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Asunto:[LEA-Venezuela] 5) El Erial (PLEGARIA POR EL ARBOL)
Fecha:Jueves, 9 de Octubre, 2003  21:53:53 (-0400)
Autor:interfazamazonica <interfazamazonica @.....net>

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5) EL ERIAL (PLEGARIA POR EL ARBOL)

(Libro escrito por Constancio C. Vigil)
(Nota de Trástor: La impresión de este libro “El Erial” data de 1933)

Plegarias...
PLEGARIA POR EL ARBOL

ACTUALMENTE se destruyen, en América, bosques inmensos, que nadie se
preocupa en replantar. Tan brutal destrucción de lo que en sentido físico
representa los pulmones de la tierra merece de vuestra benevolencia juvenil
el calificativo de “industria forestal”. Una industria como la de los
indios cuando trocaban oro por vistosos collares de cuentas de vidrio. Hoy
entregáis  el oro de vuestros bosques, por el vidrio colorado, tan bonito,
de los derechos fiscales.

Prepárense así sequías, plagas, angustias para lo porvenir. El desorden de
la naturaleza impondrá un día la reposición de lo que se saquea ahora sin
previsión y sin limitaciones, como botín de conquista... ¡Llegará el
arrepentimiento! Ya se inclinarán apesumbrados nuestros nietos a replantar
el erial! ¡Pero nunca, por mucho que se afanen, reharán estas divinas
arboledas que formó Dios, tan robustas e indemnes! Porque habrá pasado la
oportunidad de hacerlo, y estarán borrados los radios propicios, cambiado
el clima y extinguidas o degeneradas las especies vegetales.

Y surgirán estos montes que nosotros hacemos, estos hospitales de árboles
exóticos, enfermos y contrahechos, tristes remedos de la naturaleza
mutilada, como los miembros artificiales en el cuerpo del hombre.

ACENTUARÍA notablemente la cultura de América una legislación protectora
del árbol.

Esta guerra a ese ser silencioso y benéfico es un desdoro para nuestra
civilización.

A los cantos infantiles de la fiesta del árbol, responde el hacha con sus
agrios ecos, desde lo hondo de los bosques, derribando los templos
perfumados y sonoros, situados dentro del ritmo universal, sujetos a la
influencia de los astros, ¡contesta el hacha, que afea y empobrece nuestra
América, que dilapida en horas el trabajo de siglos!

Del quebracho solamente, acero natural a flor de tierra, se abaten millones
de árboles cada año; y no se planta uno. Cualquier bárbaro troncha una
palmera de cinco siglos para comer “el cogollo”.

Muchos, variados, abundantísimos bienes brinda la naturaleza americana;
¿qué furor insensato os impulsa a matar vuestra divinidades?
Siega la codicia el bosque, como la hoz el herbaje; huyen las aves que
deleitan al hombre y defienden la naturaleza de las plagas; cesan las
lluvias que rejuvenecían y fertilizaban todo con sus gotas eléctricas, y ,
despojada de un órgano esencial, la naturaleza queda enferma.

¡Bárbaros! ¿Con qué compensaréis a nuestra América del mal que le causáis?

NO es código completo el que no establece la declaración del derecho que
tiene el árbol al respeto y a la propagación, como garantía del bienestar
público y de la moralidad de las costumbres.

Los árboles purifican y fecundizan, no sólo el aire y la tierra; nuestro
corazón también.
Apóstoles silenciosos, nos predican el bien, propagándolo a cuanto se les
acerca. Basta mirarlos, para sentir su dulzura; basta tocarlos, para sentir
su paz. Ellos siempre nos están aconsejando.

Los malechores tiemblan al oírlos, como que murmuran en la noche. Tiemblan
porque no oyen lo que dicen, y temen amenazas como las del hombre. ¡Si
entendiesen, serían buenos!

AMAR el árbol es comprender la vida. La armonía y la bondad fluyen de cada
una de sus hojas mejor que de las de un libro.

El ombú es toda la historia de la patria vieja; y la palmera, la del indio.

Además de filósofo, historiador y poeta, el árbol es profeta. Contad los
árboles de una nación y leeréis su porvenir. Nada grande hay que esperar de
los países sin abundancia de árboles.

Felices, fuertes y triunfadores son los pueblos que surgen en medio de los
árboles, y gozan de la caricia de su sombra y de la terapéutica de su fruto.

¿Sabéis de dónde viene, si no es de sus bosques, esta fragancia virginal de
América, que con fruición aspira el mundo?

¡Ay de América, si sus bosques desaparecen! En ellos está el secreto de su
vitalidad exuberante, en ellos nace el soplo soberano que nos empuja al
porvenir.

Los árboles impiden las cargas de caballería, dificultan el paso de cañones
y amparan al perseguido.

Cuando juzguéis a un hombre, disminuid la pena en relación al número de
árboles que plantó.

VALE más plantar árboles que estatuas, que no crecen ni alimentan, ni
abrigan, ni educan, como lo árboles.

Cosas realmente bellas son estos árboles gigantes de algunos paseos,
orgullo de la ciudad, testimonio de su cultura, deleite del espíritu,
defensa de la salud.

Interesemos el corazón de la sociedad a favor de esos seres grandes y
buenos. Cualquier día los amenazará el prurito de la innovación, la racha
de locura que abatió ya otros colosos admirables, para trazar en su sitio
garabatos de jardinería.

ENSEÑEMOS a los niños algo más que la fisiología de los árboles:
enseñémosles a amarlos, puesto que ellos nos colman de beneficios, desde el
nacimiento hasta la muerte, cuando las fibras del árbol envuelven nuestro
cuerpo y es incompleto el sueño si el árbol no lo vela.

Induzcamos al hombre a defender y propagar el árbol.

Sea domeñada el hacha que destruye nuestros bosques, sin piedad, sin ley,
sin miedo.

Que entre, que arrase y robe cuanto pueda la codicia...; ¡pero que respete,
al menos, nuestros bosques!


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