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LaExcepción.com
Una respuesta al totalitarismo
emergente
Boletín electrónico nº
1, octubre de 2001
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a quienes animamos a expresar su opinión en nuestra dirección
laexcepcion@laexcepcion.com.
Un cordial saludo,
LaExcepción.com
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Índice del boletín
Una
fecha y sus secuelas (Sobre la crisis internacional presente)
Nuevo Orden Mundial, democracia y libertades
Los talibán. El Islam, el petróleo y el nuevo "Gran Juego" en Asia Central (Ahmed Rashid)
Gescartera: corrupción y clericalismo
Antiglobalistas
por la globalización
[Sección
Actualidad]
[Sección Asuntos
Contemporáneos]
[Sección Nuestras
Claves]
[Sección
Reseñas]
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[Frases
del mes]
Frase Sensata
«Con las Torres
Gemelas se ha desmoronado la confianza del hombre en el hombre, y su seguridad
en la sociedad moderna [...]. Corremos el riesgo de un gobierno mundial
que impida la libertad del hombre [...] con libertad de conciencia»
(Pedro Tarquis, ICPress, 9.01).
Frase
Insensata
«Esta crisis acepto apuestas va a acabar mejorando al mundo» (A. Garrigues Walker,
El País, 30.9.01).
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Una
fecha y sus secuelas
(sobre la crisis internacional presente)
© J.F.S.P.
[juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(27 de septiembre de 2001)
"11
de septiembre de 2001": Su sola mención lo dice todo. Hacía
mucho tiempo que una fecha (completa: con día, mes y año)
no decía tanto a escala planetaria. En realidad, no es aventurado
afirmar que jamás en la historia humana una fecha había
dejado un eco tal, una huella semejante, en la percepción global
del género humano. Ha habido, sin duda, hechos más importantes
en el pasado, tanto remoto como cercano, y lo mismo en el ámbito
político que en el militar y en el religioso. Los ha habido, incluso,
infinitamente más decisivos para el devenir del ser humano, como
individuo y como especie. Pero ninguno como éste que nos ocupa
había sido tan claramente percibido como fecha desde cualquier
rincón del globo terráqueo.
1.
El acontecimiento: una monstruosidad sorprendente
En principio,
que acaezca una monstruosidad no habría de sorprender a nadie,
aunque nunca debiera dejar de escandalizarnos. La historia humana está
hecha básicamente de ellas: es inútil buscar otro rasgo
más definitorio de nuestra trayectoria como especie que el dolor,
la injusticia, la vejación y el oprobio. Hipócritamente,
siempre nos costó aceptarlo, y, de uno u otro modo según
las épocas y los contextos geoculturales, nuestra tendencia siempre
fue, siempre es, la de atribuir la maldad a los otros. De manera
más o menos abierta, el mensaje comúnmente acariciado proclama
que "los malos siempre son ellos", es decir, los "salvajes",
los "bárbaros", los "paganos", los "herejes",
los "infieles", los "fascistas", los "comunistas",
los "yankis", los "fanáticos", los "terroristas",
los "neoliberales", los "fundamentalistas"... Aplicamos
así un maniqueísmo de conveniencia, en el
que los buenos, claro está, somos nosotros.
Fácil
nos sería, sin embargo, darnos cuenta de que la maldad se encuentra,
de forma permanente, mucho más cerca de nosotros, y en contextos
no necesariamente políticos o macrosociales. Una atenta mirada
a nuestras relaciones cotidianas nos recordaría un dato que nuestra
conciencia psíquica, íntimamente, no ignora: que dichas
relaciones se hallan presididas, de manera creciente a medida que nos
vamos cargando de años, por el recelo y la desconfianza, el temor
y el anhelo de protección frente a los demás. Y si, dando
un nuevo paso, aún más incómodo pero no menos sencillo,
nos parásemos a mirar en nuestros propios corazones, acaso hallásemos
en ellos actitudes e inclinaciones morales que difícilmente nos
permitirían sentirnos parte de una raza ajena a los otros.
Tal vez el monstruo anida dentro y no fuera de mí, por más
que las convenciones sociales de la "civilización" me
induzcan al consuelo del (auto)engaño.
No ha
de extrañar, pues, que en el seno de lo humano acontezca lo monstruoso.
Con todo, hay monstruosidades y monstruosidades, y la del 11.9.01 fue
en verdad sorprendente: en el espacio de poco más de una hora,
sobre el fondo de una terrorífica tragedia, se desvanecía
el mito de la invulnerabilidad frente al exterior del mayor gigante planetario;
pero lo paradójico era que con ese mismo hecho, su fortaleza, lejos
de menguar, se acercaba de golpe a la omnipotencia; y que sus genocidas
agresores, presuntamente islamistas, se suicidaban en dos tiempos: primero,
al estrellar los aviones contra edificios y miles de vidas humanas; segundo,
y como consecuencia de ello, al inducir la respuesta que llevará
(¿aún no se ha dado usted cuenta?) al final del "integrismo
islámico". Todo ello, con un conjunto de secuelas previsibles
que nos permiten afirmar: Ahora sí que tendremos globalización.
El 11.9.01
no supondrá el comienzo de la Tercera Guerra Mundial: lejos de
ello, la destrucción y la sangre en Nueva York y Washington son
la base firme y fechada del anhelado Nuevo Orden Mundial, caracterizado
por la consagración definitiva de la hegemonía política,
económica y militar de los Estados Unidos de Norteamérica
sobre el conjunto de la tierra. Estas implicaciones inmediatas conllevan,
a su vez, otras no menos evidentes, como se viene comprobando desde aquel
día ya emblemático: una de ellas es la firme tendencia a
justificar cualquier medio para lograr el fin considerado justo.
Así, se viene hablando de "apoyo incondicional", "guerra sucia",
"acabar con los países colaboradores", "atrapar vivo o muerto al
principal sospechoso", "bloqueo de cuentas corrientes sin mandato
judicial", "control de Internet" y un largo etcétera.
2.
Los motivos: la humana capacidad de odiar...
Naturalmente,
indagar en los motivos del atentado requiere el conocimiento de su autoría.
Todas las investigaciones y detenciones ya efectuadas apuntan al mundo
islamista. Y un nombre que es ya sinónimo de maleficio, el de Osama
Bin Laden, se maneja de continuo como el artífice máximo
o, cuando menos, como el coordinador principal y directo del macroatentado.
Nombre, por cierto, que hasta la fecha presente no ha sido probado.
Antecedentes
hay para dudar mínimamente de una atribución tan precipitada:
Ahmed Rashid, en su excelente libro sobre los nazislámicos que
todavía hoy ocupan el poder en Afganistán (ver "Los
talibán"), recuerda que en el pasado el gobierno estadounidense
imputó una serie de atentados a este siniestro multimillonario
y antiguo aliado suyo, acerca de cuya responsabilidad real los propios
expertos norteamericanos en materia de seguridad manifestaban serias dudas.
En cualquier
caso, la ferocidad empleada así como el recurso al método
camicace favorecen la hipótesis de una autoría islamista,
dado que los referentes más inmediatos de salvajes ataques suicidas
se encuentran en diversos actos terroristas de grupos extremistas islámicos,
sobre todo en el ámbito del conflicto palestino-israelí.
La pregunta
sobre el quid prodest, relativa al mayor beneficiario, podría
conducir a otra hipótesis, no por repugnante del todo descabellada.
