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=============================================== LaExcepción.com Una respuesta al totalitarismo
emergente Boletín electrónico nº 3, diciembre de 2001 ===============================================
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Índice del boletín
La Navidad, una
fiesta corrompida
Una muerte que
apenas sirvió de lección
Lo que dicen y lo
que en realidad quieren decir
¿Una nación
pacífica?
¿Dilemas
morales... o electorales?
A.I.
Inteligencia artificial
[Sección Actualidad]
----------------------------------------------------------------------------------- [Frases del mes]
Frase
Sensata «Están
destruyendo un país que ya estaba destruido, y con una brutalidad
innecesaria [...]. Pero tengo la sensación de que detrás hay un ejercicio
mucho más complejo [...]. Un proceso de pensamiento propulsado del que es
muy difícil escapar» ("El Roto", El País, 15.11.01) .
Frase
Insensata «En la
Historia hay una corriente que fluye hacia la libertad» (George W. Bush,
El Mundo, 11.11.01).
----------------------------------------------------------------------------------- La Navidad, una fiesta corrompida © G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
(2 de diciembre de 2001)
La Navidad, de origen pagano,
ha experimentado a lo largo de la historia una cristianización formal. El
modelo de sociedad actual la ha repaganizado, integrándola en el
sistema consumista.
Los pensadores cristianos de los
primeros siglos, como Tertuliano (finales del siglo II), despreciaban
profundamente las fiestas de la sociedad romana en la que vivían. Pero la
oficialización del cristianismo (en su versión "romana"), primero como
religión permitida en el imperio y después como religión oficial, implicó
una profunda asimilación de elementos paganos, tanto en la estructura
organizativa de la iglesia como en las creencias y prácticas. El
cristianismo, para convertirse en religión mayoritaria, debía renunciar a
su rechazo de costumbres y tradiciones profundamente arraigadas entre la
población, especialmente la rural, es decir, la de las aldeas o
pagi (de donde viene la expresión "pagano").
El 25 de diciembre correspondía
en el calendario juliano (no así en el actual, derivado de las reformas
del papa Gregorio en el siglo XVI) al solsticio de invierno, de ahí
que en él se celebrara el día del nacimiento del Sol invicto, así
como el nacimiento del dios solar de origen iranio Mitra. La adopción de
este día como el del nacimiento de Cristo estuvo en gran medida
determinada por la corriente de elementos del culto solar que
inundaron el cristianismo de estos primeros siglos, y que se constató en
fenómenos como la orientación de las basílicas hacia el este (donde se
hallaba Jerusalén, cierto, pero también lugar del nacimiento diario del
sol) o la adopción del día del Sol (el domingo) como día del Señor, frente
al sábado de origen judeocristiano. En las catacumbas de Roma y en
numerosas obras artísticas a partir de entonces se pueden encontrar
representaciones simbólicas del Sol (entre ellas la esvástica) que
seguramente simbolizan a Cristo.
Los
primeros cristianos, que no celebraban como festividad más que la Pascua
(y no todas las comunidades), fueron introduciendo ésta y otras
celebraciones calcadas del calendario romano y de tradiciones ancestrales
de los pueblos del ámbito del imperio, tanto germánicos como
mediterráneos. Las protestas de numerosos obispos, escritores,
eclesiásticos, no consiguieron frenar esta corriente de supersticiones y
rituales que venían a contaminar la sencillez del culto cristiano. En el
caso de la Navidad, la mayor influencia provino de las Saturnalia o fiestas en honor a Saturno que se celebraban
entre el 17 y el 24 de diciembre, cuando se cerraban escuelas, negocios y
juzgados para que la población pudiera consagrarse a celebraciones
domésticas y públicas en las que abundaban la danza y el juego. También se
asimilaron costumbres relacionadas con la fiesta de año nuevo, como el
intercambio de regalos y la decoración de los hogares con luces y
vegetación verde.
Cuando la organización
eclesiástica no conseguía eliminar determinadas prácticas paganas,
procedía a su cristianización, tal y como se puede comprobar
en casi todas las demás celebraciones populares que han sobrevivido hasta
hoy. De ahí que con el tiempo la Navidad se cargara de tantas referencias
a Jesús y a las circunstancias en torno a su nacimiento, basadas en los
evangelios o no. Una de las más populares es la construcción de belenes
con figuras, cuyo origen se atribuye a Francisco de Asís (siglo XII).
Ahora bien, no por ello desaparecieron los elementos puramente paganos,
especialmente los relacionados con la forma popular de celebrar la
fiesta.
La Reforma protestante del siglo
XVI supuso, en todos los órdenes sociales, una depuración de tradiciones
ajenas al cristianismo, y afectó por tanto a la Navidad. Incluso el
gobernante puritano Cromwell la prohibió en Inglaterra durante el periodo
1642-1660, decretando que el 25 de diciembre fuera un día laboral, con
multa o cárcel a quien le diera significado religioso. Lo mismo hicieron
los puritanos de Nueva Inglaterra entre 1659 y 1681. Todavía hoy hay
grupos cristianos que se niegan a celebrarla, y especialmente entre los
evangélicos se mantiene el debate acerca de su auténtico
significado.
