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Asunto:[laexcepcion] Boletín LaExcepción nº 1
Fecha:Domingo, 7 de Octubre, 2001  15:21:06 (+0200)
Autor:LaExcepción.com <boletin @...........com>






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LaExcepción.com
Una respuesta al totalitarismo emergente
Boletín electrónico nº 1, octubre de 2001
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Carta de presentación

Estimados suscriptores:

En este primer número del boletín de La Excepción ofrecemos una selección de textos completos, así como breves referencias al resto de los textos publicados en www.laexcepcion.com desde el verano. Esperamos que sean del interés de los lectores, a quienes animamos a expresar su opinión en nuestra dirección laexcepcion@laexcepcion.com.

Un cordial saludo,


LaExcepción.com

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Índice del boletín

Una fecha y sus secuelas (Sobre la crisis internacional presente)

Nuevo Orden Mundial, democracia y libertades

Los talibán. El Islam, el petróleo y el nuevo "Gran Juego" en Asia Central (Ahmed Rashid)

Gescartera: corrupción y clericalismo

Antiglobalistas por la globalización

[Sección Actualidad]

[Sección Asuntos Contemporáneos]

[Sección Nuestras Claves]

[Sección Reseñas]

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[Frases del mes]

Frase Sensata
«Con las Torres Gemelas se ha desmoronado la confianza del hombre en el hombre, y su seguridad en la sociedad moderna [...]. Corremos el riesgo de un gobierno mundial que impida la libertad del hombre [...] con libertad de conciencia» (Pedro Tarquis, ICPress, 9.01).

Frase Insensata
«Esta crisis –acepto apuestas– va a acabar mejorando al mundo» (A. Garrigues Walker, El País, 30.9.01).

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Una fecha y sus secuelas
(sobre la crisis internacional presente)

© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (27 de septiembre de 2001)

"11 de septiembre de 2001": Su sola mención lo dice todo. Hacía mucho tiempo que una fecha (completa: con día, mes y año) no decía tanto a escala planetaria. En realidad, no es aventurado afirmar que jamás en la historia humana una fecha había dejado un eco tal, una huella semejante, en la percepción global del género humano. Ha habido, sin duda, hechos más importantes en el pasado, tanto remoto como cercano, y lo mismo en el ámbito político que en el militar y en el religioso. Los ha habido, incluso, infinitamente más decisivos para el devenir del ser humano, como individuo y como especie. Pero ninguno como éste que nos ocupa había sido tan claramente percibido como fecha desde cualquier rincón del globo terráqueo.

1. El acontecimiento: una monstruosidad sorprendente

En principio, que acaezca una monstruosidad no habría de sorprender a nadie, aunque nunca debiera dejar de escandalizarnos. La historia humana está hecha básicamente de ellas: es inútil buscar otro rasgo más definitorio de nuestra trayectoria como especie que el dolor, la injusticia, la vejación y el oprobio. Hipócritamente, siempre nos costó aceptarlo, y, de uno u otro modo según las épocas y los contextos geoculturales, nuestra tendencia siempre fue, siempre es, la de atribuir la maldad a los otros. De manera más o menos abierta, el mensaje comúnmente acariciado proclama que "los malos siempre son ellos", es decir, los "salvajes", los "bárbaros", los "paganos", los "herejes", los "infieles", los "fascistas", los "comunistas", los "yankis", los "fanáticos", los "terroristas", los "neoliberales", los "fundamentalistas"... Aplicamos así un maniqueísmo de conveniencia, en el que los buenos, claro está, somos nosotros.

Fácil nos sería, sin embargo, darnos cuenta de que la maldad se encuentra, de forma permanente, mucho más cerca de nosotros, y en contextos no necesariamente políticos o macrosociales. Una atenta mirada a nuestras relaciones cotidianas nos recordaría un dato que nuestra conciencia psíquica, íntimamente, no ignora: que dichas relaciones se hallan presididas, de manera creciente a medida que nos vamos cargando de años, por el recelo y la desconfianza, el temor y el anhelo de protección frente a los demás. Y si, dando un nuevo paso, aún más incómodo pero no menos sencillo, nos parásemos a mirar en nuestros propios corazones, acaso hallásemos en ellos actitudes e inclinaciones morales que difícilmente nos permitirían sentirnos parte de una raza ajena a los otros. Tal vez el monstruo anida dentro y no fuera de mí, por más que las convenciones sociales de la "civilización" me induzcan al consuelo del (auto)engaño.

No ha de extrañar, pues, que en el seno de lo humano acontezca lo monstruoso. Con todo, hay monstruosidades y monstruosidades, y la del 11.9.01 fue en verdad sorprendente: en el espacio de poco más de una hora, sobre el fondo de una terrorífica tragedia, se desvanecía el mito de la invulnerabilidad frente al exterior del mayor gigante planetario; pero lo paradójico era que con ese mismo hecho, su fortaleza, lejos de menguar, se acercaba de golpe a la omnipotencia; y que sus genocidas agresores, presuntamente islamistas, se suicidaban en dos tiempos: primero, al estrellar los aviones contra edificios y miles de vidas humanas; segundo, y como consecuencia de ello, al inducir la respuesta que llevará (¿aún no se ha dado usted cuenta?) al final del "integrismo islámico". Todo ello, con un conjunto de secuelas previsibles que nos permiten afirmar: Ahora sí que tendremos globalización.

El 11.9.01 no supondrá el comienzo de la Tercera Guerra Mundial: lejos de ello, la destrucción y la sangre en Nueva York y Washington son la base firme y fechada del anhelado Nuevo Orden Mundial, caracterizado por la consagración definitiva de la hegemonía política, económica y militar de los Estados Unidos de Norteamérica sobre el conjunto de la tierra. Estas implicaciones inmediatas conllevan, a su vez, otras no menos evidentes, como se viene comprobando desde aquel día ya emblemático: una de ellas es la firme tendencia a justificar cualquier medio para lograr el fin considerado justo. Así, se viene hablando de "apoyo incondicional", "guerra sucia", "acabar con los países colaboradores", "atrapar vivo o muerto al principal sospechoso", "bloqueo de cuentas corrientes sin mandato judicial", "control de Internet" y un largo etcétera.

2. Los motivos: la humana capacidad de odiar...

Naturalmente, indagar en los motivos del atentado requiere el conocimiento de su autoría. Todas las investigaciones y detenciones ya efectuadas apuntan al mundo islamista. Y un nombre que es ya sinónimo de maleficio, el de Osama Bin Laden, se maneja de continuo como el artífice máximo o, cuando menos, como el coordinador principal y directo del macroatentado. Nombre, por cierto, que hasta la fecha presente no ha sido probado.

Antecedentes hay para dudar mínimamente de una atribución tan precipitada: Ahmed Rashid, en su excelente libro sobre los nazislámicos que todavía hoy ocupan el poder en Afganistán (ver "Los talibán"), recuerda que en el pasado el gobierno estadounidense imputó una serie de atentados a este siniestro multimillonario y antiguo aliado suyo, acerca de cuya responsabilidad real los propios expertos norteamericanos en materia de seguridad manifestaban serias dudas.