Ya hemos explicado arriba quién está llamado a extraer el
mayor provecho de esta horrible tragedia. Y no deja de llamar la atención
el tremendo fallo de sus sistemas de seguridad, incluida la pasmosa lentitud
a la hora de reaccionar. Cabe descartar dicha hipótesis en su versión
más dura (la maquinación y ejecución del acto a cargo
del país que ha sido agredido), pero tal vez no sea tan inadmisible
en su variante más leve (el consentimiento), que también
podría venir abonada por los precedentes históricos (hundimiento
del Maine que causó la Guerra de Cuba, beneplácito
a Sadam de la embajadora norteamericana para que invadiese Kuwait...).
Diversas fuentes han informado acerca de las advertencias del Mosad, entre
otras instancias, sobre un inminente atentado en territorio estadounidense.
Esta
variante leve se ve asimismo favorecida, frente a la versión más
dura de la hipótesis que comentamos, por el carácter suicida
de la acción: difícilmente un mercenario se prestaría
al acto camicace, que es más bien propio de fanáticos desesperados
y/o esperanzados en una inmediata recompensa ultraterrena.
No pretendemos
defender esta odiosa hipótesis, basada en el quid prodest,
ni siquiera en su variante menos escandalosa: nos interesa, simplemente,
subrayar la falta de pruebas definitivas sobre la autoría. Por
lo demás, tampoco la autoría misma resulta una cuestión
esencial en la práctica, al menos si se tienen en cuenta
las declaraciones y comentarios de diversos responsables políticos
y militares de los Estados Unidos, en la línea de aplicar las represalias
con independencia de la mayor o menor certidumbre con que se conozca al
autor. El propio presidente norteamericano ha colocado el rótulo
de Wanted sobre el rostro de Bin Laden, añadiendo que lo
quiere "vivo o muerto" a pesar de que lo considera, solamente,
como el "sospechoso principal".
Pero,
sea quien sea el autor o inductor del crimen masivo, lo que no ofrece
dudas es que el odio acumulado ha sido, cuando menos, el pretexto,
y muy probablemente también el motor de la tragedia. Un odio originado no tanto en el marco de un choque de civilizaciones sin negar que ha habido elementos relacionados con ello como en la rabia y la frustración motivadas por los sucesivos actos bélico-terroristas de los Estados Unidos. La única superpotencia mundial, tan admirable por muchos conceptos, ha venido actuando sistemáticamente movida por una vocación hegemónica que garantice sus intereses económicos y geoestratégicos. Esta actitud, en otro tiempo conocida como "imperialista" (término hoy significativamente desfasado), no ha dejado de manifestarse una vez concluida la guerra fría; antes bien, ha tendido a intensificarse, como lo prueban los sistemáticos bombardeos anglonorteamericanos sobre Irak
(ver
"La
guerra del Golfo no ha terminado"), un país bloqueado
desde la primera edición de la guerra del Golfo, en 1991. Por cierto,
el último de dichos ataques se produjo, hasta donde nos consta,
justo el día previo al famoso 11.9.01, con seis víctimas
mortales en las que casi nadie ha reparado. Pero la mencionada actitud
de prepotencia hegemonista se ha evidenciado también en la toma
de partido por Israel en su sangriento contencioso con Palestina, y a
pesar de las numerosas resoluciones condenatorias de las Naciones Unidas.
El
simplismo bipolar
Aquí
no pretendemos defender a bando alguno; nos interesa, nada más,
constatar los hechos que puedan facilitar la comprensión de lo
ocurrido y de lo que vendrá. El simplismo bipolar,
esa lamentable tendencia propia de la estupidez (moral) humana consistente
en establecer la adscripción de una persona a un bando por la simple
razón de que vierte críticas sobre el bando opuesto, es
uno de los vicios que La Excepción
quisiera contribuir
a erradicar. Tiene mucho que ver con el ya mencionado maniqueísmo
de conveniencia, y no ocasiona sino un apasionamiento estéril y
belicoso, fundado en el prejuicio y en la incapacidad de escuchar al discrepante.
Encierra, por tanto, una inclinación totalitaria, y es un síntoma
más de la maldad que caracteriza a la condición humana,
siempre propenso a aflorar de la manera más salvaje y descarnada
en momentos de conflicto como el que nos ocupa.
Ese simplismo
bipolar es, además, una parte esencial de la propia naturaleza
conflictiva de cualquier conflicto, al cual contribuye a agravar. Impide
toda solución pacífica del mismo, llevando sus términos
a una polarización cada vez más violenta y excluyente. Es
convicción nuestra que alimenta la propia maldad del sistema,
basado en la rivalidad y la competencia. Como efecto de éstas se
llega a un punto en el que no hay ni tan siquiera un "diálogo
de sordos": sólo hablan las armas y el miedo, sólo
manda la fuerza. Al odio y la muerte se responde con más odio y
más muerte. Es así como ambos bandos, en realidad, forman
parte de un mismo sistema: el reino de la violencia
(ver "El condenado
y el sistema: dos caras de una misma moneda").
El derecho
internacional, como se echa de ver en estos días, se reduce
al derecho del más fuerte a golpear al más débil
(los términos 'fuerte' y 'débil' no equivalen, recuérdese,
a 'malo' y 'bueno', respectivamente; y tampoco a la inversa). Esto, en
realidad, ya sucedía antes del 11.9.01 (en ausencia de un marco
jurídico internacional bien regulado y dotado de las garantías
suficientes), y la única diferencia es que ahora tiende a aceptarse
de un modo cada vez más explícito, general e incondicional.
Pero la preexistencia, de facto, de esa situación con anterioridad
a la fecha de la tragedia en Norteamérica es uno de los factores
que mejor ayudan a entender lo sucedido ese día, pues la injusticia
sistemática tiende a abonar el odio.
Sería
injusto no aludir, como fuente adicional de este odio, a un elemento más,
de índole fanático-religiosa. La religión, como cuerpo de respuestas profundas a la desesperación humana, es fácilmente susceptible de una práctica simplista y visceral. En su vivencia de la religión, el individuo puede ser capaz de lo más sublime pero también de lo más abyecto. Una vez más, no cabe achacar siempre esta inclinación fanática tanto a la religión misma como a la propia condición humana. (No olvidemos que gran parte de las principales masacres del siglo XX han sido fruto de regímenes con base ideológica arreligiosa o antirreligiosa, si bien muchos de ellos nazismo, estalinismo, maoísmo... podrían pasar como pararreligiosos).
Así,
dentro del Islam, y con independencia de que algunas de sus doctrinas
puedan resultar simples, externas y formalistas, no son el islamismo (la
defensa combativa y a menudo guerrera del Islam), ni el "integrismo musulmán"
(la versión más dura y doctrinaria del islamismo), las únicas
maneras, ni siquiera las históricamente mayoritarias, de vivencia
religiosa. Tampoco es la yihad un sinónimo de guerra santa
contra el no musulmán, como cree el frecuente prejuicio occidental
basado en la ignorancia del Corán (prejuicio, por desgracia, a
menudo refrendado por los islamistas más recalcitrantes), sino
más bien la lucha por el fervor personal.