En cualquier caso, algunos
elementos más o menos cristianos han pervivido a lo largo de los
siglos: los días en torno a la Navidad se consideran días de paz, de
alegría, de solidaridad, de encuentro familiar, incluso de reconciliación.
Algunos villancicos, aunque aderezados con todo tipo de tradiciones
apócrifas y hagiográficas, expresan de forma popular el misterio de la
encarnación del Hijo de Dios. Durante siglos la Navidad ha significado un
periodo entrañable y feliz.
Pero en la sociedad moderna se ha retrocedido al modelo más
ancestral de festividad. De la mano del hedonismo, de ese espíritu
festivamente superficial con que se quiere celebrar todo, y del modelo
industrial-consumista del capitalismo salvaje, todos los atributos que la
celebración catártica del año nuevo tenía han sido transferidos al periodo
completo. (Respecto a la reducción de la Navidad a parafernalia
consumista, y otras curiosidades sobre la historia de la festividad, se
puede visitar http://webs.sinectis.com.ar/mcagliani/navidad.htm).
En el Reino Unido ya hay ciudades que, afectadas por la fiebre de lo
políticamente correcto, están cambiando el nombre y la simbología de la
festividad por otros supuestamente más "laicos", como los tomados de la
serie de Harry Potter (I+CPress,
12.11.01).
La Navidad es ahora saturación de estímulos visuales (derroche de
electricidad con efectismo cargante) y sonoros (estridentes villancicos
desnaturalizados electrónicamente en los establecimientos comerciales),
todos ellos invitándonos al más irreflexivo consumismo compulsivo (hace un
año Gabriel Albiac publicó una intresante reflexión estética/ética sobre
el paisaje urbano en Navidad, En la ciudad
profanada). Es la gran fiesta del capital, convenientemente
adornada por el sistema con disfraces "solidarios" (tarjetas, regalos a
los pobres...) que, aun teniendo su indudable función benefactora,
contribuyen a amortiguar el complejo de culpa provocado por los empachos
de comida y de objetos inútiles.
Ya en 1925, en los albores de
nuestra materialista sociedad de consumo, el gran escritor alemán Hermann
Hesse, quien no era precisamente cristiano, advirtió la gran contradicción
de esta fiesta: "La Navidad es una suma, un almacén de regalos de todos
los sentimentalismos y mendacidades burgueses. Es un motivo de
desenfrenadas orgías para la industria y el comercio, el artículo más
sensacional de los almacenes, huele a hojalata lacada, a ramas de abeto y
a gramófonos, a agotados carteros y chicos de reparto que murmuran por lo
bajo, a alborotadas fiestas familiares bajo el árbol engalanado, a
suplementos de los periódicos y a una gran publicidad; en resumen, a mil
cosas que me resultan extremadamente odiosas y que me serían indiferentes
y ridículas si no hicieran un uso tan lamentable del nombre del Salvador y
del recuerdo de nuestros años más tiernos".
©
LaExcepción.com
----------------------------------------------------------------------------------- Una muerte que apenas sirvió de lección © J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(25 de noviembre de 2001)
El 19 de noviembre moría
asesinado el periodista Julio Fuentes en Afganistán. Un hecho triste que
no debiera tapar, sin embargo, otros muchos no menos tristes y violentos
que acontecen en ese mismo contexto y en otros igualmente
dolorosos.
«Asesinados a sangre fría» –según
informaron los medios de comunicación– murieron cuatro periodistas
occidentales en el castigado territorio afgano. Entre ellos se encontraba
el español Julio Fuentes, adscrito al diario El Mundo.
La muerte de un reportero, por su
condición de tal, suele estar connotada de un matiz que la hace
singularmente penosa: estaba allí para informar, y en alguna medida para
denunciar los horrores de la guerra. Que él mismo se
convierta en víctima mortal hace aún más auténtica, pero también más
terrible, su valiosa y valerosa misión. Pues un hecho así patentiza sus
informes rubricándolos con la entrega de la propia vida.
No todo es heroico, sin embargo,
en esta historia. Los noticiarios radiofónicos y televisivos desplegaron
tiempo y medios al servicio de la noticia. Un tiempo y unos medios
desproporcionados, sobre todo cuando se los compara con el que reciben las
víctimas civiles de esta atroz guerra afgana. Por no hablar del resto de
las guerras y conflictos violentos que siembran el planeta de sangre y
fuego, la mayoría de los cuales han quedado eclipsados en estos días:
desde las luchas feroces del Sudán hasta la permanente y multiforme
contienda que tiñe de rojo Colombia, o las crueles persecuciones
que en Indonesia padecen las minorías religiosas.
