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=============================================== LaExcepción.com Una respuesta al totalitarismo
emergente Boletín electrónico nº 2, noviembre de 2001 ===============================================
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Índice del
boletín
Una fecha y sus secuelas (Sobre la crisis internacional
presente) (Continuación)
El Vaticano ante la guerra de Afganistán
Malos contra malos
Glosario de eufemismos de política
internacional
La carta que 'Libertad Digital' no quiso publicar (y el
artículo que la motivó)
Sólo mía
[Sección Actualidad]
[Sección Reseñas]
----------------------------------------------------------------------------------- [Frases del mes]
Frase
Sensata «Sería un error
que se pudiera llegar a utilizar la guerra emprendida contra el terrorismo
para intentar hacerse con el control de determinados países o regiones del
planeta. De llegar a ser así, esto desacreditaría en buena manera a la
coalición» (Mijail Gorbachov, El Mundo, 22 de octubre de 2001).
Frase
Insensata «Debemos
acudir en ayuda de quien es hoy el principal sostén de la sociedad
abierta, es decir, en defensa de los Estados Unidos de América»(Pedro
Schwartz, ABC, 15 de octubre de 2001).
----------------------------------------------------------------------------------- Una fecha y sus secuelas (continuación) (sobre
la crisis internacional presente) © J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(2 de noviembre de 2001)
Sigue
a continuación la segunda y última entrega del artículo cuyas tres
primeras partes publicamos en nuestro anterior boletín. A modo de resumen,
recordemos que en aquéllas subrayábamos la importancia del 11.9.01 como
fecha global de alcance hasta entonces inédito. Destacábamos, además, el
carácter sorprendente de la monstruosidad perpetrada en dicho día, con sus
ya paradigmáticas repercusiones: la consolidación definitiva de una
globalización planetaria basada en la hegemonía de los Estados Unidos; la
confirmación de la amenaza totalitaria sobre el mundo, ahora cada vez más
"legitimada"; y el impulso que la nueva situación confiere a la Época
Neorreligiosa.
En
estas dos últimas partes ofrecemos las conclusiones, de cuya lectura se
podrá desprender que si bien La Excepción considera desolador el
presente panorama internacional, atisba tras sus negras brumas un rayo de
esperanza genuina
4. Conclusión A: Frente a esta guerra y esta nueva
realidad totalitaria
Una vez
iniciada la venganza contra Afganistán se han confirmado los peores
pronósticos recogidos en la tercera parte de este mismo artículo, escrita
el 27.9.01 (ver 3.
Consecuencias y repercusiones: barbarie sobre barbarie). Las muertes de personas completamente ajenas al núcleo del
conflicto se han ido acumulando ante nuestra mirada impotente y sobre las
conciencias de sus ejecutores y de sus innumerables cómplices. De este
modo, a los varios millares de víctimas del 11.9.01 se vienen sumando, día
tras día, nuevas pérdidas de vidas inocentes, las cuales muy pronto –me
encantaría equivocarme– superarán en número a las de aquella fecha.
Bastaba una sola muerte para condenar esta represalia, dado el valor
infinito de una vida humana (ver El condenado y el
sistema: dos caras de la misma moneda); pero la atroz masacre crece a diario y las
condenas exclusivamente proceden de sectores marginales, ajenas a los
círculos principales del poder y de los medios de
comunicación.
Esto último es algo
particularmente trágico sobre todo cuando se observa la
frivolidad que, incluso después del 11.9.01, sigue tiñendo
el estilo de vida en las sociedades opulentas (ejemplificada también en el
tono animado, e incluso festivo, con que algunos locutores hablan de la
guerra-espectáculo en sus noticiarios). Una tragedia, la de la
general indiferencia (similar a la que caracterizó a la
mayoría de los alemanes durante el ascenso del nazismo, como recordaba
Javier Ortiz en su excelente artículo "¡Si hubiese sabido!", en El
Mundo, 20.10.01), que acaso debería interpelar a todo sincero
partidario de la paz y del pluralismo democrático; o, en última instancia,
a toda alma sensible al dolor ajeno.
Como señalaba el profesor Zygmunt
Bauman (en "El desafío ético de la globalización", El País,
20.7.01) para un contexto diferente, pero con términos aplicables aquí:
«Cuando un ser humano sufre indignidad, pobreza o dolor, no podemos tener
certeza de nuestra inocencia moral. No podemos declarar que no lo
sabíamos, ni estar seguros de que no hay nada que cambiar en nuestra
conducta para impedir o por lo menos aliviar la suerte del que sufre.
Puede que individualmente seamos impotentes, pero podríamos hacer algo
unidos. Y esta unión está hecha de individuos y por los
individuos»(cursiva añadida).
En
varias ocasiones, como en el ataque a un hospital que ocasionó cien
víctimas mortales, el gobierno norteamericano puso en duda la versión
talibán, atribuyéndola a la propaganda. Pero finalmente, en un gesto de
honestidad que pese a todo le honra (aunque eso apenas mengüe su
deshonra), dicho gobierno acabó reconociendo la veracidad de los hechos.
Admisión que, naturalmente, no se acompañó del menor signo de
arrepentimiento. Porque en la lógica de cualquier conflicto, y más en uno
de estas características, la maldad es patrimonio exclusivo del
otro (ver Malos contra
malos), de lo que cabe deducir que
"los nuestros" solamente pueden hacer el bien.
Y en esta línea, por parte de sus ejecutores y
de su inmensa red de corifeos (entre quienes, no lo dudamos, a menudo
anida la mejor de las intenciones..., tal vez junto a la peor de las
cegueras), se consideraron dichas muertes una "desgracia", a la que
algunos añadieron la coletilla de "inevitable"... ¿Habrían usado estos
términos si entre las víctimas se hubiera encontrado algún caro allegado
suyo? Como recuerda Irene Khan, actual secretaria general de Amnistía
Internacional, «las violaciones de los derechos humanos no se cometen
contra "el otro bando", sino contra una madre, una hermana, un hermano, un
hijo» (El País, 19.8.01; negrita añadida).
Quienes defienden la guerra
añaden que el responsable último y real de los "efectos colaterales" es el
gobierno talibán, en conjunción con Bin Laden, por haber desencadenado las
primeras hostilidades en este conflicto. Y, por si queda alguna duda,
arguyen que los líderes afganos usan a su población como "escudos
humanos", al ubicar sus armas defensivas en centros civiles como
mezquitas, escuelas, sanatorios u otros, a fin de que no sean destruidas
por los bombardeos de la Coalición. (Entretanto, los dirigentes de la
Alianza del Norte, la oposición afgana antitalibán, ya han deplorado las
víctimas civiles, llegando a advertir que se replantearán su asociación
con las potencias occidentales en caso de seguir produciéndose). [Para un
excelente análisis de las similitudes entre los "daños colaterales" de una
guerra como ésta y los efectos "no deseados" de cualquier acción
terrorista, incluidas las de ETA, recomiendo encarecidamente el artículo
de Antonio García Trevijano, "Efectos colaterales", en La Razón,
22.10.01.]
Los nazislámicos, por su parte,
en vez de proceder a una reflexión conducente a decisiones benéficas para
su pueblo, han continuado caldeando el ambiente y llamando a la "guerra
santa" (esa infame contradicción en los términos, que tanto recuerda a la
occidental "guerra justa"). La espiral acción-reacción ha quedado
definitivamente servida, y los señores de la guerra de uno y otro bando,
incluidos los fabricantes y traficantes de armas, se gozan de poder hacer
su agosto en plena estación otoñal.
La razón frente a la barbarie
Es mi personal opinión que la
mera razón humana (aquélla que Kant, llamándola "pura", se dedicó a
"criticar") no es capaz de contener la barbarie. El fracaso de la
Ilustración, como ya otros pusieron de manifiesto (de modo reseñable,
Nietzsche y Heidegger, pero también Horkheimer y Adorno), se deriva de
haber creído que no sólo era capaz de aquello, sino que lo sería, incluso,
de traer felicidad a la especie humana. Una fe sin duda bienintencionada,
pero que ha engendrado monstruos sin cuento.