Es, en
realidad, el componente humano, en última instancia individual
(pero colectivamente fomentado en centros como las madrasas paquistaníes,
las escuelas de los talibán), el factor decisivo del fanatismo,
que ante todo consiste en una actitud mental (también quizá
presente, por cierto, en ámbitos no estrictamente religiosos, como
es por ejemplo el del neoliberalismo económico).
[Continúa
en nuestra página web:
3.
Consecuencias y repercusiones.]
[Continuará
en próximo boletín:
4.
Conclusión A: Frente a esta guerra y esta nueva realidad totalitaria.
5. Conclusión B: ¿Hay esperanza?]
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Nuevo
Orden Mundial, democracia y libertades
©
G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
(2 de octubre de 2001)
Desde
que en la primavera de 2001 La Excepción salió a
navegar al espacio cibernético, nuestro lema ha sido "Una
respuesta al totalitarismo emergente". Hasta el 11.9.01, numerosas
tendencias de la política y sociedad mundiales venían avisando
de la emergencia de una mentalidad totalitaria global. Y no obstante,
hasta entonces, era difícil escuchar voces que explícitamente
clamaran por la implantación de un sistema en el que no se respetaran
las garantías jurídicas de las personas y de los pueblos.
Desde ese día, en cambio, esas voces se han multiplicado y predican
desde tribunas prestigiosas.
La democracia
sólo puede subsistir cuando hay garantías de orden; la historia
de la democracia moderna, en gran medida deudora de los Estados
Unidos, es la historia de la tensión por mantener el orden interior
de los sistemas democráticos a base de implantar el desorden
en el exterior. Los países en los que se han alcanzado altas
cotas de participación ciudadana han sido casi siempre países
con una acción exterior en ocasiones brutal, bien mediante el colonialismo
(hasta mediados del siglo XX) o el neocolonialismo (desde la descolonización),
bien mediante el desarrollo de conflictos en la periferia (durante la
guerra fría).
Aunque en ocasiones la izquierda radical pueda llegar a exagerar en la culpabilización de los países occidentales y, sobre todo, en la desculpabilización de los países pobres, es innegable que la teoría de la dependencia se puede aplicar de forma general a la geopolítica de los últimas décadas. Ni siquiera los más astutos neoliberales podrían negar que la internacionalización de los flujos productivos, comerciales, financieros y geopolíticos de occidente ha sido un factor de desestabilización de numerosas áreas de la periferia. Desde posturas derivadas del darwinismo social podrían alegar que si los países occidentales no hubieran ocupado esos espacios, otras potencias lo habrían hecho. Seguramente es cierto, pero, ¿exime esa afirmación de responsabilidad a quienes han dominado y dominan gran parte del mundo?
La
democracia es un sistema muy frágil. Durante los pocos siglos
de su limitadísima gestación e implantación, ha subsistido
en un contexto internacional cada vez más destructivo (guerras
coloniales, guerras mundiales, conflictos de la guerra fría, conflictos
de la era global...) y bajo numerosos "estados de excepción"
que podrían inducir a cuestionar su propia existencia real (limitación
de las libertades civiles, militarización de la sociedad, guerras
sucias, crímenes por razón de estado, corrupción,
despolitización social...).
Por otro
lado, la democracia se ha logrado como resultado de ciertos consensos
sociales e ideológicos, que han superado incluso los cuestionamientos
que desde dentro del propio sistema (tanto desde la derecha como desde
la izquierda) la han asediado.
Además
de todos los elogios que la democracia como sistema merece, es necesario
comprender su fragilidad para poder utilizar el término correctamente.
Si concebimos este sistema como algo dado, como algo natural a las sociedades
(o por lo menos a las occidentales), algo que hemos logrado ya y que sólo
enemigos externos nos pueden arrebatar, es fácil incurrir en los
abusos a los que este término viene siendo sometido últimamente,
y más desde el 11.9.01.
Los gobiernos
occidentales, y muy especialmente el estadounidense, vienen utilizando
de forma indiscriminada y acrítica la palabra 'democracia' como
un término absoluto, identificando este sistema con los países
occidentales. Por supuesto, si hay países en el mundo en los que
se pueda hablar de grados de democracia alcanzadas a nivel institucional,
éstos son los occidentales, por numerosas razones históricas
que no viene al caso analizar (reconocerlo no implica ningún desprecio
hacia otros países con dinámicas históricas distintas).
Pero ningún país, y menos en el ámbito de las relaciones
internacionales, puede considerarse con dosis suficientes de democracia
como para estar vacunado contra el virus del totalitarismo. Ningún
país, por ser democrático con sus ciudadanos, lo será
necesariamente con los ciudadanos o súbditos de otros países.
De hecho, suele darse lo contrario.
Además,
cuanto más poderoso es el país a nivel internacional, más
antidemocráticamente suele comportarse en la aplicación
de su política exterior. De ahí que Estados Unidos, con
una política exterior progresivamente más activa a lo largo
de su historia, sea una buena muestra de este terrible principio. Paralelamente,
en su desarrollo interno ha habido una lucha por alcanzar mayores cotas
de participación ciudadana y democrática (proceso muy obstaculizado
por el propio sistema, pero admirable en tantas dimensiones de la vida
social de este gran país).
Este
abuso del término 'democracia' es uno de los numerosos signos del
Nuevo Orden Mundial del que, especialmente desde la guerra del Golfo,
se viene hablando. Bajo los auspicios de este programa de reorganización
mundial, se abre el camino hacia un nuevo totalitarismo global,
con consecuencias no sólo en el ámbito internacional, sino
también en el de las libertades en los países democráticos.
Buena muestra de ello son algunas de las afirmaciones que se han podido
leer desde el 11.9.01, como la siguiente de José Antonio Zarzalejos,
director de ABC: «La devastación de Manhattan [...] adelanta con
inminencia un nuevo orden mundial en el que la defensa de los sistemas
políticos basados en la democracia retomarán la fuerza,
revisarán sus fundamentos dialécticos e identificarán
-esta vez ya de verdad-
a sus auténticos
enemigos que son -lo han venido siendo- los nacionalismos, los fundamentalismos
religiosos y supuestamente trascendentes y los fanatismos étnicos
que han gozado de espacios de comprensión teórica y práctica
de la mano amable y generosa del multiculturalismo, la dilución
de la fortaleza de los Estados nacionales, el neorromanticismo racista
e idiomático y la convivencia mansa con las dictaduras nucleares
con estructuras terroristas incardinadas en respetables gobiernos que
arrojaban contra el imperio americano la fortaleza de su presunta debilidad»
(ABC, 12.9.01). Un auténtico programa de persecución
política y social entre cuyos objetivos humanos, junto con los
grupos agresivos, se podrían confundir todo tipo de personas y
organizaciones sospechosas de compartir algún rasgo con ellos.
Federico
Jiménez Losantos completa el panorama incluyendo a «los terroristas
antiglobalización», «los apocalípticos de pacotilla», «los
enemigos de Occidente» (El Mundo, 12.9.01), «todo ese periodismo-basura
de la progresía occidental», «la marabunta antiglobalización,
con el grupo "Attac" de los Ramonet y compañía
como vanguardia intelectual de la lucha contra las libertades de Occidente,
y con las hordas de Génova como semillero de complicidades terroristas»
(Libertad Digital, 15.9.01).
