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Asunto:[laexcepcion] Boletín LaExcepción nº 3
Fecha:Lunes, 10 de Diciembre, 2001  05:57:12 (+0100)
Autor:LaExcepción.com <boletin @...........com>

LaExcepción.com_boletín_julio 2001


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LaExcepción.com
Una respuesta al totalitarismo emergente
Boletín electrónico nº 3, diciembre de 2001
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Índice del boletín

La Navidad, una fiesta corrompida

Una muerte que apenas sirvió de lección

Lo que dicen y lo que en realidad quieren decir

¿Una nación pacífica?

¿Dilemas morales... o electorales?

A.I. Inteligencia artificial

[Sección Actualidad]

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[Frases del mes]

Frase Sensata
«Están destruyendo un país que ya estaba destruido, y con una brutalidad innecesaria [...]. Pero tengo la sensación de que detrás hay un ejercicio mucho más complejo [...]. Un proceso de pensamiento propulsado del que es muy difícil escapar» ("El Roto", El País, 15.11.01) .

Frase Insensata
«En la Historia hay una corriente que fluye hacia la libertad» (George W. Bush, El Mundo, 11.11.01).

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La Navidad, una fiesta corrompida
© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (2 de diciembre de 2001)

La Navidad, de origen pagano, ha experimentado a lo largo de la historia una cristianización formal. El modelo de sociedad actual la ha repaganizado, integrándola en el sistema consumista.

Los pensadores cristianos de los primeros siglos, como Tertuliano (finales del siglo II), despreciaban profundamente las fiestas de la sociedad romana en la que vivían. Pero la oficialización del cristianismo (en su versión "romana"), primero como religión permitida en el imperio y después como religión oficial, implicó una profunda asimilación de elementos paganos, tanto en la estructura organizativa de la iglesia como en las creencias y prácticas. El cristianismo, para convertirse en religión mayoritaria, debía renunciar a su rechazo de costumbres y tradiciones profundamente arraigadas entre la población, especialmente la rural, es decir, la de las aldeas o pagi (de donde viene la expresión "pagano").

El 25 de diciembre correspondía en el calendario juliano (no así en el actual, derivado de las reformas del papa Gregorio en el siglo XVI) al solsticio de invierno, de ahí que en él se celebrara el día del nacimiento del Sol invicto, así como el nacimiento del dios solar de origen iranio Mitra. La adopción de este día como el del nacimiento de Cristo estuvo en gran medida determinada por la corriente de elementos del culto solar que inundaron el cristianismo de estos primeros siglos, y que se constató en fenómenos como la orientación de las basílicas hacia el este (donde se hallaba Jerusalén, cierto, pero también lugar del nacimiento diario del sol) o la adopción del día del Sol (el domingo) como día del Señor, frente al sábado de origen judeocristiano. En las catacumbas de Roma y en numerosas obras artísticas a partir de entonces se pueden encontrar representaciones simbólicas del Sol (entre ellas la esvástica) que seguramente simbolizan a Cristo.

Los primeros cristianos, que no celebraban como festividad más que la Pascua (y no todas las comunidades), fueron introduciendo ésta y otras celebraciones calcadas del calendario romano y de tradiciones ancestrales de los pueblos del ámbito del imperio, tanto germánicos como mediterráneos. Las protestas de numerosos obispos, escritores, eclesiásticos, no consiguieron frenar esta corriente de supersticiones y rituales que venían a contaminar la sencillez del culto cristiano. En el caso de la Navidad, la mayor influencia provino de las Saturnalia o fiestas en honor a Saturno que se celebraban entre el 17 y el 24 de diciembre, cuando se cerraban escuelas, negocios y juzgados para que la población pudiera consagrarse a celebraciones domésticas y públicas en las que abundaban la danza y el juego. También se asimilaron costumbres relacionadas con la fiesta de año nuevo, como el intercambio de regalos y la decoración de los hogares con luces y vegetación verde.

Cuando la organización eclesiástica no conseguía eliminar determinadas prácticas paganas, procedía a su cristianización, tal y como se puede comprobar en casi todas las demás celebraciones populares que han sobrevivido hasta hoy. De ahí que con el tiempo la Navidad se cargara de tantas referencias a Jesús y a las circunstancias en torno a su nacimiento, basadas en los evangelios o no. Una de las más populares es la construcción de belenes con figuras, cuyo origen se atribuye a Francisco de Asís (siglo XII). Ahora bien, no por ello desaparecieron los elementos puramente paganos, especialmente los relacionados con la forma popular de celebrar la fiesta.

La Reforma protestante del siglo XVI supuso, en todos los órdenes sociales, una depuración de tradiciones ajenas al cristianismo, y afectó por tanto a la Navidad. Incluso el gobernante puritano Cromwell la prohibió en Inglaterra durante el periodo 1642-1660, decretando que el 25 de diciembre fuera un día laboral, con multa o cárcel a quien le diera significado religioso. Lo mismo hicieron los puritanos de Nueva Inglaterra entre 1659 y 1681. Todavía hoy hay grupos cristianos que se niegan a celebrarla, y especialmente entre los evangélicos se mantiene el debate acerca de su auténtico significado.

En cualquier caso, algunos elementos más o menos cristianos han pervivido a lo largo de los siglos: los días en torno a la Navidad se consideran días de paz, de alegría, de solidaridad, de encuentro familiar, incluso de reconciliación. Algunos villancicos, aunque aderezados con todo tipo de tradiciones apócrifas y hagiográficas, expresan de forma popular el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. Durante siglos la Navidad ha significado un periodo entrañable y feliz.

Pero en la sociedad moderna se ha retrocedido al modelo más ancestral de festividad. De la mano del hedonismo, de ese espíritu festivamente superficial con que se quiere celebrar todo, y del modelo industrial-consumista del capitalismo salvaje, todos los atributos que la celebración catártica del año nuevo tenía han sido transferidos al periodo completo. (Respecto a la reducción de la Navidad a parafernalia consumista, y otras curiosidades sobre la historia de la festividad, se puede visitar http://webs.sinectis.com.ar/mcagliani/navidad.htm). En el Reino Unido ya hay ciudades que, afectadas por la fiebre de lo políticamente correcto, están cambiando el nombre y la simbología de la festividad por otros supuestamente más "laicos", como los tomados de la serie de Harry Potter (I+CPress, 12.11.01).

La Navidad es ahora saturación de estímulos visuales (derroche de electricidad con efectismo cargante) y sonoros (estridentes villancicos desnaturalizados electrónicamente en los establecimientos comerciales), todos ellos invitándonos al más irreflexivo consumismo compulsivo (hace un año Gabriel Albiac publicó una intresante reflexión estética/ética sobre el paisaje urbano en Navidad, En la ciudad profanada). Es la gran fiesta del capital, convenientemente adornada por el sistema con disfraces "solidarios" (tarjetas, regalos a los pobres...) que, aun teniendo su indudable función benefactora, contribuyen a amortiguar el complejo de culpa provocado por los empachos de comida y de objetos inútiles.

Ya en 1925, en los albores de nuestra materialista sociedad de consumo, el gran escritor alemán Hermann Hesse, quien no era precisamente cristiano, advirtió la gran contradicción de esta fiesta: "La Navidad es una suma, un almacén de regalos de todos los sentimentalismos y mendacidades burgueses. Es un motivo de desenfrenadas orgías para la industria y el comercio, el artículo más sensacional de los almacenes, huele a hojalata lacada, a ramas de abeto y a gramófonos, a agotados carteros y chicos de reparto que murmuran por lo bajo, a alborotadas fiestas familiares bajo el árbol engalanado, a suplementos de los periódicos y a una gran publicidad; en resumen, a mil cosas que me resultan extremadamente odiosas y que me serían indiferentes y ridículas si no hicieran un uso tan lamentable del nombre del Salvador y del recuerdo de nuestros años más tiernos".

