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"Cuentos y Leyendas"
EL IDIOTA.
por Ernesto Langer Moreno
Era un idiota porque era un idiota y eso a él le
bastaba para sentirse como tal. A costa de tanto
repetírselo había terminado por resignarse y por tomar
el aspecto insólito y descuidado de quien no tiene
sesos. A veces podía sentir un hilito de baba resbalando
por la comisura de los labios y mancharle la camisa en
el pecho, pero lo más evidente era su torpeza física que
lo imposibilitaba para subir una escalera como cualquier
mortal. Tenía que andar a saltitos cuidando de no
tropezarse y ser el hazmerreír de la gente. Y todo desde
pequeño, desde que tenía uso de la razón, si es que
algún uso tenía; porque jamás se pareció a los otros y
muchas veces tuvo que soportar la burla y el desprecio
de sus semejantes.
Sus padres no habían querido tratarlo nunca de
forma especial, pensando tal vez que con eso lo
ayudarían a adaptarse mejor. El recibió siempre el mismo
trato que sus hermanos, nunca menos, nunca más. En su
casa no hacían diferencias, e incluso, aunque él era un
idiota también él era el mayor, y en su familia el ser
el mayor era una posición de respeto.
Hasta lo habían enviado al colegio, pero allí les
dijeron que era inútil y que debían llevarlo a alguna
escuela para retrasados. De rabia entonces su madre
había decidido enseñarle ella misma. Pero tampoco
aprendió. Se le confundían las palabras con los números
y lo único que fue capaz de aprender fueron unos
cantos.
Su madre se aferró a esto creyendo reconocer por
fin alguna habilidad y desde entonces el idiota debió
aprenderse la letra de innumerables canciones, de todo
tipo, bajo la presencia y tutela de ahora toda su
familia, sorprendida y maravillada con este
progreso.
Una de sus hermanas tocaba el piano y fue ésta la
encargada de componer algunos temas especialmente para
él. Y él los cantó con tan asombrosa habilidad y
entonación que esto mismo le valió el apodo de "ruiseñor
de la familia ".
Con el tiempo sus hermanos se graduaron . Algunas
de sus hermanas contrajeron matrimonio y hasta le dieron
unos simpáticos sobrinos, los que sin reparar en su
evidente retraso jugaban con él fascinados tardes
enteras en el jardín.
Su padre murió una mañana de una larga y penosa
enfermedad y desde su mundo especial sintió esa partida
como un cuchillo que le desgarraba el corazón. En el
entierro le pidieron que lo despidiera cantando, y
entonces cantó, y cantó tan dulce y emotívamente que los
oyentes fueron transportados y removidos por su voz.
Nunca antes habían escuchado cantar de esa manera, por
lo que era una revelación. El, sin embargo, seguía
cantando como si los demás no existieran, diciéndole
adiós a ese padre que tanto lo amara y de quien había
heredado el color verde de sus ojos y la forma larga y
delgada de su nariz.
De este modo sólo quedó él acompañando a su madre
quien desde la muerte de su marido se había vuelto
melancólica y se pasaba largas horas sentada frente a la
ventana mirando con los ojos fijos hacia alguna parte
imprecisa del jardín.
La casa se les hizo enorme y con suerte la
vendieron para mudarse a un departamento pequeño y
elegante en un acomodado barrio residencial.
Allí el idiota fue otra vez la víctima de la
curiosidad de los demás. Primero se burlaron y lo
despreciaron como a cualquier ser anormal... Hasta que
lo escucharon cantar.
Entonces su voz se hizo famosa y las muchachas
del barrio se prendieron locamente del idiota. A ellas
no les importaba verlo babear y tropezar sin razón con
tal de escucharlo. Su voz las embrujaba de una manera
misteriosa y más de alguna le ofreció sus encantos , a
lo que el idiota accedió sin muchas
complicaciones.
A esto siguió que un sello discográfico se
interesó en grabar un disco con su magnífica voz. Lo
maquillaron y vistieron a la moda para darle un nuevo
look. Apareció en todas las revistas de espectáculo y
subió hasta alcanzar los primeros lugares del ranking
musical.
Pero, aún así él continuó como siempre, sencillo
y anormal, baboso y torpe físicamente, sin la más mínima
posibilidad de recuperarse. Aunque esto, ahora, gracias
a los esmerados y concienzudos cuidados de los managers
de la compañía, ninguno de sus fans debía siquiera
llegar a imaginárselo.