Comienza
un proceso de difamación de colectivos
críticos, tengan que ver o no con el terrorismo internacional,
he incluso se les equipara con los terroristas en la medida en que «se
diferencian en los medios, pero coinciden en los fines», (Enrique de Diego,
Libertad Digital, 18.9.01), en alusión al espíritu
antinorteamericano que inspira a algunos de estos grupos. Empiezan a proliferar
las afirmaciones de carácter totalitario por su tono y contenido,
y en las que, paradójicamente, se pretende rechazar el totalitarismo:
«El terrorismo integrista sí es la globalización. El terrorismo
es el mal absoluto. El integrismo es el enemigo absoluto de la libertad,
lo demás es comentario» (Enrique de Diego, Libertad Digital,
12.9.01).
Siguiendo
un esquema de pensamiento burdamente maniqueo, numerosos políticos
(empezando por Bush) y líderes de opinión exigen a los ciudadanos
que demuestren de qué lado están. La dinámica que
mueve las guerras fuerza a los que se encuentran en medio de ellas a que
se decanten por un bando; no se admite que no se pueda estar ni con unos
ni con otros. Algunos pretenden aplicar esa dinámica a nivel global,
por primera vez en la historia. El propio "escenario" de la
guerra, tan difuso, podría inducir a generalizar este esquematismo
bélico a toda la sociedad.
Este
Nuevo Orden Mundial traerá unidad de acción internacional
(militar, penal, política, ideológica, neorreligiosa), no
según el sueño utópico de la solidaridad, sino según
los tradicionales programas prágmáticos de seguridad garantizada
por el uso de la fuerza.
©
LaExcepción.com
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Los
talibán. El Islam, el petróleo y el nuevo "Gran Juego"
en Asia Central (Ahmed
Rashid)
Barcelona: Ediciones Península, 2001.
375 páginas.
Sobre
un régimen con los días contados
Cuando,
hace algo más de un año, el inteligente y sobrio periodista
paquistaní Ahmed Rashid daba los últimos toques a esta obra
maestra de historia contemporánea, seguramente no imaginaba cuál
iba a ser el desenlace de un régimen que, en justicia, cabría
calificar como "nazislámico".
Hoy,
en cambio, escasos días después del emblemático 11.9.01,
sí es posible –es fácil, incluso– vislumbrar el destino
de esos extraños fanáticos y de su pobre y quebrantado país:
han osado enfrentarse al imperio –el mismo que otrora los aupó–
y el precio será su destrucción.
Por eso,
para el observador preocupado por comprender los desastres de este tiempo
abyecto, resulta ahora aún más necesario conocer los orígenes
de los ya famosos "estudiantes del Islam" (eso significa 'talibán').
Y nada mejor como introducción que el magnífico libro de
Rashid, fruto de la más rigurosa documentación y, sobre
todo, de su experiencia personal en Afganistán (incluidas numerosas
entrevistas con los nazislámicos) y en toda la región del
Asia Central.
Quizá
el símbolo más notorio de este régimen impío
lo constituya ese velo tristemente célebre, la burkha, una
auténtica cárcel ambulante para las mujeres afganas, que
las cubre de arriba abajo y apenas les permite ver al caminar. Pero no
es más que una entre tantas atroces costumbres impuestas por esos
"guerreros santones" (como les llama el autor) a partir de una
interpretación de El Corán tan abusiva como desalmada.
Las amputaciones
de miembros a los ladrones, los fusilamientos públicos en recintos
deportivos, los encarcelamientos y detenciones por cualquier causa («La
Policía Religiosa tiene permiso para efectuar controles en cualquier
momento y nadie podrá impedírselo», reza un decreto talibán
de noviembre de 1996), la prohibición –bajo pena de prisión–
del maquillaje en las mujeres, del afeitado y el pelo largo («al estilo
británico y norteamericano») en los hombres, del transporte durante
las horas reglamentarias de oración, de la música en las
bodas (pero también en las tiendas, en los hoteles, incluso en
los vehículos...), del juego con palomas y del vuelo de cometas...
No me es posible ser exhaustivo. Bastarán estos ejemplos para caracterizar
a un régimen afanado en un medievalismo islámico que, seguramente,
habría aterrorizado al mismísimo Mahoma.
Rashid,
de hecho, habla de un auténtico "desafío al Islam"
por parte de los talibán: por ejemplo, cuando exterminan a otros
mahometanos por criterios sectarios o etnicistas, aunque la excusa sea
eliminar a musulmanes corruptos y malignos (los talibán son mayoritariamente
de la etnia pashtún durrani, sólo una entre las varias que
pueblan Afganistán); o cuando reducen a las mujeres a una condición
de inmovilidad, algo que repugna incluso a otros grupos islamistas radicales
(como los muyahidín que combatieron contra la Unión Soviética);
o, en fin, cuando cultivan heroína –cuyo consumo se prohíbe
a los afganos– con el hipócrita argumento de que la destinan a
los occidentales "no creyentes" en el Islam.
Pues
se da la circunstancia de que estos puristas extremos no están
libres de corrupción. No sólo han hecho de la droga su principal
fuente de recursos (Afganistán es hoy el primer exportador mundial
de heroína), sino que, a lo largo de la guerra prolongada y sangrienta
que les ha llevado a controlar el 95% del país, hicieron uso continuo
del soborno y no albergaron escrúpulos a la hora de aliarse con
la mafia del transporte. Ciertamente, los líderes talibán
no parecen haberse lucrado personalmente, pero eso no purifica los medios
por ellos utilizados para hacerse con todo el poder en el país.
Ahora
bien, el libro de Rashid no se limita a describir las fechorías
de los talibán. Efectúa asimismo un recuento de los apoyos
que tuvieron para llegar a controlar su país.
En primer
lugar, Pakistán, una república islámica aliada de
Occidente, que ha sostenido a los nazislámicos desde mucho antes
de conquistar Kabul. Las madrasas (escuelas coránicas) paquistaníes
fueron el semillero de miles y miles de guerreros talibán.
En segundo
lugar, Arabia Saudí, otra república islámica aliada
de Occidente, y un régimen no mucho menos duro, por cierto, que
el que nos ocupa (ver "Los
otros talibán"). La monarquía saudí ha sido
la gran fuente financiera de los nazislámicos afganos.
En tercer
lugar, los Estados Unidos de Norteamérica, una república
no islámica que, a través de la CIA, impulsó la guerra
islamista contra la Unión Soviética en los años 80.
Y que nunca vio con malos ojos el auge talibán: tanto el gobierno
estadounidense como las compañías petroleras occidentales
(muchas de ellas, norteamericanas) sintieron que solamente los nazislámicos
serían capaces de unificar el país y garantizar un mínimo
de estabilidad. Estabilidad necesaria para permitir la construcción
y el funcionamiento de los deseados oleoductos y gasoductos en Afganistán.
Hagamos constar aquí que este país es un enclave geoestratégico
de vital importancia para el transporte de gas y petróleo en la
región.
Rashid
alude también, de manera extensa, a la figura del rico asesino
saudí Osama Bin Laden, hoy ya celebérrimo tras haber sido
declarado enemigo número uno de los Estados Unidos. En esta hora
en que, con la excusa de detenerlo, la única superpotencia planetaria
va a lanzar una masiva y duradera operación bélico-terrorista,
conviene recordar una declaración del multimillonario islamista
en 1998: «Establecí mi primer campamento [en la frontera entre
Pakistán y Afganistán], donde esos voluntarios [islamistas
venidos del exterior] eran entrenados por oficiales paquistaníes
y norteamericanos. Estados Unidos aportaba las armas y los saudíes
el dinero.» Su desencuentro con Norteamérica se produjo a raíz
de que el ejército estadounidense, con motivo de la Guerra del
Golfo, mantuviera tropas «en el más sagrado de los lugares, la
península arábiga», es decir, en Arabia Saudí.