© LaExcepción.com

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Una muerte que apenas sirvió de lección
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (25 de noviembre de 2001)

El 19 de noviembre moría asesinado el periodista Julio Fuentes en Afganistán. Un hecho triste que no debiera tapar, sin embargo, otros muchos no menos tristes y violentos que acontecen en ese mismo contexto y en otros igualmente dolorosos.

«Asesinados a sangre fría» –según informaron los medios de comunicación– murieron cuatro periodistas occidentales en el castigado territorio afgano. Entre ellos se encontraba el español Julio Fuentes, adscrito al diario El Mundo.

La muerte de un reportero, por su condición de tal, suele estar connotada de un matiz que la hace singularmente penosa: estaba allí para informar, y en alguna medida para denunciar los horrores de la guerra. Que él mismo se convierta en víctima mortal hace aún más auténtica, pero también más terrible, su valiosa y valerosa misión. Pues un hecho así patentiza sus informes rubricándolos con la entrega de la propia vida.

No todo es heroico, sin embargo, en esta historia. Los noticiarios radiofónicos y televisivos desplegaron tiempo y medios al servicio de la noticia. Un tiempo y unos medios desproporcionados, sobre todo cuando se los compara con el que reciben las víctimas civiles de esta atroz guerra afgana. Por no hablar del resto de las guerras y conflictos violentos que siembran el planeta de sangre y fuego, la mayoría de los cuales han quedado eclipsados en estos días: desde las luchas feroces del Sudán hasta la permanente y multiforme contienda que tiñe de rojo Colombia, o las crueles persecuciones que en Indonesia padecen las minorías religiosas.

Por la nacionalidad del fallecido, y por su condición de periodista, resultaba esperable que los medios informativos concediesen atención a la muerte de Julio Fuentes. Pero el volumen de la cobertura prestada (por ejemplo, cierto noticiario estelar de la radio pública dedicó la mitad de su media hora a ese suceso) ya no parece tan razonable. Y acaso al propio periodista (a quien cuentan "de raza", es decir, empeñado en investigar y subrayar lo relevante) le hubiera parecido excesiva.

Entiéndase bien lo que queremos decir: Dedicar espacio y tiempo a informar y valorar una muerte (y más una de esta índole) no es intrínsecamente un dispendio, por mucho que se le dedique. Pero hacerlo por motivos espurios, como parece ser el caso (según veremos después), resulta de lo más lamentable. Porque, al hilo de la muerte que nos ocupa, no se ha condenado el asesinato en tanto que tal, no se ha señalado el mal realmente universal que anida en todo acto sangriento: la violencia misma. No se ha afrontado, en suma, el pecado (permítaseme esta palabra tabú) que implica toda extirpación voluntaria de una vida humana.

Se ha perdido así una excelente ocasión para denunciar la barbarie de fondo, que no es otra que la violencia en toda la tierra, la misma que asola, de modo destacado pero ni mucho menos exclusivo, Afganistán. El gremialismo de la prensa, centrando el asunto en sí misma y no en el mal subyacente, corrió una cortina de humo sobre lo que está sucediendo en nuestros días con la anuencia, e incluso promoción, de los más altos estamentos internacionales: la matanza de inocentes y la masacre bélica en el país centroasiático, en una guerra que sólo se anuncia como el primer eslabón de una cadena "duradera". Cadena que, sin duda, seguirá agravando la extrema violencia en el conjunto de la tierra.

El asesinato de Julio Fuentes podía y debía haber servido para recordar la "utilidad" real de toda guerra: ocasiona muertes, tanto "colaterales" como "centrales", y sirve para perpetuar un sistema, el del odio y la venganza, que la humanidad lleva ensayando durante milenios sin que haya servido para resolver ninguno de sus problemas, y mucho menos para obtener la paz. El cadáver de Julio Fuentes debería haber levantado ante las conciencias el horror y el absurdo de que a estas alturas se consientan, y aun promuevan con entusiasmo, la guerra y la venganza como medios de resolución de conflictos. Debiera haber dirigido nuestros ojos a la realidad de que, como él, muchos otros están muriendo inútilmente en este mundo enloquecido, y de modo específico en esa guerra afgana (cuyas imágenes, por cierto, nos dosifican a su arbitrio quienes detentan el control de la información).

Pero no ha de sorprender demasiado que el mensaje de condena a la guerra no haya trascendido. La mencionada cortina de humo tiene una motivación definida: la paz no interesa a los grandes medios de comunicación, al menos en el momento presente. Son muchos, de hecho, y muy poderosos, los intereses creados a favor de la guerra. El propio periódico en el que trabajaba Julio Fuentes, y que con el lógico dolor ha llorado su muerte, viene manifestando en su línea editorial (particularmente en los artículos de su director) una clara defensa de la campaña bélica que le ha costado la vida a su reportero.

© LaExcepción.com

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Lo que dicen y lo que en realidad quieren decir
© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
y J. F. S. P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (3 de diciembre de 2001)

Numerosos personajes públicos, especialmente los políticos, hacen declaraciones en las que expresan una cosa pero implícitamente comunican algo distinto. En La Excepción nos permitimos "traducir" algunas de estas frases crípticas. He aquí la primera entrega.

José María Aznar, presidente del gobierno español
«Una acción militar precipitada contra Bagdad podría poner en peligro la coalición internacional contra el terrorismo» (El Mundo, 2.12.01).
Traducción
«Si me permitís el consejo, pensaos bien la excusa antes de proceder a las nuevas masacres; y una vez debidamente elaborada, ¡proceded con entusiasmo!»

George Bush padre, ex presidente de Estados Unidos
«Estoy preocupado por Irak, como todo el mundo lo está» (1.12.01).
Traducción
«Obviamente, si Estados Unidos está preocupado por algo, el resto del mundo también debe de estarlo, aunque tal vez aún no haya reparado en ello.»

Miguel Arias Cañete, ministro español de Agricultura
«Hemos sido capaces en el plazo de un año de recuperar la confianza de los consumidores y eso no es casual. Se debe a que se han puesto en marcha todos los mecanismos de control de la salubridad de los productos cárnicos» (ABC, 25.11.01).
Traducción
«Al menos, durante este año se han puesto en marcha con éxito todos los mecanismos automáticos para una percepción distorsionada de la realidad por parte de los españoles, de manera que o bien se han olvidado del peligro que siguen corriendo al consumir animales contaminados, o bien les hemos convencido de que pueden seguir haciéndolo, para una mejor salud de las finanzas del sector.»

ICPress, a raíz de un mensaje del papa
«Juan Pablo II ha mostrado de nuevo su disponibilidad a que teólogos y expertos debatan cómo articular ese primado para, sin renunciar a las esencias, ajustar su ejercicio a las expectativas de los no católicos» (19.11.01).
Traducción
«Juan Pablo II ha mostrado de nuevo su disponibilidad a que teólogos y expertos formulen el dogma sobre el primado papal para que, diciendo exactamente lo mismo, les parezca a los no católicos que dice algo distinto.»

Un portavoz del primer ministro británico Tony Blair
«La gente protestará en contra [de las medidas antiterroristas] pero nosotros estamos absolutamente determinados a hacer una justa elección entre el respeto a los derechos humanos, que son importantes, y el derecho de una sociedad a vivir sin la amenaza del terrorismo» (El Mundo, 10.11.01).
Traducción
«Nos da igual lo que piensen nuestros electores. Nosotros decidiremos qué medidas tomar a favor de su seguridad, y qué derechos conculcar.»

George W. Bush
«Algunos crímenes son tan terribles que ofenden a la humanidad... El mal ha vuelto, y su causa se ha renovado» (10.11.01).
Traducción
«Otros crímenes, ìgualmente terribles, sólo ofenden a quienes los sufren. Porque todos los terrorismos son iguales, pero no todos los crímenes son iguales.»

Colin Powell, secretario de Estado de Estados Unidos
«Países como Irak, que han tratado de conseguir armas de destrucción masiva, no deben pensar que no les dedicaremos nuestra atención» (8.11.01).
Traducción
«Gentes de Irak: Salvo que mucho cambien los vientos, estáis inexorablemente condenadas.»

