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Asunto:NoticiasdelCeHu =?UTF-8?Q?338=2F20_=2D_VIAJANDO=3A_En_el_Pucar=C3=A1_de_Tilcara_con_Ludm?= =?UTF-8?Q?ila_y_Laurita?=
Fecha:Viernes, 6 de Noviembre, 2020  21:23:42 (-0300)
Autor:Centro de Estudios Alexander von Humboldt <centrohumboldt1995 @.....com>

NCeHu 338/20

 

En el Pucará de Tilcara con Ludmila y Laurita

 

Yo había estado en el Pucará de Tilcara en varias oportunidades, pero, además de que podría volver unas cuantas veces más, por lo impactante del lugar, en ese enero de 2015, pretendí que lo conocieran mis nietas Ludmila (12) y Laurita (11). Así que desde la plaza Cnel. Manuel Álvarez Prado, en el Centro de Tilcara, fuimos a pie por el camino de los autos, que era de alrededor de dos kilómetros hacia el sur.

La quebrada de Humahuaca habría sido habitada, según los indicios hallados por los arqueólogos, aproximadamente desde el año 10.000 a. C., por grupos de cazadores-recolectores quienes fueron domesticando el ganado autóctono al tiempo en que se convertían en agricultores. A pesar de ello, el poblamiento masivo de la Quebrada se había dado en el período tardío, es decir, entre los años 1.000-1.480 d. C., para continuar durante un breve período incaico, como lo indicaban los muros de sillería, hasta la ocupación española, que se hizo efectiva con la captura del curaca (cacique) de los Omaguacas, llamado Viltipoco.

Una parcialidad de los Omaguacas, eran los Tilcaras, quienes dominaban la región que se extiendía desde el Angosto de Perchel en el norte hasta Purmamarca en el sur, y desde la quebrada de Huichaira en el oeste hasta la zona de cultivo de Alfarcito en el este.

El Pucará consistía en un poblado que había sido ocupado entre fines del siglo VIII d. C. y el momento de contacto hispano-indígena (siglo XVI d. C.), presentando una gran concentración de estructuras arqueológicas distribuidas a lo largo de más de ocho hectáreas de superficie. Dichas estructuras, de las cuales se visualizaban principalmente sólo muros y cimientos, eran parte de las antiguas viviendas, talleres, plazas, tumbas y espacios ceremoniales.

Las construcciones eran de piedra, con techos de torta de barro y paja asentados sobre tirantes de cardón, comunicadas entre sí por caminos, ocupando la mayoría de la superficie del Pucará. Y en los patios se encontraron orificios donde se enterraba a los difuntos con sus pertenencias.

Las ceremonias y rituales eran oficiados por determinadas personas de la comunidad que habrían tenido contacto con los “dioses”, ancestros o “mallkus” (espíritu de los cerros).

Algunos de los rituales estaban destinados a organizar distintas tareas como ser la siembra, la cosecha y la limpieza de canales de riego. Cultivaban maíz, papa, porotos, zapallos, entre otros productos, con herramientas simples y con el empleo exclusivo de la fuerza humana.

A partir de la conquista, estos pueblos fueron sometidos al régimen colonial de la “encomienda”, siendo obligados a residir en un determinado lugar y a trabajar por temporadas para el encomendero. Esto produjo una drástica disminución de la población y obviamente el abandono del Pucará.

 

Ludmila y Laurita en una de las viviendas del Pucará

en cuyo patio se había realizado un enterramiento como lo indicaba el orificio

 

 

Interior de una vivienda

 

 

Por los antiguos caminitos se podía recorrer el Pucará.

Los muros de sillería eran indicadores del paso de los Incas

 

 

Este pucará fue descubierto por el etnógrafo Juan Bautista Ambrosetti en una de sus investigaciones arqueológicas en el Noroeste Argentino en 1908, en compañía de su discípulo, luego continuador de su obra, Salvador Debenedetti. Durante los veranos de los tres años siguientes exploraron el Pucará y extrajeron unas tres mil piezas, lo que les permitió formarse una idea de cómo era la vida de sus habitantes antes de la llegada de los españoles. Además, los basureros encontrados en la falda sur, donde se arrojaban todo tipo de desechos, resultaron sumamente ricos en información arqueológica.

Hacia 1911 Debenedetti tuvo la ocurrencia de restaurar las ruinas. Con la aprobación de Ambrosetti, quien era Director del Museo Etnográfico de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, se procedió a limpiar el terreno en una extensión de dos mil metros cuadrados, y levantar las paredes hasta una altura de poco más de un metro. Pero Debenedetti no estaba conforme con realizar sólo esta limpieza, y en 1929, ya Director del Museo Etnográfico, al suceder a Ambrosetti que había fallecido, realizó una nueva exploración del lugar junto a su discípulo Eduardo Casanova, con el propósito de llevar a cabo su objetivo, pero al morir al año siguiente, este proyecto quedó sin efecto.

En 1948 Casanova, a cargo de la cátedra de Arqueología Americana en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, retomó el proyecto y continuó con la reconstrucción. El gobierno jujeño donó a la Facultad las tierras del Pucará con el compromiso de que creara el Museo Arqueológico, lo que se cumplió recién en 1966 con la inauguración de la primera parte, que se completó luego de dos años con el nombre de Dr. Eduardo Casanova.

 

Laurita en uno de los sectores parcialmente reconstruidos

 

 

La abundancia de cardones podían ser marcadores para la búsqueda de “antigales”, es decir de restos antiguos, en el Noroeste Argentino.