Con
todo, no tengo el menor interés en sostener que estos monstruos sean fruto
exclusivo de esa razón desenfrenada. Antes de la Ilustración y fuera de
ella (como lo evidencian los nazislámicos), la monstruosidad también
existe (ver 1. El
acontecimiento: una monstruosidad sorprendente). El problema
no radica, pues, en la razón misma, sino en la mente que la emplea. La
naturaleza de ésta, de hecho, presenta rasgos comunes con la de quienes no
la emplean o, empleándola, no lo hacen al modo que se supone propio de
Occidente. Es, en suma, la mente humana, sin distinción de razas, épocas
históricas o civilizaciones, la que se encuentra «en hiel de amargura y en
prisión de maldad» (Hechos 8: 14).
A pesar de todo ello, la razón
sigue siendo útil. Útil para delatar con rigor las artimañas del mal,
y útil para movilizar a las almas sensibles contra la sinrazón. Y
especialmente útil cuando reconoce su papel meramente instrumental y se
pone al servicio de las premisas genuinamente éticas: las que encuentran
el asenso de la voz de la conciencia y concuerdan con la moral más
excelente que nos es dado conocer.
Usemos, pues, la razón frente a
la barbarie. No lograremos, seguramente, parar esta guerra, evitar la
sangre que seguirá brotando. Pero siempre habrá personas que
se sentirán interpeladas, y que tal vez contribuyan a crear entornos, por
reducidos que sean, en los que crezcan el espíritu crítico y el amor a la
paz.
Querido/a lector/a, le invito a
imaginar la siguiente situación: Supongamos que pertenece usted a una
extensa familia, y que uno de los patriarcas de la misma ejecuta una cruel
masacre entre los miembros, exentos de culpa en cualquier conflicto
previo, de una familia ancestralmente rival de la suya (y tal vez, más
poderosa que ésta). Los daños humanos son estremecedores.
Los patriarcas de la familia
rival condenan la brutal matanza a la vez que identifican de inmediato al
causante de la misma. Argumentan que se trata de un crimen horrible, sobre
todo por tratarse de inocentes. Y acto seguido, querido/a lector/a,
inician una represalia contra su familia con la excusa de que su pariente
genocida ha de pagar sus culpas.
Fruto de esta represalia, que al
parecer busca con denuedo a dicho pariente suyo, usted empieza a
contemplar un rosario de muertes (supuestamente imprevistas pero
perfectamente esperables) entre sus familiares, de cuya inocencia no
puede usted dudar y le consta, además, que tampoco la familia rival duda
lo más mínimo. Como es natural, le sobrecogen el dolor y el espanto, pero
su desgarro se acentúa cuando escucha que se trata de una "desgracia
inevitable" cuyo verdadero responsable es el patriarca de su familia. A su
lado, querido/ amigo/a, tal vez cae su abuelo, o su propia madre, tal vez
sus hijos..., y usted contempla cómo los ejecutan los miembros de la
familia rival que buscan al asesino en masa (quien, curiosamente, parece
haber logrado escapar, al menos de momento). Pero no hay nada que hacer,
pues se trata de una lógica infernal.
Ya lo ve, hemos echado mano de la
razón. Pero no se haga ilusiones: esta argumentación racional
irrefutable convencerá a muy pocos que no estuvieran ya
convencidos. (Tal vez ni siquiera le convenza a usted, en cuyo caso habré
de agradecerle que al menos haya sido capaz de leer hasta aquí; y ya sería
un logro extraordinario que continuase haciéndolo. Pues, pese a todo, nos
proponemos seguir usando la razón).
Frente a esta guerra terrorista
"War against terrorism" (guerra contra el
terrorismo). Así se nos presenta, cada día, la actuación agresiva sobre
Afganistán. Mediante el continuo recuerdo del horror que los terroristas
son capaces de cometer (también en sus nuevas formas, como la difusión del
ántrax), se justifica el horror que se comete sobre la gente de ese
devastado país. A los más de veinte años de guerra con su interminable
secuela de muerte, miseria y refugiados, y a la dureza de un régimen como
el nazislámico, se agregan ahora los diarios bombardeos de una guerra
terrorista cuyos responsables aún no han sido capaces de probar la
implicación de Bin Laden en los sucesos del 11.9.01.
Se nos ha reiterado, asimismo,
que el proceder de George Bush en esta crisis ha sido admirablemente
paciente y comedido, al dejar que transcurrieran varias semanas antes de
iniciar los actos de represalia. De este modo se transmite la idea de que
donde hay prudencia y ponderación no puede haber injusticia. Y de paso, se
pretende adormecer las instancias críticas que nos permitirían recordar
algo: que la naturaleza misma de los actos supone un atropello contra el
derecho y la justicia, al reducir a una sangrienta venganza lo que debería
haber sido una legítima persecución jurídico-policial de los
criminales.
La verdadera paciencia, el
auténtico respeto a la justicia, habrían aconsejado otro modo de proceder,
el cual también se hallaba al alcance de los Estados Unidos y sus aliados.
En el marco de la ONU, podían haber usado su influencia para impulsar una
adecuada regulación del derecho internacional, con el objetivo de aplicar
la justicia donde hoy se recurre a la venganza. No para efectuar alardes
de fuerza, sino para mostrar la firme voluntad internacional de poner coto
a la amenaza terrorista con las armas legales a disposición de toda
la sociedad de naciones. No para asegurarse un mayor control sobre todos
los ciudadanos, sino para garantizar que crímenes como los del 11.9.01 no
quedasen impunes. Y, en suma, no para conseguir una posición todavía más
hegemónica en el conjunto del planeta, sino para prevenir nuevos crímenes
y nuevas guerras mediante la instauración de un ordenamiento jurídico
global más equitativo.
¿Por qué no se ha procedido así?
En el plano más superficial, por dos motivos básicos. El primero, porque
pese a lo que se diga, se ha preferido la vía de la precipitación (no
exenta de cálculo interesado) a fin de calmar la sed vindicativa de una
población comprensiblemente herida en lo más profundo de su corazón, pero
también en su orgullo. El segundo, porque tal proceder, para ser realmente
justo y sincero, hubiera exigido una reconsideración de actuaciones
previas de los Estados Unidos y otros países occidentales en relación con
otros conflictos: destaquemos el palestino-israelí y el que enfrenta a
Marruecos con el Frente Polisario, reavivado en los últimos días. No sólo
eso, sino que también habría exigido un replanteamiento de la lógica
actualmente seguida en el proceso de globalización, caracterizado por
favorecer el hegemonismo económico y militar estadounidense y occidental,
y oprimir a los países pobres.
Pero en un plano más profundo, si
no se ha procedido de acuerdo con el derecho ha sido, con toda
probabilidad, porque no había la menor intención de hacerlo, aunque sí de
aparentarlo. Pues, por duro que nos resulte admitirlo, los Estados Unidos
y otros países occidentales han hallado en los traumáticos sucesos del
11.9.01 la ocasión idónea para resolver una serie de
problemas y avanzar unas cuantas posiciones en el tablero internacional.
Entre los primeros cabe citar la inseguridad económico-financiera,
asociada en parte a inestabilidades políticas en áreas de influencia
"integrista"; las dificultades para garantizar los canales de distribución
de gas y petróleo, gestionados por compañías occidentales; y los casos de
terrorismo interno de algunos países, como Reino Unido y España. Y
respecto a las posiciones buscadas, serían aquéllas que, en el futuro,
permitan prevenir la (re)aparición de esos y de cualquier otro problema
susceptible de afectar a los intereses occidentales en cualquier punto del
planeta.
