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Asunto:[laexcepcion] Boletín LaExcepción nº 4
Fecha:Lunes, 14 de Enero, 2002  05:00:52 (+0100)
Autor:LaExcepcion <boletin @...........com>

LaExcepción.com_boletín_julio 2001

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LaExcepción.com
Una respuesta al totalitarismo emergente
Boletín electrónico nº 4, enero de 2002
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Índice del boletín

Apostillas / Diciembre de 2001

Lo que dicen y lo que en realidad quieren decir

11-S: sorpresa relativa y oportunidad aprovechada

Los rostros de la barbarie

Fin del optimismo humanista

Bipartidismo

Amélie

[Sección Actualidad]

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[Frases del mes]

Frase Sensata
«El Estado social y democrático de derecho puede acabar convertido en un Estado policial y autocrático antiterrorista, donde nadie estará libre de culpa o de sospecha» (Augusto Zamora R., El Mundo, 14.12.01).

Frase Insensata
«Deberían darme un premio por la paz y no por la guerra en Bosnia» (Slobodan Milosevic, El País, 12.12.01).

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Apostillas / Diciembre de 2001
© LaExcepción.com

La información de los medios, usualmente tan sesgada, requiere un mínimo contrapunto. Aun a riesgo de introducir nuestros propios sesgos, en La Excepción hemos decidido dárselo.


La resurrección de los Budas de Bamiyán

El Mundo, 30.12.01

La derrota del régimen talibán ha tenido efectos beneficiosos no sólo para la lucha contra el terrorismo internacional. También ha supuesto un avance para la civilización. A la emancipación de las mujeres, el levantamiento de la absurda prohibición del vuelo de cometas y la creación de un Gobierno representativo de la variedad étnica del país hay que añadirle un elemento no menos importante del cual informa hoy nuestro enviado especial a Bamiyán. Bajo mandato de la Unesco, un grupo de expertos ha acometido la reconstrucción de los Budas, los colosos del siglo II que, tras contemplar impertérritos el paso del ejército de Genghis Khan, sucumbieron ante unos fanáticos estudiantes del corán empeñados en frenar el avance de la Historia. Esta loable iniciativa simboliza el proceso de reconstrucción de Afganistán sobre los principios del racionalismo y la libertad.

Hay quienes creíamos que la situación del mundo es horrorosa y sus perspectivas, siniestras. Pero estábamos equivocados. Que nadie llore a los muertos afganos, ni a los iraquíes, somalíes, sudaneses, etcétera, que luego vendrán. Que nadie llore el hambre que mata a tantos niños, a tantas mujeres y hombres. Que nadie llore por las libertades que, empezando por los extranjeros, ya empiezan a arrebatarnos. Pues… ¡ya están aquí, otra vez, los budas de Bamiyán! Unos ídolos de piedra, sí; elementos de una religión tan respetable como falsa, es cierto; pero hoy, por alguna extraña razón a la que el sistema no es ajeno, representantes del "racionalismo y la libertad".

Y con ellos, la Época Neorreligiosa, el avance del ecumenismo, la marcha imparable hacia una ética universal…, el definitivo advenimiento del pensamiento único. (Pero, a fin de cuentas, ¿no es más cómodo que sean otros quienes piensen por mí? ¡Estamos, pues, de enhorabuena!) © LaExcepción.com


La llave y la farola
Pedro J. Ramírez, El Mundo, 30.12.01

[…] Si el terrorismo islámico constituye, por el contrario, al día de hoy un elemento de tremenda incertidumbre es porque no sabemos bien de dónde viene, ni entendemos apenas cómo opera, ni por supuesto hemos encontrado formas adecuadas para combatirlo. La repentina popularización de Bin Laden como el malvado arácnido que desde la cueva de turno controla personalmente la telaraña global de Al Qaeda resulta totalmente insatisfactoria por lo pueril. Su intervención en los atentados del 11 de Septiembre está ya fuera de toda duda, pero seguimos ignorando en qué grado se produjo porque todavía queda mucho por esclarecer sobre la conspiración que desembocó en esos horrendos hechos ¿Cómo funciona Al Qaeda? ¿En cuántos países está implantada? ¿Quién imparte las órdenes? ¿Cómo se comunican las células? Y, sobre todo, ¿cuántas otras Al Qaeda existen en el mundo sin que tan siquiera conozcamos aún su nombre?

Hay otro terrorismo, en cambio, cuyo nombre y funcionamiento conocemos bien: se denomina "superpotencia," o "hegemonía norteamericana", o "capitalismo salvaje desaforado", o incluso –a veces– "civilización occidental". Se dedica a arrasar países enteros con la excusa de que busca peligrosísimos delincuentes –que haberlos, haylos–. Y de paso extermina a innumerables personas que, en muchos casos, ignoraban de qué iba la película. Todo para imponer al mundo un estilo de vida que facilite el negocio a sus empresas.

Este terrorismo no es menos criminal que el que tanto preocupa a Pedro J. Porque todos los terrorismos son iguales (¿no era eso lo que decía el sistema?). Pero, naturalmente, a este terrorismo nunca lo llamará Pedro J. por su nombre. Pues, por triste que sea decirlo, Pedro J. y su periódico medran gracias al sistema que ese terrorismo defiende a sangre y fuego. © LaExcepción.com


Rudolph Giuliani: Santifiquemos este lugar
El Mundo, 29.12.01

Rudolph Giuliani, el alcalde de Nueva York saliente, se convirtió tras los ataques terroristas del 11 de Septiembre en un protagonista de la escena política, que trascendió ampliamente las competencias de su cargo, ganándose el respeto y la estima de incluso muchos de los que criticaron su polémica administración de la ciudad. Giuliani cerró su mandato con un acto público, pronunciando un discurso de más de una hora de duración, del cual, dado su interés, reproducimos en estas páginas importantes extractos. La intervención de Giuliani va mucho más lejos del típico balance de despedida de un alcalde.

«Gracias, muchas gracias. Gracias y buenos días, gracias por venir. Muchas veces, en los últimos tres meses, me han preguntado de dónde saco la energía. ¿De dónde me viene? Bien, es muy sencillo: me viene de ustedes y de este lugar. Lo que quiero decir con esto es que mi fuerza y mi energía proceden totalmente de las personas de la ciudad de Nueva York y de un lugar como éste, la capilla de San Pablo. Es la casa de Dios y uno de los hogares de nuestra república.

[…] Abraham Lincoln decía que la prueba del americanismo de una persona no es su árbol genealógico, sino cuánto crea en América. Porque en verdad somos como una religión. Una religión secular. No somos una raza, somos muchas; no somos un grupo étnico, somos todos; no somos una lengua, somos todas las de estas personas […]

Éstas del ex alcalde de Nueva York son declaraciones de un tenor muy similar a las de su patrón George Bush, y desmienten a quienes describen la situación internacional como un enfrentamiento entre una civilización laica y un "despotismo teocrático".

El teocratismo (tendencia a la unión iglesia-estado, instrumentación de la religión por la política…) se encuentra, más bien en ambos bandos. Y en el caso norteamericano aparece teñido de un moralismo patriotero capaz de engendrar las mayores atrocidades dentro y fuera de los Estados Unidos. © LaExcepción.com


Integrados y resistentes

Carlos Taibo, El País, 29.12.01

[...] La globalización neoliberal, en parada técnica, recuperará su paso arrasador, adobada de atávicas exclusiones y calientes operaciones represivas, y ante ello la socialdemocracia realmente existente seguirá callando. No parece haberse percatado de que, por retomar la ignominiosa admonición de Bush hijo, entre quienes están con los gobernantes norteamericanos y quienes están con los terroristas, otro mundo tiene que ser posible.

Taibo consigue evitar el simplismo bipolar (ver Una fecha y sus secuelas), según el cual quienes están en contra de las guerras que masacran a la población civil están a favor del terrorismo. Sin embargo incurre en otro de los peligros del pensamiento único: el optimismo humanista, bajo la modalidad del voluntarismo, como expresa esta nueva formulación del "otro mundo es posible", si cabe más desesperadamente obstinada en buscar una salvación en proyectos humanos: "otro mundo tiene que ser posible". © LaExcepción.com


La pulmonía
Federico Jiménez Losantos, El Mundo, 28.12.01

[…] Eso de que Osama bin Laden podría haber muerto de pulmonía hace un par de semanas, como inocentada es sensacional. Como hecho real o posibilidad documentada, ya es otra cosa. […]

En realidad, a efectos de propaganda, Bin Laden murió el 11 de Septiembre, porque desde que el mundo entero contempló las imágenes de la masacre su autor entró en el Gotha de los grandes criminales históricos.

