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Responder a este mensaje
Asunto:[LEA-Venezuela] Fw: DIFRUTENLO: "¿A ti te preocupa que se sepa que er es mi amigo?"
Fecha:Martes, 3 de Junio, 2003  23:42:40 (-0400)
Autor:Edinson Luzardo Nava <ediluzardo @.....net>


----- Original Message -----
From: "Alberto Lovera" <loar42@...>
To: <atorres@...>; <aurapina@...>; &rnajbernard@...>;
<eslclara@...>; <ivanbastidas@...>; art;jrosario@...>;
<Kilianzd@...>; <lagatarumbera@...>;
<loveray@...>; <yajairaplanifica@...>
Sent: Monday, June 02, 2003 4:36 PM
Subject: DIFRUTENLO: "¿A ti te preocupa que se sepa que eres mi amigo?"


>
>
>
> >From: "Loranne" <LORANNE_LORAN@...>
> >Reply-To: hombresymujeresdehonor@...
> >Subject: [hombresymujeresdehonor] Fw: [redial_s_bolivar] DIFRUTENLO: "¿A
ti
> >te preocupa que se sepa que eres mi amigo?"
> >Date: Thu, 29 May 2003 07:41:24 -0500
> >
> >Mensaje
> >----- Original Message -----
> >From: Colectivo Opinion Libre
> >To: redial_s_bolivar@...
> >Sent: Thursday, May 29, 2003 7:14 AM
> >Subject: [redial_s_bolivar] DIFRUTENLO: "¿A ti te preocupa que se sepa
que
> >eres mi amigo?"
> >
> >
> >
> >      28 de Mayo de 2003
> >
>
>--------------------------------------------------------------------------
> >       El pais
> >
> >       RELATO DEL UNICO PERIODISTA QUE COMPARTIO LA INTIMIDAD DE FIDEL
> >CASTRO EN BUENOS AIRES
> >       "¿A ti te preocupa que se sepa que eres mi amigo?"
> >
> >       El teléfono de Miguel Bonasso sonó en la noche del 24 de mayo,
poco
> >después de la llegada de Fidel Castro a Buenos Aires. Desde ese momento,
en
> >que el líder cubano lo invitó a cenar, hasta la madrugada en que tomó el
> >avión de regreso a La Habana, el periodista estuvo buena parte del tiempo
a
> >su lado. Este es su relato.
> >
> >       Por Miguel Bonasso
> >
> >         Ocurrió en la noche del sábado 24 de mayo. Yo estaba en mi casa
> >terminando mi nota para Página/12 sobre los 30 años de la asunción de
> >Héctor Cámpora, cuando sonó el teléfono y el embajador cubano, Alejandro
> >González Galeano, me dijo con una voz a la vez divertida y conspirativa:
> >       -Te pongo con un amigo.
> >       Lo entendí enseguida, porque el énfasis puesto en la palabra
"amigo"
> >no dejaba lugar a dudas, pero igual me costó asimilar lo que estaba
> >ocurriendo. Era él, sin duda. Esas pausas, esa voz afónica, a veces
> >inaudible en el secreto, que se agiganta en la tribuna.
> >       -¿Qué tú haces? ¿Qué tú estás haciendo en este momento?
> >       Se lo dije, en automático, sin agregar la palabra "Comandante",
para
> >no darle pasto a los inefables pinchadores de diálogos. Una precaución
> >inútil porque me hablaba desde la suite que le habían destinado en el
hotel
> >Four Seasons.
> >       -¿Y cuánto te lleva terminar tu nota para Página/12? -preguntó con
> >genuina delicadeza. Por suerte yo estaba en la carilla final y calculé
una
> >hora. Me daba vergüenza que nos esperasen para comer. Apenas pude
balbucear
> >una excusa. El prosiguió con calma su interrogatorio:
> >       -¿Y qué tú comes? ¿Eres fanático de la carne o te gusta como a mí
la
> >merluza? Porque aquí a mi lado traigo alguien que viene soñando con la
> >carne argentina; es capaz de comerse un Aberdeen Angus.