Lo de menos es, por tanto, el
castigo a los presuntos culpables del 11.9.01, pues la caza y captura de
Bin Laden sería tan sólo una excusa: su cumplimiento no es del todo
desdeñable, a efectos de calmar la sed de venganza, pero sí es
perfectamente demorable. No es lo relativo a ese oscuro y maximalista
personaje, pese a ciertas apariencias, lo que obsesiona a Estados Unidos,
sino el supremo objetivo de hacerse con el poder en todo el mundo.
Resulta, pues, plenamente comprensible que la guerra terrorista se
pretenda larga y no limitada a los ataques sobre Afganistán.
Que nadie se engañe: son tales
intereses los que están detrás de esta guerra siniestra, que hace uso de
bombardeos masivos (con misiles tan inteligentes que yerran a diario),
proyectiles subterráneos y bombas de racimo, ya célebres por su carácter
ominoso. Y que condena a la muerte de hambre y de frío a miles de personas
aisladas y/o refugiadas, mientras con "humanitario" cinismo arroja bolsas
de alimentos para quienes las bombas (aún) no han asesinado.
Frente a esta
realidad totalitaria
Si yo
digo: «Es un crimen que el hijo del mulá Omar, de trece años de edad, haya
sido asesinado en los bombardeos», seguramente más de uno, aquejado de
simplismo bipolar (ver 1. El
acontecimiento: una monstruosidad sorprendente), me considerará cómplice o, cuando menos, simpatizante del
terrorismo. A sus ojos, ese niño forma parte de un conjunto de seres
remotos y anónimos que se merecen todo cuanto les pueda
ocurrir.
Ese niño
(¿quién puede dudarlo?) era sin embargo tan inocente como cualquiera de
los miles de almas perecidas en las Torres Gemelas de Nueva York. Negar
este hecho es una insensatez comparable a la de quienes (también los hay)
estiman que dichas víctimas se lo tenían merecido. Y sin embargo, para la
lógica hoy dominante en los círculos de poder y de opinión occidentales,
atreverse a denunciar la muerte del hijo de Omar es un acto tabú. Y el
osado que lo "cometa" será digno de figurar en la lista negra que
algunos –como el influyente Federico Jiménez Losantos– ya están
confeccionando para la CIA [ver La carta que
'Libertad Digital' no quiso publicar (y el artículo que la
motivó)].
Este es
sólo uno de los síntomas que apuntan a un totalitarismo creciente, pero
hay muchos más (ver 1. El
acontecimiento: una monstruosidad sorprendente). Una queja habitualmente esgrimida contra quienes en Occidente se
oponen a la guerra arguye que éstos piden paz a las democracias y no a los
terroristas. No voy a negar que haya quienes, llevados de un fanatismo
similar o paralelo al de los nazislámicos, actúen así. Pero ésa no es la
manera de proceder más común entre los contrarios a las matanzas de
Afganistán.
Ahora bien, lo más grave no es
esa falacia, sino que tras ella suele latir, calladamente, el
cuestionamiento de un derecho que es también una obligación ineludible.
Pues los ciudadanos de un país democrático tienen el derecho y el deber de
vigilar al poder en todas sus actuaciones, tanto internas como externas.
Si operan fuera del control ciudadano, los gobiernos acaban equiparándose
a los terroristas, con quienes resulta imposible diálogo alguno que no
presuponga la aceptación de sus condiciones básicas (i.e., de su posición
de fuerza, o en términos aún más claros, de su dominio violento). Poner en
duda ese derecho ciudadano a controlar al poder, con la excusa de que hay
poderosas razones de seguridad para hacerlo, supone la implantación en la
práctica de un estado de excepción; el cual, por su carácter
indefinido, nos lleva a ver amenazados los mismos cimientos de la
democracia y del estado de derecho.
Esta tendencia se concretó aún
más a finales de octubre con la promulgación de una ley antiterrorista en
los Estados Unidos que suspendía una serie de garantías jurídicas, en
particular entre los extranjeros. Según dicha ley, cualquier inmigrante
–incluidos los legales– puede ser detenido durante siete días si se le
considera sospechoso de vinculación terrorista. Además, la citada norma
autoriza la vigilancia telefónica y cibernética (comunicaciones por
Internet) con el requisito de un único permiso judicial, así como el
seguimiento de las actividades de los cientos de miles de estudiantes
universitarios extranjeros que residen en los Estados Unidos.
En la misma línea, el gobierno
canadiense, afectado por la misma psicosis, también ha autorizado las
detenciones preventivas, ampliado la vigilancia electrónica y, junto a
ello, ha eliminado el derecho de los sospechosos a no declarar durante una
investigación.
En suma,
que George Orwell, el paradigmático delator del doblepensar
propio de la clase política, tenía razón. Los Estados Unidos (y tras este
país, el resto de Occidente) se levantan hoy, es probable que de manera ya
definitiva, como la potencia que en nombre de la libertad acabará
suprimiéndola (ver Estados Unidos,
vigía de la libertad).
Ante tantas evidencias,
¿continuará la pasividad general?
5. Conclusión B: ¿Hay
esperanza?
Venimos pintando un panorama
desolador. Acaso algún lector no haya podido resistir tanta negrura, y
haya decidido abandonarnos. Los diagnósticos pesimistas suelen espantar, y
a muchos profetas del pasado (a quienes dedica un bellísimo homenaje el
capítulo 11 de la Carta a los Hebreos) los persiguieron, e incluso
asesinaron, por atreverse a pronunciarlos.
La gente no quiere oír hablar de
perspectivas tenebrosas. Es comprensible y hasta deseable. Lo que ya no se
justifica es que para evitarlo recurra con tanta frecuencia a actitudes
evasivas, acríticas o falaces; que, sin ser innatamente estúpida, se
comporte como tal consintiendo en ser engañada; y que, convertida en
público, siga anteponiendo sus frívolos divertimentos (los
que le suministra el sistema) a su deber ético de actuar para poner freno
a la barbarie.
Si en lugar de dejarse adormecer
por medio de la manipulación informativa y los entretenimientos opiáceos,
se aprestase a escudriñar la realidad presente, es más que probable que la
gente reconociese sobrados motivos de alarma en los signos de los tiempos.
Y que al hacerlo, buena parte de ella (una porción mucho mayor que la que
hoy se moviliza) se sintiese animada a intentar cambiarlos.
Pero siempre será una minoría la
que opte por actuar así. Sus integrantes siempre constituirán la
excepción. La falsa condición que es característica de "progresías"
como la española se está confirmando en muchos de sus representantes a lo
largo del actual conflicto. Su superficialidad teñida de hedonismo no está
preparada para afrontar momentos críticos como éstos; por definición, el
progre o pseudoprogresista tiende a conformarse a los signos
de los tiempos, pues por naturaleza es el ser más opuesto a la genuina
revolución. No es extraño que los progres sean hoy legión en las filas
belicistas; o que los que se mantienen al margen de ellas se limiten a
callar o, a lo sumo, a expresar tibias reservas
Hoy es tiempo de reacción
y el progre, asustadizo, se echa a un lado, pues apenas encuentra eco
social a sus proclamas (y ese eco es el alimento del progre). Es cierto
que aun entre éstos hay excepciones: pero cuando la crisis se acentúe,
tendrán que decantarse. Y si se decantan hasta el final por la paz
y la libertad, dejarán de ser progres.
La nuestra es, pues, una época
que presencia la marea creciente del pensamiento único. Mientras se pueda
denunciar públicamente, aún habrá tiempo. Pero las actitudes reaccionarias
dominantes permiten prever que ya no quedan muchos días de libertad.
¿Cuántos serán...?
