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Asunto:NoticiasdelCeHu 215/17 - VIAJANDO: En Santiago de Chile por una escala a érea
Fecha:Sabado, 17 de Junio, 2017  14:08:57 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 215/17
 

 

En Santiago de Chile por una escala aérea

 

En julio de 2013 yo debía ir a la ciudad de Lima para asistir a un evento geográfico, pero debido a que no saqué el pasaje con anticipación y siendo coincidente mi viaje con el comienzo de las vacaciones de invierno en Argentina, no sólo que no conseguí pasaje directo, sino que tuve que hacer una escala en Santiago de Chile, de un día y medio. Y esto no era justamente porque los argentinos se dirigieran masivamente a Perú, sino porque en muchos casos, los pasajes vía Lima abarataban aún más los vuelos a Miami, verdadera meca de gran parte de mis compatriotas.

Así que el lunes quince salí de casa en un taxi Onda Verde rumbo a Ezeiza que pagué doscientos siete pesos incluyendo los peajes, llegando al aeropuerto algo después de las once de la mañana. Y después de realizar los trámites correspondientes, me senté en el bar donde tranquilamente me comí un sándwich de pan de salvado con queso y tomate.

El vuelo fue muy tranquilo, sin embargo, mientras atravesó las provincias de Buenos Aires, Córdoba y San Luis, un denso manto de nubes cubrió permanentemente el paisaje; pero por suerte, al llegar a la cordillera mendocina, pude tomar algunas fotografías de la laguna del Diamante, de un río congelado al sur del Aconcagua, y de la cordillera del Límite. Y del lado chileno, del embalse Carén y de los campos cultivados en las inmediaciones de Santiago.

 

La laguna del Diamante en la provincia de Mendoza

 

 

El sector mendocino de la cordillera de los Andes

 

 

Los Andes mendocinos, donde se encontraban los picos más altos de América

 

 

Detalle de los glaciares cordilleranos

 

 

Un río congelado al sur del Aconcagua

 

 

Sobrevolando la cordillera del Límite

 

 

Sobre el límite argentino-chileno

 

 

Embalse Carén en las cercanías de Santiago

 

 

Campos cultivados próximos a Santiago de Chile

 

 

Tomé un taxi oficial hasta el hotel Quito, en la calle Quito, muy cerca del cerro Santa Lucía. Me cobró diecisiete mil chilenos, unos trescientos sesenta y cinco argentinos por sólo veinte kilómetros, casi el doble de lo que había pagado entre Congreso y el aeropuerto de Ezeiza, que distaban treinta y un kilómetros.

Yo había buscado por internet un hospedaje relativamente económico, ya que todo estaba muy caro para nosotros, y aunque no había cartel, reconocí el lugar por las fotografías que había visto previamente. En cuanto toqué timbre, un hombre que acusó setenta y nueve años, aunque aparentaba más, vino a atenderme. No pude entender si se trataba del dueño o de un viejo empleado, pero en pocos minutos me contó la historia del lugar. ¡Era un personaje!

Cuando me tomó los datos le entregué mi documento, pero lo rechazó:

“Confío en las damas”, - me dijo sonriente mientras se ponía los anteojos.

“Gracias. Es usted muy amable”, - le contesté.

-          “Dígame primero su apellido paterno.”

-          “Liberali.”

-          “Por favor, deletréemelo. Es muy raro. ¿De qué origen es?”

-          “Es italiano”.

-          “Ahhh, aquí no hay inmigrantes italianos.”

Y después de deletrearlo varias veces, me pidió el apellido materno.

-          “Sensini, pero no figura en mi documento.”

-          “No importa, yo igualmente lo voy a agregar. Pareciera que los argentinos no tuvieran madre.”

Nuevamente el deletreo, y así con todo…

Me llevó a la habitación seiscientos tres, en el sexto piso, que sería el quinto para Argentina, porque a la planta baja le decían primer piso. El ascensor era pequeño y viejísimo. De hecho, la puerta tijera era de madera. La habitación quedaba al fondo del pasillo detrás de una cortina. Allí me indicó que la puerta de al lado era la del baño, pero que sólo era para mí.