Por la nacionalidad del
fallecido, y por su condición de periodista, resultaba esperable que los
medios informativos concediesen atención a la muerte de Julio Fuentes.
Pero el volumen de la cobertura prestada (por ejemplo, cierto noticiario
estelar de la radio pública dedicó la mitad de su media hora a ese suceso)
ya no parece tan razonable. Y acaso al propio periodista (a quien cuentan
"de raza", es decir, empeñado en investigar y subrayar lo relevante) le
hubiera parecido excesiva.
Entiéndase bien lo que queremos
decir: Dedicar espacio y tiempo a informar y valorar una muerte (y más una
de esta índole) no es intrínsecamente un dispendio, por
mucho que se le dedique. Pero hacerlo por motivos espurios, como parece
ser el caso (según veremos después), resulta de lo más lamentable. Porque,
al hilo de la muerte que nos ocupa, no se ha condenado el asesinato en
tanto que tal, no se ha señalado el mal realmente
universal que anida en todo acto sangriento: la violencia
misma. No se ha afrontado, en suma, el pecado
(permítaseme esta palabra tabú) que implica toda extirpación
voluntaria de una vida humana.
Se ha perdido así una excelente
ocasión para denunciar la barbarie de fondo, que no es otra que la
violencia en toda la tierra, la misma que asola, de modo destacado pero ni
mucho menos exclusivo, Afganistán. El gremialismo de la prensa,
centrando el asunto en sí misma y no en el mal subyacente,
corrió una cortina de humo sobre lo que está sucediendo en nuestros días
con la anuencia, e incluso promoción, de los más altos estamentos
internacionales: la matanza de inocentes y la masacre bélica en el país
centroasiático, en una guerra que sólo se anuncia como el primer
eslabón de una cadena "duradera". Cadena que, sin duda, seguirá
agravando la extrema violencia en el conjunto de la tierra.
El asesinato de Julio Fuentes
podía y debía haber servido para recordar la "utilidad" real de toda
guerra: ocasiona muertes, tanto "colaterales" como "centrales", y
sirve para perpetuar un sistema, el del odio y la venganza,
que la humanidad lleva ensayando durante milenios sin que haya servido
para resolver ninguno de sus problemas, y mucho menos para obtener la paz.
El cadáver de Julio Fuentes debería haber levantado ante las conciencias
el horror y el absurdo de que a estas alturas se consientan, y aun
promuevan con entusiasmo, la guerra y la venganza como medios de
resolución de conflictos. Debiera haber dirigido nuestros ojos a la
realidad de que, como él, muchos otros están muriendo inútilmente en este
mundo enloquecido, y de modo específico en esa guerra afgana (cuyas
imágenes, por cierto, nos dosifican a su arbitrio quienes detentan el
control de la información).
Pero no ha de sorprender
demasiado que el mensaje de condena a la guerra no haya trascendido. La
mencionada cortina de humo tiene una motivación definida: la paz no
interesa a los grandes medios de comunicación, al menos en el momento
presente. Son muchos, de hecho, y muy poderosos, los intereses
creados a favor de la guerra. El propio periódico en el que
trabajaba Julio Fuentes, y que con el lógico dolor ha llorado su muerte,
viene manifestando en su línea editorial (particularmente en los artículos
de su director) una clara defensa de la campaña bélica que le ha costado
la vida a su reportero.
©
LaExcepción.com
----------------------------------------------------------------------------------- Lo que dicen y
lo que en realidad quieren decir ©
G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] y
J. F. S. P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(3 de diciembre de 2001)
Numerosos personajes públicos, especialmente los políticos, hacen
declaraciones en las que expresan una cosa pero implícitamente comunican
algo distinto. En La Excepción nos permitimos "traducir" algunas de
estas frases crípticas. He aquí la primera entrega.
José María Aznar, presidente
del gobierno español «Una acción
militar precipitada contra Bagdad podría poner en peligro la coalición
internacional contra el terrorismo» (El Mundo,
2.12.01). Traducción «Si me permitís el consejo, pensaos bien
la excusa antes de proceder a las nuevas masacres; y una vez debidamente
elaborada, ¡proceded con entusiasmo!»
George Bush padre, ex
presidente de Estados Unidos «Estoy preocupado por Irak, como todo
el mundo lo está» (1.12.01). Traducción «Obviamente, si
Estados Unidos está preocupado por algo, el resto del mundo también debe
de estarlo, aunque tal vez aún no haya reparado en ello.»
Miguel Arias Cañete, ministro
español de Agricultura «Hemos sido capaces en el plazo de un año de
recuperar la confianza de los consumidores y eso no es casual. Se debe a
que se han puesto en marcha todos los mecanismos de control de la
salubridad de los productos cárnicos» (ABC,
25.11.01). Traducción «Al menos, durante este año se han
puesto en marcha con éxito todos los mecanismos automáticos para una
percepción distorsionada de la realidad por parte de los españoles, de
manera que o bien se han olvidado del peligro que siguen corriendo al
consumir animales contaminados, o bien les hemos convencido de que pueden
seguir haciéndolo, para una mejor salud de las finanzas del sector.»