Es convicción mía que el mal
tiene, en su mismo desarrollo, su propio factor corrector. Llegado a
cierto nivel, desata una repugnancia creciente entre las almas. No es que,
en razón de ello, sea en alguna medida bueno; tampoco es que lo sean
dichas almas. Es que justamente por ser malo, y por desarrollarse de modo
que sus contornos resultan cada vez más precisos, el mal tiende a
despertar la conciencia moral humana, esa facultad –hoy tan entumecida–
que permite distinguir entre el bien y el mal.
También esto sucederá, en alguna
medida, en nuestros días. Pero el sistema lleva muchos años dotándose de
los medios (fundamentalmente, propagandísticos, controladores y cada vez
más coercitivos) que limiten al máximo el alcance de esa medida. El peor
cazabombardero no es ninguno de los B-52 que arrasan actualmente
Afganistán, sino el que desde los medios de comunicación se dedica, de
manera aún más sistemática que aquéllos, a mantener las conciencias
dormidas. Y lo hace con multitud de distracciones, así como
mediante continuos pronunciamientos en favor de la "civilización", la
"libertad", la "democracia" e incluso la "paz", hechas todas ellas en tono
sensato y ponderado.
En el fondo, nada nuevo bajo el
sol... La justicia nunca fue un valor masivamente defendido, salvo en
proclamas de papel mojado. El justo fue, en todo tiempo y lugar, un
elemento subversivo. Cuanto más firme era su empeño en la
observancia de la rectitud, más candidato se hacía a pagar por causa de
ella. Por alguna diabólica razón, la coherencia moral en la defensa del
bien siempre ha suscitado la rabia y el encono.
El mayor modelo de justicia fue
también el paradigma del amor. Sin culpa en ningún conflicto, también él,
como hoy tantas víctimas inocentes, fue injustamente asesinado. Y lo fue,
si cabe, aún más injustamente que aquéllas, pues él «nunca hizo maldad, ni
hubo engaño en su boca» (Isaías 53: 9). Pero eso no bastó para que
respetasen su vida; antes bien, eso fue la causa de que se la
quitaran.
Lo clavaron en un vil madero
pensando que así crucificarían sus conciencias. Pero, resucitando al
tercer día, el clamor de éstas se hizo aún más insufrible. Los siglos
pasaron y volvieron, infinidad de veces, a "clavar" su recuerdo, y a sus
seguidores, en esa horrible "cruz". Pero su vida era tan plena que
su memoria siempre "resucitaba"; y sus seguidores, aunque minoritarios,
proliferaban una y otra vez.
Su palabra viva sigue resonando.
Y aun en medio de estas horas negras, nos consuela con su esperanza:
«Tened buen ánimo, yo he vencido al mundo» (Juan 16: 33).
----------------------------------------------------------------------------------- El Vaticano ante la guerra de Afganistán ©
Guillermo Sánchez Vicente [guillermosanchez@laexcepcion.com] (1 de noviembre de 2001)
Un
seguimiento de las declaraciones oficiales del Vaticano desde el 11-S (que
se ofrecen con detalle a través de la página y boletín de su agencia de
prensa, www.zenit.org)
permite comprobar que navegan en una calculada ambigüedad, con el objetivo
de dar sensación de pacifismo por un lado, pero dejando patente la postura
pragmática que siempre caracteriza a esta institución.
Los primeros llamamientos del papa apelaban a «la
construcción de un mundo mejor» (Zenit, 12.9.01) y a «trabajar por la
llegada de una nueva era de cooperación internacional inspirada en los más
elevados ideales de solidaridad, justicia y paz», luchando contra «los
enemigos tradicionales de la humanidad: la pobreza, las enfermedades, la
violencia». También pidió que el pueblo de Estados Unidos «no ceda a la
tentación del odio y de la violencia» y reaccione con «justicia»
(16.9.01).
La Comisión de Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea
consideró que «el uso masivo de la fuerza no es una respuesta adecuada
para restablecer la ley y la justicia», urgiendo «a los líderes de la
Unión Europea a hacer todo lo posible para prevenir el hundimiento en un
torbellino de guerra y represalia» (19.9.01). En la misma línea pacifista,
el papa afirma que las operaciones militares «nunca sirven al bien común
de la humanidad, la violencia destruye y no construye, las heridas que
provoca quedan sangrando durante mucho tiempo» (21.9.01).
"Guerra
justa"
Pero a partir de finales de septiembre se comienzan a escuchar
otras voces. En primer lugar, en una carta dirigida a George Bush, Joseph
A. Fiorenza, el presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de
Estados Unidos, explica que los obispos «apoyan los esfuerzos de nuestra
nación y de la comunidad global para hacer justicia a aquellos individuos,
grupos y gobiernos responsables de los atentados», e indica que «toda
respuesta militar debe estar de acuerdo con los principios morales, en
particular con las normas de la tradición de la guerra justa» (21.9.01).
Ya el día 17 el cardenal Roberto Tucci, director de Radio Vaticano,
hablaba de la necesidad de «extinguir los nidos de odio que existen en el
mundo contra Estados Unidos y contra el mundo occidental», precisando que
«el gran peligro es el de no proponerse objetivos claramente
determinados».
Desde estas fechas, Zenit emite una gran cantidad de comunicados en
los que se va perfilando la concepción del magisterio católico sobre la
guerra justa. Hábilmente, los textos vienen titulados de forma
interrogativa ("¿Una «guerra justa» contra el terrorismo?"),
mientras que las conclusiones son claras: Según el Catecismo de la
Iglesia Católica, «una vez agotados todos los medios de acuerdo
pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima
defensa». Se argumenta que «el recurso a la fuerza no debería ser
descartado categóricamente. De este modo, mientras los Papas modernos han
subrayado la importancia de la resolución pacífica de las injusticias,
esto no significa que en alguna ocasión pudiera justificarse una acción
militar» (22.9.01). Se recuerda igualmente que el mismo Catecismo
admite que hay casos «de extrema gravedad» en los que no se puede
excluir «el recurso a la pena de muerte». Numerosos textos
oficiales y declaraciones de obispos publicados en Zenit detallan todas
las rigurosas condiciones que deben garantizar la legitimidad moral de las
respuestas militares.
Paralelamente, Wojtyla realiza desde Kazajstán
llamamientos genéricos a la oración y en favor de la paz, en los
que nunca se menciona la situación concreta de Afganistán: «Las cuestiones
controvertidas no deben ser resueltas con el recurso a las armas, sino con
los medios pacíficos de la negociación y del diálogo» (22.10.01). La
agencia vaticana insiste en que «el Papa ha pronunciado incansablemente
una misma palabra al referirse a la nueva situación internacional: "paz"»,
pero es difícil encontrar textos completos de las alocuciones de Wojtyla.
Las citas que se incluyen son más bien ambiguas: «Especialmente hoy, la
complejidad y los cambios de la situación internacional requieren optar
entre el bien y el mal, entre la oscuridad y la luz, la humanidad y la
inhumanidad, la verdad y la falsedad» (27.9.01).
Mientras se va desplegando la maquinaria de guerra estadounidense,
el portavoz del Vaticano, Joaquín Navarro-Valls, sorprende el 24 de
septiembre declarando que «si alguno ha herido gravemente a la sociedad y
existe el peligro de que en caso de que quede en libertad pueda hacerlo de
nuevo, tienes el derecho de defender la sociedad de la que estás al
frente, aunque esto signifique que los medios que utilices puedan ser
agresivos. [...] A veces la autodefensa implica una acción que podría
llevar a la muerte de una persona».
El día 25 el ABC de Madrid, caracterizado por su
marcado catolicismo oficialista, se sitúa del lado del representante
papal: «El Vaticano, por medio de su portavoz, Joaquín Navarro-Valls, ha
hecho pública su posición acerca de la legitimidad moral del empleo de la
violencia para defender a la sociedad de los ataques criminales del
terrorismo. [...] El Vaticano afirma que comprendería, en el caso de que
la solución pacífica no fuera posible, que Washington recurriera a la
fuerza con el fin de defender a sus ciudadanos ante futuras amenazas. Dada
la influencia social y moral de la Iglesia Católica en gran parte de la
opinión pública del mundo occidental, la posición vaticana reviste una
especial trascendencia».
