unidas
sobre Desarrollo Sostenible, se realizó en Johannesburgo, Sudáfrica, en
septiembre de 2002. De nuevo los dirigentes del planeta se sintieron 
autorizados
para jugar con nuestra dignidad y con la vida de nuestros descendientes. Ni
calendario ni objetivos marcados, sólo piadosas intenciones. Esta Cumbre,
bloqueada por el principal emisor de gases carbónicos del mundo, Estados 
Unidos,
fue un paso atrás respecto a la de Río de Janeiro, más centrada en las
cuestiones de energía y biodiversidad. ¿Hemos de asombrarnos por ello? Un
militante de Greenpeace hizo un balance escueto: "Es peor que todo lo que
hubiéramos podido imaginar".

   Abundancia: de sueño a pesadilla
En la década de 1960, la tecnocracia prometía, con apoyo de datos 
estadísticos y
modelos matemáticos, progreso tecnológico y expansión económica ilimitados. 
La
sociedad de la abundancia se iba a convertir en condición primordial para la
emancipación humana. Aparecía una nueva religión, la del crecimiento. El 
rechazo
de las limitaciones naturales, la perspectiva exaltada de transformar al
ambiente, el principio de eficacia, la voluntad de poder, la fascinación por 
la
innovación técnica: todo se conjugaba para centrar la civilización en la
producción de bienes materiales. Y el único indicador del bienestar 
considerado
por los que decidían era el famoso PIB (Producto Interno Bruto).

Sin embargo, en los años setenta, tales promesas empiezan a levantar 
sospechas.
Aparecen voces contra esas perspectivas de futuro, contra la huida hacia
delante, contra lo ilusorio y absurdo de la exaltación consumista, contra el
riesgo de sacrificar el porvenir al presente. Se habla de "cambio de rumbo", 
de
"crecimiento cero". Confusamente, nace una angustia ante los fracasos del
progreso, percibido como una trampa que se atrapa a sí misma. La primera 
Cumbre
(Conferencia Mundial de Estocolmo sobre el Medio Ambiente en 1972) busca
responder a esas inquietudes. Va a surgir un concepto: el "desarrollo
sostenible", definido como "desarrollo que responda a las necesidades del
presente sin comprometer la capacidad de responder a ellas por parte de las
generaciones futuras". De forma más precisa, el proceso mediante el cual un 
país
se hace capaz de aumentar su riqueza de manera duradera (sostenida) y 
autónoma,
y de repartirla "equitativamente" entre los individuos. Este concepto de
desarrollo se distingue del mero crecimiento económico, pues iría acompañado 
de
transformaciones políticas, sociales e institucionales.

   La ciénaga del reformismo
En mayo de 2002 se publicó un informe preparado por 1100 científicos (_El
porvenir del medio ambiente mundial_). Sus conclusiones fueron sombrías: en 
30
años, el 70% de los actuales entornos ecológicos vírgenes se habrán 
destruido,
un gran número de especies desaparecerá y, en secuela a la devastación
ambiental, la organización social se desplomará en numerosos países. Muchos 
de
los riesgos medioambientales tienen dimensiones mundiales: agotamiento o
enrarecimiento de las energías fósiles, modificaciones climáticas por el 
efecto
invernadero, grave escasez de agua de aquí a 20 años en varias regiones del
globo, degradación de los suelos, contaminación de diferentes áreas. En lo
socioeconómico, el balance es también desastroso: persistencia de la
sub-alimentación y mala nutrición (ochocientos millones de personas sufren
hambre), agravamiento de desigualdades sociales (el 20% de los más ricos se
reparte el 82% de los ingresos mundiales), flexibilidad laboral,
desmantelamiento de los servicios públicos (alojamiento, salud, agua, 
educación,
transportes), precariedad, exclusión (dos millardos de habitantes del 
planeta
"viven" con menos de un dólar diario).

A pesar de su impasible cinismo, los apóstoles del crecimiento no pueden 
negar
totalmente realidades tan siniestras. Tomando conciencia de la extrema 
gravedad
de los problemas, reconocen sin pestañear que la idea de un islote de 
riquezas
en un mar de pobreza es intolerable (¡favor no reirse!), afirman astutamente 
que
los poderes de la ciencia, de la técnica, de la industria, deben ser 
controlados
por la ética, desconfían a la vez del catastrofismo que desespera y del
optimismo que adormece, apelando con emoción al "civismo planetario" y 
concluyen
muy naturalmente con el crecimiento como remedio para todos los males...
especialmente a los del propio crecimiento.