©
J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(19 de septiembre de 2001)
©
LaExcepción.com
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Gescartera:
corrupción y clericalismo
©
J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(3 de septiembre de 2001)
El
caso Gescartera, como primer gran escándalo de corrupción
durante los gobiernos del PP, viene a recordarnos dos viejos vicios de
este país: uno, la corrupción, tradicionalmente impune;
y otro, el clericalismo, usualmente triunfante.
El escándalo
de Gescartera ha devuelto al primer plano de la actualidad la corrupción
política y económica en España.
En síntesis, el negocio se basó en una simple operación de ingeniería financiera trufada de estafa: en un momento dado se comunicó a los inversores que sus fondos se iban a trasladar a una cuenta corriente de jugosa y rápida rentabilidad. En la práctica, fueron a parar a paraísos fiscales en el extranjero. ¿Cómo se pagaba a los inversores los intereses de tan lucrativa cuenta? Mediante los fondos de nuevos inversores seducidos por el atractivo de la misma, así como convencidos del chollo por el prestigio y las influencias del entorno de Gescartera (políticos, organizaciones tan "respetables" como la ONCE, etc.).
Durante
los primeros meses se habló de 18.000 millones de pesetas robadas.
Las últimas noticias, procedentes de la Comisión Nacional
del Mercado de Valores (CNMV), hablan de 60.000 o incluso de 80.000 millones,
sin descartar que puedan ser aún más.
Elementos
que agravan el asunto
Pero
el escándalo de Gescartera, como ya es público y notorio,
no se limita a la monumental evasión de capital robado. Hay otros
dos elementos que agravan los hechos, generando un desconcierto al que,
según parece, no son muchos los que saben dar una explicación
correcta.
En primer
lugar, la ya mencionada participación de políticos y
de altas instituciones financieras en este turbio asunto. Llama en
especial la atención la implicación de Luis Ramallo, ex
presidente de la CNMV, al parecer cuando todavía estaba al frente
de esta institución. Se recordará que Ramallo, como diputado
del PP, fue uno de los látigos de la corrupción de los gobiernos
del PSOE en los años 90.
Por otra
parte, y cuando en las filas del PSOE se frotaban las manos pensando que
tenían escándalo para rato, saltó la noticia de que
un prominente miembro de este partido también se hallaba implicado
en el asunto. Se trata de Miguel Cruz, asesor fiscal de la Fundación
ONCE en el momento en que ésta entraba –por cierto, en más
que irregulares condiciones–en el seno de Gescartera.
Habrá
quienes se echen las manos a la cabeza al constatar que, de nuevo, y esta
vez también desde las filas del PP, hay políticos involucrados
en asuntos de corrupción. Personalmente, me parece natural escandalizarse,
pero no asombrarse. Aparte de la condición humana, a la
que no escapan los políticos, recuérdese el hecho de que
en este país la corrupción político-financiera ha
quedado prácticamente impune. Fuera de algunos cabezas de turco
que han pagado con la prisión (caso de Roldán), los máximos
responsables de los peores escándalos (como Filesa) se han librado
por completo de la acción de la justicia.
Pero
la impunidad alimenta la reiteración en las actitudes corruptas;
de algún modo, incluso las incentiva de manera directa, al menos
cuando el tentado o implicado es lo que popularmente se llama "un pez
gordo".
El segundo
elemento al que aludíamos, y que también contribuye no poco
a agravar el escándalo, tiene que ver con los inversores en Gescartera.
Además de cuantiosas sumas de dinero negro cuyos (ex) dueños,
como es natural, no se atreven a dar la cara, buena parte de los fondos
pertenecía a entidades supuestamente no lucrativas: desde
Huérfanos de la Guardia Civil hasta ONG y varias diócesis
de la Iglesia Católica Romana (ICR).
Como
es esperable en una sociedad presuntamente democrática, no han
sido pocas las voces que se han elevado contra el proceder de semejantes
inversores. En especial, y en gran parte debido a la autoexigencia de
ejemplaridad moral que muchos le atribuyen, ha sido fuerte el clamor contra
las inversiones en Gescartera por parte de la iglesia mayoritaria en nuestro
país.
La
acusación de "anticlericalismo" como cortina de humo
Esto
ha desatado las iras de algún prelado. Según el boletín
vaticano Zenit, en una noticia titulada "Gescartera: la iglesia española,
víctima y además perseguida" (http://www.zenit.org/,
28.8.01), el obispo de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol «ha
denunciado la actitud demencial y anticlerical de partidos políticos
en relación con la Iglesia en el asunto Gescartera». La tan amarga
como furibunda queja de José Gea, el obispo en cuestión,
se basa en que la ICR, víctima de la estafa, lo estaría
siendo también de una campaña de políticos y medios
de comunicación. Según el señor Gea, éstos
«dan la sensación de querer que desaparezca todo lo que pueda oler
a Iglesia y a religión». Curiosamente, la noticia que citamos no
entra en ningún momento en el fondo del asunto: la inversión
en fondos de renta variable (es decir, la especulación financiera)
por parte de una institución declaradamente filantrópica
y no lucrativa, así como de algunas ONG que pertenecen a su órbita
religiosa.
La queja
del señor Gea merece, cuando menos, dos respuestas. La primera,
que precisamente por su supuesto carácter no lucrativo la ICR y
sus organizaciones afines disfrutan de enormes exenciones fiscales;
y que por ese mismo carácter, así como por su atávico
dominio sobre las conciencias de este país (que le ha permitido,
entre otras cosas, ser poseedora de un enorme patrimonio histórico-artístico),
es la principal receptora de subvenciones en todo el estado español.
En otras palabras, todos los españoles, católicos romanos
o no, financian a la ICR por una u otra vía.
Si ahora
resulta que destina parte de sus ingresos (incluidos los teóricamente
destinados a los necesitados, como cabe deducir por los fondos de Cáritas
y Manos Unidas en Gescartera) a especular con ellos, resulta evidente
que está contraviniendo el requisito de no lucrarse; cabría
pues exigir que deje de tratársela como entidad no lucrativa. El
caso es tan obvio que hasta un conspicuo periodista habitualmente cercano
a la ICR, como es Luis María Ansón, ha declarado (La
Razón, 22.8.01): «La Iglesia Católica española
no puede dar la callada por respuesta. La Conferencia Episcopal debe aclarar
o hacer que aclaren obispados y órdenes religiosas por qué
invirtieron su dinero en Gescartera. Si se ha caído en la tentación
de especular hay que decirlo.»
O como
dice Antonio Sáenz de Miera (El País, 29.8.01): «Hay
fronteras que no se pueden traspasar. Me temo, concretamente, que riesgo
y filantropía no sean, en propiedad, conceptos compatibles.»
La segunda
réplica al señor Gea concierne a su acusación de
"anticlericalismo", que él, como otras instancias de la ICR, aparentemente
maneja como cortina de humo para tapar el fondo del asunto.