El mismo diario madrileño, como en otras ocasiones "más papista que
el papa", sintetiza las declaraciones de Navarro-Valls con la postura
belicista que el propio periódico viene apoyando desde el 11 de
septiembre: «La no violencia no es un valor absoluto e incondicionado
[...]. El verdadero pacifismo es el que busca la paz y lucha contra las
causas de la guerra, no el que, bajo un fundamentalismo de la no
violencia, suele acabar favoreciendo la causa de los enemigos de la
paz. [...] A partir de estos principios, el Vaticano legitima una eventual
acción violenta de Estados Unidos y sus aliados, con el único fin de
impedir la comisión de nuevos crímenes terroristas. [...] La declaración
vaticana resulta tan irreprochable desde el punto de vista de los
principios y valores morales como pertinente desde la perspectiva de su
contribución a la formación de la opinión de los católicos, muchas veces
sometidos a la propaganda de un falso pacifismo y de una extraviada
defensa de la no violencia absoluta que, de ser aplicada, llevaría a la
indefensión tanto de los ciudadanos como de los principios de la propia
civilización. [...] Algunas personas en Europa pretenden que el Papa es un
pacifista radical que condena cualquier forma de violencia, como si no
existiera la posibilidad de una violencia legítima. [...] El Vaticano deja
muy clara su doctrina y su posición: la moral cristiana considera legítima
la violencia ejercida en defensa de las vidas de los ciudadanos
amenazados. La paz es un bien muy alto, pero no más que la protección de
la vida humana y del bien común».
Pero otros medios advierten la contradicción entre los llamados a
la paz del papa y las declaraciones de su portavoz, sobre todo porque en
la situación internacional en que se pronunciaron parecían justificar la
campaña militar aliada, tal y como interpretó ABC. Navarro-Valls
contestó alegando que simplemente citaba el Catecismo y que, por
tanto, no podía decirse que hubiera cambiado la actitud del Vaticano. En
realidad, hacía días que Roma venía justificando la guerra en documentos
oficiales, si bien sólo estaban trascendiendo las declaraciones
"pacifistas" de Wojtyla. El día 28 el portavoz intentó aclarar su posición
precisando que «nadie ha dicho nunca "haced lo que os parezca'', porque
existe una ética cristiana bien precisa sobre la legítima defensa, que
tiene en cuenta la proporcionalidad del acto y que exige no verter sangre
de víctimas inocentes». Confirmando algunas de las interpretaciones del
ABC y distanciándose de otras, asegura que «quien ve al Papa
como un pacifista a ultranza o un partidario de la intervención se
equivoca. La Iglesia interviene para ofrecer elementos éticos a
quienes deben tomar las decisiones» (28.9.01).
Zenit sigue publicando opiniones a favor de la intervención,
como las del cardenal Ruini, presidente de la Conferencia Episcopal
Italiana: «Queda fuera de dudas el derecho, es más, el deber de combatir y
neutralizar, en la medida de lo posible, el terrorismo internacional y sus
promotores o defensores» (25.9.01). O las del historiador Giorgio Rumi
(28.9.01): «La tradición católica nunca ha estado, a lo largo de los
siglos, por la paz entendida en modo absoluto. La Iglesia ha pedido
siempre la paz según la justicia. Una paz, por tanto, que no es
consagración de un orden o de un desorden preexistente. Nunca ha
predicado, en el nombre de la paz, la sumisión a los tiranos.»
El 7 de octubre comienzan los bombardeos estadounidenses sobre
Afganistán. Durante el sínodo que esos días se celebra en el Vaticano, el
presidente del episcopado nigeriano, J. O. Onaiyekan, declara: «Cuando una
nación niega a algunos de sus ciudadanos el derecho fundamental a la
libertad de religión y a la igualdad ante la ley, ¿no es acaso culpable de
terrorismo de Estado?». Menciona a continuación el caso de Sudán, para
proseguir: «¿Durante cuánto tiempo continuará admitiendo el mundo algunos
regímenes que aceptan grandes violaciones de los derechos humanos en el
nombre de la religión?» (10.10.01). Un auténtico llamamiento a
intervenciones en otros países, tal y como Estados Unidos viene
advirtiendo que hará.
El "ministro" de Exteriores de la Santa Sede, Jean Louis Tauran,
manifiesta el 15 de octubre: «Hoy todos reconocemos que el gobierno
estadounidense, como cualquier otro gobierno, tiene el derecho de legítima
defensa, porque tiene la misión de garantizar la seguridad de sus
ciudadanos». Trata de justificar esta postura apelando confusamente al
Evangelio, según el cual la paz «es algo más que un principio. Es un
espíritu, involucra la renovación de corazones, requiere la adopción de
principios espirituales».
"Tierra Santa"
Otra de las preocupaciones fundamentales del papado es la del
conflicto palestino-israelí. Desde el 11-S numerosas declaraciones papales
se suman a las ya tradicionales acerca de la tierra «santificada por la
predicación del Redentor» (26.10.01). No hay duda de que, por motivos
religiosos y estratégicos, Jerusalén es uno de los puntos de interés
político prioritarios para el Vaticano. Así lo confirmaba el Cardenal
Ruini el 25 de septiembre: «El principal nudo que queda por deshacer es el
de la Tierra Santa y el del conflicto árabe-israelí».
El 30 de octubre Wojtyla recibe por decimotercera vez a Arafat,
quien en su día declaró que el Vaticano «es el Estado más glorioso del
mundo» (El Mundo, 19.12.99). Sobre todo desde la visita del papa a
Israel y Palestina, parece claro que la intervención del papado en una
hipotética resolución del conflicto de Oriente Próximo sería
decisiva.
Ambigüedad calculada
La aparente diversidad de los mensajes vaticanos no responde a una
pluralidad de corrientes. Todas las declaraciones citadas son oficiales.
Es verdad que en el mundo católico se pueden encontrar numerosos
movimientos críticos que reclaman una auténtica paz, basada en las
convicciones no violentas y en el compromiso radical de Jesús. También hay
voces, como la de Gregory Rice, coordinador del programa para los
refugiados de Caritas Internacional, que han pedido «suspender los
bombardeos porque no consiguen nada y sólo añaden sufrimientos» (Zenit,
28.10.01).
Las declaraciones vaticanas navegan en una calculada ambigüedad,
con el objetivo de dar sensación de pacifismo por un lado, pero dejando
patente la postura pragmática que siempre caracteriza a este estado.
Mientras que un titular del boletín de Zenit del 17 de octubre afirma "El
Vaticano en la ONU: La respuesta al terrorismo no es la violencia", el
texto correspondiente precisa que «la violencia del terrorismo no se
resolverá con la simple violencia», dando a entender que esta simple
violencia también ayuda a resolver el problema del terrorismo. Lo
mismo se puede entender en las declaraciones de R. Martino, observador
permanente del Vaticano ante las Naciones Unidas: «Toda campaña seria
contra el terrorismo necesita también afrontar las condiciones
sociales, económicas y políticas que alimentan la emergencia terrorista,
la violencia y el conflicto» (23.10.01).
No hay ni una palabra específica de condena a la guerra, ni
siquiera a los episodios más sangrantemente injustos de ella. Se habla del
dolor y la angustia del papa y de la «perplejidad de la Santa Sede ante la
campaña militar contra el terrorismo lanzada por la alianza
anglo-estadounidense en Afganistán» (23.10.01). Se pide «que puedan
ahorrarse vidas inocentes y se dé por parte de la comunidad internacional
una ayuda tempestiva [sic] y eficaz para tantos refugiados, expuestos a
privaciones de todo tipo, mientras ya se acerca la estación inclemente»
(28.10.01). Nada que pueda recordar el Evangelio de Jesús, ni siquiera a
las palabras de Teresa de Calcuta: «La guerra es un exterminio de seres
humanos. ¿A quién se le ocurriría pensar jamás que pueda ser "justa"?»