Su supervivencia física era casi un obstáculo para su trascendencia icónica, a diferencia del Che, un asesino vulgar que sólo muerto halló la canonización estética propia del totalitarismo comunista. […].

Se podrá estar o no de acuerdo con la ideología encarnada por la figura del Che Guevara, y en La Excepción no lo estamos; se podrá censurar o no su empleo de la violencia, en ocasiones de modo implacable, y en La Excepción lo censuramos.

Ahora bien, llamar al Che "asesino vulgar"… Sin ánimo de molestarle, don Federico, ¿nos puede decir entonces cómo habría que llamar a Bush? © LaExcepción.com


Una antigua estrategia sobre Irak provoca un nuevo debate
Washington Post, 27.12.01

[...] La administración Bush ha abrazado la idea de un cambio de régimen en Irak mucho más públicamente de lo que lo hiciera la administración Clinton. El asunto clave que deberá afrontar el presidente Bush cuando finalmente dirija de nuevo su atención a Irak es si este objetivo se puede conseguir a un coste político, militar y diplomático aceptable. [...]

Ha habido media docena de intentos de golpe de estado e insurrecciones apoyadas por Estados Unidos desde 1991, todos ellos implacablemente aplastados por las fuerzas de seguridad internas de Hussein. [...]

Tradicionalmente, Irak ha estado gobernado desde el centro, por clanes musulmanes suníes minoritarios, con una cuota poblacional del 20 por ciento. (Hussein es suní [...]). Los Estados Unidos han estado poco dispuestos a interferir en esta fórmula de gobierno, lo cual ayuda a explicar por qué, hasta hace poco, la opción para desembarazarse de Hussein preferida por Estados Unidos ha sido el golpe de estado en su propio círculo de poder, más que la insurrección chií o kurda.

Si se elige la vía insurreccionaria, el problema es a qué facción apoyar. [...]

A pesar de que los gobiernos de las potencias que deciden entrar en guerras alegan motivos increíbles, como la legítima defensa, los derechos de de quienes sufrirán sus bombardeos (¡!) o los intereses globales, textos tan objetivos como éste confirman que sólo se esperan beneficios para los atacantes, no para la población local del país agredido (en este caso, de forma especial la chií y la kurda, que en un hipotético cambio de gobierno seguirían sometidos al modelo político ya consagrado por Hussein y sus predecesores; ver La guerra del golfo no ha terminado). Y los únicos costes que se consideran son los estratégico-militares, no las vidas o los recursos de los habitantes de la zona. © LaExcepción.com


El Papa recuerda al mundo que «Jesús se hace niño palestino e israelí, estadounidense y afgano»

La Razón, 26.12.01

[…] Miles de personas se reunieron ayer en la Plaza de San Pedro de Roma para recibir la bendición «Urbi et Orbe» que cada año imparte el Papa el día de Navidad. […] En su tradicional mensaje navideño recordó a los niños que sufren en el mundo a causa de las guerras, del hambre o de otras desgracias […].

Preocupado y cansado afirmó que en el Niño nacido en Belén «podemos reconocer los rasgos de cada pequeño ser humano que viene a la luz, sea cual fuere su raza o nación: es el pequeño palestino e israelí; es el bebé estadounidense y el afgano; es el hijo del hutu y el hijo del tutsi; es el niño cualquiera, que es alguien para Cristo».

Una declaración como ésta nos recuerda qué institución fue la creadora, ya hace siglos, de lo "políticamente correcto". © LaExcepción.com


Bush felicita la Navidad a sus tropas en Afganistán

El Mundo, 26.12.01

El presidente de EEUU, George W. Bush, ha enviado sus felicitaciones navideñas a un país entristecido por los atentados del pasado 11 de septiembre y la guerra en Afganistán, asegurando que "reza, incluso en tiempos de conflicto, por la paz en el mundo". "Esta Navidad se ha convertido para muchos de vosotros en un periodo de dolor y de pérdida, en particular para las familias de las víctimas del terrorismo y de nuestros jóvenes caídos en el campo de batalla", ha declarado Bush en un mensaje radiado a toda la nación. [...] "Incluso en este tiempo de conflicto, rezamos por la paz en el mundo y por la buena voluntad entre los hombres y continuamos pidiendo a Dios por los EEUU"

La hipocresía ya habitual de quien reza por la paz mientras masacra a inocentes se agrava por el uso blasfemo del nombre de Dios. © LaExcepción.com


La fiesta de la familia
Luis María Ansón, La Razón, 24.12.01

La sociedad hedonista del consumo no ha podido con la Navidad. Eso revienta mucho a los columnistas de la izquierdona y a los progres de salón, sobre los que se derrumbó el muro de Berlín pero permanecen inasequibles al desaliento. Su rencor anticristiano, tan rancio, se estrella, año tras año, con la celebración familiar de la Nochebuena y la Navidad. […]

Centenares de millones de hombres y mujeres se reunirán hoy, en torno al mensaje de paz y libertad, del Niño nacido hace dos mil años y que no era otra cosa que la palabra, el Verbo, que se hizo carne y habitó entre nosotros. Su Vicario en la Tierra, el Papa Juan Pablo II, oficiará un año más, fatigado como un incunable, la misa del Gallo entre el fulgor de la Cristiandad.

Aquí empieza denostando la sociedad de consumo, pero Ansón es célebre, entre otras muchas cosas, por presidir el jurado de "Miss España", ese concurso anual que, a imagen de una feria de ganado, tanto denigra la dignidad femenina. Esto no le impide reivindicar aquí la figura de Jesucristo, seguramente el personaje histórico que más contribuyó a dignificar a la mujer (véase, por ejemplo, el capítulo 4 del Evangelio de Juan). Pero para una reivindicación así, el insigne periodista recurre a sostener una extrañísima tesis, según la cual en la Navidad actual realmente se conmemora el nacimiento de Jesús, y además de modo generalizado (ver La Navidad, una fiesta corrompida). Y de paso, aprovecha para darle coba al usurpador de Aquél a quien, según el director de 'La Razón', el periodo navideño conmemora.

¿Qué es lo que usted pretende, don Luis María? © LaExcepción.com


Zapatero exige que no se le acuse de deslealtad

El Mundo, 11.12.01

[...] Sobre el viaje a Marruecos [Aznar] aseguró: «Me parece bastante insólito que un dirigente político de su responsabilidad se ofrezca para mediar entre el Gobierno de la Nación y una comunidad autónoma (el País Vasco), pero que se ofrezca para mediar entre el Gobierno de su país y un tercero que ha retirado a su embajador es algo más que insólito». [...]

La negativa reacción del gobierno español ante el viaje a Marruecos del secretario general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), José Luis Rodríguez Zapatero, resulta por un lado comprensible, pues la decisión de Zapatero (o de quienes le incitaron a esa visita), coincidiendo con el deterioro de las relaciones hispano-marroquíes y la retirada del embajador de Marruecos, supone la asunción de funciones que no corresponden a un político de la oposición. Pero por otro lado este debate es una vez más el reflejo del bipartidismo a que está sometido el sistema político español, según el cual el principal partido opositor actúa como un "gobierno en la sombra" (ver Bipartidismo). Pero esta es una función que la legislación española no consagra en absoluto. En esta ocasión, Zapatero saca tajada y el gobierno es víctima de una situación que sus propios partidos han fomentado. © LaExcepción.com.


Kofi Annan: «Es poco prudente atacar Irak»

El Mundo, 10.12.01

Kofi Annan, secretario general de las Naciones Unidas y último ganador del Premio Nobel de la Paz, aseguró ayer en Oslo que «no sería prudente» atacar Irak como una prolongación de la lucha contra el terrorismo iniciada en Afganistán.

«Cualquier tentativa o decisión de atacar Irak no sería prudente y conduciría a una escalada [bélica] mayor en la región.» [...].

«Espero que [los ataques contra Irak] no llegarán a producirse», agregó. Annan recordó, además, que «cualquier acción que extienda la lucha contra el terrorismo a otra región del mundo deberá ser previamente analizada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas». [...]

>Este belicista disfrazado de pacifista (ver Una burla a toda la humanidad) analiza la futura guerra contra Irak desde una perspectiva estratégica, sin hacer referencia en ningún momento a los derechos de las poblaciones masacradas, pues se haría todavía más patente la contradicción de quien ha apoyado las matanzas de Afganistán. © LaExcepción.com


Walker se puede librar de los tribunales militares
El Mundo, 21.12.01

[...] El Gobierno no cree que pueda procesar al talibán estadounidense por alta traición, como reclama la mayoría de la población. [...]