En relación
con ello, empecemos diciendo que el anticlericalismo español, entendido
como ataques a la ICR de parte de otros sectores de la nación,
no carece en España de razones bien fundadas; y no todas
ellas históricas, por cierto. Ya más arriba me he referido
a la injusticia que supone que todos los españoles, con independencia
de sus creencias, financien a la ICR. Y podríamos aludir igualmente
a otros privilegios de esta misma institución frente a otras
iglesias y confesiones religiosas (protestantes, judíos, musulmanes...),
a pesar de la igualdad religiosa proclamada por la Constitución
y otros preceptos legales. Por ejemplo, en el acceso a los medios de comunicación
públicos.
Pero
además debe añadirse que no hay razones para pensar que
sea el anticlericalismo lo que mueve, al menos como primer motivo, a acusar
a la ICR en relación con el caso Gescartera. Antes bien, como ya
queda dicho, es su condición presunta de entidad no lucrativa lo
que provoca el justo clamor.
A mi
modo de ver, más que fijarnos en el supuesto "anticlericalismo"
de los críticos de la ICR en relación con Gescartera, haríamos
bien en contemplar todo el caso y las circunstancias que lo rodean como
un nuevo y palmario ejemplo del trato de favor que reclama para sí
el clericalismo. Un concepto, por cierto, mucho más
profundo de lo que habitualmente se cree. Pues alude a toda una mentalidad
según la cual la superioridad en el plano espiritual (de los clérigos
sobre los laicos) debe tener un lógico correlato en forma de superioridad
también en el plano temporal (de la estructura de la ICR sobre
el resto de la sociedad).
©
LaExcepción.com
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Antiglobalistas
por la globalización
©
G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
(6 de septiembre de 2001)
Las
numerosas opiniones vertidas en el actual debate sobre la globalización
han demostrado una realidad: la mayor parte de los llamados antiglobalistas
son partidarios de algún tipo de globalización. Pero cabe
preguntarse si hay, o puede haber, algún modelo de mundialización
éticamente válido.
El movimiento
antiglobalización comenzó a tomar forma social en el Foro
Alternativo al encuentro del Banco Mundial y del FMI en septiembre/octubre
de 1994 (Ignacio Ramonet retrotrae su inicio a enero del mismo año,
con la revolución zapatista). Si se habla del "espíritu
de Seattle" es porque por los acontecimientos de noviembre de 1999
en esta ciudad estadounidense fueron los que saltaron a los medios de
comunicación de forma masiva, debido a que en ellos las protestas
no se limitaron a las movilizaciones pacíficas propias de encuentros
anteriores, sino que se vieron enturbiadas por la presencia de grupos
violentos. Hubo un eslabón anterior, de menor repercusión
mediática, que fue la cumbre de la Organización Mundial
del Comercio (OMC)
en Suiza (mayo
de 1998), cuando más de 1.500 policías efectuaron un centenar
de detenciones después de que grupos de jóvenes protagonizaran
algunos actos violentos. Desde entonces se viene repitiendo este modelo
mixto de protesta.
La multiplicidad
de organizaciones que intervienen en este movimiento ha dado lugar a intentos
de clasificación. Los medios de comunicación han destacado,
como es común en ellos, la diferencia más llamativa (que
quizá sea la más superficial): la que existe entre grupos
pacíficos (incluso pacifistas) y grupos violentos. Ideológicamente
se podría distinguir entre grupos de inspiración marxista,
anarquista, cristiana,
humanitarista
e incluso de extrema derecha. Éstos a su vez podrían agruparse
en dos grandes tendencias en función de sus objetivos: los auténticos
antiglobalistas (a los que podemos calificar de "antisistema")
y aquellos que proponen una transformación del actual modelo de
globalización, sin renunciar al proceso de mundialización
(a los que denominaremos reformistas de la globalización).
La presencia
de los primeros en los medios académicos y de comunicación
es mucho menor; presumiblemente también en las propias protestas,
y parece ser que en gran medida se pueden identificar con los grupos violentos.
Sin pretender simplificar sus planteamientos, quizá una buena síntesis
de ellos se encuentre en la entrevista a miembros de la agrupación
anarquista Black Block (en una de las principales páginas
promotoras del movimiento, www.rebelion.org,
11.8.01): Tras admitir el uso de cierta violencia («sólo a través
de la acción directa se puede romper el bloqueo de los media»),
afirman: «El intento de la clase dominante de dividir el movimiento mediante
la inserción del debate violento-no violento es viejo. Tenemos
que luchar dentro del movimiento con todos los instrumentos de debate
y discusión para que el movimiento antiglobalización se
convierta en anticapitalista y que la resistencia local se convierta en
resistencia internacionalista de corte anticapitalista.»
Claves
del movimiento antiglobalización
Pero
nos centraremos en el otro grupo, explícitamente no-violento, con
representantes en instituciones de influencia social (mass media,
universidades, ONG dominantes, organizaciones internacionales...) y que
por tanto se ha expresado ampliamente en los medios de comunicación.
Salvando las enormes distancias que puede haber entre los representantes
de organizaciones tan heterogéneas, se pueden buscar una serie
de asertos comunes:
1) La
mundialización ha supuesto fundamentalmente una globalización
de la pobreza y una acentuación del abismo entre ricos y pobres:
«Hay un enorme fraude cuando se habla de globalización. Lo único
que se globaliza de verdad es la pobreza», declaraba Federico Mayor Zaragoza,
en El País, 25.10.99).
2) «Ninguno
de los gobiernos que gobiernan la globalización parece tomarse
en serio la lucha contra la pobreza» (Luis de Sebastián, catedrático
de Economía ESADE de la Universitat Ramon Llull, en El País,
1.10.2000).
3) Las
organizaciones multilaterales, por lo menos tal y como han funcionado
hasta el momento, son insuficientes para la gestión de la globalización.
Ramonet denuncia su tendenciosidad, y califica a la OMC, la OCDE, el FMI,
etcétera, como «el gobierno oculto del planeta» (El País,
12.2.01). También suelen defender una mayor capacidad de gestión
de las Naciones Unidas, previamente reformadas.
4) El
movimiento pretende trascender una globalización económica
descontrolada, y conseguir "otra globalización":
la de los derechos humanos, la de la representación popular (no
olvidemos que el lema de la convocatoria de Seattle no era explícitamente
contrario a la globalización, sino "No a la globalización
sin representación").
La opinión
más representativa de esta tendencia podría ser la de Ignasi
Carreras (director general de Intermón Oxfam), en El País
(26.7.01): «Aspiramos a otro tipo de globalización que
sea equitativa y sitúe en su centro al ser humano y el pleno cumplimiento
de sus derechos fundamentales, que no se base en la concentración
de poder, que esté abierta a modelos sociales y culturales diferentes
al occidental, que incluya a los empobrecidos y que promueva la justicia
y la dignidad. [...] Creemos que el mercado puede ser un buen instrumento
para el desarrollo social, si se dan una serie de condiciones:
que toda persona tenga la oportunidad de participar en la generación
de riqueza y que ésta sea distribuida equitativamente.»
Carreras
acentúa la necesidad de una dimensión ética: «Es
igualmente necesario que el proceso sea liderado por una clase política
honesta y orientada hacia los intereses de la población.» Y
propone cambios posibles: «Cambiar la globalización y hacerla
marchar en beneficio de todos precisa que los foros internacionales verdaderamente
decisivos» elaboren otras agendas políticas, las de «la "otra"
globalización para todos».
