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Los "campos", en cierto modo, no son
ni siquiera de los dueños de los campos. También es verdadero reconocer que los
"campos", en cierto modo, son también nuestros.
Ambas proposiciones son casi de
sentido común (obvio: el buen sentido común), si consideramos el "carácter
social" de todo lo que existe, en especial, ya que de eso se trata, de la
"propiedad de la tierra".
La socialización de la tierra
sobredetermina de muchas formas los alcances de los derechos de propiedad,
relativizándola, incluso a niveles en los que puede resultar ridículo su propia
existencia. Sin socialización, la tierra, los campos, no son nada, en tanto no
pueden "valorizarse", es decir, no pueden ser medio y objeto de trabajo y
tampoco producto del trabajo. "No hay produccion sin consumo y consumo sin
producción". "La producción determina al consumo y el consumo a la producción".
"No hay cambio sin distribución y no hay distribución sin cambio". "El cambio
(los precios) determina la distribución (de la tierra y los productos)".
"La distribución de la tierra y los productos determina el cambio (los precios
de la tierra, el producto y el trabajo". En todas las relaciones enunciadas y en
las que faltan (cada uno puede agregar las que quiera) hay relaciones de
poder, convergencias y correlaciones de fuerzas entre la totalidad de
agentes involucrados directa e indirectamente. Tal dialéctica no hay que
perderla de vista simplísticamente como lo hace el autor del
artículo.
Las relaciones de propiedad, por ser
relaciones sociales, la más importante para algunos, entre los que se sitúa,
supongo, el autor del artículo y pares, está tensionada entre dos momentos
abstractos copresentes: la disponibilidad absoluta (derechos de propiedad
absoluto) y la indisponibilidad o supresión absoluta (socialización socialista
de la propiedad). Las propiedades reales, los campos reales, son por lo tanto
una mezcla de ambos extremos. Dicha mezcla depende de los regímenes políticos,
los que a su vez dependen de las "correlaciones de fuerza", territorialidades
orgánicas y sentidos territoriales de las clases fundamentales y/o bloques
históricos fundamentales.
Como en la famosa dialéctica del
"siervo y el señor" planteada por Hegel en su célebre "Fenomenología del
Espíritu", texto que recomiendo para flexibilizar la inteligencia sin perder la
razón (en otra oportunidad podría aclarar el tema), las relaciones de propiedad,
por ser relaciones entre los dueños y los que no lo son (y no solamente entre
los dueños y los trabajadores), depende de la correlación de fuerza entre ambas
"clases". Tal correlación, además de afectar los usos posibles del suelo, pueden
afectar la distribución del producto del trabajo.
En tal sentido la eventual
disminución de la plusvalía puede genera un excedente distribuible socialmente
entre las restantes clases. El actual conflicto se orienta sobre este aspecto
crucial y nada despreciable, en especial si se considera que es necesario dar
una respuesta política ahora y no en un futuro vago e indeterminado ligado a la
prometeica y escatológica supresión de la propiedad privada, supresión que,
considerando lo dicho, es objetiva y subjetivamente imposible, más si agregamos
al análisis la distinción entre "posesión" y "tenencia".
Dentro de esta perspectiva,
"progresista" o "reformista" si se la quiera calificar de este modo, nos
situamos muchos que, aún conociendo las "limitaciones" del "bloque
gobernante", nos inclinamos a favor de mantener e incluso incrementar y
generalizar las retenciones.
El "modelo vigente" no es ninguna
solución definitiva. Su profundización a favor o en contra de la "clase obrera"
y, quiero pensar también, sus aliados potenciales estructurales y coyunturales,
dependerá sin duda no de una decisión de una pareja de gobernantes, sino del
accionar de los movimientos sociales, del accionar de todos los sectores
populares dentro de la compleja trama de las correlaciones de fuerza implicadas
en la dinámica de las "contradicciones de clase".
Permanecer al margen, teniendo en
cuenta el desarrollo de la conciencia media y de la "clase obrera" relevada en
la última elección, solamente avala, por izquierda, a la derechización de la
vida politica.
Por las razones enunciadas y más
también, no comparto en absoluto esa vieja concepción supermoderna del mayo
francés: "sea realista. pida lo imposible". El realismo involucrado en la
posición de "niknicampo" lleva ciertamente al abismo de la política, lo cual, si
hay alguna posibilidad, explicación, solamente es explicable y comprensible como
una típica enfermedad infantil de la izquierda.
Lo dicho no está orientado a dialogar
con quién no quiere o no puede dialogar: el autor del artículo y pares. Procura
simplemente relativizar las terceras posiciones que están alejadas tanto de la
clase obrera como del resto que podria, por solidaridad o interés, coincidir con
la clase obrera. Cordiales saludos.
Vicente Di Cione (UBA y
UNTREF).
----- Original Message -----
Sent: Tuesday, July 01, 2008 7:13
PM
Subject: NoticiasdelCeHu 123/08 -
"Campos" que no son los nuestros (christian Castillo)
NCeHu 123/08
Ref.: 88
(18/6/08)
Argentina
“Campos” que no son los nuestros
Christian Castillo
*
Página 12
Buenos Aires,
29/6/08
El envío al Congreso del proyecto de retenciones móviles no es un “avance
democrático”, como pretenden tanto las patronales ruralistas como el gobierno
nacional, sino simplemente un nuevo escenario en donde dos sectores igualmente
capitalistas dirimirán el destino de los recursos obtenidos por las
exportaciones agrarias. Nada bueno de estas negociaciones pueden esperar los
trabajadores y el pueblo. Allí no se discute siquiera la anulación de la ley
22.248 sancionada por Videla, Martínez de Hoz y Harguindeguy, que permite la
superexplotación del peón rural. Tampoco la expropiación de los 4000 grandes
propietarios que sumados poseen ochenta y cuatro millones de hectáreas (sí,
leyó bien, 84.000.000), la mitad de las tierras utilizables para agricultura y
ganadería que existen en el país. Y, menos que menos, la nacionalización de
los puertos y el monopolio del comercio exterior, que permitiría utilizar para
satisfacer las necesidades populares las ganancias multimillonarias de los
oligopolios exportadores como Cargill, Bunge o Dreyfus.
