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Asunto:[LEA-Venezuela] Fw: Las audiencias secretas de McCarthy.doc
Fecha:Miercoles, 11 de Junio, 2003  18:43:39 (-0400)
Autor:Edinson Luzardo Nava <ediluzardo @.....net>

El mundo en sus manos

 
Sent: Wednesday, May 21, 2003 8:08 AM
Subject: Las audiencias secretas de McCarthy.doc

El mundo en sus manos

LAS AUDIENCIAS SECRETAS DE JOE MCCARTHY

HISTORIA Y ACTUALIDAD DEL MACARTHISMO

Por: Jorge A Bañales (Brecha) (Fecha publicación:17/05/2003)

Información Adicional

Tema: La radicalización de la derecha norteamericana

País/es: Estados Unidos 

 

En el curso de su campaña anticomunista el senador Joseph McCarthy interrogó en audiencias secretas a cientos de personas, pero sólo arrastró a las audiencias públicas a quienes vio que podía intimidar. Ahora se conocen los testimonios de muchos a quienes el demagogo de Wisconsin no amedrentó.

 

Medio siglo después que Joe McCarthy legara para el léxico político universal su apellido como sinónimo de persecución ideológica, el mismo Subcomité de Investigaciones del Senado que presidiera por 18 meses divulgó la semana pasada las transcripciones de audiencias secretas en las cuales fueron sometidas a la inquisición unas 500 personas.

 

En cierto sentido es una injusticia histórica que el macarthismo haya quedado en la memoria popular como ejemplo de la cacería de comunistas. Cientos de miles de comunistas verdaderos, de los de la planta, bolcheviques de la revolución de octubre, pasaron por los juicios estalinistas entre 1936 y 1938 y murieron fusilados o en campos de concentración dentro de la Unión Soviética. Una década más tarde, miles de comunistas auténticos en toda Europa oriental fueron sometidos al teatro del bochorno en juicios repletos de confesiones, delaciones y contriciones, con lo cual también los satélites del imperio quedaron libres de comunistas.

 

Y sin embargo, durante décadas la persecución de comunistas y otros izquierdistas se ha denominado macarthismo.

 

Es, en realidad, una fama que Joe no se merece. Porque las persecuciones de comunistas arreciaron en Estados Unidos desde mucho antes de que McCarthy se convirtiera en su adalid llevándolas al exceso y el histrionismo que fueron su ruina política y personal.

 

Terminada la Segunda Guerra Mundial y enfrentado Estados Unidos a una Unión Soviética que expandía su área de influencia desde Asia a Oriente Medio y el centro de Europa, el Comité de Actividades Antiestadounidenses de la Cámara de Representantes (HUAC por su sigla en inglés) arremetió primero contra Hollywood. Hay que recordar que entonces el Partido Comunista (PC-USA) era legal, pero una ley abrió la puerta para procesar a quienes propugnaran un cambio en la forma de gobierno del país.

 

En 1947 el HUAC entrevistó a 41 personas en interrogatorios de los que surgió una lista de 19 autores y productores que fueron citados. Algunos dieron su testimonio, como el alemán Bertolt Brecht, quien luego se fue para no volver. Entre quienes también declararon y, atemorizados por la amenaza de prisión, cumplieron con el requisito específico de los inquisidores de que nombraran a otros miembros del PC-USA se contaron Larry Parks, Leo Tonsend, Isobel Lennart, Roy Huggins, Richard Collins, Lee J Cobb, Budd Schulberg y Elia Kazan.

 

Pero diez de los citados -Hoerbert Biberman, Lester Cole, Albert Maltz, Adrian Scott, Samuel Ornitz, Dalton Trumbo, Edward Dmytryk, Ring Lardner, John Howard Lawson y Alvah Bessie- se negaron a declarar acogiéndose a la quinta enmienda de la Constitución, que protege a las personas contra el testimonio que pueda incriminarlos. Condenados por contumacia, recibieron sentencias de entre seis y doce meses de prisión.

 

Si las personas se negaban a comparecer ante el HUAC sus nombres se agregaban a una lista negra y ya no podrían trabajar en la industria cinematográfica. En esa lista, que llegó a tener más de 320 nombres, estuvieron incluidos Leonard Berstein, Charles Chaplin, Aarón Copland, Arthur Miller, Pete Seeger, Orson Welles y Paul Robeson.

 

Pero la eficacia de la intimidación quedó demostrada. En 1951 Dmytryk, uno de los diez contumaces de 1947, enfrentado a problemas financieros y alentado por su nueva esposa, decidió que haría lo necesario para que lo quitaran de la lista negra. Compareció ante el HUAC y nombró a 26 ex integrantes del PC-USA o de grupos izquierdistas. También dijo que Howard Lawson, Scott y Maltz le habían presionado para que sus películas expresaran las opiniones del Partido Comunista.

 

Mientras la 'amenaza comunista' consolidaba su control en media Europa, avanzaba en Corea, Indochina, Filipinas y Guatemala o se infiltraba en los movimientos independentistas de África, la sensación de inseguridad de los estadounidenses llegó al borde de la paranoia: la Unión Soviética también había adquirido armas atómicas.