Importantes
representantes ideológicos del movimiento antiglobalista demuestran
entusiasmo por el curso que puede seguir el proceso. Según Viviane
Forrester, «la globalización, respecto a las nuevas tecnologías
y la posibilidad de la simultaneidad, puede ser algo estupendo para
todos y, además, es irreversible. El problema está en
cómo gestionar eso.» Se manifiesta a favor de la globalización
«porque es un hecho histórico que seguro que se puede gestionar
de muchas formas» (El País, 29.01.01).
Estas
declaraciones muestran dos principios interpretativos frecuentes entre
los críticos de izquierda: la idea de irreversibilidad del
proceso y la esperanza en su resolución positiva a favor de la
humanidad («un resto de fe progresista», como lo interpreta Rafael
Sánchez Ferlosio en ABC, 1.7.01).
Irreversibilidad
de la globalización
Gabriel
Albiac (en su charla con internautas en www.elmundo.es,
25.7.01)
considera que «no se puede estar en contra de la "globalización"
como no se puede estar en contra de la ley de la gravedad. De lo que se
trata es de fijar las condiciones de intervención ciudadana en
ese nuevo mundo que ya se ha producido.» Aunque desde presupuestos ideológicos
enfrentados, es una argumentación similar a la de Vargas Llosa
en su artículo «¡Abajo la ley de gravedad!» (El País,
3.2.01), en el que caracteriza la globalización como «un sistema
tan irreversible en nuestra época como el sistema métrico
decimal».
Pocas
voces, de hecho, instan a una vuelta atrás, principalmente por
dos razones: en primer lugar, resulta bastante evidente que es imposible,
en la práctica, que las vías de conexión e interdependencia
que se han abierto en el mundo puedan cerrarse. Un análisis del
proceso de mundialización que viene teniendo lugar desde, por lo
menos, el siglo XV, muestra la imposibilidad de frenarlo de forma general.
En segundo lugar, los activistas no quieren ser tachados de anacrónicos
o reaccionarios (como frecuentemente se hace con las ramas más
radicales del movimiento ecologista).
Entre
los propios anarquistas tampoco faltan propuestas "globalistas",
insertas en la propia tradición internacionalista: «Para evitar
lo peor (que puede llegar a corto, mediano o largo plazo), todos los hombres
de todos los países, de todas las razas, de todas la religiones,
de todas las ideologías, no tienen más que una salida: una
política global de interés general, sin nacionalismos, con
federalismo, sin capitalismo, con socialismo libertario» (Abraham Guillén,
"La sociedad autogestionada", La libertaria, nº 5, septiembre
de 2000). Ellos mismos se autodenominan Movimiento de Resistencia Global
(www.sindominio.net/).
Otro
mundo es posible
La idea
de que el proceso es irreversible podría conducir a una sensación
de desesperación. Pero, siendo numerosos los análisis
de la realidad actual pesimistas, son pocas las voces que anuncian
previsiones desesperanzadoras. Paradójicamente, aunque apenas
se pueden observar tendencias ilusionantes, la confianza en el futuro
es general.
Ramonet
(El País, 12.2.01) asegura: «Se ha comenzado a entrever
que otro mundo es posible. Un mundo en el que se suprimiría
la deuda externa; en el que los países pobres del Sur jugarían
un papel más importante; en el que se pondría fin a los
ajustes estructurales; en el que se aplicaría la tasa Tobin en
los mercados de divisas; en el que se suprimirían los paraísos
fiscales; en el que se aumentaría la ayuda al desarrollo y en el
que éste no adoptaría el modelo del Norte ecológicamente
insostenible; en el que se invertiría masivamente en escuelas,
alojamiento y sanidad; en el que se favorecería el acceso al agua
potable de la que carecen 1.400 millones de personas; en el que se obraría
seriamente por la emancipación de la mujer; en el que se aplicaría
el principio de precaución contra todas las manipulaciones genéticas
y en el que se frenaría la actual privatización de la vida.»
Desgraciadamente, no es capaz de nombrar ni un solo ejemplo de aplicación
global de ninguna de estas ilusiones, ni indica qué tendencias
actuales nos podrían animar a esperarlas. Algunos mencionan los
procesos a Pinochet y a Milosevic como presagios de una justicia global.
Otros
autores apuestan por el viejo sueño ilustrado de redención
a través de la cultura. Jeremy Rifkin (El País, 4.7.01)
cree que «es posible que haya llegado la hora de contemplar la posibilidad
de establecer una Organización Mundial de la Cultura que
represente los intereses de las distintas culturas del mundo y otorgarle
el mismo rango que a la Organización Mundial de Comercio en los
asuntos internacionales.» También confía en que ese día
la humanidad vivirá mejor.
Bernard-Henri
Levy (El Mundo, 13.8.01), el ya viejo "nuevo filósofo",
siempre rebelde', cifra sus esperanzas en la redistribución
económica según un modelo centralista: «Soy un mundialista
convicto y confeso. Fui internacionalista antaño y soy, por las
mismas razones, mundialista hoy. Y estoy profundamente convencido de que
la tasa Tobin, es decir, esta idea, surgida por vez primera en la Historia,
de instaurar un verdadero impuesto mundial, representaría, desde
el punto de vista de la mundialización, un avance considerable.»
Nuevo
Orden Mundial
Pero
quizá las propuestas más esperanzadas sean
las de tipo político. No sólo se cree que otro mundo es
posible, sino que ese mundo llegará mediante la gestión
adecuada de las condiciones presentes, y mediante una organización
política representativa y justa. Los reformistas
de la globalización (a los que ya no podemos seguir denominando
"antiglobalistas") piden a los gobernantes del mundo la implantación
de una auténtica democracia planetaria.
En una
entrevista en El Mundo (22.7.01), Ramonet considera que «es demasiado pronto como para que alguien hable en nombre de este movimiento, que es polifacético.» Ante la pregunta de si llegará el día en que representantes del movimiento se presenten a unas elecciones, contesta: «Es demasiado pronto. Además, ¿dónde se presentaría uno? A escala planetaria no hay elecciones. Nosotros proponemos que
se celebren referendos mundiales en torno a algunos temas, como la
deuda o la Tasa Tobin. Y entonces se les puede decir a los amos del planeta,
al G-8: "Miren ustedes, esto es lo que piensa el mundo".»
Distintos
autores manifestan esta misma confianza. Albiac (loc. cit.), poco
dado a previsiones optimistas, expresa cierta ilusión: «El movimiento
es, en efecto, caótico. Confío en que él mismo sepa
regularse y excluir provocadores e indeseables. La alternativa debería
pasar a través de una concepción de la autopotenciación
ciudadana que no pase ya a través de las mediaciones del Estado-nación.
[...] No pienso que se pueda luchar "contra" la globalización,
sino "desde" las nuevas condiciones que la globalización pone.
Y que son estupendas. El fin del Estado-nación no puede
sino regocijarme.»
En www.movimientos.org
(14.8.01) se puede leer la «Convocatoria del Primer Encuentro Internacional
de Movimientos Sociales», en la que se ataca la «Globalización
Neoliberal» y se apuesta por una «Alianza Social Mundial». El lema es:
«¡Globalizando la lucha / globalizamos la esperanza!»
