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Asunto:[LEA-Venezuela] EL ABUELO
Fecha:Jueves, 29 de Mayo, 2003  08:43:19 (-0400)
Autor:Julio Cesar Centeno <jcenteno @..........ve>

 
El Abuelo
 
El día que mi abuelo vino a vivir a mi casa, con mis padres, fue un día que no olvidaré jamás.

Acababa de cumplir mis primeros 5 añitos y dentro de mi ingenuidad vi esta escena que no se me olvida nunca:

Mi abuelo Pedro me llevaba más de 70 años, ya estaba  muy viejecito. Me contaba una y otra vez las cosas increíbles que le habían pasado en su vida.

Las manos le temblaban, su vista se nublaba y sus pasos flaqueaban cada día más. Parecía incluso que se le olvidaba caminar.

Todos los días, cuando yo llegaba del colegio y nos sentábamos a la mesa a comer, las manos temblorosas de mi abuelo Pedro y su vista casi perdida por completo hacían que comer resultara muy difícil para él.

La comida caía de su cuchara al suelo y cuando intentaba tomar un vaso de agua o de leche, lo derramaba sin querer sobre el mantel.

Mis padres se cansaron de esta incómoda situación y se dijeron:

"Tenemos que hacer algo con el abuelo. Ya he tenido suficiente. Derrama la leche, hace ruido al comer y tira la comida al suelo". 

Desde ese día mis padres decidieron poner una pequeña mesa en una esquina del comedor, algo alejado de donde nosotros comíamos.

Allí mi abuelo Pedro comía solo, mientras nosotros disfrutabamos la hora de la comida, pero yo con mis poquitos años de vida no sabía por qué el abuelo no estaba con nosotros. Cuando lo miraba parecía que cada vez estaba más solito él.

Como mi abuelo había roto varios platos, mi madre le servía la comida en un plato de madera.

Muchas veces, cuando le miraba, a mi abuelo Pedro se le veía caer una lágrima de sus ojos cansados, pareciéndome que me querían decir algo hermoso pero que no supe comprender en aquel momento.

Y mientras que yo intentaba saber el por qué de esta situación, mis padres le hablaban con palabras frías, llenas de ira y de enojo.  Cada vez que se le caía el plato o derramaba la leche, ya estaba mi madre y mi padre llamándole la atención.

Yo observaba todo esto en silencio, pues no comprendía nada, era demasiado pequeño para entender la situación.

Pero una tarde cambio todo. Antes de cenar, mi padre me observó cuando estaba jugando con varios trozos de madera en el suelo de la cocina y me preguntó

- ¿Qué estas haciendo?

Y yo con la ingenuidad y la dulzura de un niño de 5 años le contesté:

- "Ah, estoy haciendo un plato de madera para ti y otro para mamá, para que cuando yo crezca, ustedes puedan comer en ellos"

Las palabras golpearon el corazón de mis padres de tal forma que quedaron sin habla los dos. Las lágrimas rodaban por sus mejillas como nunca antes había visto.

Y aunque ninguna palabra se dijo al respecto, ambos sabían lo que tenían que hacer.

Esa misma noche mi padre tomó gentilmente la mano de mi abuelo Pedro y lo guió de vuelta a la mesa de la familia. 

Por el resto de sus días ocupó un lugar en la mesa con nosotros. Y por alguna razón, ni a mi padre ni a mi madre parecían molestarse más cada vez que el tenedor se caía, la leche se
derramaba o se ensuciaba el mantel.

He aprendido treinta años más tarde que esta situación que ocurrió hace muchos años se podía repetir ahora mismo con mis padres y eso no lo voy a consentir. Independientemente de la relación que tengamos con nuestros padres, los vamos a extrañar cuando ya no estén con nosotros.

He aprendido que aún cuando me duela, me incomoden,  no debo dejarlos solos, ellos me necesitan.

He aprendido una vez más a valorar lo que tengo, antes de que desaparezca. Después si lo echaré de menos verdaderamente

Las personas de tu alrededor olvidarán lo que dijiste y lo que hiciste, pero nunca cómo los hiciste sentir, por eso haz feliz a tus padres en el ocaso de su vida. Ellos lo hicieron por ti en tu niñez.