En cualquier caso, la ferocidad empleada así como el recurso al método camicace favorecen la hipótesis de una autoría islamista, dado que los referentes más inmediatos de salvajes ataques suicidas se encuentran en diversos actos terroristas de grupos extremistas islámicos, sobre todo en el ámbito del conflicto palestino-israelí.

La pregunta sobre el quid prodest, relativa al mayor beneficiario, podría conducir a otra hipótesis, no por repugnante del todo descabellada. Ya hemos explicado arriba quién está llamado a extraer el mayor provecho de esta horrible tragedia. Y no deja de llamar la atención el tremendo fallo de sus sistemas de seguridad, incluida la pasmosa lentitud a la hora de reaccionar. Cabe descartar dicha hipótesis en su versión más dura (la maquinación y ejecución del acto a cargo del país que ha sido agredido), pero tal vez no sea tan inadmisible en su variante más leve (el consentimiento), que también podría venir abonada por los precedentes históricos (hundimiento del Maine que causó la Guerra de Cuba, beneplácito a Sadam de la embajadora norteamericana para que invadiese Kuwait...). Diversas fuentes han informado acerca de las advertencias del Mosad, entre otras instancias, sobre un inminente atentado en territorio estadounidense.

Esta variante leve se ve asimismo favorecida, frente a la versión más dura de la hipótesis que comentamos, por el carácter suicida de la acción: difícilmente un mercenario se prestaría al acto camicace, que es más bien propio de fanáticos desesperados y/o esperanzados en una inmediata recompensa ultraterrena.

No pretendemos defender esta odiosa hipótesis, basada en el quid prodest, ni siquiera en su variante menos escandalosa: nos interesa, simplemente, subrayar la falta de pruebas definitivas sobre la autoría. Por lo demás, tampoco la autoría misma resulta una cuestión esencial en la práctica, al menos si se tienen en cuenta las declaraciones y comentarios de diversos responsables políticos y militares de los Estados Unidos, en la línea de aplicar las represalias con independencia de la mayor o menor certidumbre con que se conozca al autor. El propio presidente norteamericano ha colocado el rótulo de Wanted sobre el rostro de Bin Laden, añadiendo que lo quiere "vivo o muerto" a pesar de que lo considera, solamente, como el "sospechoso principal".

Pero, sea quien sea el autor o inductor del crimen masivo, lo que no ofrece dudas es que el odio acumulado ha sido, cuando menos, el pretexto, y muy probablemente también el motor de la tragedia. Un odio originado no tanto en el marco de un choque de civilizaciones –sin negar que ha habido elementos relacionados con ello– como en la rabia y la frustración motivadas por los sucesivos actos bélico-terroristas de los Estados Unidos. La única superpotencia mundial, tan admirable por muchos conceptos, ha venido actuando sistemáticamente movida por una vocación hegemónica que garantice sus intereses económicos y geoestratégicos. Esta actitud, en otro tiempo conocida como "imperialista" (término hoy significativamente desfasado), no ha dejado de manifestarse una vez concluida la guerra fría; antes bien, ha tendido a intensificarse, como lo prueban los sistemáticos bombardeos anglonorteamericanos sobre Irak (ver "La guerra del Golfo no ha terminado"), un país bloqueado desde la primera edición de la guerra del Golfo, en 1991. Por cierto, el último de dichos ataques se produjo, hasta donde nos consta, justo el día previo al famoso 11.9.01, con seis víctimas mortales en las que casi nadie ha reparado. Pero la mencionada actitud de prepotencia hegemonista se ha evidenciado también en la toma de partido por Israel en su sangriento contencioso con Palestina, y a pesar de las numerosas resoluciones condenatorias de las Naciones Unidas.

El simplismo bipolar

Aquí no pretendemos defender a bando alguno; nos interesa, nada más, constatar los hechos que puedan facilitar la comprensión de lo ocurrido y de lo que vendrá. El simplismo bipolar, esa lamentable tendencia propia de la estupidez (moral) humana consistente en establecer la adscripción de una persona a un bando por la simple razón de que vierte críticas sobre el bando opuesto, es uno de los vicios que La Excepción quisiera contribuir a erradicar. Tiene mucho que ver con el ya mencionado maniqueísmo de conveniencia, y no ocasiona sino un apasionamiento estéril y belicoso, fundado en el prejuicio y en la incapacidad de escuchar al discrepante. Encierra, por tanto, una inclinación totalitaria, y es un síntoma más de la maldad que caracteriza a la condición humana, siempre propenso a aflorar de la manera más salvaje y descarnada en momentos de conflicto como el que nos ocupa.

Ese simplismo bipolar es, además, una parte esencial de la propia naturaleza conflictiva de cualquier conflicto, al cual contribuye a agravar. Impide toda solución pacífica del mismo, llevando sus términos a una polarización cada vez más violenta y excluyente. Es convicción nuestra que alimenta la propia maldad del sistema, basado en la rivalidad y la competencia. Como efecto de éstas se llega a un punto en el que no hay ni tan siquiera un "diálogo de sordos": sólo hablan las armas y el miedo, sólo manda la fuerza. Al odio y la muerte se responde con más odio y más muerte. Es así como ambos bandos, en realidad, forman parte de un mismo sistema: el reino de la violencia (ver "El condenado y el sistema: dos caras de una misma moneda").

El derecho internacional, como se echa de ver en estos días, se reduce al derecho del más fuerte a golpear al más débil (los términos 'fuerte' y 'débil' no equivalen, recuérdese, a 'malo' y 'bueno', respectivamente; y tampoco a la inversa). Esto, en realidad, ya sucedía antes del 11.9.01 (en ausencia de un marco jurídico internacional bien regulado y dotado de las garantías suficientes), y la única diferencia es que ahora tiende a aceptarse de un modo cada vez más explícito, general e incondicional. Pero la preexistencia, de facto, de esa situación con anterioridad a la fecha de la tragedia en Norteamérica es uno de los factores que mejor ayudan a entender lo sucedido ese día, pues la injusticia sistemática tiende a abonar el odio.

Sería injusto no aludir, como fuente adicional de este odio, a un elemento más, de índole fanático-religiosa. La religión, como cuerpo de respuestas profundas a la desesperación humana, es fácilmente susceptible de una práctica simplista y visceral. En su vivencia de la religión, el individuo puede ser capaz de lo más sublime pero también de lo más abyecto. Una vez más, no cabe achacar siempre esta inclinación fanática tanto a la religión misma como a la propia condición humana. (No olvidemos que gran parte de las principales masacres del siglo XX han sido fruto de regímenes con base ideológica arreligiosa o antirreligiosa, si bien muchos de ellos –nazismo, estalinismo, maoísmo...– podrían pasar como pararreligiosos).