El joven estadounidense puede librarse de los implacables juicios militares -mero trámite para una condena a muerte- que le esperan a otros terroristas internacionales. George Bush en su día calificó con paternalismo presidencial al chico californiano como un «pobre desgraciado» que había sido «confundido» por los talibán. [...]

Los abogados de lujo contratados por el padre de Walker saben que las posibilidades de éxito de un juicio por traición son escasas. Tan sólo 30 estadounidenses han sido condenados en la historia por ese delito. Ninguno después de la Segunda Guerra Mundial. [...] La dificultad para procesar a Walker [...] se complica porque todos los interrogatorios llevados a cabo por la CIA no serían válidos en un juicio civil. Muy posiblemente, las tropas que lo atraparon no se detuvieron en leerle sus garantías constitucionales. Otra opción es juzgarlo como un prisionero de guerra, el estatus legal bajo el que está arrestado actualmente. El Departamento de Defensa se niega porque se estaría legitimando al régimen talibán y sus líderes, a los que Washington considera formalmente terroristas.

Este muchacho cuenta con privilegios (en realidad, derechos) que no se ofrecerán al resto de los talibanes. ¿Todos los terroristas son iguales, o unos son "más iguales que otros"? ¿Los seguidores de los talibanes afganos no se puede considerar que hayan sido víctimas de lavado de cerebro por haber nacido ya en un contexto fanático, a diferencia del muchacho criado en un ambiente liberal y posteriormente fanatizado? Por otro lado, se aprecia que el hecho de utilizar los términos "guerra" y "terrorismo" según los intereses de cada ocasión, pueden traer consecuencias imprevistas en casos como éste. © LaExcepción.com


El jeque misterioso incrementa el nerviosismo saudí

El Mundo, 17.12.01

El apoyo que cosecha Bin Laden entre los sectores más conservadores de Arabia Saudí, como demuestra el último vídeo del disidente, alarma a la Monarquía

El jeque saudí que aparece en las imágenes del último vídeo de Osama Bin Laden demuestra, una vez más, el apoyo que éste tiene entre los sectores más conservadores de Arabia Saudí.

Pero dicho jeque, que hasta la fecha no ha sido claramente identificado ni siquiera por la prensa saudí, va mucho más allá de transmitir, simplemente, a Bin Laden determinadas noticias sobre sermones o fatuas (decretos religiosos) pronunciados por algunos clérigos disidentes. «Todo el mundo alaba lo que has hecho», le llega a decir.

Según fuentes saudíes, semejante comentario habría causado una alarma muy especial en el seno de la Casa Real de los Al Saud. El jeque parece dar las gracias a Bin Laden por haber proporcionado armas a «sus hermanos». «Nos has dado armas y nos has dado esperanza. Gracias sean dadas a Alá».

Desde los atentados del 11 de Septiembre el régimen saudí ha venido intentando permanecer al margen de las actividades de su hijo perdido. Bin Laden había sido despojado de su nacionalidad en 1994 por criticar a la familia real.

Sin embargo, últimamente se ha venido comprobando que, durante años, Arabia Saudí ha venido nutriendo a la organización de Bin Laden, Al Qaeda, de dinero, ideología religiosa y seguidores. En la cinta de vídeo, el jeque alaba los sermones de dos clérigos, entre ellos el del antiguo profesor Suleiman Alwan. «Dijo que esto era un yihad [guerra santa] y que esa gente [las víctimas asesinadas en Nueva York y Washington] no era inocente». […]

Con el jeque que los norteamericanos se han sacado del vídeo, la apertura occidentalista de Arabia Saudí (no sólo desde el punto de vista militar y diplomático, como hasta ahora) se aproxima cada vez más. Un régimen islámico tan extremo (ver Los otros talibán) será inevitablemente mal visto, y no sin razón, como semillero de terroristas por el imperio hegemónico.

De paso, el codiciado petróleo saudí quedará bajo un control aún más estrecho por parte de dicho imperio. © LaExcepción.com


La desaparición de Europa

Augusto Zamora R., El Mundo, 14.12.01

La Guerra del Golfo marcó el inicio del fuego y del juego. [...] Desde entonces, el militarismo en EEUU no ha cesado de extenderse [...] hasta engullir los cimientos del orden jurídico mundial y el sistema de seguridad colectiva de la ONU. [...]

Es indiscutible que los atentados exigían una respuesta internacional contundente y firme. Pero no es menos cierto que esa respuesta debía darse dentro del marco de la ONU y del Derecho Internacional, no como operación punitiva imperial, al mejor estilo del siglo XIX.

El mundo de hoy es un mundo más inseguro e incierto. [...] Una escalada belicista que pocos osan criticar, temerosos de ser acusados de filoterroristas, timoratos o desleales. A ello se agrega la ceguera voluntaria de tantos gobiernos y medios de comunicación en Europa, situación que nos acerca a esa pavorosa sociedad de pensamiento único e ideas monolíticas anticipada por Orwell.

No hemos avanzado. Hemos retrocedido dramáticamente. La humanidad ha sido situada, de repente, en niveles extremos de inseguridad y deshumanización. Normas y principios que costaron siglos de lucha y sangre se desmoronan ante las invocaciones a la seguridad nacional.

Los tribunales militares norteamericanos constituyen un triunfo del fascismo soterrado que [...] amenaza con extenderse a la propia Europa, que puso la grita en el cielo cuando la elección de Haider en Austria, pero calla ante los atropellos de un Berlusconi que da carta blanca a los servicios secretos italianos para delinquir. [...] El Estado social y democrático de derecho puede acabar convertido en un Estado policial y autocrático antiterrorista, donde nadie estará libre de culpa o de sospecha [...].

Las matanzas brutales, como la ocurrida en Mazar-i-Sharif, sólo indignan a unos pocos marginales que todavía creen en los derechos humanos. [...] En EEUU es peligroso discrepar. La emisora KMEL de San Francisco despidió a un periodista por entrevistar a la única congresista que había votado contra el ataque a Afganistán. Los medios de comunicación ocultan las protestas pacifistas.

La verdad es presentada como enemiga del nuevo orden que se nos quiere imponer. La admonición de Bush Jr., de que se está con EEUU o se está contra EEUU, nos retrotrae a sistemas oscurantistas y represivos que se suponen contrarios al modelo occidental y cristiano. Esa admonición habría agradado a Mussolini, Franco o Stalin, devotos como fueron de ver un enemigo en cada ciudadano que no militara en sus filas. O que, aunque militara, no se mostrara suficientemente devoto y obediente. Hay que decirlo: produce miedo la admonición, que trae aires de hoguera y de auto sacramental. [...]

En tales derroteros andamos, con escasos elementos para felicitarnos. Es en estos momentos cuando se hace evidente que el mundo necesita un poder moderador. Un país o grupo de países que contenga la obsesión norteamericana por ver el mundo como una globalización de la conquista del Oeste. [...] Ese papel lo pudo jugar Europa. Ha renunciado a hacerlo.

Sensatas y documentadas advertencias de alguien que, por lo visto, no tiene miedo de que lo tachen de apocalíptico o catastrofista. Ahora queda por ver quién tiene la autoridad política y moral de erigirse en ese "poder moderador" global que tanto necesita el mundo. Quizá entonces haya que seguir adviertiendo sobre sus métodos. © LaExcepción.com


10.000 talibanes muertos

ABC, 8.12.01

La caída de Kandahar, el bastión que Omar iba a defender hasta la última gota de sangre, ha sorprendido a los propios asaltantes. Aunque los daños en la ciudad no se conocerán hasta la llegada de medios independientes, una fuente talibán en Islamabad aseguraba que los bombardeos americanos han matado a diez mil talibanes, lo que hizo imposible resistir por más tiempo.

¿Se cuenta como "talibanes" a los afganos forzosamente adscritos al ejército? ¿Dónde está el límite entre víctimas "culpables" e inocentes? ¿Sabremos algún día cuántas muertes afganas ha ocasionado esta guerra? Lo que parece indudable es que la cifra es muy superior a la de las víctimas en los atentados de las Torres Gemelas y el Pentágono, que han servido de excusa para la guerra (ver 11-S: sorpresa relativa y oportunidad aprovechada). © LaExcepción.com


Evocando a Gandhi por Afganistán

El Mundo, 2.12.01

Por las mujeres de un país vecino de la tierra que vio nacer a Mohandas Gandhi, 5.900 personas de 103 países diferentes se movilizaron ayer utilizando el arma del Mahatma, el Satyagraha, el ayuno. El Partido Radical Transnacional que lidera la italiana Emma Bonino está llevando a cabo, junto a diversas organizaciones, una campaña que persigue la presencia de mujeres en el Gobierno provisional afgano.