 

Joe el oportunista

 

Durante tres años McCarthy, un abogado católico de Wisconsin, había sido un senador del montón dedicado a las componendas que lubrican todo cuerpo legislativo de una democracia que se respete. A comienzos de 1950, y con la mira en su campaña por la reelección dos años más tarde, McCarthy comentó en una cena en el restaurante Colony, de Washington, que necesitaba 'un nuevo tema', algo de qué hablar que hiciera hablar de él, que lo colocara en la noticia. Uno de los comensales, el sacerdote Edmund Walsh, sugirió que la amenaza comunista sería buen material de campaña y a McCarthy le pareció una idea excelente.

 

Pocos días después en un discurso ante el Club de Mujeres Republicanas, en Wheeling, West Virginia, el senador afirmó: 'Tengo en mi mano una lista de 205 casos individuales de funcionarios del gobierno que, aparentemente, son miembros con carné o ciertamente son leales al Partido Comunista'.

 

La bomba estaba lanzada, y McCarthy se transformó en centro de la atención de la prensa. Claro que no siempre dijo lo mismo: en su discurso siguiente en Salt Lake City señaló que los presuntos sediciosos infiltrados en el gobierno eran 57, y cuando el 20 de febrero presentó el asunto ante el Senado sostuvo que eran 81.

 

Como abanderado del anticomunismo, McCarthy fue reelegido y anduvo en la cresta de la ola: una simple frase suya bastaba para arruinar la carrera de un funcionario, algunas palabras suyas a los votantes ayudaron a que muchos correligionarios fueran elegidos.

 

Los métodos de McCarthy fueron los de todos los inquisidores: aislamiento de los 'sospechosos', amenazas, la extorsión de prometerles misericordia si delataban a otras personas, y un manejo eficaz de la prensa: el senador acusaba, esparcía sospechas, señalaba y seguía adelante desenmascarando una terrible conspiración comunista. A los acusados nadie los escuchaba. Los investigadores de McCarthy revisaron el Programa de Bibliotecas de Ultramar y encontraron 30 mil libros escritos por 'comunistas, pro comunistas, ex comunistas y anticomunistas'. Después de que se publicó la lista, los libros desaparecieron de las bibliotecas. Las encuestas de la época señalaban que más de la mitad de los ciudadanos aprobaba las campañas de McCarthy, lo cual muestra la vulnerabilidad de los estadounidenses -al igual que cualquier otro pueblo- a los hechizos del patrioterismo.

 

En 1953 McCarthy, que ya había hostigado a funcionarios de la administración del demócrata Harry Truman, asumió la presidencia de un nuevo subcomité permanente del Senado: el Subcomité de Investigaciones sobre las Operaciones del Gobierno, y puso la mira en la nueva administración encabezada por el republicano Dwight Eisenhower. El subcomité, que en todo el año anterior había tenido seis sesiones a puertas cerradas, tuvo en 1953 un total de 117 audiencias de ese tipo bajo la batuta de McCarthy.

 

Las transcripciones

 

En los 18 meses siguientes McCarthy condujo cientos de audiencias a puertas cerradas, las mismas cuyas transcripciones recién ahora conoce el público estadounidense y entre las cuales el senador eligió cuáles serían sus 'testigos' en las audiencias abiertas a la prensa y a los espectadores. De ellas surge la imagen de McCarthy, en una sala cerrada, rodeado por sus adláteres, ejerciendo presiones sobre cientos de personas entre las que hubo ciudadanos comunes, funcionarios de gobierno, famosos y también miembros de las fuerzas armadas.

 

Cuando un maestro de Nueva York se negó a contestar a sus preguntas, McCarthy ordenó a uno de sus ayudantes que trasmitiera el testimonio del interrogado a la Junta de Educación de esa ciudad. 'Presumo -comentó- que con este testimonio la junta despedirá a este hombre.' Luego, volviéndose hacia el maestro, le dijo: 'Debo agregar que también el testimonio de su esposa se trasmite a la Junta de Educación. Presumo que también a ella la despedirán'.

 

Muchas de las audiencias secretas se llevaron a cabo en la oficina de tribunales federales de Nueva York, y en una de ellas un soldado que había sido suspendido del Ejército porque su madre había sido comunista, fue interrogado por McCarthy.

 

-Bueno, ¿alguna vez le preguntó si ella era comunista? -quiso saber el senador.

 

-No, señor -respondió el hombre.

 

-Cuando iba a verla ¿no sintió la curiosidad? Si alguien me dijera que mi madre era comunista yo tomaría el teléfono de inmediato y le preguntaría ¿Mamá, eso es verdad? -dijo McCarthy.

 

Pero muchos fueron los que no se achicaron ante las bravuconadas y amenazas de McCarthy. Un caso fue el compositor Aarón Copland.

 

-Usted tiene lo que parece ser una de las actividades de fachada de los comunistas más perdurables de las que hemos visto aquí -le dijo el senador a Copland en una audiencia secreta.