ICPress, a raíz de un mensaje del papa «Juan Pablo
II ha mostrado de nuevo su disponibilidad a que teólogos y expertos
debatan cómo articular ese primado para, sin renunciar a las esencias,
ajustar su ejercicio a las expectativas de los no católicos»
(19.11.01). Traducción «Juan Pablo II ha mostrado de nuevo su
disponibilidad a que teólogos y expertos formulen el dogma sobre el
primado papal para que, diciendo exactamente lo mismo, les parezca a los
no católicos que dice algo distinto.»
Un portavoz del primer
ministro británico Tony Blair «La gente protestará en contra [de
las medidas antiterroristas] pero nosotros estamos absolutamente
determinados a hacer una justa elección entre el respeto a los derechos
humanos, que son importantes, y el derecho de una sociedad a vivir sin la
amenaza del terrorismo» (El Mundo,
10.11.01). Traducción «Nos da igual lo que piensen
nuestros electores. Nosotros decidiremos qué medidas tomar a favor de su
seguridad, y qué derechos conculcar.»
George W. Bush «Algunos
crímenes son tan terribles que ofenden a la humanidad... El mal ha vuelto,
y su causa se ha renovado» (10.11.01). Traducción «Otros
crímenes, ìgualmente terribles, sólo ofenden a quienes los sufren. Porque
todos los terrorismos son iguales, pero no todos los crímenes son
iguales.»
Colin Powell, secretario de
Estado de Estados Unidos «Países como Irak, que han tratado de
conseguir armas de destrucción masiva, no deben pensar que no les
dedicaremos nuestra atención» (8.11.01). Traducción «Gentes
de Irak: Salvo que mucho cambien los vientos, estáis inexorablemente
condenadas.»
Banco de España «Los
salarios no deben caer en la tentación de acomodarse a aumentos
transitorios de los precios.» Traducción «Los
trabajadores deben resignarse a perder capacidad de compra» (cita y
traducción tomadas de Javier Ortiz, El Mundo, 7.11.01).
Editorial de El
Mundo «El éxito militar de EEUU sería el mejor estímulo a una
economía que se ha contagiado del miedo al futuro»
(1.11.01). Traducción «Si es preciso, procédase a un rápido
genocidio, pues la economía lo agradecerá.»
© LaExcepción.com
----------------------------------------------------------------------------------- ¿Una nación
pacífica? © J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (2 de diciembre de
2001)
A raíz de los macroatentados del 11 de septiembre, Bush dijo de
su país que es «una nación pacífica». Pero las evidencias disponibles
cuestionan semejante afirmación.
En un
discurso pronunciado a los pocos días del 11.9.01, el presidente
norteamericano afirmó la condición pacífica de su país en el contexto
internacional (ver, por ej., El Mundo, 15.9.01). Tácita o
explícitamente, numerosos comentaristas han corroborado dicha declaración,
enfatizando que la presente escalada bélica en que se hallan incursos los
Estados Unidos no es más que una actuación en defensa propia.
Cuando se habla de la primera potencia mundial, muchos de sus
críticos son incapaces de superar el estereotipo progre según el
cual esa nación es la esencia del mal, al menos en lo que respecta a su
política exterior. Olvidan que el mal, por desgracia, es patrimonio del
conjunto del género humano (ver Una fecha y sus
secuelas). Otros detractores, los
revolucionarios (gente más seria pero no necesariamente mucho más acertada
que el típico progre) siguen anclados en viejos análisis
marxistas-leninistas que encuentran en Norteamérica la encarnación del
imperialismo (en palabras de Lenin, la "fase superior del
capitalismo"). Sin negar que este diagnóstico contiene una parte de
verdad, a sus autores ya debería habérseles revelado como superficial e
insuficiente: el imperialismo ha sido la tónica general de cualquier
potencia militar a lo largo de la historia, incluido el siglo XX; habrá,
pues, que buscarle motivaciones más profundas que el capitalismo, por
relevante que éste sea entre sus factores explicativos.
Entre
los partidarios de la única superpotencia, que han aumentado de manera
sorprendente desde el 11.9.01, es frecuente el mensaje según el cual las
críticas a los Estados Unidos nacen de un prejuicio al que denominan
"antiamericanismo". Lo que vienen a decir estos "americanistas" es
que dichos críticos no condenan a Norteamérica en razón de su conducta,
sino que condenan su conducta simplemente en razón de quién la
ejecuta.