Así, dentro del Islam, y con independencia de que algunas de sus doctrinas puedan resultar simples, externas y formalistas, no son el islamismo (la defensa combativa y a menudo guerrera del Islam), ni el "integrismo musulmán" (la versión más dura y doctrinaria del islamismo), las únicas maneras, ni siquiera las históricamente mayoritarias, de vivencia religiosa. Tampoco es la yihad un sinónimo de guerra santa contra el no musulmán, como cree el frecuente prejuicio occidental basado en la ignorancia del Corán (prejuicio, por desgracia, a menudo refrendado por los islamistas más recalcitrantes), sino más bien la lucha por el fervor personal.

Es, en realidad, el componente humano, en última instancia individual (pero colectivamente fomentado en centros como las madrasas paquistaníes, las escuelas de los talibán), el factor decisivo del fanatismo, que ante todo consiste en una actitud mental (también quizá presente, por cierto, en ámbitos no estrictamente religiosos, como es por ejemplo el del neoliberalismo económico).

[Continúa en nuestra página web:

3. Consecuencias y repercusiones.]

[Continuará en próximo boletín:

4. Conclusión A: Frente a esta guerra y esta nueva realidad totalitaria.

5. Conclusión B: ¿Hay esperanza?]

© LaExcepción.com

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Nuevo Orden Mundial, democracia y libertades
© G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (2 de octubre de 2001)

Desde que en la primavera de 2001 La Excepción salió a navegar al espacio cibernético, nuestro lema ha sido "Una respuesta al totalitarismo emergente". Hasta el 11.9.01, numerosas tendencias de la política y sociedad mundiales venían avisando de la emergencia de una mentalidad totalitaria global. Y no obstante, hasta entonces, era difícil escuchar voces que explícitamente clamaran por la implantación de un sistema en el que no se respetaran las garantías jurídicas de las personas y de los pueblos. Desde ese día, en cambio, esas voces se han multiplicado y predican desde tribunas prestigiosas.

La democracia sólo puede subsistir cuando hay garantías de orden; la historia de la democracia moderna, en gran medida deudora de los Estados Unidos, es la historia de la tensión por mantener el orden interior de los sistemas democráticos a base de implantar el desorden en el exterior. Los países en los que se han alcanzado altas cotas de participación ciudadana han sido casi siempre países con una acción exterior en ocasiones brutal, bien mediante el colonialismo (hasta mediados del siglo XX) o el neocolonialismo (desde la descolonización), bien mediante el desarrollo de conflictos en la periferia (durante la guerra fría).

Aunque en ocasiones la izquierda radical pueda llegar a exagerar en la culpabilización de los países occidentales y, sobre todo, en la desculpabilización de los países pobres, es innegable que la teoría de la dependencia se puede aplicar de forma general a la geopolítica de los últimas décadas. Ni siquiera los más astutos neoliberales podrían negar que la internacionalización de los flujos productivos, comerciales, financieros y geopolíticos de occidente ha sido un factor de desestabilización de numerosas áreas de la periferia. Desde posturas derivadas del darwinismo social podrían alegar que si los países occidentales no hubieran ocupado esos espacios, otras potencias lo habrían hecho. Seguramente es cierto, pero, ¿exime esa afirmación de responsabilidad a quienes han dominado y dominan gran parte del mundo?

La democracia es un sistema muy frágil. Durante los pocos siglos de su limitadísima gestación e implantación, ha subsistido en un contexto internacional cada vez más destructivo (guerras coloniales, guerras mundiales, conflictos de la guerra fría, conflictos de la era global...) y bajo numerosos "estados de excepción" que podrían inducir a cuestionar su propia existencia real (limitación de las libertades civiles, militarización de la sociedad, guerras sucias, crímenes por razón de estado, corrupción, despolitización social...).

Por otro lado, la democracia se ha logrado como resultado de ciertos consensos sociales e ideológicos, que han superado incluso los cuestionamientos que desde dentro del propio sistema (tanto desde la derecha como desde la izquierda) la han asediado.

Además de todos los elogios que la democracia como sistema merece, es necesario comprender su fragilidad para poder utilizar el término correctamente. Si concebimos este sistema como algo dado, como algo natural a las sociedades (o por lo menos a las occidentales), algo que hemos logrado ya y que sólo enemigos externos nos pueden arrebatar, es fácil incurrir en los abusos a los que este término viene siendo sometido últimamente, y más desde el 11.9.01.

Los gobiernos occidentales, y muy especialmente el estadounidense, vienen utilizando de forma indiscriminada y acrítica la palabra 'democracia' como un término absoluto, identificando este sistema con los países occidentales. Por supuesto, si hay países en el mundo en los que se pueda hablar de grados de democracia alcanzadas a nivel institucional, éstos son los occidentales, por numerosas razones históricas que no viene al caso analizar (reconocerlo no implica ningún desprecio hacia otros países con dinámicas históricas distintas). Pero ningún país, y menos en el ámbito de las relaciones internacionales, puede considerarse con dosis suficientes de democracia como para estar vacunado contra el virus del totalitarismo. Ningún país, por ser democrático con sus ciudadanos, lo será necesariamente con los ciudadanos o súbditos de otros países. De hecho, suele darse lo contrario.

Además, cuanto más poderoso es el país a nivel internacional, más antidemocráticamente suele comportarse en la aplicación de su política exterior. De ahí que Estados Unidos, con una política exterior progresivamente más activa a lo largo de su historia, sea una buena muestra de este terrible principio. Paralelamente, en su desarrollo interno ha habido una lucha por alcanzar mayores cotas de participación ciudadana y democrática (proceso muy obstaculizado por el propio sistema, pero admirable en tantas dimensiones de la vida social de este gran país).

Este abuso del término 'democracia' es uno de los numerosos signos del Nuevo Orden Mundial del que, especialmente desde la guerra del Golfo, se viene hablando. Bajo los auspicios de este programa de reorganización mundial, se abre el camino hacia un nuevo totalitarismo global, con consecuencias no sólo en el ámbito internacional, sino también en el de las libertades en los países democráticos. Buena muestra de ello son algunas de las afirmaciones que se han podido leer desde el 11.9.01, como la siguiente de José Antonio Zarzalejos, director de ABC: «La devastación de Manhattan [...] adelanta con inminencia un nuevo orden mundial en el que la defensa de los sistemas políticos basados en la democracia retomarán la fuerza, revisarán sus fundamentos dialécticos e identificarán -esta vez ya de verdad- a sus auténticos enemigos que son -lo han venido siendo- los nacionalismos, los fundamentalismos religiosos y supuestamente trascendentes y los fanatismos étnicos que han gozado de espacios de comprensión teórica y práctica de la mano amable y generosa del multiculturalismo, la dilución de la fortaleza de los Estados nacionales, el neorromanticismo racista e idiomático y la convivencia mansa con las dictaduras nucleares con estructuras terroristas incardinadas en respetables gobiernos que arrojaban contra el imperio americano la fortaleza de su presunta debilidad» (ABC, 12.9.01). Un auténtico programa de persecución política y social entre cuyos objetivos humanos, junto con los grupos agresivos, se podrían confundir todo tipo de personas y organizaciones sospechosas de compartir algún rasgo con ellos.

