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Asunto:NoticiasdelCeHu 51/19 - La familia y sus representaciones en la ciudad del siglo XX
Fecha:Miercoles, 24 de Abril, 2019  00:10:43 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 51/19
 
 

La familia y sus representaciones en la ciudad del siglo XX

 

“Valga afirmar una obviedad, que sin las actividades de reproducción es imposible e inviable cualquier actividad productiva” Zaida Muxi.

 

Alfredo César Dachary

 

En gran parte, el desfase entre las diferentes tradiciones y protocolos de conducta de algunas religiones y la sociedad actual es porque las primeras, con muchos siglos de existencia, consideran que la sociedad no cambia, por lo tanto, no requerirían hacer transformaciones en sus ritos y creencias, lo cual genera un desfase profundo en la sociedad entre estos comportamientos y el resto de la misma.

Cuando caminamos en una playa y vemos a un hombre con short, camisa abierta y anteojos negros y que lo acompañan tomados de su mano dos o tres niños con traje de baño, siendo un turista más en una playa de Occidente, pero al ver con más detalle y a corta distancia va su esposa, con la cabeza tapada, las piernas cubiertas y, a veces, solo se le ven los ojos, un espectáculo normal en una playa del mundo musulmán.

Pese a todos estos casos de reminiscencia de un mundo de varios siglos atrás, en el XX se profundizó la lucha por la igualdad de género, cada vez más fuerte ante las agresiones de una sociedad patriarcal agonizante, que aún discute el tema del aborto con criterios del siglo XIX, nos damos cuenta que en las principales creencias religiosas los cambios son muy lentos y eso explica, en parte, hoy la reducción de creyentes y mucho más de aquellos antes abundantes fieles devotos.

Esta lucha de las mujeres por la equidad, justicia e iguales derechos no en el papel sino en la realidad, no están disociados de la crisis de la familia tradicional que se genera con el advenimiento del capitalismo y la revolución industrial, y una de las formas de entender esta realidad que ha estado en pie de lucha todo el siglo XX.

Ésta es una larga historia que se remonta al pasado lejano, los griegos que fueron los “colonizadores de nuestro mundo intelectual”. Su visión de un cosmos regido por leyes naturales que el hombre puede descubrir y comprender, se constituye en la base de la filosofía y la ciencia que conocemos
en Occidente. También fueron los creadores de la democracia y los pioneros en la construcción de la misoginia, ya que su visión desvirtuada y perniciosa sobre las mujeres ha persistido hasta la época actual.

La vida privada no es una realidad natural que nos venga dada desde el origen de los tiempos, sino más bien una realidad históricamente construida de manera diferente por determinadas sociedades.

En la Belle Époque, fines del siglo XIX y comienzos del XX, los poderosos levantaban un muro sobre lo privado, lugar donde vivía y se controlaba la familia con reglas estrictas de comportamiento, bajo el pretexto del honor y del buen nombre de ésta, que era el del padre que hacía de máximo guardián de toda su descendencia, incluido su esposa.

Así se afirmaba como una realidad eterna que la gente educada jamás entabla conversación con extraños y que también no se habla asuntos íntimos con los padres. En favor del aislamiento se decía que cuando menos se frecuente a las personas que nos rodean, tanto más nos haremos merecedoras de su estima y su respeto.

Es por ello que en la casa burguesa se separan las áreas de recepción de las demás, las de la familia, y los niños jamás entran a esas áreas de recepción, donde se atendían a los extraños a la familia.

Las familias pobres no tenían este protocolo ya que vivían en cuartos pequeños donde comparten todo y su única opción es la calle donde a veces trabajan, comen o simplemente ven a otros, no hay diferencia entre lo público y lo privado. 

La desigual y lenta flexibilización de los formalismos que dominan la vida pública se inscriben en efecto en un cuadro más general, donde se replantean todos los papeles, los primeros cambios se ven en la política y el trabajo además de las vacaciones y los juegos colectivos.

En abril de 1950 se abre el Club Méditerranée, que rompe con las estructuras rígidas de los hoteles, que hasta hoy existe en plena expansión siempre en lugares bellos y aislados. Cambia el sentido de las vacaciones no son “ni un momento ni un lugar”, sino un estado del espíritu valorado como tal y con ello cambian las relaciones entre empleados y clientes, se rompe el protocolo y por ello se arman juegos que logran integrar a los visitantes con los trabajadores.

La vida social seria aquí es alterada y violada o, como dice Edgar Morín, “las grandes vacaciones son las vacaciones de los grandes valores”, no se habla en serio, o se es un aguafiestas, habían pasado dos grandes guerras y las sociedades tenían graves heridas que cerrar y mucho que olvidar.

En 1955, en Europa se cambia la animación radiofónica, remplazando al locutor por un animador que promueve la participación de los oyentes, juegos radiofónicos, sin protocolo, tuteo, se empieza a ablandar la excesiva y rigurosamente ordenada vida.