Banco de España
«Los salarios no deben caer en la tentación de acomodarse a aumentos transitorios de los precios.»
Traducción
«Los trabajadores deben resignarse a perder capacidad de compra» (cita y traducción tomadas de Javier Ortiz, El Mundo, 7.11.01).

Editorial de El Mundo
«El éxito militar de EEUU sería el mejor estímulo a una economía que se ha contagiado del miedo al futuro» (1.11.01).
Traducción
«Si es preciso, procédase a un rápido genocidio, pues la economía lo agradecerá.»

© LaExcepción.com

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¿Una nación pacífica?

© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (2 de diciembre de 2001)

A raíz de los macroatentados del 11 de septiembre, Bush dijo de su país que es «una nación pacífica». Pero las evidencias disponibles cuestionan semejante afirmación.

En un discurso pronunciado a los pocos días del 11.9.01, el presidente norteamericano afirmó la condición pacífica de su país en el contexto internacional (ver, por ej., El Mundo, 15.9.01). Tácita o explícitamente, numerosos comentaristas han corroborado dicha declaración, enfatizando que la presente escalada bélica en que se hallan incursos los Estados Unidos no es más que una actuación en defensa propia.

Cuando se habla de la primera potencia mundial, muchos de sus críticos son incapaces de superar el estereotipo progre según el cual esa nación es la esencia del mal, al menos en lo que respecta a su política exterior. Olvidan que el mal, por desgracia, es patrimonio del conjunto del género humano (ver Una fecha y sus secuelas). Otros detractores, los revolucionarios (gente más seria pero no necesariamente mucho más acertada que el típico progre) siguen anclados en viejos análisis marxistas-leninistas que encuentran en Norteamérica la encarnación del imperialismo (en palabras de Lenin, la "fase superior del capitalismo"). Sin negar que este diagnóstico contiene una parte de verdad, a sus autores ya debería habérseles revelado como superficial e insuficiente: el imperialismo ha sido la tónica general de cualquier potencia militar a lo largo de la historia, incluido el siglo XX; habrá, pues, que buscarle motivaciones más profundas que el capitalismo, por relevante que éste sea entre sus factores explicativos.

Entre los partidarios de la única superpotencia, que han aumentado de manera sorprendente desde el 11.9.01, es frecuente el mensaje según el cual las críticas a los Estados Unidos nacen de un prejuicio al que denominan "antiamericanismo". Lo que vienen a decir estos "americanistas" es que dichos críticos no condenan a Norteamérica en razón de su conducta, sino que condenan su conducta simplemente en razón de quién la ejecuta.

En La Excepción no compartimos ninguna de las posiciones mencionadas. Y a estas alturas ya debiera ser evidente que quien nos acuse de "antiamericanos" por nuestras críticas a Estados Unidos lo hará o bien de mala fe, o bien por hallarse aquejado de simplismo bipolar (ver Una fecha y sus secuelas y Malos contra malos); o, tal vez, por pura ignorancia. Pues nuestras críticas no se basan en esquemas ideológicos previos, sino en la asunción de la ética excelente, aquélla que se funda en el amor a todo ser humano (llámese George Bush, Bin Laden, etc.), y sea cual sea su sexo, raza, creencia, estatus económico o condición (incluso si ésta es la de "culpable" o la de "enemigo"); así como en la convicción de que el mal tiene su sede en el corazón humano, y no en ningún país o ideología particular.

Hechas estas precisiones, que cada cual administrará o no según su conciencia, respondamos a la pregunta que nos ocupa: ¿Cabe considerar a Estados Unidos, como lo hizo Bush, "una nación pacífica"? Remitámonos a los hechos –es decir, a la historia–, para averiguarlo.

Datos históricos y presentes

En 1823 se promulga la Doctrina Monroe, según la cual Estados Unidos vería con desagrado cualquier intervención europea, especialmente militar, en América del Norte o del Sur. El motivo de dicha declaración, ¿era el benéfico deseo de garantizar la vida pacífica de los pueblos americanos? Cuando se analiza lo que ocurrió desde aquel año en esa área geográfica, se ha de concluir que las razones inspiradoras de dicha doctrina no fueron tan altruistas. Estuvieron fundadas, más bien, en el afán de monopolizar el control de la América Latina.

En efecto, desde 1824 hasta la actualidad, los Estados Unidos consumaron no menos de 70 invasiones de países latinoamericanos. Como fruto de ellas, por ejemplo, arrebataron a México buena parte de su territorio, le quitaron a España Cuba y Puerto Rico, y efectuaron las más variadas agresiones sobre países como Nicaragua, Guatemala, Colombia, Honduras o la República Dominicana. En multitud de casos, la excusa aducida fue la de "proteger los intereses norteamericanos" en dichos países. No en vano los Estados Unidos se caracterizan, casi desde su fundación, por tener intereses (sobre todo, económicos) en cualquier zona del planeta, por alejada que esté de su territorio oficial.

De hecho, los Estados Unidos no se limitaron a convertir en realidad el enunciado "América para los [norte]americanos", en que se resumía la Doctrina Monroe. Las numerosas incursiones estadounidenses en África, Asia y Europa demuestran hasta qué punto ampliaron el objetivo de su ambición, que hoy –especialmente tras el 11.9.01– se concretaría en el lema "El mundo entero para los norteamericanos". Corea y Vietnam son, quizá, los dos ejemplos más paradigmáticos (aunque en modo alguno los únicos) de su sangrienta interferencia en los asuntos ajenos. Pero ésta ha sido una realidad antes, durante y después de la llamada "guerra fría".

Tampoco se limitaron a invadir países de manera abierta. En Chile como en Angola, en Nicaragua como en Irán y Afganistán, en Cuba como en el Congo y Camboya (la mayoría de estos países, también directamente invadidos por EE. UU.) desarrollaron intervenciones más o menos solapadas, derrocando gobiernos, entrenando contraguerrillas, armando y financiando ejércitos opositores... Y no variaron su actitud agresiva porque se iniciara la "guerra fría", según ya hemos visto, ni porque ésta concluyera, como lo demuestran sus numerosos ataques a Irak a lo largo de los años 90, causantes de decenas de miles de muertes debidas a los bombardeos, y de centenares de miles de víctimas por el bloqueo de alimentos y medicinas.

Los Estados Unidos, además, fueron el primer país que descargó bombas atómicas contra poblaciones enteras, Hirosima y Nagasaki. El reguero de napalm que dejaron sobre Vietnam contribuyó al exterminio de cientos de miles de vietnamitas (más de tres millones, según estiman algunas fuentes).

Y los Estados Unidos son, al día de hoy, el principal país fabricante y vendedor de armas en todo el mundo, a mucha distancia de sus más próximos competidores (Gran Bretaña, Rusia y Francia). Armas que sirven para prender y enconar conflictos en las áreas más diversas del planeta.

Una nación violenta

¿Una nación pacífica? Afirmar algo así resulta una broma de pésimo gusto. Y así se lo parecerá, incluso, a los numerosos ciudadanos pacíficos, y aun pacifistas, residentes en Norteamérica. Pues supone despreciar las más abundantes y clamorosas evidencias históricas. Pero, ¿son los Estados Unidos intrínsecamente peores que cualquier otro país de la tierra? El siglo XX ha conocido otras potencias ferozmente agresivas: la Alemania nazi, el Japón imperial o la Unión Soviética son sólo algunas de ellas. A todas ha sobrevivido Norteamérica como gran potencia, y es justo decir que la victoria de alguna de las otras probablemente hubiera traído resultados aún más negativos para el conjunto de la humanidad. Pero, naturalmente, eso no exime a los Estados Unidos de su grave responsabilidad histórica. Ni exime a quienes, de buena o de mala fe, consienten con su aprobación o con su silencio que ahora se erija en potencia omnímoda, "legitimando" así que lleve su agresividad a cotas aún mayores de lo que lo hizo en el pasado. La presente campaña de Afganistán, como las que se anuncian contra Irak, Sudán y otros países, muestran los peligros involucrados en semejante actitud.