Federico Jiménez Losantos completa el panorama incluyendo a «los terroristas antiglobalización», «los apocalípticos de pacotilla», «los enemigos de Occidente» (El Mundo, 12.9.01), «todo ese periodismo-basura de la progresía occidental», «la marabunta antiglobalización, con el grupo "Attac" de los Ramonet y compañía como vanguardia intelectual de la lucha contra las libertades de Occidente, y con las hordas de Génova como semillero de complicidades terroristas» (Libertad Digital, 15.9.01).

Comienza un proceso de difamación de colectivos críticos, tengan que ver o no con el terrorismo internacional, he incluso se les equipara con los terroristas en la medida en que «se diferencian en los medios, pero coinciden en los fines», (Enrique de Diego, Libertad Digital, 18.9.01), en alusión al espíritu antinorteamericano que inspira a algunos de estos grupos. Empiezan a proliferar las afirmaciones de carácter totalitario por su tono y contenido, y en las que, paradójicamente, se pretende rechazar el totalitarismo: «El terrorismo integrista sí es la globalización. El terrorismo es el mal absoluto. El integrismo es el enemigo absoluto de la libertad, lo demás es comentario» (Enrique de Diego, Libertad Digital, 12.9.01).

Siguiendo un esquema de pensamiento burdamente maniqueo, numerosos políticos (empezando por Bush) y líderes de opinión exigen a los ciudadanos que demuestren de qué lado están. La dinámica que mueve las guerras fuerza a los que se encuentran en medio de ellas a que se decanten por un bando; no se admite que no se pueda estar ni con unos ni con otros. Algunos pretenden aplicar esa dinámica a nivel global, por primera vez en la historia. El propio "escenario" de la guerra, tan difuso, podría inducir a generalizar este esquematismo bélico a toda la sociedad.

Este Nuevo Orden Mundial traerá unidad de acción internacional (militar, penal, política, ideológica, neorreligiosa), no según el sueño utópico de la solidaridad, sino según los tradicionales programas prágmáticos de seguridad garantizada por el uso de la fuerza.

© LaExcepción.com

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Los talibán. El Islam, el petróleo y el nuevo "Gran Juego" en Asia Central (Ahmed Rashid)
Barcelona: Ediciones Península, 2001. 375 páginas.

Sobre un régimen con los días contados

Cuando, hace algo más de un año, el inteligente y sobrio periodista paquistaní Ahmed Rashid daba los últimos toques a esta obra maestra de historia contemporánea, seguramente no imaginaba cuál iba a ser el desenlace de un régimen que, en justicia, cabría calificar como "nazislámico".

Hoy, en cambio, escasos días después del emblemático 11.9.01, sí es posible –es fácil, incluso– vislumbrar el destino de esos extraños fanáticos y de su pobre y quebrantado país: han osado enfrentarse al imperio –el mismo que otrora los aupó– y el precio será su destrucción.

Por eso, para el observador preocupado por comprender los desastres de este tiempo abyecto, resulta ahora aún más necesario conocer los orígenes de los ya famosos "estudiantes del Islam" (eso significa 'talibán'). Y nada mejor como introducción que el magnífico libro de Rashid, fruto de la más rigurosa documentación y, sobre todo, de su experiencia personal en Afganistán (incluidas numerosas entrevistas con los nazislámicos) y en toda la región del Asia Central.

Quizá el símbolo más notorio de este régimen impío lo constituya ese velo tristemente célebre, la burkha, una auténtica cárcel ambulante para las mujeres afganas, que las cubre de arriba abajo y apenas les permite ver al caminar. Pero no es más que una entre tantas atroces costumbres impuestas por esos "guerreros santones" (como les llama el autor) a partir de una interpretación de El Corán tan abusiva como desalmada.

Las amputaciones de miembros a los ladrones, los fusilamientos públicos en recintos deportivos, los encarcelamientos y detenciones por cualquier causa («La Policía Religiosa tiene permiso para efectuar controles en cualquier momento y nadie podrá impedírselo», reza un decreto talibán de noviembre de 1996), la prohibición –bajo pena de prisión– del maquillaje en las mujeres, del afeitado y el pelo largo («al estilo británico y norteamericano») en los hombres, del transporte durante las horas reglamentarias de oración, de la música en las bodas (pero también en las tiendas, en los hoteles, incluso en los vehículos...), del juego con palomas y del vuelo de cometas... No me es posible ser exhaustivo. Bastarán estos ejemplos para caracterizar a un régimen afanado en un medievalismo islámico que, seguramente, habría aterrorizado al mismísimo Mahoma.

Rashid, de hecho, habla de un auténtico "desafío al Islam" por parte de los talibán: por ejemplo, cuando exterminan a otros mahometanos por criterios sectarios o etnicistas, aunque la excusa sea eliminar a musulmanes corruptos y malignos (los talibán son mayoritariamente de la etnia pashtún durrani, sólo una entre las varias que pueblan Afganistán); o cuando reducen a las mujeres a una condición de inmovilidad, algo que repugna incluso a otros grupos islamistas radicales (como los muyahidín que combatieron contra la Unión Soviética); o, en fin, cuando cultivan heroína –cuyo consumo se prohíbe a los afganos– con el hipócrita argumento de que la destinan a los occidentales "no creyentes" en el Islam.

Pues se da la circunstancia de que estos puristas extremos no están libres de corrupción. No sólo han hecho de la droga su principal fuente de recursos (Afganistán es hoy el primer exportador mundial de heroína), sino que, a lo largo de la guerra prolongada y sangrienta que les ha llevado a controlar el 95% del país, hicieron uso continuo del soborno y no albergaron escrúpulos a la hora de aliarse con la mafia del transporte. Ciertamente, los líderes talibán no parecen haberse lucrado personalmente, pero eso no purifica los medios por ellos utilizados para hacerse con todo el poder en el país.

Ahora bien, el libro de Rashid no se limita a describir las fechorías de los talibán. Efectúa asimismo un recuento de los apoyos que tuvieron para llegar a controlar su país.

En primer lugar, Pakistán, una república islámica aliada de Occidente, que ha sostenido a los nazislámicos desde mucho antes de conquistar Kabul. Las madrasas (escuelas coránicas) paquistaníes fueron el semillero de miles y miles de guerreros talibán.

En segundo lugar, Arabia Saudí, otra república islámica aliada de Occidente, y un régimen no mucho menos duro, por cierto, que el que nos ocupa (ver "Los otros talibán"). La monarquía saudí ha sido la gran fuente financiera de los nazislámicos afganos.

