Recorriendo las carreteras de los departamentos de Rivera, Tacuarembó y
Paysandú se observa con gran preocupación la gran deforestación indiscriminada y
la implantación de los monocultivos de árboles de eucaliptos y pinos. Los
pequeños productores que buscan subsistir, ven cómo los árboles secan sus pozos
de agua.
En una visita por el Uruguay y recorriendo las carreteras de los
departamentos de Rivera, Tacuarembó y Paysandú vemos con gran preocupación la
gran deforestación indiscriminada y la implantación de los monocultivos de
árboles de eucaliptos y pinos, que está llevando a un aumento de la
concentración y la extranjerización de los campos del Uruguay, al tiempo que los
pequeños productores que buscan subsistir, ven cómo los árboles secan sus pozos
de agua. La introducción de los árboles transgénicos da una vuelta de tuerca más
a este modelo agro exportador.
Uruguay es un país muy pequeño y cuenta con orgullo al haber obtenido varias
copas mundiales en su deporte favorito, el fútbol. Un deporte que forma parte de
la sociedad uruguaya y se ha hecho conocer en el mundo mucho antes de la era
global, como así también el fútbol fue una válvula de escape en épocas de
dictadura. De ahí la gran nostalgia que pesa sobre los orientales al recordar
glorias pasadas y desméritos presentes, como por ejemplo que el país ocupa el
noveno lugar en el ranking mundial de cultivo de transgénicos con medio millón
de hectáreas destinadas a esos cultivos, a partir de semillas elaboradas por
corporaciones transnacionales.
Estimamos que esta situación generará altos riesgos ambientales y sociales, y
la amenaza a la soberanía alimentaría, la privatización de los recursos
naturales y los derechos de las comunidades rurales con el desarrollo de estos
cultivos.
La forestación prometió mucho al sector rural pero no ha cumplido con nada de
lo prometido. Por supuesto que ha habido beneficiados, entre los que en primer
lugar se cuentan las grandes empresas, en particular transnacionales. Así como
las estadounidenses Monsanto Weyerhaeuser (Colonvade), la angloholandesa y
finlandesa Shell/Kymmene (La Forestal Oriental) y la española ENCE (Eufores), y
un gran número importante de empresas chilenas, canadienses Syngenta, Nidera,
Cargill, Bayer y Basf, se vieron beneficiadas por la compra de tierra barata,
mano de obra barata, rápido crecimiento de los árboles, subsidios, exoneraciones
impuestos, créditos blandos, inversiones en infraestructura e investigación, la
forestación ha sido y es un gran negocio. Así cualquiera. Y que beneficios le
queda al sector rural de nuestro país.
En la situación de profunda crisis actual, esta realidad constituye una
absurda injusticia, porque estas enormes empresas no necesitan ser subsidiadas
por un país empobrecido como es el Uruguay, y porque se destinan los escasísimos
recursos de la sociedad a subsidiar una actividad que no genera ni empleos ni
riqueza para el país.
La "fiebre de la forestación” a llegado al departamento de Tacuarembó, con
más de 200.000 hectáreas adquiridas para la forestación, se estima que existen
unas 12.000 personas desplazadas del campo y en forma paralela, se han cerrado
17 escuelas rurales y donde se registra más claramente este cambio es Rincón de
Zamora, bordeado por el Río Tacuarembó, hacia su desembocadura en el Río Negro,
en donde se encontraban las tierras más apropiadas del departamento para la cría
de ganado y que, en la actualidad, está totalmente cubierto por los monocultivos
de árboles.
En el departamento de Rivera, las forestadoras habían comprado, según el
Censo Agropecuario, 189.354 hectáreas, para el año 2007. Los impactos sociales y
ambientales no tienen diferencias sustanciales con otras zonas de gran
concentración forestal, como son Tacuarembó y Paysandú.
Los transgénicos y la mercantilización
El desarrollo de los transgénicos por parte de las grandes empresas, que
vienen ya con unos paquetes tecnológicos asociados a ellos (principalmente los
agroquímicos) han amenazado gravemente y perjudicado en numerosos casos la
producción campesina de alimentos. La agricultura campesina se caracteriza por
la utilización de una diversidad inmensa de semillas, que se comparten, se
mejoran y se reutilizan para posteriores siembras, lo cual se pone en peligro,
con la contaminación transgénica.