El caso norteamericano, su histórica y presente agresividad, ejemplifica perfectamente algo que ya hemos afirmado en La Excepción, y que nos ayuda a comprender en algún grado por qué un régimen aparentemente democrático puede alcanzar tales cotas de violencia:

«La democracia sólo puede subsistir cuando hay garantías de orden; la historia de la democracia moderna, en gran medida deudora de los Estados Unidos, es la historia de la tensión por mantener el orden interior de los sistemas democráticos a base de implantar el desorden en el exterior. Los países en los que se han alcanzado altas cotas de participación ciudadana han sido casi siempre países con una acción exterior en ocasiones brutal» (ver Nuevo Orden Mundial, democracia y libertades).

Pese a quien pese (y a mí me pesa), así es la triste condición humana, incapaz de conciliar democracia interna y externa... Pero la dinámica actual nos presenta un panorama aún más sombrío, como ya se describía en el artículo del cual hemos extraído la cita previa (ver también Una fecha y sus secuelas). En la amenaza terrorista los Estados Unidos han encontrado el filón para "legitimar" su violencia a escala planetaria, y de paso recortar las libertades incluso en su propio territorio. Los tribunales militares que se vienen anunciando harán de Norteamérica una nación aún más violenta también dentro de sus fronteras.

En realidad, la frase de George Bush no concluía donde antes la hemos cortado. Veámosla ahora en su integridad: «Esta es una nación pacífica pero terrible cuando se la agita hasta la ira.» Se nos ha querido hacer ver que se trata de una "ira justa"; sin embargo, a la luz de la historia más bien parece una ira demasiado fácil.

Pero el presidente norteamericano añadía a continuación algo todavía más siniestro y arrogante: «Este conflicto ha comenzado según el calendario y los términos de otros; finalizará de la manera y a la hora que nosotros decidamos.» De este modo, un simple hombre se arrogaba el papel de Dios, es decir, del único que, según el profeta Isaías, puede anunciar «el fin desde el principio», y declarar: «Mis planes se realizarán, y todos mis deseos llevaré a cabo.»

© LaExcepción.com

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¿Dilemas morales… o electorales?
© G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (20 de noviembre de 2001)

La "necesidad" de preservar el sistema económico y el miedo a perder votos suelen ser causa de que se traten como dilemas morales situaciones en las que claramente un derecho debería prevalecer sobre otro.

Para que una situación se califique de dilema moral es necesario que, ante dos o más posibles vías de actuación, todas ellas comporten decisiones que implicarían males. El dilema reside en decidir qué mal es mayor para evitarlo, optando por la alternativa menos dañina.

Por ejemplo, algunas voces han caracterizado como "dilema moral" la disyuntiva de llevar a cabo o no una guerra contra Afganistán. La duda estaría en saber si merece la pena o no asesinar o desplazar forzosamente a tantas víctimas afganas con la finalidad de dar "respuesta" a los atentados del 11-S, conseguir una supuesta mayor seguridad internacional y establecer un predominio geoestratégico de Occidente en Asia Central. Casi todos los gobernantes del mundo han bendecido la masacre aparentemente sin remordimientos, en aras de beneficios geoestratégicos y a costa de los derechos básicos de millones de personas (ver Una fecha y sus secuelas).

En un contexto muy diferente, el pasado 18 de junio Anthony Giddens, ideólogo de la Tercera Vía de Blair y director de la London School of Economics, aludiendo al caso de las vacas locas en el Reino Unido, observó: «Si se anunciaba el riesgo de esa enfermedad se arruinaba la economía de los agricultores, y si se retrasaba el anuncio, la opinión pública diría que por qué no se dijo antes. Es un dilema moral».

Resulta chocante que en este caso se plantee como dilema moral el conflicto entre el mantenimiento de estabilidad para un sector productivo y la ruina física de quienes pudieran contaminarse con una terrible enfermedad. La supuesta necesidad de garantizar la continuidad del sistema económico es tan imperante en los valores que se imponen en el ámbito social que, a pesar de que todo el mundo considera la salud como prioritaria (por delante del dinero), las autoridades dudan entre salvar a las personas de la enfermedad o salvar a un sector económico.

Dado que tras un cierto énfasis social en el discurso por parte de la llamada Tercera Vía se oculta en realidad un neoliberalismo estructural, no es de extrañar que a sus defensores les resulte duro tomar una decisión que perjudique a un sector de la economía, aunque como contraprestación se puedan salvar vidas humanas. No olvidemos que estos "liberales de izquierdas" consideran que la intervención del estado debe ser limitada a la hora de asistir a los grupos más desfavorecidos (aunque muchas veces digan lo contrario), y por tanto parecen tener miedo a apoyar con ayudas estatales a un sector ganadero hundido como consecuencia de una política agraria y sanitaria nefasta.

La naturaleza de los distintos "dilemas morales" a que se enfrentan las autoridades demuestra la absoluta pérdida de valores en que vivimos. Cuando, por ejemplo, en numerosas ciudades españolas los efectos de la llamada movida (que en realidad supone la más reaccionaria inmovilización social de los jóvenes) impiden el sueño de cientos de familias que tienen la desgracia de vivir en zonas invadidas por manadas de adolescentes, la respuesta de las autoridades suele ser convocar mesas de diálogo en las que representantes de los distintos sectores implicados (jóvenes, vecinos y políticos) debaten sobre la forma más apropiada de solucionar el problema, atendiendo a las necesidades de todos ellos. Al plantearse el asunto como un dilema moral, se equipara el derecho a la salud con el "derecho a divertirse", sin que a priori uno parezca prevalecer sobre el otro.

Lo mismo ocurre cuando los fumadores de centros laborales exigen su "derecho a contaminarse" aun a costa de conculcar el derecho a no contaminarse de los no fumadores. Las negociaciones, en estos casos, pueden terminar con soluciones intermedias en las que los agredidos tengan que ceder parte de sus derechos (normalmente todos) a fin de que los agresores "sufran" unas pocas restricciones de los suyos. Además, dado que muchas veces los partidarios de conculcar los derechos básicos (a la salud, por ejemplo) son mayoría, se concluye afirmando que se trata de una decisión democrática.

En realidad, más que a un dilema moral, muchas de estas situaciones responden a un dilema electoral: los políticos saben que una medida de justicia (garantizar en primer lugar la salud de la población, y en segundo lugar tratar de proveer medios que satisfagan otras necesidades) puede restarles votos entre sectores importantes del electorado. Ejemplo de ello es el descontrol que reina en los bares, pubs y discotecas de ciertos barrios de las grandes ciudades así como de poblaciones de mediano tamaño, en los que el incumplimiento de la normativa básica (hasta el punto de abrirse sin licencia y permanecer años así) se perpetúa una legislatura tras otra, sin que los alcaldes se atrevan a meter mano a un asunto que podría apartarles de su poltrona. Otro ejemplo es el de los responsables de centros públicos, quienes, por no buscarse la enemistad del numeroso sector de los fumadores, no aplican la normativa sobre espacios libres de humos. Y, en fin, algo similar cabe decir del "eterno" problema del tráfico en las grandes ciudades, frente al cual, en vez de la adopción de medidas enérgicas, se prefiere la inercia de la situación actual, ocasionalmente parcheada, cuyo destino lógico es el colapso urbano y medioambiental.

Así pues, en la mayoría de estos casos –son sólo unos pocos ejemplos, pero que representan los diversos niveles en los que se manifiesta el fenómeno– los dirigentes prefieren siempre el mal menor desde el punto de vista electoral, aunque lleve aparejado el mal mayor desde el punto de vista ético, legal o social.