En tercer lugar, los Estados Unidos de Norteamérica, una república no islámica que, a través de la CIA, impulsó la guerra islamista contra la Unión Soviética en los años 80. Y que nunca vio con malos ojos el auge talibán: tanto el gobierno estadounidense como las compañías petroleras occidentales (muchas de ellas, norteamericanas) sintieron que solamente los nazislámicos serían capaces de unificar el país y garantizar un mínimo de estabilidad. Estabilidad necesaria para permitir la construcción y el funcionamiento de los deseados oleoductos y gasoductos en Afganistán. Hagamos constar aquí que este país es un enclave geoestratégico de vital importancia para el transporte de gas y petróleo en la región.

Rashid alude también, de manera extensa, a la figura del rico asesino saudí Osama Bin Laden, hoy ya celebérrimo tras haber sido declarado enemigo número uno de los Estados Unidos. En esta hora en que, con la excusa de detenerlo, la única superpotencia planetaria va a lanzar una masiva y duradera operación bélico-terrorista, conviene recordar una declaración del multimillonario islamista en 1998: «Establecí mi primer campamento [en la frontera entre Pakistán y Afganistán], donde esos voluntarios [islamistas venidos del exterior] eran entrenados por oficiales paquistaníes y norteamericanos. Estados Unidos aportaba las armas y los saudíes el dinero.» Su desencuentro con Norteamérica se produjo a raíz de que el ejército estadounidense, con motivo de la Guerra del Golfo, mantuviera tropas «en el más sagrado de los lugares, la península arábiga», es decir, en Arabia Saudí.

© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (19 de septiembre de 2001)
© LaExcepción.com

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Gescartera: corrupción y clericalismo
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (3 de septiembre de 2001)

El caso Gescartera, como primer gran escándalo de corrupción durante los gobiernos del PP, viene a recordarnos dos viejos vicios de este país: uno, la corrupción, tradicionalmente impune; y otro, el clericalismo, usualmente triunfante.

El escándalo de Gescartera ha devuelto al primer plano de la actualidad la corrupción política y económica en España.

En síntesis, el negocio se basó en una simple operación de ingeniería financiera trufada de estafa: en un momento dado se comunicó a los inversores que sus fondos se iban a trasladar a una cuenta corriente de jugosa y rápida rentabilidad. En la práctica, fueron a parar a paraísos fiscales en el extranjero. ¿Cómo se pagaba a los inversores los intereses de tan lucrativa cuenta? Mediante los fondos de nuevos inversores seducidos por el atractivo de la misma, así como convencidos del chollo por el prestigio y las influencias del entorno de Gescartera (políticos, organizaciones tan "respetables" como la ONCE, etc.).

Durante los primeros meses se habló de 18.000 millones de pesetas robadas. Las últimas noticias, procedentes de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), hablan de 60.000 o incluso de 80.000 millones, sin descartar que puedan ser aún más.

Elementos que agravan el asunto

Pero el escándalo de Gescartera, como ya es público y notorio, no se limita a la monumental evasión de capital robado. Hay otros dos elementos que agravan los hechos, generando un desconcierto al que, según parece, no son muchos los que saben dar una explicación correcta.

En primer lugar, la ya mencionada participación de políticos y de altas instituciones financieras en este turbio asunto. Llama en especial la atención la implicación de Luis Ramallo, ex presidente de la CNMV, al parecer cuando todavía estaba al frente de esta institución. Se recordará que Ramallo, como diputado del PP, fue uno de los látigos de la corrupción de los gobiernos del PSOE en los años 90.

Por otra parte, y cuando en las filas del PSOE se frotaban las manos pensando que tenían escándalo para rato, saltó la noticia de que un prominente miembro de este partido también se hallaba implicado en el asunto. Se trata de Miguel Cruz, asesor fiscal de la Fundación ONCE en el momento en que ésta entraba –por cierto, en más que irregulares condiciones–en el seno de Gescartera.

Habrá quienes se echen las manos a la cabeza al constatar que, de nuevo, y esta vez también desde las filas del PP, hay políticos involucrados en asuntos de corrupción. Personalmente, me parece natural escandalizarse, pero no asombrarse. Aparte de la condición humana, a la que no escapan los políticos, recuérdese el hecho de que en este país la corrupción político-financiera ha quedado prácticamente impune. Fuera de algunos cabezas de turco que han pagado con la prisión (caso de Roldán), los máximos responsables de los peores escándalos (como Filesa) se han librado por completo de la acción de la justicia.

Pero la impunidad alimenta la reiteración en las actitudes corruptas; de algún modo, incluso las incentiva de manera directa, al menos cuando el tentado o implicado es lo que popularmente se llama "un pez gordo".

El segundo elemento al que aludíamos, y que también contribuye no poco a agravar el escándalo, tiene que ver con los inversores en Gescartera. Además de cuantiosas sumas de dinero negro cuyos (ex) dueños, como es natural, no se atreven a dar la cara, buena parte de los fondos pertenecía a entidades supuestamente no lucrativas: desde Huérfanos de la Guardia Civil hasta ONG y varias diócesis de la Iglesia Católica Romana (ICR).

Como es esperable en una sociedad presuntamente democrática, no han sido pocas las voces que se han elevado contra el proceder de semejantes inversores. En especial, y en gran parte debido a la autoexigencia de ejemplaridad moral que muchos le atribuyen, ha sido fuerte el clamor contra las inversiones en Gescartera por parte de la iglesia mayoritaria en nuestro país.

La acusación de "anticlericalismo" como cortina de humo

Esto ha desatado las iras de algún prelado. Según el boletín vaticano Zenit, en una noticia titulada "Gescartera: la iglesia española, víctima y además perseguida" (http://www.zenit.org/, 28.8.01), el obispo de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol «ha denunciado la actitud demencial y anticlerical de partidos políticos en relación con la Iglesia en el asunto Gescartera». La tan amarga como furibunda queja de José Gea, el obispo en cuestión, se basa en que la ICR, víctima de la estafa, lo estaría siendo también de una campaña de políticos y medios de comunicación. Según el señor Gea, éstos «dan la sensación de querer que desaparezca todo lo que pueda oler a Iglesia y a religión». Curiosamente, la noticia que citamos no entra en ningún momento en el fondo del asunto: la inversión en fondos de renta variable (es decir, la especulación financiera) por parte de una institución declaradamente filantrópica y no lucrativa, así como de algunas ONG que pertenecen a su órbita religiosa.

La queja del señor Gea merece, cuando menos, dos respuestas. La primera, que precisamente por su supuesto carácter no lucrativo la ICR y sus organizaciones afines disfrutan de enormes exenciones fiscales; y que por ese mismo carácter, así como por su atávico dominio sobre las conciencias de este país (que le ha permitido, entre otras cosas, ser poseedora de un enorme patrimonio histórico-artístico), es la principal receptora de subvenciones en todo el estado español. En otras palabras, todos los españoles, católicos romanos o no, financian a la ICR por una u otra vía.