> >       Le expliqué, como un guía de turismo, que en la Argentina la mejor
> >merluza (si todavía no estaba extinguida) era la merluza negra. Y volvió
a
> >insistir, bromeando, tras preguntarme por mi esposa:
> >       -Yo no quiero perjudicar tu trabajo. La culpa la tiene el
embajador,
> >porque yo le dije: "Chico, a lo mejor tiene algo que hacer y lo estamos
> >fastidiando". Tú dime, tranquilo, a qué horas terminas tu nota y te
vienes
> >con Anita a cenar con nosotros aquí, al hotel este americano donde
estamos.
> >       Una hora más tarde estábamos en el hotel que había sido Hyatt en
los
> >tiempos de Gaith Pharaon y Alberto Kohan. Atravesamos un grupo de
> >manifestantes y otro de policías. En el lobby los colegas me preguntaron
> >ansiosos si estaba por verlo. Contesté que sí, extrañado de no estar con
> >ellos en la cobertura como hubiera correspondido y me topé con el
embajador
> >que nos aguardaba, impaciente. Subrayó el honor que el Jefe nos estaba
> >prodigando:
> >       -Eres el primero al que llama en Buenos Aires.
> >       Pasamos corredores poblados de custodios y llegamos a la suite
> >presidencial, donde nos aguardaba con su canciller, Felipe Pérez Roque,
un
> >señor maduro, muy amable y circunspecto que era el presidente del Banco
> >Central de Cuba y su infaltable asistente, Carlitos. Allí estaba Fidel
> >Castro, con la histórica casaca verde y las sobrias insignias de
> >comandante, de muy buen humor, feliz de regresar a Buenos Aires tras
> >cuarenta y cuatro años de obligada ausencia. Su último paso por la ciudad
> >había sido a sus lejanos treinta y tres años, cuando gobernaba Arturo
> >Frondizi y él era un joven revolucionario que le exigía a Estados Unidos
un
> >programa de asistencia para el continente de 20 mil millones de dólares.
> >Una cifra desbordada para la época, que pronto copiaría John Fitzgerald
> >Kennedy con su famosa y fallida Alianza para el Progreso. Entonces se
había
> >visto con un hermano de su padre, gallego como él y con sus primas. El
Che
> >le había comentado mucho sobre esa tierra que conocía de chico, tamizada
en
> >blanco y negro a través de las películas de Carlos Gardel y Libertad
> >Lamarque.
> >       Nos sentamos a una mesa circular y preguntó qué vino argentino
> >debíamos tomar. Recomendamos uno bueno, pero no suntuoso y quiso saber
> >cuánto costaba en dólares. Le pareció un precio competitivo. Después
quiso
> >saber cuánto costaban en dólares los mocasines y otros calzados que
> >pudieran importarse. A mi lado, el canciller Pérez Roque, que fue su
> >asistente durante ocho años, descubrió en el pedido que había venido
> >soñando con un bife de chorizo.
> >       -No comí en el avión, preparándome.
> >       Por él había dicho lo del Aberdeen Angus.
> >       Fue una cena distendida, de pura cordialidad, con Fidel
destrenzando
> >nostalgias y bromas a cada paso. No era diplomacia: estaba realmente
> >encantado por estar allí, en la ciudad que no pudo visitar en 1995,
cuando
> >se llevó a cabo la Cumbre Iberoamericana de Bariloche y tuvo que viajar
> >directo entre La Habana y el Sur. Tal vez porque gobernaba Carlos Menem y
> >no quería que alguien mucho más popular que él pudiera robarle cámara.