 

La abundancia de cardones podían ser marcadores

para la búsqueda de antigales en el Noroeste Argentino

 

 

Cactáceas varias en las áreas sin reconstruir

 

 

En 1935 se construyó un monumento en forma de pirámide trunca, en homenaje a Ambrosetti, Debenedetti y Eric Boman, otro arqueólogo especialista en el Noroeste, en la cima del cerro, en el sector en que los habitantes originarios habían dejado despejado, a modo de plaza. Esto fue muy cuestionado, ya que lejos de estar en directa consonancia con la arquitectura del lugar, tenía características mesoamericanas.

 

Monumento a los Padres de la Arqueología argentina ubicado en la cima del cerro del Pucará

 

 

Cactáceas rodeando los muros de la Pirámide

 

 

Vista panorámica de la cima del Pucará con la Pirámide

 

 

El Pucará estaba localizado sobre un morro de ochenta metros de altura junto a la confluencia de los ríos Huasamayo y Grande, que allí corrían a 2450 m.s.n.m., siendo un punto estratégico de la quebrada de Humahuaca, por ser un lugar ideal para defenderse de los ataques, dominando el cruce de los dos únicos caminos del lugar, y siendo defendido por los acantilados sobre el río Grande y las ásperas laderas, habiendo construido altas murallas en los faldeos más accesibles.

La denominación “Pucará”, en quechua significaba “fortaleza”, refiriéndose a su ubicación en un cerro de difícil acceso. Al llegar a la cima, sector del monumento, se podía observar un amplio panorama de la quebrada de Humahuaca, desde el Angosto de Perchel al norte hasta Maimará al sur, las quebradas de Huichaira al oeste, y del Huasamayo, al este. Pero, desde el llano, no eran visibles las construcciones del Pucará.

Los pucarás no sólo tenían fines defensivos, sino también sociales y religiosos. Desde la altura podían controlarse los campos de cultivo circundantes y las viviendas de los campesinos en los terrenos bajos.

 

Vista del río Grande y de la ruta nacional número nueve desde la cima del Pucará

hacia el Angosto de Perchel

 

 

Vista, desde el Pucará, de la quebrada de Huichaira

 

 

Acantilado a la vera de la ruta nacional número nueve, paralela al río Grande

 

 

Vista del pueblo de Tilcara desde el Pucará

 

 

Sólo habían quedado como registros de la reconstrucción algunas menciones en textos y las huellas en el terreno. El método utilizado se había basado en los de principios del siglo XX. Y, si bien posteriormente se consideraban adecuados el planteamiento del recorrido interno y las reconstrucciones de los techos, por el contrario, la de los muros y el acceso vehicular habían provocado modificaciones notorias.

 

Viviendas en el área de la pirámide

 

 

Estatua de una habitante originaria

 

 

Ludmila y Laurita en el borde de la cima

 

 

Cuando las sombras se alargaron, comenzamos el descenso, pasando por corrales de llamas, animales que habían tenido gran importancia para estos pueblos, tanto para carga, ya que eran capaces de llevar entre veinticinco y treinta kilos de peso durante veinte kilómetros por día para el tráfico de sus productos, como para abastecerse de carne y lana.

 

Comenzndo el descenso

 

 

Corral de llamas

 

 

Laurita y Ludmila observando las llamas en el corral

 

 

Luego nos detuvimos en el Jardín Botánico de Altura, que consistía en un espacio destinado a la preservación, investigación y educación en la biodiversidad de la región. Había sido creado a partir del convenio firmado entre la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y el Gobierno de la provincia de Jujuy.

 

Ludmila en el Jardín Botánico de Altura

 

 

En los alrededores del Pucará había algunas edificaciones realizadas con materiales tradicionales de la región como los ladrillos de barro, y, debido a los vientos estacionales, se les habían colocado piedras en el techo para evitar voladuras.

 

Edificación hecha de ladrillos de barro

y piedras en el techo para evitar voladuras

 

 

Luego llegamos a una zona donde se podían ver los acantilados sin vegetación erosionados por las lluvias estacionales. Y al cruzar por un puente el río Huasamayo, encontramos su lecho absolutamente seco, por estar en período de estiaje, sin embargo, con las fuertes precipitaciones estivales, que se producirían próximamente a lo largo de toda la cuenca, las crecidas se producirían de manera repentina, habiendo causado serios accidentes en varias ocasiones.

 

Ludmila junto a un paredón erosionado por las lluvias

 

 

Cruzando por un puente del río Huasamayo

 

 

Cauce en estiaje del río Huasamayo

 

 

Las crecidas podían producirse repentinamente tras las lluvias del verano

 

 

Ya habíamos llegado al pueblo y estábamos caminando por una angosta callejuela de tierra, cuando, de pronto, pasaron a nuestro lado, a gran velocidad, tres llamas que se habían escapado de su corral. Quedamos paralizadas y nos pusimos a pensar en lo que nos hubiera podido suceder, en caso de que alguno de los animales nos atropellara… Pero, así era Tilcara, una pequeña localidad, donde, por un lado, oíamos hablar en gran diversidad de lenguas, por la gran presencia de turistas de todo el mundo, y, por otro lado, se vivía en la más arcaica ruralidad.

Entre las caminatas, los paseos y el susto, mis nietas reclamaron una buena merienda, que pudimos tener en un bar de la calle Belgrano. Infusiones, submarino, facturas, panes y tostadas con manteca y dulce, pagando por todo ciento veinte pesos, una verdadera bicoca, a pesar de ser un destino internacional.

 

Ludmila y Laurita merendando en un bar de la calle Belgrano

 

 

Ana María Liberali

 

 



[Adjunto no mostrado: =?UTF-8?Q?2015_=2D_En_el_Pucar=C3=A1_de_Tilcara_con_Ludmila_y_Laurita=2Epdf?= (application/pdf) ]