En La Excepción no compartimos ninguna de las posiciones
mencionadas. Y a estas alturas ya debiera ser evidente que quien nos acuse
de "antiamericanos" por nuestras críticas a Estados Unidos lo hará o bien
de mala fe, o bien por hallarse aquejado de simplismo bipolar (ver Una fecha y sus
secuelas y Malos contra
malos); o, tal vez, por pura ignorancia. Pues nuestras críticas no se
basan en esquemas ideológicos previos, sino en la asunción de la ética
excelente, aquélla que se funda en el amor a todo ser humano (llámese
George Bush, Bin Laden, etc.), y sea cual sea su sexo, raza, creencia,
estatus económico o condición (incluso si ésta es la de "culpable" o la de
"enemigo"); así como en la convicción de que el mal tiene su sede en el
corazón humano, y no en ningún país o ideología particular.
Hechas
estas precisiones, que cada cual administrará o no según su conciencia,
respondamos a la pregunta que nos ocupa: ¿Cabe considerar a Estados
Unidos, como lo hizo Bush, "una nación pacífica"? Remitámonos a los hechos
–es decir, a la historia–, para averiguarlo.
Datos históricos y presentes
En 1823
se promulga la Doctrina Monroe, según la cual Estados Unidos vería
con desagrado cualquier intervención europea, especialmente militar, en
América del Norte o del Sur. El motivo de dicha declaración, ¿era el
benéfico deseo de garantizar la vida pacífica de los pueblos americanos?
Cuando se analiza lo que ocurrió desde aquel año en esa área geográfica,
se ha de concluir que las razones inspiradoras de dicha doctrina no fueron
tan altruistas. Estuvieron fundadas, más bien, en el afán de monopolizar
el control de la América Latina.
En
efecto, desde 1824 hasta la actualidad, los Estados Unidos consumaron no
menos de 70 invasiones de países latinoamericanos. Como fruto de ellas,
por ejemplo, arrebataron a México buena parte de su territorio, le
quitaron a España Cuba y Puerto Rico, y efectuaron las más variadas
agresiones sobre países como Nicaragua, Guatemala, Colombia, Honduras o la
República Dominicana. En multitud de casos, la excusa aducida fue la de
"proteger los intereses norteamericanos" en dichos países. No en vano los
Estados Unidos se caracterizan, casi desde su fundación, por tener
intereses (sobre todo, económicos) en cualquier zona del planeta, por
alejada que esté de su territorio oficial.
De
hecho, los Estados Unidos no se limitaron a convertir en realidad el
enunciado "América para los [norte]americanos", en que se resumía la
Doctrina Monroe. Las numerosas incursiones estadounidenses en África, Asia
y Europa demuestran hasta qué punto ampliaron el objetivo de su ambición,
que hoy –especialmente tras el 11.9.01– se concretaría en el lema "El
mundo entero para los norteamericanos". Corea y Vietnam son, quizá,
los dos ejemplos más paradigmáticos (aunque en modo alguno los únicos) de
su sangrienta interferencia en los asuntos ajenos. Pero ésta ha sido una
realidad antes, durante y después de la llamada "guerra fría".
Tampoco
se limitaron a invadir países de manera abierta. En Chile como en Angola,
en Nicaragua como en Irán y Afganistán, en Cuba como en el Congo y Camboya
(la mayoría de estos países, también directamente invadidos por EE.
UU.) desarrollaron intervenciones más o menos solapadas, derrocando
gobiernos, entrenando contraguerrillas, armando y financiando ejércitos
opositores... Y no variaron su actitud agresiva porque se iniciara la
"guerra fría", según ya hemos visto, ni porque ésta concluyera, como lo
demuestran sus numerosos ataques a Irak a lo largo de los años 90,
causantes de decenas de miles de muertes debidas a los bombardeos, y de
centenares de miles de víctimas por el bloqueo de alimentos y
medicinas.
Los
Estados Unidos, además, fueron el primer país que descargó bombas
atómicas contra poblaciones enteras, Hirosima y Nagasaki. El reguero
de napalm que dejaron sobre Vietnam contribuyó al exterminio de
cientos de miles de vietnamitas (más de tres millones, según estiman
algunas fuentes).
Y los
Estados Unidos son, al día de hoy, el principal país fabricante y
vendedor de armas en todo el mundo, a mucha distancia de sus más
próximos competidores (Gran Bretaña, Rusia y Francia). Armas que sirven
para prender y enconar conflictos en las áreas más diversas del
planeta.
Una nación violenta
¿Una
nación pacífica? Afirmar algo así resulta una broma de pésimo gusto. Y así
se lo parecerá, incluso, a los numerosos ciudadanos pacíficos, y
aun pacifistas, residentes en Norteamérica. Pues
supone despreciar las más abundantes y clamorosas evidencias históricas.
