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Asunto:[infovox] X 504
Fecha:Domingo, 16 de Agosto, 2009  20:06:04 (-0300)
Autor:Proyecto VOX <senda @.........ar>

 

InfoVOX

agosto 2009

Agenda / Concursos/ Muestras/ Poemas / Rosquetas culturales

Bahía Blanca / Buenos Aires / Argentina- Email: senda@criba.edu.ar

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Jaime Jaramillo Escobar (X-504)

Antioquia / Colombia - 1932

 

 

 

Los poliedros y las sustancias

 

Una respuesta perfecta tiene siempre el carácter de un enigma

Henry Miller

 

Cuando yo estaba en la cárcel hacía gimnasia todo el día para mantenerme en forma y evitar el aniquilamiento.

Los presos se reían de mí todo el día y me llamaban Charles Atlas, para mantenerse en forma y evitar el aniquilamiento.

En el patio número siete había un joven de unos veinte años que estaba enamorado de un icosaedro de metal, y se pasaba todo el día bruñéndolo, con la saliva, con la lengua, con los dedos, con el canto de su camisa, y haciéndolo reflejar al sol contra los muros grises que le devolvían una lívida señal luminosa de cortesía.

Un mediodía en el patio quedé dormido de cara al sol, y el joven vino y se entretuvo colocando en equilibrio su poliedro sobre la punta de mi nariz, mientras, con una tiza, dibujaba sobre mi pecho extrañas señales que correspondían a las oscilaciones de su juguete, y debían determinar todo el curso de mi vida en adelante, si lograba salir de la prisión, como lo esperaba, gracias a las gestiones de mi esposa.

Mucho antes de abrir los ojos ya me había dado cuenta de lo que estaba sucediendo, pero era peligroso contradecir a este muchacho, que había matado a seis compañeros con una lezna.

Nadie se atrevía a relacionarse con él, debido a su irritabilidad y sus manías, por lo que preferían mirarlo de lejos y preguntarse quién sería su próxima víctima.

No atreviéndome, pues, a espantarlo, me estuve tan quieto como una débil respiración me lo permitía, hasta que comenzó a trazar signos sobre mí con su lezna, cuya punta me rozaba a veces con demasiada intensidad.

Entre tanto todos los presos se habían acomodado en el corredor circundante del segundo piso y miraban en silencio, según me dijo él mismo acercándose un momento a mi oreja.

Pasó la punta de la lezna por el interior de mis oídos y de mi nariz, y la acercó a mis ojos, como un enamorado que juega en la arena con una ramita mientras aparece su caracol preferido.

Después la llevó a mis labios, la colocó lentamente entre ellos, y deslizándola sobre la lengua me dijo: - ¡Trágatela!

Mientras él esperaba alargué suavemente mi mano y tomando su derecha la contuve entre mis dedos con una ternura comprensiva y dispuesta.

Como a los cinco minutos todos aplaudieron frenéticamente en el corredor del segundo piso y gritaron.

Abrí los ojos y vi entonces que con un pañuelo y mi propio sudor me limpiaba las marcas del pecho.

Fue después mi mejor amigo en el penal, y cuando me dieron de alta me regaló su brillante poliedro de acero bruñido, que destella en los poemas.

La pregunta es siempre igual, pero todas las respuestas son distintas.

La clave no está ni en la pregunta ni en las respuestas, sino en nosotros mismos.

 

 

 

 

 

 

Perorata

 

¡Señoras y señores, oh, señores!

Mirad esta caja roja. ¿La veis?

En ella traigo mi poema, que se irá desenrollando ante vosotros,aquí frente a vuestras miradas, haciendo sonar sus crótalos de colores

y estirando la cabeza para veros mejor y de vez en cuando lanzaros un picotazo.

Ya la voy a abrir, la estoy abriendo, ya se mueve, poned atención,

el poema empezará a salir pronto de esta hermosa caja roja con música incorporada,

esta caja de sorpresas tan liviana y tan bella.

Mientras muevo mi mano en su interior para amansar

el poema, os voy diciendo,

oh señores: no leáis poemas pesados, ni ásperos.

El poema tiene que ser flexible, escurridizo,

ondulante, con un cuerpo frío que os estremezca

y en la cabeza una boca capaz de haceros cualquier cosa.

Atención, señores, ya empieza a salir el poema. Mientras sale, os voy diciendo,

 oh señores: no comáis poemas calientes; el buen poema se come frío.

Yo no os traigo la serpiente más larga extensa dilatada o interminable del Amazonas; ni he cazado la flor viva de la victoria regia; ni este animal tiene pico de tucán.