> >       Recordó el primer asado de su vida, cocinado por el Che con una
> >prodigiosa res que le habían comprado a un campesino en Sierra Maestra,
> >cuando eran un puñado de guerrilleros famélicos. Subrayó que habían
pagado
> >la vaca y que el Che se había pasado varias horas asándola con muy buen
> >resultado. Le dije si no agrandaba aquel suceso con la memoria, influido
> >por el peso iconográfico de su famoso compañero, porque su hermano Raúl
> >Castro sostenía irónicamente en sus memorias que la carne había quedado
> >medio cruda.
> >       -Mira, nunca hablo del Che como un icono idealizado, pero para mí
> >aquel asado estuvo maravilloso. Tal vez por el hambre que teníamos.
Aunque
> >tú citas lo de Raúl y eso lo escribió en aquel tiempo, así que a lo mejor
> >le quedó crudo.
> >       Parecía irreal, pero era cierto. Allí estábamos con ese gigante
del
> >siglo veinte y de lo que va del veintiuno, hablando de boberías como
dicen
> >los cubanos, como muchas veces hacen los verdaderos amigos cuando los
reúne
> >el puro placer de estar juntos pasando la noche. Disfrutando de sus
> >anécdotas, de esa cálida humanidad que hasta le reconocen no pocos
miembros
> >de la derecha civilizada.
> >       Hubiera querido que algunos integrantes de ciertas izquierdas
> >primitivas escucharan sus reflexiones serenas, cargadas de sabiduría,
> >ajenas por completo a la imagen de inflexibilidad que le quieren
construir
> >-sin éxito- los comunicadores de la derecha salvaje.
> >       En algún momento, no sé si por el Alzheimer, el vino, la emoción,
o
> >la carga genética que uno lleva adentro aunque lo disimule, me sorprendí
a
> >punto de soltarle un "General" antes que un "Comandante". Se me mezclaba
en
> >el inconsciente la imagen de aquel Viejo que te decía "hijo" y te
palmeaba,
> >como si el gesto pudiera acortar las distancias, la sensación irreal de
> >estar en un living de Puerta de Hierro frente a la Historia. Por suerte
> >reprimí el furcio a tiempo.
> >       A la una de la madrugada entró el jefe de la custodia y le avisó
que
> >había llegado el gran personaje que estaba esperando. Se levantó y nos
dijo
> >con exquisita cortesía (otro rasgo del carácter que propicia las
> >confusiones):
> >       -Ya está Hugo, voy a verlo. Quédense tranquilos, están en su casa.
> >       Sabíamos que era inútil esperarlo: sus charlas con el presidente
> >Hugo Chávez Frías, a quien quiere realmente como a un hijo, han consumido
> >cientos de madrugadas.
> >       Salimos aturdidos, al lobby cargado de periodistas, invitados,
> >funcionarios de todos los países, espías y camareros atareados. Me
> >preguntaban si lo había entrevistado, si estaba bien de salud, qué graves
> >temas se habían tratado. Me resultaba impropio, presuntuoso, decirles
> >simplemente la verdad: que por un extraño azar había decidido honrarme
con
> >su amistad en estos nuevos tiempos del cólera. Que ese portentoso
> >revolucionario que comandó los sueños de nuestra juventud rebelde, que
ese
> >estadista mundial al que había visto decenas de veces desde la distancia,
> >cargado yo mismo con un grabador y un block de notas, en busca de
> >laentrevista imposible, había decidido honrarme con su amistad. Que
incluso
> >la proclamaba públicamente, como lo hizo recientemente en Cuba durante
una
> >reunión de intelectuales y lo reiteraría luego en Buenos Aires.
> >       -¿A ti te preocupa que se sepa que eres mi amigo? -me preguntó en
> >algún momento de los últimos meses, con ese estilo suyo que interroga
> >sabiendo de antemano la inevitable respuesta. Dándome el pie, quizás,
para
> >que escriba la nota que estoy escribiendo.