Algunos ven en la "simplicidad voluntaria", es decir, en el rechazo al 
consumo
ciego, en adoptar estilos de vida más sobrios, la solución a todos los
problemas. Pero no se trata de una propuesta válida para el conjunto de la
sociedad, sino en el plano personal. O sea, mientras que gentes valerosas
aceptan, para salvar al planeta, llevar vida de eco-ermitaños, la élite 
puede
seguir comiendo caviar, montando en vehículos de gran cilindrada y,
ocasionalmente, permitirse alguna que otra excursión espacial. Sin embargo,
otros son más lúcidos. "Toda esta Cumbre (de Johannesburgo) no hace sino
legitimar las actuaciones del librecambio, es un fracaso total", se oye 
decir.
El gran capital y la OMC (Organización Mundial del Comercio) entorpecen la
Cumbre, y algunos ecologistas se quejan. "Las empresas están animadas
fundamentalmente por su voluntad de beneficio. Las condiciones 
medioambientales
y sociales han de someterse a las condiciones del comercio", dice Ricardo
Navarro, presidente de Amigos de la Tierra Internacional (¡qué perspicacia, 
que
precisión de análisis! Lástima que no llega a ninguna conclusión).

   Capitalismo y Estatismo a juicio
Es conocida la capacidad del capital transnacional para hacer valer sus
intereses en el plano político, en plena concordancia con los esfuerzos de 
los
Estados (grandes o pequeños) por acrecentar su poder sobre la sociedad a 
través
de toda clase de regulaciones políticas medioambientales y energéticas, que
antes que detener han favorecido la voracidad del capitalismo globalizador.
Salvo diferencias secundarias, ambos poderes siguen estrategias convergentes 
que
al ejecutarse están liquidando al patrimonio natural e hipotecando la vida 
de
futuras generaciones. Estos criminales no retrocederán ante nada y se
encarnizarán en el sabotaje sistemático de todo proyecto que limite el
crecimiento y, por tanto, el beneficio. Basta con escuchar al portavoz de la
Casa Blanca: "El consumo fuerte de energía forma parte de nuestro modo de 
vida,
y el modo de vida americano es sagrado".

Debe comprenderse que la noción de desarrollo sostenible es incompatible con 
la
naturaleza misma de este sistema. Al capitalismo le es inherente el 
derroche,
así que lo fomenta: disminución de duración de bienes de consumo, 
imposibilidad
de repararlos, multiplicación de objetos desechables, publicidad que 
favorece la
renovación incesante de artículos, de nuevos modelos, de presentaciones o
embalajes, etc. Para satisfacer el apetito del beneficio, artificialmente se
estimula la demanda. En esa competición cada vez más feroz, el reto nunca ha
sido satisfacer necesidades fundamentales, la mejora del nivel de vida o la
utilidad social, sino más bien el aumento de las cifras. Ni que decir que 
para
esto el Estado ha sido encubridor y copartícipe esencial.

El capitalismo sólo puede dar lugar al derroche de recursos naturales. 
Porque no
hay ninguna proporción razonable entre el tiempo de los grandes ciclos
físico-químicos, de los mecanismos que aseguran la estabilidad del 
ecosistema, y
la búsqueda inmediata del beneficio. Porque la ciencia económica, la que
justifica el capitalismo, no se preocupa ni de lo que antecede ni de lo que
sigue al ciclo producción-consumo. Porque los precios bajos de las materias
primas promovidos por las transnacionales incitan al consumo creciente, a 
una
dilapidación de los recursos. Porque si los mercados pueden producir 
riqueza, no
la reparten con equidad. Porque la búsqueda del beneficio engendra y 
necesita
una acumulación de capital cada vez mayor. El capitalismo debe crecer o 
morir;
por ello, la lógica de crecimiento infinito que le caracteriza, que permite 
un
modo de vida basado en el consumo de un capital no reproducible y 
físicamente
insostenible.

El escenario más dramático sería la pasividad, o al menos la ausencia de
reacciones significativas. La facultad de adaptación y de absorción del 
sistema
capitalista es considerable (la descontaminación se ha convertido en un 
mercado
jugoso), mientras que el cinismo de sus defensores no tiene límites, en
particular de los Estados que han convertido este tema en coartada para
incrementar sus poderes reguladores. Miseria, desigualdad, opresión y
destrucción del medio natural son los motores del capitalismo, por eso todo
combate consecuente a favor de un desarrollo sostenible ha de ser por 
necesidad
anticapitalista y anarquista. Cuando, vía privatización o estatización de 
los
recursos naturales, la supervivencia de la especie humana está en juego, la
revuelta no es un derecho, es un deber. Si la juventud actual no lo 
comprende,
lo lamentará amargamente. Y quienes no contribuyan activamente a la toma de
conciencia de esta juventud a la que dejaremos tal desastre, tienen su parte 
de
responsabilidad.

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