[...] Benazir Bhutto, ex primera ministra de Pakistán; Ramón de Miguel, secretario de Estado español para Asuntos Europeos; Bernardo Bertolucci, director de cine italiano; Felipe González, ex presidente del Gobierno español, y un largo etcétera de personalidades, entre las que se encuentra también el hijo del ex rey afgano Zahir Shah, se sumaron a la iniciativa. [...] Un gran número de europarlamentarios, como los españoles Alejandro Agag y José María Mendiluce, se solidarizaron con la protesta.

¿Por qué no evocan a Gandhi para ir contra la guerra, como él habría hecho? Quizá la respuesta se encuentre en quienes apoyan la iniciativa: el hijo del rey afgano, que en su día se interesó por la geopolítica de Hitler en Asia Central; el presidente español que apoyó la guerra del Golfo; algunos parlamentarios como Mendiluce, que siempre clamó por la intervención de la OTAN en los Balcanes (defendiéndola en un libro dudosamente pacifista, La paz armada)... Esta manipulación del nombre y los métodos de Gandhi es un signo más de la distorsión generalizada de los valores democráticos e idealistas a favor del pragmatismo que mantienen los sistemas injustos. © LaExcepción.com


Decenas de
congresistas, contra los juicios militares
El Mundo, 29.11.01

El Pentágono ha intensificado los preparativos y cuenta ya con planes para crear tribunales militares en sus bases de Guantánamo (Cuba) y en la isla de Guam, en el Pacífico. El Departamento de Defensa estudia también la posibilidad de habilitar uno o más navíos de guerra en la zona del Mar de Arabia. El Pentágono se enfrenta también al dilema de cómo separar a los talibán de los terroristas de Al Qaeda: decenas de prisioneros de guerra podrían ser juzgados finalmente como terroristas en los tribunales militares. La posibilidad de que muchos de ellos sean confinados en la base de Guam ha provocado una fuerte oposición local. El senador Ben Pangelinan ha enviado una carta al presidente George Bush alertando que esa decisión podría suponer la ruina turística y económica en la isla del Pacífico.

Éste sí que es un auténtico dilema moral: Si juzgamos a los terroristas sin garantías, que sería lo deseable, nos arriesgamos a hundir la economía de nuestra pequeña isla… (Ver ¿Dilemas morales... o electorales?) © LaExcepción.com

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Lo que dicen y lo que en realidad quieren decir
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Numerosos personajes públicos, especialmente los políticos, hacen declaraciones en las que expresan una cosa pero implícitamente comunican algo distinto. En La Excepción nos permitimos "traducir" algunas de estas frases crípticas. Segunda entrega.

George Bush, defendiendo su retirada del tratado antimisiles de 1972
«Está muy claro que la gran amenaza para Rusia y EEUU no parte de nosotros, ni de ninguna de otras grandes potencias en el mundo, sino de los terroristas o de los estados 'delincuentes' que buscan armas de destrucción masiva» (El Mundo, 14.12.01).
Traducción
«Es evidente que las grandes potencias, que entre otras cosas controlamos los medios de comunicación de todo el mundo, gozamos de impunidad para provocar masacres en el mundo y conseguir que, pese a ello, no se nos considere una amenaza para la paz mundial.»

John Dean, colaborador directo de Richard Nixon en la época del Watergate, acerca de los 300 juristas que critican los tribunales militares creados por Bush
«El presidente tendría una posición más sólida si explicara claramente a los parlamentarios cuál es su proyecto, y así desaparecerían protestas como la de estos 300 profesores. Lo que me intriga es lo mal que ha trabajado la Administración en la exposición de su idea. Esta presidencia es muy consciente de la necesidad de explicar las cosas al público, y, sin embargo, esta vez han sido muy torpes» (El País, 9.12.01).
Traducción
«Dado que las explicaciones del presidente tienen la capacidad de convertirse en dogmas, convendría que dejara claro a esos juristas cuál es su posición incuestionable, para que así abandonen la estúpida idea de protestar por algo que no se va a cambiar.»

George W. Bush, sobre la orden de juzgar a los terroristas en tribunales militares
«Es la decisión correcta y se la explicaré a cualquier dirigente que me pregunte.» «Tengo ganas de explicarle a mi amigo, el presidente de España, por qué tomé esa decisión.» «Tiene mucho sentido disponer de la opción de los tribunales militares» (El País, 27.11.01).
Traducción
«No pienso dialogar sobre este tema con ningún otro dirigente, pues la decisión ya está tomada, y estoy dispuesto a presionar a cualquier gobernante de rango inferior al mío para que la acepte sin discusión. Es evidente que si esta medida tiene sentido para nuestros intereses, lo debe tener para los intereses de los demás.»

© LaExcepción.com

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11-S: sorpresa relativa y oportunidad aprovechada
© G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (28 de diciembre de 2001)

Los macroatentados del 11-S no fueron tan inesperados como se ha dicho. Y la guerra desencadenada a raíz de ellos no tiene como única motivación la lucha contra el terrorismo.

Tras los atentados del 11-S, y antes de que empezara la guerra contra Afganistán, hubo voces que expresaron la esperanza de que los gobernantes del mundo (y en concreto Bush) reflexionaran sobre lo ocurrido y lideraran a las naciones hacia un orden mundial más justo.

Esa invitación a que Bush "reflexione" es muy ingenua, y parece ignorar la evidencia de que el criminal ataque no halló desprevenido al gobierno norteamericano. La administración Bush, al igual que las anteriores, viene analizando el terrorismo internacional desde hace mucho tiempo. Una muestra de ello es el interesante documento de la Heritage Foundation, «New terrorist threats and how to counter them», de julio de 2000 (se puede ver en www.heritage.org), que demuestra que un ataque como el del 11-S, o incluso de peores consecuencias, era previsible para las autoridades (no en el método empleado ni en la espectacularidad, que resultaron trágicamente sorprendentes).

Bien por ignorancia, bien por interés, muchos "analistas" siguen reproduciendo la interpretación simplista popularizada por los medios de comunicación, según la cual existe una relación única y directa de causa y efecto entre los atentados del 11-S y la guerra de Afganistán. Pero hay que precisar que, en relación con esta zona del planeta los intereses energéticos de Estados Unidos en general (y los de algunos de sus máximos dirigentes, como el vicepresidente Cheney y la propia familia Bush), son muy anteriores a esa fecha. Los atentados, y el hecho de que el antiguo aliado de la CIA, Bin Laden, se ocultara en Afganistán, sirvieron de excusa y supusieron la oportunidad de intervenir y de reorganizar la política de la gran potencia (y de sus apoyos financieros) en Asia Central; y, de paso, en el resto del mundo (ver Una fecha y sus secuelas).

© LaExcepción.com

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Los rostros de la barbarie
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (23 de diciembre de 2001)

Aunque el 11-S propició una aceleración histórica en el proceso de extensión de la barbarie, ésta no se hallaba ausente del mundo occidental antes de tan emblemática fecha. Con este artículo inauguramos una serie mediante la cual La Excepción pretende desenmascarar los rostros de la realidad totalitaria.

«Todo está al servicio de la barbarie que se aproxima,
todo, incluso el arte y la ciencia de este tiempo»
(F. Nietzsche, Consideraciones intempestivas, III, § 4)

Lo bárbaro es lo contrario a la sociedad civilizada, entendida ésta como la que se atiene a unas normas justas y está dotada de suficientes garantías jurídico-sociales, a la vez que promueve una cultura ennoblecedora del espíritu humano. Sobre la base de la tradición judeocristiana, de la filosofía griega y el derecho romano, del Renacimiento, de la Reforma protestante y de la Ilustración (con secuelas tan importantes como la Revolución Francesa), resulta un lugar común considerar que Occidente es sinónimo de civilización.

En la práctica, la barbarie nunca ha estado ausente de la historia occidental, ni siquiera en sus etapas más florecientes. Las "zonas grises" (por utilizar la expresión de Alain Minc, relativa a las áreas al margen de la ley), la violencia, la explotación y la arbitrariedad encuentran en esa historia muchos de sus más destacados ejemplos. Occidente no escapa a la caracterización que merece el devenir de la humanidad en su conjunto: la historia humana es, en pocas palabras, la historia de la injusticia y la atrocidad. Barbarie es su misma sustancia.