El hecho de que no se coman, no significa que los árboles transgénicos sean
menos peligrosos. Por el contrario, los peligros que plantean los árboles
transgénicos son en cierto modo más graves que los presentados por los cultivos
de otro tipo, ya que los árboles viven más tiempo que los cultivos agrícolas, y
esto significa que puede haber cambios no previstos en su metabolismo muchos
años después de haber sido plantados. Por ejemplo, ya se está trabajando en
árboles manipulados genéticamente para que no florezcan, con el supuesto
objetivo de evitar la posible contaminación de árboles naturales con el polen de
transgénicos. El problema es que nadie puede asegurar que dentro de 20 o 30 años
después de plantados, uno de entre los miles o millones de árboles transgénicos
no pueda florecer y contaminar a los árboles normales de la misma especie,
volviendo a su descendencia estéril. El polen de los árboles puede ser llevado
por el viento a enormes distancias esto significa que los árboles transgénicos
pueden fácilmente contaminar con su polen a árboles localizados a gran distancia
y generar así graves impactos sobre los bosques.
¿Qué utilidad puede tener un árbol sin flores, sin frutos y sin semillas para
los seres vivos, incluyendo al ser humano? No proporcionará alimento a numerosas
especies de insectos entre los que se cuentan las abejas productoras de miel
pájaros y otras especies que dependen del néctar de las flores para alimentarse.
El impacto de la soja
En la actualidad prácticamente la totalidad de la soja cultivada en Uruguay
es de origen transgénico, el gran avance de esta oleaginosa que se ha convertido
en el cultivo “vedette”, para nuestros gobernantes y con todos los impactos
ambientales y sociales, que esto conlleva, acaba de editarse un trabajo “La
nueva colonización. La soja transgénica en Uruguay”, editado por RAP-AL Uruguay
(Red de Acción en Plaguicidas y sus alternativas para América Latina). En el
mismo se señala que “el avance de la soja, con 366.535 hectáreas sembradas en la
zafra 2007/08 determina que este cultivo represente más de la mitad del área
agrícola nacional”.
La contaminación con plaguicidas y transgénicos de los monocultivos provoca
serios problemas de salud y deterioro de condiciones de vida a las poblaciones
rurales, la aplicación masiva de agroquímicos al agua y a los suelos (dioxinas y
derivados del uso de cianuro, arsénico y mercurio, entre otros) en un futuro no
tan lejano se agravará el panorama más allá de cualquier predicción. La
destrucción de su hábitat, el uso de plaguicidas y la introducción de cultivos
invasores está causando la disminución de polinizadores, lo que pone en el
peligro de extinción a muchas especies vegetales.
Las empresas transnacionales de plaguicidas producen también las semillas
transgénicas y son propietarias de la mayoría de las patentes de biotecnología
agrícola, con lo que tienen el control de la agricultura y de la cadena
alimentaria a nivel mundial. La contaminación transgénica es un negocio
adicional de estas industrias, que por la vía judicial exigen pago a los
agricultores cuyos cultivos accidentalmente se han contaminado con semillas
patentadas. Incluso cuando no pueden cobrar por sus patentes, como le ocurrió a
Monsanto en Argentina, se beneficiaron con la venta de plaguicidas.
La financiación europea de la producción de agrocombustibles en América
Latina, realizó un documento donde muestra como los principales bancos europeos
(Barclays, Deutsche Bank o BNP Paribas) y españoles (Santander, BBVA o el Banco
Español de Crédito) están invirtiendo miles de millones de euros en la
producción y comercio de azúcar de caña, soja o aceite de palma se están
utilizando cada vez en mayor medida en Europa. En países como Brasil, Argentina,
Uruguay, Paraguay y Colombia es extremadamente polémica, ya que está provocando
la destrucción del Amazonas y otros importantes ecosistemas, y problemas de
contaminación del agua potable. Las plantaciones a gran escala también provocan
violaciones de los derechos humanos contra los campesinos, con condiciones de
trabajo como en algunas plantaciones de Brasil.
El desarrollo de estos proyectos exige ocupar e intervenir inmensas
extensiones de tierra y utilizar enormes cantidades de agua pura y emplean
substancias tóxicas de modo intensivo. La satisfacción de estas necesidades
implica la destrucción masiva del medioambiente y un deterioro grave de las
condiciones de vida de las comunidades afectadas, que incluso pueden verse
privadas del acceso a recursos vitales como es el agua y los recursos marinos.
Poco importa para este tipo de explotaciones que los territorios intervenidos
sean ricos en biodiversidad o que sirvan de sustento a determinadas comunidades.
www.ecoportal.net