II
Y así comenzó una doble vida que le obligó a
mudarse nuevamente y que lo confinó a una agradable
residencia, pero en donde tenía la expresa prohibición
de la compañía de no hacer amistades ni mostrarse entre
los vecinos.
Su madre lo había acompañado en silencio pensando
en la oportunidad que esto significaba para su hijo y
estuvo dispuesta a seguir obediente las directivas de la
empresa.
Salían ahora, exclusivamente, cuando el auto de
la compañía los recogía para que fuera a grabar o a
alguna actividad publicitaria, las que por cierto eran
siempre secretas y en las cuales no se permitía ningún
extraño.
El personal lo trataba con cariño y hacía
esfuerzos intentando crear a su alrededor un ambiente de
supuesta normalidad. Cuando tropezaba sin quererlo, por
ejemplo, los demás fingían ignorarlo y su madre se
encargaba de mantenerle siempre la boca seca con un
pañuelo.
Las sesiones de fotografía les resultaban
enormemente tediosas al tener que posar durante horas
bajo el calor sofocante de las luces y al tener que
soportar el excesivo maquillaje con que lo convertían en
el ídolo de miles de seguidores apasionados.
Grababan dos o tres veces por semana y su éxito
no decaía, al contrario, sus temas permanecían durante
semanas en el ranking y la compañía comenzó a sentir la
presión de los medios, aburridos como estaban de tener
que recibir toda la información ya preparada y de no
poder entrevistar y presentar a la estrella directamente
a su público.
El idiota, claro, vivía completamente ignorante
de toda esta clase de avatares y se limitaba a cantar y
a disfrutar de los placeres que la Western Golden Sound
le proveía.
El problema pasó a mayores cuando, por vender
tantos discos, le dieron el disco de platino.
Anteriormente, la madre había recibido premios en su
nombre arguyendo una indisposición pasajera del idiota.
Pero, esta vez sería difícil hacer lo mismo. La
expectación era tremenda y todo el ambiente artístico
comenzaba a preguntarse lo que ocurría.
_ ø Qué haremos ? _ se preguntaban los
encargados, y se rebanaban los sesos pensando en cómo
presentar al idiota en público sin que todo se
desmoronara.
El asunto no sería difícil si se tratara
únicamente de una breve entrevista y de recibir el
premio, porque entonces podrían presentar algún doble,
pero, seguramente, querrían también escucharlo que
cantara.
Una semana antes de la fecha programada para la
entrega del premio se reunió en pleno el comité creativo
de la compañía y para algunos fue una verdadera sorpresa
cuando les presentaron al artista, aunque ya habían sido
advertidos de actuar como si nada.
El idiota no dijo una palabra y se mostró más
bien excitado ante quienes le habían pedido que se
presentara. En su fuero interno comprendió que detrás de
esos rostros sonrientes habían también extraños
personajes que lo examinaban; y de un tiempo a esta
parte todo aquello lo tenía cansado, además que estaba
aburrido de la disciplina que le imponían y sentía ganas
de ser libre nuevamente. El asunto no era fácil. Para
ninguno.
El día del evento, faltos de una mejor opción,
decidieron presentar al idiota para que recibiera el
premio. Las respuestas las daría su madre, con el
pretexto de una pequeña complicación transitoria del
artista.
El idiota subió al escenario acompañado por el
manager y su madre quienes pusieron mucha atención a que
no se tropezara. Así y todo tropezó pero, el público
tomó este saltito como una gracia de la estrella y
aplaudió. Los dos acompañantes respiraron
aliviados.
El que entregó el premio eso sí notó al abrazarlo
una cosa rara: la camisa mojada por la baba y, tal vez,
una excesiva cantidad de maquillaje, pero, pensó que era
alguna excentricidad del cantante y no le dió tampoco
mayor importancia.
Cantó un sólo tema y el público lo aplaudió a
rabiar. Así, cuando el evento terminó todo parecía haber
salido de las mil maravillas.
Sin embargo algo en el idiota había cambiado.
Hasta ese momento había cantado frente a un micrófono o
ante un reducido número de personas. Pero, esto había
sido diferente: demasiado público y periodistas
acechándolo. Y desde entonces no pudo conservar su
tranquilidad.