Señores, oh señores, en el aeropuerto de Medellín conversaban dos señores:

 -Mi hijo mayor, ingeniero, se casó, tienen un niño; Inés Clara, su esposa, un encanto, de la mejor familia.

Pero Luis Carlos, el menor, qué desgracia, su madre está desconsolada.

Hemos hecho todo lo posible, no tiene remedio, ¡qué desgracia tan grande!

-¿¡.!?

-Se dedica a la lectura de poemas, ¿comprende usted, querido amigo?

¡Y yo que lo creía tan inteligente!

¡Señores, oh señores! Esta caja ha viajado conmigo medio mundo.

No siempre he puesto en ella ágiles y rebeldes poemas.

A veces también mi muda de ropa.

Pero es la caja del poema, de todos modos. Consideradla si queréis como una jaula.

En ella he llevado el pájaro que no existe.

Los de más cerca, apártense un poco.

Los de más allá, acérquense más.

Hagan un círculo perfecto, tómense de las manos, aquí está saliendo esta cosa verde que es el poema.

A ver, caballero, ¿cuánto cree usted que tiene en su bolsillo?

Déme la mitad y verá el monstruo completo.

No es para mí, es para comprarle la leche a él.

Señoras y señores, en cierta ocasión, andando por un lejano país,

trabé amistad con un poeta local, uno de su provincia,

que no conocía del mundo más que unas cuantas estrellas.

Con una que hubiera conocido bastaba, porque todas son iguales, pero la cantidad era importante para él.

El mundo es mundo por ser innumerable, me dijo.

¿Qué sería de nosotros si tuviéramos un solo dios?

Aquí donde me veis, he sido muy recorrido desde niño.

Estuve en el Brasil, donde toda la tierra se llena de sapos

después de los inmensos aguaceros.

Del Brasil es esta mano roja con uñas de oro para la suerte, la suerte buena,

porque la mala me la curaron en Bahía.

Sí señores, caballeros: no temáis. Este verso es un endecasílabo,

bueno para el insomnio; y éstos son tercetos, contra las quemaduras.

Y una décima para el dolor de cabeza.

Dije una décima; no una pócima.

¡Señores, caballeros! He aquí los seres del bosque,

pálidos y mojados entre la lluvia torrencial.

En sus cuevas se esconden, en los troncos vacíos,

debajo de las hojas grandes se esconden,

pero el aguacero implacable crece.

Fabricad una casa para el tapir, un palacio para el tigre.

Los seres alados con sus alas se cubren,

pero el Padre y el Hijo sólo tienen un delgado manto, todo ensopado.

Os voy a decir, señores, sí, os lo voy a decir, qué es lo que hace el poeta:

Poner una veleta en la ventana para desorientar a los pájaros.

Labrar peces de hielo para cambiárselos al Mar por peces verdaderos.

Guardar granizo en la bodega para comer en verano delante de los amigos.

Descubrirse ante el ventarrón y entregarle su paraguas al revés.

Borrar con la manga las manchas de sombra en los cristales.

Subirse en una silla de tijeras para pintarle bigotes a la luna.

Escudriñar el horizonte par ver si en el viento hay un señor con cabeza de pájaro.

Decirle a la Aurora dónde vive un malvado para que no pase por el patio de su casa.

Cuando el arco iris aparece,

ir y amarrarlo de pies y manos para ver cómo brilla de noche.

Pescar antenas de televisión

 y rajarles el estómago para sacarles todas las imágenes de mujeres que se han tragado.

Colocar faros de espejo en la alcoba para los grandes bacalaos de ojos de reina.

Ir a contemplar los negritos en la playa,

que le arrancan mechones a una nube de verano

para hacer ovejas con cara de cera negra.

Para hacer palomas con pico negro.

Para que sus mamás los regañen por haber dañado el cielo.

Si se encuentra un cocodrilo cantar himnos con él,

y en general cantar con todos los seres,

hasta con una máquina que es tan fiera, o con un ángel supersónico.

Hacerle al jardín la visita de cortesía.

Manejar el agua con el dedo chiquito

y decir todo lo que le dé la gana, que para eso es poeta.

No dejar nunca de pensar en lo que está oculto, a fin de descubrirlo.

El poeta es el que saca un sombrero del buche de un conejo.

Y muchísimos otros trabajos que no revelo

para que vosotros no aprendáis el oficio de poeta.

Os han dicho, sí, yo sé, os lo han dicho, lo que es la poesía.