© LaExcepción.com

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A. I. Inteligencia artificial
A. I. Artificial intelligence
, Estados Unidos, 2001

Director Steven Spielberg
Guión Steven Spielberg; basado en una historia de Ian Watson a partir del relato de Brian Aldiss Supertoys last all summer long.
Intérpretes

Haley Joel Osment (David Swinton)
Jude Law (Gigolo Joe)
Frances O'Connor (Monica Swinton)
Sam Robards (Henry Swinton)
Jake Thomas (Martin Swinton)
Brendan Gleeson (Lord Johnson-Johnson)
William Hurt (profesor Hobby)

Música

John Williams
Duración 145 minutos

Una historia de desarraigo y redención virtual

El proyecto de Inteligencia artificial nació hace más de quince años en la mente del director Stanley Kubrick, quien se puso en contacto con Spielberg con la idea de llevarlo a cabo conjuntamente, el primero como productor, el segundo como director. A pesar del fallecimiento de Kubrick en 1999, Spielberg ha realizado la película, en la que, tras su estilo sentimental y efectista, se pueden apreciar numerosas referencias al mundo personal del director de 2001. Odisea del espacio (se puede leer un interesante análisis simbólico del film desde el punto de vista de la trayectoria de Kubrick en http://www.rebelion.org/cultura/oso_kubrick170901.htm).

Spielberg recrea el cuento de Pinocho en la historia futurista de David, un niño robot creado para llenar las carencias emocionales de un matrimonio cuyo hijo se encuentra en estado de coma. David, como ser virtualmente humano, trata de ocupar el lugar que le corresponde en el mundo. En su caso, al ser un "niño", a través de su experiencia estrecha los lazos afectivos con la mujer a la que, tal como es programado por ella misma, siempre reconocerá como madre. Pero el hijo real se recupera inesperadamente y llega a casa, donde se encuentra con la sorpresa de tener que compartir el cariño de sus padres con el nuevo "hermano".

La película plantea el ya clásico debate acerca de las posibilidades que tendría un sistema de inteligencia artificial de simular la inteligencia humana, y da un paso más allá: el androide no sólo llega a imitar la conducta humana, sino que adquiere una entidad personal tal que él mismo vive como un humano, y los propios humanos así lo perciben. De ahí el conflicto moral que le supone para la "madre" tener que desembarazarse del robot a quien ya trata como a un niño, pero cuya presencia resulta incompatible con la de su hijo humano ya recuperado.

David, programado para el afecto, se ve condenado a vagar como un proscrito, pero se niega a ser Pinocho: no quiere convertirse en un niño, pues ya es un niño. Y a fin de alcanzar su único deseo, el cariño de su madre, busca desesperadamente a su creador (el ingeniero que lo diseñó), para descubrir que para él no es más que una oportunidad comercial, un objeto lucrativo fabricado en serie para llenar artificialmente el vacío de miles de parejas sin hijos. (Para una sinopsis más completa de la película, se puede visitar http://www.otrocampo.com/criticas/ai.html).

En esta parábola, Spielberg ofrece una visión desoladora de la condición del hombre, abandonado por su Creador en un mundo hostil. La sociedad que retrata es en definitiva la nuestra, o aquella cuyo germen ya está sembrado: una sociedad en la que la confusión entre lo virtual y lo real ha llegado a deshumanizar las relaciones naturales de las personas. Una sociedad en la que los sectores reaccionarios responden a la deshumanización intentando exaltar la vida específicamente humana mediante la destrucción de robots en un espectáculo de muerte virtual, la "Feria de la carne". Estas duras escenas podrían servir de advertencia ante los extremos a los que la justificación de la violencia puede conducir en una sociedad desesperada. Pero, ¿son acaso estos integristas de la vida más crueles que los ciudadanos exquisitamente educados que en la película "explotan" a los androides como mano de obra, máquinas de placer o siervos obedientes, quienes instrumentalizan a los robots como medios para construir un mundo sustentado sobre un hedonismo vacío?

Recurriendo a un tema característico de su cine (y de casi toda la producción actual de historias infantiles), Spielberg propone una solución paradójicamente basada en el mismo fundamento que sustenta a esta sociedad enferma: la confusión de límites entre fantasía y realidad, entre lo virtual y lo existencial. La insatisfacción condena a David a recitar su deseo ante el ídolo de cartón-piedra de su hada madrina, durante miles de años, a modo de mantra mágico o plegaria mecánica. Y una avanzadísima civilización cibernética le concede la reconstrucción virtual de un solo día en compañía de su madre. Para David es suficiente. No siente un anhelo de eternidad. La salvación que se le ofrece y que A.I. nos propone se limita a un acto único de satisfacción de una necesidad vital, tras el cual la vida cobra sentido y, por tanto, la muerte también. Al igual que American Beauty, donde el protagonista muere feliz por un solo acto final de regeneración personal, A.I. sólo es capaz de prometernos un nirvana vacío en el que el individuo se funde tras alcanzar aquello que considera su anhelo más profundo.

La neoespiritualidad que destila A.I. no sólo no tiene capacidad de satisfacer la sed de eternidad del ser humano, sino que la niega. Toda esperanza se reduce a la realización de un acto irrepetible, y por tanto falsamente (virtualmente) eterno, un acto que en poco trasciende a los placeres anhelados por la sociedad consumista y materialista de la que huye David. Los sueños suplen aquello que la realidad no nos puede ofrecer. Inteligencia Artificial, que peca además de los característicos estereotipos un tanto superficiales de las producciones "comerciales" de Spielberg, es una historia con final dulzón pero trágicamente desesperanzado, un cuento de niños para adultos insatisfechos que, desalentados ante la vacuidad de su existencia, seguirán creyendo que la fantasía les redime de su actual y eterno desarraigo, ignorando que a su alcance existe una auténtica redención personal y eterna.

© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
(noviembre de 2001)
© LaExcepción.com

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[Sección Actualida
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Más allá de lo evidente
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Buenas Noticias

El Colegio de Psicólogos gallego inicia un programa pionero para rehabilitar a los maltratadores

Policías de EE UU se niegan a interrogar a inmigrantes de forma indiscriminada

David Blunkett, ministro del Interior del Reino Unido:
"No he llegado a ministro del Interior por ser ciego, sino a pesar de ser ciego"

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Una respuesta al totalitarismo emergente
Boletín electrónico nº 3, diciembre de 2001
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Índice del boletín

La Navidad, una fiesta corrompida

Una muerte que apenas sirvió de lección

Lo que dicen y lo que en realidad quieren decir

¿Una nación pacífica?

¿Dilemas morales... o electorales?

A.I. Inteligencia artificial

[Sección Actualidad]

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[Frases del mes]

Frase Sensata
«Están destruyendo un país que ya estaba destruido, y con una brutalidad innecesaria [...]. Pero tengo la sensación de que detrás hay un ejercicio mucho más complejo [...]. Un proceso de pensamiento propulsado del que es muy difícil escapar» ("El Roto", El País, 15.11.01) .

Frase Insensata
«En la Historia hay una corriente que fluye hacia la libertad» (George W. Bush, El Mundo, 11.11.01).

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La Navidad, una fiesta corrompida
© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (2 de diciembre de 2001)

La Navidad, de origen pagano, ha experimentado a lo largo de la historia una cristianización formal. El modelo de sociedad actual la ha repaganizado, integrándola en el sistema consumista.

Los pensadores cristianos de los primeros siglos, como Tertuliano (finales del siglo II), despreciaban profundamente las fiestas de la sociedad romana en la que vivían. Pero la oficialización del cristianismo (en su versión "romana"), primero como religión permitida en el imperio y después como religión oficial, implicó una profunda asimilación de elementos paganos, tanto en la estructura organizativa de la iglesia como en las creencias y prácticas. El cristianismo, para convertirse en religión mayoritaria, debía renunciar a su rechazo de costumbres y tradiciones profundamente arraigadas entre la población, especialmente la rural, es decir, la de las aldeas o pagi (de donde viene la expresión "pagano").