> >       Por si todo esto fuera poco, se cerraba un hiato de treinta años
> >entre aquella asunción de Héctor Cámpora en 1973 y la de Néstor Kirchner
el
> >domingo pasado. Dos hombres buenos, sencillos, pero enfrentados a una
tarea
> >ciclópea, habían llegado al gobierno con un intervalo de treinta años (la
> >vida, compañero, nuestra vida, eh) y las emociones trepidaron en el Salón
> >Blanco. Cuando el flamante presidente de los argentinos recordó que había
> >sido uno de los muchachos que vivaban al Tío frente al Congreso y la
> >Rosada, un nudo existencial me atrapó la garganta y tuve que reprimir un
> >sollozo, la congoja acumulada en los años de la dictadura, del menemismo,
> >de la Argentina trucha y saqueada que agostó nuestra juventud y nos hizo
> >ingresar en la madurez con los sueños de fraternidad pendientes, con la
> >certidumbre de que el país amado también nos había limado las esperanzas
y
> >nos había vuelto desconfiados, un sentimiento que hay que aventar para
dar
> >todo lo que hay que dar y cumplir la parábola del Buen Samaritano,
> >magistralmente esbozada por el cardenal primado Jorge Bergoglio en su
fina
> >homilía del Te Deum.
> >       A comienzos de mayo, cuando entrevistamos a Fidel en La Habana, el
> >Comandante nos hizo una de sus clásicas preguntas, de gallego astuto, que
> >sabe lo que le van a responder:
> >       -¿Y ustedes piensan que yo sería bien recibido en Buenos Aires?
> >       -Como Gardel -le solté, provocando la carcajada del ministro de
> >Cultura, Abel Prieto.
> >       Sabía, por haberlo experimentado en mil cumbres de la Tierra, que
> >sería la estrella, el polo magnético, el remolino de custodios,
admiradores
> >de verdad y cholulos, que siguen sus pasos en calles y recintos,
admirados:
> >"¿viste lo que dijo?", "¿viste lo que hizo?"
> >       Sabía que el aplausómetro de la Cámara de Diputados treparía al
> >máximo cuando la alta figura barbada hiciera su aparición, a despecho de
> >ciertos escribas del fascismo maiamero, que pretenden una verdadera
utopía:
> >el aplauso de famosos y anónimos para el minúsculo Jorge Batlle, para el
> >representante cubano-imperial Nel Martínez o para otros minimandatarios
de
> >la democracia sin pueblo que ellos predican. Sólo un preverbal puede
> >asombrarse de que Lula, Chávez y Fidel hayan encabezado el ranking de
> >popularidad de los mandatarios visitantes. Sostener, como muchos
opinadores
> >lo han hecho, que eso podía "comprometer" o robar cámara al presidente
> >Néstor Kirchner, al que un paradigma de la disolución nacional quiso
> >deslegitimar con su fuga, es suponer que este país -atravesado por una
gran
> >esperanza- se va a mantener indefinidamente en el corral de la indignidad
> >carnal con el poder mundial. Que no va a despegar hacia un proyecto
> >nacional, que sólo puede serlo en concierto con las naciones
> >latinoamericanas.
> >       La noche del 25 hubo una recepción nada convencional en el Palacio
> >San Martín. Cuando acabó el saludo de rigor de las delegaciones, cuando
se
> >acallaron los comentarios vivaces de los invitados, el pianista Miguel
> >Angel Estrella interpretó la Patética de Beethoven, para algunos jefes de
> >Estado que trasnocharon. Se ubicaron las butacas en semicírculo frente al
> >Bluttner de cola y el Chango Estrella, una de las más dignas expresiones
> >mundiales de nuestra cultura, preludió su interpretación de la romántica
> >sonata con los diálogos didácticos, profundamente humanos que sostiene
con
> >niños del pueblo, a los que ha dignificado asomándolos a los grandes
> >clásicos. Allí estaban Cristina Fernández de Kirchner, el Presidente de
los
> >argentinos con su lastimadura en la frente (la banda sobre el pecho, el
> >bastón jugando en su mano), Fidel, Chávez y un grupo numeroso de
ministros
> >e invitados, atrapados por esas manos de Estrella que los militares de la
> >dictadura uruguaya quisieron quebrar en el penal irónicamente llamado
> >"Libertad".