Pero, ¿son los Estados Unidos intrínsecamente peores que cualquier
otro país de la tierra? El siglo XX ha conocido otras potencias ferozmente
agresivas: la Alemania nazi, el Japón imperial o la Unión Soviética son
sólo algunas de ellas. A todas ha sobrevivido Norteamérica como gran
potencia, y es justo decir que la victoria de alguna de las otras
probablemente hubiera traído resultados aún más negativos para el conjunto
de la humanidad. Pero, naturalmente, eso no exime a los Estados Unidos de
su grave responsabilidad histórica. Ni exime a quienes, de buena o de mala
fe, consienten con su aprobación o con su silencio que ahora se erija en
potencia omnímoda, "legitimando" así que lleve su agresividad a cotas aún
mayores de lo que lo hizo en el pasado. La presente campaña de Afganistán,
como las que se anuncian contra Irak, Sudán y otros países, muestran los
peligros involucrados en semejante actitud.
El caso
norteamericano, su histórica y presente agresividad, ejemplifica
perfectamente algo que ya hemos afirmado en La Excepción, y que nos
ayuda a comprender en algún grado por qué un régimen aparentemente
democrático puede alcanzar tales cotas de violencia:
«La democracia sólo puede subsistir cuando hay garantías de
orden; la historia de la democracia moderna, en gran medida deudora de los
Estados Unidos, es la historia de la tensión por mantener el orden
interior de los sistemas democráticos a base de implantar el desorden en
el exterior. Los países en los que se han alcanzado altas cotas de
participación ciudadana han sido casi siempre países con una acción
exterior en ocasiones brutal» (ver Nuevo Orden
Mundial, democracia y libertades).
Pese a quien pese (y a mí me pesa), así es la triste
condición humana, incapaz de conciliar democracia interna y
externa... Pero la dinámica actual nos presenta un panorama aún más
sombrío, como ya se describía en el artículo del cual hemos extraído la
cita previa (ver también Una fecha y sus
secuelas). En la amenaza terrorista los Estados Unidos han encontrado
el filón para "legitimar" su violencia a escala planetaria, y de paso
recortar las libertades incluso en su propio territorio. Los tribunales
militares que se vienen anunciando harán de Norteamérica una nación
aún más violenta también dentro de sus fronteras.
En
realidad, la frase de George Bush no concluía donde antes la hemos
cortado. Veámosla ahora en su integridad: «Esta es una nación pacífica
pero terrible cuando se la agita hasta la ira.» Se nos ha querido
hacer ver que se trata de una "ira justa"; sin embargo, a la luz de la
historia más bien parece una ira demasiado fácil.
Pero el
presidente norteamericano añadía a continuación algo todavía más siniestro
y arrogante: «Este conflicto ha comenzado según el calendario y los
términos de otros; finalizará de la manera y a la hora que nosotros
decidamos.» De este modo, un simple hombre se arrogaba el
papel de Dios, es decir, del único que, según el profeta
Isaías, puede anunciar «el fin desde el principio», y declarar: «Mis
planes se realizarán, y todos mis deseos llevaré a cabo.»
©
LaExcepción.com
----------------------------------------------------------------------------------- ¿Dilemas
morales… o electorales? © G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
(20 de noviembre de 2001)
La "necesidad" de preservar el
sistema económico y el miedo a perder votos suelen ser causa de que se
traten como dilemas morales situaciones en las que claramente un derecho
debería prevalecer sobre otro.
Para que una situación se
califique de dilema moral es necesario que, ante dos o más posibles vías
de actuación, todas ellas comporten decisiones que implicarían males. El
dilema reside en decidir qué mal es mayor para evitarlo, optando por la
alternativa menos dañina.
Por ejemplo, algunas voces han caracterizado como "dilema moral"
la disyuntiva de llevar a cabo o no una guerra contra Afganistán. La duda
estaría en saber si merece la pena o no asesinar o desplazar forzosamente
a tantas víctimas afganas con la finalidad de dar "respuesta" a los
atentados del 11-S, conseguir una supuesta mayor seguridad internacional y
establecer un predominio geoestratégico de Occidente en Asia Central. Casi
todos los gobernantes del mundo han bendecido la masacre aparentemente sin
remordimientos, en aras de beneficios geoestratégicos y a costa de los
derechos básicos de millones de personas (ver Una fecha y sus
secuelas).
En un contexto muy diferente, el
pasado 18 de junio Anthony Giddens, ideólogo de la Tercera Vía de Blair y
director de la London School of Economics, aludiendo al caso de las
vacas locas en el Reino Unido, observó: «Si se anunciaba el
riesgo de esa enfermedad se arruinaba la economía de los agricultores, y
si se retrasaba el anuncio, la opinión pública diría que por qué no se
dijo antes. Es un dilema moral».
Resulta chocante que en este caso
se plantee como dilema moral el conflicto entre el mantenimiento de
estabilidad para un sector productivo y la ruina física de quienes
pudieran contaminarse con una terrible enfermedad. La supuesta necesidad
de garantizar la continuidad del sistema económico es tan imperante
en los valores que se imponen en el ámbito social que, a pesar de que todo
el mundo considera la salud como prioritaria (por delante del dinero), las
autoridades dudan entre salvar a las personas de la enfermedad o salvar a
un sector económico.