El 25 de diciembre correspondía en el calendario juliano (no así en el actual, derivado de las reformas del papa Gregorio en el siglo XVI) al solsticio de invierno, de ahí que en él se celebrara el día del nacimiento del Sol invicto, así como el nacimiento del dios solar de origen iranio Mitra. La adopción de este día como el del nacimiento de Cristo estuvo en gran medida determinada por la corriente de elementos del culto solar que inundaron el cristianismo de estos primeros siglos, y que se constató en fenómenos como la orientación de las basílicas hacia el este (donde se hallaba Jerusalén, cierto, pero también lugar del nacimiento diario del sol) o la adopción del día del Sol (el domingo) como día del Señor, frente al sábado de origen judeocristiano. En las catacumbas de Roma y en numerosas obras artísticas a partir de entonces se pueden encontrar representaciones simbólicas del Sol (entre ellas la esvástica) que seguramente simbolizan a Cristo.

Los primeros cristianos, que no celebraban como festividad más que la Pascua (y no todas las comunidades), fueron introduciendo ésta y otras celebraciones calcadas del calendario romano y de tradiciones ancestrales de los pueblos del ámbito del imperio, tanto germánicos como mediterráneos. Las protestas de numerosos obispos, escritores, eclesiásticos, no consiguieron frenar esta corriente de supersticiones y rituales que venían a contaminar la sencillez del culto cristiano. En el caso de la Navidad, la mayor influencia provino de las Saturnalia o fiestas en honor a Saturno que se celebraban entre el 17 y el 24 de diciembre, cuando se cerraban escuelas, negocios y juzgados para que la población pudiera consagrarse a celebraciones domésticas y públicas en las que abundaban la danza y el juego. También se asimilaron costumbres relacionadas con la fiesta de año nuevo, como el intercambio de regalos y la decoración de los hogares con luces y vegetación verde.

Cuando la organización eclesiástica no conseguía eliminar determinadas prácticas paganas, procedía a su cristianización, tal y como se puede comprobar en casi todas las demás celebraciones populares que han sobrevivido hasta hoy. De ahí que con el tiempo la Navidad se cargara de tantas referencias a Jesús y a las circunstancias en torno a su nacimiento, basadas en los evangelios o no. Una de las más populares es la construcción de belenes con figuras, cuyo origen se atribuye a Francisco de Asís (siglo XII). Ahora bien, no por ello desaparecieron los elementos puramente paganos, especialmente los relacionados con la forma popular de celebrar la fiesta.

La Reforma protestante del siglo XVI supuso, en todos los órdenes sociales, una depuración de tradiciones ajenas al cristianismo, y afectó por tanto a la Navidad. Incluso el gobernante puritano Cromwell la prohibió en Inglaterra durante el periodo 1642-1660, decretando que el 25 de diciembre fuera un día laboral, con multa o cárcel a quien le diera significado religioso. Lo mismo hicieron los puritanos de Nueva Inglaterra entre 1659 y 1681. Todavía hoy hay grupos cristianos que se niegan a celebrarla, y especialmente entre los evangélicos se mantiene el debate acerca de su auténtico significado.

En cualquier caso, algunos elementos más o menos cristianos han pervivido a lo largo de los siglos: los días en torno a la Navidad se consideran días de paz, de alegría, de solidaridad, de encuentro familiar, incluso de reconciliación. Algunos villancicos, aunque aderezados con todo tipo de tradiciones apócrifas y hagiográficas, expresan de forma popular el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. Durante siglos la Navidad ha significado un periodo entrañable y feliz.

Pero en la sociedad moderna se ha retrocedido al modelo más ancestral de festividad. De la mano del hedonismo, de ese espíritu festivamente superficial con que se quiere celebrar todo, y del modelo industrial-consumista del capitalismo salvaje, todos los atributos que la celebración catártica del año nuevo tenía han sido transferidos al periodo completo. (Respecto a la reducción de la Navidad a parafernalia consumista, y otras curiosidades sobre la historia de la festividad, se puede visitar http://webs.sinectis.com.ar/mcagliani/navidad.htm). En el Reino Unido ya hay ciudades que, afectadas por la fiebre de lo políticamente correcto, están cambiando el nombre y la simbología de la festividad por otros supuestamente más "laicos", como los tomados de la serie de Harry Potter (I+CPress, 12.11.01).

La Navidad es ahora saturación de estímulos visuales (derroche de electricidad con efectismo cargante) y sonoros (estridentes villancicos desnaturalizados electrónicamente en los establecimientos comerciales), todos ellos invitándonos al más irreflexivo consumismo compulsivo (hace un año Gabriel Albiac publicó una intresante reflexión estética/ética sobre el paisaje urbano en Navidad, En la ciudad profanada). Es la gran fiesta del capital, convenientemente adornada por el sistema con disfraces "solidarios" (tarjetas, regalos a los pobres...) que, aun teniendo su indudable función benefactora, contribuyen a amortiguar el complejo de culpa provocado por los empachos de comida y de objetos inútiles.

Ya en 1925, en los albores de nuestra materialista sociedad de consumo, el gran escritor alemán Hermann Hesse, quien no era precisamente cristiano, advirtió la gran contradicción de esta fiesta: "La Navidad es una suma, un almacén de regalos de todos los sentimentalismos y mendacidades burgueses. Es un motivo de desenfrenadas orgías para la industria y el comercio, el artículo más sensacional de los almacenes, huele a hojalata lacada, a ramas de abeto y a gramófonos, a agotados carteros y chicos de reparto que murmuran por lo bajo, a alborotadas fiestas familiares bajo el árbol engalanado, a suplementos de los periódicos y a una gran publicidad; en resumen, a mil cosas que me resultan extremadamente odiosas y que me serían indiferentes y ridículas si no hicieran un uso tan lamentable del nombre del Salvador y del recuerdo de nuestros años más tiernos".

© LaExcepción.com

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Una muerte que apenas sirvió de lección
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (25 de noviembre de 2001)

El 19 de noviembre moría asesinado el periodista Julio Fuentes en Afganistán. Un hecho triste que no debiera tapar, sin embargo, otros muchos no menos tristes y violentos que acontecen en ese mismo contexto y en otros igualmente dolorosos.

«Asesinados a sangre fría» –según informaron los medios de comunicación– murieron cuatro periodistas occidentales en el castigado territorio afgano. Entre ellos se encontraba el español Julio Fuentes, adscrito al diario El Mundo.

La muerte de un reportero, por su condición de tal, suele estar connotada de un matiz que la hace singularmente penosa: estaba allí para informar, y en alguna medida para denunciar los horrores de la guerra. Que él mismo se convierta en víctima mortal hace aún más auténtica, pero también más terrible, su valiosa y valerosa misión. Pues un hecho así patentiza sus informes rubricándolos con la entrega de la propia vida.

No todo es heroico, sin embargo, en esta historia. Los noticiarios radiofónicos y televisivos desplegaron tiempo y medios al servicio de la noticia. Un tiempo y unos medios desproporcionados, sobre todo cuando se los compara con el que reciben las víctimas civiles de esta atroz guerra afgana. Por no hablar del resto de las guerras y conflictos violentos que siembran el planeta de sangre y fuego, la mayoría de los cuales han quedado eclipsados en estos días: desde las luchas feroces del Sudán hasta la permanente y multiforme contienda que tiñe de rojo Colombia, o las crueles persecuciones que en Indonesia padecen las minorías religiosas.

Por la nacionalidad del fallecido, y por su condición de periodista, resultaba esperable que los medios informativos concediesen atención a la muerte de Julio Fuentes. Pero el volumen de la cobertura prestada (por ejemplo, cierto noticiario estelar de la radio pública dedicó la mitad de su media hora a ese suceso) ya no parece tan razonable. Y acaso al propio periodista (a quien cuentan "de raza", es decir, empeñado en investigar y subrayar lo relevante) le hubiera parecido excesiva.

Entiéndase bien lo que queremos decir: Dedicar espacio y tiempo a informar y valorar una muerte (y más una de esta índole) no es intrínsecamente un dispendio, por mucho que se le dedique. Pero hacerlo por motivos espurios, como parece ser el caso (según veremos después), resulta de lo más lamentable. Porque, al hilo de la muerte que nos ocupa, no se ha condenado el asesinato en tanto que tal, no se ha señalado el mal realmente universal que anida en todo acto sangriento: la violencia misma. No se ha afrontado, en suma, el pecado (permítaseme esta palabra tabú) que implica toda extirpación voluntaria de una vida humana.