> >       El lunes por la noche estaba previsto un acto académico en la
> >Facultad de Derecho; los lectores ya saben lo que ocurrió: miles y miles
de
> >argentinos, con y sin partido, confluyeron hacia el centro magnético y
> >desbordaron la sala de la facultad, la escalinata, la plaza, la Avenida
del
> >Libertador y los parques adyacentes. Algunos dijeron cuatro mil, otros
diez
> >mil, otros cuarenta mil. Da igual: era una marea autoconvocada que
marchaba
> >para atesorar un ilustre recuerdo: ver y escuchar a Fidel Castro. Esa
misma
> >tarde, el hombre magnético había deslumbrado a todos con una de sus
> >transgresiones cargadas de humor: había hablado a los concurrentes a un
> >cocktail de la embajada cubana subido a una mesa, desde la cual -con
humor
> >borgeano- había fotografiado a los que lo fotografiaban.
> >       La prensa ruin habló del tránsito cortado, de los infaltables
> >piqueteros, de la pretensión de reducir todo a "partidos de izquierda",
> >pero la verdad es que miles de argentinos y argentinas acudieron al polo
> >magnético y aguantaron horas a pie firme, en una noche ventosa y fría,
para
> >ver y oír al Comandante.
> >       El no midió ni organizó nada, pero cuando supo que había miles
> >esperándolo se dijo y nos dijo que no los defraudaría, que no permitiría
> >que se fueran a su casa desilusionados por su ausencia. A despecho de los
> >consejos para que cuidara su seguridad, fue a la improvisada tribuna a
> >comprobar con sus propios ojos el milagro: a pesar de todas las versiones
> >contradictorias, de los trascendidos sobre el levantamiento de aquel acto
> >que iba a ser solamente académico, había una multitud terca que no lo iba
a
> >dejar irse sin despedirlo.
> >       Se sacó el abrigo, alarmando a todos los que lo rodeábamos y lo
> >veíamos tan cercano, tan vulnerable como cualquier hombre y se dirigió a
> >los miles de rostros alzados, que se perdían infinitesimales en la
> >confitería situada frente a la Facultad de Derecho, recordando lo que en
> >verdad parecía aquello: una copia de la Plaza de la Revolución.
> >       Habló de Cuba, de lo que había hecho el proceso revolucionario,
sin
> >inmiscuirse en los temas argentinos, que sólo rozó al final, sin dar
> >nombres, cuando recordó la verdad que los ciudadanos de este país con su
> >voto le habían hecho un servicio a la humanidad derrotando a un símbolo
del
> >neoliberalismo.
> >       A la una de la madrugada visitó a su amigo Chávez, que dialogaba
con
> >intelectuales argentinos y volvió a montar el centro magnético en el Four
> >Seasons. Cuando se iba me pidió que dejara descansar "a Hugo" y
postergara
> >para otra vez la exclusiva que teníamos pactada. Le dije que era pedirle
> >mucho a un periodista. "Ustedes son insaciables" y acabó por conceder con
> >fingido fastidio: "hagan lo que quieran". Le pregunté si estaba contento.
> >Una pregunta tonta, que respondió con pudor, refiriéndose al acto que
había
> >concluido dos horas antes como "un honor inmerecido". El viejo comandante
> >había ganado una nueva victoria: el regreso a la ciudad imposible, hablar
> >del Che con los jóvenes argentinos que se lo exigían a gritos. Unas horas
> >antes había dicho que quizás ésta era su última visita. Ojalá no sea
> >cierto, porque su triunfo puede ser visto por los enanos como un show que
> >perturbó el tránsito, pero para muchos fue la evidencia de que la
Argentina
> >inaugural del 25 de Mayo no será socialista, como lo dijo Kirchner al
> >defender su proyecto de capitalismo nacional, pero sí digna, altiva.
> >In-de-pen-dien-te.
> >
>
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