Se volvió triste y silencioso y comenzó a
quedarse por los rincones en cuclillas sin que su madre
ni nadie lo pudiera hacer cambiar de actitud.
No quiso tampoco volver a cantar y sin que pasara
mucho tiempo a todos se les hizo evidente de que había
caído en una profunda depresión.
La compañía decidió cerrar el caso echando a
correr la noticia de la muerte del artista por motivos
naturales y dejó a la familia libre para que se
encargara del idiota con la única condición de hacerlo
desaparecer de la vida artística para
siempre.
A la familia no se le ocurrió nada mejor que
internarlo en un asilo para retardados en el que eran
especialistas en este tipo de casos.
Allí el idiota, con el pasar del tiempo, recuperó
la voz a medias, pero suficiente como para alegrar a los
otros internos, quienes, rápidamente comenzaron a
juntarse a su alrededor, alentados por los médicos , los
que veían en esa ahora suave y apagada voz, la mejor de
las terapias.
III
Para el invierno la compañía de seres semejantes
y la paciente atención de los terapeutas habían logrado
que el idiota se recuperara un poco, aunque su voz
continuaba con ese mismo tono menor que tenía desde el
colapso ocurrido después del evento de la entrega del
premio.
La quietud del lugar y el buen trato que le
procuraban permitían a su madre retirarse tranquila los
fines de semana, después de su visita. Ella jamás perdía
la esperanza de que su hijo saldría de ese túnel oscuro,
y el sólo hecho de verlo cantando entre sus compañeros
la hacía sentirse feliz.
Entretanto los médicos aprovechaban la estadía
del interno para practicar con él diversas terapias;
verdaderos experimentos con los que intentaban
devolverle lo perdido, pero, además, despertar también
en él alguna otra cualidad o gracia dormida que lo
devolviera definitivamente a su familia y al
mundo.
Lo incluyeron en varios programas de estimulación
creativa sin que se lograra ningún resultado. Pero,
tampoco perdieron la esperanza y continuamente su tema
era revisado en las juntas de médicos.
El caso, sin embargo, dió un vuelco inesperado un
día en que el idiota, acercándose a una de las internas
que practicaba su terapia en el jardín, la vio en medio
de un arco iris de aceitosos colores y un ramillete de
pinceles con los que pintaba manchas disparatadas, y se
le quedó mirando fijamente hasta que ésta lo invitó a
compartir con ella ese placer de los garabatos arrojados
sobre la tela con la libertad de un espíritu sin
ataduras.
El idiota tomó un pincel y a los minutos estaba
completamente pintado, sintiendo un placer inaudito al
colorear sus manos de azul y sus piernas y estómago con
un verde esmeralda.
Antes de que continuara, una asistente que lo
observaba tuvo que interrumpir lo que ya tomaba el
aspecto de un arrebato y casi por la fuerza debió
llevárselo para quitarle el óleo esparcido por todo su
cuerpo.
Desde entonces no pasó un día sin que saliera al
jardín y observara maravillado a su compañera jugar con
los pinceles y colores, hasta que reclamó para él igual
placer y los mismos instrumentos de juego.
Los doctores, que aplaudieron este súbito interés
por la trementina y el aceite, no demoraron en
obsequiarle un estuche con óleos, pinceles y muchas
telas.
Ahí empezó el delirio: los rojos y los amarillos
salpicados de una azul desenfrenado; pinceladas lanzadas
sobre la tela como tigres lanzándose sobre su presa;
blancos puros resguardados celosamente por oscuros y
agresivos centinelas .
Al idiota le gustó tanto el juego que tenían que
obligarlo a detenerse a la hora del almuerzo y cuando la
oscuridad era tal que no podía verse nada.
Esto hizo que su vida cambiara nuevamente.
Mientras estaba frente a la tela se comportaba de forma
más bien inquieta, pero luego, al dejar los pinceles, se
le notaba en el rostro una tranquilidad pasmosa, casi
digna de un santo.
Los colores se convirtieron en su mundo y llegó a
dominarlos con la misma destreza que antes las notas
musicales, volviendo a destacarse por su
talento.
Ya no era novedad la acabada expresión de sus
pinturas ahora colgadas en casi todas las paredes del
asilo. Su producción era tan magnífica y numerosa que la
dirección se decidió a pedirle a la familia permiso para
comercializar las obras.