Se ha perdido así una excelente ocasión para denunciar la barbarie de fondo, que no es otra que la violencia en toda la tierra, la misma que asola, de modo destacado pero ni mucho menos exclusivo, Afganistán. El gremialismo de la prensa, centrando el asunto en sí misma y no en el mal subyacente, corrió una cortina de humo sobre lo que está sucediendo en nuestros días con la anuencia, e incluso promoción, de los más altos estamentos internacionales: la matanza de inocentes y la masacre bélica en el país centroasiático, en una guerra que sólo se anuncia como el primer eslabón de una cadena "duradera". Cadena que, sin duda, seguirá agravando la extrema violencia en el conjunto de la tierra.

El asesinato de Julio Fuentes podía y debía haber servido para recordar la "utilidad" real de toda guerra: ocasiona muertes, tanto "colaterales" como "centrales", y sirve para perpetuar un sistema, el del odio y la venganza, que la humanidad lleva ensayando durante milenios sin que haya servido para resolver ninguno de sus problemas, y mucho menos para obtener la paz. El cadáver de Julio Fuentes debería haber levantado ante las conciencias el horror y el absurdo de que a estas alturas se consientan, y aun promuevan con entusiasmo, la guerra y la venganza como medios de resolución de conflictos. Debiera haber dirigido nuestros ojos a la realidad de que, como él, muchos otros están muriendo inútilmente en este mundo enloquecido, y de modo específico en esa guerra afgana (cuyas imágenes, por cierto, nos dosifican a su arbitrio quienes detentan el control de la información).

Pero no ha de sorprender demasiado que el mensaje de condena a la guerra no haya trascendido. La mencionada cortina de humo tiene una motivación definida: la paz no interesa a los grandes medios de comunicación, al menos en el momento presente. Son muchos, de hecho, y muy poderosos, los intereses creados a favor de la guerra. El propio periódico en el que trabajaba Julio Fuentes, y que con el lógico dolor ha llorado su muerte, viene manifestando en su línea editorial (particularmente en los artículos de su director) una clara defensa de la campaña bélica que le ha costado la vida a su reportero.

© LaExcepción.com

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Lo que dicen y lo que en realidad quieren decir
© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
y J. F. S. P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (3 de diciembre de 2001)

Numerosos personajes públicos, especialmente los políticos, hacen declaraciones en las que expresan una cosa pero implícitamente comunican algo distinto. En La Excepción nos permitimos "traducir" algunas de estas frases crípticas. He aquí la primera entrega.

José María Aznar, presidente del gobierno español
«Una acción militar precipitada contra Bagdad podría poner en peligro la coalición internacional contra el terrorismo» (El Mundo, 2.12.01).
Traducción
«Si me permitís el consejo, pensaos bien la excusa antes de proceder a las nuevas masacres; y una vez debidamente elaborada, ¡proceded con entusiasmo!»

George Bush padre, ex presidente de Estados Unidos
«Estoy preocupado por Irak, como todo el mundo lo está» (1.12.01).
Traducción
«Obviamente, si Estados Unidos está preocupado por algo, el resto del mundo también debe de estarlo, aunque tal vez aún no haya reparado en ello.»

Miguel Arias Cañete, ministro español de Agricultura
«Hemos sido capaces en el plazo de un año de recuperar la confianza de los consumidores y eso no es casual. Se debe a que se han puesto en marcha todos los mecanismos de control de la salubridad de los productos cárnicos» (ABC, 25.11.01).
Traducción
«Al menos, durante este año se han puesto en marcha con éxito todos los mecanismos automáticos para una percepción distorsionada de la realidad por parte de los españoles, de manera que o bien se han olvidado del peligro que siguen corriendo al consumir animales contaminados, o bien les hemos convencido de que pueden seguir haciéndolo, para una mejor salud de las finanzas del sector.»

ICPress, a raíz de un mensaje del papa
«Juan Pablo II ha mostrado de nuevo su disponibilidad a que teólogos y expertos debatan cómo articular ese primado para, sin renunciar a las esencias, ajustar su ejercicio a las expectativas de los no católicos» (19.11.01).
Traducción
«Juan Pablo II ha mostrado de nuevo su disponibilidad a que teólogos y expertos formulen el dogma sobre el primado papal para que, diciendo exactamente lo mismo, les parezca a los no católicos que dice algo distinto.»

Un portavoz del primer ministro británico Tony Blair
«La gente protestará en contra [de las medidas antiterroristas] pero nosotros estamos absolutamente determinados a hacer una justa elección entre el respeto a los derechos humanos, que son importantes, y el derecho de una sociedad a vivir sin la amenaza del terrorismo» (El Mundo, 10.11.01).
Traducción
«Nos da igual lo que piensen nuestros electores. Nosotros decidiremos qué medidas tomar a favor de su seguridad, y qué derechos conculcar.»

George W. Bush
«Algunos crímenes son tan terribles que ofenden a la humanidad... El mal ha vuelto, y su causa se ha renovado» (10.11.01).
Traducción
«Otros crímenes, ìgualmente terribles, sólo ofenden a quienes los sufren. Porque todos los terrorismos son iguales, pero no todos los crímenes son iguales.»

Colin Powell, secretario de Estado de Estados Unidos
«Países como Irak, que han tratado de conseguir armas de destrucción masiva, no deben pensar que no les dedicaremos nuestra atención» (8.11.01).
Traducción
«Gentes de Irak: Salvo que mucho cambien los vientos, estáis inexorablemente condenadas.»

Banco de España
«Los salarios no deben caer en la tentación de acomodarse a aumentos transitorios de los precios.»
Traducción
«Los trabajadores deben resignarse a perder capacidad de compra» (cita y traducción tomadas de Javier Ortiz, El Mundo, 7.11.01).

Editorial de El Mundo
«El éxito militar de EEUU sería el mejor estímulo a una economía que se ha contagiado del miedo al futuro» (1.11.01).
Traducción
«Si es preciso, procédase a un rápido genocidio, pues la economía lo agradecerá.»

© LaExcepción.com

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¿Una nación pacífica?

© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (2 de diciembre de 2001)

A raíz de los macroatentados del 11 de septiembre, Bush dijo de su país que es «una nación pacífica». Pero las evidencias disponibles cuestionan semejante afirmación.

En un discurso pronunciado a los pocos días del 11.9.01, el presidente norteamericano afirmó la condición pacífica de su país en el contexto internacional (ver, por ej., El Mundo, 15.9.01). Tácita o explícitamente, numerosos comentaristas han corroborado dicha declaración, enfatizando que la presente escalada bélica en que se hallan incursos los Estados Unidos no es más que una actuación en defensa propia.

Cuando se habla de la primera potencia mundial, muchos de sus críticos son incapaces de superar el estereotipo progre según el cual esa nación es la esencia del mal, al menos en lo que respecta a su política exterior. Olvidan que el mal, por desgracia, es patrimonio del conjunto del género humano (ver Una fecha y sus secuelas). Otros detractores, los revolucionarios (gente más seria pero no necesariamente mucho más acertada que el típico progre) siguen anclados en viejos análisis marxistas-leninistas que encuentran en Norteamérica la encarnación del imperialismo (en palabras de Lenin, la "fase superior del capitalismo"). Sin negar que este diagnóstico contiene una parte de verdad, a sus autores ya debería habérseles revelado como superficial e insuficiente: el imperialismo ha sido la tónica general de cualquier potencia militar a lo largo de la historia, incluido el siglo XX; habrá, pues, que buscarle motivaciones más profundas que el capitalismo, por relevante que éste sea entre sus factores explicativos.

Entre los partidarios de la única superpotencia, que han aumentado de manera sorprendente desde el 11.9.01, es frecuente el mensaje según el cual las críticas a los Estados Unidos nacen de un prejuicio al que denominan "antiamericanismo". Lo que vienen a decir estos "americanistas" es que dichos críticos no condenan a Norteamérica en razón de su conducta, sino que condenan su conducta simplemente en razón de quién la ejecuta.