Con todo, parece de rigor admitir que Occidente (por seguir empleando una expresión que oculta una realidad pluriforme) es el ámbito del planeta que ha conocido las mayores cotas de civilización. Algo que no debería enorgullecernos demasiado, pues lo que básicamente refleja es la triste condición histórica del resto del mundo, y no un panorama lo bastante halagüeño de nuestra propia cultura. Ha sido en Occidente, en cualquier caso, donde se han alcanzado los mayores progresos, siquiera sobre el papel (y generalmente, mojado). Ahora bien, esto último tampoco es desdeñable: las leyes, normas en las que se ha plasmado ese progreso de papel, han provisto a los ciudadanos occidentales de una valiosa referencia social que, de uno u otro modo, ha podido ser invocada frente al atropello. Así es como se ha logrado, al menos, frenar la total consunción de la comunidad bajo el rodillo de la barbarie. Y gracias a ello las occidentales devinieron las sociedades más "abiertas" (como Popper las llamó) sobre la faz de la tierra.


El impacto del 11 de septiembre

Pero, según parece, ha llegado la hora del cerrojazo también para Occidente: de la mano del poder unipolar en el ámbito de un mundo globalizado, la barbarie echa nuevas raíces incluso en los marcos políticos más abiertos (ver Una fecha y sus secuelas).

La lógica del terror, usado como arma pero también como pretexto, da como resultado la aceleración histórica en el advenimiento general de una barbarie que, en realidad, llevaba tiempo gestándose. Ya la caída de la mayoría de los regímenes comunistas totalitarios, aunque comprensiblemente aplaudida como una reducción de la barbarie, abrió la puerta a un mundo "definitivamente" posmoderno (desideologizado y radicalmente desencantado), y dio paso a la progresiva hegemonía irrestricta de un solo país sobre todo el planeta. El 11-S proveyó la excusa perfecta –el terror– para acelerar el proceso y llevarlo a su cenit.

En este contexto, la obsesión por la seguridad prevalece sobre el amor a la libertad. Ambos valores, seguridad y libertad, son sin duda necesarios. Frente al progre clamor que durante años se dedicó a contraponerlos, no cabe hablar de libertad real (al menos, libertad de acción) sin unos mínimos de seguridad. Pero el problema en nuestro tiempo es que la seguridad que se busca defender no es, pese a lo que arguye la propaganda oficial, la del conjunto de la sociedad (mucho menos, la de todos y cada uno de los individuos), sino la seguridad del poder económico y político. Es la estabilidad de los mercados y la garantía de la hegemonía geopolítica lo que realmente se esconde bajo esa obsesión por la seguridad. Y todo lo que las ponga en entredicho quedará bajo sospecha. Sospecha, por cierto, no de cualquier cargo, sino de uno tan grave como el de terrorismo o complicidad con él.

Es así como, para el ciudadano independiente, lo que hay es una creciente inseguridad. Tampoco éste es un fenómeno enteramente surgido del 11-S. Con anterioridad a esa fecha, ya venían siendo mal vistos los discrepantes con las líneas oficiales o partidocráticas de las democracias formales occidentales. Oponerse al sistema era sinónimo de exponerse, cuando menos, al público oprobio promovido desde los medios de comunicación afines al mismo, es decir, casi la totalidad de los realmente influyentes. La tendencia al pensamiento único no empieza a raíz del 11-S. Y la oligopolización de las economías capitalistas occidentales ya era un hecho desde hace años, con sus inevitables consecuencias de indefensión del ciudadano frente a los abusos de la banca y las grandes empresas.

Pero tras el 11-S se ha encontrado el pretexto para apuntalar el poder económico y político, y para hacerlo, si es preciso, a costa de las libertades individuales. Blandiendo la peregrina excusa de que el terrorismo islamista era capaz de amenazar la civilización occidental (defendida incluso, por sonrojante que parezca, por intelectuales venidos a menos como Gabriel Albiac), Occidente ha iniciado una vertiginosa carrera de restricción de los derechos ciudadanos. Ha sido esta excusa peregrina, y no aquel infame terrorismo, la que ha aproximado la barbarie a las áreas de la tierra donde tradicionalmente estaba peor vista.


Barbarie brutal y barbarie sutil

La salvaje y archicriminal actuación del terrorismo islamista contra Nueva York y Washington desató la reacción norteamericana en forma de fiera venganza. Y, como suele ocurrir en toda humana vendetta, los resultados no se limitaron a la venganza misma, sino que innumerables víctimas inocentes perdieron sus vidas, hogares y pobres haciendas.

Se iniciaba así un periodo nuevo, en el que la propaganda a favor de la "guerra justa" sustituye al énfasis en el "juicio justo". A falta de un serio derecho internacional (en este sentido, el mundo entero es una inmensa "zona gris"; o en términos más clásicos, una "selva"), la superpotencia humillada maneja a su antojo la ONU y promueve la militarización del mundo: los tribunales militares nos retrotraen a los juicios sumarísimos de las peores dictaduras del siglo XX, al tiempo que la dinámica belicista anuncia la sujeción de todos los países supuestamente díscolos a la bota estadounidense, y de paso (en parte por el temor que inspira su prepotencia), la de los demás estados.

Pero, junto a este rostro brutal de la barbarie, hay otro más sutil y enmascarado, aunque no menos culpable. No me refiero al siniestro cinismo con que muchos líderes de opinión (políticos, periodistas, pseudointelectuales...) han apoyado la creciente brutalidad. Más grave aún me parece, por su extensión (aunque no por su intención), la pasividad con que el mundo entero ha aceptado aquella barbarie evidente. Todavía, y aun a sabiendas de las razones económicas de fondo, no puede dejar de asombrarnos la manera prácticamente incondicional en que el resto del mundo (incluidos los países "fuertes", entre los que cabe recordar a antiguos rivales como Rusia y China, pero también a la Unión Europea en su conjunto) ha concedido plenos poderes a los Estados Unidos de América. Tan plenos que pronto lo realmente grave no será que el fin justifique los medios: es que ni siquiera necesitará justificarlos.

Hay, con todo, algo aún más lamentable y que, en parte, explica ese apoyo acrítico de los gobiernos del mundo: hablo de la casi absoluta dejación de sus deberes cívicos que los individuos y los pueblos han demostrado en la presente coyuntura histórica. Abandono que repercutirá en la restricción de sus derechos, como siempre ocurre cuando se pierde el sentido de la propia dignidad.

La gravedad de esta actitud de inhibición, rayana en la indiferencia, quizá no conozca en los tiempos modernos un antecedente más claro que la forma en que la población alemana consintió el ascenso del nazismo en los años 30. El totalitarismo presente resulta, en cierto modo, aún más ominoso que el dominio hitleriano, habida cuenta de que, por ser mundial su campo de acción, dejará menos resquicios a eventuales contrapoderes, lo que facilitará su consolidación en el tiempo.

Una de las facies de esta barbarie sutil que venimos comentando, no por escandalosa ha merecido la menor reflexión pública entre los analistas de los medios principales. Tiene que ver con la aprobación tácita de la pena de muerte por parte de muchos declarados contrarios a la misma. Entre los numerosos valedores públicos y anónimos de la campaña "Libertad duradera" en los países occidentales, incluidos amplios sectores de la población, hay sin duda muchos detractores de la pena capital que se han venido oponiendo, y seguirían haciéndolo, a su implantación en países como España. Pero su apoyo a las represalias norteamericanas con el argumento de la "legítima defensa" deja al descubierto su radical incoherencia: es evidente que en el marco de la citada campaña muchos han muerto y seguirán muriendo como castigo por su condición (supuesta) de terroristas; pero, ¿no es eso otra versión de la pena de muerte? ¿Dónde están ahora, por ejemplo, las voces de muchos de los que, en las manifestaciones de las "manos blancas" contra ETA, acallaban los gritos extremistas que pedían la ejecución de los etarras?


La barbarie viene de atrás

Conviene insistir en que la historia –esta historia– no nació el 11-S. La barbarie tiene otros rostros específicos que eran perfectamente reconocibles con anterioridad a esa fecha. Su profundo arraigo entre nosotros ayuda a explicar la penosa reacción, o falta de la misma, por parte de los occidentales a la presente aceleración histórica del totalitarismo.