La belicosidad expresada en estos más de cien días por los ruralistas va
más allá de la disputa por unos puntos más o menos de retenciones. Si bien
éstas dan cuenta tan sólo de un 13 por ciento de la recaudación total —que
mayoritariamente proviene de impuestos al consumo como el IVA, es decir, del
bolsillo obrero y popular– y el porcentaje de lo producido por el campo en el
conjunto del PBI es relativamente menor, la dinámica ascendente de las
exportaciones del sector en los últimos años ha potenciado la fuerza relativa
de la gran burguesía agraria, resultado que también se explica por el proceso
de “reprimarización” vivido en la década de los ’90 y no modificado en lo
sustancial en estos años. Esta fracción capitalista quiere lograr no sólo
mantener (y si fuese posible aumentar) la alta rentabilidad obtenida en los
últimos años, sino ganar un lugar de mayor predominio al interior de la clase
burguesa, cuando el esquema económico que rige desde la devaluación empieza a
mostrar sus debilidades, y esto en el marco de desarrollo de una crisis
capitalista internacional con futuro incierto. Lamentablemente, una parte de
la izquierda le ha hecho de comparsa a este sector, mostrando una pérdida
completa de rumbo.
El Gobierno, por su parte, no impulsó las retenciones móviles para
defender el bolsillo de los trabajadores o para impedir la continuidad de las
tendencias al monocultivo sojero. Recurrió a este mecanismo como una fuente de
recursos para “redistribuir” a favor esencialmente de los grandes industriales
exportadores y otros grupos de capitalistas aliados al Gobierno (los
beneficiarios de las “argentinizaciones”), así como para el pago de deuda
externa. El propio decreto sancionado el 9 de junio por el Gobierno, que
plantea que el dinero obtenido en concepto de retenciones a la soja por arriba
del 35 por ciento se destinará para la construcción de hospitales, escuelas y
caminos, es toda una confesión de que el resto de lo recaudado no se utiliza
para resolver las penurias y necesidades del pueblo, sino para pagar la deuda
externa y seguir subsidiando a los grandes capitalistas, ¿o acaso durante los
cinco años que van de gobierno de los Kirchner no se continuó desarrollando la
concentración de la producción agraria, proceso que, entre otras cuestiones,
implicó la expulsión de miles de familias –algunos dicen que llegarían a
300.000 en la última década– de campesinos (gran parte de ellos pertenecientes
a los pueblos originarios) que sembraban alimentos y criaban animales para
autoconsumo? Al contrario de lo que afirman los intelectuales que apoyan al
Gobierno (que con el argumento de enfrentar a una “nueva derecha” son, en
realidad, predicadores de lo que Gramsci denominaba un nuevo conformismo), los
Kirchner vienen apelando a la retórica “nacional y popular” de la
“distribución del ingreso” para hacer pasar un programa reaccionario. En estos
años, mientras los capitalistas recuperaron fuertemente sus ganancias, el
salario obrero apenas llegó a los niveles ya bajos del 2001. Las luchas de los
trabajadores que, enfrentando despidos y provocaciones patronales, salieron
del control de las direcciones burocráticas aliadas al Gobierno terminaron con
fuertes represiones y trabajadores procesados, como ocurrió este verano en el
Casino Flotante (del empresario kirchnerista Cristóbal López) o en la textil
Mafissa, donde los obreros fueron desalojados en un operativo con más de 700
policías. Ahora, con el lema de “queremos volver a recuperar la normalidad
institucional”, el Gobierno utiliza el antipopular lockout empresario y el
desabastecimiento para impugnar todo método de lucha extraparlamentaria y el
recurso a la acción directa, ya sea que tengan objetivos reaccionarios, como
ocurre con las patronales agrarias, o que sean utilizados por los trabajadores
y sectores populares por sus legítimas demandas: “Nada se arregla con cortes
de ruta” es el nuevo discurso oficial. Los que se llegaron a presentar como
herederos de la rebelión del 2001 quieren restaurar ahora el principio según
el cual no habría que haber reclamado en las calles que se vayan De la Rúa y
Cavallo, y sólo se podía esperar a las próximas elecciones para
reemplazarlos.
Los “campos” que están enfrentados no son los nuestros. Frente a la
disputa entre dos sectores de “los de arriba” es preciso insistir en la
importancia de mantener una posición independiente de ambos bloques
capitalistas: “Ni con el Gobierno ni con las entidades patronales ‘del
campo’”, como dice la declaración que suscribimos alrededor de 500
intelectuales, docentes universitarios y trabajadores de la cultura. Como ha
mostrado toda la experiencia política reciente, la apuesta a los “males
menores” sólo ha servido para abrir la puerta a “males mayores”. Para que el
deterioro de un gobierno (que nuevamente ha mostrado la completa imposibilidad
de la “burguesía nacional” para sacar al país del atraso y la dependencia) no
sea aprovechado por otras variantes de la clase dominante, no hay otra salida
que poner todas las energías en el desarrollo de una alternativa propia de la
clase trabajadora. Manos a la obra.
* Dirigente Nacional del PTS. Sociólogo, docente
de la UBA y la UNLP.
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