La poesía es todo eso que os han dicho, y también esta cajita roja vacía en la que,

como podéis verlo, no hay nada, absolutamente nada, sino ella misma sola por dentro.

Adiós señores, ya me voy, viene la policía.

Os dejo mi sombra.

 

 

 

 

 

 

 

Invitación a comer

 

Hombres sin tierra. Niños sin cuchara.

Pablo Neruda

 

 

Ahora que la fe en el hombre ha desaparecido de los intelectuales,

Y el pesimismo enceguece el pensamiento, las artes, la literatura,

Ahora que el mundo por fin tambalea,

Precisamente en este momento tenemos hambre.

En la antigua China las leyes de la moral se dictaban después de las cosechas,

A causa de que el soberano no quería ser soberano de nada,

Y pensaba que más valía ser soberano de un pueblo fuerte,

Que ser el triste y pobre soberano de un pueblo arruinado, amenazado por ávidos enemigos.

Si hombres ambiciosos se adueñan de las tierras, son responsables por los que mueran a causa de la falta del grano.

Ellos dicen: –No somos responsables porque no existe Dios, y si existiera estaría de nuestra parte, o al menos no le permitiríamos estar de parte de ustedes.

Pero son responsables ante la humanidad y ante la historia de la humanidad, son responsables ante el polvo de la Tierra, ¡nada menos!. Ante su poquito de polvo, ante sí mismos son responsables, polvo que recibe la condena de su propia alma, polvo despavorido hasta que la combustión de los astros purifique lo inmundo en el Universo purificador.

Y el tiempo gira como agua que pasa una esponja sobre la Tierra astral para brillarla y pulirla y mantenerla habitable, palacio para los hijos de Dios, siempre perdonados, siempre acudidos, los hermosos hijos de Dios que se comportan mal como todo hijo de rey entre sus privilegios, y el Gran Padre condesciende, pero reserva para el final su mano inapelable.

En la paz el sufrimiento. Resultado de un predominio.

Muchos de los nuestros prolongan edades prehistóricas.

No somos contemporáneos de nuestros contemporáneos.

Y desde los centros del poder mundial, calculadas y sutilísimas manipulaciones nos empujan a su arbitrio.

Envilecen nuestros precios, roban nuestro trabajo, y permanecemos en la pobreza.

Construimos nuestras viviendas en los lechos secos de los ríos y cuando regresan las aguas desaparecemos en las aguas.

Nuestras casas construimos al borde de los precipicios, en las faldas de las montañas, sobre cordilleras de piedra las construimos,

Y el viento y el huracán nos arrojan a los abismos con nuestras bestias queridas, nuestras compañeras.

Al borde de los caminos construimos nuestras casas, las construimos en las orillas de los ríos y después flotamos en las grandes crecientes de invierno con nuestras gallinas y chanchitos.

Sobre cualquier pedacito sobrante de tierra construimos nuestro albergue, en lo más alto y árido lo construimos y en lo más bajo y lacustre.

Poco vestido tenemos, poca comida tenemos: con un calzón, con una saya; con un pescadito y una cebolla; y el agua de coco que es misericordiosa porque sirve también para los enfermos y los heridos.

En el mar los gigantescos portaaviones acorazados y los submarinos nucleares ocultos entre los peces.

Juanito pescó un submarino nuclear, una noche que estaba pescando y se dejaba venir la tormenta.

Se asustó muchísimo y dejó que se fuera, porque los submarinos son como el pez eléctrico, que no se come.

El niño desnudo que buscaba la cabra encontró una granada explosiva que no se le había perdido a él,

Y es sobre nuestra condición que se elevan los augustos himnos del progreso.

El mar y el cielo contra nosotros, artefactos disimulados entre las estrellas nos espían, y no conocemos más abundancia que la de nuestros corazones.

La noticia del día es que la gente humana padece hambre, diez mil años después de haber sido inventada la agricultura.

Como en Hiroshima, como en Vietnam, como en España, como en tantos otros santos lugares,

Nuestras casas a la deriva sobre la espuma del fuego.

Cinco aviones disparando a razón de 18.000 proyectiles por minuto, equivalen a 90.000 proyectiles contra nosotros por minuto, y esta es nuestra primera lección de aritmética,

Pero lo peor es que nosotros mismos somos obligados a pagar los aviones y los proyectiles y por eso es que tenemos hambre.

Preguntan si esto es poesía de la buena, o de la mala, y el poeta dice que es de la mala,

De la que dijo Blake que nadie cree que la poesía pueda causar daño alguno,

De la que dijo Juvenal que la indignación es la inspiración del poeta: “Facit indignatio versus”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 





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