En sucesivos artículos, La Excepción analizará cada uno de los rostros de la barbarie por separado. En lo que resta de estas líneas me limitaré a presentarlos sin ánimo exhaustivo y a caracterizarlos mínimamente. Todo ello, con la mayor brevedad posible.

En la conformación de ciudadanos acríticos frente al sistema varios elementos han desempeñado un papel decisivo. La televisión ha sido, seguramente, la punta de lanza a tal efecto. Como medio de manipulación de masas, sin duda no conoce parangón, y sus "cualidades" como vehículo de entretenimiento y pasivización de la gente han alcanzado grados de eficacia que al mismo George Orwell hubieran maravillado.

La violencia que, en dosis abrumadoras, expele este medio ha proporcionado una vía pseudocatárquica y, en la práctica, potenciadora de la propia agresividad del espectador. Acostumbrado al guión en que el violento "bueno" (agente de policía, sheriff...) acaba atrapando al violento "malo", el teleadicto ha encontrado de lo más natural la historia de un país (Estados Unidos, curiosamente el productor de la mayor parte del cine televisivo) que envía a sus "comandos especiales" a combatir y capturar a la encarnación del mal (por ejemplo, Osama Bin Laden). Desensibilizado por miles de escenas violentas que, desde el televisor, han pasado ante sus ojos, el ciudadano medio del mundo occidental no ha puesto excesivos reparos a una campaña bélica que, además, no le mostraba los muertos. E, incluso, en no pocos casos (como delata el frecuente tono cantarín de los locutores) ha gozado con el relato de la misma. Es así como las tramas de la actual coyuntura histórica se parecen más que nunca a los argumentos de una película norteamericana. Los muertos, sin embargo, son de carne y hueso.

El proceso de manipulación y adocenamiento de las masas se ha valido de otras instancias. La degradación de la educación académica es una de las más destacables. Ésta, que debería ser fuente de formación integral (fundada sobre el pensamiento crítico) y de orientación constructiva para niños y adolescentes, lleva décadas convertida en triste cantera de seres vacíos que, por lo común, a lo más que llegan es a formarse como profesionales especialistas en áreas muy concretas, con una crasa ignorancia e incapacidad para pensar sobre los temas fundamentales de la vida.

Repetidamente se atribuye esta penosa realidad a la progresiva marginación de las asignaturas humanísticas en los planes de estudios. Se confunde así la consecuencia con la causa del problema, pues, ¿cómo puede nadie creer, seriamente, que es posible preservar el prestigio de unas materias, como la filosofía, la historia, la ética o las lenguas clásicas, cuando sus campos de atención privilegiada han sido previamente sometidos a un implacable y sistemático cuestionamiento "científico" por la versión progre de la Modernidad? Si se marginan y relativizan los valores morales y humanos, condenándolos al plano de la mera subjetividad, negándoles otro estatuto que el de la doxa o mera opinión (frente al exigente rigor de la ciencia), ¿cabe esperar que las disciplinas humanísticas mantengan ellas mismas su valor en una sociedad regida por el utilitarismo?

Pero no pretendo hacer aquí un canto elegíaco a las llamadas "Humanidades". Sin desdeñar lo que pueda tener de benéfico su estudio, es preciso denunciar, esperando que sirva de precedente, la manera acrítica, por indiscriminada, en que se asume y fomenta el mismo. La versión progre de la Ilustración ha banalizado hasta la bajeza una máxima ilustrada, más o menos implícita y ya de por sí arbitraria. Según ella, "la cultura redime". En virtud de lo cual, nuestra sociedad no se contenta con depositar en el mismo saco redentor a Homero y a la Biblia, sino que, yendo más allá, mezcla bajo el epígrafe "cultura liberadora" a Johann Sebastian Bach con Apártate que piso mierda, y a Almodóvar con Ingmar Bergman, tarea a la que contribuyen alegremente los departamentos culturales de los más variados estamentos públicos.

En particular, se enfatiza la relevancia formativa que supone leer... lo que sea. Tanto dan El Quijote o Crimen y castigo como el cómic más chabacano o la última bazofia de Ray Loriga, pues "está demostrado" que lo importante es iniciarse en la lectura. Y así no es de extrañar el entusiasmo que ha despertado en numerosos adultos bienintencionados comprobar cómo sus niños han dejado las videoconsolas para enfrascarse en los libros de Harry Potter. Ignorando que puede haber culturas, y lecturas, que lejos de redimir más bien pueden alienar. Hay mucha barbarie implicada en todo esto.


Otros rostros

Existen muchos otros rostros de la barbarie que iremos desgranando en artículos sucesivos. Mencionemos aquí, no obstante, que la manipulación ejercida por el poder se vale muy significativamente de otras formas de entretenimiento, como el fútbol, cuyo espectacular montaje es capaz de enajenar hasta una condición animal incluso a personas ilustradas (ver Pan y fútbol); o las loterías, mediante las cuales los estados lanzan a sus pueblos una apetitosa carnaza de la que siempre los primeros se quedan con la mejor tajada, mientras embrutecen a los segundos estimulando su adoración al dios Mamón.

El electoralismo, síntoma de la extrema avidez de poder de los políticos, hace uso de la más burda propaganda para, entonteciendo a los electores, arrancarles el voto a cambio de vaporosas promesas. De este modo, como ya denunciara Platón hace miles de años, la democracia deviene demagogia; la oratoria, mera sofistería; y la gestión pública, corrupción.

Por esas vías, y por muchas otras (como la continua apelación al sexualismo) se adormecen las instancias críticas de la gente y se la prepara para aceptar, sin la menor protesta, e incluso con la mayor de las complacencias, las sucesivas líneas de barbarie que se van imponiendo: son algunas de ellas la globalización ético-política, con la que en el fondo están de acuerdo hasta los más recalcitrantes "antiglobalistas" (ver Antiglobalistas por la globalización); la neorreligiosidad (que va camino de proveer la neoideología que tan imperiosamente el sistema necesita, de la mano del engañoso ecumenismo); y el competitivismo extremo, que lejos de favorecer la "competencia perfecta" (término que en la teoría económica designa el equilibrio y la eficiencia en los mercados), estimula la formación de arrogantes oligopolios y convierte el mundo entero en un campo de batalla comercial... y literal.

Es tan fuerte la presión de la barbarie, en sus formas brutales y sutiles, que se logra instalar en el ciudadano una fatal resignación, entendida como la actitud de quien se siente forzado a aceptar lo que tiene remedio. Pues se le hace creer que, pese a todo, vive en el mejor de los mundos posibles (la trampa del posibilismo), o cuando menos en uno de los menos malos. Mediante la continua reiteración propagandística de los hitos configuradores del actual statu quo (como, en España, la casi constante invocación a la "ejemplar transición democrática"... de hace ya varias décadas), se recuerda a la gente la supuesta grandeza de su forma de vida, por más que sus evidencias cotidianas le informen de una realidad bien distinta. El enfoque colectivo y sus vanos consuelos, hábilmente manipulados, consiguen disimular en buen grado las numerosas grietas del sistema, y de paso ahogar la insatisfacción del individuo frente a ellas.

Con el mismo fin, y a pesar de los más atroces signos de los tiempos (machaconamente exhibidos por los medios de comunicación), se pretende conservar el optimismo humanista (ver ¿Fin del optimismo humanista?) como vía segura hacia un mundo mejor. Pasando por encima del macabro presente, se deposita la confianza en el futuro en tanto que futuro, de acuerdo con esquemas historiográficos de corte evolucionista. Es la consagración del pasivo ojalá frente a la humana acción transformadora. Se venden, así, quimeras peligrosas que, en el fondo, nacen de posiciones profundamente reaccionarias, en cuanto relativizadoras del mal presente y reacias a admitir el nulo potencial regenerador de los archiensayados caminos habituales.


Conclusión

La anterior exposición quizá en algún lector haya motivado una saludable protesta: "Pero bueno, ¿acaso todo es culpa de los poderes orquestados, que conspiran al unísono para eliminar todo vestigio de espíritu crítico en los habitantes de la tierra?" Evidentemente no. La tremenda responsabilidad de cada individuo (sobre todo, en el Occidente opulento) frente a lo que acontece no debe infravalorarse. Si la televisión lo manipula, es porque acepta dócilmente que el televisor es un electrodoméstico imprescindible en el hogar. Si la violencia y el sexualismo campean en el mundo del entertainment (y en el de la pura realidad), es porque se abandona mórbidamente a sus más bajas pasiones, como le aconsejan las pérfidas sugestiones del facilismo. Si lo alienan y embrutecen la (pseudo)cultura y las distracciones de masas, se debe a que prefiere la cómoda vía de la inmersión en el rebaño a la disidencia que conlleva el riesgo de la impopularidad. Si, en suma, la barbarie acabará con todo resto de su dignidad personal, es porque él mismo ha facilitado su advenimiento, tras desoír una y otra vez el clamor de su conciencia.