Su madre, otra vez sorprendida por el talento de
su hijo no tuvo que pensarlo dos veces y ella misma se
ofreció para organizar las exposiciones de
venta.
A éstas concurrieron muchos interesados cuando
supieron que la obra allí expuesta pertenecía a un
retardado quien, al parecer, poseía un talento
asombroso. Y los cuadros comenzaron a venderse
copiosamente.
Mientras tanto el idiota seguía pintando. Y
cuando los médicos quisieron darlo de alta y le
explicaron que ya podía marcharse y reencontrarse con su
familia, éste se negó rotundamente a dejar la
tranquilidad de esos patios y la estimulante compañía de
sus amigos. No hubo caso.
Hasta allí llegaron entonces artistas de renombre
a conocer este nuevo prodigio del arte y todos, sin
excepción, quedaron sorprendidos al conocer la idiotez
de sus semejantes, y entre ellos a ese par digno de los
más altos elogios.
De nuevo aparecieron también los reporteros
inquiriendo información sobre el idiota, quien al
enterarse de quienes eran ni siquiera quiso
recibirlos.
Su madre intentó explicarle que esto no guardaba
ninguna relación con su experiencia pasada pero, el
idiota se irritaba por el sólo hecho de que se los
mencionaran.
Así, tranquilo y rodeado de los suyos, seguía
pintando y ganando la admiración de los entendidos. Su
arte parecía estar alcanzando el pináculo de la fama,
mientras él prefería continuar allí recluido con la sóla
ambición de jugar a ese entretenido juego todo el día y
sin interrupciones.
IV
Su mundo hubiera continuado tranquilo, según su
gusto, si no fuera porque un reportero aguerrido logró
saltar los muros del asilo y le tomó algunas fotos. Esta
fueron publicadas en todos los medios de comunicación
como unas de esas fotos tomadas a personajes célebres
difíciles de ser fotografiados. Y para desgracia o
buenaventura de algunos, en estos medios pudo verlas
casi todo el mundo.
El primero en saltar fue el Presidente de la
Western Golden Sound quien se sintió traicionado y con
una demanda escalofriantemente millonaria amenazándolo.
También, como éste lo temía, las vieron algunos fans que
aún lo recordaban con nostalgia y que a pesar de los
cambios en su rostro debido a la ausencia total de
maquillage, pudieron reconocerlo.
No tardó mucho tiempo entonces para que una
multitud de antiguos fans enardecidos se juntaran ante
las puertas de la Western Golden Sound para inquirir
información sobre su ídolo.
Los managers de la compañía no pudieron sino
reconocer el engaño y trataron de explicar lo delicado
que había sido el asunto y lo comprensible que era,
según ellos, el haber tenido que manejar la situación de
esa manera.
- "Nadie hubiera querido pagar un centavo por ver
a un idiota baboso y que trastabillaba sin razón cada
dos pasos- - dijeron los managers - ese era el asunto
entonces; por lo que es comprensible "
Pero, los fans al escuchar tamaña revelación
sobre su ídolo se resistieron a creerlo y pensaron que
se trataba de una mentira más de la compañía que
intentaba, con esta sucia treta, eludir sus
responsabilidades. Así que obtuvieron la dirección del
asilo.
Allá hicieron tal alboroto que tuvo que concurrir
la policía. El director del asilo la había llamado
argumentando que amenazaban el reposo de sus pacientes
junto con amenazar el orden público. Aunque, claro, los
fans continuaron gritando y, después de un rato, se
pusieron a cantar un tema del idiota que comenzó a
entonarse allí entre la multitud, como un murmullo,
hasta que alcanzó las alturas de un himno
apoteósico.
- " Vida mía yo te adoro, yo te adoro " -
cantaron todos, sin tener muy claro lo que hacían.
Incrédulos y choqueados con la sóla idea de que todo
resultara verídico; porque en sus corazones aún no
decidían si lo más increíble era que su ídolo fuera un
verdadero idiota, o que aún éste se encontrara con vida
cuando todos lo creían muerto.
- " Y te amaré por siempre " -
continuaron.
El idiota que no era sordo los escuchó afuera
cantando y sintió una mezcla rara, entre temor y
nostalgia, pero no dejó en ningún minuto los pinceles y
siguió poniendo amarillo sobre un montón de líneas
cruzadas buscando un efecto de pureza entre esas marcas
de rabia, disfrazadas de verde y rojo sobre una enorme
tela blanca.