(Orar, Planeta, 1997, p. 136).
©
LaExcepción.com
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Malos contra malos © J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(15 de octubre de 2001)
Cada
una de las partes en conflicto declara su bondad frente a la maldad del
otro. Sobre esta base se "justifica" cualquier medio empleado contra el
enemigo, motivo suficiente para preguntarse si hay bondad en algún
bando.
Entre
los múltiples rasgos negativos de la presente crisis internacional, uno de
los más llamativos es la proclividad de cada bando a arrogarse el papel
del Bien. Y de paso, a atribuir el papel del Mal a su
adversario.
Se trata
de algo típico en cualquier conflicto interhumano (ver Una fecha y sus
secuelas). Pero la guerra que nos ocupa se halla singularmente
calentada por la rabia y el encono (que no excluyen, sin embargo, la
frialdad y el cálculo más minucioso). La extrema polaridad resultante
lleva a ver en el otro no sólo el Mal, sino el Mal Absoluto. Por esta
condición, y en tanto que otro, todo el mal le pertenece. Y eso
deja a la parte opuesta, por eliminación, como la encarnación del Bien
Absoluto.
Es
justamente esta concepción, implícita en el discurso de cada una de las
partes, la que lleva a justificar cualquier medio (terrorismo, guerra
sucia, bombardeos masivos...) con tal de aniquilar al enemigo. Se asume
que todo lo malo que se le haga al Mal es bueno. Y, por tanto, todo el
"mal" que el Bien ocasione al Mal es en realidad un bien.
Acaso
parezca exagerado, pero éste es el esquema lógico que, con rigurosa
fidelidad, vienen siguiendo ambos bandos. Formulado en términos familiares
a las mentalidades modernas e ilustradas, se expresa primero en la vieja
máxima que dice: "El fin justifica los medios". Pero no se queda ahí, sino
que avanza hasta declarar: "Cualquier fin [del Bien, se entiende]
justifica cualquier medio", siquiera en el ámbito de esta guerra
simpar.
Naturalmente, para las almas sensibles en las que todavía anida la
cordura, tales proclamas (no por implícitas, menos reales) emiten un
sonido atroz. Es el más salvaje alarido de la jungla, el rugir de la
bestia nietzscheana, la moral de los señores de la guerra. Al contemplar
cómo esa lógica extermina a seres inocentes en ambos bandos, cómo somete
al individuo bajo el control de poderes omnímodos, y cómo desoye toda voz
de la conciencia, aquellas almas experimentan desgarro y náuseas frente a
tanta abyección.
Fueron
educadas en el respeto a la vida y en el amor a la libertad, y por ello no
se dejan engañar. Serán sólo parte de una exigua minoría, pero no quieren
renunciar a su sensibilidad para integrar legiones. Valoran más su libre
pensar que el aplauso del poder y el calor de la muchedumbre. Pero no
ignoran que es su independencia la que aviva su dolor a la vista de la
barbarie.
Miran
primero a un bando, luego al otro... Comprueban cómo ambos se rigen por la
misma lógica infernal, justificadora de lo injustificable. Encuentran que,
en realidad, ambas partes no son sino las dos cabezas de un mismo monstruo
bicéfalo (ver El condenado y el
sistema: Dos caras de la misma moneda),
constantemente fortalecido por la perpetua lucha que lo define.
Y las
almas vomitan al fin...Pues sus ojos penetrantes han comprendido la
esencia de los contendientes: a un lado malos, al otro también. Pero,
¿hasta cuándo ha de ser así?, se preguntan. ¿Está la historia humana
(largos siglos parecen demostrarlo) condenada a reproducir siempre esa
misma espiral de odio, violencia y muerte? ¿Es que no hay
escapatoria?
Alguien
dice que sí. Y que un día llegará en el que «no habrá más muerte, ni
llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas
pasaron»(Apocalipsis 21: 4).
El que
quiera oír, que oiga.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------ Glosario de eufemismos de
política internacional © G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
(1 de noviembre de 2001)
Los
políticos y los medios de comunicación occidentales utilizan numerosos
términos eufemísticos mediante los que intentan ocultar la violencia o
parcialidad que se practica en las relaciones internacionales. A
continuación figuran algunos ejemplos.
Bien. Término con que se designa a la coalición de fuerzas políticas y
militares occidentales, independientemente del nivel ético de sus
actuaciones. Ver "Mal".
Civilización. Conjunto de logros históricos de
una comunidad humana. Incluye los avances materiales y tecnológicos, el
desarrollo de instituciones políticas representativas y el florecimiento
de las artes y las letras. Incluye igualmente la pretensión de conseguir
la paz, la justicia y la libertad en el interior de esa comunidad, pero
excluye esta misma pretensión fuera de la comunidad.
Comunidad internacional. Países occidentales, que
representan una cuarta parte de los países del mundo y de sus habitantes.
El resto no forma una comunidad ni es propiamente internacional (carecen
de la idoneidad necesaria para ser otra cosa que provincias del imperio o
estados gamberros).
Daños
colaterales. Personas asesinadas sin querer por ataques militares de
países de la OTAN en su establecimiento de la justicia, o por un grupo
terrorista en su establecimiento de la libertad. Ver "Efectos
colaterales".
Efectos colaterales. Hipereufemismo de "daños
colaterales".
Estados gamberros. Estados recalcitrantes que actúan al
margen del derecho internacional y deciden atacar sus valores
fundamentales en el territorio de su jurisdicción. El término no se aplica
a países que ignoran el derecho internacional pero que mantienen sistemas
democráticos formales.
Guerra. Hostilidad manifestada en acciones violentas con
objetivos estratégicos, que pueden implicar y, de hecho, inexorablemente
implican la matanza de población civil. Ver "Terrorismo".
Guerra santa. Combate llevado a cabo por fanáticos
musulmanes contra sus enemigos, con la esperanza de alcanzar el paraíso.
Cuando los fanáticos no son musulmanes, se suele llamar "Justicia
infinita", "Libertad duradera", "guerra justa" o de otras formas
posibles.
Justicia infinita. Expresión en neolengua (véase 1984
de Orwell) que quiere decir exactamente lo contrario de lo que en
principio significa. Ver "Libertad duradera".
Libertad duradera. Nombre de la operación de sometimiento
temporal de Afganistán y otros países, que sustituyó al de "Justicia
infinita", a fin de no ofender a los musulmanes, quienes creen que la
justicia infinita sólo la puede aplicar Alá. Dicho sea de paso, esto es
tanto o más cierto respecto a la libertad duradera: sólo la da
Dios.
Mal. Término omniabarcante con que se designa tanto a los
enemigos político-militares de Occidente como a aquellos que incluso desde
el mundo civilizado se cuestionan la bondad de las actuaciones militares
occidentales. Ver "Bien".
Moderados. Calificativo que se aplica a los países
musulmanes que, estando gobernados por regímenes dictatoriales o
autocráticos, mantienen en la situación presente alianzas geoestratégicas
con Estados Unidos y sus aliados. Ver "Radicales".
Occidente. Parte del mundo localizada al oeste del mar
Mediterráneo, formada por Europa (en especial, la occidental) y América
(entendiendo por 'América', en particular a Norteamérica). Excluye África,
pero incluye Australia y Nueva Zelanda además de, ocasionalmente, Japón.
Ver "Oriente".
Oriente. Parte del mundo localizada al este del mar
Mediterráneo, formada por Asia y los países pobres de Oceanía. Excluye
África. Ver "Occidente".
