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Asunto:[LEA-Venezuela] Una jornada de pescador lacustre...
Fecha:Domingo, 30 de Junio, 2002  07:38:34 (-0400)
Autor:Jorge Hinestroza <vitae1 @.......net>

 
 
Panorama, Maracaibo, domingo 30 de junio de 2002
 

Al caer el sol se inicia la labor de cientos de zulianos que emergen desde las riberas del Lago para adentrarse en sus aguas portando las redes de la esperanza. Su mayor anhelo: capturar suficientes camarones para el sustento.

Además del patrón, el plomero y el segundo plomo, la tripulación está compuesta por el cayuquero, quien desde la proa impulsa el canalete para ayudar a dirigir la embarcación, y el faldero, quien colabora en el levantamiento de la mandinga.
La actividad en el lago ha dejado de ser rentable
Pescadores, la otra batalla

Una jornada en el Lago puede durar entre las 6:30 pm y las 5:00 am. Con el desempleo ha aumentado el número de personas dedicado a la actividad. “Sentí mucha hambre y frío. Fue una noche infinita para mí”, relató Ricardo Paz al recordar su primera experiencia como pescador.


Texto: Moisés Arévalo

Apenas medio kilo de camarones y algunos residuos de basura en el primer lance presagian una noche nada halagadora para Edgar Morillo y sus cuatro acompañantes de embarcación, quienes como de costumbre surcan las aguas del Lago en sus labores de pesca.

Desde su posición de segundo plomo, parado al centro de la lancha, sacude la red para depositar el escaso producto dentro de uno de los cajones.

Levanta la mirada y suspira. Fija sus ojos en la distancia y contempla el Puente Sobre el Lago. Son las 8:00 pm, y en la oscuridad de un cielo sin luna ni luceros la silueta iluminada de la estructura vial es todo un espectáculo.

“Por lo menos hoy no hay marullo”, comenta al tiempo que va girando la cabeza en busca de algo que no puede verse, pero que de seguro está en alguna parte.

“Vámonos hacia el muelle que allá se ven unas lanchas y de pronto están sacando algo”, grita el patrón Joan Gutiérrez desde su posición de conductor y jefe del grupo. Edgar se sienta y el ruido del motor provoca un silencio automático entre los pescadores.

“Esto no da”

Poco a poco la lancha va bordeando la costa de Santa Rita en dirección a uno de los muelles abandonados por empresas relacionadas con la explotación petrolera. No hay brisa y el viento que rosa la piel, por el desplazamiento de la embarcación, refresca la incertidumbre.

“Ya no es como antes. Aquí se conseguían los camarones en la propia orilla”, relata el hombre, quien cuenta 28 años, está casado y tiene una hija de cuatro años.

“Siendo niño llegué a sacar hasta 45 kilos usando como red un saco común y corriente. Es más, hace unos cuatro años una lancha podía sacar hasta 5.000 kilos mensuales, pero ahora ya no da”.

A medida que la lancha se aproxima al muelle, en Santa Rita, se empiezan a divisar otras siete embarcaciones allí atracadas. Cerca, una de ellas ha logrado sacar algunos kilos y el resto espera turno con la esperanza de encontrar buena provisión.

“Como taxistas”

“Aquí somos como taxistas, al saber que hay camarones las lanchas se agrupan y van saliendo una por una”, comenta Ricardo Paz de 36 años, quien desde su posición de plomero se encarga de arrojar y recoger la mandinga (red).

Su título se debe a los plomos con los cuales se fija la red al mecate guía y cuyo peso permite que esta baje hasta el fondo del Lago.

“Yo tenía miedo”, dice al rememorar su primera noche en aguas lacustres, hace diez años, mientras asume su posición de plomero y se alista el segundo lance de la noche.

“No sabía lo que podía pasar. Sentí mucha hambre y frío. Fue una noche infinita para mí, allí aprendí”, agrega.

El relato es interrumpido por un grito del patrón, Joan Gutiérrez, quien le indica a Ricardo que debe iniciar el lance.

De inmediato el hombre asume su rol, inclina el cuerpo a babor y lanza la boya que marca el extremo de la mandinga.

Toma el madero que sirve de canalete y va dirigiendo la entrada de la red en el agua, para que quede bien estirada. La lancha reduce la marcha y empieza a desplazarse en forma de semicírculo.

Finalizados los casi 300 metros de red la embarcación se detiene.

“Tenemos que esperar unos 10 minutos para levantar (recoger la red) y ver si hay o no camarones. Si hay nos quedamos aquí, si no, seguimos avanzando”, apunta Ricardo.