 

-Yo paso mis días componiendo sinfonías, conciertos y baladas. No soy un pensador político -replicó el músico.

 

La demagogia alimentada de sensacionalismo y paranoia tiene un problema: debe acentuar constantemente el grado de alarma o se esfuma. McCarthy cruzó una línea de exceso cuando empezó a hostigar a miembros de las fuerzas armadas, las mismas fuerzas recibidas como héroes en 1945 y en primera línea de fuego contra el comunismo en Corea.

 

El secretario del Ejército, Robert Stevens, dio la primera señal cuando en octubre de 1953 ordenó a todos los miembros de esa fuerza que rehusaran responder a las preguntas del subcomité del Senado. Acelerado en su campaña, McCarthy no midió el avispero donde metía el dedo y continuó con sus métodos.

 

Las transcripciones muestran que cuando el general Ralph Zwicker, héroe condecorado, se negó a dar información sobre un dentista del Ejército vigilado porque se sospechaba que era miembro del PC-USA, McCarthy dijo que el oficial 'no estaba calificado para usar uniforme'.

 

Cuando las preguntas sobre el mismo dentista se toparon con una negativa a declarar del teniente coronel Chester T Brown, McCarthy estalló en improperios: 'Sé que los comunistas se niegan a responder', dijo. 'Pero no toleraré que un oficial del Ejército proteja a un comunista. Usted va a contestar estas preguntas o su caso irá ante el Senado por contumacia, y yo me cuidaré de que se llegue hasta las últimas consecuencias. Esto ya me tiene asqueado, me tiene enfermo y estoy harto de estas negativas.'

 

Final rápido, legado largo

 

Al aproximarse las audiencias públicas en 1954, McCarthy seleccionó a quienes sometería al escarnio público. Las transcripciones demuestran que ninguna persona que le hizo frente fue citada a las audiencias públicas, y las que más se humillaron y quisieron lavar su 'pecado comunista' delatando -con o sin razones- a otros fueron las llamadas para el espectáculo.

 

Tan ocupado debe haber estado el senador de Wisconsin en aquel invierno que siguió indiferente a las señales que venían de la administración del presidente Eisenhower, furioso por el acoso a miembros de las fuerzas armadas.

 

El 4 de marzo el entonces vicepresidente Richard Nixon -que había hecho su propia fama como cazador de espías comunistas- siguió las instrucciones de Eisenhower y en un discurso se refirió a 'aquellos que en el pasado han realizado una tarea eficaz exponiendo a los comunistas en este país, pero que por sus discursos irresponsables y métodos cuestionables se han convertido ellos en el asunto principal, desplazando la causa en la que creen tan profundamente'.

 

Eisenhower hizo otra maniobra que sería fatal para la carrera política de McCarthy: insistió y logró que las audiencias públicas fueran televisadas. Durante 36 días hubo 32 testigos, con un total de 187 horas de trasmisión televisada de las audiencias a las que asistieron 100 mil testigos directos y cuyos dos millones de palabras en testimonios se pronunciaron ante una audiencia nacional.

 

Día a día el país entero, ya enganchado en ese novedoso medio de comunicación, vio cómo McCarthy hacía su drama, señalaba con el dedo acusador a otro hombre, esparcía sospechas, hasta que durante una de sus rachas el abogado jefe del Ejército, Joseph Welch, se paró, lo enfrentó y le dijo: 'Hasta este momento, senador, creo que no le había tomado realmente la medida a su crueldad e irresponsabilidad. No sigamos asesinando a este caballero, senador. Ya ha hecho demasiado. ¿No tiene usted sentido de la decencia, señor? ¿Es que usted no tiene sentido de la decencia'.

 

Y con eso terminaron las audiencias y, prácticamente, se terminó McCarthy. El 2 de diciembre de 1954 el Senado votó 67 a 22 condenándolo por 'conducta contraria a las tradiciones senatoriales', la tercera condena en apenas 165 años de historia de esa cámara.

 

El macarthismo dejó una huella profunda en la cultura estadounidense, y las persecuciones, tanto del HUAC como del mismo McCarthy, arruinaron la carrera de miles de personas. Las reverberaciones de la caza de comunistas afectaron el cine, el teatro, la televisión, la literatura y el ambiente académico.

 

Pero, en última instancia, en lo que se refiere a la eliminación de comunistas, Joe fue mucho menos eficaz que los estalinistas: ni una sola de las personas investigadas, en audiencias secretas o públicas, por McCarthy fue a la cárcel por crimen alguno.

 

Derrotado políticamente, McCarthy se sumió en el alcoholismo y murió el 2 de mayo de 1957 a los 48 años de edad.

 

'Hoy, al brindar un amplio acceso público a las transcripciones de esa era esperamos que los excesos del macarthismo sirvan como advertencia para las generaciones futuras', dijo la senadora republicana Susan Collins, de Maine, quien ahora preside el Subcomité de Investigaciones. 'Y al poner a disposición estas transcripciones, no sólo a los académicos que van a los archivos sino a todos los que quieran verlas, esperamos educar a los jóvenes acerca de este capítulo muy desgraciado en la historia de Estados Unidos.