La temperatura de Santiago estaba alrededor de 20°C por lo que no encendí la calefacción, y vestida como estaba me quedé dormida a eso de las cuatro y media de la tarde. Cuando me desperté ya eran como las siete, y en la esquina de Diagonal Paraguay y Lira tomé un taxi para ir al barrio Bellavista. Pagué mil setecientos pesos chilenos.

Recorrí un poco la zona, entré al Paseo Bellavista, compré unos títeres para mi hija Alicia y para mi nieta Rocío, y cené allí mismo en el restorán “Fulano, Zutano y Mengano”.

Pedí un sándwich vegetariano, pero cuando la chica me lo trajo, vi algo marrón que me pareció carne, y le pregunté:

-          ¿Qué es eso?

-          Carne mechada, -me dijo.

-          Yo pedí un vegetariano.

-          ¿Por qué?, ¿no lleva carne? – preguntó.

-          ¿Y…? Si es vegetariano…

-          Se lo cambio.

-          No, déjelo. Lo como igual.

Pero resultó no ser carne sino cebolla dorada…

Lo acompañé con una gaseosa, un agua sin gas y un cortado, y pagué ¡doscientos pesos argentinos! En ese momento, en un lugar del mismo estilo en Buenos Aires, hubiese costado casi la tercera parte.

Desde allí volví a caminar por el barrio y luego me senté en otro bar. Tomé una Coca Cola y me puse a trabajar con estadísticas de un artículo que tenía pendiente. Era algo muy habitual en mí quedarme largos ratos en los bares haciendo borradores de trabajos, preparando clases o corrigiendo exámenes.

Salí para tomar un taxi. Todo estaba a full porque, a pesar de ser lunes, el martes era feriado por la Virgen del Carmen. Le dije a un taxista de la parada adónde me dirigía, y me pidió cinco mil pesos chilenos. Le dije que me habían llevado por mucho menos. Entonces dijo que tomara uno de la calle porque ese valor era el mínimo por el cual ellos se movían. Eso hice y me cobraron mil seiscientos ochenta pesos.

Cuando llegué al hotel ya eran las doce y media de la noche. Miré televisión hasta que me dormí, pero lo hice semi-vestida, no sólo por mi temor a un posible movimiento sísmico sino por si tuviera necesidad de levantarme, ya que el baño era una heladera.

El martes dieciséis a la mañana desayuné y mediante el metro fui desde la estación Santa Lucía hasta Estación Central. Era un mundo de gente. Si bien gran parte de los locales mayoristas estaban cerrados por el feriado, conseguí resortes multicolores para mi hijo Martín en los puestos de la calle. Compré algunas cositas más, comí en el patio de comidas una hamburguesa, una gaseosa y un milkshake, y regresé en el metro hasta estación Universidad Católica.

Caminé hasta el hotel y después de las dos y media de la tarde, me pasaron a buscar con un micro de turismo. Yo ya había ido a Santiago en muchas oportunidades, pero nunca lo había hecho a través de una empresa de turismo que pudiera brindarme nueva información. Y, además, el día estaba espléndido como para disfrutarlo paseando en un vehículo descapotado.

Primeramente rumbeamos para el sofisticado barrio de Las Condes para luego, pasando por el coqueto Providencia, bordear el río Mapocho y llegar a Bellavista, donde se bajaron algunos pasajeros. El barrio estaba repleto de gente, tal cual la noche anterior porque tenía la particularidad de ser muy concurrido en cualquier momento del día por ofrecer tanto atractivos naturales como culturales. Las familias iban al cerro San Cristóbal donde a través de su funicular arribaban al zoológico, además de las hermosas vistas que se ofrecían desde su mirador superior; otros preferían los museos, la exposición y venta de artesanías, y todo completado con restoranes, bares y boliches de todo tipo.