Pero nada de eso, por supuesto, exime de su responsabilidad al poder constituido. No todo es conspiración sistémica, pero sin duda la hay. Y si no es aún más eficaz por sí sola, es porque entre los poderosos no hay una perfecta confluencia de intereses; la lucha por el poder entre aquéllos mitiga su eficacia totalitaria..., pero esto se compensa gracias a los regalos suplementarios de las masas acríticas.

Una crítica del poder será objeto de futuros textos en La Excepción. Pero del poder en un sentido amplio, entendido como poder del hombre sobre el hombre. Algo no muy alejado de la nietzscheana voluntad de poder, aunque aquí procuraremos tratarlo en su auténtica perspectiva (crítica y no reaccionaria): la del afán de poder presente en todo corazón humano, por lejos que se encuentre de los "aparatos de poder" (oficiales o fácticos), y que mientras pervive tiende a pervertir toda solución política y/o social que se aplique en nuestro planeta. La del afán de poder como suprema manifestación del misterio de la maldad.

© LaExcepción.com

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¿Fin del optimismo humanista?
© G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (25 de diciembre de 2001)

El optimismo humanista, lejos de extinguirse, se perfila como punto de confluencia de un pensamiento único mucho más amplio de lo que denuncian sus críticos, en el que convergen los que defienden y los que rechazan el sistema.

Hasta el 11-S numerosas voces, sobre todo de la izquierda, anunciaban el advenimiento de un mundo progresivamente más justo y solidario. Quienes se muestran optimistas respecto a la evolución de la humanidad siempre han afirmado que, a medida que se mitigara la maldad humana y se generalizaran las buenas intenciones de los hombres, las medidas legales que limitan la sociedad abierta serían cada vez más excepcionales, y la situación normal en todo el mundo sería la que hemos vivido en Europa occidental y Estados Unidos durante los últimos cincuenta años: "paz" desde el punto de vista militar, estado de bienestar, desarrollo prometedor de la sociedad civil, etcétera.

Creo que el estudio de la historia desmentiría rápidamente la interpretación optimista de cada uno de estos puntos, pero no es mi objetivo hacerlo aquí. Aun asumiéndose la visión más esperanzadora del pasado, es evidente que desde el 11-S lo que venimos considerando "normal" será en realidad lo excepcional. Las medidas legislativas que se están adoptando en todo el mundo así lo prueban. George Bush ya dijo que esta guerra puede durar diez años... o más. Es decir, la conculcación de derechos básicos será indefinida. La promesa de una sociedad cada vez más pacífica y unida huye del horizonte. Es más, algunos empiezan a preguntarse si realmente habrá alguna vez buena voluntad entre los hombres.


¿Un nuevo orden mundial más justo?

El movimiento pacifista desarrollado en las sociedades occidentales durante la guerra fría y que en cierta medida se prolonga hoy en determinados sectores del movimiento antiglobalización ha mantenido como objetivo convencer a las autoridades de que los sistemas armamentísticos son innecesarios. Esta es una afirmación idealista y utópica (no asigno matices peyorativos a ninguno de estos nobles conceptos) que sólo puede sustentarse sobre la premisa de que la humanidad es buena por naturaleza. Por eso, cada vez que hay una gran crisis que confirma lo contrario (ya ocurrió durante las guerras mundiales, y se repite ahora), muchos "pacifistas" demuestran que su pacifismo sirve sólo para tiempos de paz, y apelan al más puro pragmatismo (es decir, a la necesidad de la guerra).

La larga masacre de poblaciones civiles ha comenzado por Afganistán y seguirá por otros países, según anuncian. Los movimientos contestatarios orientan su actuación principalmente a denunciar las matanzas. Mientras los belicistas que desde el primer momento apoyaron una actuación militar en Afganistán (y donde fuera "necesario") siguen confiados en que esta serie de guerras traerá un mundo más justo (o por lo menos, no más injusto), algunos "críticos" se muestran todavía perplejos y no parecen atreverse a especular sobre qué tipo de mundo nos espera. Pero los comentarios optimistas que expresan confianza en que la justicia traerá la paz siguen siendo relativamente frecuentes.

Como ya he argumentado en otro lugar (ver Antiglobalistas por la globalización), la gran mayoría de los componentes del movimiento antiglobalización no están en realidad contra la globalización, sino que abogan por otra globalización, según la consigna de que "otro mundo es posible". Ya destaqué entonces que esas afirmaciones se contradicen con los análisis terriblemente pesimistas que ellos mismos hacen de la evolución del sistema mundial. Lo sorprendente es que, con la acentuación de las tendencias totalitarias tras el 11-S, muchas voces perpetúan su discurso optimista, como si los acontecimientos y, sobre todo, las tendencias de los últimos meses anunciaran un nuevo orden mundial más justo.

Desde luego, se aproxima un Nuevo Orden Mundial, pero no precisamente el que esperan los más desfavorecidos del planeta, sino el que ya anunció George Bush padre durante la guerra del Golfo, y que Noam Chomsky considera continuación del "viejo", como argumentaba en su libro El nuevo orden mundial (y el viejo) (Barcelona: Crítica, 1994). La tradicional reivindicación de los contestatarios al sistema ha sido la de globalizar la democracia. Pero ahora que los países con las democracias más antiguas y consolidadas del mundo comienzan a revisar sus sistemas legislativos con el objetivo de garantizar la seguridad a costa de restringir derechos fundamentales, toda previsión realista y sensata conduciría a la idea de que lo que puede empezar a globalizarse (además de lo que ya se ha globalizado: diferencias socioeconómicas, explotación, redes criminales, contaminación medioambiental...) son precisamente estas tendencias totalitarias.

Los análisis de quienes todavía consideran viable un mundo mejor se sustentan sobre un modelo ideológico optimista heredado de la Ilustración. Pero muchos colectivos, al autocalificarse como utópicos, no reclaman una interpretación realista de la realidad mundial. Por ello no sorprende que la mayoría de los viejos rebeldes del 68, desengañados por las pocas posibilidades de cambio global de sus movilizaciones y seducidos por el bienestar de Occidente, se convirtieran en los prácticos tecnócratas y yuppies vividores de hoy. Ahora (desde hace tiempo, en realidad) comprobamos que no actuaban por principios, sino siguiendo consignas colectivistas que hoy consideran propias de etapas juveniles pero alejadas de la realidad. Normalmente no se avergüenzan de haberlas seguido, sino que más bien las recuerdan con cierta nostalgia que les hace mostrarse condescendientes (por no decir paternalistas) con los jóvenes antiglobalistas actuales. "Ya crecerán", vienen a decir.

Este giro se debe a que sus ideales estaban supeditados a los resultados sociales de sus protestas, y así lo expresan claramente muchos de ellos, que se consideran satisfechos con los logros conseguidos desde entonces en las sociedades ricas. La mayoría de estos "logros", por cierto, afectan a las costumbres y a las normas sociales y jurídicas, pero no se extienden en absoluto a la situación global de la humanidad, ni siquiera a la gestión política de las democracias occidentales. En términos marxistas, tan de moda entonces, se han modificado algunos aspectos de la superestructura pero la base económica permanece intacta.

Los auténticos idealistas de entonces quizá lo sigan siendo ahora, pero desde luego son minoría. La historia ha demostrado una vez más que quienes finalmente se imponen en los sistemas sociales y de poder, para bien o para mal, son los pragmáticos, no los idealistas. Por eso tampoco debemos sorprendernos cuando veamos a algunos de los románticos antiglobalistas de hoy gestionar la globalización burocrática (quizá totalitaria) de mañana, o aceptar los beneficios que a ellos les reporte. Estos procesos son los frutos naturales del optimismo humanista y de las frustraciones que sus quimeras inevitablemente producen.

El optimismo humanista promete, contra toda evidencia, un progreso continuo hacia la libertad de la humanidad. Incluso quienes denuncian el totalitarismo emergente en Estados Unidos, parecen sumarse a las esperanzas que recientemente expresó Bush: «En la Historia hay una corriente que fluye hacia la libertad». El empeño en seguir creyendo que se puede construir un mundo justo está aproximando entre sí, insospechadamente y sin que sean conscientes de ello, a quienes construyen y mantienen el sistema mundial y a quienes lo critican. Y a medida que nuevas amenazas se concreten en todo el mundo, cada vez serán más quienes soliciten medidas excepcionales a costa de sacrificios en las libertades.