Radicales. Calificativo que se aplica a los países
musulmanes que, estando gobernados por regímenes dictatoriales o
autocráticos, no mantienen en la situación presente alianzas
geoestratégicas con Estados Unidos y sus aliados. Ver
"Moderados".
Represalia. Venganza.
Respuesta. Acción militar masiva, cuya finalidad es dar
contestación a los habitantes de países gamberros, aunque no hayan
preguntado nada.
Señores de la guerra. Dirigentes militares cuya fuerza está
basada en la concentración de seguidores fieles y de armamento. La
expresión sirve para designar a los jefezuelos locales de zonas pobres y
salvajes, pero no a los mandos de los ejércitos civilizados.
Terrorismo. Hostilidad manifestada en acciones violentas con
objetivos estratégicos, que pueden implicar y, de hecho, inexorablemente
implican la matanza de población civil. Ver "Guerra".
"Todo
el mundo". Expresión que designa a los políticos de cualquier lugar
del mundo (pero sólo últimamente de casi todo el mundo) que están de
acuerdo con la política internacional del gobierno de los Estados
Unidos.
Víctimas inocentes. Personas que mueren, sin esperárselo,
como consecuencia de un ataque terrorista, bélico, terrorista-bélico o
bélico-terrorista. Si han sido reclutadas por su gobierno para morir en el
frente, no son inocentes, pues ya se lo podían haber imaginado. Ver
también "Daños colaterales".
© LaExcepción.com
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------- La carta que 'Libertad Digital' no quiso
publicar (y el artículo que la motivó) © J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(24 de octubre de 2001)
Supuestamente, la sección de Cartas de los Lectores de cualquier
periódico tiene por objeto, entre otros, dar a conocer sus reacciones a
los textos publicados. Cabe esperar, por ello, que dicha sección
reproduzca fielmente el abanico plural de dichas reacciones, siempre y
cuando éstas guarden las debidas normas de respeto y
decoro.
No
parece entenderlo así Libertad Digital. A raíz del siniestro
artículo de su director, Federico Jiménez Losantos, que a continuación
reproducimos, el arriba firmante envió como réplica la carta-denuncia que
transcribimos abajo. Esta carta fue desdeñada por dicho diario, que en
cambio sí tuvo a bien publicar la de un respetable ciudadano vitoriano
básicamente partidario del mensaje inquisitorial del señor
Losantos.
Tanto
el artículo de marras (que no debiera pasar inadvertido) como la no
publicación de la carta-réplica constituyen un documento ilustrativo de
hasta dónde llegan el liberalismo y el pluralismo de este periódico. Son,
además, un síntoma del presente avance del pensamiento único. Razones
suficientes para reproducirlos aquí (los destacados en negrita y
cursiva-negrita son nuestros).
El siniestro artículo de Federico
Jiménez Losantos
Arzallus, entre la ETA y la CIA (Libertad Digital,
15.10.01)
Los
detalles sobre la triple relación Ben Laden-IRA-ETA que Gordon Thomas
aporta en un gran reportaje publicado en el dominical de El Mundo
no suponen ninguna sorpresa, pero sí confirman la hondura y gravedad de
las implicaciones internacionales del terrorismo vasco y, en consecuencia,
de las dificultades que los aliados de ETA, fundamentalmente el PNV, van a
tener de ahora en adelante para explicar en el extranjero la bondad de su
causa. Si ya le era difícil a Arzallus encontrar políticos normales
–Cossiga y otros indeseables son desechos de tienta no sólo en Europa sino
en su propio país– que respaldaran su estrategia separatista, siempre de
la mano de los matarifes etarras, ahora le resultará imposible. La
máquina antiterrorista norteamericana se ha puesto en marcha tanto contra
los asesinos como contra sus cómplices. Y no hay cómplice más claro del
terrorismo anti-español que el partido de Arzallus e Ibarreche. Por muy
obtusos que sean y por lejos de Washington que caiga Vitoria, los
norteamericanos acabarán colocándolo entre los enemigos de las libertades
de Occidente. O sea, en su sitio.
Ya su
eliminación del Partido Popular Europeo y la Internacional Democristiana
por presión del PP había desalojado al PNV de su nicho ideológico
tradicional, entre las fuerzas conservadoras prooccidentales salidas de la
Segunda Guerra Mundial. Una situación bastante absurda, porque
doctrinalmente el PNV estaba y está más cerca de Hitler que de Truman,
pero favorecida por las circunstancias de la Guerra Fría, que colocaron al
aparato peneuvista en buenas relaciones políticas y financieras con la
CIA. De eso se ha valido Arzallus, sucesor de Ajuriaguerra pero
también de Telesforo Monzón, para considerarse en libertad de pactar con
la izquierda criminal sin perder sus credenciales de derecha occidental.
Hasta que las ha perdido. Después del pacto de Estella, Arzallus sigue
entregado a ETA. Y su modesta aunque magnificada victoria electoral no ha
hecho sino confirmar su obsesión de forzar un plebiscito separatista, como
quiere ETA. Después... el Diluvio. O sea, más ETA.
Pero
la implicación de la CIA y todos los servicios secretos occidentales en
la lucha contra el terrorismo cambia sustancialmente esa estrategia de
"separatismo suave" que pondría en manos de una banda criminal ligada
a Ben Laden y el IRA un País Vasco pequeño, pero en una situación capaz de
provocar gran daño. Si el Gobierno del PP se esmera en explicarlo en
Washington, la estrategia separatista de Arzallus e Ibarreche quedará para
el cubo de la basura. Eso sí, antes debería perder el apoyo de González y
Polanco, sus grandes valedores, sus únicas herramientas para romper la
resistencia de los defensores de España y la Constitución. Nada que no
puedan lograr quienes en la mañana del día 12 de octubre estuvieron a
punto de volar por los aires en la Tribuna de Autoridades que presidía el
desfile militar, incluido el homenaje a las víctimas del Once de
Septiembre, representadas por los "marines". Faltaban Ibarreche... y
Pujol, que conste. Consta ya. Ahora se toma nota de
todo.
La réplica que no quiso publicar 'Libertad
Digital'
¿Y usted es liberal, Sr. Jiménez Losantos?
(15.10.01)
No me
caracterizo por simpatizar con Arzallus, ni con Pujol. No creo que
merezcan la simpatía de nadie, pues se trata de políticos al uso: uno, de
verborrea radicalilla y mente maquiavélica; el otro, de retórica
"moderada" y cerebro igualmente maquinador; pero ambos, amantes del poder
por encima de cualquier otra cosa.
Con
todo, tengo que salir en su defensa, que es como decir en la de todos.
Pues el artículo que bajo el título "Arzallus, entre la ETA y la CIA" ha
publicado Jiménez Losantos contiene rasgos atroces. Trátase de una
auténtica llamada a la caza de brujas contra quien no piensa igual que él.
Más que Torquemada reencarnado, recuerda a la policía política
talibán.
Brevemente lo explico: No sólo se atreve a criminalizar a Arzallus
e Ibarretxe aprovechando ciertos informes sobre una relación indirecta
entre ETA y Ben Laden; va mucho más allá: se atreve a amenazar a
Pujol y a Ibarretxe por no haber estado presentes en el desfile militar
del día 12. Amparándose en el pujante poderío global de la CIA, don
Federico parece regodearse en la confección de una lista negra, como
esperando que aquella benéfica agencia imperial tenga a bien
leerla.
El
conflicto actual lleva a demasiada gente a decir demasiadas tonterías.
Pero algunas resultan, además, peligrosas. Las mencionadas lo son, y no en
grado nimio, pues vienen de un personaje sin duda influyente. Alguien, por
cierto, que presume de ser más liberal que nadie, y a quien quizá
convendría reflexionar más antes de hablar y escribir.