 

Mucha gente paseando en el barrio Bella Vista

 

 

Yo decidí continuar mi recorrido por los parques a la vera del río Mapocho. Uno de los más extensos y bonitos era el parque Forestal, que además de ser un importante pulmón verde con senderos interiores, albergaba al Museo de Bellas Artes y al Museo de Arte Contemporáneo, y varios locales de cafés. La creación de este espacio se había producido con motivo del centenario de la república, tomándose ejemplos de arquitectura francesa y estilo de vida europeo para su realización, destinando grandes fondos para embellecer la ciudad. Tal cual lo que ocurriera en la Argentina, a principios del siglo XX, se vivía un contexto de auge económico producto de las exportaciones de materias primas, que en este caso procedían de la riqueza cuprífera del norte.

Santiago, tras haber sufrido una serie de terremotos que contribuyeron a deteriorar cuando no a derrumbar gran cantidad de edificaciones de cierta antigüedad, venía siendo reconstruida en edificaciones de altura, habiendo sido el broche de oro, el Costanera Center, de trescientos metros, considerado el más alto de América Latina.

 

Parques a la vera del río Mapocho

 

 

Cruzando el río Mapocho

 

 

Vista del Costanera Center, el edificio más alto de Latinoamérica,

desde una de las avenidas paralelas al río Mapocho

 

 

Paseando por las riberas del Mapocho

 

 

Edificios modernos santiaguinos con el fondo de la Cordillera

 

 

Puentes sobre el río Mapocho en la calle Purísima

 

 

Bordeando el río Mapocho

 

 

Un lugar emblemático de Santiago era el Mercado Central, donde además de venderse productos frescos del mar, se destacaba por la oferta gastronómica de variados restoranes en su interior.

Y frente a él se encontraba la plaza Prat, que contenía el Monumento al Combate Naval de Iquique, un hito muy importante para los chilenos durante la Guerra del Pacífico. En dicho combate se enfrentaron el monitor Huáscar, al mando del Capitán de Navío Miguel Grau Seminario, y la corbeta Esmeralda, al mando del Capitán de Fragata Arturo Prat Chacón, quien muriera tras haber abordado a la embarcación peruana. El resultado de esta acción fue el hundimiento de la nave chilena y el levantamiento del bloqueo del puerto de Iquique.

 

Mercado Central de Santiago

 

 

Plaza Prat, frente al Mercado Central

 

 

Monumento al Combate Naval de Iquique en la plaza Prat

 

 

Continuamos transitando al borde de una zona verde hasta llegar al parque Forestal donde se encontraba el Museo Nacional de Bellas Artes, y frente a él, un pequeño castillito, que databa de 1910. Su autor había sido Álvaro Casanova Zenteno, militar, diplomático, arquitecto, constructor de barcos, navegante y capitán del puerto de la laguna del Parque, quien se había inspirado en los castillos del Loire durante uno de sus viajes a Francia. En sus comienzos había sido habitado durante décadas por su cuidador y también por el célebre Guillaume Renner, paisajista francés quien intervino junto a Georges Dubois en la creación del parque Forestal. El castillo poseía una laguna en la cual se desplazaban botes recreativos, pensados y armados por Casanova, dándole al lugar un toque muy parisino. Esa pasión por la navegación también llevó a Casanova a fundar el Club Náutico de Santiago. Al secarse la laguna en 1944 el castillo entró en un ciclo de decadencia, y a fines de los ’70 se convirtió en el Centro de Extensión del Colegio de Arquitectos y unos años más tarde en la sede de la Corporación de Desarrollo de Santiago fundada en 1985. Y pasados otros largos años de declive, mientras yo me encontraba allí, estaba en un proceso de remodelado con el fin de convertirlo en un restaurant gourmet francés con ingredientes gastronómicos chilenos. Otro símbolo del parque Forestal era la escultura conmemorativa del Centenario de la Independencia de Chile, legada en 1910, y que fuera realizada por los artistas Guillermo Córdoba y Henry Grossin.