El drama del pacifismo optimista

Si insisto en esta visión catastrofista, es porque considero que esta tendencia es en gran medida inevitable. Y lo es no porque ningún determinismo histórico así lo dicte, sino porque coincide con el rumbo concreto que ha tomado el conjunto de la humanidad, tan imparable como el proceso de globalización (salvo imprevisibles sorpresas que serían, sin duda, tanto o más catastróficas). El drama del pacifismo optimista consiste en que, en primer lugar, anuncia que el mundo está en un callejón sin salida si se siguen los parámetros políticos presentes; en segundo lugar, constata que todos los indicios apuntan a que el sistema actual se perpetúa en modalidades cada vez más injustas. Pero, a pesar de ello, se empeña en prometer un mundo mejor, y supedita su acción a este objetivo: "Si todos nos movilizamos, lo conseguiremos".

El punto débil de este pacifismo no está en sus loables intenciones y sus métodos (dignos de apoyo siempre que sean auténticamente pacíficos), sino en sus motivaciones. A fin de cuentas, según este modelo ser militante pacifista merece la pena siempre que se crea que estas acciones pueden cambiar el mundo, aunque sea a muy largo plazo. A medida que esta esperanza intramundana vaya perdiendo sus soportes (proceso que se ha acelerado desde el 11-S), es previsible, e incluso comprensible, que estos idealistas vayan acercándose a posturas más pragmáticas. ¿Por qué desgastarse, e incluso arriesgarse, en luchar por algo que no se va a conseguir?

En este contexto, sólo personas o pequeños grupos con convicciones fundadas en valores absolutos podrán defender un pacifismo "clásico". Serán personas que asuman la no violencia y la libertad por principio, y no como medios ligados a unos objetivos. Las raíces del pacifismo clásico se encuentran precisamente en movimientos que, aun luchando por el cambio social, fundamentaban las esperanzas personales de sus integrantes en una realidad trascendente. Tal es el caso de los primeros cristianos (objetores de conciencia ante el culto imperial o el servicio militar del Imperio Romano) o del pacifismo moderno de Gandhi y Martin Luther King.


Hacia el pensamiento único

La seguridad o el bienestar colectivo es sin duda patrimonio irrenunciable de las sociedades que han alcanzado ciertas cotas de libertad. Ahora bien, el progresivo e imparable despliegue de maldad al que venimos asistiendo exige que los amantes de la libertad tengamos claro que ésta es todavía más irrenunciable, porque es nuestro patrimonio personal. Si la libertad se define exclusivamente en términos sociopolíticos, condicionaremos nuestra libertad a circunstancias externas a nuestra propia persona. Si definimos la libertad como opción vital y actitud, como decisión de no someterse necesariamente a los criterios que la mayoría ha establecido para encontrar una vía de salida a la sociedad, no es de extrañar que quienes opten radicalmente por vías personales, aun a costa de su vida, acaben siendo tachados de fanáticos, fundamentalistas o integristas. A los ojos de los nuevos globalitarios (utilizando el término acuñado por Ramonet) no resultan tan distintos los terroristas de los descontentos con el sistema, como viene demostrando la estigmatización a que el propio movimiento antiglobalización está siendo sometido desde el 11-S.

Otra prueba de ello es el abuso del concepto "fundamentalista" que se viene haciendo desde hace unos años. Sirve como cajón de sastre para meter en él precisamente a todos quienes no participan del optimismo humanista que vengo describiendo, desde terroristas islámicos hasta minorías religiosas cristianas. Bajo el paraguas del "ecumenismo" se está desarrollando también un proceso de globalización religiosa como consecuencia del cual se diferenciarían dos grandes grupos: los partidarios del "diálogo" (término que suele ocultar la idea de proyecto ético-religioso común e interconfesional) y los "fundamentalistas" (un nuevo término para lo que tradicionalmente se ha entendido por "herejes"). De ahí que toda persona o movimiento que no participe del optimismo humanista, sean cuales sean sus convicciones y métodos, se vea etiquetado como "fundamentalista", y excluido del proyecto para un mundo mejor basado en el auténtico pensamiento único, del que en el fondo participan también la mayoría de los "críticos".

El filósofo católico Jesús Villagrasa afirmaba en www.zenit.org (21.11.01): «Con un terrorista o con un fundamentalista hay poco que dialogar. [...] Estos grupos se dan no sólo entre los musulmanes; también hay sectas de "inspiración cristiana"; y también hay funcionarios de gobiernos occidentales que no distinguen entre un grupo fervoroso y una secta peligrosa.» El gran teólogo español González de Cardedal coincide en el análisis, con una curiosa clasificación confesional: «Europa está constituida hoy por cuatro afluentes religiosos: el cristianismo, el Islam, las religiones orientales que se presentan con voluntad misionera, las sectas que llegan de Estados Unidos. El camino de Europa debe superar tanto la secularización de la conciencia como el fundamentalismo, asumiendo la realidad autónoma de este mundo a la vez que preguntando por el fundamento sagrado de lo real» (ABC, 20.9.01). Precisamente esta cita revela con claridad la doble dimensión de la neorreligiosidad que venimos denunciando en La Excepción: un proyecto global para este mundo combinado con un "fundamento sagrado". En el mundo católico (y, cada vez más, entre las iglesias protestantes institucionalizadas) se considera que este fundamento se encarna en el liderazgo papal.

En esa línea han de interpretarse anhelos como el de Antonio Montero, arzobispo de Mérida-Badajoz: «¡Ay, si la tragedia neoyorquina abriera paso de verdad a un nuevo orden mundial de rostro humano y solidario! El Occidente libre, rico y, en última instancia, cristiano del que formamos parte, se pondría a la altura de los "Momentos estelares de la humanidad"» (ABC, 24.9.01). El pensamiento "cristiano" actual, perdida toda referencia escatológica en su teología, ansía un mundo más justo modelado por la generosidad y la proyección global de Occidente. De ahí que el artículo se titule y concluya precisamente con la mayor expresión de fe humanista: «Creo en el hombre.»

Es éste el postulado en el que vienen convergiendo, antes y después del 11-S, casi todos los pensadores, políticos y activistas actuales, de derechas y de izquierdas, ateos y religiosos, clericales y laicistas. Por ejemplo, el filósofo Carlos París "profetizaba", con un lenguaje entre ilustrado y teológico: «En estas tinieblas la única luz salvadora es la crítica y la rectificación, emprendiendo una nueva marcha hacia los olvidados valores solidarios y humanistas» (La Razón, 12.11.01).

Muchos han defendido siempre una interpretación pragmática y de mínimos del progreso de la humanidad: mientras Occidente se salve, es suficiente; las tendencias actuales han venido a consolidarlos en su postura. Otros están abandonando su antiguo idealismo para sumarse a este pragmatismo de supervivencia. Otros siguen confiando en la bondad humana como garantía de un futuro mejor. Entre todos ellos va emergiendo, de la mano del optimismo humanista –que no desfallece y que de alguna forma los une–, el clamor por un nuevo liderazgo moral que sirva de crisol ideológico y que excluya a quienes no se ajusten a alguno de estos moldes. Se perfila así un nuevo totalitarismo sutil pero palpable.

La humanidad, en el momento con el futuro más negro de su historia, se quiere aferrar a algunos rescoldos de esperanza. Es admirable el idealismo utópico de algunos activistas, líderes de opinión o simples ciudadanos que, fieles a sus convicciones íntimas, no se venden al confort de lo que ya han conseguido para sí, ni se acomodan en posturas sostenidas por la mayoría. Algunos, quizá muy pocos, se empeñarán en defender la justicia y la verdad como opción personal e irrenunciable, se plantearán como objetivo la revolución en sus vidas y la consecución de cambios en su ámbito de influencia (incluso cuando finalmente lleguen a la conclusión de que es imposible cambiar de forma global este mundo podrido); rechazando esoterismos vacuos, sensacionalistas o intelectualizados, buscarán fundamentos sólidos y trascendentes a su débil fortaleza. Unos proclamarán, otros descubrirán, que, al margen del esfuerzo humano, existe una promesa fiable de un mundo mejor. Serán la excepción.

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Bipartidismo
© G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (30 de diciembre de 2001)

El sistema político español, como muchos de los occidentales, h