Aumenta cada vez más la importancia del humor en la sociedad y los cómicos modernos se ríen de ellos mismos, todo esto llega al cenit en 1968 con la revolución de los jóvenes, el famoso Mayo Francés que se replicó en muchos países del mundo.

Por la cultura que nos han transmitido tenemos la creencia de que la familia siempre ha sido esa y parece que es el siglo XX el que ha venido a cambiarla, ya que la familia nuclear es una invención del siglo XIX. La industrialización trae consigo la separación de la fábrica versus casa y la especificación de quién vive en esa casa: familia formada por padre, madre y dos o tres hijos, persona que gana el sueldo, persona que cuida y personas cuidadas.

Eso ni ha sido así siempre ni es así ahora y, sin embargo, la vivienda está pensada para esta unidad y refuerza una jerarquía desde los propios espacios interiores. Hay una habitación más grande con baño privado para la pareja; la casa es el espacio del descanso y recuperación del hombre, del guerrero, y para la mujer es un espacio de obligaciones, de duro trabajo permanente y oculto. Esto es lo que está cambiando luego de las revoluciones en la sociedad a partir de los 60.

En “El mito de la vida privada”, Soledad Murillo explica muy bien cómo la familia se regula por el “derecho natural”. Considera que no puede hablarse de espacio privado para las mujeres ya que el espacio privado solo es posible para quien puede abstraerse voluntariamente de lo público, derecho del rol de género masculino. Reclusión no es privacidad. La casa es un espacio de tareas inacabables, con su propio orden y organización, que establece el lugar adecuado de ser mujer.

Para la arquitecta Zaida Muxí, el reto pasa a todas las actividades de la sociedad y, en su caso, plantea la necesidad de un cambio en el paradigma de la arquitectura, ya que vivienda era un reflejo de asimétrica e injusta familia patriarcal, lo cual contrasta con la idea de una casa vista como algo mítico desde el punto de vista del reposo del guerrero, el patriarca. Esa casa inmóvil ni siquiera sirve a lo largo de la vida de esa supuesta familia modelo nuclear porque se va modificando en su propia historia, mientras crecen y cambian sus integrantes.

Flora Tristán, periodista política socialista y feminista nace al comienzo del siglo XIX y muere a mitad del mismo, pero deja un legado excepcional además de adelantarse con su denuncia a la famosa obra de Engels Contribución al problema de la vivienda (1873). Ella desnudó el modelo al afirmar que la burguesía fue una fuerza esencial para la construcción del modelo de sumisión familiar. Además, ya a principios del XIX empleaba la mayor precarización de las trabajadoras fabriles como arma de disgregación de clase.

Las mujeres burguesas eran el ideal al que todas debían aspirar, ya que la carga de trabajo para las mujeres trabajadoras dentro y fuera del hogar era enorme, y se usaba el peso de la moralidad y la culpa por si los hijos no están suficientemente limpios y la casa (pequeño cuarto sin servicios) suficientemente ordenada.

La burguesía, efectivamente, generó el enfrentamiento salarial entre hombres y mujeres al tiempo que instauraba como modelo la mujer ángel del hogar. La realidad es que el trabajo de las mujeres en las fábricas no disminuía; en Cataluña, en 1839 un 38,5% de los trabajadores eran mujeres y un 8,7% niños y niñas.

Cuando Melusina Fay Peirce (1836-1923) reivindica las casas sin cocina y acuña el término “cooperative housekeeping”, proponiendo la eliminación de los trabajos del hogar individuales, la revista Architectural Record de 1902 acaba exponiendo la preocupación hacia las residencias familiares en apartamentos con labores compartidas, ya que eso supone más tiempo libre para las mujeres. Esto se consideró un peligro, ya que se dio en el mismo momento histórico en que las sufragistas estaban en la calle pidiendo el voto. Un peligro para la continuidad de la especie americana, ya que las mujeres no van a poder criar si están en la calle.

Catharine Beecher (1800-1878), una de las primeras tratadistas sobre la vivienda y vida doméstica, plantea que las cosas sirvan para más de un uso, sin necesidad de mucha transformación, que no es necesaria una gran mesa para la comida de Navidad, sino una mesa que se adapte a varias utilidades.

Todos estos ejemplos mínimos de los muchos que hay nos llevan a preguntar por la necesidad de un cambio de paradigma, ya que los valores de la arquitectura se han creado desde el dominio, desde la situación de poder. También necesitamos que las decisiones sean más democráticas, más conscientes de la finitud del planeta, de la variedad de la población, de las características de cada edad, género y económicas. El urbanismo debe poder responder a estas cuestiones porque lo supuestamente universal no nos acoge a todos, solo es bueno para un grupo privilegiado al que el resto se tiene que acomodar.

 

alfredocesar7@yahoo.com.mx

  


 

 

 

 

 

 

 


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