Dado que tras un cierto énfasis
social en el discurso por parte de la llamada Tercera Vía se oculta en
realidad un neoliberalismo estructural, no es de extrañar que a sus
defensores les resulte duro tomar una decisión que perjudique a un sector
de la economía, aunque como contraprestación se puedan salvar vidas
humanas. No olvidemos que estos "liberales de izquierdas" consideran que
la intervención del estado debe ser limitada a la hora de asistir a los
grupos más desfavorecidos (aunque muchas veces digan lo contrario), y por
tanto parecen tener miedo a apoyar con ayudas estatales a un sector
ganadero hundido como consecuencia de una política agraria y sanitaria
nefasta.
La naturaleza de los distintos
"dilemas morales" a que se enfrentan las autoridades demuestra la absoluta
pérdida de valores en que vivimos. Cuando, por ejemplo, en numerosas
ciudades españolas los efectos de la llamada movida (que en
realidad supone la más reaccionaria inmovilización social de los jóvenes)
impiden el sueño de cientos de familias que tienen la desgracia de vivir
en zonas invadidas por manadas de adolescentes, la respuesta de las
autoridades suele ser convocar mesas de diálogo en las que representantes
de los distintos sectores implicados (jóvenes, vecinos y políticos)
debaten sobre la forma más apropiada de solucionar el problema, atendiendo
a las necesidades de todos ellos. Al plantearse el asunto como un dilema
moral, se equipara el derecho a la salud con el "derecho a
divertirse", sin que a priori uno parezca prevalecer sobre el
otro.
Lo mismo ocurre cuando los
fumadores de centros laborales exigen su "derecho a contaminarse" aun a
costa de conculcar el derecho a no contaminarse de los no fumadores. Las
negociaciones, en estos casos, pueden terminar con soluciones intermedias
en las que los agredidos tengan que ceder parte de sus derechos
(normalmente todos) a fin de que los agresores "sufran" unas pocas
restricciones de los suyos. Además, dado que muchas veces los partidarios
de conculcar los derechos básicos (a la salud, por ejemplo) son mayoría,
se concluye afirmando que se trata de una decisión
democrática.
En realidad, más que a un dilema
moral, muchas de estas situaciones responden a un dilema electoral:
los políticos saben que una medida de justicia (garantizar en primer lugar
la salud de la población, y en segundo lugar tratar de proveer medios que
satisfagan otras necesidades) puede restarles votos entre sectores
importantes del electorado. Ejemplo de ello es el descontrol que reina en
los bares, pubs y discotecas de ciertos barrios de las grandes ciudades
así como de poblaciones de mediano tamaño, en los que el incumplimiento de
la normativa básica (hasta el punto de abrirse sin licencia y permanecer
años así) se perpetúa una legislatura tras otra, sin que los alcaldes se
atrevan a meter mano a un asunto que podría apartarles de su poltrona.
Otro ejemplo es el de los responsables de centros públicos, quienes, por
no buscarse la enemistad del numeroso sector de los fumadores, no aplican
la normativa sobre espacios libres de humos. Y, en fin, algo similar cabe
decir del "eterno" problema del tráfico en las grandes ciudades, frente al
cual, en vez de la adopción de medidas enérgicas, se prefiere la inercia
de la situación actual, ocasionalmente parcheada, cuyo destino lógico es
el colapso urbano y medioambiental.
Así pues, en la mayoría de estos
casos –son sólo unos pocos ejemplos, pero que representan los diversos
niveles en los que se manifiesta el fenómeno– los dirigentes prefieren
siempre el mal menor desde el punto de vista electoral, aunque
lleve aparejado el mal mayor desde el punto de vista ético, legal o
social.
© LaExcepción.com
----------------------------------------------------------------------------------- A. I. Inteligencia
artificial A. I. Artificial
intelligence, Estados Unidos, 2001
| Director |
Steven
Spielberg |
| Guión |
Steven
Spielberg; basado en una historia de Ian Watson a partir del
relato de Brian Aldiss Supertoys last all summer
long. |
| Intérpretes |
Haley Joel Osment
(David Swinton) Jude Law (Gigolo
Joe) Frances O'Connor (Monica Swinton) Sam Robards (Henry
Swinton) Jake Thomas (Martin Swinton) Brendan Gleeson
(Lord Johnson-Johnson) William Hurt
(profesor Hobby) |
|
Música
|
John
Williams |
| Duración |
145
minutos | |
Una historia de desarraigo y
redención virtual
El proyecto de Inteligencia artificial nació hace más de
quince años en la mente del director Stanley Kubrick, quien se puso en
contacto con Spielberg con la idea de llevarlo a cabo conjuntamente, el
primero como productor, el segundo como director. A pesar del
fallecimiento de Kubrick en 1999, Spielberg ha realizado la película, en
la que, tras su estilo sentimental y efectista, se pueden apreciar
numerosas referencias al mundo personal del director de 2001. Odisea
del espacio (se puede leer un interesante análisis simbólico del film
desde el punto de vista de la trayectoria de Kubrick en http://www.rebelion.org/cultura/oso_kubrick170901.htm).