Si ahora resulta que destina parte de sus ingresos (incluidos los teóricamente destinados a los necesitados, como cabe deducir por los fondos de Cáritas y Manos Unidas en Gescartera) a especular con ellos, resulta evidente que está contraviniendo el requisito de no lucrarse; cabría pues exigir que deje de tratársela como entidad no lucrativa. El caso es tan obvio que hasta un conspicuo periodista habitualmente cercano a la ICR, como es Luis María Ansón, ha declarado (La Razón, 22.8.01): «La Iglesia Católica española no puede dar la callada por respuesta. La Conferencia Episcopal debe aclarar o hacer que aclaren obispados y órdenes religiosas por qué invirtieron su dinero en Gescartera. Si se ha caído en la tentación de especular hay que decirlo.»

O como dice Antonio Sáenz de Miera (El País, 29.8.01): «Hay fronteras que no se pueden traspasar. Me temo, concretamente, que riesgo y filantropía no sean, en propiedad, conceptos compatibles.»

La segunda réplica al señor Gea concierne a su acusación de "anticlericalismo", que él, como otras instancias de la ICR, aparentemente maneja como cortina de humo para tapar el fondo del asunto.

En relación con ello, empecemos diciendo que el anticlericalismo español, entendido como ataques a la ICR de parte de otros sectores de la nación, no carece en España de razones bien fundadas; y no todas ellas históricas, por cierto. Ya más arriba me he referido a la injusticia que supone que todos los españoles, con independencia de sus creencias, financien a la ICR. Y podríamos aludir igualmente a otros privilegios de esta misma institución frente a otras iglesias y confesiones religiosas (protestantes, judíos, musulmanes...), a pesar de la igualdad religiosa proclamada por la Constitución y otros preceptos legales. Por ejemplo, en el acceso a los medios de comunicación públicos.

Pero además debe añadirse que no hay razones para pensar que sea el anticlericalismo lo que mueve, al menos como primer motivo, a acusar a la ICR en relación con el caso Gescartera. Antes bien, como ya queda dicho, es su condición presunta de entidad no lucrativa lo que provoca el justo clamor.

A mi modo de ver, más que fijarnos en el supuesto "anticlericalismo" de los críticos de la ICR en relación con Gescartera, haríamos bien en contemplar todo el caso y las circunstancias que lo rodean como un nuevo y palmario ejemplo del trato de favor que reclama para sí el clericalismo. Un concepto, por cierto, mucho más profundo de lo que habitualmente se cree. Pues alude a toda una mentalidad según la cual la superioridad en el plano espiritual (de los clérigos sobre los laicos) debe tener un lógico correlato en forma de superioridad también en el plano temporal (de la estructura de la ICR sobre el resto de la sociedad).

© LaExcepción.com

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Antiglobalistas por la globalización
© G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (6 de septiembre de 2001)

Las numerosas opiniones vertidas en el actual debate sobre la globalización han demostrado una realidad: la mayor parte de los llamados antiglobalistas son partidarios de algún tipo de globalización. Pero cabe preguntarse si hay, o puede haber, algún modelo de mundialización éticamente válido.

El movimiento antiglobalización comenzó a tomar forma social en el Foro Alternativo al encuentro del Banco Mundial y del FMI en septiembre/octubre de 1994 (Ignacio Ramonet retrotrae su inicio a enero del mismo año, con la revolución zapatista). Si se habla del "espíritu de Seattle" es porque por los acontecimientos de noviembre de 1999 en esta ciudad estadounidense fueron los que saltaron a los medios de comunicación de forma masiva, debido a que en ellos las protestas no se limitaron a las movilizaciones pacíficas propias de encuentros anteriores, sino que se vieron enturbiadas por la presencia de grupos violentos. Hubo un eslabón anterior, de menor repercusión mediática, que fue la cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Suiza (mayo de 1998), cuando más de 1.500 policías efectuaron un centenar de detenciones después de que grupos de jóvenes protagonizaran algunos actos violentos. Desde entonces se viene repitiendo este modelo mixto de protesta.

La multiplicidad de organizaciones que intervienen en este movimiento ha dado lugar a intentos de clasificación. Los medios de comunicación han destacado, como es común en ellos, la diferencia más llamativa (que quizá sea la más superficial): la que existe entre grupos pacíficos (incluso pacifistas) y grupos violentos. Ideológicamente se podría distinguir entre grupos de inspiración marxista, anarquista, cristiana, humanitarista e incluso de extrema derecha. Éstos a su vez podrían agruparse en dos grandes tendencias en función de sus objetivos: los auténticos antiglobalistas (a los que podemos calificar de "antisistema") y aquellos que proponen una transformación del actual modelo de globalización, sin renunciar al proceso de mundialización (a los que denominaremos reformistas de la globalización).

La presencia de los primeros en los medios académicos y de comunicación es mucho menor; presumiblemente también en las propias protestas, y parece ser que en gran medida se pueden identificar con los grupos violentos. Sin pretender simplificar sus planteamientos, quizá una buena síntesis de ellos se encuentre en la entrevista a miembros de la agrupación anarquista Black Block (en una de las principales páginas promotoras del movimiento, www.rebelion.org, 11.8.01): Tras admitir el uso de cierta violencia («sólo a través de la acción directa se puede romper el bloqueo de los media»), afirman: «El intento de la clase dominante de dividir el movimiento mediante la inserción del debate violento-no violento es viejo. Tenemos que luchar dentro del movimiento con todos los instrumentos de debate y discusión para que el movimiento antiglobalización se convierta en anticapitalista y que la resistencia local se convierta en resistencia internacionalista de corte anticapitalista.»

Claves del movimiento antiglobalización

Pero nos centraremos en el otro grupo, explícitamente no-violento, con representantes en instituciones de influencia social (mass media, universidades, ONG dominantes, organizaciones internacionales...) y que por tanto se ha expresado ampliamente en los medios de comunicación. Salvando las enormes distancias que puede haber entre los representantes de organizaciones tan heterogéneas, se pueden buscar una serie de asertos comunes:

1) La mundialización ha supuesto fundamentalmente una globalización de la pobreza y una acentuación del abismo entre ricos y pobres: «Hay un enorme fraude cuando se habla de globalización. Lo único que se globaliza de verdad es la pobreza», declaraba Federico Mayor Zaragoza, en El País, 25.10.99).

2) «Ninguno de los gobiernos que gobiernan la globalización parece tomarse en serio la lucha contra la pobreza» (Luis de Sebastián, catedrático de Economía ESADE de la Universitat Ramon Llull, en El País, 1.10.2000).

3) Las organizaciones multilaterales, por lo menos tal y como han funcionado hasta el momento, son insuficientes para la gestión de la globalización. Ramonet denuncia su tendenciosidad, y califica a la OMC, la OCDE, el FMI, etcétera, como «el gobierno oculto del planeta» (El País, 12.2.01). También suelen defender una mayor capacidad de gestión de las Naciones Unidas, previamente reformadas.

4) El movimiento pretende trascender una globalización económica descontrolada, y conseguir "otra globalización": la de los derechos humanos, la de la representación popular (no olvidemos que el lema de la convocatoria de Seattle no era explícitamente contrario a la globalización, sino "No a la globalización sin representación").