En La Excepción no compartimos ninguna de las posiciones mencionadas. Y a estas alturas ya debiera ser evidente que quien nos acuse de "antiamericanos" por nuestras críticas a Estados Unidos lo hará o bien de mala fe, o bien por hallarse aquejado de simplismo bipolar (ver Una fecha y sus secuelas y Malos contra malos); o, tal vez, por pura ignorancia. Pues nuestras críticas no se basan en esquemas ideológicos previos, sino en la asunción de la ética excelente, aquélla que se funda en el amor a todo ser humano (llámese George Bush, Bin Laden, etc.), y sea cual sea su sexo, raza, creencia, estatus económico o condición (incluso si ésta es la de "culpable" o la de "enemigo"); así como en la convicción de que el mal tiene su sede en el corazón humano, y no en ningún país o ideología particular.

Hechas estas precisiones, que cada cual administrará o no según su conciencia, respondamos a la pregunta que nos ocupa: ¿Cabe considerar a Estados Unidos, como lo hizo Bush, "una nación pacífica"? Remitámonos a los hechos –es decir, a la historia–, para averiguarlo.

Datos históricos y presentes

En 1823 se promulga la Doctrina Monroe, según la cual Estados Unidos vería con desagrado cualquier intervención europea, especialmente militar, en América del Norte o del Sur. El motivo de dicha declaración, ¿era el benéfico deseo de garantizar la vida pacífica de los pueblos americanos? Cuando se analiza lo que ocurrió desde aquel año en esa área geográfica, se ha de concluir que las razones inspiradoras de dicha doctrina no fueron tan altruistas. Estuvieron fundadas, más bien, en el afán de monopolizar el control de la América Latina.

En efecto, desde 1824 hasta la actualidad, los Estados Unidos consumaron no menos de 70 invasiones de países latinoamericanos. Como fruto de ellas, por ejemplo, arrebataron a México buena parte de su territorio, le quitaron a España Cuba y Puerto Rico, y efectuaron las más variadas agresiones sobre países como Nicaragua, Guatemala, Colombia, Honduras o la República Dominicana. En multitud de casos, la excusa aducida fue la de "proteger los intereses norteamericanos" en dichos países. No en vano los Estados Unidos se caracterizan, casi desde su fundación, por tener intereses (sobre todo, económicos) en cualquier zona del planeta, por alejada que esté de su territorio oficial.

De hecho, los Estados Unidos no se limitaron a convertir en realidad el enunciado "América para los [norte]americanos", en que se resumía la Doctrina Monroe. Las numerosas incursiones estadounidenses en África, Asia y Europa demuestran hasta qué punto ampliaron el objetivo de su ambición, que hoy –especialmente tras el 11.9.01– se concretaría en el lema "El mundo entero para los norteamericanos". Corea y Vietnam son, quizá, los dos ejemplos más paradigmáticos (aunque en modo alguno los únicos) de su sangrienta interferencia en los asuntos ajenos. Pero ésta ha sido una realidad antes, durante y después de la llamada "guerra fría".

Tampoco se limitaron a invadir países de manera abierta. En Chile como en Angola, en Nicaragua como en Irán y Afganistán, en Cuba como en el Congo y Camboya (la mayoría de estos países, también directamente invadidos por EE. UU.) desarrollaron intervenciones más o menos solapadas, derrocando gobiernos, entrenando contraguerrillas, armando y financiando ejércitos opositores... Y no variaron su actitud agresiva porque se iniciara la "guerra fría", según ya hemos visto, ni porque ésta concluyera, como lo demuestran sus numerosos ataques a Irak a lo largo de los años 90, causantes de decenas de miles de muertes debidas a los bombardeos, y de centenares de miles de víctimas por el bloqueo de alimentos y medicinas.

Los Estados Unidos, además, fueron el primer país que descargó bombas atómicas contra poblaciones enteras, Hirosima y Nagasaki. El reguero de napalm que dejaron sobre Vietnam contribuyó al exterminio de cientos de miles de vietnamitas (más de tres millones, según estiman algunas fuentes).

Y los Estados Unidos son, al día de hoy, el principal país fabricante y vendedor de armas en todo el mundo, a mucha distancia de sus más próximos competidores (Gran Bretaña, Rusia y Francia). Armas que sirven para prender y enconar conflictos en las áreas más diversas del planeta.

Una nación violenta

¿Una nación pacífica? Afirmar algo así resulta una broma de pésimo gusto. Y así se lo parecerá, incluso, a los numerosos ciudadanos pacíficos, y aun pacifistas, residentes en Norteamérica. Pues supone despreciar las más abundantes y clamorosas evidencias históricas. Pero, ¿son los Estados Unidos intrínsecamente peores que cualquier otro país de la tierra? El siglo XX ha conocido otras potencias ferozmente agresivas: la Alemania nazi, el Japón imperial o la Unión Soviética son sólo algunas de ellas. A todas ha sobrevivido Norteamérica como gran potencia, y es justo decir que la victoria de alguna de las otras probablemente hubiera traído resultados aún más negativos para el conjunto de la humanidad. Pero, naturalmente, eso no exime a los Estados Unidos de su grave responsabilidad histórica. Ni exime a quienes, de buena o de mala fe, consienten con su aprobación o con su silencio que ahora se erija en potencia omnímoda, "legitimando" así que lleve su agresividad a cotas aún mayores de lo que lo hizo en el pasado. La presente campaña de Afganistán, como las que se anuncian contra Irak, Sudán y otros países, muestran los peligros involucrados en semejante actitud.

El caso norteamericano, su histórica y presente agresividad, ejemplifica perfectamente algo que ya hemos afirmado en La Excepción, y que nos ayuda a comprender en algún grado por qué un régimen aparentemente democrático puede alcanzar tales cotas de violencia:

«La democracia sólo puede subsistir cuando hay garantías de orden; la historia de la democracia moderna, en gran medida deudora de los Estados Unidos, es la historia de la tensión por mantener el orden interior de los sistemas democráticos a base de implantar el desorden en el exterior. Los países en los que se han alcanzado altas cotas de participación ciudadana han sido casi siempre países con una acción exterior en ocasiones brutal» (ver Nuevo Orden Mundial, democracia y libertades).

Pese a quien pese (y a mí me pesa), así es la triste condición humana, incapaz de conciliar democracia interna y externa... Pero la dinámica actual nos presenta un panorama aún más sombrío, como ya se describía en el artículo del cual hemos extraído la cita previa (ver también Una fecha y sus secuelas). En la amenaza terrorista los Estados Unidos han encontrado el filón para "legitimar" su violencia a escala planetaria, y de paso recortar las libertades incluso en su propio territorio. Los tribunales militares que se vienen anunciando harán de Norteamérica una nación aún más violenta también dentro de sus fronteras.

En realidad, la frase de George Bush no concluía donde antes la hemos cortado. Veámosla ahora en su integridad: «Esta es una nación pacífica pero terrible cuando se la agita hasta la ira.» Se nos ha querido hacer ver que se trata de una "ira justa"; sin embargo, a la luz de la historia más bien parece una ira demasiado fácil.

Pero el presidente norteamericano añadía a continuación algo todavía más siniestro y arrogante: «Este conflicto ha comenzado según el calendario y los términos de otros; finalizará de la manera y a la hora que nosotros decidamos.» De este modo, un simple hombre se arrogaba el papel de Dios, es decir, del único que, según el profeta Isaías, puede anunciar «el fin desde el principio», y declarar: «Mis planes se realizarán, y todos mis deseos llevaré a cabo.»

© LaExcepción.com

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¿Dilemas morales… o electorales?
© G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (20 de noviembre de 2001)

La "necesidad" de preservar el sistema económico y el miedo a perder votos suelen ser causa de que se traten como dilemas morales situaciones en las que claramente un derecho debería prevale