Spielberg recrea el
cuento de Pinocho en la historia futurista de David, un niño robot creado
para llenar las carencias emocionales de un matrimonio cuyo hijo se
encuentra en estado de coma. David, como ser virtualmente humano, trata de
ocupar el lugar que le corresponde en el mundo. En su caso, al ser un
"niño", a través de su experiencia estrecha los lazos afectivos con la
mujer a la que, tal como es programado por ella misma, siempre reconocerá
como madre. Pero el hijo real se recupera inesperadamente y llega a casa,
donde se encuentra con la sorpresa de tener que compartir el cariño de sus
padres con el nuevo "hermano".
La película plantea el
ya clásico debate acerca de las posibilidades que tendría un sistema de
inteligencia artificial de simular la inteligencia humana, y da un
paso más allá: el androide no sólo llega a imitar la conducta humana, sino
que adquiere una entidad personal tal que él mismo vive como un humano, y
los propios humanos así lo perciben. De ahí el conflicto moral que le
supone para la "madre" tener que desembarazarse del robot a quien
ya trata como a un niño, pero cuya presencia resulta incompatible con la
de su hijo humano ya recuperado.
David, programado para el afecto, se ve condenado a vagar como un
proscrito, pero se niega a ser Pinocho: no quiere convertirse en un niño,
pues ya es un niño. Y a fin de alcanzar su único deseo, el cariño
de su madre, busca desesperadamente a su creador (el ingeniero que lo
diseñó), para descubrir que para él no es más que una oportunidad
comercial, un objeto lucrativo fabricado en serie para llenar
artificialmente el vacío de miles de parejas sin hijos. (Para una sinopsis
más completa de la película, se puede visitar http://www.otrocampo.com/criticas/ai.html).
En esta parábola, Spielberg
ofrece una visión desoladora de la condición del hombre, abandonado
por su Creador en un mundo hostil. La sociedad que retrata es en
definitiva la nuestra, o aquella cuyo germen ya está sembrado: una
sociedad en la que la confusión entre lo virtual y lo real ha llegado a
deshumanizar las relaciones naturales de las personas. Una sociedad en la
que los sectores reaccionarios responden a la deshumanización intentando
exaltar la vida específicamente humana mediante la destrucción de robots
en un espectáculo de muerte virtual, la "Feria de la carne". Estas
duras escenas podrían servir de advertencia ante los extremos a los que la
justificación de la violencia puede conducir en una sociedad desesperada.
Pero, ¿son acaso estos integristas de la vida más crueles que los
ciudadanos exquisitamente educados que en la película "explotan" a los
androides como mano de obra, máquinas de placer o siervos obedientes,
quienes instrumentalizan a los robots como medios para construir un mundo
sustentado sobre un hedonismo vacío?
Recurriendo a un tema
característico de su cine (y de casi toda la producción actual de
historias infantiles), Spielberg propone una solución paradójicamente
basada en el mismo fundamento que sustenta a esta sociedad enferma: la
confusión de límites entre fantasía y realidad, entre lo virtual y
lo existencial. La insatisfacción condena a David a recitar su deseo ante
el ídolo de cartón-piedra de su hada madrina, durante miles de años, a
modo de mantra mágico o plegaria mecánica. Y una avanzadísima civilización
cibernética le concede la reconstrucción virtual de un solo día en
compañía de su madre. Para David es suficiente. No siente un anhelo de
eternidad. La salvación que se le ofrece y que A.I. nos propone se
limita a un acto único de satisfacción de una necesidad vital, tras el
cual la vida cobra sentido y, por tanto, la muerte también. Al igual que
American Beauty, donde el protagonista muere feliz por un solo acto
final de regeneración personal, A.I. sólo es capaz de prometernos
un nirvana vacío en el que el individuo se funde tras alcanzar aquello que
considera su anhelo más profundo.
La neoespiritualidad que destila
A.I. no sólo no tiene capacidad de satisfacer la sed de eternidad
del ser humano, sino que la niega. Toda esperanza se reduce a la
realización de un acto irrepetible, y por tanto falsamente (virtualmente)
eterno, un acto que en poco trasciende a los placeres anhelados por la
sociedad consumista y materialista de la que huye David. Los sueños suplen
aquello que la realidad no nos puede ofrecer. Inteligencia
Artificial, que peca además de los característicos estereotipos un
tanto superficiales de las producciones "comerciales" de Spielberg, es una
historia con final dulzón pero trágicamente desesperanzado, un cuento de
niños para adultos insatisfechos que, desalentados ante la vacuidad de su
existencia, seguirán creyendo que la fantasía les redime de su actual y
eterno desarraigo, ignorando que a su alcance existe una auténtica
redención personal y eterna.
© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
(noviembre de 2001) © LaExcepción.com
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