Como los manifestantes no paraban y después que
la madre hubo explicado el por qué de tanto alboroto al
Director del asilo, a éste se le ocurrió ir a pedirle al
idiota que saliera a saludarlos, asegurándole de que él
en persona lo respaldaría y de que no había nada que
temer, en ningún caso.
Pero, éste persistía en hacer como si no lo
escuchaba y las únicas muestras que dió de sentirse
interpelado fueron unas sucias pinceladas que lanzó sin
darse cuenta.
El Director insistió, y si no hubiera sido por el
enorme respeto y cariño que el idiota le profesaba, no
hubiese salido jamás de ese encierro en que todos sus
sentidos se desconectaban del mundo exterior, y por
donde ya casi había decidido internarse con su espíritu.
Afuera los fans continuaban cantando.
Con su paso torpe y la baba cayéndole como
siempre por la comisura de los labios, el idiota
apareció por una de las ventanas mientras quienes lo
iban reconociendo se quedaban mudos al constatar su
desgraciada apariencia.
De pronto, se hizo un silencio terrible y hubo un
momento gran espectación en que los ojos de todos se
clavaron en el insólito personaje de la
ventana.
El director mismo no pudo evitar el sentir un
pequeño cosquilleo atravesar todo su cuerpo, signo de
una emoción inesperada. En ese momento algo pasó también
por la cabeza del idiota y, sin que alguien pudiera
decir algo, se puso a cantar como en los viejos tiempos,
dejándolos a todos además de mudos, con la boca bien
abierta.
Su madre no podía creerlo; sus compañeros del
asilo no lo habían escuchado nunca cantar de esa manera;
y sus antiguos seguidores cayeron inmediatamente bajo el
embrujo de esa voz maravillosa.
Los infaltables fotógrafos apuntaron sus cámaras
hacia el idiota quien no tuvo ningún problema para
seguir cantando, hasta que cuando terminó de hacerlo,
absolutamente todos, sin excepción, lo aplaudieron a
rabiar hasta el cansancio.
V
Lo sucedido volvió a cambiar la existencia del
idiota y la de su madre, quien después de lograr
convencerlo de que abandonara el asilo, planeó llevarlo
de viaje para que, según ella, la presión de sus
seguidores disminuyera y pudiera adaptarse al mundo con
más confianza.
Decidieron visitar algunos parientes. Una prima
de la madre que vivía en un tranquilo pueblo costero era
el lugar ideal donde pasar desapercibidos y
descansar.
Pequeña y pintoresca la casa estaba lejos de
cualquier otra y cuando llegaron recibieron una acogida
cariñosa. Llegaron el jueves como a las once de la
mañana y por el momento se encontraba únicamente la
prima que preparaba el almuerzo, aumentado de dos
porciones, sabiendo que vendrían.
El idiota recibió los besos de su pariente quien
no se cansaba de decirle lo mucho que habían escuchado
hablar de él y de lo orgulloso que se sentían de formar
parte de su familia.
Almorzaron los tres y luego disfrutaron del sol
sentados en la terraza. Así se les pasó la
tarde.
A eso de las siete llegó el marido de la prima
acompañado de su hija, una morena esbelta, como de unos
veintitantos años y con libros bajo el brazo.
El marido los saludó primero. Luego lo hizo la
hija; y ésta no pudo ocultar su sorpresa al enterarse
que el idiota era nada menos que su famoso primo, el
pintor y cantante de quien su madre tantas veces le
había comentado y de quien hablaban en los diarios y en
la radio.
Sus ojos se fijaron sin quererlo en ese habitual
hilito de baba que caía de su boca y sin saber que hacer
le dió un beso rápido en la mejilla.
- " ø Cómo estás ?"- le dijo - y luego abrazó a
su tía y le mencionó lo feliz que la ponía su
visita.
Se sentaron de nuevo en la terraza y la prima
comenzó a hablar de los estudios de su hija , quien al
parecer era brillante.
El idiota miraba hacia el horizonte y la muchacha
lo miraba a él nerviosamente a intervalos regulares, sin
poder sustraerse a una atracción casi
morbosa.
Tal vez pensaba ella al mirarlo en el " cómo era
posible"; en que era "para no creerlo"; en lo "increible
que son las cosas". Sin dudas que ese día le quedaría
para siempre en su memoria.