(Juan
Fernando Sánchez)
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Sólo mía
España,
2001
| Director |
Javier
Balaguer |
| Guión |
Álvaro
García Mohedano |
| Intérpretes |
Sergi López Paz
Vega Elvira Mínguez Alberto Jiménez María José
Alfonso Beatriz Bergamín Asunción Balaguer Ginés
GarcÍa Millán |
|
Fotografía |
Jordi
Socías |
| Duración |
112
minutos | |
Sobre un hombre bueno y
violento
Aparte
de un brillante creativo publicitario, Joaquín es un tipo cordial y
adorable, con la suficiente chispa como para rendir a una bella moza, de
nombre Ángela, y prometerle un futuro radiante. Desea un matrimonio
estable y con hijos, datos éstos que a ella tampoco dejan, en principio,
de complacerla.
La boda
es idílica y lo son también sus primeros meses juntos. Pero un mal día, en
medio de ciertas asperezas entre ambos, el monstruo despierta: a Joaquín
se le va la mano y ella, embarazada de cinco meses, la recibe en forma de
bofetada. Así empieza su personal via crucis.
Según
datos hechos públicos recientemente, 57 mujeres han perdido la vida por
malos tratos domésticos en los diez primeros meses de 2001, lo que supone
un 15% de incremento respecto al año anterior. Y de acuerdo con diversas
asociaciones de ayuda a la mujer, una de las principales carencias a la
hora de abordar este problema es la escasez de políticas reales de
prevención, así como de recuperación de las mujeres que ya han sufrido
malos tratos pero (¿todavía?) sin resultados fatales.
Ahora
bien, más allá de las necesarias medidas sociales y políticas, el asunto
merece una reflexión de hondo calado sobre la naturaleza humana. Y a ella
invita Solo mía, el primer largometraje de Javier Balaguer
(director) y Álvaro García Mohedano (guionista). Su planteamiento es hábil
porque juega con la paradoja de un sujeto aparentemente encantador que, de
súbito, se torna un salvaje. No es el típico depravado que causa náuseas
por donde va, y he ahí la sorpresa.
Numerosas veces, tras el acontecer de graves sucesos criminales,
hemos escuchado en los medios de comunicación comentarios de este tipo:
«¡Pero si era un tío muy majo!», o «"Fulano" siempre ha sido un vecino de
lo más normal, que no se metía con nadie y acariciaba al perro de los del
quinto...» Las almas cándidas que así muestran su perplejidad ignoran en
qué medida resultan acertados sus comentarios, aunque sea en un sentido
diferente al que ellas pretenden transmitir. Pues los tipos más normales,
y aun los más "majetes", son humanos a pesar de todo, dicho sea sin
la connotación positiva que habitualmente se confiere al
término.
Como
decíamos al principio de otro texto publicado en La Excepción (ver
Una fecha y
sus secuelas), lo normal entre los miembros de nuestra
especie no es la avenencia y la paz, sino la discordia y la violencia.
Ciertamente, no siempre dichos rasgos propios de nuestra más mediocre
normalidad exhiben su faz más espectacular y siniestra. Las más de las
veces actúan de manera más o menos soterrada, pero sólo alguien demasiado
despistado puede ignorar su presencia, y aun su omnipresencia, entre
nosotros.
Cruel
condición, la humana. Por un lado, nos necesitamos mutuamente en grado
superior al de la mayoría de otros seres. Por otro, muy pronto, ya en las
edades más tiernas, experimentamos los tremendos riesgos asociados a ese
contacto. En una analogía de lo más afortunada, Schopenhauer comparaba a
nuestra especie con «un grupo de puerco espines» que se acercan y
apretujan a fin de protegerse, dándose calor para no quedar helados. Pero
no tardan mucho en sentir «las recíprocas púas», lo que les impulsa a
volver a distanciarse...
El
matrimonio, o la vida marital, es quizá el grado máximo de proximidad
entre dos almas humanas conscientes. Atraídas por el amor (o, más
comúnmente, por cualquiera de sus sucedáneos), se juntan asimismo sus
cuerpos y emprenden una convivencia que esperan bienaventurada.
Naturalmente, suelen ignorar que, puerco espines como son (usualmente
macho y hembra), aquélla más bien está llamada a resultar explosiva.
El
detonante puede arrancar de cualquier diferencia o conflicto de intereses.
Ya desde el primer día juntos se desata la lucha por el poder. Por lo
general, cada puerco espín preserva su propia parcela, mayor o menor que
la de su pareja. Si, pese a la lucha, se llega a un cierto equilibrio
(generalmente, injusto pero más o menos llevadero), la asociación se
prolonga en el tiempo. La inercia juega a favor de dicha estabilidad. Pero
si una de las dos partes se empeña en prevalecer, anulando a la otra más
allá de lo que ésta puede tolerar, sobreviene la crisis brutal.
Sólo
mía ejemplifica este último caso, concretamente en su variante más
violenta (aunque las imágenes, siendo duras, no alcanzan una crudeza
desmedida). El puerco espín macho es además machista, es decir, un egoísta
que manifiesta su egocentrismo recurriendo a viejos anclajes patriarcales
y a su fuerza física superior. La puerco espín hembra, que llegado el
momento no podrá reprimir su deseo de venganza, es con todo la
víctima.
La
película entrecruza, desde un principio, escenas correspondientes a
momentos distintos de la historia, en un juego de flash-backs de
notable interés y fáciles de seguir. El uso de fondos cromáticos
diferentes según cuál sea la fase de la historia que se narra, y que nos
recuerda a la excelente Traffic, constituye un acierto formal y
narrativo, en un largometraje que, por lo demás, adolece de fallos de
ritmo, intensidad escasa y –a pesar de lo dicho– carencia de suficientes
contrastes en sus secuencias. Pero todo ello queda sobradamente compensado
por unos diálogos ágiles, saltos rápidos entre escenas (quizá, a veces,
demasiado rápidos, aunque nunca resulten bruscos) y, sobre todo, el
atractivo temático y argumental de la historia. Por supuesto, a la buena
factura global también contribuye la convincente interpretación de la
mayoría de los actores; destaquemos a Paz Vega, en el papel de Ángela,
quizá un prodigio de naturalidad y eficacia fílmica. El final de la
película, que no contaré aquí, me parece otro de sus aciertos reseñables,
por más que algunos críticos parezcan empeñados en interpretarlo
erróneamente.
En
cuanto al guión, habida cuenta de su evidente intencionalidad, tal vez lo
único reprochable que en él me cabe encontrar sea la ausencia de algún
momento más reposado, más dado a la meditación sobre los penosos sucesos
descritos. No creo que su inclusión hubiera hecho el menor daño al
tempo de la historia, ni que el espectador se hubiera "despegado"
de la película (pues la cinta engancha) por causa de aquélla.
Un
deseo, para concluir. Valga este digno trabajo cinematográfico como
parábola sobre la realidad del ser humano, su violencia y su necesidad de
encontrar unos valores (por cierto, al alcance de quien quiera buscarlos)
que trasciendan esa realidad. Tales valores seguramente constituyen la
única garantía de que el éxito en la convivencia pueda superar el derivado
de la simple inercia.
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (noviembre
de 2001) ©
LaExcepción.com
----------------------------------------------------------------------------------- [Sección
Actualidad] Más allá de lo
evidente -----------------------------------------------------------------------------------
Una burla a toda la humanidad En
países como Arabia Saudita la población está sometida a regímenes en los
que no se respetan los derechos humanos básicos. ¿Por qué apenas se
denuncian estas violaciones?
Buenas Noticias El bien también existe
El juez redentor de menores
Burkina Faso: Un misionero muere perdonando a su
asesino
----------------------------------------------------------------------------------- [Sección Reseñas] Análisis
críticos de la cultura de masas -----------------------------------------------------------------------------------
La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y
extranjeros: Giovanni
Sartori
Sartori trata con rigor, pero
no siempre con acierto, el polémico asunto de la inmigración y sus
secuelas, cuya solución no se encontrará fácilmente entre las
recetas al uso.
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