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"Cuentos y
Leyendas"
Publicacion de esta Semana
El
adivino Cuentos populares rusos
Era un campesino pobre y muy astuto apodado Escarabajo,
que quería adquirir fama de adivino.
Un día robó una sábana a una mujer, la escondió en un
montón de paja y se empezó a alabar diciendo que estaba en su
poder el adivinarlo todo. La mujer lo oyó y vino a él
pidiéndole que adivinase dónde estaba su sábana. El campesino
le preguntó:
-¿Y qué me darás por mi trabajo?
-Un pud de harina y una libra de manteca.
-Está bien.
Se puso a hacer como que meditaba, y luego le indicó el
sitio donde estaba escondida la sábana.
Dos o tres días después desapareció un caballo que
pertenecía a uno de los más ricos propietarios del pueblo. Era
Escarabajo quien lo había robado y conducido al bosque, donde
lo había atado a un árbol.
El señor mandó llamar al adivino, y éste, imitando los
gestos y procedimientos de un verdadero mago, le
dijo:
-Envía tus criados al bosque; allí está tu caballo
atado a un árbol.
Fueron al bosque, encontraron el caballo, y el contento
propietario dio al campesino cien rublos. Desde entonces
creció su fama, extendiéndose por todo el país.
Por desgracia, ocurrió que al zar se le perdió su
anillo nupcial, y por más que lo buscaron por todas partes no
lo pudieron encontrar.
Entonces el zar mandó llamar al adivino, dando orden de
que lo trajesen a su palacio lo más pronto posible. Los
mensajeros, llegados al pueblo, cogieron al campesino, lo
sentaron en un coche y lo llevaron a la capital. Escarabajo,
con gran miedo, pensaba así:
"Ha llegado la hora de mi perdición. ¿Cómo podré
adivinar dónde está el anillo? Se encolerizará el zar y me
expulsarán del país o mandará que me maten."
Lo llevaron ante el zar, y éste le dijo:
-¡Hola, amigo! Si adivinas dónde se halla mi anillo te
recompensaré bien; pero si no haré que te corten la
cabeza.
Y
ordenó que lo encerrasen en una habitación separada, diciendo
a sus servidores:
-Que le dejen solo para que medite toda la noche y me
dé la contestación mañana temprano.
Lo llevaron a una habitación y lo dejaron allí
solo.
El campesino se sentó en una silla y pensó para sus
adentros: "¿Qué contestación daré al zar? Será mejor que
espere la llegada de la noche y me escape; apenas los gallos
canten tres veces huiré de aquí."
El anillo del zar había sido robado por tres servidores
de palacio; el uno era lacayo, el otro cocinero, y el tercero
cochero. Hablaron los tres entre sí, diciendo:
-¿Qué haremos? Si este adivino sabe que somos nosotros
los que hemos robado el anillo, nos condenarán a muerte. Lo
mejor será ir a escuchar a la puerta de su habitación; si no
dice nada, tampoco lo diremos nosotros; pero si nos reconoce
por ladrones, no hay más remedio que rogarle que no nos
denuncie al zar.
Así lo acordaron, y el lacayo se fue a escuchar a la
puerta. De pronto se oyó por primera vez el canto del gallo, y
el campesino exclamó:
-¡Gracias a Dios! Ya está uno; hay que esperar a los
otros dos.
Al lacayo se le paralizó el corazón de miedo. Acudió a
sus compañeros, diciéndoles:
-¡Oh amigos, me ha reconocido! Apenas me acerqué a la
puerta, exclamó: "Ya está uno; hay que esperar a los otros
dos."
-Espera, ahora iré yo -dijo el cochero; y se fue a
escuchar a la puerta.
En aquel momento los gallos cantaron por segunda vez, y
el campesino dijo:
-¡Gracias a Dios! Ya están dos; hay que esperar sólo al
tercero.
El cochero llegó junto a sus compañeros y les
dijo:
-¡Oh amigos, también me ha reconocido!
Entonces el cocinero les propuso:
-Si me reconoce también, iremos todos, nos echaremos a
sus pies y le rogaremos que no nos denuncie y no cause nuestra
perdición.
Los tres se dirigieron hacia la habitación, y el
cocinero se acercó a la puerta para escuchar. De pronto
cantaron los gallos por tercera vez, y el campesino,
persignándose, exclamó:
-¡Gracias a Dios! ¡Ya están los tres!
Y
se lanzó hacia la puerta con la intención de huir del palacio;
pero los ladrones salieron a su encuentro y se echaron a sus
plantas, suplicándole:
-Nuestras vidas están en tus manos. No nos pierdas; no
nos denuncies al zar. Aquí tienes el anillo.
-Bueno; por esta vez os perdono -contestó el
adivino.
Tomó el anillo, levantó una plancha del suelo y lo
escondió debajo.
Por la mañana el zar, despertándose, hizo venir al
adivino y le preguntó:
-¿Has pensado bastante?
-Sí, y ya sé dónde se halla el anillo. Se te ha caído,
y rodando se ha metido debajo de esta plancha.
Quitaron la plancha y sacaron de allí el anillo. El zar
recompensó generosamente a nuestro adivino, ordenó que le
diesen de comer y beber y se fue a dar una vuelta por el
jardín.
Cuando paseaba por una vereda, vio un escarabajo, lo
cogió y volvió a palacio.
-Oye -dijo al campesino-: si eres adivino, tienes que
adivinar qué es lo que tengo encerrado en mi puño.
El campesino se asustó y murmuró entre
dientes:
-Escarabajo, ahora sí que estás cogido por la mano
poderosa del zar.
-¡Es verdad! ¡Has acertado! -exclamó el zar.
Y
dándole aún más dinero le dejó irse a su casa colmado de
honores.
Enviado
por Graciela E. Prepelitchi
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