El fin de semana bajaron todos a la playa y el
idiota por primera vez en su vida pudo sentir el agua
del mar llegarle hasta los tobillos.
Entonces recién se fijó en esa morena esbelta que
era su pariente y que ahora luciendo un pequeño bikini
mostraba deshinibida toda la plenitud de sus
curvas.
El idiota tampoco había visto antes unas curvas
como esas.
La muchacha que sentía curiosidad por el artista
intentó entablar una conversación y comenzó a decirle
pequeñas cosas, con frases cortas, mientras dibujaba
círculos también pequeños con su dedo índice en la
arena. Y como el otro apenas respondía, ella
inteligentemente comprendió que para lograr comunicarse
con éste era necesario un código diferente.
Por el momento lo tomó de la mano y lo tironeó
hasta el mar donde se bañaron. Al llegar la noche, y
después de haber trabado una mínima amistad, la muchacha
lo intentó de nuevo. Le pidió que cantara, pero el
idiota se negó moviendo su cabeza.
- "Entonces píntame algo" - le insistió -
pasándole una hoja y unos lápices.
El dibujo que hizo por algún motivo oscuro no le
pareció a él suficiente y arrugó la hoja con su mano sin
dejar que ella lo viera.
- " ° Ah !, tiene su carácter "- exclamó ella - y
allí se terminó ese extraño diálogo.
El domingo la playa estuvo más concurrida y la
muchacha le presentó a sus amigos. Como todos, éstos
quedaron impresionados al ver la absurda facha del
idiota pero, cortésmente, no dijeron nada. Luego
supieron de quien se trataba y entonces lo buscaron para
satisfacer su morbosa curiosidad. Aunque casi no
pudieron acercársele, pues la muchacha lo había puesto
bajo su protección femenina y, averiguando las
intenciones de sus amigos, había interpuesto una
verdadera barrera entre su pariente y los
demás.
El lunes la muchacha no estuvo en todo el día y
por primera vez también, en mucho tiempo, el idiota echó
de menos a alguien que no fuera su madre.
Entonces buscó refugio en la pintura.
Ese fue el comienzo de una nueva etapa artística.
Las telas se llenaron de trazos y colores alegres como
nunca y su voz se puso aún más dulce y
refinada.
Su madre dedujo que la estadía cerca del mar le
era provechosa y decidió, con la venia de su prima,
quedarse por más tiempo.
A pesar de sus limitaciones el idiota comprendió
que sus sentimientos lo estaban empujando hacia algo
desconocido, pero habituado como estaba al sopor y a la
pasión del acto creativo, ni siquiera se preocupó, y
siguió pintando.
La muchacha aparecía sólo por las tardes y para
tristeza de éste se encerraba de cabeza a
estudiar.
Al terminar la semana tenía listas varias telas y
cuando la muchacha las vió no pudo dejar de quedar
maravillada con esa mezcla de colores desenfrenada y a
la vez tan armoniosa, expresión del genio más delicado,
como pensó para sus adentros.
El idiota se las obsequió y a cambio ella lo
abrazó calurosamente y le dió un efusivo beso en la
mejilla.
Desde ese día una curiosa amistad nació entre
ellos. Se les veía caminando hacia la playa; ella riendo
mientras él daba sus acostumbrados saltitos para evitar
tropezar. Por supuesto que nadie se atrevió siquiera a
imaginar algo más, porque eso era impensable. Pero, el
idiota, haciendo un esfuerzo casi sobrehumano para
concentrarse, si lo hacía, aunque en secreto.
Cuando hubo pasado un mes la madre quiso partir y
su hijo se negó. La muchacha apoyó férreamente el hecho
de que se quedaran porque ya se terminaba el año y
llegaban las vacaciones. Su prima y su marido también
insistieron. Así que no pudo más que acceder alegrando
los rostros familiares, sobre todo el del
idiota.
Y el verano llegó con sus cielos limpios y su
carga de vacacionistas que, literalmente, llenaron las
playas con sus cuerpos ávidos de sol. La pareja de
primos pudo estrechar sus vínculos al multiplicarse los
paseos y las noches de fogatas en la playa.
El idiota cantaba ahora únicamente para ella y
sólo cuando ella se lo pedía, no importaba si estaban
solos o una multitud los acompañaba.