 

Carabineros a caballo en la intersección de la avenida Ismael Valdés Vergara con San Antonio

 

 

Casacultura Hostel Boutique

 

 

Esquina de José María Caro y Loreto

 

 

Parque Forestal frente al Museo de Bellas Artes

 

 

El Castillo Forestal

 

 

Escultura conmemorativa del Centenario de la Independencia de Chile en el Parque Forestal

 

 

Desde Ismael Valdés Vergara, tomamos la calle San Miguel de la Barra, hasta llegar a Santa Lucía para dar comienzo al ascenso al cerro donde el 12 de febrero de 1541 Pedro de Valdivia fundara Santiago.

 

Ismael Valdés Vergara y José Miguel de la Barra

 

 

El cerro Santa Lucía tenía una altitud de 629 m.s.n.m. y sólo sesenta y nueve metros respecto de las calles circundantes, sin embargo, esa altura era suficiente para que los españoles pudieran controlar a los mapuche. Según algunos historiadores, justo después de llegar, comenzó el proceso de expropiación al cacique Huelén Huala, a quien mandan a Apoquindo.

Durante la etapa colonial el cerro no contó con construcciones, pero durante la Reconquista (1814-1817), en el gobierno de Casimiro Marcó del Pont, último gobernador español de la Capitanía General de Chile, fue cuando adquirió mayor significado como elemento de resguardo militar, al construirse en él dos fuertes o castillos: la batería Marcó, luego Castillo González, donde posteriormente estuviera la plaza Caupolicán, y la batería Santa Lucía, luego Castillo Hidalgo. El Castillo Hidalgo recibió esa denominación tras la independencia en homenaje al valiente capitán Manuel Hidalgo, muerto en combate en la Batalla de Chacabuco.

En 1847, con la llegada a Santiago de una expedición de la Armada de los Estados Unidos a cargo del teniente James Gilliss, se inició la construcción de un observatorio astronómico ubicado en el costado norte de la actual plaza Pedro de Valdivia. El Observatorio Astronómico Nacional fue oficialmente inaugurado en 1852 y fue uno de los primeros en Latinoamérica, y tal vez el más activo del siglo XIX.

Entre 1872 y 1874, el intendente de la época, Benjamín Vicuña Mackenna, llevó adelante un proyecto de transformación del cerro, que no era más que un peñón rocoso, dándole estanques, fuentes de agua, terrazas con vegetación, caminos para carruajes, jardines, una ermita, miradores, un edificio destinado para museo y construcciones propias de un parque urbano inspirado en el paisajismo francés que predominaba en la planificación de la época, pasando gradualmente de cerro seco a cerro verde, continuando con las mejoras durante todo el siglo XX. Y en 1983 fue declarado Monumento Nacional por el Ministerio de Educación Pública.

 

Ascendiendo al cerro Santa Lucía

 

 

Edificio del Archivo Nacional visto desde el cerro Santa Lucía

 

 

Ánforas en jardines romanos con esculturas ubicadas entre la naturaleza

 

 

Una de las fuentes de agua estaba dedicada a Neptuno, un dios que siempre fue considerado muy poderoso, ya que además de provocar temblores y terremotos cuando le invadía la furia, podía hacer surgir un río o un manantial simplemente clavando su tridente en la tierra, que era justamente el gesto que tenía en su evocación en el cerro Santa Lucía, contenido por un arco de triunfo con cuatro columnas jónicas. Es posible que el propio Vicuña Mackenna haya necesitado invocar a su milenario poder para lograr su deseada transformación del Cerro, que era sólo un peñasco árido y escarpado.

Una vez que el intendente logró abrir terrazas planas para cubrirlas con tierra y permitir así la siembra de árboles y arbustos, la meta más difícil de lograr era contar con un sistema de bombas hidráulicas que alimentara un estanque desde el cual salieran canales de regadío por todo el cerro.

 

Vista parcial de la fuente de Neptuno

 

 

Parte de la hornacina que se encontraba junto a la fuente de Neptuno

 

 

Contraposición de estilos en la zona del cerro Santa Lucía

 

 

El cerro Santa Lucía, un verdadero pulmón verde

 

 

Pontificia Universidad Católica de Chile sobre la avenida Libertador Bernardo O’Higgins,

vista desde el cerro Santa Lucía

 

 

Durante la remodelación de Vicuña Mackenna, el Castillo Hidalgo se había convertido en la sede de un museo histórico que exhibía la Exposición del Coloniaje, pero tras su muerte, la colección fue repartida en diversos inmuebles de la ciudad, y la edificación histórica en bodega municipal. Pero desde 1997 se iniciaron una serie de mejoras transformándolo en un centro de eventos.