La opinión más representativa de esta tendencia podría ser la de Ignasi Carreras (director general de Intermón Oxfam), en El País (26.7.01): «Aspiramos a otro tipo de globalización que sea equitativa y sitúe en su centro al ser humano y el pleno cumplimiento de sus derechos fundamentales, que no se base en la concentración de poder, que esté abierta a modelos sociales y culturales diferentes al occidental, que incluya a los empobrecidos y que promueva la justicia y la dignidad. [...] Creemos que el mercado puede ser un buen instrumento para el desarrollo social, si se dan una serie de condiciones: que toda persona tenga la oportunidad de participar en la generación de riqueza y que ésta sea distribuida equitativamente.»

Carreras acentúa la necesidad de una dimensión ética: «Es igualmente necesario que el proceso sea liderado por una clase política honesta y orientada hacia los intereses de la población.» Y propone cambios posibles: «Cambiar la globalización y hacerla marchar en beneficio de todos precisa que los foros internacionales verdaderamente decisivos» elaboren otras agendas políticas, las de «la "otra" globalización para todos».

Importantes representantes ideológicos del movimiento antiglobalista demuestran entusiasmo por el curso que puede seguir el proceso. Según Viviane Forrester, «la globalización, respecto a las nuevas tecnologías y la posibilidad de la simultaneidad, puede ser algo estupendo para todos y, además, es irreversible. El problema está en cómo gestionar eso.» Se manifiesta a favor de la globalización «porque es un hecho histórico que seguro que se puede gestionar de muchas formas» (El País, 29.01.01).

Estas declaraciones muestran dos principios interpretativos frecuentes entre los críticos de izquierda: la idea de irreversibilidad del proceso y la esperanza en su resolución positiva a favor de la humanidad («un resto de fe progresista», como lo interpreta Rafael Sánchez Ferlosio en ABC, 1.7.01).

Irreversibilidad de la globalización

Gabriel Albiac (en su charla con internautas en www.elmundo.es, 25.7.01) considera que «no se puede estar en contra de la "globalización" como no se puede estar en contra de la ley de la gravedad. De lo que se trata es de fijar las condiciones de intervención ciudadana en ese nuevo mundo que ya se ha producido.» Aunque desde presupuestos ideológicos enfrentados, es una argumentación similar a la de Vargas Llosa en su artículo «¡Abajo la ley de gravedad!» (El País, 3.2.01), en el que caracteriza la globalización como «un sistema tan irreversible en nuestra época como el sistema métrico decimal».

Pocas voces, de hecho, instan a una vuelta atrás, principalmente por dos razones: en primer lugar, resulta bastante evidente que es imposible, en la práctica, que las vías de conexión e interdependencia que se han abierto en el mundo puedan cerrarse. Un análisis del proceso de mundialización que viene teniendo lugar desde, por lo menos, el siglo XV, muestra la imposibilidad de frenarlo de forma general. En segundo lugar, los activistas no quieren ser tachados de anacrónicos o reaccionarios (como frecuentemente se hace con las ramas más radicales del movimiento ecologista).

Entre los propios anarquistas tampoco faltan propuestas "globalistas", insertas en la propia tradición internacionalista: «Para evitar lo peor (que puede llegar a corto, mediano o largo plazo), todos los hombres de todos los países, de todas las razas, de todas la religiones, de todas las ideologías, no tienen más que una salida: una política global de interés general, sin nacionalismos, con federalismo, sin capitalismo, con socialismo libertario» (Abraham Guillén, "La sociedad autogestionada", La libertaria, nº 5, septiembre de 2000). Ellos mismos se autodenominan Movimiento de Resistencia Global (www.sindominio.net/).

Otro mundo es posible

La idea de que el proceso es irreversible podría conducir a una sensación de desesperación. Pero, siendo numerosos los análisis de la realidad actual pesimistas, son pocas las voces que anuncian previsiones desesperanzadoras. Paradójicamente, aunque apenas se pueden observar tendencias ilusionantes, la confianza en el futuro es general.

Ramonet (El País, 12.2.01) asegura: «Se ha comenzado a entrever que otro mundo es posible. Un mundo en el que se suprimiría la deuda externa; en el que los países pobres del Sur jugarían un papel más importante; en el que se pondría fin a los ajustes estructurales; en el que se aplicaría la tasa Tobin en los mercados de divisas; en el que se suprimirían los paraísos fiscales; en el que se aumentaría la ayuda al desarrollo y en el que éste no adoptaría el modelo del Norte ecológicamente insostenible; en el que se invertiría masivamente en escuelas, alojamiento y sanidad; en el que se favorecería el acceso al agua potable de la que carecen 1.400 millones de personas; en el que se obraría seriamente por la emancipación de la mujer; en el que se aplicaría el principio de precaución contra todas las manipulaciones genéticas y en el que se frenaría la actual privatización de la vida.» Desgraciadamente, no es capaz de nombrar ni un solo ejemplo de aplicación global de ninguna de estas ilusiones, ni indica qué tendencias actuales nos podrían animar a esperarlas. Algunos mencionan los procesos a Pinochet y a Milosevic como presagios de una justicia global.

Otros autores apuestan por el viejo sueño ilustrado de redención a través de la cultura. Jeremy Rifkin (El País, 4.7.01) cree que «es posible que haya llegado la hora de contemplar la posibilidad de establecer una Organización Mundial de la Cultura que represente los intereses de las distintas culturas del mundo y otorgarle el mismo rango que a la Organización Mundial de Comercio en los asuntos internacionales.» También confía en que ese día la humanidad vivirá mejor.

Bernard-Henri Levy (El Mundo, 13.8.01), el ya viejo "nuevo filósofo", siempre rebelde', cifra sus esperanzas en la redistribución económica según un modelo centralista: «Soy un mundialista convicto y confeso. Fui internacionalista antaño y soy, por las mismas razones, mundialista hoy. Y estoy profundamente convencido de que la tasa Tobin, es decir, esta idea, surgida por vez primera en la Historia, de instaurar un verdadero impuesto mundial, representaría, desde el punto de vista de la mundialización, un avance considerable.»

Nuevo Orden Mundial

Pero quizá las propuestas más esperanzadas sean las de tipo político. No sólo se cree que otro mundo es posible, sino que ese mundo llegará mediante la gestión adecuada de las condiciones presentes, y mediante una organización política representativa y justa. Los reformistas de la globalización (a los que ya no podemos seguir denominando "antiglobalistas") piden a los gobernantes del mundo la implantación de una auténtica democracia planetaria.

En una entrevista en El Mundo (22.7.01), Ramonet considera que «es demasiado pronto como para que alguien hable en nombre de este movimiento, que es polifacético.» Ante la pregunta de si llegará el día en que representantes del movimiento se presenten a unas elecciones, contesta: «Es demasiado pronto. Además, ¿dónde se presentaría uno? A escala planetaria no hay elecciones. Nosotros proponemos que se celebren referendos mundiales en torno a algunos temas, como la deuda o la Tasa Tobin. Y entonces se les puede decir a los amos del planeta, al G-8: "Miren ustedes, esto es lo que piensa el mundo".»