El verano y la playa, según su madre, le habían
hecho tan bien que ahora hasta babeaba mucho menos y por
fin notaba algo de sensatez en su hijo. Un poco más,
decía ésta, y se mudaban definitivamente a esos parajes,
porque el cambio era realmente increible.
VI
El idiota, a su modo, pretendió comenzar a
cortejar a su pariente y se desvivía en atenciones
portándose como un verdadero caballero y ofreciéndole
pinturas y recitales extraordinarios que mantenían a
ésta, ignorante de tales pretensiones, de los más
contenta y vulnerable.
Cualquiera pensaría que el idiota era incapaz de
tramar una estrategia como esa pero, sin embargo, éste
lo hacía y lentamente iba tejiendo su red para lograr
capturar a su presa como un macho actuando bajo el
impulso de sus alborotadas hormonas.
Se diría que esto consiguió cambiarlo nuevamente
y que esta vez por fin pudo superar innumerables
defectos pero, como contrapartida, su voz se vió otra
vez disminuida y cada vez se le hacía un poco más
difícil pintar sin tener que hacer un gran
esfuerzo.
Esto no le importó, porque por el privilegio de
tomar la mano de su adorada prima; por el sólo hecho de
poderla abrazar y sentir su agradable olor en las
narices, él habría renunciado a todo, incluso a esa
naciente claridad de sus sentidos.
El mundo por fin se le antojaba vivo, repleto de
una razón misteriosa que lo inundaba todo y que no sabía
por qué milagro ahora le ofrecía un paso mucho más
edificante y glorioso en su destino que el de pintar o
de cantar como lo hacía.
Por fin era otro, y hasta un poco más listo.
Ahora sólo quedaba para completar su felicidad poseer el
corazón de su bella consanguínea.
Desgraciadamente para él, al aumentar su amor
disminuyeron proporcionalmente sus talentos y llegó el
día en que su garganta se negó a emitir sonidos
armónicos y su mente y sus manos fueron incapaces de
trazar alguna línea.
No pudo entonces continuar obsequiándole a su
amada las acostumbradas pinturas ni pudo hacerla caer
bajo el embrujo de su voz ahora dormida. Al principio
ella lo tomó como algo pasajero pero, lentamente, fue
como despertando de un ensueño y cada vez quiso mantener
más su distancia, evitando a su primo y tomando extrañas
actitudes de temor y de desprecio.
El idiota entonces pasó como un bólido del
paraíso al infierno y soltando una gran carga de saliva
que la ilusión mantenía retenida, decidió, de la noche a
la mañana, volver a la ciudad e iniciar con esto una
amarga retirada.
Su madre, que sospechaba lo sucedido, prefirió
guardar silencio durante todo el camino por temor a que
cualquier argumento pudiera aumentarle su pena o
degradarle a su anterior estado. Todavía no llegaban a
la ciudad cuando la gente comenzó a reconocerlo y
apuntarlo con el dedo. Pero su corazón destrozado
mantenía ahora sus ojos clavados en el horizonte y su
mente había tomado el curso de los encierros en que
solía aislarse completamente del mundo. Su madre tuvo
miedo.
Al llegar al departamento, no pasó mucho tiempo
para que éste se llenara de visitas y de curiosos que le
pedían a gritos que se asomara al balcón y les cantará
algo. Pero lo único que éstos consiguieron fue que la
madre del idiota los ahuyentará lanzándoles agua fría
con un balde.
Los días pasaron y la melancolía y la tristeza
atraparon al idiota volviéndolo a su anterior estado de
retardo. Otra vez buscó con esmero los rincones para
permanecer en silencio y en cuclillas. La vida giraba y
él con ella, como si para su persona todo fuera
premeditadamente oscuro.
El asilo abrió las puertas con especial orgullo
al recibirlo, y éste comenzó a recuperar su voz de a
poco, ayudado por la quietud de esos tranquilos patios y
con la solícita atención de sus amigos.
De aquella lucidez que había logrado perturbar su
simple y despreocupada vida sólo quedaba un recuerdo
difuso y confundido entre las otras tantas nebulosas de
su memoria. La música y los colores volverían,
seguramente, a ser sus dos grandes alegrías. Mientras
tanto, por las noches, se acurrucaba como un niño con el
dedo en la boca, meciéndose, hasta que lograba que el
sueño lo tranportara hacia otro mundo mucho menos
complejo y más benigno.
fin
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