La puerta del Cerro Santa Lucía fue alguna vez la entrada principal para acceder al Castillo Hidalgo en la cima de la colina.

 

Castillo Hidalgo

 

 

Puerta principal

 

 

Al margen de toda la historia que el Cerro albergaba, era un verdadero placer recorrerlo, por lo que cada vez que yo visitaba Santiago, trataba de hacer un paseo por sus jardines.

 

Fuente del Patio Circular

 

 

Flores en todos los jardines

 

 

Vista de los jardines desde uno de los miradores

 

 

Vista del Costanera Center y de la Cordillera desde el cerro Santa Lucía

 

 

Volvimos a ver el Archivo Nacional desde mayor altura

 

 

Una de las terrazas en el sector más elevado del Cerro

 

 

Desde el mirador del peñón más alto, construido en 1940

 

 

Sólo quedaba dirigirnos al Centro de Santiago, y cuando el bus turístico llegó a la plaza de Armas, me bajé y continué mi recorrida a pie.

La plaza de Armas surgió el mismo día de la fundación de la ciudad sobre la base de una preexistente kancha inca, donde habría habido un monumento solsticial, desde donde salían caminos incaicos en distintas direcciones. Se cree que se trataba del centro inca más austral del Imperio del Tawantinsuyu, cuya base de sustentación fuera la hidroagricultura y la minería de oro y plata, infraestructura que fuera aprovechada por Valdivia.

El plano ortogonal en damero, semejante a un tablero de ajedrez, característica de todas las ciudades hispanoamericanas, planificaba la construcción de una plaza central en torno a la cual se erigían los principales edificios administrativos. En torno a la plaza nacieron las recovas o mercados, pues las carretas con mercancías llegaban a esta zona durante la época de la colonia. Al medio, se ubicaba la horca para ejecutar a los sentenciados y demostrar el poder de la Justicia Real.

En 1860, siguiendo conceptos arquitectónicos franceses, la plaza fue forestada al instalar árboles y bellos jardines. Y a fines del siglo XX, la renovación de la plaza había dado lugar a una mixtura de sectores de explanada para actividades culturales, especialmente la de los clásicos pintores y humoristas, jardines y una pérgola central para la ejecución musical de la banda municipal.

 

Plaza de Armas de Santiago

 

 

Di varias vueltas por la plaza de Armas, y luego, en la peatonal Puente, en la esquina del edificio de Correos de Chile, me detuve a observar la torre del Cuartel General del Cuerpo de Bomberos de Santiago, de treinta y siete metros de altura, con rasgos neorrenacentistas de estilo Segundo Imperio, cuyo edificio fuera declarado Monumento Histórico Nacional en 1983.

 

Peatonal Puente en el Centro de Santiago,

con un sector lateral del edificio de Correos de Chile

 

 

Torre del Cuartel General del Cuerpo de Bomberos de Santiago

 

 

Desde esa misma esquina, por la calle Catedral me encontré en la zona conocida como “Pequeña Lima”, dada la cantidad de inmigrantes peruanos que habían establecido allí locales comerciales que iban desde la venta de comida hasta servicios de envíos de remesas, telefonía de larga distancia y cibercafés. También en el lugar muchos se reunían con el fin de ofrecerse para diferentes trabajos.

 

Pequeña Lima, una zona netamente peruana,

sobre la calle Catedral, a pocos pasos de la plaza de Armas

 

 

Y ya avanzada la tarde, caminé lentamente las doce cuadras que me separaban del hotel para descansar hasta la hora en que debía tomar el vuelo rumbo a Lima, que era el verdadero destino de mi viaje.

 

 

Ana María Liberali

 

 


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