Dividendos

Además del patrón, el plomero y el segundo plomo, la tripulación está compuesta por el cayuquero, quien desde la proa impulsa el canalete para ayudar a dirigir la embarcación, y el faldero, quien colabora en el levantamiento de la mandinga.

El producto de la jornada se distribuye dividiendo en siete partes iguales; dos y media para el patrón, una y media para el plomero y una para cada miembro restante.

El kilo de camarones pequeños es pagado por los caveros a 1.000 bolívares y los grandes a 1.400.

Son las 9:30 pm y es tiempo de levantar. A la orden de “dale pues” emitida por el patrón, Ricardo se levanta, toma el mecate que marca el extremo de la mandinga y empieza a templar.

A su lado, segundo plomo y faldero se incorporan y van dejando la red completamente estirada dentro de la lancha.

Brazada tras brazada va acercándose el extremo hasta precisarse la captura: unos cuatro kilos, quizás cinco, ingresan a los cajones. Es preciso volver al muelle a esperar el turno. “Puede ser que haya mejor suerte en el siguiente lance”.

Herencia

Según Edgar Morillo su oficio de pescador lo debe a su padre y sus primos, quienes han dedicado toda la vida a esta actividad.

“Esto se está poniendo cada vez peor”, dice haciendo alusión a la escasa captura de camarones y a los más de 20.000 pescadores en actividad.

“Nosotros hemos tenido lances de hasta 200 kilos, pero ya ni se consigue. Acaso si se saca un poquito con la luna llena”.

El relato de Edgar acompaña la algarabía del resto de pescadores atracados en el muelle, quienes mitigan la espera gritándose bromas una a otros, sobre todo sobre sus presuntas esposas infieles.

A las 11:30 pm llega la nueva oportunidad y el patrón vuelve a enfilar a unos 800 metros del muelle. Tercer lance de la noche, unos cuatro kilos más y fin de la jornada.

“Aquí ya no hay más, a este ritmo tendríamos que amanecer para sacar unos 15 kilos y no vale la pena, mañana saldremos otra vez”, sentenció.

PESCADORES

DIOMEDES PACHECO 17 años, nativo de Bachaquero . “La noche en el Lago es dura, uno pasa sustos y mucha hambre, a veces he tenido que comer camarones crudos y soportar lluvias y frío”.

RAÚL PACHECO 23 años, también de Bachaquero . “Uno le pone corazón a lo que salga. Ahorita no hay trabajo y si uno se pone a hacer cosas malas lo matan, así que yo salgo a pescar y con eso me ayudo”.

RONNY GARCÍA 22 años, nativo de Maracaibo. “Una vez lanzamos la red y salió llenita de petróleo. Tuvimos que pasar todo el día siguiente lavándola para poder recuperarla”.

TESTIMONIO


Cada día hay más piratas

Saddy Rivero recuerda como la peor experiencia en sus 47 años de vida la noche de hace tres meses cuando, por casualidad, apuntó la luz de su lancha hacia otras dos embarcaciones que navegaban cerca de él .

Para su desgracia unos piratas estaban sometiendo a los ocupantes de otra embarcación de pescadores y al sentirse sorprendidos empezaron a dispararle.

Al sentir la primera detonación Rivero aceleró la marcha, pero al tercer disparo sintió como un candelazo le atravesó desde atrás de la oreja y le salió cerca del ojo.

En contados segundos sintió otro candelazo en el brazo izquierdo ante lo cual ya no pudo sostenerse en pie.

Como pudo uno de sus acompañantes se encargó de llevar la lancha hasta la orilla, y de allí fue trasladado al hospital.

“Casi pierdo la vida”, con tantos piratas uno ya no sabe el día en que lo pueden matar. He sido pescador toda mi vida y nunca pasamos tan malos momentos como ahora”, comentó.

Agregó que el problema se agrava ya que los pescadores no pueden portar armas para defenderse porque entonces la Guardia Nacional los trata como si los piratas fuesen ellos.

SUEÑOS


“Me ha dado para vivir”

Iván Soto tiene 28 años, una esposa, una hija y la esperanza que vendrán tiempos mejores en los que podrá concluir su carrera de ingeniero, que dejó en el cuarto semestre por no contar con recursos económicos para financiar sus estudios.

Por ahora, se siente orgulloso de ser plomero, porque desde que se dedicó a la pesca, hace tres años, ha conseguido de que vivir.

“Yo tengo el récord de lances en una noche con 23”, dice al tiempo que recuerda su intento fallido de convertirse en concejal del municipio Santa Rita durante una fugaz participación en el ambiente político.

“Me gusta comer bien y creo que como venezolanos todos tenemos derecho a comer bien”, por eso salgo todas las noches a pescar, para sostener a mi familia y comer bien”.