Distintos autores manifestan esta misma confianza. Albiac (loc. cit.), poco dado a previsiones optimistas, expresa cierta ilusión: «El movimiento es, en efecto, caótico. Confío en que él mismo sepa regularse y excluir provocadores e indeseables. La alternativa debería pasar a través de una concepción de la autopotenciación ciudadana que no pase ya a través de las mediaciones del Estado-nación. [...] No pienso que se pueda luchar "contra" la globalización, sino "desde" las nuevas condiciones que la globalización pone. Y que son estupendas. El fin del Estado-nación no puede sino regocijarme.»

En www.movimientos.org (14.8.01) se puede leer la «Convocatoria del Primer Encuentro Internacional de Movimientos Sociales», en la que se ataca la «Globalización Neoliberal» y se apuesta por una «Alianza Social Mundial». El lema es: «¡Globalizando la lucha / globalizamos la esperanza

Las religiones institucionales y sus movimientos de base (muchos de los cuales se encuentran apoyando el movimiento) expresan previsiones similares. «A priori la globalización no es ni buena ni mala. Será lo que la gente quiera que sea», afirmó Juan Pablo II en su discurso a la Academia Pontificia de Ciencias Sociales del 27 de abril de 2001 (citado en www.zenit.org, 16.6.00). Se habla de una «globalización fundada en valores humanos y religiosos», tal y como se propuso en el VII Encuentro de la Comisión de Enlace Islámico-Católica, en Roma: «Existe una valoración común entre católicos y musulmanes sobre los "beneficios" y los "peligros" de la globalización» (Zenit, 15.7.01).

El cardenal Tettamanzi (Zenit, 9.7.01) propone que la Iglesia Católica, de tradicional tendencia universalista, sirva de modelo para la globalización: «Jesucristo quiso que la Iglesia fuese universal y local a la vez. Descubriremos que tenemos en nosotros mismos, como miembros de la Iglesia, un modelo vivo y original para una globalización auténticamente humana y solidaria». Según la característica identificación católica entre iglesia y sociedad, el cardenal Sodano señala posibles vías para el proceso: «Los cristianos [en referencia a los católicos] no se asustan de la globalización. [...] El cristianismo mismo es una religión globalizante. En este mundo, definido ya como aldea global, la Iglesia tratará de introducir la levadura del Evangelio de Cristo. Desde dentro, la Iglesia tratará de elevar el tono espiritual de la humanidad, con los medios que le son propios» (Zenit, 19.7.01). No explica cuáles son esos medios.

Aun mostrando enormes discrepancias con la institución vaticana, los pensadores más izquierdistas del catolicismo coinciden en su visión mundialista, estableciendo así un puente con los sectores laicos de la sociedad. Leonardo Boff (citado en www.icp-e.org, 1.7.01) habla de globalización como «esperanza», la ética como «condición para el nuevo orden mundial», la democracia como «valor universal».

¿Hacia dónde nos dirigimos?

El movimiento antiglobalización, independientemente del futuro que le espere, ha venido marcando un hito en la movilización social de las últimas décadas. Es una expresión multiforme de innumerables (y hasta contradictorias) tendencias, pero late dentro de él un descontento hacia la radical injusticia sobre la que se asienta nuestro mundo. Sus activistas han sido criticados por ser ciudadanos de clase media de los países "ricos", supuestamente consumistas, que no tienen otra cosa en la que perder el tiempo que agrupándose para la reivindicación. Pero precisamente este afán combativo hace que (la mayoría) merezcan el elogio. Sólo algún mal pensado podría juzgar que sus intenciones son en general autocomplacientes, frívolas o retorcidas.

Hemos comprobado que la mayor parte de los componentes del movimiento apuestan en realidad por "otra globalización", alternativa a la actual en los procedimientos redistributivos, en los fundamentos éticos, en el reparto del poder. Frente a la parcelación económica del capitalismo transnacional, medidas de política económica impuestas a nivel mundial. Frente al individualismo, la solidaridad como motor de la sociedad, con la esperanza de llegar un día a alcanzarla de forma generalizada. Frente a la fragmentación política, la unidad de acción a través de sistemas representativos globales.

Cabría preguntarse sobre qué indicadores actuales se fundamentan estas esperanzas. Si por algo se puede criticar al movimiento es por su (bienintencionada) ingenuidad. Resulta difícil creer que sistemas como la democracia representativa, que en ámbitos más reducidos y fáciles de controlar (como los estados-nación, ahora en crisis) no ha conseguido desarrollar un alto grado de implicación social, podrán funcionar de manera justa y equitativa a nivel mundial. No olvidemos que, hasta el momento, todos los intentos de construir utopías globales o se han diluido en proyectos "realistas", o han sido derrotados, o, sobre todo, han degenerado en sistemas autoritarios. Cifrar las esperanzas de redención mundial en procesos cuya evolución positiva no somos capaces de vislumbrar puede resultar en sorprendentes giros totalitarios.

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[Sección Actualida
d, verano de 2001]
Más allá de lo evidente
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Los otros talibán
En países como Arabia Saudita la población está sometida a regímenes en los que no se respetan los derechos humanos básicos. ¿Por qué apenas se denuncian estas violaciones?

Sed de mal
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Tim McVeigh, el Oklahoma bomber ejecutado el pasado 11 de junio en los Estados Unidos, ha muerto para satisfacer la sed de venganza del sistema...

Buenas Noticias
El bien también existe

Trece mil jóvenes españoles se apuntan a unos cursos contra la nueva adicción al sexo

Una congresista demócrata de raza negra, única disidente

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[Sección Asuntos Contemporáneos]
La época presente y sus nuevas perspectivas
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Estados Unidos, vigía de la libertad
Los análisis que se realizan sobre la situación mundial actual normalmente ignoran que los auténticos y únicos fundamentos de las relaciones internacionales son la sospecha y la violencia como método de disuasión.

Pan y fútbol
Desprovistos de horizontes colectivos, de ilusiones realmente legítimas, jóvenes y mayores entregan hoy su atención a banales sucedáneos. El fútbol es, quizá, el más significativo de todos ellos. Son, sin embargo, pocas las personas que muestran una afición auténtica por el fútbol como deporte, y muchas las que se entusiasman por "victorias" localistas o nacionales.

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[Sección Nuestras claves]
La página tabú de LaExcepción.com
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Secarrales del mundo y del alma
Un paseo por el desierto existencial que acecha a toda alma sensible.

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[Sección Reseñas]
Análisis críticos de la cultura de masas
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El show de Truman
Una vida en directo. En el aire, sin saberlo.

Solas
No importa que la vida parezca miserable, solitaria e incluso ruin si, de repente, se cruza en el camino alguien lleno de paz y amor.

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