Las religiones
institucionales y sus movimientos de base (muchos de los cuales se encuentran
apoyando el movimiento) expresan previsiones similares. «A priori la
globalización no es ni buena ni mala. Será lo que la
gente quiera que sea», afirmó Juan Pablo II en su discurso a la
Academia Pontificia de Ciencias Sociales del 27 de abril de 2001 (citado
en www.zenit.org, 16.6.00). Se habla
de una «globalización fundada en valores humanos y religiosos»,
tal y como se propuso en el VII Encuentro de la Comisión de Enlace
Islámico-Católica, en Roma: «Existe una valoración
común entre católicos y musulmanes sobre los "beneficios"
y los "peligros" de la globalización» (Zenit, 15.7.01).
El cardenal
Tettamanzi (Zenit, 9.7.01) propone que la Iglesia Católica, de
tradicional tendencia universalista, sirva de modelo para la globalización:
«Jesucristo quiso que la Iglesia fuese universal y local a la vez. Descubriremos
que tenemos en nosotros mismos, como miembros de la Iglesia, un modelo
vivo y original para una globalización auténticamente humana
y solidaria». Según la característica identificación
católica entre iglesia y sociedad, el cardenal Sodano
señala posibles vías para el proceso: «Los cristianos [en
referencia a los católicos] no se asustan de la globalización.
[...] El cristianismo mismo es una religión globalizante. En este
mundo, definido ya como aldea global, la Iglesia tratará de introducir
la levadura del Evangelio de Cristo. Desde dentro, la Iglesia tratará
de elevar el tono espiritual de la humanidad, con los medios que le
son propios» (Zenit, 19.7.01). No explica cuáles son esos medios.
Aun mostrando
enormes discrepancias con la institución vaticana, los pensadores
más izquierdistas del catolicismo coinciden en su visión
mundialista, estableciendo así un puente con los sectores laicos
de la sociedad. Leonardo Boff (citado en www.icp-e.org,
1.7.01) habla de globalización como «esperanza», la ética
como «condición para el nuevo orden mundial», la democracia como
«valor universal».
¿Hacia dónde nos dirigimos?
El movimiento
antiglobalización, independientemente del futuro que le espere,
ha venido marcando un hito en la movilización social de las últimas
décadas. Es una expresión multiforme de innumerables (y
hasta contradictorias) tendencias, pero late dentro de él un descontento
hacia la radical injusticia sobre la que se asienta nuestro mundo. Sus
activistas han sido criticados por ser ciudadanos de clase media de los
países "ricos", supuestamente consumistas, que no tienen
otra cosa en la que perder el tiempo que agrupándose para la reivindicación.
Pero precisamente este afán combativo hace que (la mayoría)
merezcan el elogio. Sólo algún mal pensado podría
juzgar que sus intenciones son en general autocomplacientes, frívolas
o retorcidas.
Hemos
comprobado que la mayor parte de los componentes del movimiento apuestan
en realidad por "otra globalización", alternativa a la
actual en los procedimientos redistributivos, en los fundamentos éticos,
en el reparto del poder. Frente a la parcelación económica
del capitalismo transnacional, medidas de política económica
impuestas a nivel mundial. Frente al individualismo, la solidaridad como
motor de la sociedad, con la esperanza de llegar un día a alcanzarla
de forma generalizada. Frente a la fragmentación política,
la unidad de acción a través de sistemas representativos
globales.
Cabría
preguntarse sobre qué indicadores actuales se fundamentan
estas esperanzas. Si por algo se puede criticar al movimiento
es por su (bienintencionada) ingenuidad. Resulta difícil
creer que sistemas como la democracia representativa, que en ámbitos
más reducidos y fáciles de controlar (como los estados-nación,
ahora en crisis) no ha conseguido desarrollar un alto grado de implicación
social, podrán funcionar de manera justa y equitativa a nivel mundial.
No olvidemos que, hasta el momento, todos los intentos de construir utopías
globales o se han diluido en proyectos "realistas", o han sido
derrotados, o, sobre todo, han degenerado en sistemas autoritarios. Cifrar
las esperanzas de redención mundial en procesos cuya evolución
positiva no somos capaces de vislumbrar puede resultar en sorprendentes
giros totalitarios.
©
LaExcepción.com
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[Sección Actualidad,
verano de 2001]
Más allá
de lo evidente
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Los
otros talibán
En países como Arabia Saudita la población está sometida a regímenes en los que no se respetan los derechos humanos básicos. ¿Por qué apenas se denuncian estas violaciones?
Sed
de mal
Los medios de comunicación suelen hacer seguimiento de casos escabrosos
para satisfacer la demanda de la audiencia media.
La
guerra del Golfo no ha terminado
Muchos iraquíes siguen siendo asesinados en "ataques preventivos"
de la "comunidad internacional".
Zidane
vale mucho más
El reciente fichaje de un futbolista ha costado trece mil millones de
pesetas, una cifra monstruosa y condenable. Denunciarlo, sin embargo,
provoca de inmediato los ladridos de los perros guardianes del sistema.
Diosas
locales
Fútbol, patriotismo y religiosidad popular se unen como devociones
complementarias cuando los equipos vencedores de copas se las ofrecen
a sus patronas locales.
La
antropología de Laín
Pedro Laín Entralgo rechazó la concepción dualista
del hombre, predominante en la tradición occidental.
Rehabilitaciones
vaticanas
El inicio de la causa para la beatificación de Joaquín de
Fiore (teólogo del siglo XII) se inscribe en la línea de
adaptación a los tiempos seguida por el Vaticano en las últimas
décadas.
El
papa ‘bueno’
El papa Juan XXIII ha estado de actualidad recientemente a raíz
de la exhibición de su cuerpo incorrupto (gracias a la taxidermia);
también se habló mucho acerca de él con ocasión
de su canonización en septiembre de 2000.
El condenado y el sistema: Dos caras de la misma
moneda
Tim McVeigh, el Oklahoma bomber ejecutado el pasado 11 de junio
en los Estados Unidos, ha muerto para satisfacer la sed de venganza del
sistema...
Buenas
Noticias
El
bien también existe
Trece
mil jóvenes españoles se apuntan a unos cursos contra la
nueva adicción al sexo
Una
congresista demócrata de raza negra, única disidente
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[Sección Asuntos
Contemporáneos]
La época
presente y sus nuevas perspectivas
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Estados
Unidos, vigía de la libertad
Los análisis que se realizan
sobre la situación mundial actual normalmente ignoran que los auténticos
y únicos fundamentos de las relaciones internacionales son la sospecha
y la violencia como método de disuasión.
Pan
y fútbol
Desprovistos de horizontes colectivos,
de ilusiones realmente legítimas, jóvenes y mayores entregan
hoy su atención a banales sucedáneos. El fútbol es,
quizá, el más significativo de todos ellos. Son, sin embargo,
pocas las personas que muestran una afición auténtica por
el fútbol como deporte, y muchas las que se entusiasman por "victorias"
localistas o nacionales.
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[Sección Nuestras
claves]
La página
tabú de LaExcepción.com
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Secarrales
del mundo y del alma
Un paseo por el desierto existencial
que acecha a toda alma sensible.
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[Sección Reseñas]
Análisis
críticos de la cultura de masas
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El
show de Truman
Una vida en directo. En el
aire, sin saberlo.
Solas
No importa que la vida parezca miserable,
solitaria e incluso ruin si, de repente, se cruza en el camino alguien
lleno de paz y amor.
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